10 enero, 2026

Beata Sor Ana de los Ángeles Monteagudo, Religiosa contemplativa

 

      

10 de enero
Beata Sor Ana de los Ángeles Monteagudo
Religiosa contemplativa
 
Cada 10 de enero la Iglesia Católica recuerda a la Beata Sor Ana de los Ángeles Monteagudo, religiosa peruana de la Orden de Predicadores, quien, influenciada por Santa Catalina de Siena, consagró su vida a la oración contemplativa dentro de un monasterio ubicado en los Andes, al sur del Perú.
 
Catalina de Siena: su inspiradora
 
Sor Ana partió al encuentro del Señor un 10 de enero de 1863, con poco más de ochenta años. Por eso, los peruanos y los dominicos de todo el mundo la recuerdan en este día como la religiosa ejemplar que fue: espiritual y mística, servidora atenta, amable formadora de novicias y priora de su monasterio.
 
El Papa San Juan Pablo II la beatificó en una ceremonia realizada en su natal Arequipa (ciudad del sur de Perú) el 2 de febrero de 1985. En aquella oportunidad el Santo Padre dijo: “Sor Ana de los Ángeles confirma con su vida la fecundidad apostólica de la vida contemplativa en el Cuerpo Místico de Cristo que es la Iglesia”. Y es que Sor Ana fue formada por un grupo de santas mujeres llegadas de Europa, a través de las cuales conoció y siguió en tierras americanas los pasos espirituales de Santa Catalina de Siena.
 
Santa Catalina (1347-1380) fue una mujer dedicada a la oración y la contemplación, pero no se desentendió de las necesidades y urgencias de la época que le tocó vivir -años críticos para la Iglesia-. Catalina puso en práctica un singular balance entre oración y acción.
 
Enamorada de Cristo
 
Sor Ana nació en la ciudad de Arequipa (Perú), a inicios del siglo XVII. Según la costumbre de la época, fue internada en el monasterio local para su educación e instrucción. Dicho monasterio pertenecía a la rama femenina de la Orden de Predicadores (dominicas). Al concluir su educación regresó al hogar a petición de sus padres, quienes querían casarla, pero ella se opuso a la voluntad de sus progenitores y expresó su deseo de ser religiosa. 
 
Ana no descubría mayor agrado en los halagos del mundo, ni le interesaba la idea de un “ventajoso matrimonio”. Ella quería entregarle su vida a Cristo y nada más: estaba dispuesta a defender su ideal de vida frente a la indignación de sus padres.
 
Cuenta la historia que un día, estando de vuelta en el “siglo” (la casa familiar), tuvo una visión de Santa Catalina de Siena en la que la santa le mostraba el hábito de las monjas dominicas de clausura. Para Ana, aquella visión fue una confirmación de su llamado, que luego se convertiría en poderoso argumento para regresar al monasterio.
 
Aun así, sus padres intentaron disuadirla. Le ofrecieron joyas, vestidos y comodidades, pero la beata mantuvo su postura con firmeza. Con el correr del tiempo, su padre sería el primero en aceptar el deseo de su hija, mientras que su madre, desconsolada, dio su consentimiento posteriormente; aunque le puso una condición: que no regresara más a casa.
 
La dote para ingresar al monasterio -costumbre de la época- fue pagada por Francisco, hermano de Ana, quien se sabe se haría sacerdote posteriormente.
 
Esposa del Señor, hija de la Iglesia
 
Al hacer sus votos religiosos Sor Ana añadió “de los Ángeles” a su nombre. En el convento, su casa definitiva, mantuvo siempre un espíritu sereno y de sobrio entusiasmo. No era un secreto lo feliz que se sentía al poder seguir el itinerario espiritual de Santo Domingo de Guzmán y de Santa Catalina de Siena.
 
Sor Ana llegó a ser maestra de novicias, y, tiempo después, priora. Muchas historias se cuentan sobre aquel periodo. Por ejemplo, se dice que Sor Ana siempre se sintió incapacitada para el puesto, el más alto del monasterio, pero que repetía continuamente que hacía su mejor esfuerzo para servir a Dios en el lugar que Él le había confiado.
 
Algunas de esas historias evocan tiempos difíciles: los intentos de rebelión de sus hermanas y más de un complot para deshacerse de ella, incluyendo un intento de envenenarla. La causa: el descontento con las medidas de austeridad que Sor Ana había impuesto y su orden expresa de que las religiosas solo vistieran sus hábitos, sin ningún adorno adicional -lo que significaba una vuelta al espíritu original de la Orden-.
 
Así, Sor Ana terminó encabezando una reforma radical en el monasterio, centrada exclusivamente en el deseo de santidad: “Sabía acoger a todos los que dependían de ella, encaminándolos por los senderos del perdón y de la vida de gracia. Se hizo notar su presencia escondida, más allá de los muros de su convento, con la fama de su santidad. A los obispos y sacerdotes ayudó con su oración y su consejo; a los caminantes y peregrinos que venían a ella, los acompañaba con su plegaria” (San Juan Pablo II, 
Homilía de la Misa de Beatificación de Sor Ana de los Ángeles).
 
Las almas del purgatorio y Sor Ana
 
Un aspecto muy hermoso de la vida de la beata fue la cercana relación que mantuvo con las almas del purgatorio, a quienes llamaba “sus amigas” y por las que rezaba incesantemente. “De esta forma, iluminando la piedad ancestral por los difuntos con la doctrina de la Iglesia, siguiendo el ejemplo de San Nicolás de Tolentino, de quien era devota, extendió su caridad a los difuntos con la plegaria y los sufragios” (Homilía de la Misa de Beatificación de Sor Ana de los Ángeles).
 
De Sor Ana también suele hablarse de su don de profecía. La monja predijo varias veces, como advertencia, males o enfermedades a sus allegados, para que tuviesen el alma preparada: para algunos predijo la cura y para otros la inevitable muerte.
 
Vejez, enfermedad y plenitud espiritual
 
Sus últimos años de vida sufrió una ceguera que la limitó muchísimo, a la que se sumó cierta dificultad para caminar. Sin embargo, jamás se escuchó una queja de su boca. Aceptó con humildad y serenidad esos dolores.
 
Sor Ana de los Ángeles Monteagudo murió el 10 de enero de 1686, a los 83 años de edad. Diez meses después, su cuerpo fue exhumado encontrándose en buen estado, incluso con cierta flexibilidad de músculos y articulaciones, y expidiendo un aroma fresco.
 
Poco tiempo después, se empezaron a reportar numerosos casos de personas que por encomendarse a su intercesión o tocar alguna de sus reliquias recibieron la gracia de la curación. Esto motivó a las monjas del Convento de Santa Catalina de Arequipa -las ‘catalinas’- a que inicien el proceso de Sor Ana rumbo a los altares. Hoy, su causa sigue abierta, por lo que se espera que algún día llegue a ser la primera santa arequipeña.
 
“Aquel misterio de la Gracia de Dios, escondido en el seno de la Iglesia de vuestra tierra, se hace manifiesto y se revela: ¡Es Sor Ana de los Ángeles, la Beata de la Iglesia!” (Papa San Juan Pablo II).(ACI Prensa).
 
 
 

09 enero, 2026

San Adrián, Abad de Canterbury

 

 09 de enero

San Adrian, Abad de Canterbury
 
Nació en África. Era abad de Nérida, cerca de Nápoles cuando el Papa San Vitalinano lo escogió por su ciencia y virtud para instruir a la nación inglesa de Canterbury, aún joven en la fe. San Adrián trató de declinar la elección recomendando a San Teodoro para el cargo, pero se mostró dispuesto a compartir los trabajos de la misión.
 
El Papa accedió a su petición y lo nombró asistente y consejero del nuevo Obispo. San Teodoro lo nombró abad del monasterio de San Pedro y San Pablo de Canterbury, donde nuestro santo enseñó el griego, el latín, la ciencia de los Padres, y sobre todo la virtud. San Adrián ilustró el país con su doctrina y el ejemplo de su vida, durante treinta y nueve años. Murió el 9 de enero del año 710. (ACI Prensa).

08 enero, 2026

San Severino de Nórico, Patrono de Viena y Baviera

 Puede ser una imagen de texto que dice "San Severino 8 de enero enero aciprensa.com"

08 de enero
San Severino de Nórico
Patrono de Viena y Baviera
 
Cada 8 de enero la Iglesia celebra a San Severino de Nórico, santo del siglo V, patrono de las ciudades de Viena (Austria) y de Baviera (Alemania).
 
Severino fue un hombre apasionado por el anuncio del Evangelio y muy preocupado por la salvación de las almas. Llamaba constantemente a la conversión y a la penitencia. Además, poseía los dones de curar a los enfermos y de aconsejar a los desorientados. No obstante, fue fundamentalmente un hombre sencillo y de caridad vivida intensamente: "Si quieren tener la bendición de Dios, respeten mucho lo que les corresponde a los demás”, solía decir el santo.
 
Vida contemplativa, vida activa
 
San Severino nació en Roma (ca. 410) en el seno de una familia noble y rica. Sin embargo, respondiendo al llamado de Dios, quiso apartarse del mundo y vivir como eremita. Pasó algunos años bajo ese régimen espiritual hasta que, conmovido por la destrucción y muerte que dejaban las invasiones de los bárbaros a su paso, decidió ponerse al servicio de las poblaciones devastadas. Así, abandonó las tierras circundantes a Roma y se fue a predicar a orillas del río Danubio, entre Austria y Alemania.
 
¡Señor, arranca de nosotros el corazón de piedra! (ver: Ez 11, 19-20)
 
En esa región, todavía provincia del Imperio romano, se estableció en la ciudad de “Asturis”, donde profetizó que si los pobladores no se alejaban de los vicios y volvían a Dios con oraciones, sacrificios y obras de caridad, sufrirían un terrible castigo. Lamentablemente, nadie le tomó importancia a dicho vaticinio.
 
Ese rechazo motivó a Severino a dirigirse hacia Cumana (o Cumagenis), una provincia cercana. No pasó mucho tiempo cuando las hordas de los hunos llegaron desde Hungría y dejaron a Asturis semidestruida, y a su población masacrada.
 
¡Y concédenos un corazón de carne! (ver: Ez 11, 19-20)
 
En Comagenis, Severino también profetizó castigos si los pobladores no se convertían. Nadie le creyó inicialmente, por lo que podría pensarse que la ciudad correría la misma suerte de Asturis. Sin embargo, un sobreviviente de dicho lugar llegó a Cumanegis y dio testimonio de lo que pasó a su ciudad de origen: nadie en Asturis hizo caso de las advertencias de Severino; y por no escuchar la voz del hombre que los quería ayudar, no se prepararon para defender sus tierras y siguieron viviendo frívolamente.
 
Llegados los hunos cometieron mil atrocidades sin encontrar resistencia. En Comagenis, entonces, los pobladores se fueron a orar a los templos, cerraron cantinas y lugares de mal vivir, y cambiaron su conducta haciendo sacrificios y penitencias. La población, aleccionada, se organizó para defenderse y detener al invasor. Lamentablemente todo preparativo y esfuerzo para la defensa parecía insuficiente.
 
Es en ese momento que sucedió algo que cambió el curso de los acontecimientos: estando el enemigo al acecho, se produjo un terremoto de tal magnitud en la región, que los hunos se llenaron de temor. Estos consideraron lo sucedido como un signo de mal augurio. Así los invasores decidieron huir y no entrar a la ciudad.
 
Es Dios quien protege y anima a los hombres a través de sus santos
 
Concluído el episodio, San Severino se hizo del respeto de todos, incluso entre los bárbaros que se llenaban de temor de solo oir su nombre. A partir de entonces, fue Severino quien se convirtió en el defensor de los pueblos invadidos y sus víctimas.
 
Su fama se acrecentó aún más por las curaciones milagrosas que hacía. Cabe decir que no fue un “simple taumaturgo”. Severino enseñaba que a veces Dios permite el sufrimiento como un medio para alcanzarlo a Él. Precisamente, la tradición recoge una curiosa historia en la que el santo le dice a su discípulo, Bonoso: “Enfermo puedes llegar a ser santo. Pero si estás muy sano te vas a perder". Y es que, por 40 años, Bonoso había sufrido una enfermedad penosa. Bonoso finalmente entendió que Dios se había valido de aquel sufrimiento para hacerlo más santo, más fuerte, y más pleno.
 
A San Severino le gustaba repetir frases de la Biblia y recordar siempre que todo pecado trae consecuencias y que, en muchas oportunidades, dadas la gravedad o insistencia en la falta, pueden venir castigos del cielo.
 
Evangelizando siempre
 
Durante 30 años Severino se dedicó a fundar monasterios. Recorría descalzo las inmensas llanuras de Austria y Alemania, incluso durante el invierno, así nevara. Su sencillez en el vestir, vestía una túnica desgastada, y su vocación de servicio le ganaron el cariño de todos.
 
El 6 de enero del 482, tuvo una premonición sobre su propia muerte, así que mandó a llamar a las autoridades civiles de la ciudad de Nórico (provincia del Imperio donde vivía) para pedirles que respeten los derechos de los demás si querían tener la bendición de Dios. “Ayuden a los necesitados y esmérense por ayudar en todo lo posible a los monasterios y a los templos", pidió el santo.
 
Severino murió el 8 de enero del 482 tras repetir las palabras del Salmo 150: "Todo ser que tiene vida, alabe al Señor". Seis años después, su tumba fue abierta y se encontró su cuerpo incorrupto. Al levantarle los párpados los que realizaban la exhumación vieron que sus ojos azules brillaban como cuando estaba vivo. Sus reliquias se encuentran hoy en Nápoles (Italia).(ACI Prensa).

07 enero, 2026

San Raimundo de Peñafort, Patrono de los juristas Católicos

 

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¡Oh!, San Raimundo de Peñafort, vos, sois el hijo
del Dios de la Vida y su amado santo que, de Él,
“la eficacia de la palabra” recibisteis y, con
ella, a propios y extraños conquistasteis con
ardor de corazón, cuando os oían hablar en favor
de la doctrina de Nuestro Señor Jesucristo. Con
vuestra pluma, constancia dejasteis de cómo, los
antiguos respondían respecto de la fe, en vuestros
libros “Summa” y los “Decretales”, para saber qué
ordenaron y qué prohibieron los Santos Pontífices,
en los concilios del tiempo antiguo. Con San Pedro
Nolasco, la Orden de los “Mercedarios” fundasteis,
dedicada al rescate de los secuestrados cristianos
en manos de los musulmanes. Y, además convertisteis
miles de aquellos a la doctrina de Vuestro Maestro.
Y, así, con la vida longeva que Dios os dio, marchó
vuestra alma al cielo, para coronada ser con corona
de luz de luz eterna, padre santo del “Buen Consejo”.
¡oh!, San Raimundo de Peñafort, “vivo consejo de Dios”.

© 2025 by Luis Ernesto Chacón Delgado
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7 de enero
San Raimundo de Peñafort
Patrono de los juristas Católicos 
 
Cada 7 de enero la Iglesia Católica celebra a San Raimundo de Peñafort, presbítero y clérigo dominico, prolífico escritor y hombre de leyes -razón por la cual se le considera patrono de los juristas católicos-.
 
Raimundo, cuyo nombre significa en germánico “protegido por el consejo divino”, nació alrededor de 1175 en Peñafort, Barcelona (España). Desde muy joven destacó por su inteligencia y disposición para el estudio.
 
Con solo 20 años obtuvo una cátedra de filosofía, lo que puede ser considerado el inicio precoz de una brillante carrera intelectual. Sin embargo, Raimundo entendió que los cargos importantes y los menesteres que estos implican requieren de mucha sencillez y espíritu de servicio.
“Contemplad al autor y mantenedor de la fe, a Jesús, quien, siendo inocente, padeció por obra de los suyos”, escribió Raimundo cuando ya pertenecía a la Orden de Predicadores (dominicos), manifestando con claridad cuál era la prioridad de su vida.
 
El centro de sus días era contemplar a Jesús en la oración, algo que supo combinar muy bien con el estudio y la acción. Siendo un hombre dedicado a las letras -muchos de sus escritos poseen fama inmortal- también fue un gran pastor y evangelizador.
 
Quien ama la ley debe ir tras la virtud
 
Con el propósito de acrecentar su conocimiento del derecho -tanto civil como canónico-, a los 30 años viajó a Italia para estudiar en la Universidad de Boloña. Allí se doctoró y trabajó unos años como docente. Posteriormente, fue nombrado diácono principal (canónigo) de la Arquidiócesis de Barcelona.
En 1222 dejó el puesto de canónigo e ingresó a la Orden de Predicadores. Allí aprovechó todos los medios espirituales que la vida religiosa le proporcionaba. El santo se convirtió poco a poco en ejemplo de humildad y sacrificio. No rehuyó ni las penitencias severas ni los trabajos considerados humillantes. Raimundo sabía muy bien que el orgullo es veneno para el alma.
 
Servicio intelectual
 
Su disposición espiritual tampoco fue la de un hombre pusilánime; por el contrario, le ayudó mucho a poner sus dones al servicio de Dios y sus hermanos. Por encargo de sus superiores se dedicó a investigar y escribir en torno a temas morales, con el propósito de orientar a las almas en el camino de la perfección.
 
Como resultado de dicho encargo elaboró la “Summa de casibus paenitentialibus”, la primera obra en su género, célebre por ser de gran provecho para confesores y moralistas.
 
San Raimundo trabajó arduamente en la predicación y la instrucción en la fe. En 1230 el Papa Gregorio IX lo convocó a Roma y lo nombró su confesor. Además, le encomendó la recopilación del corpus canónico con los decretos de los Papas y de los Concilios que no estuvieran incluidos en la colección entonces vigente -ordenada por el Papa Graciano en 1150-.
 
El fruto de su labor fue la publicación de las “Decretales”, magnífica obra en cinco volúmenes, considerada como la más completa colección de derecho canónico hasta la aparición del “Codex Juris Canonici” en 1917.
 
Servicio pastoral
 
A pesar de las súplicas del Santo para dedicarse exclusivamente a la vida intelectual, el Papa lo nombró Obispo de Tarragona. Como Pastor realizó una labor muy buena, pero enfermó gravemente y el Pontífice terminó por liberarlo de su cargo.
 
De regreso a Barcelona, su tierra natal, pasó un largo tiempo recuperándose. Una vez que se sintió fortalecido, volvió al trabajo para atender un nuevo encargo de la Santa Sede. A este periodo de su obra pertenece la “Summa casuum”, sobre la administración genuina y provechosa del sacramento de la Penitencia.
 
En 1238, los miembros del Capítulo General de la Orden Dominica viajaron a Barcelona para anunciarle que había sido elegido Superior general. Por obediencia el Santo aceptó el cargo y emprendió la tarea de visitar todas las casas de la Orden, inculcando el amor a la vida religiosa, al estudio y a los misterios espirituales.
 
Introdujo una reforma canónica según la cual debía ser aceptada la dimisión voluntaria del Superior de la Orden cuando éste tuviera razones justas. De esta manera pudo renunciar al cargo fundamentándose en su edad, al haber cumplido 65 años.
 
Los siguientes años los empleó en la evangelización, al esclarecimiento de la doctrina ante el peligro de las herejías y buscando los medios adecuados para la conversión de judíos y musulmanes.
Ya mayor y enfermo, fue visitado en su agonía por los reyes Alfonso de Castilla y Jaime de Aragón. San Raimundo partió a la Casa del Padre el 6 de enero de 1275, a los 100 años de edad. Sus restos mortales reposan en la catedral de Barcelona, España.
 
Hay que conocer bien la causa a la que se sirve
 
Hay una historia milagrosa que tiene a San Raimundo como protagonista. De acuerdo al relato, Raimundo se encontraba acompañando al rey Jaime rumbo a Mallorca. El rey era un conocido mujeriego que había prometido enmendarse, pero que no hacía honor a su palabra. En vista de ello, San Raimundo se negó a seguir acompañándolo y pidió autorización para regresar a Barcelona.
 
El rey no aceptó el pedido y amenazó de muerte a quien se atreviera a sacarlo de la isla. Ante esto, el Santo dijo: "Los reyes de la tierra pueden impedirnos la huida, pero el Rey del cielo nos dará los medios para ello". Luego se fue al mar, extendió su túnica sobre el agua, ató un extremo de ella a un palo para que sirviera de vela, hizo la señal de la cruz y subió sobre ella.
 
Milagrosamente la improvisada “nave” llegó a Barcelona y San Raimundo fue recibido con aclamaciones por la gente que lo vio llegar. El santo, sin inmutarse, recogió su túnica, que permanecía seca, la puso sobre sus hombros y se fue en dirección a su monasterio. En el lugar del desembarco, tras su muerte, se construyó una capilla y una torre.(ACI Prensa).

06 enero, 2026

La Epifanía del Señor

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06 de enero
La Epifanía del Señor
 
Cada 6 de enero, en Ciudad del Vaticano (Roma, Italia) y en muchísimas otras partes del mundo, se celebra la Solemnidad de la Epifanía del Señor. En esta recordamos la “manifestación” del Mesías esperado a todos los pueblos de la humanidad, representados en los sabios de Oriente que llegaron a Belén para adorarlo.
 
El término “epifanía” es la transliteración del griego epiphaneia, επιφάνεια, cuyo significado es precisamente “manifestación”, “darse a conocer”.
 
Donde la Epifanía no se celebra el día 6 de enero, esta solemnidad suele trasladarse al domingo siguiente.
 
Por otro lado, en muchos lugares, la celebración de la Epifanía es el día por excelencia en el que se intercambian regalos, a diferencia de aquellos donde se prefiere practicar dicha costumbre en Nochebuena o en la mañana del 25 de diciembre. Los regalos que hoy se entregan entre familiares y amigos evocan los presentes que los Reyes Magos llevaron a Jesús recién nacido.
 
Reyes Magos
 
El Evangelio nos presenta a unos personajes conocidos como los ‘Reyes Magos’, también llamados ‘sabios’, quienes dejaron atrás su tierra de origen y su cultura para salir al encuentro de Aquel del que hablaban las profecías: un rey que habría de salvar al mundo y que gobernaría con justicia, devolviendo la esperanza a la humanidad.
 
Dice la Escritura: «Unos Magos que venían de Oriente llegaron a Jerusalén preguntando: “¿Dónde está el rey de los judíos recién nacido?” Porque hemos visto su estrella en el Oriente y venimos a adorarlo» (Mt 2, 1-2).
 
Desde antiguo existe la convicción de que los Reyes Magos fueron tres y que sus nombres eran Melchor, Gaspar y Baltasar. Esta tradición goza de mucha fuerza, en parte gracias a un famoso mosaico hallado en Rávena (Italia) que data del siglo VI d. C. en el que aparecen grabados, con toda claridad, los tres nombres antes mencionados.
 
Regalos a Jesús
 
El relato bíblico prosigue afirmando que los Magos encontraron al Mesías acostado en un humilde pesebre, a lado de María, su madre, y de San José, su padre adoptivo. Entonces, los sabios se hincaron frente al recién nacido y presentaron sus regalos: oro, por su realeza; incienso, por su divinidad; y mirra, por su humanidad.
 
La hermosa costumbre de intercambiar regalos en Navidad está conectada con la presencia de los Reyes Magos en el pesebre, al que llegaron siguiendo una estrella, cuyo destello alumbraba el humilde lugar donde Dios había nacido. Jesús es el sentido último de cualquier obsequio de Navidad y, por lo tanto, debe ser expresión de amor y de la alegría compartida. Dios mismo se ha hecho don por cada uno de nosotros, para que tengamos vida y permanezcamos unidos en Él.
 
Sigamos el ejemplo de los Reyes Magos y ¡hagámosle un regalo a Jesús! Empecemos por regalarle nuestro corazón y hagamos promesas de conversión para el año que empieza: algo que nos haga mejores personas, más santos.
 
¡Como los sabios de Oriente presentemos de rodillas nuestros regalos al Niño Dios y adorémosle!
Lectura del Evangelio correspondiente a la Solemnidad de Epifanía (Mt 2, 1-12)
 
“Jesús nació en Belén de Judá en tiempos del rey Herodes. Entonces, unos Magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: ‘¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo’. Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó, y todo Jerusalén con él; convocó a los sumos pontífices y a los letrados del país, y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías.
 
Ellos le contestaron: ‘En Belén de Judá, porque así lo ha escrito el profeta: Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres ni mucho menos la última de las ciudades de Judá; pues de ti saldrá un jefe que será el pastor de mi pueblo Israel’. Entonces Herodes llamó en secreto a los Magos, para que le precisaran el tiempo en que había aparecido la estrella, y los mandó a Belén, diciéndoles: ‘Id y averiguad cuidadosamente qué hay del niño, y, cuando lo encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo’.
 
Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y de pronto la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño. Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. Y habiendo recibido en sueños un oráculo para que no volvieran a Herodes, se marcharon a su tierra por otro camino”.(ACI Prensa).

05 enero, 2026

San Juan Newmann, Misionero Redentorista

 

5 de enero
San Juan Neumann
Misionero Redentorista
 
Cada 5 de enero se celebra a San Juan Neumann, misionero redentorista y cuarto obispo de la ciudad de Filadelfia (Estados Unidos), organizador de la primera red de educación católica en ese país.
 
Juan Nepomuceno Neumann -por su nombre de pila- nació en Bohemia, actual República Checa, en 1811. Acudió a la escuela en Budweis, y años más tarde, en 1831, ingresaría al seminario de esa misma ciudad. Al completar la preparación para el sacerdocio, se presentó a su diócesis de acuerdo al rigor canónico, sin embargo sufrió un inesperado revés. El obispo local había caído enfermo y quedó inhabilitado. Entonces, se suspendieron las ordenaciones sacerdotales en su jurisdicción por tiempo indefinido.
 
Juan, deseoso de servir al Señor, dirigió cartas a los obispos de las diócesis vecinas, pero ninguno lo quiso aceptar. A pesar del desconcierto inicial, el santo no se desanimó. Con la mente puesta en hacer presente a Cristo allí donde Él lo convoque, se puso a trabajar en una fábrica para ganarse el sustento. Allí conoció a algunos norteamericanos con los que aprendió algo de inglés. Después, tuvo la genial idea de contactarse con obispos de Estados Unidos. Juan poseía un alma misionera y estaba dispuesto a trasladarse a América, si Dios lo necesitaba allí.
 
Sacerdote y misionero en América del Norte
 
El arzobispo de Nueva York aceptó recibirlo y ordenarlo, de manera que Juan dejó a su familia y amigos para embarcarse en la aventura de anunciar al Señor en una tierra lejana. Así, tras ordenarse en América, Neumann se integraría al limitado grupo de 36 presbíteros que debían asistir a los casi 200 mil católicos residentes en Estados Unidos.
 
Al recién ordenado se le encomendó la administración de una parroquia. La primera dificultad pastoral que enfrentó tuvo que ver con el vasto territorio que le fue asignado: su parroquia se extendía desde Ontario (Canadá) hasta Pensilvania (EE.UU).
 
Dadas las inmensas necesidades, el P. Neumann se la pasó la mayor parte del tiempo visitando poblados. Tuvo que atravesar territorios inhóspitos, caminar largas distancias bajo un clima inclemente -desde el frío extremo al calor sofocante-, andando entre altas montañas y parajes majestuosos; todo con el objetivo de velar por su grey, y poder asistir a quien lo necesitara.
 
Aquellos fueron años de dar catequesis, administrar sacramentos, celebrar la Eucaristía. Era habitual verlo predicar, cuando no en una iglesia, en alguna cabaña abandonada. Incluso lo hacía afuera de las tabernas, a las que consideraba “refugio de almas impenitentes”.
 
Más de una vez, a causa de las precariedades, se vio obligado a celebrar misa en lugares improvisados, como un comedor o una cocina.
 
Redentorista
 
Con el tiempo y las dificultades continuas, descubrió la necesidad de apoyarse en una comunidad religiosa. Conocía bien a los redentoristas y por eso solicitó su ingreso en la Congregación del Santísimo Redentor. Llegado el momento, tomó los votos en la casa de la congregación en Baltimore en el año 1842.
 
Como apóstol, Neumann destacó por su piedad y amabilidad; además de su versatilidad para entender y acompañar a sus feligreses, la mayoría de ellos inmigrantes europeos. Neumann conocía hasta seis idiomas, y por eso no le fue difícil dirigirse a los católicos que no hablaban el inglés con suficiencia.
En 1847, fue nombrado visitador de los redentoristas en Estados Unidos. Al término de su servicio, estos quedaron listos para formar una “provincia o inspectoría religiosa” autónoma, lo que se concretó en 1850.
 
El obispo inmigrante, un promotor de la educación católica en EE. UU.
 
El P. Neumann fue ordenado obispo de Filadelfia dos años más tarde. Desde esa ciudad organizó el sistema diocesano de escuelas católicas, convirtiéndose en el gran impulsor de la educación religiosa en el país. Asimismo, fundó la congregación de las Hermanas de la Tercera Orden de San Francisco, dedicadas a la enseñanza en las escuelas; y fue el promotor de la construcción de más de 80 templos repartidos por todo el país.
 
San Juan Neumman fue un hombre sencillo, de baja estatura y aspecto bonachón; y aunque nunca tuvo una salud robusta, realizó una gran actividad pastoral y literaria. Escribió muchos artículos en revistas y periódicos, publicó dos versiones del catecismo y una historia de la Biblia para escolares. Alguna vez, en uno de sus artículos, escribiría: “No me he arrepentido jamás de haberme dedicado a la Misión en América”, revelando cuán comprometido vivió con el lugar donde Dios lo puso.
 
El 5 de enero de 1860, con tan solo 48 años de edad, el Señor lo llamó a su presencia: Mons. Neumman sufrió repentinamente un colapso y se desplomó en la calle. Fue beatificado en 1963 por el Papa San Pablo VI y canonizado en 1977 por el mismo pontífice. (ACI Prensa).


01 enero, 2026

Solemnidad de María Santísima, Madre de Dios

 

 

1 de enero
Solemnidad de María Santísima
Madre de Dios
 
El 1 de enero, primer día del año civil, es también un día de júbilo para la Iglesia Católica: el mundo cristiano celebra la Solemnidad de María Santísima, Madre de Dios.
 
Con esta celebración, la Iglesia se encomienda, desde el primer día del año, a los cuidados maternales de María. La Virgen, quien tuvo la dicha de concebir, dar a luz y criar al Salvador de la humanidad, es aquella que protege a todos sus hijos en Cristo, los asiste y acompaña mientras peregrinan en este mundo.
 
Será llamada Theotokos, ‘Madre de Dios’
 
A continuación se presentan algunos datos que pueden ayudar a entender cómo es que desde los tiempos de la Iglesia primitiva se empieza a emplear el nombre Theotokos para hacer referencia a la Virgen María, y cómo desde los primeros siglos de la cristiandad los fieles se apropiaron de él y lo defendieron.
 
Lo primero que hay que señalar es que la celebración dedicada a “María, Madre de Dios” es la más antigua que se conoce en Occidente. En las catacumbas de la ciudad de Roma -los subterráneos que sirvieron de refugio a los cristianos perseguidos y donde estos se reunían para celebrar la Eucaristía- han sido halladas numerosas inscripciones y pinturas que dan cuenta de la antigüedad de esta celebración mariana.
 
Por otro lado, de acuerdo a un antiguo escrito del siglo III, los cristianos de Egipto también se dirigían a María como “Madre de Dios”, usando las siguientes palabras, hoy hechas oración: "Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios: no desoigas la oración de tus hijos necesitados; líbranos de todo peligro, oh, siempre Virgen gloriosa y bendita". Esta plegaria está recogida en la ‘Liturgia de las Horas’ y el ‘Oficio divino’ desde tiempos inmemoriales, dada su riqueza teológica y espiritual.
 
Para el siglo IV, el título de “Madre de Dios” ya estaba incorporado en la oración de los fieles y se usaba con frecuencia, tanto en la Iglesia de Oriente (con el griego Theotokos) como en la de Occidente (con el latín Mater Dei). Para entonces, era parte del sentir común de la cristiandad dirigirse a la Virgen María como “Madre de Dios”. Dicho en otras palabras, los cristianos habían hecho suya esa forma de reverenciar y honrar a la Virgen, considerando dicho trato como parte integral de su tradición e identidad.
 
María, elevada por encima de toda controversia
 
A pesar de la mencionada convicción de los fieles, en el siglo V, Nestorio, patriarca de Constantinopla, cuestionó que María pudiese ser llamada ‘Madre de Dios’, porque -a su modo de ver- no lo era realmente: “¿Entonces Dios tiene una madre? En consecuencia no condenemos la mitología griega, que les atribuye una madre a los dioses”, sugería el patriarca de origen sirio.
 
Lo que quizás Nestorio (c. 386-c. 451) no logró avizorar, arrastrado por el error, fue que el cuestionamiento a la maternidad divina de María tenía implicancias cristológicas, es decir, no solo deshonraba a la Virgen María al poner en entredicho que fuese efectivamente madre de la “persona” de Cristo, uno y único; sino que su celo desmedido por “proteger” la divinidad del Señor le terminó jugando en contra: su postura hacía insostenible la integridad de Cristo, en el que se unen lo divino y lo humano de manera perfecta.
 
Claramente, Nestorio había incurrido en un gravísimo error que desembocó en los mares turbulentos de la herejía. El Patriarca de Constantinopla había introducido una separación -o más bien una ‘ruptura’- entre las dos naturalezas –divina y humana– presentes en Jesús. Para la Iglesia, María no podía ser solo “madre” de la humanidad de Cristo, y no serlo simultáneamente de su divinidad sin que quede escindido el ser más íntimo del Señor Jesús, Segunda Persona de la Santísima Trinidad. Si se asumen los supuestos nestorianos se puede ir aún más lejos en el error y, con ello, distorsionar incluso toda comprensión de la obra salvífica, desde el hecho mismo de la Encarnación.
 
Concilio de Éfeso
 
Los obispos de aquel tiempo reunidos en el Concilio de Éfeso (año 431), afirmaron la subsistencia de la naturaleza divina y de la naturaleza humana en la única persona del Hijo; y declararon: "La Virgen María sí es Madre de Dios porque su Hijo, Cristo, es Dios".
 
Aquel día, los padres conciliares, acompañados por el pueblo, realizaron una gran procesión por la ciudad, iluminada por cientos de antorchas encendidas, al canto de: "Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén".
 
Desarrollos mariológicos del Magisterio reciente
 
San Juan Pablo II, en noviembre de 1996, señalaba lo siguiente: “La expresión Theotokos, que literalmente significa ‘la que ha engendrado a Dios’, a primera vista puede resultar sorprendente, pues suscita la pregunta: ¿cómo es posible que una criatura humana engendre a Dios? La respuesta de la fe de la Iglesia es clara: la maternidad divina de María se refiere solo a la generación humana del Hijo de Dios y no a su generación divina”. Luego el santo pontífice añadía:
 
“El Hijo de Dios fue engendrado desde siempre por Dios Padre y es consustancial con él. Evidentemente, en esa generación eterna María no intervino para nada. Pero el Hijo de Dios, hace dos mil años, tomó nuestra naturaleza humana y entonces María lo concibió y lo dio a luz”.
 
Asimismo, el Santo Padre señalaba que la maternidad de María “no atañe a toda la Trinidad, sino únicamente a la segunda Persona, al Hijo, que, al encarnarse, tomó de ella la naturaleza humana”. Además, “una madre no es madre sólo del cuerpo o de la criatura física que sale de su seno, sino de la persona que engendra”, subrayaba San Juan Pablo II.
 
¡Intercede por nosotros, Madre Nuestra!
 
Para terminar, es importante recordar que María no es sólo Madre de Dios, sino que también es madre nuestra, porque así lo quiso Jesucristo, voluntad expresada en su testamento desde la cruz al apóstol Juan. 
 
Por ello, pidámosle a María, al comenzar el nuevo año, que nos ayude a ser cada vez más como su Hijo, el Señor Jesús.(ACI Prensa).