06 enero, 2026

La Epifanía del Señor

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06 de enero
La Epifanía del Señor
 
Cada 6 de enero, en Ciudad del Vaticano (Roma, Italia) y en muchísimas otras partes del mundo, se celebra la Solemnidad de la Epifanía del Señor. En esta recordamos la “manifestación” del Mesías esperado a todos los pueblos de la humanidad, representados en los sabios de Oriente que llegaron a Belén para adorarlo.
 
El término “epifanía” es la transliteración del griego epiphaneia, επιφάνεια, cuyo significado es precisamente “manifestación”, “darse a conocer”.
 
Donde la Epifanía no se celebra el día 6 de enero, esta solemnidad suele trasladarse al domingo siguiente.
 
Por otro lado, en muchos lugares, la celebración de la Epifanía es el día por excelencia en el que se intercambian regalos, a diferencia de aquellos donde se prefiere practicar dicha costumbre en Nochebuena o en la mañana del 25 de diciembre. Los regalos que hoy se entregan entre familiares y amigos evocan los presentes que los Reyes Magos llevaron a Jesús recién nacido.
 
Reyes Magos
 
El Evangelio nos presenta a unos personajes conocidos como los ‘Reyes Magos’, también llamados ‘sabios’, quienes dejaron atrás su tierra de origen y su cultura para salir al encuentro de Aquel del que hablaban las profecías: un rey que habría de salvar al mundo y que gobernaría con justicia, devolviendo la esperanza a la humanidad.
 
Dice la Escritura: «Unos Magos que venían de Oriente llegaron a Jerusalén preguntando: “¿Dónde está el rey de los judíos recién nacido?” Porque hemos visto su estrella en el Oriente y venimos a adorarlo» (Mt 2, 1-2).
 
Desde antiguo existe la convicción de que los Reyes Magos fueron tres y que sus nombres eran Melchor, Gaspar y Baltasar. Esta tradición goza de mucha fuerza, en parte gracias a un famoso mosaico hallado en Rávena (Italia) que data del siglo VI d. C. en el que aparecen grabados, con toda claridad, los tres nombres antes mencionados.
 
Regalos a Jesús
 
El relato bíblico prosigue afirmando que los Magos encontraron al Mesías acostado en un humilde pesebre, a lado de María, su madre, y de San José, su padre adoptivo. Entonces, los sabios se hincaron frente al recién nacido y presentaron sus regalos: oro, por su realeza; incienso, por su divinidad; y mirra, por su humanidad.
 
La hermosa costumbre de intercambiar regalos en Navidad está conectada con la presencia de los Reyes Magos en el pesebre, al que llegaron siguiendo una estrella, cuyo destello alumbraba el humilde lugar donde Dios había nacido. Jesús es el sentido último de cualquier obsequio de Navidad y, por lo tanto, debe ser expresión de amor y de la alegría compartida. Dios mismo se ha hecho don por cada uno de nosotros, para que tengamos vida y permanezcamos unidos en Él.
 
Sigamos el ejemplo de los Reyes Magos y ¡hagámosle un regalo a Jesús! Empecemos por regalarle nuestro corazón y hagamos promesas de conversión para el año que empieza: algo que nos haga mejores personas, más santos.
 
¡Como los sabios de Oriente presentemos de rodillas nuestros regalos al Niño Dios y adorémosle!
Lectura del Evangelio correspondiente a la Solemnidad de Epifanía (Mt 2, 1-12)
 
“Jesús nació en Belén de Judá en tiempos del rey Herodes. Entonces, unos Magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: ‘¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo’. Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó, y todo Jerusalén con él; convocó a los sumos pontífices y a los letrados del país, y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías.
 
Ellos le contestaron: ‘En Belén de Judá, porque así lo ha escrito el profeta: Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres ni mucho menos la última de las ciudades de Judá; pues de ti saldrá un jefe que será el pastor de mi pueblo Israel’. Entonces Herodes llamó en secreto a los Magos, para que le precisaran el tiempo en que había aparecido la estrella, y los mandó a Belén, diciéndoles: ‘Id y averiguad cuidadosamente qué hay del niño, y, cuando lo encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo’.
 
Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y de pronto la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño. Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. Y habiendo recibido en sueños un oráculo para que no volvieran a Herodes, se marcharon a su tierra por otro camino”.(ACI Prensa).

05 enero, 2026

San Juan Newmann, Misionero Redentorista

 

5 de enero
San Juan Neumann
Misionero Redentorista
 
Cada 5 de enero se celebra a San Juan Neumann, misionero redentorista y cuarto obispo de la ciudad de Filadelfia (Estados Unidos), organizador de la primera red de educación católica en ese país.
 
Juan Nepomuceno Neumann -por su nombre de pila- nació en Bohemia, actual República Checa, en 1811. Acudió a la escuela en Budweis, y años más tarde, en 1831, ingresaría al seminario de esa misma ciudad. Al completar la preparación para el sacerdocio, se presentó a su diócesis de acuerdo al rigor canónico, sin embargo sufrió un inesperado revés. El obispo local había caído enfermo y quedó inhabilitado. Entonces, se suspendieron las ordenaciones sacerdotales en su jurisdicción por tiempo indefinido.
 
Juan, deseoso de servir al Señor, dirigió cartas a los obispos de las diócesis vecinas, pero ninguno lo quiso aceptar. A pesar del desconcierto inicial, el santo no se desanimó. Con la mente puesta en hacer presente a Cristo allí donde Él lo convoque, se puso a trabajar en una fábrica para ganarse el sustento. Allí conoció a algunos norteamericanos con los que aprendió algo de inglés. Después, tuvo la genial idea de contactarse con obispos de Estados Unidos. Juan poseía un alma misionera y estaba dispuesto a trasladarse a América, si Dios lo necesitaba allí.
 
Sacerdote y misionero en América del Norte
 
El arzobispo de Nueva York aceptó recibirlo y ordenarlo, de manera que Juan dejó a su familia y amigos para embarcarse en la aventura de anunciar al Señor en una tierra lejana. Así, tras ordenarse en América, Neumann se integraría al limitado grupo de 36 presbíteros que debían asistir a los casi 200 mil católicos residentes en Estados Unidos.
 
Al recién ordenado se le encomendó la administración de una parroquia. La primera dificultad pastoral que enfrentó tuvo que ver con el vasto territorio que le fue asignado: su parroquia se extendía desde Ontario (Canadá) hasta Pensilvania (EE.UU).
 
Dadas las inmensas necesidades, el P. Neumann se la pasó la mayor parte del tiempo visitando poblados. Tuvo que atravesar territorios inhóspitos, caminar largas distancias bajo un clima inclemente -desde el frío extremo al calor sofocante-, andando entre altas montañas y parajes majestuosos; todo con el objetivo de velar por su grey, y poder asistir a quien lo necesitara.
 
Aquellos fueron años de dar catequesis, administrar sacramentos, celebrar la Eucaristía. Era habitual verlo predicar, cuando no en una iglesia, en alguna cabaña abandonada. Incluso lo hacía afuera de las tabernas, a las que consideraba “refugio de almas impenitentes”.
 
Más de una vez, a causa de las precariedades, se vio obligado a celebrar misa en lugares improvisados, como un comedor o una cocina.
 
Redentorista
 
Con el tiempo y las dificultades continuas, descubrió la necesidad de apoyarse en una comunidad religiosa. Conocía bien a los redentoristas y por eso solicitó su ingreso en la Congregación del Santísimo Redentor. Llegado el momento, tomó los votos en la casa de la congregación en Baltimore en el año 1842.
 
Como apóstol, Neumann destacó por su piedad y amabilidad; además de su versatilidad para entender y acompañar a sus feligreses, la mayoría de ellos inmigrantes europeos. Neumann conocía hasta seis idiomas, y por eso no le fue difícil dirigirse a los católicos que no hablaban el inglés con suficiencia.
En 1847, fue nombrado visitador de los redentoristas en Estados Unidos. Al término de su servicio, estos quedaron listos para formar una “provincia o inspectoría religiosa” autónoma, lo que se concretó en 1850.
 
El obispo inmigrante, un promotor de la educación católica en EE. UU.
 
El P. Neumann fue ordenado obispo de Filadelfia dos años más tarde. Desde esa ciudad organizó el sistema diocesano de escuelas católicas, convirtiéndose en el gran impulsor de la educación religiosa en el país. Asimismo, fundó la congregación de las Hermanas de la Tercera Orden de San Francisco, dedicadas a la enseñanza en las escuelas; y fue el promotor de la construcción de más de 80 templos repartidos por todo el país.
 
San Juan Neumman fue un hombre sencillo, de baja estatura y aspecto bonachón; y aunque nunca tuvo una salud robusta, realizó una gran actividad pastoral y literaria. Escribió muchos artículos en revistas y periódicos, publicó dos versiones del catecismo y una historia de la Biblia para escolares. Alguna vez, en uno de sus artículos, escribiría: “No me he arrepentido jamás de haberme dedicado a la Misión en América”, revelando cuán comprometido vivió con el lugar donde Dios lo puso.
 
El 5 de enero de 1860, con tan solo 48 años de edad, el Señor lo llamó a su presencia: Mons. Neumman sufrió repentinamente un colapso y se desplomó en la calle. Fue beatificado en 1963 por el Papa San Pablo VI y canonizado en 1977 por el mismo pontífice. (ACI Prensa).


01 enero, 2026

Solemnidad de María Santísima, Madre de Dios

 

 

1 de enero
Solemnidad de María Santísima
Madre de Dios
 
El 1 de enero, primer día del año civil, es también un día de júbilo para la Iglesia Católica: el mundo cristiano celebra la Solemnidad de María Santísima, Madre de Dios.
 
Con esta celebración, la Iglesia se encomienda, desde el primer día del año, a los cuidados maternales de María. La Virgen, quien tuvo la dicha de concebir, dar a luz y criar al Salvador de la humanidad, es aquella que protege a todos sus hijos en Cristo, los asiste y acompaña mientras peregrinan en este mundo.
 
Será llamada Theotokos, ‘Madre de Dios’
 
A continuación se presentan algunos datos que pueden ayudar a entender cómo es que desde los tiempos de la Iglesia primitiva se empieza a emplear el nombre Theotokos para hacer referencia a la Virgen María, y cómo desde los primeros siglos de la cristiandad los fieles se apropiaron de él y lo defendieron.
 
Lo primero que hay que señalar es que la celebración dedicada a “María, Madre de Dios” es la más antigua que se conoce en Occidente. En las catacumbas de la ciudad de Roma -los subterráneos que sirvieron de refugio a los cristianos perseguidos y donde estos se reunían para celebrar la Eucaristía- han sido halladas numerosas inscripciones y pinturas que dan cuenta de la antigüedad de esta celebración mariana.
 
Por otro lado, de acuerdo a un antiguo escrito del siglo III, los cristianos de Egipto también se dirigían a María como “Madre de Dios”, usando las siguientes palabras, hoy hechas oración: "Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios: no desoigas la oración de tus hijos necesitados; líbranos de todo peligro, oh, siempre Virgen gloriosa y bendita". Esta plegaria está recogida en la ‘Liturgia de las Horas’ y el ‘Oficio divino’ desde tiempos inmemoriales, dada su riqueza teológica y espiritual.
 
Para el siglo IV, el título de “Madre de Dios” ya estaba incorporado en la oración de los fieles y se usaba con frecuencia, tanto en la Iglesia de Oriente (con el griego Theotokos) como en la de Occidente (con el latín Mater Dei). Para entonces, era parte del sentir común de la cristiandad dirigirse a la Virgen María como “Madre de Dios”. Dicho en otras palabras, los cristianos habían hecho suya esa forma de reverenciar y honrar a la Virgen, considerando dicho trato como parte integral de su tradición e identidad.
 
María, elevada por encima de toda controversia
 
A pesar de la mencionada convicción de los fieles, en el siglo V, Nestorio, patriarca de Constantinopla, cuestionó que María pudiese ser llamada ‘Madre de Dios’, porque -a su modo de ver- no lo era realmente: “¿Entonces Dios tiene una madre? En consecuencia no condenemos la mitología griega, que les atribuye una madre a los dioses”, sugería el patriarca de origen sirio.
 
Lo que quizás Nestorio (c. 386-c. 451) no logró avizorar, arrastrado por el error, fue que el cuestionamiento a la maternidad divina de María tenía implicancias cristológicas, es decir, no solo deshonraba a la Virgen María al poner en entredicho que fuese efectivamente madre de la “persona” de Cristo, uno y único; sino que su celo desmedido por “proteger” la divinidad del Señor le terminó jugando en contra: su postura hacía insostenible la integridad de Cristo, en el que se unen lo divino y lo humano de manera perfecta.
 
Claramente, Nestorio había incurrido en un gravísimo error que desembocó en los mares turbulentos de la herejía. El Patriarca de Constantinopla había introducido una separación -o más bien una ‘ruptura’- entre las dos naturalezas –divina y humana– presentes en Jesús. Para la Iglesia, María no podía ser solo “madre” de la humanidad de Cristo, y no serlo simultáneamente de su divinidad sin que quede escindido el ser más íntimo del Señor Jesús, Segunda Persona de la Santísima Trinidad. Si se asumen los supuestos nestorianos se puede ir aún más lejos en el error y, con ello, distorsionar incluso toda comprensión de la obra salvífica, desde el hecho mismo de la Encarnación.
 
Concilio de Éfeso
 
Los obispos de aquel tiempo reunidos en el Concilio de Éfeso (año 431), afirmaron la subsistencia de la naturaleza divina y de la naturaleza humana en la única persona del Hijo; y declararon: "La Virgen María sí es Madre de Dios porque su Hijo, Cristo, es Dios".
 
Aquel día, los padres conciliares, acompañados por el pueblo, realizaron una gran procesión por la ciudad, iluminada por cientos de antorchas encendidas, al canto de: "Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén".
 
Desarrollos mariológicos del Magisterio reciente
 
San Juan Pablo II, en noviembre de 1996, señalaba lo siguiente: “La expresión Theotokos, que literalmente significa ‘la que ha engendrado a Dios’, a primera vista puede resultar sorprendente, pues suscita la pregunta: ¿cómo es posible que una criatura humana engendre a Dios? La respuesta de la fe de la Iglesia es clara: la maternidad divina de María se refiere solo a la generación humana del Hijo de Dios y no a su generación divina”. Luego el santo pontífice añadía:
 
“El Hijo de Dios fue engendrado desde siempre por Dios Padre y es consustancial con él. Evidentemente, en esa generación eterna María no intervino para nada. Pero el Hijo de Dios, hace dos mil años, tomó nuestra naturaleza humana y entonces María lo concibió y lo dio a luz”.
 
Asimismo, el Santo Padre señalaba que la maternidad de María “no atañe a toda la Trinidad, sino únicamente a la segunda Persona, al Hijo, que, al encarnarse, tomó de ella la naturaleza humana”. Además, “una madre no es madre sólo del cuerpo o de la criatura física que sale de su seno, sino de la persona que engendra”, subrayaba San Juan Pablo II.
 
¡Intercede por nosotros, Madre Nuestra!
 
Para terminar, es importante recordar que María no es sólo Madre de Dios, sino que también es madre nuestra, porque así lo quiso Jesucristo, voluntad expresada en su testamento desde la cruz al apóstol Juan. 
 
Por ello, pidámosle a María, al comenzar el nuevo año, que nos ayude a ser cada vez más como su Hijo, el Señor Jesús.(ACI Prensa).