¡Oh!, San Pablo Miki y compañeros mártires, vosotros,
sois los hijos del Dios de la vida, y sus amados santos,
que, el mundo todo, hoy, os recuerda: San Juan Goto,
San Santiago Kisai, San Felipe de Jesús, San Gonzalo
García, San Francisco Blanco, San Pedro Bautista, San
Francisco de San Miguel, San Cayo Francisco; San
Francisco de Miako; San León Karasuma, y, los niños
San Luis Ibarqui, San Antonio Deyman, y San Totomaskasaky,
cuyo padre fue también martirizado, todo por amor a Cristo.
Vos, antes de partir a la eternidad dijisteis con fe y
valor extraordinario: “Llegado a este momento final de
mi existencia en la tierra, seguramente que ninguno de
ustedes va a creer que me voy a atrever a decir lo que
no es cierto. Les declaro pues, que el mejor camino para
conseguir la salvación es pertenecer a la religión
cristiana, ser católico. Y como mi Señor Jesucristo me
enseñó con sus palabras y sus buenos ejemplos a perdonar
a los que nos han ofendido, yo declaro que perdono al
jefe de la nación que dio la orden de crucificarnos, y,
a todos los que han contribuido a nuestro martirio, y
les recomiendo que ojalá se hagan instruir en nuestra
santa religión y se hagan bautizar”. La gente de veros
se maravilló al suplicio marchar, entre cánticos de Salmos
llenos de amor y fe, porque, vosotros sabíais, que Dios,
os premiaría, con coronas de luz y eternidad, como justo
premio a vuestra grande e increíble entrega de amor;
¡oh!, San Pablo Miki y compañeros, vivos mártires de Cristo.
© 2016 by Luis Ernesto Chacón Delgado
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6 de febrero
Los Mártires del Japón
San Pablo Miki y Compañeros Mártires
“Llegado a este momento final de mi existencia en la tierra,
seguramente que ninguno de ustedes va a creer que me voy a atrever a
decir lo que no es cierto. Les declaro pues, que el mejor camino para
conseguir la salvación es pertenecer a la religión cristiana, ser
católico”. (R. P. San Pablo Miki)
Fueron 26, martirizados el mismo día, 5 de febrero del año 1597. En
el año 1549 San Francisco Javier llegó al Japón y convirtió a muchos
paganos.
Ya en el año 1597 eran varios los miles de cristianos en aquel país. Y
llegó al gobierno un emperador sumamente cruel y vicioso, el cual
ordenó que todos los misioneros católicos debían abandonar el Japón en
el término de seis meses. Pero los misioneros, en vez de huir del país,
lo que hicieron fue esconderse, para poder seguir ayudando a los
cristianos. Fueron descubiertos y martirizados brutalmente. Los que
murieron en este día en Nagasaki fueron 26. Tres jesuitas, seis
franciscanos y 16 laicos católicos japoneses, que eran catequistas y se
habían hecho terciarios franciscanos.
Los mártires jesuitas fueron:
San Pablo Miki, un japonés de familia de la alta clase social, hijo
de un capitán del ejército y muy buen predicador: San Juan Goto y
Santiago Kisai, dos hermanos coadjutores jesuitas. Los franciscanos
eran: San Felipe de Jesús, un mexicano que había ido a misionar al Asia.
San Gonzalo García que era de la India, San Francisco Blanco, San Pedro
Bautista, superior de los franciscanos en el Japón y San Francisco de
San Miguel.
Entre los laicos estaban:
Un soldado: San Cayo Francisco; un médico: San Francisco de Miako; un
Coreano: San Leon Karasuma, y tres muchachos de trece años que ayudaban
a misa a los sacerdotes: los niños: San Luis Ibarqui, San Antonio
Deyman, y San Totomaskasaky, cuyo padre fue también martirizado.
A los 26 católicos les cortaron la oreja izquierda, y así
ensangrentados fueron llevados en pleno invierno a pie, de pueblo en
pueblo, durante un mes, para escarmentar y atemorizar a todos los que
quisieran hacerse cristianos.
Al llegar a Nagasaki les permitieron confesarse con los sacerdotes, y
luego los crucificaron, atándolos a las cruces con cuerdas y cadenas en
piernas y brazos y sujetándolos al madero con una argolla de hierro al
cuello. Entre una cruz y otra había la distancia de un metro y medio.
La Iglesia Católica los declaró santos en 1862
Testigos de su martirio y de su muerte lo relatan de la siguiente
manera: “Una vez crucificados, era admirable ver el fervor y la
paciencia de todos. Los sacerdotes animaban a los demás a sufrir todo
por amor a Jesucristo y la salvación de las almas. El Padre Pedro estaba
inmóvil, con los ojos fijos en el cielo. El hermano Martín cantaba
salmos, en acción de gracias a la bondad de Dios, y entre frase y frase
iba repitiendo aquella oración del salmo 30: “Padre, en tus manos
encomiendo mi espíritu”. El hermano Gonzalo rezaba fervorosamente el
Padre Nuestro y el Avemaría”.
Al Padre Pablo Miki le parecía que aquella cruz era el púlpito o
sitio para predicar más honroso que le habían conseguido, y empezó a
decir a todos los presentes (cristianos y curiosos) que él era japonés,
que pertenecía a la compañía de Jesús, o sociedad de los Padres
jesuitas, que moría por haber predicado el evangelio y que le daba
gracias a Dios por haberle concedido el honor tan enorme de poder morir
por propagar la verdadera religión de Dios. A continuación añadió las
siguientes palabras:
“Llegado a este momento final de mi existencia en la tierra,
seguramente que ninguno de ustedes va a creer que me voy a atrever a
decir lo que no es cierto. Les declaro pues, que el mejor camino para
conseguir la salvación es pertenecer a la religión cristiana, ser
católico. Y como mi Señor Jesucristo me enseñó con sus palabras y sus
buenos ejemplos a perdonar a los que nos han ofendido, yo declaro que
perdono al jefe de la nación que dio la orden de crucificarnos, y a
todos los que han contribuido a nuestro martirio, y les recomiendo que
ojalá se hagan instruir en nuestra santa religión y se hagan bautizar”.
Luego, vueltos los ojos hacia sus compañeros, empezó a darles ánimos
en aquella lucha decisiva; en el rostro de todos se veía una alegría muy
grande, especialmente en el del niño Luis; éste, al gritarle otro
cristiano que pronto estaría en el Paraíso, atrajo hacia sí las miradas
de todos por el gesto lleno de gozo que hizo. El niño Antonio, que
estaba al lado de Luis, con los ojos fijos en el cielo, después de haber
invocado los santísimos nombres de Jesús, José y María, se puso a
cantar los salmos que había aprendido en la clase de catecismo. A otros
se les oía decir continuamente: “Jesús, José y María, os doy el corazón y
el alma mía”. Varios de los crucificados aconsejaban a las gentes allí
presentes que permanecieran fieles a nuestra santa religión por siempre.
Luego los verdugos sacaron sus lanzas y asestaron a cada uno de los
crucificados dos lanzazos, con lo que en unos momentos pusieron fin a
sus vidas.
El pueblo cristiano horrorizado gritaba: ¡Jesús, José y María!
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