06 junio, 2026

San Marcelino Champagnat, Fundador y Patrono de la Educación y los profesores

 San Marcelino Champagnat, 6 de junio

06 de junio

San Marcelino Champagnat

Fundador 

Cada 6 de junio, la Iglesia Católica celebra a San Marcelino Champagnat, sacerdote francés fundador de la Congregación de los Hermanos Maristas. A San Marcelino le tocó vivir tiempos en los que su Francia natal pasaba por una profunda crisis social y política.

El santo lideró la que sería la respuesta de la Iglesia a esas circunstancias: un movimiento religioso centrado en el acceso a la educación, especialmente dedicado a la formación de niños y jóvenes.

La educación, regalo del Cielo

Marcelino José Benito Champagnat Chirat nació el 20 de mayo de 1789 en Marlhes (Francia), en el seno de una humilde familia que habría de sufrir las consecuencias del anticlericalismo y del odio a la fe que acompañó a la Revolución Francesa.

Su madre lo consagró de pequeño a la Virgen María, y una de sus tías, que le era muy cercana, fue la que le enseñó las primeras letras. Esa tía fue quien introdujo al pequeño Marcelino en el conocimiento de la vida de los santos.

Lamentablemente, el entonces más joven de los Champagnat no pudo llegar más lejos en su formación escolar, pues su familia no tenía cómo costearla. Marcelino crecería sin asistir a la escuela, pero como sabía leer, se hizo aficionado a las lecturas piadosas que podía encontrar en casa o donde alguno de sus familiares. Con estas aprendió mucho, principalmente sobre el amor a Dios y a la Iglesia.

Al mismo tiempo, como todos los chicos del pueblo, aprendió un oficio -se hizo albañil- y descubrió cierto talento natural para los negocios. Por un tiempo, Marcelino se dedicaría a la venta de corderos, actividad que le permitió ahorrar el dinero necesario para pagar sus estudios en el futuro.

Apenas llegó a la edad necesaria, el santo se presentó al seminario menor de su pueblo. Los formadores lo admitieron y lo ayudaron a adaptarse al nuevo ambiente. Sin embargo, no le fue muy bien y empezó a mostrar dificultad para aprender las materias, a tal punto que casi fue echado del lugar.

Afortunadamente su buena conducta y el apoyo de sus amigos le permitieron continuar. Entre sus compañeros estaba nada menos que otro gran santo, el futuro Cura de Ars, San Juan María Vianney. Juan María, igual que Marcelino, tampoco destacaba en los estudios, aunque sí en piedad y fervor.

En la “escuela” de María

San Marcelino fue ordenado sacerdote en 1816. Casi de inmediato, sería enviado como vicario de un sacerdote anciano, a uno de esos pueblos apartados en los que la vida gira en torno a fiestas y borracheras. El santo, sin que eso le importe mucho, animó a todos a acercarse de nuevo a Dios, especialmente a los jóvenes.

El P. Marcelino se propuso que los muchachos del pueblo llegaran a la iglesia antes de las seis de la mañana para recibir la catequesis, y lo logró -algo que bien pudo ser considerado “su primer milagro”-.

El vicario adquirió la costumbre de visitar el Santuario Mariano de la Fourviere. Cuenta la historia que en una de sus visitas, en medio de su oración, recibió la inspiración de fundar una congregación religiosa dedicada a enseñar el catecismo y formar a los más jóvenes.

Por aquellos días, Marcelino había estado acompañando a un joven enfermo de muerte que carecía de toda preparación en la fe. Ciertamente pudo ayudarlo a morir en paz, pero el hecho le dejó un terrible sinsabor.

De cara al Señor, en oración, decidió juntar a algunos de sus compañeros y comenzar una obra apostólica. Entusiasmado, llegó a la convicción de que esa obra debía ser educativa: muchos jóvenes necesitaban una oportunidad para educarse, y conocer más y mejor a Dios.

“Todo en honor de Jesús, pero por medio de María…”

La fundación de la Congregación de los Hermanos Maristas se produjo el 2 de enero de 1817. La nueva comunidad, consagrada como “Compañía de María”, dio inicio a las labores escolares. Previamente, sus miembros, conocidos como “los hermanos maristas”, habían recibido de su fundador la instrucción adecuada para tan elevada misión.

El P. Marcelino envió a sus hijos espirituales a las parroquias cercanas en calidad de maestros de religión o catequistas. Con el correr del tiempo llegarían nuevos aspirantes a formar parte de la Congregación. De esta manera, ya con un número suficiente de “religiosos-educadores“ aparecieron las primeras “escuelas maristas”.

El método empleado por los maristas en las aulas estaba marcado por el ejercicio de la caridad, la práctica del canto y la participación activa de los alumnos. Todo trato humillante estaba rotundamente prohibido, así como los castigos físicos. El P. Marcelino, además, tenía la convicción de que toda pedagogía debía centrarse en el amor a María: “Todo en honor de Jesús, pero por medio de María. Todo por María, para llegar hacia Jesús”.

“Nuestra comunidad -solía recordar a sus religiosos- pertenece por completo a Nuestra Señora, la Madre de Dios. Nuestras actividades deben estar dirigidas a hacerla amar, estimar y glorificar. Inculquemos su devoción a nuestros jóvenes, y así los llevaremos más fácilmente hacia Jesucristo”.

La educación para San Marcelino Champagnat no se limita a la trasmisión de conocimientos, o a potenciar sólo la dimensión intelectual. Sin búsqueda de Dios, sin verdad que ilumine el espíritu y sin caridad el alma del joven queda cercenada. Educar es formar a la persona.

Formación para la santidad

San Marcelino Champagnat partió a la Casa del Padre el 6 de junio de 1840 con tan sólo 51 años de edad. Lo que parecía una gastritis aguda, había sido en realidad un cáncer de estómago. Con todo, su obra educativa y espiritual mantendría el impulso fundacional que él le dio, gracias a la persistencia y cariño de sus hermanos de la Congregación. Como prueba de ello se produjo una expansión de la Orden en muchos países.

El fundador de los maristas fue canonizado en 1999 por San Juan Pablo II. En la homilía de la Misa de canonización el Santo Padre afirmó: “San Marcelino anunció el Evangelio con un corazón ardiente. Mostró sensibilidad a las necesidades espirituales y educativas de su época, especialmente a la ignorancia religiosa y al abandono que experimentaba particularmente la juventud”.

¡San Marcelino Champagnat, ruega por nosotros!

05 junio, 2026

San Bonifacio, Patrono de Alemania

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5 de junio
San Bonifacio
Patrono de Alemania
 
Cada 5 de junio se conmemora a San Bonifacio de Maguncia, mártir, “el Apóstol de Alemania", obispo de origen anglosajón que evangelizó la región central de ese país.
 
Bonifacio fue el gran organizador de la Iglesia en la actual Alemania, en la que dejó establecida una jerarquía bajo la jurisdicción directa de la Santa Sede.
 
Sus dotes de incansable misionero y reformador generaron importantes frutos de santidad en la Europa del siglo VIII. Además, su nombre quedó vinculado a la historia del árbol de Navidad.
 
Winfrido -nombre de pila del santo- nació en el año 680 en Wessex, Inglaterra. Se incorporó muy joven a la abadía de Nursling, en la diócesis de Winchester, donde fue nombrado encargado de la escuela de teología. Estando en Nursling, San Bonifacio escribió la primera gramática latina en lengua inglesa.
 
El que obra el bien
 
A la edad de 30 años recibió el Orden sacerdotal, concentrándose con mayor dedicación en el estudio de la Biblia. En 718 el Papa San Gregorio II convocó a Winfrido para darle una misión muy concreta: llevar la Palabra de Dios a los pueblos paganos de Europa.
 
El Santo Padre escuchó complacido la respuesta afirmativa de Winfrido y le dijo: "Soldado de Cristo, te llamarás Bonifacio". “Bonifacio” significa "bienhechor". El santo partió entonces con destino a Alemania, cruzó los Alpes, atravesó Baviera y llegó a Hesse.
 
Tiempo después, Winfrido envió una carta a la Santa Sede con un informe satisfactorio sobre el crecimiento de la Iglesia. Entonces el Papa lo llamó de regreso a Roma con la intención de confiarle el obispado.
 
El día de San Andrés del año 722, Bonifacio fue consagrado obispo regional con la jurisdicción general de Alemania. El santo regresó a Hesse y como primera medida se propuso erradicar las supersticiones paganas que sometían al pueblo germano y que representaban el principal obstáculo para la evangelización.
 
Apóstol de Alemania
 
En el año 731, el Papa Gregorio III, sucesor de Gregorio II, envió a San Bonifacio la carta con su nombramiento como obispo metropolitano de todos los territorios germanos más allá del Rhin, con autoridad para crear obispados donde lo creyera conveniente.
 
En su tercer viaje a Roma, fue nombrado también delegado de la Sede Apostólica. San Bonifacio y su discípulo San Sturmi fundaron en el año de 741 la abadía de Fulda, que con el tiempo se convirtió en el “Monte Cassino” de Alemania.
 
El 5 de junio del año 754, el santo se disponía a celebrar una Confirmación en la víspera de Pentecostés cuando apareció una horda de paganos hostiles que atacó brutalmente al grupo de cristianos con lanzas y espadas.
 
"Dios salvará nuestras almas", se escuchó gritar a Bonifacio mientras alzaba con sus manos el Evangelio. Una espada partió el libro y atravesó el cuerpo del santo, dándole muerte.
Sus restos descansan en el monasterio de Fulda hasta el día de hoy.
 
Sobre San Bonifacio, el Papa Benedicto XVI señaló en el año 2009 que “su incansable labor, su don para la organización y su carácter moldeable, amiguero y firme fueron determinantes para el éxito de sus viajes”. (ACI Prensa).
 


04 junio, 2026

San Francisco Caracciolo, Fundador y Patrono de los cocineros

 San Francisco Caracciolo, 4 de junio

4 de junio

San Francisco Caracciolo

Fundador y Patrono de los cocineros 

Cada 4 de junio la Iglesia Católica conmemora a San Francisco Caracciolo, religioso italiano del siglo XVI, fundador, junto al P. Agustín Adorno, de la Orden de Clérigos Regulares Menores, de la que fue superior general.

De lo que rebosa el corazón, habla la boca

A Francisco lo llamaban “el predicador del amor de Dios" porque en su prédica aludía constantemente a la misericordia de Dios con los pecadores.

El P. Francisco, al mismo tiempo, fue siempre un fiel devoto de la Santísima Virgen. Dios le concedió el don de curar enfermedades, y en reiteradas ocasiones pudo devolver la salud a personas enfermas con solo hacer la señal de la cruz sobre ellas.

De mente inquieta y de alma dócil a las mociones del Espíritu Santo, encabezó, a lo largo de su vida religiosa, varias iniciativas con el deseo de extender el Reino de Dios.

Francisco fue el fundador de uno de los más grandes conventos de Nápoles (Italia), que pronto se llenaría de vocaciones, e hizo lo mismo en España, en las ciudades de Madrid, Valladolid y Alcalá.

Curado de la peor enfermedad

Francisco Ascanio Caracciolo nació el 13 de octubre de 1563 en la región de los Abruzos (Italia). A los 22 años se contagió de lepra, enfermedad de la piel en ese entonces incurable. Los médicos lo desahuciaron y sus amigos pronto se apartaron, dejándolo solo.

Él, sintiéndose perdido, volvió sobre el Señor, al que pidió que lo salve. En su oración de súplica le prometió a Dios que le daría un sentido distinto a su vida y que si lo curaba, se haría sacerdote y dedicaría su vida al apostolado.

Curado de milagro, Francisco decidió cumplir su promesa y empezó a prepararse para el sacerdocio. Se fue a Nápoles a estudiar teología y allí, apenas ordenado sacerdote, se unió a un grupo de religiosos dedicados a asistir a los presos de las cárceles.

La fundación

En 1588 el Papa Sixto V dio su aprobación a la nueva Congregación que Francisco y sus compañeros fundaron. El Papa, a continuación, dejó bajo el cuidado de la nueva Orden la residencia que está junto a la famosa Basílica de Santa María la Mayor, en Roma.

Los clérigos menores -a los que se conoce como “caracciolos” o “caracciolinos”- trabajaban en cárceles y hospitales, anunciando al Señor en esas difíciles circunstancias, además de hacerlo recorriendo calles o pueblos enteros.

Francisco entregó lo mejor de su vida trabajando para la extensión del Reino de Dios en la tierra, labor dura y exigente, principalmente porque muchas almas se encontraban endurecidas.

El tiempo que el santo dedicaba a la oración y a la vida en común con sus hermanos fueron los pilares que lo sostuvieron.

Aferrado a lo esencial

En 1607 el P. Francisco Caracciolo renunció al cargo de superior general que se le había encomendado para dedicarse exclusivamente a la oración y la meditación.

Gracias a la guía y los cuidados de Francisco, sus hijos espirituales desarrollaron un estilo de vida en el que se equilibraba la predicación (la pastoral) con la vida contemplativa.

Para el santo, toda obra en favor de los que sufren tenía que tener un sustento espiritual. Es en el esfuerzo por acompañar a sus hijos que Francisco empieza a desarrollar las características del místico.

En su habitación del convento de Nápoles, se le encontró varias veces tirado en el suelo en éxtasis, con los brazos en cruz, de cara a su crucifijo.

La vuelta a casa

El 4 de junio del año 1608, a los 44 años, San Francisco Caracciolo fue llamado a la Casa del Padre, tras sufrir de unas fiebres intensas.

Fue beatificado por el Papa Clemente XIV el 4 de junio de 1769, y canonizado por el Papa Pío VII el 24 de mayo de 1807.(ACI Prensa).


02 junio, 2026

San Félix de Nicosia OFMC, Iletrado, pero sabio

 San Félix de Nicosia, 2 de junio

 
02 de junio
San Félix de Nicosia OFMC
Iletrado, pero sabio
 
Cada 2 de junio se celebra a San Félix de Nicosia, humilde fraile capuchino (Orden de los Frailes Menores Capuchinos) del siglo XVIII, ejemplo de austeridad, entrega y, por sobre todo, de amor a Dios, manifestado en la obediencia y la caridad con los pobres y vulnerables.
 
San Félix nació en la ciudad siciliana de Nicosia (Italia) en el año 1715. Su nombre de pila fue Filippo Giacomo Amoroso. A los 20 años, pidió ser admitido en el convento de los franciscanos capuchinos en condición de hermano lego, ya que, por ser analfabeto, no podía aspirar a ser clérigo.
 
Fue rechazado durante 8 años consecutivos, hasta que finalmente fue admitido en el convento de Mistretta, Sicilia. Hizo su profesión perpetua el 10 de octubre de 1774, y, de inmediato, fue enviado al convento de Nicosia, su pueblo natal.
 
Limosnero, pero rico
 
Durante gran parte de su vida religiosa ejerció el oficio de limosnero. Cada día recorría las calles de su pueblo llamando a las puertas de los ricos, invitándolos a compartir sus bienes y a acudir a Dios, de quien todos somos deudores.
 
Luego, tocaba las puertas de los pobres, ofreciendo asistencia en sus necesidades y recordándoles que aún en medio de la pobreza hay mucho que ofrecer y compartir. De esta manera, él mismo se convirtió en nexo de unión entre unos y otros, ayudando a romper los muros sociales.
 
Con su conducta amable, San Félix conmovía a sus coetáneos, especialmente porque siempre daba las gracias, tanto cuando recibía donativos como cuando lo rechazaban o maltrataban. En cualquiera de los casos su respuesta era la misma: “Sea por amor de Dios".
 
Iletrado, pero sabio
 
Aunque era analfabeto, conocía bien las Sagradas Escrituras y la doctrina cristiana, pues se esforzaba en retener los pasajes bíblicos que le resultaban más significativos, así como los textos de los maestros espirituales que se leían en el convento durante las comidas.
 
Algo similar hacía con lo que escuchaba en la homilía. El hermano Felix demostró con contundencia que era realmente bueno para atesorar lo que llegaba a sus oídos para, una vez interiorizado, compartirlo con cualquiera que lo necesitara.
 
Fue un gran amante de la Eucaristía (se pasaba horas rezando ante el Sagrario). Profesó una devoción particular a la Virgen de los Dolores (llevó en su pecho durante treinta años una imagen de Ella) y a la Pasión de Cristo (solía meditar sobre el sacrificio de Cristo en la Cruz con los brazos cruzados).
 
Dócil instrumento de Dios
 
San Félix tenía como mayor aspiración corresponder lo mejor posible al amor de Dios. Sabía que si a Dios se aferraba, todo lo restante calzaría en su lugar. Sabía también que si había que preocuparse de algo, debía ser de poner a Dios en primer lugar, siempre.
 
El Señor, sabiéndose reparado por la piedad del humilde santo, adornó su vida con el don de curar enfermedades, tanto del cuerpo como del alma. En nombre de Cristo obró muchos milagros. Es conocido, además, que el buen Hno. Félix recibió el don de la bilocación, gracias al cual sirvió a más gente.
 
El santo murió el 31 de mayo de 1787 en el convento de Nicosia, su hogar, a la edad de 78 años. Fue beatificado el 12 de febrero de 1888 por el Papa León XIII y canonizado el 23 de octubre del 2005 por el Papa Benedicto XVI.
 
"Sea por amor de Dios"
 
En la homilía de la Misa de canonización, el Papa pronunció unas palabras dedicadas a San Félix: «”Sea por amor de Dios”. Así podemos comprender bien cuán intensa y concreta era en él la experiencia del amor de Dios revelado a los hombres en Cristo. Este humilde fraile capuchino, hijo ilustre de la tierra de Sicilia, austero y penitente, fiel a las expresiones más auténticas de la tradición franciscana, fue plasmado y transformado gradualmente por el amor de Dios, vivido y actualizado en el amor al prójimo. Fray Félix nos ayuda a descubrir el valor de las pequeñas cosas que enriquecen la vida, y nos enseña a captar el sentido de la familia y del servicio a los hermanos, mostrándonos que la alegría verdadera y duradera, que anhela el corazón de todo ser humano, es fruto del amor». (ACI Prensa).

01 junio, 2026

San Justino, filósofo, teólogo, mártir y Apologista del siglo II

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1 de junio
San Justino, filósofo, teólogo y mártir
Apologista del siglo II
 
Cada 1 de junio la Iglesia celebra a San Justino, filósofo, teólogo y mártir, a quien el Papa Benedicto XVI llamó "el más importante entre los Padres apologistas del siglo II".
 
San Justino, inicialmente pagano, dedicó su vida al saber y a la búsqueda de la verdad. Precisamente en ese esfuerzo descubrió la fe y la necesidad de dar razón de ella. Llegó a ser un eximio filósofo cuyo talento fue puesto al servicio de la doctrina cristiana.
 
Una vez convertido a la causa de Cristo, Justino se dedicó a defender las verdades reveladas por Dios haciendo uso de las herramientas conceptuales con las que nos provee la razón. Persuadido por la Verdad que viene de lo alto, se comprometió a tal punto con Cristo que no dudó en entregar su vida en el martirio.
 
Buscador de la verdad, servidor de la Verdad
 
San Justino nació alrededor del año 100, en la antigua región de Siquem, en Samaria. Sus padres fueron paganos de origen griego y le otorgaron una educación privilegiada en Filosofía y Letras, lo que le permitió, llegado el momento, aproximarse al cristianismo con profundidad y reverencia.
 
Un día, mientras meditaba acerca de Dios, se le acercó un sabio anciano que le recomendó estudiar la religión cristiana a través de la Escritura, “porque es la única que habla de Dios debidamente y de manera que el alma queda plenamente satisfecha”, le dijo.
 
En ese momento Justino tenía unos 30 años. Tocado por las palabras de aquel hombre sabio, a partir de entonces se dedicó a leer las Sagradas Escrituras, en las que encontró no sólo “un conjunto de maravillosas enseñanzas”, sino la Verdad que había buscado de corazón, algo que ningún otro conocimiento podía superar.
 
Posteriormente, San Justino fundó una escuela en Roma, en la que enseñaba gratuitamente a quienes querían conocer la nueva religión que se expandía por el imperio. Justino consideró al saber revelado como una verdadera filosofía y fuente para aprender el arte de vivir con rectitud.
 
El haber enseñado esta luminosa doctrina le acarreó ser denunciado y condenado a muerte. Como otros tantos mártires, se le dio la oportunidad de adorar dioses extraños a cambio de respetar su vida. San Justino no aceptó tan indigna oferta y fue ejecutado. Murió decapitado alrededor del año 165 en tiempos de Marco Aurelio, perseguidor de la Iglesia.
 
Defensor de la fe y la praxis cristianas
 
El término “apologista” o “apologeta” equivale a “defensor”; y fue justamente ese papel el que San Justino asumió contra aquellos que rechazaban al cristianismo.
 
El santo escribió varios textos, la mayoría desaparecidos, pero hay algunos que han llegado hasta nuestros días. Entre estos destacan las famosas “Apologías” (defensa del cristianismo en dos partes), escritas para el emperador Tito Aurelio (Antonino Pío), los miembros del Senado y las principales autoridades romanas.
 
En ellas, Justino tiene la intención de dar a conocer las razones por las que los cristianos no deberían ser perseguidos y a su vez sus costumbres deberían ser respetadas.
 
Tanto la primera como la segunda apología ofrecen, además, detalles sobre la vida y costumbres de los cristianos antes del año 200, por lo que constituyen una fuente invalorable que ha hecho posible que hoy podamos comprender y apreciar muchos de los rasgos característicos de la Iglesia primitiva. Las Apologías gozaron de gran difusión y fueron ampliamente conocidas desde el Asia Menor hasta Roma.
 
Además de las “Apologías”, también se conserva el llamado “Diálogo con Trifón”. Este texto, igualmente de carácter apologético, se aboca a las semejanzas y diferencias entre el cristianismo y el judaísmo. Su propósito es afirmar que Jesucristo representa la plenitud de la Ley y que, por lo tanto, debe ser reconocido por el pueblo judío como el Mesías esperado.
 
Para conseguir ese objetivo, San Justino se apoya constantemente en la Escritura, echando mano del recurso literario del diálogo (ficción argumentativa), en el que discute con un rabino de nombre “Trifón”.
 
El Papa Benedicto XVI señaló en torno a las obras del santo: “Ilustran ante todo el proyecto divino de la creación y de la salvación que se cumple en Jesucristo, el Logos, el Verbo de Dios, del que participa todo hombre, como creatura racional. Su primera Apología es una crítica implacable a la religión pagana y a los mitos de entonces” (Benedicto XVI, 2007).(ACI Prensa).

29 mayo, 2026

San Pablo VI, Patrono de los cursillos de cristiandad

 San Pablo VI

29 de mayo
San Pablo VI
Patrono de los cursillos de cristiandad
 
Cada 29 de mayo celebramos a San Pablo VI, el Pontífice que llevó a término el acontecimiento eclesial más importante de los tiempos modernos: el Concilio Vaticano II. El Papa San Pablo VI marcó un antes y un después en términos de la defensa de la vida y la familia, en virtud a su famosa encíclica Humanae vitae (Sobre la vida humana).
 
Servidor de Cristo
 
Giovanni Battista Enrico Antonio Maria Montini, el Papa Pablo VI, nació en Lombardía (Italia) el 26 de septiembre de 1897. Fue el segundo de los tres hijos del matrimonio de Giorgio Montini -abogado, periodista, director de la Acción Católica y parlamentario italiano- y doña Giudetta Alghisi.
 
El 29 de mayo de 1920, a la edad de 22 años, Giovanni Battista Montini fue ordenado sacerdote y enviado a Roma para culminar su formación. Cursó estudios en la Pontificia Universidad Gregoriana, en la Universidad de Roma La Sapienza y en la Academia Pontificia Eclesiástica. Una vez concluidos sus estudios, fue asignado a la oficina de la Secretaría de Estado, donde trabajó por 30 años.
 
El 1 de noviembre de 1954, con 57 años de edad, Montini fue nombrado Arzobispo de Milán, y unos años más tarde sería creado Cardenal, el 15 de diciembre de 1958.
 
En consonancia con el Espíritu: el Concilio
 
A la muerte del Papa San Juan XXIII en 1963, cuando aún se estaba realizando el Concilio Vaticano II, el Cardenal Montini fue convocado a participar del cónclave que elegiría al sucesor del “Papa bueno”. El cónclave concluyó eligiéndolo como el nuevo Sucesor de Pedro el 21 de junio de ese año.
 
El recién elegido Papa tomaría el nombre de Pablo VI. Su pontificado llevó a buen puerto el trabajo de “renovación en continuidad” que propuso Juan XXIII al iniciar el Concilio. Es decir, una renovación que no significase un quiebre con la tradición, y que al mismo tiempo implique una mirada desde el Evangelio de cara al futuro. Pablo VI supo entender correctamente las mociones del Espíritu Santo y poner a la Iglesia a tono para afrontar los nuevos tiempos.
 
Dio por concluido el Concilio Vaticano II el 8 de diciembre de 1965.
 
Magisterio en favor de la vida y la familia
 
Escribió siete encíclicas: Ecclesiam Suam (6 de agosto de 1964), Mense maio (29 de abril de 1965), Mysterium fidei (3 de septiembre de 1965), Christi Matri (15 de septiembre de 1966), Populorum progressio (26 de marzo de 1967), Sacerdotalis Caelibatus (24 de junio de 1967) y Humanae vitae (25 de julio de 1968) -sobre la regulación de la natalidad-. Esta última constituye un hito histórico al haber marcado el derrotero que ha de seguir la Iglesia en términos de la defensa de la familia, la castidad y la sexualidad, al tiempo que sigue impulsando una auténtica revolución moral y social en un mundo cada vez más secularizado.
 
Un Pontífice para los nuevos tiempos
 
San Pablo VI también impulsó el diálogo ecuménico. Han pasado a la historia algunos de sus gestos de acercamiento a las Iglesias de Oriente, como su memorable abrazo con el Patriarca de Constantinopla Atenágoras en 1964, y el mutuo levantamiento de excomuniones.
 
Además, fue él quien inició la era de los viajes pontificios con visitas a países de los cinco continentes, incluyendo un viaje a Tierra Santa y una presentación en la sede de la ONU en Nueva York. Cabe señalar que, en este esfuerzo por acercar a los miembros de la Iglesia, pasó por momentos difíciles, como el producido en Filipinas en 1970, donde fue blanco de un intento de asesinato.
 
En el motu proprio Ecclesiae sanctae del 6 de agosto de 1966, el Papa Pablo VI estableció que los obispos debían presentar su renuncia al cargo al cumplir los 75 años de edad. Este requisito se hizo extensivo a los Cardenales en 1970. También modificó el proceso de elección papal, al establecer que sólo los Purpurados menores de 80 años pueden participar en los cónclaves. Asimismo, en 1969, el santo promulgó la reforma litúrgica posconciliar.
 
Legado papal
 
Entre otras importantes tareas, Pablo VI celebró seis consistorios entre 1965 y 1977; creó a los Cardenales Karol Wojtyla (Juan Pablo II) en 1967, Albino Luciani (Juan Pablo I) en 1973 y Joseph Ratzinger (Benedicto XVI) en 1977.
 
El Papa San Pablo VI falleció en Castel Gandolfo el 6 de agosto de 1978, después de un pontificado de 15 años. Fue beatificado el 19 de octubre de 2014 y canonizado el 14 de octubre de 2018 por el Papa Francisco.(ACI Prensa).

28 mayo, 2026

Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote

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28 de mayo
Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote
 
En algunos países, el jueves posterior a la Solemnidad de Pentecostés se celebra la fiesta de ‘Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote’. 
 
Origen y desarrollo 
 
Esta festividad tiene sus orígenes en la celebración del Sacerdocio de Cristo que la Iglesia realiza desde siempre, pero que en algunas localidades o diócesis fue cobrando una forma particular con el transcurso de las últimas décadas. Este es el caso, por ejemplo, de España, donde se le dedica un día del año. 
 
Tras la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II (1962-1965), la fiesta de Jesucristo, Sumo y eterno sacerdote empezó a hacerse más conocida gracias al impulso apostólico de la Congregación de Hermanas Oblatas de Cristo Sacerdote, congregación femenina de vida contemplativa, cuyo carisma consiste en orar por la fidelidad de los sacerdotes y por el aumento de las vocaciones sacerdotales. 
  
La celebración de la fiesta de Jesucristo, Sumo y eterno sacerdote fue introducida en España en 1973 con la aprobación de la Sagrada Congregación para el Culto Divino (hoy, convertida en Dicasterio para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos) y el patrocinio del Papa San Pablo VI. La Sagrada Congregación dispuso además que esta festividad posea textos litúrgicos propios para la celebración de la Santa Misa y el rezo del Oficio, aprobados en 1971.
 
Además de España, otras Conferencias Episcopales han incluido esta fiesta en sus calendarios litúrgicos particulares. Este es el caso de países como Chile, Colombia, Perú, Puerto Rico, Uruguay y Venezuela. En algunas diócesis de los países mencionados la fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote es conocida también como la ‘Jornada por la santificación de los sacerdotes’.
 
Fundamento a la luz del Magisterio 
 
San Juan Pablo II, en la encíclica “Ecclesia de Eucharistia” [La Iglesia vive de la Eucaristía] señalaba que “el Hijo de Dios se ha hecho hombre para reconducir todo lo creado, en un supremo acto de alabanza a Aquél que lo hizo de la nada… De este modo, Él, el sumo y eterno Sacerdote, entrando en el santuario eterno mediante la sangre de su Cruz, devuelve al Creador y Padre toda la creación redimida. Lo hace a través del ministerio sacerdotal de la Iglesia y para gloria de la Santísima Trinidad”.
 
El sacerdocio, encarnado de manera plena en Jesucristo, se constituye en elemento indispensable para salud de las almas y para perfección de todo lo creado, obra de Dios. Todo sacerdote -de acuerdo al grado recibido- participa del mismo sacerdocio de Cristo y prolonga en el tiempo su acción redentora.
 
Raíces bíblicas: Jesús, Sumo Sacerdote de la Nueva Alianza 
 
La Escritura provee de abundantes referencias que contribuyen a la comprensión del ‘Sacerdocio definitivo’ de Cristo, del que participan todos y cada uno de los sacerdotes que Dios ha llamado a su servicio. La vocación sacerdotal constituye un llamado para toda la eternidad. 
 
En el Nuevo Testamento la palabra “sacerdote” designa ciertamente a los ministros encargados del culto sacrificial, guardianes de la ley y el templo. Sin embargo, el uso del término se reserva, en su pleno sentido, para denominar a Cristo que congrega al pueblo de Dios; es lo que se denomina ‘Sacerdocio real’: "Ustedes, en cambio, son una raza elegida, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo adquirido para anunciar las maravillas de aquel que los llamó de las tinieblas a su admirable luz" (1 Pe 2, 9).
 
En el capítulo 4 de la Carta a los Hebreos se habla del Sumo Sacerdocio de Jesucristo en los siguientes términos:
"Teniendo, pues, tal Sumo Sacerdote que penetró los cielos -Jesús, el Hijo de Dios- mantengamos firmes la fe que profesamos. Pues no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado. Acerquémonos, por tanto, confiadamente al trono de gracia, a fin de alcanzar misericordia y hallar gracia para una ayuda oportuna" (Heb 4, 14-16).
 
La Carta a los Hebreos sugiere explícitamente que el sacrificio de Cristo lo ha erigido como el nuevo, único y definitivo sacerdocio, diferenciándose así de los sacrificios de los sacerdotes de la Antigua Alianza:
"Así también, Cristo no se apropió la gloria de ser sumo sacerdote, sino que Dios mismo le había dicho: Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy. O como dice también en otro lugar: Tú eres sacerdote para siempre igual que Melquisedec" (Heb 5, 5-6). Luego se añade: "Cristo ha venido como sumo sacerdote de los bienes definitivos" (Heb 9, 11).
 
Necesitamos ‘otros cristos’ que no se acomoden al mundo
 
Con motivo de la clausura del Año Sacerdotal en 2010, el Papa Benedicto XVI reflexionaba junto a un grupo de sacerdotes venidos de todas partes del mundo en torno a la vocación sacerdotal. 
 
Reproducimos a continuación parte de ese profundo y retador diálogo:
P: Santo Padre, soy Anthony Denton y vengo de Oceanía, de Australia. Esta noche aquí somos muchísimos sacerdotes. Pero sabemos que nuestros seminarios no están llenos y que, en el futuro, en varias partes del mundo, nos espera una disminución, incluso brusca. ¿Qué hacer que sea realmente eficaz para las vocaciones? ¿Cómo proponer nuestra vida, lo que de grande y bello hay en ella, a un joven de nuestro tiempo?
 
BXVI: “... Es grande la tentación de ocuparnos nosotros del asunto, de transformar el sacerdocio —el sacramento de Cristo, el ser elegido por él— en una tarea normal y corriente, en un «oficio» que tiene un horario, y por lo demás uno se pertenece sólo a sí mismo; convirtiéndolo así en una vocación como cualquier otra: haciéndolo accesible y fácil. Pero esta es una tentación que no resuelve el problema. Me hace pensar en la historia de Saúl, el rey de Israel, que antes de la batalla contra los filisteos espera a Samuel para el necesario sacrificio a Dios. Y cuando Samuel, en el momento esperado, no llega, él mismo ofrece el sacrificio, aun sin ser sacerdote (cf. 1 S 13); piensa que así puede resolver el problema, que naturalmente no resuelve, porque se asume él la responsabilidad de lo que no puede hacer, se hace él mismo Dios, o casi, y no puede esperarse que las cosas vayan realmente según el modo de Dios. Así, también nosotros, si desempeñáramos sólo una profesión como los demás, renunciando a la sacralidad, a la novedad, a la diversidad del sacramento que da sólo Dios, que puede venir solamente de su vocación y no de nuestro «hacer», no resolveríamos nada”.(ACI Prensa).