16 abril, 2026

Santa Bernardette Soubirous, Mística y religiosa francesa

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16 de abril
Santa Bernardette Soubirous
Mística y religiosa francesa
 
Cada 16 de abril, la Iglesia Católica celebra a Santa Bernadette Soubirous (María-Bernarda Sobirós), más conocida como Santa Bernardita de Lourdes, mística y religiosa francesa, vidente de las apariciones marianas de Lourdes.
 
“Sí, Madre querida, tú te has abajado hasta la tierra para aparecerte a una débil niña… Tú, reina del cielo y la tierra, has querido servirte de lo que había de más humilde según el mundo" (Santa Bernardita).
 
Bernardita nació en Lourdes (Francia), el 7 de enero de 1844, en el seno de una familia muy pobre. Su padre era un sencillo molinero y eventualmente se dedicaba al recojo de basura; mientras que su madre se dedicaba a las labores del hogar y hacía trabajos de costura esporádicamente. Bernardita fue la mayor de nueve hermanos.
 
Al ser bautizada, la santa recibió el nombre de Marie-Bernard (María Bernarda), pero tanto sus familiares como sus amigos empezaron a llamarla con el diminutivo “Bernardette” (Bernardita) como expresión de cariño.
 
Las difíciles condiciones económicas por las que atravesaba la familia Soubirous obligaron a sus miembros a permanecer la mayor parte del tiempo trabajando en el campo, por lo que la pequeña Bernardette quedó a cargo de una nodriza. Una vez que creció y podía valerse mínimamente por sí misma, también fue enviada a pastorear ovejas -era muy común que los niños en la campiña francesa, dadas las carencias de la época, tuviesen que trabajar desde muy pequeños-.
 
El sueño más hermoso: recibir la Primera Comunión
 
A Bernardette se le hacía muy difícil el trabajo, no porque no quisiera ayudar a su familia, sino porque le impedía prepararse para recibir la Primera Comunión -algo que se había convertido, a su pesar, en una suerte de “sueño inalcanzable”-: era la única niña del pueblo con casi 14 años que no había recibido aún la Eucaristía. En parte, que la hubiesen dejado así se debía a que era muy buena pastora y por eso la forzaban a permanecer más tiempo con las ovejas.
 
Sin embargo, llegó el momento en que Bernardette ya no quiso esperar más. Sentía que su vida espiritual no debía ser postergada más tiempo, más aún cuando su corazón deseaba ardientemente recibir a Cristo en la Eucaristía y llevarlo en el pecho. Entonces, pidió a sus padres retornar a casa y recibir la debida preparación para su Primera Comunión, largamente postergada. Sus padres aceptaron y la jovencita empezó la catequesis con incomparable entusiasmo.
 
María es la Inmaculada Concepción
 
El 11 de febrero de 1858 se produjo la primera aparición de la Virgen. En casa de los Soubirous se había terminado la leña y Bernadette se ofreció para recoger un poco en los alrededores, junto a Toinette y Juana Abadie, dos de sus hermanas. Las tres niñas caminaron hasta Masse-Vieille. De pronto, Bernadette oyó un fuerte rumor del viento, sin que nada raro pudiera divisarse alrededor. Luego se produjo un segundo ventarrón, y, entonces, dirigiendo la mirada hacia la pequeña gruta que estaba cerca, divisó la figura de una mujer joven en el interior. Era la Virgen María.
Esa sería la primera de dieciocho apariciones consecutivas, cuya decimosexta quizás sea la más célebre gracias al auspicioso contenido de su revelación: la Virgen María se presentaba a sí misma como la “Inmaculada Concepción”.
 
Fueron seis meses de apariciones consecutivas, de dolores y alegrías, en los que Bernadette recibió numerosas revelaciones de la Virgen María en la pequeña gruta de Masse-Vieille (Massabielle).
 
Al fin con Jesús en el corazón
 
Bernardita hizo su Primera Comunión el 3 de junio de 1858, día del Corpus Christi. Habían pasado varias semanas desde la primera vez que vio a la Madre de Dios y sentía que Ella había hecho posible que su sueño se hiciera realidad.
 
No obstante, la cercanía con la Madre de Dios no le ahorró ni dolores ni tribulaciones: igual que muchos otros santos, Bernardita sería blanco de incomprensiones y burlas. Su salud tampoco le jugó a favor: padecía de dolores en los huesos, vómitos, asma crónica, tuberculosis, problemas gástricos, abscesos en los oídos y, al final, un tumor en una rodilla.
 
Parecía el cumplimiento -a cabalidad- de lo que la Virgen le dijo en uno de sus encuentros: “No te prometo hacerte feliz en este mundo, sino en el próximo”.
 
“Habitaré en la casa del Señor durante días sin fin” (Sal 23, 6)
 
En 1860 las Hermanas de la Caridad de Nevers, le ofrecieron asilo a Bernardita. Con ellas, la jovencita finalmente tuvo la oportunidad de aprender a leer y escribir. Abrazó la vida religiosa y pidió ser aceptada en el hospicio de la Orden. A los 22 años ingresó al noviciado, mientras su salud iba en declive. El día de su profesión, el 30 de octubre de 1867, su voz estaba prácticamente extinta y tuvo que dar su consentimiento mediante gestos. Un año más tarde, hizo sus votos perpetuos.
 
Sus padecimientos continuaron los años siguientes. Al final quedó postrada por un tumor que le apareció en una de sus rodillas y que le hacía imposible caminar.
 
A los dolores físicos le acompañaron los del alma. Tuvo que soportar mil veces la arremetida de un mar de tentaciones; a veces la asaltaban las dudas sobre si Dios la había abandonado o si finalmente llegaría siquiera a salvarse. Con todo, Bernardita perseveró dirigiendo todos sus esfuerzos a aferrarse a la Madre de Dios, y dejarse guiar por Ella.
 
“Penitencia, penitencia y penitencia”
 
El 16 de abril de 1879, en el marco de la Semana Santa, Bernardita pidió a sus hermanas religiosas que rezaran juntas el Rosario. Durante la oración la santa entregó su último aliento, adornada por su serena sonrisa, de esas que siempre regaló cuando estaba en presencia de María. De acuerdo al testimonio de quienes la acompañaron en el momento del tránsito, la santa alcanzó a decir: “Santa María, Madre de Dios, ruega por mí, pobre pecadora… pecadora”. Esas fueron sus últimas palabras.
 
Hoy, su cuerpo permanece incorrupto en la capilla que le ha sido dedicada en Nevers (Francia), ciudad donde falleció. (ACI Prensa)

15 abril, 2026

San Telmo, Patrono de los navegantes y marineros

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Cada 15 de abril la Iglesia celebra a San Pedro González Termo, conocido popularmente como San Telmo (1190-1246), sacerdote español que iniciara su carrera eclesiástica como canónigo en su natal Palencia, y después pasaría a ser miembro de la Orden de Predicadores (dominicos).

“Salvado” por la tradición de la Iglesia

San Telmo es considerado patrono de los marineros, aunque no ha recibido dicho título formalmente. Es curioso que tampoco se haya llamado “Telmo” -lo que ha suscitado algunas confusiones de carácter histórico-. Al parecer el nombre con el que se hizo conocido a lo largo de la historia es una alteración de su apellido materno.

San Telmo ‘el confesor’ fue beatificado en 1254 por el Papa Inocencio IV, y ostenta la condición de ‘santo’ de manera excepcional gracias a la intervención del Papa Benedicto XIV, quien, el 13 de diciembre de 1741, aprobó su culto de manera universal por la vía de la ‘equipollens canonizatio’ [canonización equivalente]. Es decir, en el caso de Telmo, el Papa decidió omitir el proceso tradicional que se sigue para declarar a alguien como ‘santo’. Esto sólo puede ocurrir cuando la veneración de un siervo de Dios proviene desde muy antiguo y se ha mantenido de manera constante a través de los siglos.

Buscando la gloria de este mundo, encontró los tesoros que encierra la humildad

Pedro González nació el 9 de marzo de 1190, en el seno de una prestigiosa familia. Fue natural de Frómista, Palencia (España), donde su tío Tello Téllez de Meneses ocupaba la sede episcopal. El obispo lo favoreció enviándolo a los ‘Estudios Generales’ de la ciudad, nombre con el que se conocía a la Universidad de Palencia. Después lo hizo canónigo y le otorgó el título honorífico de deán -título eclesiástico que suele otorgarse a los canónigos de mayor edad-. Obviamente, “Telmo” no cumplía en ese momento con ese requisito por lo que pasó ante los ojos de todos por el engreído del obispo.

Con lo que sí cumplía, si es posible decirlo así, era con la habilidad de la elocuencia y una inteligencia por encima del promedio. En los Estudios Generales, Telmo había demostrado claramente su talento para la retórica cristiana u homilética.

Había que levantarse del lodo

No obstante, Dios tiene sus caminos y estos no suelen coincidir con los nuestros. Cuenta la historia que Telmo se presentó para recibir el cargo de deán excesivamente animoso, elegante y montado a caballo. Grande fue su vergüenza cuando el caballo se tropezó y él acabó en el suelo cubierto de fango, apabullado por las carcajadas y burlas de los pueblerinos. Este hecho fortuito y del que otros podrían haberse recuperado fácilmente, a Telmo le golpeó el amor propio. Tras un periodo corto de reflexión tomó un rumbo inesperado: pidió ser admitido en la Orden de Predicadores e ingresar en el monasterio que el mismo Santo Domingo de Guzman había fundado en Palencia.

Fray Pedro fue nombrado capellán militar. Le tocó acompañar a las huestes de Fernando III de Castilla, apodado ‘el santo’, quien reconoció en él su habilidad oratoria y su compromiso espiritual con los soldados. Fernando III -unificador de los reinos de Castilla y de León- lo convocó a su corte y lo nombró su confesor (de ahí que se ganara el epíteto del ‘Confesor’).

Como confesor del rey, lo animó a limitar el poder e influencia de los andalusíes -los árabes invasores de la península ibérica- y por eso se mantuvo cerca de él durante la campaña de conquista de Córdoba y Sevilla. En ambas ciudades San Telmo consagró antiguas mezquitas y las convirtió en templos católicos.

Galicia, el mar y el camino de Santiago

San Telmo dejaría la corte del rey al final de esta campaña y tomaría rumbo hacia Asturias y Galicia (norte de Portugal). Es de esta época de donde proviene la mayoría de historias sobre milagros concedidos por intercesión del santo. Muchos también se convirtieron por su testimonio de humildad, de cercanía con los pobres y de amor al Señor. Sobre el fraile se dice esto en el Martirologio romano:

«En Tuy, de Galicia, en España, beato Pedro González, llamado vulgarmente “Telmo”, presbítero de la Orden de Predicadores, que trató de ser tan humilde como antes había deseado la gloria, entregándose a ayudar a los más humildes, sobre todo a marineros y pescadores (1246)».

Conocida es la simpatía del santo por los hombres de mar. Con todo, el Señor quiso que sirviera a su Orden en calidad de prior, servicio que realizó en el monasterio de Guimarães, (Portugal).

Al final de su vida, pasando los sesenta años se retiró a Tuy (Galicia). Murió tras caer enfermo en la Pascua de 1246, mientras iba como peregrino a la tumba del apóstol Santiago, el célebre ‘camino de Santiago’.

San Telmo y el Papa Francisco

Tras siglos de espera, la historia de este santo podría dar un giro sorprendente. En el año 2016, la Diócesis de Tuy-Vigo ha iniciado el proceso formal para la canonización de Pedro González, “San Telmo”. Sus devotos de Tuy, Oporto y Frómista se han unido para solicitar oficialmente su canonización al Papa Francisco, quien fuera hace muchos años obispo del barrio de San Telmo, ubicado en Buenos Aires, Argentina.

13 abril, 2026

San Hermenegildo, Príncipe converso

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13 de abril
San Hermenegildo
Príncipe converso
 
San Hermenegildo fue un príncipe visigodo que vivió entre finales del s. V y la segunda mitad del s. VI. Su padre, el rey Leovigildo, lo educó en el arrianismo (doctrina herética muy difundida entre los visigodos que fue minando la estructura de la Iglesia por todas partes, incluso “ganando” sacerdotes y obispos) pero el joven príncipe terminó rechazando esta doctrina, motivo por el que acabaría asesinado.
 
El error y la mentira esclavizan
 
La historia de Hermenegildo, en consecuencia, es la de un converso, no de religión, pero sí de la forma de entender la fe: proveniente de las canteras del error en torno a la Trinidad, fue conducido a la luz de la verdad -Cristo es Dios por toda la eternidad y como Dios ofreció su vida para salvación de los hombres-.
 
El arrianismo es una herejía con base en la doctrina cristiana, pero que distorsiona completamente la comprensión de la Santísima Trinidad y su dogma. Su origen se atribuye a Arrio (Libia, 250 - Constantinopla, 336), quien negaba la divinidad de Jesucristo sosteniendo que éste provenía efectivamente del Padre, pero había sido creado.
 
Apertura a la verdad
 
San Hermenegildo nació en Medina del Campo, Valladolid (en ese entonces Hispania), alrededor del año 564. Su padre, Leovigildo, fue el último monarca entre los visigodos que profesó el arrianismo, que le resultó útil para afianzar su poder político durante su reinado (569 y 586), gracias al apoyo de sus líderes y partidarios.
 
Hermenegildo, quien fue educado en el arrianismo, contrajo matrimonio en 576 con una princesa católica de origen franco llamada Ingunda. Ella ayudaría a su esposo a disponerse a conocer la recta doctrina católica, que le sería enseñada por san Leandro, obispo de Sevilla, quien ganaría el alma del príncipe para la causa de Jesucristo.
 
Rebelión ante la injusticia
 
Por su parte, Leovigildo contrajo segundas nupcias con Goswintha, viuda del rey Atanagildo, quien además era abuela de Ingunda y una intransigente arriana anticatólica. Goswintha había intentado apartar a Ingunda del catolicismo aunque sin éxito. Ante la negativa de la joven y para zanjar el entredicho, en el año 579, el rey Leovigildo envió a Hermenegildo a la ciudad de Bética (hoy Córdoba, Andalucía) en calidad de gobernador.
 
No obstante, ante el fanatismo religioso de su madrastra y la severidad con que su padre trataba a los católicos que habitaban su reino, Hermenegildo se vio obligado a tomar las armas para defender a sus hermanos en la fe. Enfrentado a su padre, aseguró el apoyo de las ciudades de Bética y Mérida, y se proclamó a sí mismo rey. Paralelamente, hizo alianza con los bizantinos buscando acrecentar su poder militar.
 
“La verdad os hará libres” (Jn 8, 31-42)
 
Tras cinco años de guerra civil, Hermenegildo fue derrotado y capturado en Sevilla por los correligionarios de su padre. Después sería desterrado a Tarragona y recluido en la cárcel por órdenes de Leovigildo. Allí terminaría ejecutado -probablemente de un mazazo en la cabeza, aunque otras fuentes históricas señalan que fue degollado- en la Pascua del año 585, tras haberse negado a recibir la comunión de manos de un obispo arriano.
 
Al año siguiente (586) el rey Leovigildo falleció y fue sucedido por el hermano de Hermenegildo, Recaredo, quien también era un converso al catolicismo. Durante el III Concilio de Toledo (año 589), los principales representantes del pueblo visigodo hicieron profesión solemne de la fe católica. Ese gesto marcaría el inicio del vínculo definitivo entre España y el catolicismo, lazo que se mantiene hasta hoy. San Gregorio el Grande atribuye a los méritos de San Hermenegildo la conversión de su hermano Recaredo y, en consecuencia, de toda la España visigoda.
 
En 1585, al cumplirse mil años de los acontecimientos en torno a la vida y muerte de Hermenegildo, el rey Felipe II de España le pidió al Papa Sixto V que autorizara el culto al mártir dentro de su reino. La festividad de San Hermenegildo quedó fijada el día del aniversario de su muerte, el 13 de abril.
San Hermenegildo fue canonizado por el Papa Urbano VIII en 1639, siendo declarado “patrono de los conversos”. ACI Prensa).

12 abril, 2026

Domingo de la Divina Misericordia

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domingo 12 Abril 2026
Domingo de la Divina Misericordia 
 
Texto del Evangelio (Jn 20,19-31): Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros». Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: «La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío». Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».
 
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré».
Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: «La paz con vosotros». Luego dice a Tomás: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente». Tomás le contestó: «Señor mío y Dios mío». Dícele Jesús: «Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído».
 
Jesús realizó en presencia de los discípulos otras muchas señales que no están escritas en este libro. Éstas han sido escritas para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre.
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«A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados»
Rev. D. Fernando VÁZQUEZ-DODERO Romero
(Terrassa, Barcelona, España)
 
Hoy, la Iglesia nos invita a celebrar la misericordia del Señor, ese amor inmenso y delicado de Dios, que nos ama a pesar de ser nosotros tan poca cosa. Durante toda la Semana Santa hemos contemplado hasta qué punto puede llegar nuestra miseria y, sobre todo, cuán grande y misericordioso es el amor de Dios.
 
En el Evangelio de hoy encontramos una nueva muestra de que su amor quiere alcanzar incluso los rincones más oscuros de nuestro corazón. Contemplamos cómo Jesucristo quiere perdonar los pecados a través de sus discípulos: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados» (Jn 20,23). Dios nos ama hasta tal punto que desea perdonarnos siempre. Quiere hacerse presente en toda nuestra vida y en nuestra historia; quiere descender hasta la profundidad de nuestro pecado para amarnos y transformarnos por completo, en todo lo que afecta a nuestra persona.
 
El papa León XIV, contemplando el Sábado Santo, decía: «Es el día en el que el cielo visita la tierra en lo más profundo. Es el tiempo en el que cada rincón de la historia humana es tocado por la luz de la Pascua. Y si Cristo ha podido descender hasta allí, nada puede quedar excluido de su redención. Ni siquiera nuestras noches, ni siquiera nuestros pecados más antiguos, ni siquiera nuestros vínculos rotos. No hay pasado tan arruinado, no hay historia tan herida que no pueda ser tocada por su misericordia».
 
Así es el amor de Dios: un amor como no hay otro, que abraza nuestra miseria y quiere perdonarnos para devolvernos siempre a la luz. Y quiere hacerlo de un modo aún más sorprendente: «Como el Padre me envió, también yo os envío» (Jn 20,21). Es decir, quiere hacerlo a través de la Iglesia, por medio de otros hombres —los sacerdotes—, también pecadores, como quien se confiesa, pero llamados a ser testigos e instrumentos de su misericordia.
 
Pensamientos para el Evangelio de hoy
 
«Y a ti, oh Señor, que ves nítidamente con tus ojos los abismos de la conciencia humana, ¿qué podría pasarte desapercibido de mí, aun cuando yo me negara a confesártelo?» (San Agustín)
 
«Muchas veces pensamos que ir a confesarnos es como ir a la tintorería. Pero Jesús en el confesionario no es una tintorería. La confesión es un encuentro con Jesús que nos espera tal como somos» (Francisco)
 
«Cristo actúa en cada uno de los sacramentos. Se dirige personalmente a cada uno de los pecadores: ‘Hijo, tus pecados están perdonados’ (Mc 2,5); es el médico que se inclina sobre cada uno de los enfermos que tienen necesidad de Él para curarlos; los restaura y los devuelve a la comunión fraterna. Por tanto, la confesión personal es la forma más significativa de la reconciliación con Dios y con la Iglesia» (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 1.484)
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Otros comentarios
«Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados»
Rev. D. Joan Ant. MATEO i García
(Tremp, Lleida, España)
Hoy, Domingo II de Pascua, completamos la octava de este tiempo litúrgico, una de las dos octavas —juntamente con la de Navidad— que en la liturgia renovada por el Concilio Vaticano II han quedado. Durante ocho días contemplamos el mismo misterio y tratamos de profundizar en él bajo la luz del Espíritu Santo.
 
Por designio del Papa San Juan Pablo II, este domingo se llama Domingo de la Divina Misericordia. Se trata de algo que va mucho más allá que una devoción particular. Como ha explicado el Santo Padre en su encíclica Dives in misericordia, la Divina Misericordia es la manifestación amorosa de Dios en una historia herida por el pecado. “Misericordia” proviene de dos palabras: “Miseria” y “Cor”. Dios pone nuestra mísera situación debida al pecado en su corazón de Padre, que es fiel a sus designios. Jesucristo, muerto y resucitado, es la suprema manifestación y actuación de la Divina Misericordia. «Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito» (Jn 3,16) y lo ha enviado a la muerte para que fuésemos salvados. «Para redimir al esclavo ha sacrificado al Hijo», hemos proclamado en el Pregón pascual de la Vigilia. Y, una vez resucitado, lo ha constituido en fuente de salvación para todos los que creen en Él. Por la fe y la conversión acogemos el tesoro de la Divina Misericordia.
 
La Santa Madre Iglesia, que quiere que sus hijos vivan de la vida del resucitado, manda que —al menos por Pascua— se comulgue y que se haga en gracia de Dios. La cincuentena pascual es el tiempo oportuno para el cumplimiento pascual. Es un buen momento para confesarse y acoger el poder de perdonar los pecados que el Señor resucitado ha conferido a su Iglesia, ya que Él dijo sólo a los Apóstoles: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados» (Jn 20,22-23). Así acudiremos a las fuentes de la Divina Misericordia. Y no dudemos en llevar a nuestros amigos a estas fuentes de vida: a la Eucaristía y a la Penitencia. Jesús resucitado cuenta con nosotros.(Evangeli.net)


11 abril, 2026

Sábado de la Octava de Pascua: "Por último, se apareció Jesús a los Once”

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11 de abril
Sábado de la Octava de Pascua: "Por último, se apareció Jesús a los Once”
 
La Pascua va llegando a su fin y no debemos perder de vista todo lo que hemos recibido en estos días hermosos –el gozo de este ‘gran domingo’ que ha de prolongarse el resto del Tiempo Pascual– . Sin duda, desde el cielo seguirán cayendo torrentes de gracia sobre nuestras vidas si nos disponemos a cooperar con ella y fortalecer nuestra fe en Cristo resucitado. Con Él crece la esperanza en que algún día también nosotros habremos de resucitar. Que siga resonando fuerte en nuestros corazones: ¡Aleluya! ¡Cristo ha resucitado!
 
La Liturgia de la Palabra, como en los días previos, presenta los hechos acontecidos tras la resurrección de Cristo; aunque el Evangelio de hoy muestra un giro que apunta a la misión apostólica.
 
En la Primera Lectura, también tomada de los Hechos de los Apóstoles, Juan y Pedro, tras comparecer ante el sanedrín, son conminados a dejar de proclamar y obrar en nombre de Jesús. No obstante, esta resulta una reacción tardía por parte de los ancianos y saduceos. Ellos mismos se han percatado de un hecho inexorable: “En aquellos días, los sumos sacerdotes, los ancianos y los escribas, se quedaron sorprendidos al ver el aplomo con que Pedro y Juan hablaban, pues sabían que eran hombres del pueblo sin ninguna instrucción” (ver: Hch 4, 13-21) .
 
Sábado de la Octava de Pascua
 
Hoy, sábado 11 de abril, celebramos el séptimo día de la Octava de Pascua. La lectura del Evangelio está tomada de San Marcos (Mc 16, 9-15), quien, haciendo un recuento de las recientes apariciones de Jesús resucitado, fuerza a tomar conciencia de la debilidad humana, de nuestra poca fe -débil como la de sus discípulos-. A pesar de eso, el final del pasaje evangélico resulta por demás esperanzador: el Señor expresa su incondicional confianza en los hombres y les encomienda la misión de predicar su Evangelio por el mundo.
 
San Marcos recuerda cómo a María Magdalena los discípulos no le creyeron cuando dio testimonio del encuentro con Jesús en la mañana de su resurrección. Los apóstoles tampoco les creyeron a los discípulos de Emaús, aún cuando lo que decían portaba una fuerza inusitada. Aunque en ambos casos los testigos -María Magdalena y los discípulos de Emaús- eran absolutamente confiables y sus testimonios elocuentes, igual el muro de la incredulidad bloqueaba los corazones. Finalmente, Jesús se aparece a los Once topándose con sus dudas y temores. ¡Qué podría haber hecho el Maestro sino reprochar semejante incredulidad! Inevitablemente las cosas deberán tomar un curso nuevo: aquellos que no creyeron, serán ahora los que den testimonio –“Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda creatura”–.
 
En sus Catequesis, San Cirilo de Jerusalén (315-386), nuestra amable compañía en estos días, nos lanza directamente al blanco: «La fe que has aprendido te da, pues, esta certeza: lo que parece pan no es pan, aunque tenga gusto de pan, sino el cuerpo de Cristo; y lo que parece vino, no es vino, aún cuando así lo parezca al paladar, sino la sangre de Cristo; (...) fortalece, pues, tu corazón comiendo ese pan espiritual, y da brillo al rostro de tu alma. Y con el rostro descubierto y con el alma limpia, contemplando la gloria del Señor como en un espejo, vayamos de gloria en gloria, en Cristo Jesús, nuestro Señor, a quien sea dado el honor, el poder y la gloria por los siglos de los siglos. Amén».
 
Evangelio según San Marcos (Mc 16, 9-15)
 
Habiendo resucitado al amanecer del primer día de la semana, Jesús se apareció primero a María Magdalena, de la que había arrojado siete demonios. Ella fue a llevar la noticia a los discípulos, los cuales estaban llorando, agobiados por la tristeza; pero cuando la oyeron decir que estaba vivo y que lo había visto, no le creyeron.
 
Después de esto, se apareció en otra forma a dos discípulos, que iban de camino hacia una aldea. También ellos fueron a anunciarlo a los demás; pero tampoco a ellos les creyeron. Por último, se apareció Jesús a los Once, cuando estaban a la mesa, y les echó en cara su incredulidad y dureza de corazón, porque no les habían creído a los que lo habían visto resucitado. Jesús les dijo entonces: “Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda creatura”.(ACI Prensa).


08 abril, 2026

Miércoles de la Octava de Pascua

 

08 de abril
Miércoles de la Octava de Pascua
 
Durante los días de la Octava de Pascua, la Iglesia se esmera por mantener vivo el espíritu celebrativo del Domingo de Resurrección e invita a los fieles a exclamar con profunda alegría, una y otra vez: ¡Aleluya! ¡Cristo ha resucitado!
 
La Liturgia de la Palabra se adentra en los hechos extraordinarios acontecidos tras la resurrección del Señor, sin la cual “vana sería nuestra fe” (ver: I Corintios 15, 14). Jesús seguirá apareciéndose a sus discípulos confirmándolos en la fe y preparándolos para la misión que habrán de cumplir.
 
Esos discípulos, quienes en el momento de la prueba fueron presa fácil del miedo, ahora aparecen con espíritu renovado, llenos de confianza y fortaleza interior, dando testimonio de la grandeza del Maestro al que siguen. Por esto, la primera lectura de cada día de la Octava está tomada de los Hechos de los Apóstoles.
 
Miércoles de la Octava de Pascua
 
Hoy, miércoles 8 de abril, celebramos el cuarto día de la Octava de Pascua. La lectura del Evangelio está tomada del relato de San Lucas (Lc 24, 13-35), quien presenta lo sucedido en el camino de Emaús.
Dos de los discípulos de Cristo van de camino a un pueblo llamado Emaús, no muy lejos de Jerusalén. Mientras se dirigen a su destino van conversando sobre los recientes acontecimientos. En medio de la discusión se les acercó Jesús y les preguntó: “¿De qué cosas vienen hablando, tan llenos de tristeza?”. Ellos no lo reconocieron y, sorprendidos por la pregunta (toda Jerusalén estaba conmocionada), le increparon no estar al tanto de lo sucedido. El Señor insistió entonces en que le cuenten qué pasó. Ellos entonces le relataron cómo los sumos sacerdotes y las autoridades del pueblo entregaron a Jesús el Nazareno para ser crucificado. Su desilusión había sido muy grande porque esperaban que ese Jesús, en quien reconocían a “un profeta poderoso en obras y palabras”, fuese el libertador de Israel. Eran ya tres días desde la muerte del Maestro, y como no hubo revueltas posteriores, todo se veía gris, desolado; nada había sucedido finalmente; todo les sabía a fracaso. Ni siquiera el testimonio de las mujeres que afirmaban que Jesús había resucitado les habían parecido creíbles.
 
Entonces la llamada de atención del Señor no se haría esperar: “¡Qué insensatos son ustedes y qué duros de corazón!”. Y empezó a explicarles las Escrituras que se referían a él, de cómo el Mesías debía padecer y morir, pero que al final habría de resucitar. Tras eso, algo tuvo que suceder en el corazón de esos discípulos para que le pidieran a su ocasional compañía que se quedara con ellos “porque la tarde está cayendo”. Al llegar la hora se sentaron a la mesa, Él partió el pan, lo bendijo y se los dio. En ese momento recién los discípulos pudieron reconocerlo, pero Él desapareció. Tarde se les abrieron los ojos: “¡Con razón nuestro corazón ardía, mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras!”.
 
En este cuarto día de la Octava hagámonos eco -con nuestras palabras y acciones- del llamado del Papa San Juan Pablo II hecho ya hace poco más de cuarenta años: «Cada uno invite a Cristo como aquellos discípulos que caminaban con Él por ese camino, sin saber con quién caminaban: "Quédate con nosotros, pues el día ya declina" (Lc, 24, 29). Que se quede Jesús, tome el pan, pronuncie las palabras de la bendición, lo parta y lo distribuya. Y que entonces se abran los ojos de cada uno, cuando lo reconozca "en la fracción del pan" (Lc 24, 35)».
 
Evangelio según San Lucas (Lc 24, 13-35)
 
El mismo día de la resurrección, iban dos de los discípulos hacia un pueblo llamado Emaús, situado a unos once kilómetros de Jerusalén, y comentaban todo lo que había sucedido.
 
Mientras conversaban y discutían, Jesús se les acercó y comenzó a caminar con ellos; pero los ojos de los dos discípulos estaban velados y no lo reconocieron. Él les preguntó: “¿De qué cosas vienen hablando, tan llenos de tristeza?”
 
Uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: “¿Eres tú el único forastero que no sabe lo que ha sucedido estos días en Jerusalén?” Él les preguntó: “¿Qué cosa?” Ellos le respondieron: “Lo de Jesús el nazareno, que era un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo. Cómo los sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él sería el libertador de Israel, y sin embargo, han pasado ya tres días desde que estas cosas sucedieron. Es cierto que algunas mujeres de nuestro grupo nos han desconcertado, pues fueron de madrugada al sepulcro, no encontraron el cuerpo y llegaron contando que se les habían aparecido unos ángeles, que les dijeron que estaba vivo. Algunos de nuestros compañeros fueron al sepulcro y hallaron todo como habían dicho las mujeres, pero a él no lo vieron”.
 
Entonces Jesús les dijo: “¡Qué insensatos son ustedes y qué duros de corazón para creer todo lo anunciado por los profetas! ¿Acaso no era necesario que el Mesías padeciera todo esto y así entrara en su gloria?” Y comenzando por Moisés y siguiendo con todos los profetas, les explicó todos los pasajes de la Escritura que se referían a él.
 
Ya cerca del pueblo a donde se dirigían, él hizo como que iba más lejos; pero ellos le insistieron, diciendo: “Quédate con nosotros, porque ya es tarde y pronto va a oscurecer”. Y entró para quedarse con ellos. Cuando estaban a la mesa, tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero él se les desapareció. Y ellos se decían el uno al otro: “¡Con razón nuestro corazón ardía, mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras!”
 
Se levantaron inmediatamente y regresaron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, los cuales les dijeron: “De veras ha resucitado el Señor y se le ha aparecido a Simón”. Entonces ellos contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.(ACI Prensa).

07 abril, 2026

Martes de la Octava de Pascua. San Juan Bautista de la Salle, Fundador y Patrono de los esducadores

 Martes de la Octava de Pascua 2025

San Juan Bautista de la Salle: Patrono de Maestros y Educadores

¡Oh!, San Juan Bautista de la Salle, vos, sois el hijo
del Dios de la vida, su amado santo, reformador de la
educación y fundador de los “Hermanos Cristianos”. Vos,
que procedíais de una clase adinerada no os contestasteis
con ella, sino que, os preocupasteis en favor del pueblo.
La pedagogía renovasteis con la fundación de escuelas
profesionales y normales, además de fundar una Comunidad
religiosa, para en práctica poner vuestros proyectos.
Vuestra obsesión fue hacer que los educandos amaran y
obedecieran a Dios y consiguieran el cielo ganar. Los gritos
y golpes reemplazasteis por el amor y la convicción, y
para ello, fundasteis la “Comunidad de Hermanos de las
Escuelas Cristianas”, que, diseminadas hasta hoy por el
mundo entero constituyen autoridad pedagógica en el arte
de educar a la juventud, consagrados todos a Nuestra Señora
como fervorosos propagadores de la devoción a la Madre
de Dios. Repartisteis vuestros bienes entre los pobres y
os dedicasteis a vivir como un verdadero pobre. Viajabais
a pie y pidiendo limosna para alimentaros por el camino,
durmiendo en pobres casas. No os cansasteis de decir
que la preocupación principal de todo educador, debe ser
siempre el que los educandos crezcan en el amor a Dios y,
en la caridad hacia el prójimo, y que, cada maestro trate
de que los educandos conserven su inocencia y al pecado
detesten y a todo aquello que se oponga a su salvación
eterna. Pasabais horas de horas en oración y que el éxito,
en la labor de un educador es orar, dar buen ejemplo y
tratar a todos como Cristo lo hizo. Y, así, luego de gastar
vuestra santa vida, voló vuestra alma al cielo para,
coronada ser de luz eterna, como premio a vuestra entrega
de amor. Patrono de los Educadores del mundo entero;
¡Oh!, San Juan Bautista de la Salle, “luz y amor a Dios”.

© 2015 by Luis Ernesto Chacón Delgado
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07 de Abril
San Juan Bautista de la Salle
Educador
(año 1719)
 
Petición

Santo educador: tú que recomendabas que se le concediera la máxima importancia a la clase de religión, considerándola la más provechosa de todas en todo colegio y escuela, pídele al buen Dios que la clase de religión vuelva a estar en primerísimo lugar en nuestros centros de educación y no vaya a ser reemplazada jamás por otras asignaturas menos importantes. Y ruégale a Dios que nos envíe muchos y santos y muy fervorosos profesores de religión.

Es el fundador de los Hermanos Cristianos y nació en Francia en 1651. Nació en Reims y murió en Rouen, las dos ciudades que hizo famosas Santa Juana de Arco.

Su vida coincide casi exactamente con los años del famoso rey Luis XIV. Probablemente su existencia habría pasado desapercibida si se hubiera contentado con vivir de acuerdo a su clase social adinerada, sin preocuparse por hacer ninguna obra excepcional en favor del pueblo necesitado. Pero la fuerza misteriosa de la gracia de Dios encontró en él un instrumento dócil para renovar la pedagogía y fundar las primeras escuelas profesionales y las más antiguas escuelas normales y fundar una Comunidad religiosa que se ha mantenido en principalísimos puestos en la educación en todo el mundo. Este santo fue un genio de la pedagogía, o arte de educar.

Si San Juan Bautista de la Salle viviera hoy aquí en la tierra abriría los ojos aterrado al ver que la educación se ha secularizado, o sea se ha organizado como si Dios no existiera y sólo se preocupa por hacer de los seres humanos unos animalitos muy buen amaestrados, pero sin fe, sin mirar a la eternidad ni importarle nada la salvación del alma. Porque para él, lo imprescindible, lo que constituía su obsesión, era obtener la salvación del alma de los educandos y hacerlos crecer en la fe. Si no hubiera sido por estos dos fines, él no habría emprendido ninguna obra especial, porque esto era lo que en verdad le interesaba y le llamaba la atención: hacer que los educandos amaran y obedecieran a Dios y consiguieran llegar al reino eterno del cielo.

Juan Bautista había estudiado en el famoso seminario de San Suplicio en París y allí recibió una formidable formación que le sirvió para toda su vida. Fue ordenado sacerdote y por su posición social y sus hermosas cualidades parecía destinado para altos cargos eclesiásticos, cuando de pronto al morir su director espiritual lo dejó como encargado de una obra para niños pobres que el santo sacerdote había fundado: una escuela para niños y un orfelinato para niñas pobres, dirigido por unas hermanitas llamadas de El Niño Jesús. Allí en esa obra lo esperaba la Divina Providencia para encaminarlo hacia la gran obra que le tenía destinada: ser el reformador de la educación.

La Salle le dio un viraje de 180 grados a los antiguos métodos de educación. Antes se enseñaba a cada niño por aparte. Ahora La Salle los reúne por grupos para darles clases (en la actualidad eso parece tan natural, pero en aquel tiempo era una novedad). Antiguamente se educaba con base en gritos y golpes. El padre Juan Bautista reemplazaba el sistema del terror por el método del amor y de la convicción. Y los resultados fueron maravillosos. La gente se quedaba admirada al ver cómo mejoraba totalmente la juventud al ser educada con los métodos de nuestro santo.

No les enseñaba solamente cosas teóricas y abstractas, sino sobre todo aquellos conocimientos prácticos que más les iban a ser de utilidad en la vida diaria. Y todo con base en la religión y la amabilidad.

La Salle empezó a reunir a sus profesores para instruirlos en el arte de educar y para formarlos fervorosamente en la vida religiosa. Y con los más entusiastas fundó la Comunidad de Hermanos de las Escuelas Cristianas que hoy son unos 15,000 en más de mil colegios en todo el mundo. Y siguen siendo una autoridad mundial en pedagogía, en el arte de educar a la juventud. El éxito de los Hermanos Cristianos fue inmenso desde el principio de su congregación, y ya en vida del santo abrieron colegios en muchas ciudades y en varias naciones. Un 15 de agosto los consagró San Juan Bautista a la Santísima Virgen y han permanecido fervorosos propagadores de la devoción a la Madre de Dios.

Al principio algunos le fallaron porque el santo era tan bondadoso que no podía imaginar mala voluntad en ninguno de sus discípulos. Para él todo el mundo era bueno, y por mucho que lo hubieran ofendido estaba siempre dispuesto a perdonar y a volver a recibir al que había faltado. Y tuvo la prueba dolorosísima de ver que algunos lo engañaron y se dejaron contagiar por el espíritu del mundo. Pero luego sus asesores lo convencieron para que no aceptara a ciertos sujetos no confiables y que expulsara a algunos que se habían vuelto indignos. Y el santo aceptando con toda humildad y mansedumbre los buenos consejos recibidos procedió a purificar muy a tiempo su congregación.

Siendo de familia muy rica, repartió todos sus bienes entre los pobres y se dedicó a vivir como un verdadero pobre. Los últimos años cuando renunció a ser Superior General de su Congregación, pedía permiso al superior hasta para hacer los más pequeños gastos. Los viajes aunque a veces muy largos, los hacía casi siempre a pie, y pidiendo limosna para alimentarse por el camino, durmiendo en casitas pobrísimas, llenas de plagas y de incomodidades.

Una vez pasó todos los tres meses del crudísimo invierno, en una habitación sin calefacción y con ventanas llenas de rendijas y con varios grados bajo cero. Esto le trajo un terrible reumatismo que durante todo el resto de su vida le produjo tremendos dolores y las anticuadas curaciones que le hicieron para ese mal lo torturaron todavía mucho más.

En su juventud, por ser de familia muy adinerada, había gozado de una alimentación refinada y muy sabrosa. Cuando se dedicó a vivir la pobreza de una comunidad fervorosa y en la cual, los alimentos eran rudos y desagradables, tenía que aguantar muchas horas sin comer, para que su estómago fuera capaz de recibirle esos alimentos tan burdos.

Su sotana y su manto eran tan pobres y descoloridos, que un pobre no se los hubiera aceptado como limosna. Su humildad era tan grande que se creía indigno de ser el superior de la comunidad. Estaba siempre dispuesto a dejar su alto puesto y alguna vez que por calumnias dispuso la autoridad superior quitarlo de ese cargo, él aceptó inmediatamente. Pero todos los Hermanos firmaron un memorial anunciando que no aceptaban por el momento a ningún otro como superior sino al Santo Fundador y tuvo que aceptar el seguir con el superiorato.

No se cansaba de recomendar con sus palabras y sus buenos ejemplos, a sus religiosos y amigos que la preocupación número uno del educador debe ser siempre el tratar de que los educandos crezcan en el amor a Dios y en la caridad hacia el prójimo, y que cada maestro debe esforzarse con toda su alma por tratar de que los jovencitos conserven su inocencia si no la han perdido o que recuperen su amistad con Dios por medio de la conversión y de un inmenso horror al pecado y a todo lo que pueda hacer daño a la santidad y a todo lo que se oponga a la eterna salvación.

Pasaba muchas horas en oración y les insistía a sus religiosos que lo que más éxito consigue en la labor de un educador es orar, dar buen ejemplo y tratar a todos como Cristo lo recomendó en el evangelio: “haciendo a los demás todo el bien que deseamos que los demás no hagan a nosotros”.
San Juan Bautista de la Salle murió el 7 de abril de 1619 a los 68 años. Fue declarado santo por el Sumo Pontífice León XIII en el año 1900. El Papa Pío XII lo nombró Patrono de los Educadores del mundo entero.