10 agosto, 2026

San Lorenzo, mártir y patrono de los Diáconos

🔥 San Lorenzo: el diácono que llamó “tesoros de la Iglesia” a los pobres  Cada 10 de agosto, la Iglesia celebra a San Lorenzo de Roma, uno de los  mártires más conocidos

10 de agosto

San Lorenzo

Mártir y Patrono de los Diáconos 

Cada 10 de agosto la Iglesia celebra a San Lorenzo de Roma, mártir, patrono de los diáconos, inmortalizado por la forma en la que se ejecutó su martirio -uno de los más antiguos que están documentados-: fue colocado, vivo, sobre una parrilla incandescente.

San Lorenzo, además de ser patrono de los archiveros (o archivistas) lo es de los tesoreros, patronazgos que ostenta en virtud de su servicio diaconal. En el siglo V a los diáconos les era encomendada la tarea del registro y cuidado de los bienes de la Iglesia de Roma, así como la administración de los recursos para ayudar a los pobres.

San Agustín (354-430) destacó su labor como diácono en uno de sus sermones: “La Iglesia de Roma nos invita hoy a celebrar el triunfo de San Lorenzo, que superó las amenazas y seducciones del mundo, venciendo así la persecución diabólica. Él, como ya se os ha explicado más de una vez, era diácono de aquella Iglesia. En ella administró la sangre sagrada de Cristo, en ella, también, derramó su propia sangre por el nombre de Cristo”. Con estas palabras, San Agustín coloca a San Lorenzo como ejemplo de entrega total al Señor, al punto de imitarlo entregando la propia sangre.

El Papa San Sixto II, mártir

San Lorenzo nació en Huesca, Hispania (España), alrededor del año 225. Fue uno de los siete diáconos “regionarios” de Roma, es decir, tenía a su cargo una de las “regiones” o “cuarteles” de la ciudad. Los diáconos tenían la tarea de asistir al Papa, obispo de Roma, en el cuidado pastoral de los fieles.

Lorenzo, gracias a su servicio, gozó de la cercanía del Papa de aquel entonces, San Sixto II, quien moriría también martirizado. De acuerdo a la tradición, el Papa Sixto II fue ejecutado tres días antes que Lorenzo por manos de los soldados del emperador.

El Pontífice había sido apresado mientras celebraba la Eucaristía en uno de los cementerios de la Ciudad Eterna -práctica específicamente prohibida por el emperador bajo amenaza de muerte-. El emperador Valeriano (253-260) había iniciado una de las persecuciones más desconcertantes. Estaba preocupado por el financiamiento de las campañas romanas y se le ocurrió que los bienes y posesiones de los cristianos debían cubrir cierto déficit en ciernes. La primera medida que tomó fue la confiscación de sus cementerios.

Poco después el Senado respaldó a Valeriano con un conjunto de medidas adicionales: todas las manifestaciones públicas cristianas quedaban prohibidas y las autoridades eclesiales debían ser ejecutadas sin consideración.

La tradición cuenta que San Lorenzo, al ver que iban a matar a Sixto II, le dijo: “Padre mío, ¿te vas sin llevarte a tu diácono?” y el Santo Padre le respondió: “Hijo mío, dentro de pocos días me seguirás”.

Estos son los tesoros de la Iglesia

Entonces, Lorenzo, considerando que moriría pronto, juntó todos los bienes de la Iglesia de los que disponía en ese momento -como diácono tenía esa potestad-, y empezó a venderlos y repartir el dinero entre los necesitados.

La autoridad imperial encargada de la ciudad sabía muy bien que Lorenzo era el administrador de los bienes eclesiales y lo mandó llamar. Una vez que Lorenzo estuvo en su presencia, el prefecto le exigió que entregue las riquezas a su cargo para costear la próxima campaña militar del emperador. El santo le pidió tres días de plazo para cumplir el cometido, a lo que el prefecto asintió.

Con esto, Lorenzo quería ganar tiempo suficiente para deshacerse de todo.

El joven diácono mientras tanto convocó a los pobres de Roma: lisiados, mendigos, huérfanos, viudas, ancianos, mutilados, ciegos y leprosos -a los que habitualmente ayudaba con limosnas-, reuniendo un número significativo de ellos. Una vez congregados se presentó con ellos ante la autoridad y le dijo: “Estos son los tesoros más preciados de la Iglesia de Cristo”.

Assum est [asado está]

Por esta acción, considerada una afrenta, Lorenzo fue condenado a muerte en el acto por el prefecto. La orden era que muriese lenta y dolorosamente. Se le colocaría sobre una parrilla de hierro encendida hasta que muera. Sería la paga por haber desafiado la autoridad del emperador.

El relato de su martirio da cuenta del esplendor de su rostro ante la muerte, y la leyenda señala que podía sentirse un aroma agradable en medio de la cruel escena. Ese mismo relato añade las palabras que Lorenzo, fortalecido por la gracia, alcanzó a pronunciar mientras se quemaba, para sorpresa de sus verdugos: “Assum est, inqüit, versa et manduca” [“Asado está, parece, dale la vuelta y come”].

San Lorenzo murió ese 10 de agosto del año 258. Tenía unos 33 años.

La sangre de los mártires, semilla de cristianos

El martirio de San Lorenzo produjo un crecimiento del número de bautizados y un golpe muy fuerte para los enemigos de la Iglesia. Por su testimonio, muchos paganos abrazaron la fe en Cristo.

La devoción a este gran santo se ha expandido por todo el mundo y muchos pueblos y ciudades hoy llevan su nombre. En Roma, la Basílica de San Lorenzo es considerada la quinta en importancia en la ciudad.

San Lorenzo y el Papa Francisco

El 10 de agosto de 2019, el Papa Francisco dedicó un breve mensaje en redes sociales dedicado a San Lorenzo: “El testigo cristiano, en el fondo, anuncia solo esto: que Jesús vive y es el secreto de la vida. "San Lorenzo Mártir”.

Como dato anecdótico, el club de fútbol favorito del difunto Papa Francisco lleva el nombre del diácono mártir: el Club Atlético San Lorenzo de Almagro. Dicho nombre fue puesto por uno de los fundadores de la institución, el sacerdote salesiano P. Lorenzo Massa.( ACI Prensa).

09 agosto, 2026

Domingo 19 (A) del tiempo ordinario

 Domingo 19 - A | Jesús camina sobre el agua - Iglesia que Camina

Domingo 09 de agosto

Domingo 19 (A) del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 14,22-33): Después que se sació la gente, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla mientras él despedía a la gente. Y después de despedir a la gente subió al monte a solas para orar. Llegada la noche estaba allí solo. Mientras tanto la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario.

De madrugada se les acercó Jesús andando sobre el agua. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, pensando que era un fantasma. Jesús les dijo en seguida: «¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!». Pedro le contestó: «Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua». Él le dijo: «Ven». Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: «Señor, sálvame». En seguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: «¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?». En cuanto subieron a la barca amainó el viento. Los de la barca se postraron ante Él diciendo: «Realmente eres Hijo de Dios».

«Empezó a hundirse y gritó: ‘Señor, sálvame’»

Rev. D. Joaquim MESEGUER García (Rubí, Barcelona, España)

Hoy, la experiencia de Pedro refleja situaciones que hemos experimentado también nosotros más de una vez. ¿Quién no ha visto hacer aguas sus proyectos y no ha experimentado la tentación del desánimo o de la desesperación? En circunstancias así, debemos reavivar la fe y decir con el salmista: «Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación» (Sal 85,8).

Para la mentalidad antigua, el mar era el lugar donde habitaban las fuerzas del mal, el reino de la muerte, amenazador para el hombre. Al “andar sobre el agua” (cf. Mt 14,25), Jesús nos indica que con su muerte y resurrección triunfa sobre el poder del mal y de la muerte, que nos amenaza y busca destrozarnos. Nuestra existencia, ¿no es también como una frágil embarcación, sacudida por las olas, que atraviesa el mar de la vida y que espera llegar a una meta que tenga sentido?

Pedro creía tener una fe clara y una fuerza muy consistente, pero «empezó a hundirse» (Mt 14,30); Pedro había asegurado a Jesús que estaba dispuesto a seguirlo hasta morir, pero su debilidad lo acobardó y negó al Maestro en los hechos de la Pasión. ¿Por qué Pedro se hunde justo cuando empieza a andar sobre el agua? Porque, en vez de mirar a Jesucristo, miró al mar y eso le hizo perder fuerza y, a partir de ese instante, su confianza en el Señor se debilitó y los pies no le respondieron. Pero, Jesús le «extendió la mano, lo agarró» (Mt 14,31) y lo salvó.

Después de su resurrección, el Señor no permite que su apóstol se hunda en el remordimiento y la desesperación y le devuelve la confianza con su perdón generoso. ¿A quién miro yo en el combate de la vida? Cuando noto que el peso de mis pecados y errores me arrastra y me hunde, ¿dejo que el buen Jesús alargue su mano y me salve?

Pensamientos para el Evangelio de hoy

  • «Otro beneficio de la oración es que hace que el tiempo transcurra tan aprisa y con tanto deleite, que ni se percibe su duración» (San Juan Mª Vianney)

  • «El Señor está en el “monte” del Padre: podemos invocarlo siempre» (Benedicto XVI)

  • «‘De una manera fragmentaria y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por su Hijo’ (Heb 1,1-2). Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre, es la Palabra única, perfecta e insuperable del Padre. En Él lo dice todo, no habrá otra palabra más que ésta (…)» (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 65)(ACI Prensa).  

08 agosto, 2026

Santo Domingo de Guzmán, fundador de la Orden de Predicadores

 Santo Domingo de Guzmán, 8 de agosto / ACI Prensa

8 de agosto
Santo Domingo de Guzmán
Fundador de la Orden de Predicadores

Cada 8 de agosto la Iglesia Católica celebra a Santo Domingo de Guzmán, fundador de la Orden de Predicadores.

En cuna de santos

Domingo nació el 8 de agosto de 1170, en Caleruega, Burgos (España). Su madre fue la Beata Juana de Aza, y su padre, el Venerable don Félix Núñez de Guzmán.

De los 14 a los 28 años Domingo vivió en Palencia, donde recibió una cuidadosa educación en artes (humanidades), filosofía y teología. Posteriormente, en dicha ciudad, se desempeñó como profesor de la escuela catedralicia por un periodo de cuatro años.

Generosidad y desprendimiento

Para 1190, Domingo ya había terminado la carrera y recibido la tonsura. Por ese entonces en la Península Ibérica se vivía un clima de tensión: a la presencia bélica de los moros -la población árabe-musulmana- en España, se añadían continuos enfrentamientos entre los príncipes y señores cristianos.

En la región de Palencia se produjo entonces una gran hambruna. Tal situación tocó profundamente a Domingo quien, compadecido por la miseria en la que muchos vivían, decidió ponerse al servicio de los más necesitados. Se deshizo de gran parte de sus pertenencias y de su biblioteca personal con el propósito de reunir algún dinero y donarlo.

Hacer de uno mismo una ofrenda

Cierto día, se presentó ante Domingo una mujer con el rostro cubierto de lágrimas. Ella le relató al santo cómo su hermano había caído prisionero de los moros y cómo estos se lo habían llevado. Domingo, de inmediato, decidió ofrecerse a sí mismo en rescate por aquel hombre.

Ese solo gesto, lleno de valentía y generosidad, hizo que los captores del muchacho desistieran del propósito de retenerlo. Al final, no fue ni siquiera necesario que Domingo se entregara. La determinación que había mostrado fue suficiente y le valió el reconocimiento popular.

Anunciar al Señor con propiedad

Domingo, a los 24 años de edad, fue llamado por el obispo de Osma para ocupar el cargo de canónigo de la catedral, y, un año después, fue ordenado sacerdote.

Más adelante, el prelado tuvo que viajar a Dinamarca por encargo del rey Alfonso VIII y decidió llevar a Domingo consigo. Durante el viaje, el santo quedó impactado por el alcance que tenía la herejía albigense (catarismo) en aquellas tierras. Eso lo llevó al convencimiento de que una buena predicación del Evangelio era indispensable, y que si se predicaba de manera didáctica sería posible apartar del error a los incautos, y así fortalecer la fe del pueblo.

La Orden de los predicadores

Para 1207, Santo Domingo se encontraba completamente dedicado a su labor misionera y apostólica. Junto a él se había formado un grupo de compañeros que compartían el deseo de ser buenos predicadores. Como Domingo, ellos también habían dejado atrás todo tipo de comodidades y vivían ahora de la limosna.

Domingo se aboca a la formación de sacerdotes para que prediquen con locuacidad la sana doctrina. Más tarde fundaría la Orden de Predicadores (cuyos miembros serían después conocidos como ‘dominicos’). La Orden fue constituída en Toulouse (Francia), durante la denominada Cruzada albigense, luego sería confirmada por el Papa Honorio III, el 22 de diciembre de 1216.​

A lo largo de su vida, Domingo recibió hasta tres pedidos papales para ser obispo, pero siempre declinó para ocuparse de la Orden que había fundado. Los años posteriores a 1216 fueron de un esfuerzo espiritual extenuante; el santo no descansaría hasta ver consolidada su fundación.

El Rosario

Según la tradición, respaldada por numerosos documentos pontificios, cierta noche, Santo Domingo, estando en oración tuvo una visión en la que la Virgen María aparecía en su auxilio y le entregaba el Rosario, refiriéndose a este como el arma más poderosa para ganar almas.

La Virgen le enseñó a rezarlo y le pidió que hiciera lo mismo con todo aquél que pudiese. Ella hizo además una promesa: todo aquel que lo rezara obtendría gracias abundantes. Así, Domingo se convertiría en el más grande propagador de la oración a Nuestra Madre, el Santo Rosario, la oración mariana por excelencia.

Santo Domingo de Guzmán, quien conoció y trató a San Francisco de Asís, fundador de los Frailes Menores -la otra gran orden mendicante-, partió a la Casa del Padre en Bolonia (entonces parte del Sacro Imperio Germánico, hoy Alemania) el 6 de agosto de 1221. Tenía 50 años.

El Papa Gregorio IX lo canonizó en 1234. En su discurso, el Pontífice dijo de Domingo: “De la santidad de este hombre estoy tan seguro como de la santidad de San Pedro y San Pablo”.

Órdenes mendicantes y espíritu misionero

Los dominicos y franciscanos -ambas integrantes de las llamadas órdenes mendicantes- se convirtieron en los pilares que sostuvieron a la Iglesia durante las crisis del siglo XIII y la baja Edad Media. Hoy, con renovado ardor, los hijos de Santo Domingo siguen invitados a la hermosa aventura de predicar a Cristo.

En 2021 se celebró el VIII Centenario de la muerte de Santo Domingo de Guzmán. Con ocasión de ello, el Papa Francisco envió una carta a al hermano Gerard Francisco Timoner O.P., Maestro General de la Orden de Predicadores, en la que le decía:

«En nuestro tiempo, caracterizado por grandes transformaciones y nuevos desafíos a la misión evangelizadora de la Iglesia, Domingo puede servir de inspiración a todos los bautizados, llamados, como discípulos misioneros, a llegar a todas las “periferias” de nuestro mundo con la luz del Evangelio y el amor misericordioso de Cristo. Hablando de las líneas temporales perennes de la visión y el carisma de santo Domingo, el Papa Benedicto XVI nos recordaba [Audiencia general, 3 de febrero de 2010] que ”en el corazón de la Iglesia debe arder siempre un fuego misionero”».(ACI Prensa).

06 agosto, 2026

Fiesta de la Transfiguración del Señor

 La Transfiguración del Señor

6 de agosto
Fiesta de la Transfiguración del Señor
 

Cada 6 de agosto la Iglesia celebra la fiesta de la Transfiguración del Señor, ocurrida en presencia de los apóstoles Juan, Pedro y Santiago. 

Dos cosas definen el momento: la conversación entre Jesús con Moisés y Elías, y la voz de Dios que irrumpe desde una nube diciendo: “Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo” (Lc 9, Mc 9, Mt 17).

De acuerdo al relato evangélico, la Transfiguración ocurrió en un monte alto y apartado llamado Tabor, que en hebreo quiere decir “el abrazo de Dios”.

En el Catecismo

En referencia a este extraordinario episodio, el Catecismo de la Iglesia Católica (555) señala: “Por un instante, Jesús muestra su gloria divina, confirmando así la confesión de Pedro. Muestra también que para ‘entrar en su gloria’ (Lc 24, 26), es necesario pasar por la Cruz en Jerusalén”.

“Moisés y Elías habían visto la gloria de Dios en la Montaña; la Ley y los profetas habían anunciado los sufrimientos del Mesías (cf. Lc 24, 27). La Pasión de Jesús es la voluntad por excelencia del Padre”, añade el Catecismo.

“Señor, ¡qué bien se está aquí!”

San Jerónimo comenta el pasaje con expresiones que subrayan la predilección de Dios Padre por Jesús: “Este es mi Hijo, no Moisés ni Elías. Éstos son mis siervos; aquél, mi Hijo. Éste es mi Hijo: de mi misma naturaleza, de mi misma sustancia, que en Mí permanece y es todo lo que Yo soy. También aquellos otros me son ciertamente amados, pero Éste es mi amadísimo. Por eso escuchadlo (…) Él es el Señor, estos otros, los consiervos. Moisés y Elías hablan de Cristo. Son consiervos vuestros. No honréis a los siervos del mismo modo que al Señor: prestad oídos sólo al Hijo de Dios”, concluye la meditación del santo traductor de la Biblia.

Por su parte, Santo Tomás de Aquino subraya el aspecto trinitario de esta teofanía [manifestación divina]: “Apareció toda la Trinidad: el Padre en la voz, el Hijo en el hombre, el Espíritu en la nube luminosa”.

Finalmente, es importante ponderar la reacción de los testigos directos del milagro. Cuando la Transfiguración acabó, Pedro, quien había dicho “Señor, ¡qué bien se está aquí!” (Mt 17, 4), desciende del monte sin comprender lo que ha pasado. San Agustín, en un sermón, alude al apóstol con unas hermosas palabras que nos recuerdan, tal y como Jesús le recordó a Pedro, que la vida no puede detenerse, que estamos de paso y que la contemplación definitiva de Dios solo es posible en el cielo:

“Desciende (tú, Pedro) para penar en la tierra, para servir en la tierra, para ser despreciado y crucificado en la tierra. La Vida desciende para hacerse matar; el Pan desciende para tener hambre; el Camino desciende para fatigarse andando; la Fuente desciende para sentir la sed; y tú, ¿vas a negarte a sufrir?”

Llegará el día sin final, en el que diremos “¡qué bien se está aquí!” y permaneceremos en presencia del Transfigurado para siempre, en toda su gloria y esplendor. 

La Transfiguración como "antídoto"

Es posible decir que hoy, muchísima gente experimenta una sensación de declive en la vida social o en la cultura. Incluso, algunos han caído en la desesperanza o el agotamiento psicológico y espiritual. Frente a estos fenómenos, Cristo aparece hoy, más ‘blanco’ que nunca, radiante, lleno de Luz –Él es el Transfigurado–.

En Jesús glorioso renace nuestra confianza en que lo mejor siempre está por venir, y que aquello que está mal, siempre podrá ser transformado. 

Por eso, no caigamos en la tentación del desaliento, esa vieja estrategia que hace olvidar las maravillas del amor de Dios. No nos quedemos en la mirada corta, hipnotizados por lo inmediato, aun en las circunstancias más difíciles.

Por María somos hijos de la Luz

El 6 de agosto de 2013, el Papa Benedicto XVI señalaba a propósito de esta fiesta:

"¡Cuánta necesidad tenemos, también en nuestro tiempo, de salir de las tinieblas del mal para experimentar la alegría de los hijos de la luz! Que nos obtenga este don María, a quien ayer, con particular devoción, recordamos en la memoria anual de la dedicación de la basílica de Santa María la Mayor". Que Ella interceda para que se aleje del corazón humano las sombras del engaño y podamos alcanzar la paz que brota de un corazón que anhela ser glorificado. 

¡Feliz fiesta de la Transfiguración del Señor!(ACI Prensa).

San Hormisda, LII Papa

San Hormisda, Papa, 6 de agosto Hormisdas, originario de la Campania, era  un diácono de Roma, viudo, cuyo hijo San Silverio había de ceñir también la  tiara Pontificia. Su conducta le ganó 

 

06 de agosto
San Hormisda
LII Papa

Por: n/a | Fuente: ACIprensa.com

Martirologio Romano: En Roma, en la basílica de San Pedro, sepultura de san Hormisda, Papa. Abanderado de la paz, consiguió acabar con el cisma de Acacio en Oriente, y en Occidente hizo que se respetaran religiosamente por los nuevos pueblos los derechos de la Iglesia (523). 

Cristianismo
Breve Biografía


Originario de la Campania, era un diácono de Roma, viudo, cuyo hijo San Silverio había de ceñir también la tiara pontificia.

En el año 514, Hormisda fue elegido Papa. Tuvo que consagrar toda su actividad al problema delicado y complejo de la situación que había producido en el oriente el cisma provocado por Acacio de Constantinopla, con el fin de aplacar a los monofisitas.

A San Hormisda pertenece el honor de haber acabado con el cisma mediante la confesión de fe que lleva su nombre: "La Fórmula de Hormisda". Este documento, citado todavía por el Concilio Vaticano I, es una de las pruebas más fehacientes de la autoridad que se atribuía al Papa en los seis primeros siglos.

Sabemos que San Hormisda fue un hombre inteligente, hábil y amante de la paz . En sus últimos años tuvo el consuelo de ver cesar en Africa la persecución de los vándalos.(Catholic.com)

 

05 agosto, 2026

Festividad de Nuestra Señora de las Nieves

 Nuestra Señora de las Nieves

5 de agosto
Festividad de Nuestra Señora de las Nieves

Cada 5 de agosto la Iglesia celebra la festividad de Nuestra Señora de las Nieves, advocación mariana que data de los primeros siglos de la era cristiana y que se halla muy extendida en países como España, Portugal e Italia. Asimismo cuenta con innumerables devotos en Hispanoamérica.

El origen de la devoción a la Virgen de las Nieves está vinculado al ícono Salus Populi Romani [‘Salud’ o ‘Salvación’ del pueblo romano], título con el que los cristianos del Imperio solían invocar a la Madre de Dios.

Hasta el siglo XIV las festividades dedicadas a esta advocación se realizaban sólo en Roma, pero a partir del siglo XVII se extendieron universalmente por voluntad del Papa San Pío V (p. 1566-1672).

El amor de los esposos, don de la Iglesia

De acuerdo a una antigua tradición, en el siglo IV, vivía en Roma una piadosa pareja de esposos cristianos, de origen noble. Ambos se reconocían bendecidos por la fe que habían acogido y porque Dios les había concedido abundantes bienes materiales. Sin embargo, algo les faltaba: no tenían hijos.

Por años rezaron pidiendo al Señor que los bendijera con un hijo a quien amar y heredar sus posesiones, pero parecía que Dios no los escuchaba. Pasado el tiempo, tomaron una decisión: nombrar a la Virgen María como “heredera” y donar sus riquezas para que se extendiera su culto.

En respuesta, la Madre de Dios se les apareció una calurosa noche de verano, un 4 de agosto, y les expresó su deseo de que se construyera una basílica en el Monte Esquilino, una de las siete colinas de Roma. La señal para encontrar el lugar propicio -dijo la Virgen- sería aquel que estuviera cubierto de nieve, lo que parecía poco menos que un absurdo dadas las condiciones típicas del verano en el hemisferio norte.

Mientras tanto, la Virgen tocaba otros corazones: se le apareció también al Papa Liberio (p. 352-366) dándole el mismo mensaje.

Y la nieve fue la señal

Al día siguiente, 5 de agosto, mientras el sol de verano hacía arder el suelo romano, la ciudad entera se quedó admirada al ver sobre el Monte Esquilino un área cubierta de nieve. Al lugar acudieron los esposos, llenos de gozo porque todo había sucedido como la Virgen lo había anunciado. Lo mismo hizo el Sumo Pontífice, quien llegó al monte en solemne procesión.

La nieve cubría un área suficiente para albergar una gran edificación. Liberio, acto seguido, ordenaría trazar el perímetro exacto que cubría la nieve, antes de que esta desapareciera. El Papa ayudó personalmente en el trazo, así como, después, lo haría en la colocación de las primeras piedras de la futura basílica. Los esposos ofrecieron al Pontífice contribuir financiando la construcción, y fue gracias a su aporte que el proyecto se hizo realidad.

Piedad filial: la Basílica de Santa Maria Maggiore

Años después, en el siglo V, tras el Concilio de Éfeso (431), en que se proclamó a María como Madre de Dios, el Papa Sixto III (p. 432-440) erigió un nuevo templo sobre la iglesia precedente. Esta edificación es la Basílica que hoy se conoce como Santa Maria Maggiore [Santa María, la Mayor] cuya dedicación se celebra el 5 de agosto, día de la Virgen de la Nieves. 

A través del tiempo se han hecho remodelaciones, restauraciones, ampliaciones y modificaciones al templo, pero respetando el espíritu con el que aquellos esposos señalados por la tradición dieron su fortuna en honor a la Santísima Virgen.

Hoy, los fieles, cada 5 de agosto, lanzan pétalos de rosas blancas –como símil de la nieve–  desde la bóveda de la Basílica durante la celebración de la Eucaristía. Así se conmemora cada año, simbólicamente, el famoso milagro.

Devoción

Argentina, España, Francia, México, Perú, Colombia y Venezuela son algunos de los países en los que la Virgen de las Nieves es venerada y ejerce incontables patronazgos. En distintas regiones o zonas de estas naciones, cada 5 de agosto se celebran liturgias, procesiones, romerías o peregrinaciones. Todas estas en honor de la Virgen María, Nuestra Señora de las Nieves.(ACI Prensa).

04 agosto, 2026

San Juan Bautista María Vianney, "el Santo Cura de Ars", patrono de todos los sacerdotes y de los párrocos.

 San Juan María Vianney: ¿Quién Fue el Cura que Confesaba 16 Horas al Día y  Apenas Dormía? – Siervos Misioneros de la Santísima Trinidad Vocaciones

4 de agosto
San Juan Bautista María Vianney, "el Santo Cura de Ars"
Patrono de todos los sacerdotes y de los párrocos

Cada 4 de agosto la Iglesia Católica celebra a San Juan Bautista María Vianney (1786-1859), el Santo Cura de Ars, patrono de todos los sacerdotes y, de manera especial, de aquellos que sirven como párrocos.

A San Juan María Vianney se le conoce como el ‘Santo Cura de Ars’ -expresión que en francés se dice Curé d'Ars y que equivale a ‘el párroco de Ars’-. Ars es el nombre del pueblo francés donde este gran sacerdote fungió precisamente de párroco: Ars-sur-Formans, localidad ubicada a 30 km de la ciudad de Lyon
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Un difícil comienzo

San Juan María Vianney nació en Dardilly (Francia), el 8 de mayo de 1786. Fue el tercero de seis hermanos, miembros de una familia de campesinos.

Estudió por un breve tiempo en la escuela comunal de su pueblo. Luego, en 1806, ingresó a la recientemente creada escuela especial para aspirantes a eclesiásticos. Allí, lamentablemente, tuvo sus primeros sinsabores académicos: Juan María parecía bastante limitado para el estudio.

Con mucho esfuerzo, el santo logró adquirir los conocimientos mínimos de aritmética, historia y geografía como para permanecer en la institución, mientras que con el latín todo se le puso cuesta arriba. Para su desventura, esta es la lengua eclesiástica por excelencia y, sólo por esa razón, sus maestros dudaban si era o no apto para la carrera eclesiástica. En otras palabras: estuvo en manos de aquellos profesores que se le cerraran las puertas de la formación. Sin embargo, Dios quiso que recorriera ese camino y no otro.

Uno de sus compañeros, Matthias Loras, futuro obispo de Dubuque, lo ayudó con las lecciones de la antigua lengua de Julio César, Cicerón y San Agustín, de manera que Juan Bautista María pudo salvar la materia.

Ese mismo año, 1806, el santo recibiría la dispensa del servicio militar por ser aspirante al sacerdocio. Esa situación se mantuvo hasta 1809, año en que fue reclutado para el ejército de Napoleón y enviado a Lyon. Su destino sería integrar las fuerzas que se alistaban para invadir España.

El 6 de enero de 1810, Juan Bautista desertó haciéndose pasar por un tal Jerónimo Vincent. Tuvo que ocultarse por un tiempo hasta que llegó, en octubre de ese mismo año, a casa de un sacerdote amigo, el P. Balley. El 28 de mayo de 1811, el santo recibiría la tonsura.

Humilde sacerdote, sacerdote humilde

A los 26 años, Juan Bautista María ingresó al Seminario Menor de Verrieres, donde podría llevar la filosofía en francés -lo que ablandaba los estudios-. Allí fue compañero de clase de San Marcelino Champagnat, fundador de los maristas.

Juan María fue ordenado sacerdote el 13 de agosto de 1815 y enviado a Ecully como ayudante de Monseñor Don Balley, su viejo amigo, el primero en animarlo a mantenerse firme en su vocación sacerdotal. Balley había hecho, un tiempo atrás, hasta lo indecible por el joven sacerdote: lo había defendido tras haber sido expulsado del Seminario Mayor por “falta de idoneidad académica” (bajo rendimiento). Ahora, el recién ordenado P. Juan María estaba al lado de Don Balley, su preceptor y protector, listo para cooperar en el servicio.

Años después, a la muerte de Balley, el P. Juan María Vianney fue enviado como clérigo a Ars, un pueblo pequeñito de 250 habitantes, casi todos pobres. Desde ese lugar, al que llamaba el “último de la diócesis y quizás de toda Francia”, el cura iniciaría una revolución espiritual que cambiaría para siempre a toda la nación.

Arrebatar almas al demonio

A San Juan María Vianney se le considera el paradigma de todo buen confesor. Poseía dones extraordinarios como la profecía o la capacidad para adentrarse en las profundidades del alma humana. Su espíritu intuitivo, compenetrado con la gracia de Dios, fue capaz de penetrar las intenciones ocultas de muchos de los corazones que se acercaban en busca de perdón, pero que no siempre eran humildes o transparentes.

Al mismo tiempo, el P. Vianney fue un hombre de gran humildad y capacidad de discernimiento, virtudes indispensables que lo hicieron un pastor modélico.

En repetidas oportunidades el Cura de Ars fue blanco de los ataques directos del demonio, a los que hizo frente exitosamente gracias a su alma ligera, siempre de cara al Cielo y fortalecida por la mortificación, el ayuno, la oración y el servicio. Con estas “armas” la gracia de Dios permanece sólida en el interior del hombre.

Su celo pastoral -su auténtica pasión por la salvación de las almas- lo llevó a pasar largas horas en el confesionario, casi a diario, con el propósito -como él mismo solía decir- de “arrebatarle almas al demonio”.

Rápido y ligero para asestar los golpes 

El santo párroco vivía muy desprendido de las cosas materiales, a las que trató con la libertad de los hijos de Dios: fue tan desapegado a todo que alguna vez llegó a regalar ¡su propia cama! (así fue como adquirió la costumbre de dormir en el suelo de su habitación).

Llevó también una vida ascética: practicaba habitualmente el ayuno y cuando no, le bastaba comer algo muy sencillo. Solía decir que “el demonio no le teme tanto a la disciplina y a las camisas de piel, como a la reducción de la comida, la bebida y el sueño".

Sin bajar la guardia jamás

Son bastante conocidos los episodios en los que el demonio trató de amedrentarlo o distraerlo sin éxito: en una oportunidad hizo temblar su casa hasta por 15 minutos para que deje de orar; en otra ocasión quiso que abandonara la misa que estaba celebrando ocasionando un incendio en su habitación. El santo manejó con ejemplar serenidad ambos momentos: no detuvo su oración y no se movió del altar respectivamente. El día del incendio se limitó a pedirle a uno de los monaguillos que vaya y apague el fuego, mientras acababa de celebrar.

Ciertamente, también hubo noches terribles en las que el demonio no dejaba de perturbarlo con fuertes ruidos que no le dejaban dormir, mientras se burlaba de él sugiriendo que abandonara el ayuno: “Ya es suficiente” era el grito que atormentaba su mente. Con todo, el Cura de Ars se mantuvo firme y fiel. Después de haber luchado tenazmente contra el Príncipe de las Tinieblas, con el corazón seguro, como arrullado en brazos de María, el Santo Cura se quedaba dormido como si fuese un niño.

Sólo la caridad transforma el mundo

A San Juan María Vianney también le tocó vivir tiempos convulsionados, como los posteriores a la Revolución francesa. Uno de los tristes saldos de este proceso político fue el ambiente de incredulidad y falta de esperanza entre la gente. Muchos se apartaron de la fe y el número de quienes no querían saber más de Dios iba en aumento.

El Cura de Ars se propuso entonces atender esta gran necesidad dedicándole más esfuerzo a la preparación de sus sermones. El santo pasaba noches enteras en la sacristía componiendo y memorizando lo que iba a decir, consciente de la fragilidad de su memoria, poniendo todo el empeño posible para predicar bien, hacerse entender y transmitir el Evangelio a cabalidad.

Como el párroco era muy sensible a las necesidades de su grey, se ocupaba con amabilidad de la instrucción de los niños en el catecismo, e intentó combatir las malas costumbres que apartaban al pueblo de la Iglesia, especialmente las referidas al precepto dominical. Luchó para que los trabajadores de Ars no fueran obligados a trabajar los fines de semana, así como para que las tabernas permanezcan cerradas el domingo y la gente pueda ir a misa.

Más de una vez encendió la polémica al condenar a aquellos que malgastan el dinero y su tiempo en diversiones superfluas. En una de sus homilías llegó a decir: "La taberna es la tienda del demonio, el mercado donde las almas se pierden, donde se rompe la armonía familiar”. Y vaya que no le faltaba razón.

La parroquia es ‘territorio de María’

Con el tiempo, su popularidad creció mucho y llegaron a ser miles las personas que arribaban a Ars, incluso venidas desde muy lejos, para confesarse con el P. Vianney. San Juan María movió a miles a convertirse en hijos piadosos de la Virgen María, pues él mismo fue un hombre de profundo amor por Ella, a quien consagró su parroquia y su servicio sacerdotal.

El sábado 4 de agosto de 1859, el Santo cura de Ars partió a la Casa del Padre. Tenía 73 años. Fue canonizado en la fiesta de Pentecostés de 1925 por el Papa Pío XI.

Este 13 de agosto se cumplirán 211 años de su ordenación sacerdotal, llevada a cabo en 1815.(ACI Prensa).