26 junio, 2026

San Josemaría Escrivá de Balaguer y Albás, fundador del Opus Dei

 

26 de junio
San Josemaría Escrivá de Balaguer y Albás
Fundador del Opus Dei

Cada 26 de junio, la Iglesia Católica celebra a San Josemaría Escrivá de Balaguer y Albás (1902-1975), sacerdote español, fundador del Opus Dei, y autor de Camino (1934), obra de gran provecho espiritual para millones de católicos y que ha sido traducida a decenas de idiomas. Hoy se cumplen 50 años desde que este santo partió al encuentro definitivo con el Señor.

"Dios no te arranca de tu ambiente, no te remueve del mundo, ni de tu estado, ni de tus ambiciones humanas nobles, ni de tu trabajo profesional... pero, ahí, ¡te quiere santo!". Estas palabras resumen muy bien buena parte de la inspiración que recibió San Josemaría para mover los corazones de muchos, y convocarlos a santificarse y santificar el mundo actual. Por eso, se le conoce como ‘el santo de lo ordinario’, apelativo que recibe por haber  entendido a la perfección de qué trata la vida del cristiano hoy: de hacer de lo ordinario -de la vida cotidiana- algo extraordinario.

Tras las huellas de Cristo


San Josemaría Escrivá de Balaguer nació en Barbastro, Huesca (España) en 1902, en el seno de una familia profundamente cristiana. Desde joven, le tocó conocer el sufrimiento: sus tres hermanas menores murieron aún siendo muy pequeñas, el negocio de su padre quebró y la familia tuvo que dejar su tierra para mudarse a Logroño en busca de una situación mejor.

Cierto día, Josemaría vio sobre la nieve las huellas de unos pies descalzos. De solo pensar en quién podría haberlas dejado, se le congeló hasta el alma. ¿Quién puede andar sin zapatos pisando el hielo? Le pareció una locura. Pero cuando se enteró de que eran las pisadas de un religioso, su apreciación del hecho cambió completamente. Esas huellas -pensó- han sido dejadas por alguien extraordinario, que hace cosas igualmente extraordinarias. Pensar en que alguien era capaz de hacer algo así, sólo podía explicarse por un gran propósito, algo propio de un plano distinto. Josemaría intuye entonces que quizás Dios le estaba enviando un mensaje: quizás Dios quería algo de él.

Poco a poco, su mente se fue aclarando: Cristo quería que siga sus pasos de cerca, como sacerdote.

Un muchacho como pocos

Josemaría se caracterizaba por su carácter generoso y alegre, mientras que su sencillez y serenidad lo hicieron muy querido entre sus compañeros de estudio. Mostraba esmero en la oración, disciplina y cariño por el estudio. Se convirtió sin quererlo en referente para quienes lo rodeaban. Más tarde vendrían los días de la formación en el seminario.

El 28 de marzo de 1925 San Josemaría Escrivá fue ordenado sacerdote. Años más tarde, con permiso de su obispo, se trasladaría a Madrid para obtener el doctorado en derecho. Desatada la Guerra Civil española, se vio obligado a interrumpir sus estudios; los que solo pudo concluir acabado el conflicto. Terminado el doctorado en Derecho, sumó otro en teología, esta vez, fuera de España, en la Pontificia Universidad Lateranense de Roma.

Definición del camino propio

El 2 de octubre de 1928, según sus propias palabras, Dios le hizo “ver” lo que quería de él: que lleve el mensaje del llamado universal a la santidad por todo el mundo.

Lo que el Espíritu de Dios había suscitado en el corazón lo mueve a formar una comunidad, una familia en el seno de la Iglesia: el Opus Dei; cuyo propósito radica en promover la santificación entre sus miembros en medio de la vida ordinaria, en particular a través del trabajo. San Josemaría define con estas palabras lo que debe ser el Opus Dei: “Una movilización de cristianos que supieran sacrificarse gustosos por los demás, que hicieran divinos los caminos humanos de la tierra, todos, santificando cualquier trabajo noble, cualquier trabajo limpio”.

Cristo ha de volver a los claustros universitarios

En 1933 el santo concibe la idea de crear una academia universitaria de espíritu católico. Josemaría entiende que esto es imperioso, ya que el mundo de la cultura y la ciencia son ámbitos decisivos para la evangelización de toda sociedad. Lamentablemente, el estallido de la guerra civil en 1936 desató una persecución religiosa que obligó al santo a refugiarse en diversos lugares de España, hasta que pudo asentarse en Burgos.

Acabada la guerra en 1939, San Josemaría retorna a Madrid para terminar los estudios de doctorado en derecho civil en la Universidad Central. Su fama de hombre espiritual lo llevó a dirigir ejercicios espirituales a pedido de obispos y superiores religiosos. En 1946, se traslada a Roma y obtiene de la Santa Sede la aprobación definitiva de su más importante obra, el Opus Dei.

Al paso de la renovación de la Iglesia

En los años sesentas sigue con atención el Concilio Vaticano II, estableciendo lazos apostólicos con muchos padres conciliares y abriendo nuevas puertas para hacer crecer al Opus Dei y difundir su mensaje. El crecimiento de la familia espiritual lo obliga a dedicarle todos sus esfuerzos. Viaja por diversos países de Europa y América con el objetivo de impulsar y consolidar el trabajo apostólico de “la Obra”.

"Allí donde están vuestros hermanos los hombres, allí donde están vuestras aspiraciones, vuestro trabajo, vuestros amores, allí está el sitio de vuestro encuentro cotidiano con Cristo", declaraba, con ánimo inacabable, San Josemaría Escrivá.

El “santo de lo cotidiano” partió a la Casa del Padre el 26 de junio de 1975 a consecuencia de un paro cardíaco. Murió asistido por la gracias debidas y a los pies de un cuadro de la Santísima Virgen de Guadalupe. Fue canonizado por San Juan Pablo II en el año 2002.(ACI Prensa).

25 junio, 2026

San Próspero de Aquitania, teólogo y discípulo de San Agustín de Hipona

 San Próspero de Aquitania, 25 de junio

25 de junio
San Próspero de Aquitania, teólogo y 
Discípulo de San Agustín de Hipona

San Próspero de Aquitania (390-455) fue teólogo seglar, discípulo de San Agustín de Hipona que participó activamente en las principales controversias religiosas de su época, especialmente las concernientes al pelagianismo y a lo que después se denominaría ‘semipelagianismo’; además, en calidad de laico, fue servidor y colaborador del Papa León I durante su pontificado (440-461).

Errores, confusión, herejías

El semipelagianismo fue un intento de conciliar las ideas de los pelagianos con la doctrina de la lglesia en torno a la gracia y el pecado original. Los pelagianos de larga data habían sostenido que la vida eterna podía ganarse sin el concurso de la gracia divina, haciendo valer solamente el libre albedrío y el esfuerzo humano; para ello se apoyaban en ideas como que el pecado original habría afectado exclusivamente a Adán y que sus consecuencias podían ser remisibles si se procuraba una vida intachable. Los semipelagianos, sus “herederos”, aparecen tras la contundente respuesta que dio San Agustín (354-430) a este problema, quien había señalado que tanto la gracia como la libertad humana son necesarias para la salvación y que al hombre le toca cooperar siempre con la iniciativa divina. Los semipelagianos pretendieron acoger la crítica agustiniana pero sin abandonar las tesis de fondo de Pelagio (354-420), cuya doctrina terminó condenada por herética (Concilio de Cartago de 418).

Los semipelagianos, a diferencia de su inspirador, admitían el concurso de la gracia divina para alcanzar la salvación, pero sólo sobre la base de un movimiento primigenio de la voluntad humana, es decir, de un acto de la libertad en la que Dios no toma parte en absoluto.

El discípulo que honra al maestro

Próspero de Aquitania, discípulo de Agustín, se dio a conocer en medio de esta compleja disputa doctrinal gracias a sus escritos. Estos, afortunadamente, se conservan hasta hoy.

Próspero de Tiro -nombre con el que también se le conoce a este santo- nació en la antigua región francesa de Aquitania en el siglo IV y fue formado por los monjes del monasterio de San Víctor en Marsella.

En 428, Próspero escribió una carta a San Agustín –que en ese momento ya se hallaba en Hipona– sobre las dificultades surgidas en Marsella y sus alrededores contra la doctrina que Agustín había desarrollado. Por esta razón, Agustín escribió dos tratados: Sobre el don de la perseverancia y De la predestinación de los santos.

Cooperador de la verdad

Mientras tanto, en apoyo de su maestro, Próspero redactó un breve tratado sobre la gracia y la libre voluntad. Entre sus obras teológicas se cuentan Adversus Ingratus (Contra el pelagianismo), Pro Augustino Responsiones (Una defensa de San Agustín) y De gratia Dei et libero arbitrio [Sobre la gracia y el libre albedrío], obra escrita en oposición a ciertas tesis de San Juan Casiano.

También San Próspero es reconocido por ser el autor de una Crónica sobre la Iglesia,  relato histórico que comprende el período desde la creación hasta la conquista de Roma por los vándalos en el año 455. Este escrito fue una suerte de síntesis de la obra del mismo nombre que escribió San Jerónimo, pero al que Próspero añadió algunas correcciones y precisiones.

San Próspero terminó sus días como secretario seglar nada menos que del Papa San León Magno (León I). Murió alrededor del año 455. (ACI Prensa).

24 junio, 2026

Solemnidad del Nacimiento de San Juan Bautista

Nacimiento de San Juan Bautista, 24 de junio 

24 de junio
Solemnidad del Nacimiento de San Juan Bautista
Mártir

Cada 24 de junio, la Iglesia Católica celebra la Solemnidad de la Natividad de San Juan Bautista.

En uno de sus famosos sermones, San Agustín de Hipona (354-430) se refería a esta celebración: “La Iglesia celebra el nacimiento de Juan como algo sagrado y él es el único de los santos cuyo nacimiento se festeja”. Así, el Obispo de Hipona se hacía eco de una antigua convicción de la Iglesia sobre Juan, el Bautista: su nacimiento representa un punto de inflexión en la historia de la salvación.


Agustín explicita el porqué: “Juan viene a ser como la línea divisoria entre los dos Testamentos, el antiguo y el nuevo. Así lo atestigua el mismo Señor, cuando dice: la ley y los profetas llegaron hasta Juan”.

Lo habitual es que a un santo se le celebre el día de su muerte. Esto, porque se considera que ese es el día en que ingresa al cielo; es decir, su natalicio para la vida eterna. No obstante, el caso del Bautista es especial ya que las gracias que recibió fueron todas únicas y extraordinarias: fue santificado desde el vientre, cuando Isabel, su madre, y la Virgen María se encuentran, frente a frente, ambas en estado de buena esperanza; fue profeta como ninguno porque anunció con excepcional cercanía la llegada del Mesías, “allanando el camino” del redentor; y por haber tenido la oportunidad de señalarlo directamente entre la multitud, miembros del pueblo elegido. 

Anunciado por el ángel

En el primer capítulo del Evangelio de San Lucas se dice cómo Zacarías, sacerdote judío casado con Isabel, pariente de María, no había podido tener hijos pues su mujer era estéril y de edad avanzada. Entonces, el ángel Gabriel se le aparece a la derecha del altar y le dice que su esposa tendrá un hijo que será el precursor del Mesías, y a quien deberá por nombre ‘Juan’. Lamentablemente, Zacarías, presa del miedo, dudó de que todo esto fuera posible, y como aleccionamiento y confirmación de que el anuncio venía de Dios -Zacarías pedía una ‘señal’- quedó mudo “hasta que todo se cumplió”.

Una vez que el ángel Gabriel se le apareció a la Virgen María para anunciarle que sería la madre del Salvador, Ella, la ‘llena de gracia’, enterada que su prima, Isabel, estaba encinta partió a verla y brindarle su ayuda hasta que su niño nazca. Ese niño, nacido de la mujer a la que llamaban estéril, era Juan, “voz que clama en el desierto”, el hombre que habría de preparar el camino del Mesías. Juan Bautista nacería seis meses antes que Jesús.

Una celebración cristocéntrica

Así como el nacimiento del Señor Jesús se celebra cada 25 de diciembre durante el solsticio de invierno (el día más corto del año), el nacimiento de San Juan se celebra cada 24 de junio, solsticio de verano (el día más largo). De esta manera es posible decir que después de Jesús los “días van a más” (empiezan siendo cortos y luego se hacen más largos) y después de Juan, “van a menos” (con el tiempo se hacen más cortos), hasta que “el sol de Justicia”, el Señor, “vuelva a nacer”, en todo su esplendor.

Ambas fechas quedaron así establecidas por la Iglesia desde el siglo IV, con la finalidad de que, superpuestas a dos fiestas importantes del calendario greco-romano, cobrasen un nuevo sentido. El “día del sol” (25 de diciembre) y el “día de Diana”, fiesta de la fertilidad (24 de junio), serían desde entonces fiestas cristianas, porque evocan la obra de la salvación, al tiempo que mantienen un vínculo con el ciclo de la vida natural, obra de Dios.

El santo al que se celebra dos veces

La Iglesia Católica ha considerado en el calendario cristiano un día adicional para celebrar a San Juan Bautista, pero, a diferencia de hoy, esta conmemora su muerte: el martirio de San Juan Bautista (29 de agosto). Por último, es importante recordar que hoy no solo celebramos el natalicio de Juan, sino todo lo que representa en la obra de la salvación.(ACI Prensa),

23 junio, 2026

San José Cafasso, confesor de San Juan Bosco, patrono de las cárceles italianas y de los presos condenados a muerte.

 San José Cafasso, 23 de junio

23 de junio
San José Cafasso, confesor de San Juan Bosco y 
Patrono de las cárceles italianas y de los presos condenados a muerte

Cada 23 de junio la Iglesia Católica celebra a San José Cafasso, sacerdote natural del Piamonte, norte de Italia, quien fuera el confesor de San Juan Bosco y de muchos otros salesianos. Es el patrono de las cárceles italianas y de los presos condenados a muerte, cuya realidad conoció muy de cerca mientras se desempeñaba como capellán de un presidio. Para muchos de ellos, él fue el rostro misericordioso de Cristo en el instante final de la existencia.

Es quizás por eso que Don Cafasso es uno de esos santos capaz de enriquecer la comprensión cristiana de la muerte y, por qué no, de la vida. Poco antes de ser convocado a la presencia de Dios, San José Cafasso escribió: “No será la muerte sino un dulce sueño para ti, alma mía, si al morir te asiste Jesús, y te recibe la Virgen María”.

‘El santito’

San José Cafasso (Giuseppe María Cafasso) nació en Castelnuovo de Asti, Piamonte (Italia), el 15 de enero de 1811. Siendo pequeño su familia y la gente del pueblo ya lo llamaban ‘el santito', por su espíritu piadoso y amable.

Sus primeros estudios superiores los realizó en el seminario y en la universidad de Turín. Posteriormente, continuó en el Instituto San Francisco, donde llegaría a ser profesor de Teología Moral. Fue ordenado sacerdote con solo 21 años, en 1833, por lo que tuvo que solicitar una dispensa dada su juventud.

Unos meses después de su ordenación se inscribió en el Convictorio Eclesiástico, entidad dedicada al perfeccionamiento de los estudios teológicos. A pesar de padecer de una deformidad en la columna -la que le acarreó molestias constantes-, José no se desmoralizó y llegó a ser un excelente maestro y sacerdote. A la muerte del Rector del Convictorio, fue nombrado en su reemplazo, desempeñándose como autoridad máxima del recinto por doce años.

Conocer la libertad en prisión


San José Cafasso ejerció un servicio pastoral muy especial, y muy duro a la vez: fue capellán de la cárcel de Turín. Allí tocó con la misericordia de Dios los corazones de muchos hombres que habían hecho cosas terribles en sus vidas; así como lo hizo también con aquellos que, siendo inocentes, cargaron con el repudio y el rechazo de una sociedad que no los quería.

El Padre José acompañó en el momento final a muchísimos condenados a la horca -unos 68 a lo largo de su capellanía-. En esos terribles momentos, camino al patíbulo, San José Cafasso intentó hacer presente a Cristo crucificado; de tal forma que, a través suyo, el perdón de Dios alcance a los reos de muerte. Conversiones, paz, arrepentimiento, serenidad y consuelo brotaron en innumerables almas gracias a que Cafasso confesó, bendijo y predicó la esperanza en la vida eterna.

Gracias a este santo sacerdote, otros tantos presos -destinados a vivir tras las rejas hasta la muerte- transformaron sus vidas y murieron confesados y en paz, asistidos por su paternal presencia. El P. Cafasso se había hecho “prisionero” y “reo de muerte”, a imitación de Cristo que, por amor a los pecadores, se hizo “prisionero de los prisioneros”, y signo de la libertad  que Dios solo puede conceder: la del pecado.

Confesor y director espiritual de Don Bosco

Otra nota especial de la vida de San José Cafasso fue su relación con San Juan Bosco, a quien conoció cuando era un niño. El Padre José lo ayudó para que pueda solventar los gastos de estudio en el seminario y en el Convictorio. Siendo Don Bosco aún seminarista, fue el P. Cafasso quien lo llevó de visita a la cárcel por primera vez. Allí Don Bosco tuvo la oportunidad de  presenciar los horrores que sufren quienes pasan sus días abandonados, sin esperanza, aplastados por sus crímenes, muchas veces llenos de rencor y amargura.

Cafasso sufría mucho por aquellos que eran muy jóvenes y que se habían dejado arrastrar por el mal, haciendo daño a gente vulnerable y echando a perder su juventud; entre ellos le conmovía aquellos que crecieron sin orientación, cariño, ni educación. Esas experiencias marcaron la vida del joven Juan Bosco, que desde entonces quedó con la inquietud por hacer algo que contribuya a prevenir que los jóvenes se pierdan.

Cuando a Don Bosco se le criticó alguna vez haber puesto en marcha la obra de servicio juvenil que lo haría famoso, San José Cafasso fue su gran defensor. Es más, el santo se volvió uno de los principales bienhechores de la naciente comunidad salesiana. A él también acudían toda clase de personas necesitadas, a las que recibió siempre con amabilidad y alegría contagiosa. Solía inculcar, además, en alumnos y discípulos espirituales la devoción al Santísimo Sacramento y a la Virgen María.
Amor a la Madre de Dios

“Toda la santidad, la perfección y el provecho de una persona está en hacer perfectamente la voluntad de Dios… querer lo que Dios quiere, quererlo en el modo, en el tiempo y en las circunstancias que Él quiere, y querer todo eso únicamente porque Dios así lo quiere”, solía decir el P. Cafasso. Son célebres también esas hermosas palabras pronunciadas en uno de sus últimos sermones: “Qué bello morir un día sábado, día de la Virgen, para ser llevados por Ella al cielo”. Y, justamente, así sucedió con él.

El sábado 23 de junio de 1860, el P. Cafasso fue convocado por Dios a su presencia. Tenía 49 años. San Juan Bosco, que presidió los ritos funerarios, recordó a su director espiritual y confesor como “maestro del clero, un seguro consejero, consuelo de los moribundos y gran amigo”.

San Jose Cafasso además de ser patrono de las cárceles es modelo de los sacerdotes comprometidos con la confesión y la dirección espiritual.(ACI Prensa).

22 junio, 2026

San Juan Fisher, oispo y mártir por la unidada de la Iglesia

 

22 de junio
San Juan Fisher, obispo y
Mártir por la unidad de la Iglesia

Este santo mártir nació en Beverley, Inglaterra, en el año 1469. A los 14 años ya era el estudiante más sobresaliente y, a los 20 fue nombrado profesor del colegio San Miguel. Se doctoró en la famosa Universidad de Cambridge, y a los 22 años, obtuvo ser dispensado de la falta de edad, y fue ordenado sacerdote. Poco después recibió el nombramiento de vicecanciller o vicerrector de la gran universidad.

En 1504, fue elegido nuestro santo como obispo de Rochester, cuando sólo tenía 35 años. Y él, como hacía con todos los cargos que le confiaban, se dedicó a este oficio con todas las fuerzas de su recia personalidad. Con un entusiasmo no muy frecuente en su época, se dedicó a visitar todas y cada una de las parroquias para observar si cada uno estaba cumpliendo con su deber, y animar a los no muy entusiastas.A los sacerdotes les insistía en la grave responsabilidad de cumplir muy exactamente sus deberes sacerdotales. Iba personalmente a visitar a los más pobres.

Dedicaba, además, muchas horas al estudio y a escribir libros. Se hicieron famosos sus discursos fúnebres a la muerte del rey Enrique VII y en el funeral de la reina Margarita. Aunque era obispo y además canciller de la universidad, llevaba una vida tan austera como la de un monje. No dormía más de seis horas. Hacía fuertes penitencias. Cuando Lutero empezó a difundir los errores de los protestantes, el obispo Fisher fue elegido para atacar tan fatales errores, y escribió cuatro libros para combatir los errores de los luteranos.

En un Sínodo de Inglaterra, el obispo Fisher protestó fuertemente contra la mundanalidad de algunos eclesiásticos, y la vanidad de aquellos que buscaban altos puestos y no la verdadera santidad. Cuando el rey Enrique VIII dispuso divorciarse de su legítima esposa y casarse con su concubina Ana Bolena, el obispo Juan Fisher fue el primero en oponerse. Y aunque muchos altos personajes, por conservar la amistad del rey, declararon que ese divorcio sí se podía hacer, en cambio Juan, aún con peligro de perder sus cargos y ser condenado a muerte, declaró públicamente que el matrimonio católico es indisoluble.

El terrible rey Enrique VIII se declaró jefe supremo de la Iglesia en Inglaterra en reemplazo del Sumo Pontífice, y todos los que deseaban conservar sus altos puestos en el gobierno y en la Iglesia, lo apoyaron. Pero Juan Fisher declaró que esto era absolutamente equivocado y en pleno Parlamento exclamó: "Querer reemplazar al Papa de Roma por el rey de Inglaterra, como jefe de nuestra religión es como gritarle un ‘muera’ a la Iglesia Católica".

Las amenazas de los enemigos empezaron a llegar sobre él. Dos veces lo llevaron a la cárcel. Otra vez trataron de envenenarlo. Le inventaron toda clase de calumnias, y como no lograron intimidarlo, lo mandaron encerrar en la Torre de Londres. Tenía entonces 66 años. Estando en prisión, recibió del sumo Pontífice el nombramiento de Cardenal. El impío rey exclamó: "Le mandaron el sombrero de Cardenal, pero no podrá ponérselo, porque yo le mandaré cortar la cabeza". Y así fue. El 17 de junio de 1535 le leyeron la sentencia de muerte.

El rey Enrique VIII mandaba matarlo por no aceptar el divorcio y por no aceptar que el rey reemplazara al Papa en el gobierno de la Iglesia Católica. Al llegar al sitio donde le van a cortar la cabeza, el venerable anciano se dirige a la multitud y les dice a todos que muere por defender a la Santa Iglesia Católica fundada por Jesucristo. Recita el "Tedeum" en acción de gracias y, muere. 

Otros Santos que se celebran hoy: Silverio, papa; Aldegunda, Florentina, vírgenes; Macario, Inocencio, obispos; Regimberto, Bertoldo, Mernico, confesores; Novato, Pablo, Ciriaco, mártires; José, anacoreta; Dermot O’Hurley, Margarita Bermingham viuda de Ball, Francisco Taylor, Ana Line, Margarita Cltheroe, Margarita Ward y compañeros mártires ingleses, beatos.

21 junio, 2026

Domingo 12 (A) del tiempo ordinario

 Por qué Jesús quería saber qué decía la gente de Él?

Domingo 12 (A) del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 10,26-33): En aquel tiempo, dijo Jesús a sus Apóstoles: «No tengáis miedo a los hombres. Pues no hay nada encubierto que no haya de ser descubierto, ni oculto que no haya de saberse. Lo que yo os digo en la oscuridad, decidlo vosotros a la luz; y lo que oís al oído, proclamadlo desde los terrados.

»Y no temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; temed más bien a aquel que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehenna. ¿No se venden dos pajarillos por un as? Pues bien, ni uno de ellos caerá en tierra sin el consentimiento de vuestro Padre. En cuanto a vosotros, hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. No temáis, pues; vosotros valéis más que muchos pajarillos.

»Porque todo aquel que se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos; pero a quien me niegue ante los hombres, le negaré yo también ante mi Padre que está en los cielos».

«No temáis a los que matan el cuerpo»
P. Antoni POU OSB Monje de Montserrat (Montserrat, Barcelona, España)

Hoy, después de elegir a los doce, Jesús los envía a predicar y los instruye. Les advierte acerca de la persecución que posiblemente sufrirán y les aconseja cuál debe ser su actitud: «No temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; temed más bien a aquel que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehenna» (Mt 10,28). El relato de este domingo desarrolla el tema de la persecución por Cristo con un estilo que recuerda la última Bienaventuranza del Sermón de la Montaña (cf. Mt 5,11).

El discurso de Jesús es paradójico: por un lado dice dos veces “no temáis”, y nos presenta un Padre providente que tiene solicitud incluso por los pajarillos del campo; pero por otra parte, no nos dice que este Padre nos ahorre las contrariedades, más bien lo contrario: si somos seguidores suyos, muy posiblemente tendremos la misma suerte que Él y los demás profetas. ¿Cómo entender esto, pues? La protección de Dios es su capacidad de dar vida a nuestra persona (nuestra alma), y proporcionarle felicidad incluso en las tribulaciones y persecuciones. Él es quien puede darnos la alegría de su Reino que proviene de una vida profunda, experimentable ya ahora y que es prenda de vida eterna: «Por todo aquel que se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos» (Mt 10,32).

Confiar en que Dios estará junto a nosotros en los momentos difíciles nos da valentía para anunciar las palabras de Jesús a plena luz, y nos da la energía capaz de obrar el bien, para que por medio de nuestras obras la gente pueda dar gloria al Padre celestial. Nos enseña san Anselmo: «Hacedlo todo por Dios y por aquella feliz y eterna vida que nuestro Salvador se digna concederos en el cielo».


Pensamientos para el Evangelio de hoy

    «Él me ha garantizado su protección; no es en mis fuerzas donde me apoyo. Tengo en mis manos su palabra escrita. ¿Qué es lo que ella me dice? ‘Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo’» (San Juan Crisóstomo)

    «¡No existe la misión cristiana a la enseñanza de la tranquilidad! Las dificultades y las tribulaciones forman parte de la obra de la evangelización, y nosotros estamos llamados a encontrar en ellas la ocasión para verificar la autenticidad de nuestra fe» (Francisco)

    «El discípulo de Cristo no sólo debe guardar la fe y vivir de ella, sino también profesarla, testimoniarla con firmeza y difundirla (…). El servicio y el testimonio de la fe son requeridos para la salvación (…)» (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 1.816) (evangeli.net).


20 junio, 2026

San Juan de Matera, fundador de la Orden de Pulsano

 San Juan de Matera, 20 de junio

Cada 20 de junio, la Iglesia celebra a San Juan de Matera, monje italiano fundador de la Orden de Pulsano -razón por la que se le conoce también como San Juan de Pulsano-. Por un largo periodo, Juan vivió como eremita en las montañas del sur de Italia. La congregación que fundó después fue parte de la gran familia benedictina, pero, lamentablemente, no sobrevivió en el tiempo y hoy se encuentra extinta.

Giovanni Scalcione nació en la ciudad de Matera, Reino de Nápoles (hoy parte de Italia), hacia el año 1070. Cuando era todavía un niño, Juan soñó con vivir como ermitaño. Cuando creció, quiso perseguir su sueño y dejó la casa de sus padres rumbo a las islas ubicadas frente a Tarento, donde había un monasterio. Allí ingresó en calidad de hermano lego para desempeñarse como pastor y guardián de rebaños.

Blanco de la hostilidad de este mundo

Tiempo después fue enviado a Ginosa donde comenzó a predicar y a promover la restauración del templo de la ciudad, alrededor del cual posteriormente se construiría un nuevo monasterio. En medio del esfuerzo restaurador, San Juan de Matera fue acusado injustamente de haberse apropiado de algunos bienes pertenecientes a la Iglesia y, por orden del gobernador de la provincia, sería condenado a prisión.

La acusación no era sino una calumnia armada por sus enemigos, celosos de la autoridad moral que exhibía el santo. Además, su conocida austeridad reforzaba la idea de que tanto las imputaciones como el castigo carecían de fundamento. También era verdad que parte de la población no deseaba un monasterio en el lugar pues veían con desagrado la posibilidad de que Juan fuese una voz alzada contra el poder secular que pretendía interferir en la vida eclesial.

Poco después, sin que se hayan aclarado bien las razones hasta hoy, Juan salió de prisión. Eso contribuyó al difundido rumor en ese momento de que había sido liberado por un ángel. El santo, entonces, se dirige a Capua, donde permanece por un breve tiempo antes de seguir su camino. Juan no podía permanecer en el lugar ya que los pobladores estaban asustados, temiendo represalias de las autoridades.

Incomprensión de sus hermanos

Llegado a Bari, retomó la predicación y la catequesis, pero fue acusado nuevamente, esta vez de herejía. Sus enemigos usaron como pretexto cierto énfasis que ponía Juan en la importancia de la austeridad para alcanzar la santidad. Cuando las cosas se aclararon, fue liberado nuevamente, gracias a que le permitieron defenderse ante los tribunales; derecho que ejerció personalmente y de manera brillante.

En 1130, en el antiguo monasterio de San Gregorio de Pulsano, construido gracias a su iniciativa y empuje, Juan fundó la congregación monástica que lleva el nombre de ‘Orden de San Pulsano’. Allí restituye la regla de San Benito en su espíritu y letra, y es nombrado abad, servicio que ejerció durante los diez siguientes años.

San Juan de Matera tuvo la bendición de ver crecer a sus hijos espirituales, que empezaron a hacerse conocidos y a aumentar en número -unos 50 monjes integraron la Orden en unos pocos años-.

El santo falleció el 20 de junio de 1139 en Foggia (Pulla), a donde había viajado con la intención de abrir un monasterio más para la congregación.(ACI Prensa).