23 junio, 2026

San José Cafasso, confesor de San Juan Bosco, patrono de las cárceles italianas y de los presos condenados a muerte.

 San José Cafasso, 23 de junio

23 de junio
San José Cafasso, confesor de San Juan Bosco y 
Patrono de las cárceles italianas y de los presos condenados a muerte

Cada 23 de junio la Iglesia Católica celebra a San José Cafasso, sacerdote natural del Piamonte, norte de Italia, quien fuera el confesor de San Juan Bosco y de muchos otros salesianos. Es el patrono de las cárceles italianas y de los presos condenados a muerte, cuya realidad conoció muy de cerca mientras se desempeñaba como capellán de un presidio. Para muchos de ellos, él fue el rostro misericordioso de Cristo en el instante final de la existencia.

Es quizás por eso que Don Cafasso es uno de esos santos capaz de enriquecer la comprensión cristiana de la muerte y, por qué no, de la vida. Poco antes de ser convocado a la presencia de Dios, San José Cafasso escribió: “No será la muerte sino un dulce sueño para ti, alma mía, si al morir te asiste Jesús, y te recibe la Virgen María”.

‘El santito’

San José Cafasso (Giuseppe María Cafasso) nació en Castelnuovo de Asti, Piamonte (Italia), el 15 de enero de 1811. Siendo pequeño su familia y la gente del pueblo ya lo llamaban ‘el santito', por su espíritu piadoso y amable.

Sus primeros estudios superiores los realizó en el seminario y en la universidad de Turín. Posteriormente, continuó en el Instituto San Francisco, donde llegaría a ser profesor de Teología Moral. Fue ordenado sacerdote con solo 21 años, en 1833, por lo que tuvo que solicitar una dispensa dada su juventud.

Unos meses después de su ordenación se inscribió en el Convictorio Eclesiástico, entidad dedicada al perfeccionamiento de los estudios teológicos. A pesar de padecer de una deformidad en la columna -la que le acarreó molestias constantes-, José no se desmoralizó y llegó a ser un excelente maestro y sacerdote. A la muerte del Rector del Convictorio, fue nombrado en su reemplazo, desempeñándose como autoridad máxima del recinto por doce años.

Conocer la libertad en prisión


San José Cafasso ejerció un servicio pastoral muy especial, y muy duro a la vez: fue capellán de la cárcel de Turín. Allí tocó con la misericordia de Dios los corazones de muchos hombres que habían hecho cosas terribles en sus vidas; así como lo hizo también con aquellos que, siendo inocentes, cargaron con el repudio y el rechazo de una sociedad que no los quería.

El Padre José acompañó en el momento final a muchísimos condenados a la horca -unos 68 a lo largo de su capellanía-. En esos terribles momentos, camino al patíbulo, San José Cafasso intentó hacer presente a Cristo crucificado; de tal forma que, a través suyo, el perdón de Dios alcance a los reos de muerte. Conversiones, paz, arrepentimiento, serenidad y consuelo brotaron en innumerables almas gracias a que Cafasso confesó, bendijo y predicó la esperanza en la vida eterna.

Gracias a este santo sacerdote, otros tantos presos -destinados a vivir tras las rejas hasta la muerte- transformaron sus vidas y murieron confesados y en paz, asistidos por su paternal presencia. El P. Cafasso se había hecho “prisionero” y “reo de muerte”, a imitación de Cristo que, por amor a los pecadores, se hizo “prisionero de los prisioneros”, y signo de la libertad  que Dios solo puede conceder: la del pecado.

Confesor y director espiritual de Don Bosco

Otra nota especial de la vida de San José Cafasso fue su relación con San Juan Bosco, a quien conoció cuando era un niño. El Padre José lo ayudó para que pueda solventar los gastos de estudio en el seminario y en el Convictorio. Siendo Don Bosco aún seminarista, fue el P. Cafasso quien lo llevó de visita a la cárcel por primera vez. Allí Don Bosco tuvo la oportunidad de  presenciar los horrores que sufren quienes pasan sus días abandonados, sin esperanza, aplastados por sus crímenes, muchas veces llenos de rencor y amargura.

Cafasso sufría mucho por aquellos que eran muy jóvenes y que se habían dejado arrastrar por el mal, haciendo daño a gente vulnerable y echando a perder su juventud; entre ellos le conmovía aquellos que crecieron sin orientación, cariño, ni educación. Esas experiencias marcaron la vida del joven Juan Bosco, que desde entonces quedó con la inquietud por hacer algo que contribuya a prevenir que los jóvenes se pierdan.

Cuando a Don Bosco se le criticó alguna vez haber puesto en marcha la obra de servicio juvenil que lo haría famoso, San José Cafasso fue su gran defensor. Es más, el santo se volvió uno de los principales bienhechores de la naciente comunidad salesiana. A él también acudían toda clase de personas necesitadas, a las que recibió siempre con amabilidad y alegría contagiosa. Solía inculcar, además, en alumnos y discípulos espirituales la devoción al Santísimo Sacramento y a la Virgen María.
Amor a la Madre de Dios

“Toda la santidad, la perfección y el provecho de una persona está en hacer perfectamente la voluntad de Dios… querer lo que Dios quiere, quererlo en el modo, en el tiempo y en las circunstancias que Él quiere, y querer todo eso únicamente porque Dios así lo quiere”, solía decir el P. Cafasso. Son célebres también esas hermosas palabras pronunciadas en uno de sus últimos sermones: “Qué bello morir un día sábado, día de la Virgen, para ser llevados por Ella al cielo”. Y, justamente, así sucedió con él.

El sábado 23 de junio de 1860, el P. Cafasso fue convocado por Dios a su presencia. Tenía 49 años. San Juan Bosco, que presidió los ritos funerarios, recordó a su director espiritual y confesor como “maestro del clero, un seguro consejero, consuelo de los moribundos y gran amigo”.

San Jose Cafasso además de ser patrono de las cárceles es modelo de los sacerdotes comprometidos con la confesión y la dirección espiritual.(ACI Prensa).

22 junio, 2026

San Juan Fisher, oispo y mártir por la unidada de la Iglesia

 

22 de junio
San Juan Fisher, obispo y
Mártir por la unidad de la Iglesia

Este santo mártir nació en Beverley, Inglaterra, en el año 1469. A los 14 años ya era el estudiante más sobresaliente y, a los 20 fue nombrado profesor del colegio San Miguel. Se doctoró en la famosa Universidad de Cambridge, y a los 22 años, obtuvo ser dispensado de la falta de edad, y fue ordenado sacerdote. Poco después recibió el nombramiento de vicecanciller o vicerrector de la gran universidad.

En 1504, fue elegido nuestro santo como obispo de Rochester, cuando sólo tenía 35 años. Y él, como hacía con todos los cargos que le confiaban, se dedicó a este oficio con todas las fuerzas de su recia personalidad. Con un entusiasmo no muy frecuente en su época, se dedicó a visitar todas y cada una de las parroquias para observar si cada uno estaba cumpliendo con su deber, y animar a los no muy entusiastas.A los sacerdotes les insistía en la grave responsabilidad de cumplir muy exactamente sus deberes sacerdotales. Iba personalmente a visitar a los más pobres.

Dedicaba, además, muchas horas al estudio y a escribir libros. Se hicieron famosos sus discursos fúnebres a la muerte del rey Enrique VII y en el funeral de la reina Margarita. Aunque era obispo y además canciller de la universidad, llevaba una vida tan austera como la de un monje. No dormía más de seis horas. Hacía fuertes penitencias. Cuando Lutero empezó a difundir los errores de los protestantes, el obispo Fisher fue elegido para atacar tan fatales errores, y escribió cuatro libros para combatir los errores de los luteranos.

En un Sínodo de Inglaterra, el obispo Fisher protestó fuertemente contra la mundanalidad de algunos eclesiásticos, y la vanidad de aquellos que buscaban altos puestos y no la verdadera santidad. Cuando el rey Enrique VIII dispuso divorciarse de su legítima esposa y casarse con su concubina Ana Bolena, el obispo Juan Fisher fue el primero en oponerse. Y aunque muchos altos personajes, por conservar la amistad del rey, declararon que ese divorcio sí se podía hacer, en cambio Juan, aún con peligro de perder sus cargos y ser condenado a muerte, declaró públicamente que el matrimonio católico es indisoluble.

El terrible rey Enrique VIII se declaró jefe supremo de la Iglesia en Inglaterra en reemplazo del Sumo Pontífice, y todos los que deseaban conservar sus altos puestos en el gobierno y en la Iglesia, lo apoyaron. Pero Juan Fisher declaró que esto era absolutamente equivocado y en pleno Parlamento exclamó: "Querer reemplazar al Papa de Roma por el rey de Inglaterra, como jefe de nuestra religión es como gritarle un ‘muera’ a la Iglesia Católica".

Las amenazas de los enemigos empezaron a llegar sobre él. Dos veces lo llevaron a la cárcel. Otra vez trataron de envenenarlo. Le inventaron toda clase de calumnias, y como no lograron intimidarlo, lo mandaron encerrar en la Torre de Londres. Tenía entonces 66 años. Estando en prisión, recibió del sumo Pontífice el nombramiento de Cardenal. El impío rey exclamó: "Le mandaron el sombrero de Cardenal, pero no podrá ponérselo, porque yo le mandaré cortar la cabeza". Y así fue. El 17 de junio de 1535 le leyeron la sentencia de muerte.

El rey Enrique VIII mandaba matarlo por no aceptar el divorcio y por no aceptar que el rey reemplazara al Papa en el gobierno de la Iglesia Católica. Al llegar al sitio donde le van a cortar la cabeza, el venerable anciano se dirige a la multitud y les dice a todos que muere por defender a la Santa Iglesia Católica fundada por Jesucristo. Recita el "Tedeum" en acción de gracias y, muere. 

Otros Santos que se celebran hoy: Silverio, papa; Aldegunda, Florentina, vírgenes; Macario, Inocencio, obispos; Regimberto, Bertoldo, Mernico, confesores; Novato, Pablo, Ciriaco, mártires; José, anacoreta; Dermot O’Hurley, Margarita Bermingham viuda de Ball, Francisco Taylor, Ana Line, Margarita Cltheroe, Margarita Ward y compañeros mártires ingleses, beatos.

21 junio, 2026

Domingo 12 (A) del tiempo ordinario

 Por qué Jesús quería saber qué decía la gente de Él?

Domingo 12 (A) del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 10,26-33): En aquel tiempo, dijo Jesús a sus Apóstoles: «No tengáis miedo a los hombres. Pues no hay nada encubierto que no haya de ser descubierto, ni oculto que no haya de saberse. Lo que yo os digo en la oscuridad, decidlo vosotros a la luz; y lo que oís al oído, proclamadlo desde los terrados.

»Y no temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; temed más bien a aquel que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehenna. ¿No se venden dos pajarillos por un as? Pues bien, ni uno de ellos caerá en tierra sin el consentimiento de vuestro Padre. En cuanto a vosotros, hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. No temáis, pues; vosotros valéis más que muchos pajarillos.

»Porque todo aquel que se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos; pero a quien me niegue ante los hombres, le negaré yo también ante mi Padre que está en los cielos».

«No temáis a los que matan el cuerpo»
P. Antoni POU OSB Monje de Montserrat (Montserrat, Barcelona, España)

Hoy, después de elegir a los doce, Jesús los envía a predicar y los instruye. Les advierte acerca de la persecución que posiblemente sufrirán y les aconseja cuál debe ser su actitud: «No temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; temed más bien a aquel que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehenna» (Mt 10,28). El relato de este domingo desarrolla el tema de la persecución por Cristo con un estilo que recuerda la última Bienaventuranza del Sermón de la Montaña (cf. Mt 5,11).

El discurso de Jesús es paradójico: por un lado dice dos veces “no temáis”, y nos presenta un Padre providente que tiene solicitud incluso por los pajarillos del campo; pero por otra parte, no nos dice que este Padre nos ahorre las contrariedades, más bien lo contrario: si somos seguidores suyos, muy posiblemente tendremos la misma suerte que Él y los demás profetas. ¿Cómo entender esto, pues? La protección de Dios es su capacidad de dar vida a nuestra persona (nuestra alma), y proporcionarle felicidad incluso en las tribulaciones y persecuciones. Él es quien puede darnos la alegría de su Reino que proviene de una vida profunda, experimentable ya ahora y que es prenda de vida eterna: «Por todo aquel que se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos» (Mt 10,32).

Confiar en que Dios estará junto a nosotros en los momentos difíciles nos da valentía para anunciar las palabras de Jesús a plena luz, y nos da la energía capaz de obrar el bien, para que por medio de nuestras obras la gente pueda dar gloria al Padre celestial. Nos enseña san Anselmo: «Hacedlo todo por Dios y por aquella feliz y eterna vida que nuestro Salvador se digna concederos en el cielo».


Pensamientos para el Evangelio de hoy

    «Él me ha garantizado su protección; no es en mis fuerzas donde me apoyo. Tengo en mis manos su palabra escrita. ¿Qué es lo que ella me dice? ‘Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo’» (San Juan Crisóstomo)

    «¡No existe la misión cristiana a la enseñanza de la tranquilidad! Las dificultades y las tribulaciones forman parte de la obra de la evangelización, y nosotros estamos llamados a encontrar en ellas la ocasión para verificar la autenticidad de nuestra fe» (Francisco)

    «El discípulo de Cristo no sólo debe guardar la fe y vivir de ella, sino también profesarla, testimoniarla con firmeza y difundirla (…). El servicio y el testimonio de la fe son requeridos para la salvación (…)» (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 1.816) (evangeli.net).


20 junio, 2026

San Juan de Matera, fundador de la Orden de Pulsano

 San Juan de Matera, 20 de junio

Cada 20 de junio, la Iglesia celebra a San Juan de Matera, monje italiano fundador de la Orden de Pulsano -razón por la que se le conoce también como San Juan de Pulsano-. Por un largo periodo, Juan vivió como eremita en las montañas del sur de Italia. La congregación que fundó después fue parte de la gran familia benedictina, pero, lamentablemente, no sobrevivió en el tiempo y hoy se encuentra extinta.

Giovanni Scalcione nació en la ciudad de Matera, Reino de Nápoles (hoy parte de Italia), hacia el año 1070. Cuando era todavía un niño, Juan soñó con vivir como ermitaño. Cuando creció, quiso perseguir su sueño y dejó la casa de sus padres rumbo a las islas ubicadas frente a Tarento, donde había un monasterio. Allí ingresó en calidad de hermano lego para desempeñarse como pastor y guardián de rebaños.

Blanco de la hostilidad de este mundo

Tiempo después fue enviado a Ginosa donde comenzó a predicar y a promover la restauración del templo de la ciudad, alrededor del cual posteriormente se construiría un nuevo monasterio. En medio del esfuerzo restaurador, San Juan de Matera fue acusado injustamente de haberse apropiado de algunos bienes pertenecientes a la Iglesia y, por orden del gobernador de la provincia, sería condenado a prisión.

La acusación no era sino una calumnia armada por sus enemigos, celosos de la autoridad moral que exhibía el santo. Además, su conocida austeridad reforzaba la idea de que tanto las imputaciones como el castigo carecían de fundamento. También era verdad que parte de la población no deseaba un monasterio en el lugar pues veían con desagrado la posibilidad de que Juan fuese una voz alzada contra el poder secular que pretendía interferir en la vida eclesial.

Poco después, sin que se hayan aclarado bien las razones hasta hoy, Juan salió de prisión. Eso contribuyó al difundido rumor en ese momento de que había sido liberado por un ángel. El santo, entonces, se dirige a Capua, donde permanece por un breve tiempo antes de seguir su camino. Juan no podía permanecer en el lugar ya que los pobladores estaban asustados, temiendo represalias de las autoridades.

Incomprensión de sus hermanos

Llegado a Bari, retomó la predicación y la catequesis, pero fue acusado nuevamente, esta vez de herejía. Sus enemigos usaron como pretexto cierto énfasis que ponía Juan en la importancia de la austeridad para alcanzar la santidad. Cuando las cosas se aclararon, fue liberado nuevamente, gracias a que le permitieron defenderse ante los tribunales; derecho que ejerció personalmente y de manera brillante.

En 1130, en el antiguo monasterio de San Gregorio de Pulsano, construido gracias a su iniciativa y empuje, Juan fundó la congregación monástica que lleva el nombre de ‘Orden de San Pulsano’. Allí restituye la regla de San Benito en su espíritu y letra, y es nombrado abad, servicio que ejerció durante los diez siguientes años.

San Juan de Matera tuvo la bendición de ver crecer a sus hijos espirituales, que empezaron a hacerse conocidos y a aumentar en número -unos 50 monjes integraron la Orden en unos pocos años-.

El santo falleció el 20 de junio de 1139 en Foggia (Pulla), a donde había viajado con la intención de abrir un monasterio más para la congregación.(ACI Prensa).

19 junio, 2026

San Romualdo Abad, fundador de la Congregación Camaldulense de la Orden de San Benito

 

 San Romualdo Abad, 19 de junio

19 de junio
San Romualdo Abad, 
fundador de la Congregación Camaldulense de la Orden de San Benito

Cada 19 de junio la Iglesia celebra a San Romualdo Abad, monje del siglo X, fundador de la Congregación Camaldulense de la Orden de San Benito, conocida como la Orden de la Camáldula. Romualdo fue una de las figuras más importantes de la renovación del  monacato eremita (eremitismo).

"Amado Cristo Jesús, ¡tú eres el consuelo más grande que existe para tus amigos!", exclamaba el abad Romualdo, poniendo sobre relieve esa dimensión inevitable de la existencia humana que es el sufrimiento y que, aunque se intente acallar o edulcorar, siempre toca el alma en algún momento de la vida. Es precisamente en el dolor cuando Cristo Jesús se presenta para dar alivio y consuelo. Por eso, Romualdo sabía muy bien que Él, Jesús, es el amigo perfecto.

La conciencia moral, preámbulo de la fe

San Romualdo nació en Ravena (Italia) en la segunda mitad del siglo X, en el seno de una familia aristocrática. Recibió educación pagana, carente de impronta cristiana alguna, por lo que creció lleno de aspiraciones mundanas y prejuicios contra el cristianismo. No obstante, se dice que en medio de la vida que llevaba, de vez en cuando, sentía inquietudes por una vida distinta, cuando no, simplemente, le apremiaba la conciencia por alguna cosa que había hecho, sin saber bien el porqué.

El signo de la tragedia (y el pecado)

Después de ver cómo su padre mató a un hombre en un duelo, la vida de Romualdo dio un vuelco: decidió buscar un camino distinto, lejos del horror del que había sido testigo. Aquella tragedia había manchado de sangre las manos de quien más había amado y su interior anhelaba una justicia superior a la ley del talión.

Ese fue el impulso decisivo para considerar una vida cerca de Dios, a quien empezó a conocer. En la medida en que ese conocimiento aumentaba, Romualdo se sentía más atraído por la vida religiosa y, después de un tiempo meditando, pidió ser aceptado en un monasterio benedictino. Poco a poco, en ese monasterio, fue confirmando el llamado que Dios le había hecho desde siempre y que por mucho tiempo no quiso escuchar.

Romualdo vivió feliz y en paz consigo en el monasterio mientras se iba transformando en una suerte de inspiración o ejemplo para sus hermanos monjes, dada su sencillez y entusiasmo. Lamentablemente, no todos entre ellos lo apreciaban, incluso algunos -presos de la envidia o de un celo excesivo- se enemistaron con él y lo hostilizaron por años. Uno de esos monjes, hombre de ánimo rudo y áspero, llevaba por nombre Marino, quien era una auténtica cruz para Romualdo.

Amistad en el Señor

 Sin embargo, Dios ayudó a que la actitud de Marino cambiara. Le concedió a ambos monjes la oportunidad de trabajar juntos y vencer prejuicios e indisposiciones. Al final forjaron una amistad.

Romualdo y Marino suscitaron muchas conversiones, entre ellas la del jefe civil y militar de Venecia, el Dux (gobernador), quien también se haría monje. Aquel hombre fue ni más ni menos que San Pedro Urseolo (928-987).

Otra de las grandes conversiones que Dios obró a través de Romualdo fue la de su propio padre. Quien antaño había permitido que Romualdo creciera sin Dios, ahora le pedía a Él misericordia, en virtud a las oraciones y la perseverancia de su hijo. Fue tal el giro que dio el padre del abad Romualdo que, sin hacer mayor caso a su edad, abrazó la fe e ingresó a la vida monástica, viviendo en silencio y oración hasta el final de sus días.

Resistiendo a la tentación

Una de las luchas más difíciles que libró San Romualdo a lo largo de su vida fue contra la lujuria. Incluso alejado del mundo, las tentaciones contra la pureza volvían, y a veces de manera muy fuerte.

El Enemigo le presentaba imágenes impúdicas y espantosas. Sabía muy bien que su pasado podía ser usado para doblegar su fe. Así que, como el abad no consintió, se propuso entonces desalentarlo, haciéndole creer que la vida de oración, silencio y penitencia que llevaba era en realidad algo inútil. Felizmente, con la oración perseverante y tenaz, apoyada en la gracia, Romualdo salió airoso y abrazó sin miedo esa cruz que le tocó cargar.

Una sencilla oración o jaculatoria con la que el monje salía al frente de los ataques diabólicos era esta: "Jesús misericordioso, ten compasión de mí". El demonio viendo que Romualdo no cedía y que repitiéndola amaba más a Jesús, no tenía otra opción más que retirarse rumiando su derrota.

Reforma de la vida monástica

En 1012, San Romualdo fundó la Orden de la Camáldula, cuyos miembros se hacen llamar  “camaldulenses”. El propósito era la reforma de la vida benedictina a través de la recuperación del ascetismo.

Según la tradición, el santo tuvo una visión de una escalera en la que sus hermanos y discípulos subían al cielo vestidos de blanco. Su idea inicial había sido que sus monjes vistieran de negro, pero aquella visión lo inspiró a cambiar de decisión y ordenar a que vistan de blanco.

En la postrimerías de su vida el santo desarrolló una profunda unidad mística con Cristo. En ciertas oportunidades, incluso, Dios le permitió ver el futuro, como fue el caso de su propia muerte, la que anunció con anticipación. Con el espíritu puesto en manos de Dios, partió a la Casa del Padre el 19 de junio de 1027.

Hoy, los “camaldulenses” están agrupados en dos congregaciones, la de Camaldoli, integrada en la Confederación Benedictina; y la “reformada” de Monte Corona, fundada por el Beato Pablo Giustiniani, que restauró la vida camaldulense en su forma eremítica y austera. Estos últimos poseen monasterios en Italia, Polonia, España, Estados Unidos, Colombia y Venezuela.(ACI Prensa).

18 junio, 2026

San Gregorio Babarigo Obispo y Cardenal

 San Gregorio Barbarigo, 18 de junio

18 de junio
San Gregorio Babarigo
Obispo y Cardenal

Cada 18 de junio, la Iglesia celebra a San Gregorio Barbarigo, obispo y cardenal italiano del siglo XVII, quien destacó como pastor cuidadoso y preocupado, así como por su refinada educación y gran nivel académico.

Formó parte del cuerpo diplomático de su natal Venecia y después de la Santa Sede. Posteriormente, como obispo, respaldó importantes iniciativas pastorales -primero en Bérgamo y después en Padua- e hizo de las visitas pastorales parte de su sello personal. Por su capacidad de trabajo, sus coetáneos solían decir: “[Barbarigo]... hombre misericordioso con todos, pero severo consigo mismo”.

El Papa San Juan XXIII, natural de Bérgamo como Barbarigo, encontró en este santo un modelo a seguir y una fuente de constante inspiración apostólica.

Del servicio diplomático al servicio de Dios

Gregorio Giovanni Gasparo Barbarigo nació en la República de Venecia (hoy parte de Italia), el 16 de septiembre de 1625, en el seno de una prestigiosa familia de ese reino. Recibió una rigurosa formación católica y profesional.

A la edad de 20 años fue convocado por el gobierno veneciano para acompañar al embajador Luigi Contarini al célebre Congreso de Munster, en el que se firmaría el ‘Tratado de Westfalia’ (1648) que puso fin a la Guerra de los Treinta Años (1618-1648). En aquella ocasión conoció al nuncio apostólico Fabio Chigi, quien se haría su amigo y director espiritual, acompañándolo en el camino de discernimiento que lo condujo al sacerdocio. A los 30 años, en 1655, Gregorio fue ordenado sacerdote, mientras que Chigi -quien había sido creado cardenal- sería elegido Papa bajo el nombre de Alejandro VII.

Así, su amigo y consejero de siempre, convertido en cabeza de la Iglesia, nombró a Barbarigo canónigo de Padua y después, en 1657, obispo de Bérgamo. En 1660 el santo fue creado cardenal y cuatro años más tarde se le transfirió al obispado de Padua. Entre 1664 y 1697, Gregorio ocuparía el cargo de obispo de esa diócesis.

Difusor de la cultura católica a través de sus textos

Como pastor, Gregorio se condujo con santo celo, procurando el bienestar de su grey, al tiempo que hacía esfuerzos por fortalecer y expandir la cultura católica. Estaba convencido de que una vida de acuerdo al Evangelio era la mejor contribución que puede hacerse a la sociedad. Para ello, por ejemplo, se hizo de un par de imprentas, las que puso al servicio de su diócesis. San Gregorio quería que se publique y divulgue más la literatura católica, muchas veces rezagada con respecto a las publicaciones seculares o anticlericales. “Para el alma son necesarias muchas lecturas y que sean muy espirituales”, solía decir. Era claro, pues, que había que hacer uso de las herramientas disponibles de su tiempo -la imprenta, el libro, la biblioteca- si se quería producir un mayor bien a las almas.

En la misma línea, Barbarigo se preocupó de la formación de sus seminaristas: consiguió formadores competentes y aseguró el financiamiento de los seminarios de Padua y Bérgamo.

En Padua el santo abrió una biblioteca y una escuela políglota -la que se convertiría en una de las mejores de Italia-. Promovió la construcción de escuelas populares y catequéticas, preocupado no solo por la educación de los jóvenes sino también por la formación de los padres de familia y los educadores en general.

Una Iglesia que se renueva en la entrega

De personalidad benigna y misericordiosa, Gregorio se mostraba solícito con sus hijos espirituales, preocupado por quienes sufrían o habían caído en desgracia. Durante la gran peste de Roma apoyó el trabajo de atención a los enfermos, ocupándose directamente de muchos de ellos.

San Gregorio, interesado además en fortalecer el movimiento de la Contrarreforma, fundó la ‘Congregación de los Oblatos de los Santos Prosdócimo y Antonio’, inspirado por el ejemplo de otro gran santo, Carlos Borromeo (1538-1584), arzobispo de Milán e impulsor de la Reforma Tridentina.

San Gregorio Barbarigo murió santamente el 15 de junio de 1697. Fue beatificado en 1761 y canonizado dos siglos después por el Papa San Juan XXIII, el 26 de mayo de 1960.(ACI Prensa).


 

 

17 junio, 2026

San Alberto Chmielowski, "El Pintor de Dios"

 San Alberto Chmielowski, 17 de junio

17 de junio
San Alberto Chmielowski
De pintor a Santo 

Cada 17 de junio la Iglesia celebra a San Alberto Chmielowski, religioso polaco, al que muchos califican como “uno de los santos más importantes de nuestro tiempo”.

Chmielowski fue pintor de profesión, un artista que luego se haría religioso, movido por su inmenso deseo de servir al Señor en los hermanos. Y, como si esto fuera poco, el testimonio de vida que dejó y su figura espiritual se convirtieron en su más grande legado: Antonio fue el hombre que inspiró al Papa San Juan Pablo II, su más insigne compatriota, a conocer y a amar su particular vocación.

San Alberto Chmielowski fue el fundador de la Congregación de las Hermanas Albertinas Siervas de los Pobres -nombre actual de la congregación- y de los Hermanos de la Tercera Orden Regular de San Francisco, Servidores de los Pobres -conocidos como “albertinos”-.

Joven patriota

Adán Hilario Bernardo Chmielowski nació en un pequeño pueblo del reino de Polonia (en ese momento anexado al Imperio ruso), el 20 de agosto de 1845. De origen aristocrático, creció en un clima en el que se mezclaron los ideales patrióticos y el amor a quienes sufrían abandono.

Al cumplir los 18 años empezó a estudiar agricultura y recursos forestales. Por ese entonces participó de la denominada “Insurrección de 1863” contra la "rusificación" política y cultural de Polonia. Fue gravemente herido en una pierna, que tuvo que ser amputada después. Chmielewski decide entonces refugiarse en Bélgica, país donde realiza estudios de ingeniería y pintura, dejando atrás la carrera de agricultura. Se muda luego a París y después a Múnich.​

En 1873 se decreta en Polonia una amnistía y Chmielewski emprende el regreso. En Polonia entra en contacto con la pobreza y miseria, renuncia a la pintura profesional y se compromete en labores de asistencia a pobres, enfermos y gente sin hogar. Por esos días conoce a San Rafael Kalinowski, quien sería su director espiritual.

Hombre de Dios

En 1880, Chmielewski ingresó al noviciado jesuita en el pueblo de Stara Wies, pero no permaneció mucho allí. Decide entonces trasladarse como voluntario a un albergue público para gente sin techo. En 1887 solicita ser admitido a la Tercera Orden de San Francisco y en 1888 hace los votos religiosos tomando el nombre de “Alberto”.

El Hermano Alberto se convierte en el organizador y gestor de numerosas obras de caridad: asilos, refugios para los más pobres, casas para mutilados y enfermos incurables. Envía a las hermanas de la congregación que fundó a trabajar en hospitales militares; abre varios comedores públicos para hambrientos y orfanatos para niños y jóvenes desamparados.

Tras una vida de entrega, el santo murió víctima del cáncer de estómago en 1916, en Cracovia, en el asilo que él mismo había fundado en la ciudad. Fue beatificado el 22 de junio de 1983 por el Papa San Juan Pablo II, quien también lo canonizó el 12 de noviembre de 1989.

Al momento de morir, San Alberto dejó 21 casas para religiosos y religiosas en varios países, en las que hoy se siguen prestando servicio a los más necesitados.

A través de los ojos de San Juan Pablo II

En la misa de canonización de San Alberto Chmielowski, el Papa San Juan Pablo II dijo: “A sus 17 años (1863), siendo estudiante de la escuela de agricultura, participó en la lucha insurreccional por librar a su patria del yugo extranjero, y en esa lucha sufrió la mutilación de una pierna. Buscó el significado de su vocación a través de la actividad artística, dejando obras que aún hoy impresionan por una particular capacidad expresiva”.

El Papa polaco recordó también cómo unos años más tarde, en 1874, siendo ya Alberto un artista maduro, decidió dedicar “el arte, el talento y sus aspiraciones a la gloria de Dios”, dándole un giro a su vida; haciéndose siervo de Dios. Aquella transformación interior precipitó un cambio en su obra, pues comenzaron a predominar en su arte los temas religiosos.

El arte y la vida cristiana

Es cierto que el Hno. Alberto dejó las actividades profesionales relacionadas al arte por dedicar su vida al servicio de los marginados y olvidados. Sin embargo, es también cierto que no dejó completamente de pintar. El arte puede ser liberador para el artista que quiere expresarse a través de su obra, como un excelente medio para conmover al espectador y evangelizar. 

Por ejemplo, uno de los cuadros más reconocidos del santo, titulado “Ecce Homo” (“He aquí, el Hombre”, palabras con las que Pilatos presentó a Cristo a la multitud con ánimo de decidir su destino final), es el resultado de una experiencia profunda del amor misericordioso de Dios, así como de la fragilidad humana, experiencias claves en la transformación espiritual del santo y artista polaco.