23 septiembre, 2026

San Pío de Pietrelcina

 UNA VIDA DE FE Y SACRIFICIO

San Pío de Pietrelcina

Incluso en vida, San Pío fue ampliamente conocido por su dedicación, caridad y amor por los demás, incluso por aquellos desconocidos que buscaban su consejo y ayuda. Su don más reconocido y asombroso de Dios, llevar en su cuerpo los estigmas de Cristo crucificado, sigue siendo un fenómeno inexplicable. Nacido como Francesco Forgione el 25 de mayo de 1887 en Pietrelcina, Italia, era hijo de los campesinos Grazio Mario Forgione y Maria Giuseppa Di Nunzio. Tenía tres hermanas menores (Felicita, Pellegina y Grazia) y un hermano mayor (Michele), además de otros dos hermanos que fallecieron en la infancia. 


El Padre Pío fue bautizado en la Iglesia de Santa Ana en Pietrelcina, donde de niño ayudó como monaguillo. A los cinco años ya había decidido dedicar su vida a Dios. Comenzó a hacer penitencias para demostrar su dedicación y amor a Dios. Manifestó un gran deseo de vivir y practicar su fe católica con total entrega, influenciado profundamente por la fe devota de sus padres. La familia Forgione era profundamente católica, pero Francesco tenía una conexión aún más fuerte y profunda con la vida espiritual. 


Hasta los 10 años trabajó en la granja familiar, cuidando un pequeño rebaño de ovejas. Esto retrasó considerablemente su educación. Cuando, siendo adolescente, solicitó ingresar en la Orden Capuchina, le dijeron que necesitaba una mejor formación académica para ser aceptado. Sus padres le proporcionaron clases particulares y, a los 15 años, ingresó en el noviciado de los frailes franciscanos capuchinos de Morcone. Allí adoptó el nombre de «Hermano Pío». Los capuchinos eran conocidos por su extrema pobreza, disciplina física y espiritual, y sencillez de vida, comprometiéndose a vivir lo más fielmente posible según los ideales y valores evangélicos de San Francisco de


SERVICIO, SUFRIMIENTO Y FORTALEZA

Fe perdurable


Incluso en sus primeros años como fraile capuchino franciscano, el Padre Pío experimentó tanto graves enfermedades como éxtasis religioso. Otros frailes relataban haber oído ruidos extraños e inquietantes provenientes de su celda. El Padre Pío hablaba con frecuencia de cómo era atacado por el diablo, y era en su celda donde tenían lugar estas batallas. A pesar de sus graves enfermedades, fue ordenado sacerdote en 1910 en la Catedral de Benevento, en el sur de Italia. 


Noviembre de 1914 marcó el inicio de la Primera Guerra Mundial en Italia, y muchos frailes capuchinos fueron reclutados por el ejército italiano. El Padre Pío sirvió a su país en la 10.ª Compañía del Cuerpo Médico Italiano. Su apodo era «Soldado Francesco Forgione». Pero su historial de graves enfermedades y debilidad persistió. Sufría fuertes dolores de estómago, y los médicos del ejército italiano también le diagnosticaron bronquitis crónica. Solicitó una licencia por motivos médicos y regresó a su amada ciudad natal de Pietrelcina. 


En 1916, el Padre Pío fue trasladado por sus superiores al convento capuchino de Nuestra Señora de Gracia en San Giovanni Rotondo. Este pequeño y remoto pueblo se encontraba en las montañas del Gargano, cerca de la costa adriática. Allí impartió clases a jóvenes seminaristas capuchinos y brindó asistencia espiritual a los habitantes del pueblo. Debido a la guerra, muchos capuchinos habían sido reclutados y, a su llegada, solo había siete frailes residentes. 


El Padre Pío fue llamado nuevamente al servicio militar activo en agosto de 1917. Fue asignado al 4.º Pelotón de la 10.ª Compañía del Cuerpo Médico Italiano. Sin embargo, solo cuatro meses después, su delicada salud le obligó a solicitar una baja médica. Esta vez, el 16 de marzo de 1918, se le concedió la baja definitiva. Visitó su amada ciudad natal, Pietrelcina, por última vez en su vida, y luego regresó al convento capuchino de San Giovanni Rotondo, donde vivió ininterrumpidamente durante los siguientes 50 años.


LAS HERIDAS PERDURABLES DEL PADRE PÍO

Un viaje hacia la santidad


En agosto de 1918, el Padre Pío comenzó a experimentar un dolor intenso y severo que aparecía y desaparecía durante varias semanas. Pronto, este dolor, que parecía estar relacionado con las cinco llagas de Cristo en la Cruz, se volvió permanente. Durante los siguientes 50 años, el Padre Pío perdía aproximadamente una taza de sangre al día a causa de los estigmas: la herida de la lanza que Cristo sufrió en su costado izquierdo y las sangrantes heridas de los clavos de la crucifixión en ambas manos y pies. 


Milagrosamente, pocos días antes de su muerte en septiembre de 1968, todas estas heridas en el cuerpo del Padre Pío desaparecieron. Innumerables expertos y médicos que examinaron minuciosamente las heridas no pudieron ofrecer ninguna explicación médica ni científica. Algunos cuestionaron la autenticidad de las heridas, mientras que otros no pudieron dar un diagnóstico certero, pero las heridas sangraron profusamente, día tras día, durante 50 años. 


Al principio, el Padre Pío se sentía avergonzado y humillado por las heridas en su cuerpo. Los estigmas visibles le causaban un dolor intenso y severo, pero él lo acogía con agrado. Ofreció este dolor por el bien de toda la humanidad. Declaró en repetidas ocasiones que su mayor deseo era morir. Recibió la visita de innumerables peregrinos atraídos a San Giovanni Rotondo con la esperanza de experimentar las curaciones y manifestaciones milagrosas del Padre Pío. Era tan reconocido por su santidad e intensa sabiduría espiritual que a menudo dedicaba hasta 16 horas diarias a escuchar las confesiones de las multitudes que esperaban durante días para verlo. 


Debilitado y exhausto por años de grave enfermedad y los efectos físicos de los estigmas, el Padre Pío falleció de un infarto en el convento de San Giovanni Rotondo el 23 de septiembre de 1968. Tras su muerte, muchos anhelaban que la Iglesia iniciara el estudio de la vida del Padre Pío, convencidos de que algún día sería canonizado como santo de la Iglesia Católica. En una misa al aire libre en la Plaza de San Pedro, en la Ciudad del Vaticano, el Padre Pío fue beatificado y declarado "Beato" por el Papa Juan Pablo II el 2 de mayo de 1999. Tan solo tres años después, el 16 de junio de 2002, el Padre Pío fue canonizado santo por el Papa Juan Pablo II, también en la Plaza de San Pedro, en la mayor concentración jamás registrada en la historia de la ciudad de Roma.(Pdre Pío:Foundation of America),


22 septiembre, 2026

Los Mártires de la guerra civil española

22 de septiembre 

Los Mártires de la guerra civil española

Cada 22 de septiembre la Iglesia recuerda al grupo de 233 mártires de la guerra civil española (1936-1939) que fueron beatificados por el Papa San Juan Pablo II el 11 de marzo de 2001. Ellos son conocidos como ‘el grupo de los 233 mártires españoles’ o ‘los mártires de Valencia’. A veces se les designa también como el grupo de ‘José Aparicio Sanz y sus 232 compañeros mártires’.

El Padre Sanz y los 232

Durante la ceremonia de beatificación, San Juan Pablo II recordó la figura de José Aparicio Sanz, sacerdote diocesano originario de Valencia, puesto a la cabeza de la lista de los nuevos beatos:

“Así vivieron y murieron José Aparicio Sanz y sus doscientos treinta y dos compañeros, asesinados durante la terrible persecución religiosa que azotó España en los años treinta del siglo pasado. Eran hombres y mujeres de todas las edades y condiciones: sacerdotes diocesanos, religiosos, religiosas, padres y madres de familia, jóvenes laicos. Fueron asesinados por ser cristianos, por su fe en Cristo, por ser miembros activos de la Iglesia. Todos ellos, según consta en los procesos canónicos para su declaración como mártires, antes de morir perdonaron de corazón a sus verdugos” (Homilía de la ceremonia de beatificación de los Siervos de Dios José Aparicio Sanz y 232 compañeros mártires).

Llama la atención hasta hoy el número abultado de beatificaciones celebradas en una misma ceremonia -sin precedentes hasta ese momento-, así como la heterogeneidad o diversidad del grupo de mártires -algo que fue resaltado por el Sumo Pontífice en ese momento-. Ambos aspectos resultan conmovedores: los mártires estaban unidos por la fe y el amor a Jesús y a los hermanos, lejos de cualquier tipo de compromiso ideológico y muy cerca del corazón de la Iglesia que sufre persecución.

Unidad en la diversidad

La lista de beatos incluye a hombres y mujeres con distintos estados de vida y de toda procedencia social:

“... Treinta y ocho sacerdotes de la Archidiócesis de Valencia, junto con un numeroso grupo de hombres y mujeres de la Acción Católica también de Valencia; dieciocho dominicos y dos sacerdotes de la Archidiócesis de Zaragoza; cuatro Frailes Menores Franciscanos y seis Frailes Menores Franciscanos Conventuales; trece Frailes Menores Capuchinos, con cuatro Religiosas Capuchinas y una Agustina Descalza; once Jesuitas con un joven laico; treinta y dos Salesianos y dos Hijas de María Auxiliadora; diecinueve Terciarios Capuchinos con una cooperadora laica; un sacerdote dehoniano; el Capellán de Colegio La Salle de la Bonanova, de Barcelona, con cinco Hermanos de las Escuelas Cristianas; veinticuatro Carmelitas de la Caridad; una Religiosa Servita; seis Religiosas Escolapias con dos cooperadoras laicas provenientes éstas últimas del Uruguay y primeras beatas de ese País latinoamericano; dos Hermanitas de los Ancianos Desamparados; tres Terciarias Capuchinas de Nuestra Señora de los Dolores; una Misionera Claretiana; y, en fin, el joven Francisco Castelló i Aleu, de la Acción Católica de Lleida” (Homilía de la ceremonia de beatificación de los Siervos de Dios José Aparicio Sanz y 232 compañeros).

Madre coraje: María Teresa Ferragud

Vale la pena resaltar -tal y como lo hizo San Juan Pablo II- algunos de los conmovedores relatos testimoniales mencionados el día de la beatificación de los 233. El primero de ellos fue el de María Teresa Ferragud, anciana que fue arrestada junto a sus cuatro hijas, todas religiosas contemplativas. Las cinco fueron condenadas a muerte. María Teresa tenía ochenta y tres años en ese momento.

El 25 de octubre de 1936, fiesta de Cristo Rey, María Teresa, consciente del destino que les  esperaba, pidió estar al lado de sus hijas y ser la última en ser ejecutada. Aquella madre quería acompañar a sus hijas, una a una, mientras entregaban la vida, y, de esa manera, poder alentarlas hasta el instante final, para que el temor a morir no doblegue su fe.

Los verdugos, tras presenciar lo que aquella madre había hecho, sólo atinaron a exclamar: "Esta es una verdadera santa".

Jóvenes valientes y auténticos

Otra historia a la que se refirió el Santo Padre es la de Francisco Alacreu, joven “de veintidós años, químico de profesión, y miembro de la Acción Católica, que consciente de la gravedad del momento no quiso esconderse, sino ofrecer su juventud en sacrificio de amor a Dios y a los hermanos, dejándonos tres cartas, ejemplo de fortaleza, generosidad, serenidad y alegría, escritas, instantes antes de morir, a sus hermanas, a su director espiritual y a quien fuera su novia” (Homilía de la ceremonia de beatificación de los Siervos de Dios José Aparicio Sanz y 232 compañeros).

Finalmente, está la historia del recién ordenado sacerdote Germán Gozalbo, de veintitrés años, fusilado sólo “dos meses después de haber celebrado su primera Misa” (ob. cit., 2).

América Latina, ecos y presencia: Cuba y Uruguay

Entre los 233 estuvo el Beato José Calasanz Marqués, quien fuera misionero salesiano en Cuba. Nació en España el 23 de noviembre de 1872 y conoció a San Juan Bosco en la visita que éste hizo a Barcelona en 1886. En ese momento José estaba como interno en la Casa Salesiana de Sarriá. Realizó su profesión a los 18 años, y cinco años después, en la Navidad de 1895, celebraría allí su primera Misa.

Calasanz fue secretario del Beato Felipe Rinaldi durante diez años y trabajó como director de un colegio. En 1916 fue enviado a dirigir la recién iniciada obra salesiana en Camagüey (Cuba). Luego fue nombrado Provincial de la Inspectoría Peruana-Boliviana, y en 1925 pasó a ser superior de su Inspectoría de procedencia en Tarragona, que incluía las de Barcelona y Valencia en España. Sería en esta última región donde recibiría las palmas del martirio.

Cabe resaltar que entre los 233 mártires están las dos primeras beatas uruguayas, tal y como se mencionó anteriormente. Ellas fueron dos laicas, Dolores y Consuelo Aguiar-Mella Díaz, hermanas nacidas en Montevideo (Uruguay) en 1897 y 1898, respectivamente; y que, a pesar de no ser ciudadanas españolas, por su fervor religioso, expresado libremente (una de ellas vivía en casa de las religiosas escolapias) terminaron asesinadas en Madrid, el 19 de septiembre de 1936. En su momento, la diplomacia uruguaya las buscó para darles protección, pero los milicianos se adelantaron a las gestiones.

La muerte de las hermanas Aguiar-Mella Díaz ocasionó la ruptura de relaciones diplomáticas entre Uruguay y España.

Esperanza de la Iglesia

Indudablemente, estos beatos dieron “testimonio de serenidad y esperanza cristiana”. Para nosotros, ellos constituyen motivo de aliento y confirmación de nuestra fe. Aquellos  hombres y mujeres amaron de manera extraordinaria, aun cuando fueron víctimas del “odio a la fe” -presente también en nuestros días-. Ellos son prueba fehaciente de que el amor y el perdón no son solo posibles, sino muy reales.

Junto a los 233 debe recordarse a todos los mártires de la Iglesia: a los conocidos y a los anónimos, a los de ayer y, sin duda, también a los de hoy.(ACI Prensa).


20 septiembre, 2026

Domingo 25 (A) del tiempo ordinario

domingo 20 Septiembre 2026

Domingo 25 (A) del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 20,1-16): En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: «El Reino de los Cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña. Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo, y les dijo: ‘Id también vosotros a mi viña, y os pagaré lo debido’. Ellos fueron.

»Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo: ‘¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?’. Le respondieron: ‘Nadie nos ha contratado’. Él les dijo: ‘Id también vosotros a mi viña’.

»Cuando oscureció, el dueño dijo al capataz: ‘Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros’. Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Entonces se pusieron a protestar contra el amo: ‘Estos últimos han trabajado sólo una hora y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno’. Él replicó a uno de ellos: ‘Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?’. Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos».

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«¿(...) vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?»

Rev. D. Jaume GONZÁLEZ i Padrós

(Barcelona, España)

Hoy el evangelista continúa haciendo la descripción del Reino de Dios según la enseñanza de Jesús, tal como va siendo proclamado durante estos domingos de verano en nuestras asambleas eucarísticas.

En el fondo del relato de hoy, la viña, imagen profética del pueblo de Israel en el Primer Testamento, y ahora del nuevo pueblo de Dios que nace del costado abierto del Señor en la cruz. La cuestión: la pertenencia a este pueblo, que viene dada por una llamada personal hecha a cada uno: «No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros» (Jn 15,16), y por la voluntad del Padre del cielo, de hacer extensiva esta llamada a todos los hombres, movido por su voluntad generosa de salvación.

Resalta, en esta parábola, la protesta de los trabajadores de primera hora. Son la imagen paralela del hermano mayor de la parábola del hijo pródigo. Los que viven su trabajo por el Reino de Dios (el trabajo en la viña) como una carga pesada («hemos aguantado el peso del día y el bochorno»: Mt 20,12) y no como un privilegio que Dios les dispensa; no trabajan desde el gozo filial, sino con el malhumor de los siervos.

Para ellos la fe es algo que ata y esclaviza y, calladamente, tienen envidia de quienes “viven la vida”, ya que conciben la conciencia cristiana como un freno, y no como unas alas que dan vuelo divino a la vida humana. Piensan que es mejor permanecer desocupados espiritualmente, antes que vivir a la luz de la palabra de Dios. Sienten que la salvación les es debida y son celosos de ella. Contrasta notablemente su espíritu mezquino con la generosidad del Padre, que «quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1Tim 2,4), y por eso llama a su viña, «Él que es bueno con todos, y ama con ternura todo lo que ha creado» (Sal 145,9).

Pensamientos para el Evangelio de hoy

«Corramos, prosigamos, estamos en el camino; que la seguridad venturosa de las cosas pasadas, no nos haga ser menos diligentes para las que aún no hemos alcanzado» (San Agustín)

«El diálogo es nuestro método, no por astuta estrategia sino por fidelidad a Aquel que nunca se cansa de pasar una y otra vez por las plazas de los hombres hasta la undécima hora para proponer su amorosa invitación» (Francisco)

«El amor a los pobres es incompatible con el amor desordenado de las riquezas o su uso egoísta» (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 2.445)(Evangeli.net)

19 septiembre, 2026

San Genaro y compañeros mártires

19 de septiembre 

San Genaro y Compañeros Mártires

El milagro de la Licuefacción de su sangre

Cada 19 de septiembre la Iglesia Católica celebra la fiesta de San Genaro mártir, cuya sangre, preservada por siglos en un relicario, se licúa todos los años en fechas específicas, de gran significación para la Iglesia en Italia.

San Genaro, o “Jenaro”, es el patrón por antonomasia de Nápoles, ciudad del sur italiano en la que nació el 21 de abril de 272. Fue obispo de Benevento, Campania, diócesis ubicada al lado de su Nápoles originaria. 

Testigo de sangre

En los años de la persecución organizada por el emperador romano Diocleciano, conocida como la “Gran persecución” (303-313), Genaro fue hecho prisionero junto a un grupo de compañeros cristianos, y sometido a terribles torturas. 

El obispo y sus amigos se negaron a aceptar las exigencias de sus perseguidores, quienes exigían que abdicaran de la fe y rindan culto a los dioses. A pesar de los crueles maltratos a los que fueron sometidos, ninguno fue doblegado, por lo que todos serían condenados a muerte. 

Primero, se intentó quemarlos vivos en el horno, pero el fuego no les hizo daño alguno. Después, los hombres serían arrojados a las fieras; los leones sólo rugieron y ni siquiera se les acercaron. Hasta ese momento Genaro y sus amigos habían logrado salir ilesos milagrosamente. Entonces, los romanos decidieron aplicar el último recurso del que disponían: cortarles la cabeza. El 19 de septiembre de 305, el obispo y sus amigos fueron ejecutados cerca de Pozzuoli. 

Allí fueron enterrados sus restos.

Licuefacción de la sangre

Por varios siglos, las reliquias de San Genaro fueron trasladadas por diferentes ciudades de Italia, hasta que finalmente retornaron a Nápoles en 1497, donde permanecen hasta hoy. 

Allí se preserva una ampolla de vidrio en la que se guarda un coágulo de sangre del obispo (una pequeña masa de sangre seca) que se torna líquida en ciertas ocasiones. A este fenómeno se le denomina ‘licuefacción'; y dado que no se realiza mediante intervención física o química, el hecho se reconoce como un milagro. 

Algunos lo cuestionan, aunque nadie ha podido explicar con certeza cómo o por qué medios se produce semejante fenómeno.

Tres veces al año

La sangre de San Genaro se vuelve líquida en tres oportunidades a lo largo del año: el día en que se conmemora la traslación de sus restos a Nápoles (el sábado anterior al primer domingo de mayo); el día de su fiesta litúrgica (cada 19 de septiembre); y el día en el que sus devotos agradecen su intercesión para amainar los efectos de la erupción del volcán Vesubio, acontecida el 16 de diciembre de 1631.

En cada uno de estos tres días, el Obispo de la ciudad, o un sacerdote que procede en su nombre, presenta el relicario con la ampolla de sangre, de pie, frente a la urna que contiene el cráneo del santo. El acto se realiza siempre en presencia de los fieles. Pasado un lapso de tiempo, quien preside la liturgia alza el relicario, lo vuelve de cabeza y, en ese momento, la masa de sangre se vuelve líquida. Entonces el celebrante hace el anuncio: “¡Ha ocurrido el milagro!”.

Si no acontece la licuefacción 

Cuando la sangre no se licúa en los días indicados, los napolitanos piensan que se trata de un signo de mal augurio -una posible desgracia o calamidad de grandes proporciones-. 

Y no faltan razones para que piensen así. La sangre no se licuó, por ejemplo, en septiembre de 1939, 1940, 1943, años terribles de la Segunda Guerra; tampoco hubo licuefacción en 1973 o en 1980. Algo semejante sucedió en 2016. 

La reliquia también permaneció en estado sólido el año en que Nápoles eligió a un alcalde comunista, pero se licuó espontáneamente cuando el fallecido arzobispo de Nueva York, Cardenal Terence Cooke, visitó el santuario de San Genaro en 1978. 

El milagro de la licuefacción y los Papas

En el año 2015, mientras el Papa Francisco se reunía con los religiosos, sacerdotes y seminaristas de Nápoles, la sangre del santo se licuó nuevamente.

La última vez que la licuefacción se produjo en presencia de un Pontífice fue en 1848, siendo Papa Pío IX. Durante las visitas de San Juan Pablo II (octubre de 1979) y del Papa Benedicto XVI (octubre de 2007) al Duomo de San Genaro la sangre no sufrió cambio alguno. (ACI Prensa).

17 septiembre, 2026

San Roberto Belarmino, Arzobispo y Cardenal

17 de septiembre 

San Roberto Belarmino

Arzobispo y Cardenal 

Cada 17 de septiembre la Iglesia recuerda a San Roberto Belarmino (1542-1621), arzobispo y cardenal, hombre de gran celo apostólico y sabiduría, quien enfrentó con singular firmeza algunos de los momentos más difíciles por los que ha pasado la Iglesia a lo largo de su historia.

Solo hace unos años, en 2021, se celebró el cuarto centenario de su muerte, acontecida el 17 de septiembre de 1621; así como los 90 años desde que fue incluído en la lista de Doctores de la Iglesia, el 17 de septiembre de 1931.

Por el camino estrecho

“Considera auténtico bien para ti lo que te lleva a tu fin, y auténtico mal lo que te impide alcanzarlo”, escribió alguna vez Belarmino, dejando entrever la importancia de buscar siempre los designios de Dios para la propia vida, de manera que el alma pueda recorrer el camino dispuesto por Dios para alcanzar la felicidad, la plenitud y la santidad.

San Roberto fue un valiente defensor de la Iglesia Católica ante quienes quisieron destruirla o dañarla. Eran los tiempos de la Revuelta Protestante, y, contra lo que generalmente se piensa, puede que los enemigos más peligrosos no estuvieran “fuera de la Iglesia” sino dentro. Una profunda crisis del clero y de buena parte de la jerarquía debilitaba el catolicismo desde su propio centro.

No hay mayor tesoro que Cristo

Roberto nació en Toscana (Italia) en 1542, y desde que estudió en el colegio de los jesuitas destacó por su inteligencia. Un poco más tarde se descubriría llamado a servir a Dios como su sacerdote y, por eso, solicitó su incorporación definitiva en la Compañía de Jesús.

Ya ordenado, se desempeñó como profesor y formador de novicios. Belarmino se sentía muy a gusto como jesuita pues le permitía dedicarse a sus dos grandes pasiones: la oración y el estudio. Pensaba, para sus adentros, que así podría evitar pesados cargos eclesiales o jerárquicos; aunque, como después quedaría en evidencia, ya Dios tenía pensado otro camino para él.

El joven Padre Belarmino amaba profundamente el saber y gustaba mucho de la prédica. Dadas sus dotes naturales para esos menesteres, se afanaba por hacer de sus escritos y homilías auténticas piezas de erudición -manejaba muy bien a los clásicos y era un gran conocedor de la Biblia- hasta que descubrió que la riqueza del mensaje de la Iglesia no reside en los adornos o exuberancias retóricas, sino en mostrar con sencillez y profundidad a la persona de Cristo. Precisamente, con ese espíritu humilde escribió algunas de las versiones más acabadas que existen del catecismo.

Contra el error, la caridad

San Roberto combatió varias herejías y se convirtió en uno de los más fuertes impulsores del movimiento de la Contrarreforma. Lo suyo no fue precisamente lo que hoy llamaríamos “corrección política”: a los protestantes los trataba simplemente de “herejes”; mientras que sus afanes por dar a conocer la recta doctrina no brotaron ni del desprecio del otro, ni de una falsa conciencia superior. Belarmino solo tenía un “problema”: al error le llamaba “error”, sin ambages ni escrúpulos.

Entre otras responsabilidades, el P. Belarmino sirvió en la curia romana como consultor y prefecto en varios dicasterios. De hecho, debido a sus cargos tomó parte en los procesos que se les siguieron a Galileo Galilei (1564-1642) y Giordano Bruno (1548-1600), en los que actuó con prudencia, caridad y celo por la verdad.

Buen hijo, buen siervo de la Iglesia

Las enseñanzas de su madre en torno a la humildad y la sencillez repercutieron en su forma de ser, especialmente cuando Roberto entendió de veras que su tesoro estaba en Cristo y no en el reconocimiento o el aplauso de la gente.

Si desde un punto de vista humano podría decirse que sus talentos lo ubicaron en una posición ‘ascendente’ o ‘expectante’ -formado por el mismísimo San Francisco de Borja, luego ordenado con celeridad y, a pedido del Papa, puesto a cargo de la preparación de los sacerdotes de Roma para que aprendieran a enfrentarse a los enemigos de la fe-, sobre su corazón siempre pesaron más las invocaciones de su madre para que pusiera todo de sí, al servicio de quien más lo necesita.

Con la mirada puesta en Roma

Como fruto del encargo papal, Belarmino publicó Controversias, libro que llegó a ser de lectura obligatoria para apologistas y teólogos deseosos de esclarecer las confusiones doctrinales que la expansión de las Iglesias protestantes trajo consigo. Entre quienes se reconocieron influenciados por este notable texto estuvo nada menos que San Francisco de Sales (1567-1622).

San Roberto dirigió una edición revisada de la Biblia (Vulgata) y redactó dos versiones del Catecismo de la Iglesia Católica: el Catecismo resumido y el Catecismo explicado. Ambos textos fueron traducidos a varios idiomas y se les consideró de uso común hasta el siglo XIX. Asimismo, el santo se desempeñó como director espiritual por años sirviendo a distintos tipos de personas. Quizás el más célebre de sus dirigidos haya sido San Luis Gonzaga (1568-1591).

Por razones como esta, San Roberto Belarmino, a pesar de pertenecer a la Compañía de Jesús y haber prometido no aspirar a cargos eclesiales, fue nombrado arzobispo; y no solo eso, sino que años más tarde llegaría a ser creado cardenal.

El Papa Clemente VIII, el 3 de marzo de 1599, declaraba frente a la curia: “Hemos elegido a este hombre porque no hay en la Iglesia de Dios alguien que se le iguale en deseo de aprender”.

Belarmino le había rogado a sus superiores que impidieran que los deseos papales se realicen, pero el Papa no se dejó persuadir y le ordenó -cuenta la leyenda, bajo amenaza de excomunión- que permaneciera callado durante la ceremonia en la que fue creado cardenal.

“He combatido el buen combate” (2 Tim 4, 7)

Poco antes de morir, el santo escribió en su testamento que sus pertenencias deberían ser repartidas entre los pobres; aunque la verdad era tan poco lo que tenía que al final lo dejado solo alcanzó para costear su funeral. Al momento de su muerte, San Roberto se hallaba retirado en el noviciado de San Andrés en Roma. Desde allí partió a la Casa del Padre el 17 de diciembre de 1621.

El Papa Pío XI lo beatificó en 1923 y lo canonizó en 1930. El 17 de septiembre de 1931 -un año después de su canonización- fue declarado Doctor de la Iglesia por el mismo Pontífice.

Legado intelectual

La obra de San Roberto Belarmino es extensísima, solo comparable con la de santos como San Agustín de Hipona o Santo Tomás de Aquino.

No obstante, al margen de tan llamativa consideración, el santo escribió en su libro De ascensione mentis in Deum (Sobre la elevación de la mente a Dios): “El sabio no debe ni buscar acontecimientos prósperos o adversos, riquezas y pobreza, salud y enfermedad, honores y ultrajes, vida y muerte, ni huir de ellos de por sí. Son buenos y deseables sólo si contribuyen a la gloria de Dios y a tu felicidad eterna; son malos y hay que huir de ellos si la obstaculizan”.

¡San Roberto Belarmino, ruega por nosotros!(ACI Prensa).

16 septiembre, 2026

Papa San Cornelio y San Cipriano, Obispo

16 de septiembre 

Papa San Cornelio y San Cipriano, Obispo

Cada 16 de septiembre la Iglesia celebra al Papa San Cornelio (c.180-253) y al Obispo San Cipriano (c. 200-258), dos amigos en Cristo preocupados por preservar la verdad de su mensaje. Juntos se opusieron a los errores, confusiones y herejías que empezaron a difundirse desde los inicios de la era cristiana y que minaron la salud espiritual de muchos miembros de la Iglesia. Ambos concluyeron sus vidas coronados con las palmas del martirio.

El Papa Cornelio

Cornelio, cuyo nombre significa “fuerte como un cuerno”, fue el vigésimo primer Papa de la Iglesia Católica. Afrontó con firmeza la herejía de Novaciano, teólogo que proclamaba que la Iglesia no tenía el poder suficiente para perdonar los pecados más graves. Para este teólogo y sus seguidores, aquellos llamados “lapsi”, en latín, ‘los que han tropezado’, no podían ser absueltos por autoridad eclesiástica alguna de aquellas faltas consideradas extremadamente graves. Eso equivalía a que la Iglesia no estaba autorizada para perdonar ni acoger de nuevo a quienes, por ejemplo, habían incurrido en apostasía.

Ciertamente, a causa de la crueldad de las persecuciones, muchos cristianos habían abandonado la fe o abjuraron de esta (el pecado de apostasía) por temor a las amenazas del poder temporal: torturas, prisión o la muerte. No obstante, no fueron pocos los que habiendo negado a Cristo reconocieron su falta y pidieron ser admitidos nuevamente en el seno de la comunidad cristiana.

El Papa Cornelio fue el primero en alzar su voz contra Novaciano (210-258). El Pontífice sostuvo que el ‘novacianismo’ resultaba herético, puesto que Dios no negaba a nadie su perdón y que no existía falta que no pudiese ser resarcida por su amor misericordioso. En consecuencia, la ‘autoridad de perdonar los pecados’ podía ser ejercida por un ministro calificado.

Cornelio terminó excomulgando a Novaciano, quien no quiso rectificarse y eligió con sus seguidores el camino del cisma, convirtiéndose en ‘antipapa’ entre los años 251 y 258 al fundar ‘la Iglesia de los puros’.

Cipriano, obispo de Cartago

Entre quienes apoyaron al Papa Cornelio en su doctrina sobre el perdón estaba San Cipriano, obispo con quien tenía una estrecha amistad.

Cipriano, quien se encontraba a la cabeza de la sede de Cartago (hoy Túnez), respaldó públicamente la postura pontificia en contra de Novaciano, por lo que se hizo de enemigos y detractores.

El único y verdadero sacrificio

Vale precisar que el Papa Cornelio no sólo tuvo que sufrir por la controversia con Novaciano y sus intransigentes seguidores, ‘los puros’ (katharoi) o ‘cátaros’: los suyos fueron los tiempos de otra sangrienta persecución, esta vez, organizada por el emperador romano Decio (249-251).

Cornelio fue enviado primero al destierro y más tarde, en el año 253, tomado prisionero y condenado a muerte por decapitación.

Por su parte, Cipriano, en Cartago, padeció también los duros años de la persecución de Decio y, tras la muerte de este, tuvo que sufrir una nueva ola de violencia anticristiana organizada por su sucesor, Valeriano.

Cipriano fue condenado a muerte por negarse a ofrecer sacrificios a los dioses, así como por resistirse a la prohibición de celebrar la Eucaristía y administrar los sacramentos. Él, al oír su sentencia, exclamó: “¡Gracias sean dadas a Dios!”. Como Cornelio, Cipriano murió decapitado en septiembre del año 258.

“Gracias sean dadas a Dios”

Los dos amigos, unidos por Cristo en la misión pastoral, padecieron por causa de la fe y dejaron un testimonio de fidelidad a la Verdad revelada, un testimonio que sellaron con su propia sangre.

Los nombres de Cornelio y Cipriano son parte de la liturgia, específicamente se les menciona en la Plegaria Eucarística I del Canon Romano, al lado de otros santos y mártires de los primeros siglos del cristianismo.(ACI Prensa).

15 septiembre, 2026

Fiesta de Nuestra Señora de los Dolores

15 de septiembre 

Fiesta de Nuestra Señora de los Dolores

Cada 15 de septiembre, un día después de la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, la Iglesia Católica conmemora a Nuestra Señora de los Dolores, la Virgen María, quien en silencio acompañó a su Hijo en los momentos más duros de su vida terrenal.

Como toda buena madre, María también está al lado del resto de sus hijos, los hombres, especialmente cuando estos sufren.

Jesús y María unidos en el dolor salvífico

La sucesión de ambas efemérides -la Exaltación de la Cruz y Nuestra Señora de los Dolores- tiene un significado profundo: es una invitación a meditar en torno al misterio del dolor que unió las vidas de Jesús y de María para redención del género humano.

No en vano, la Iglesia enseña que meditar en los dolores de nuestra Madre ayuda a comprender mejor el sacrificio de Cristo, a que cualquiera, si se dispone, pueda acercarse más a su Santísimo Corazón, de manera que todo corazón pueda quedar transformado por su amor sacrificial.

Poder acercarnos a María en sus horas difíciles -las de la Pasión de su Hijo- es la oportunidad por excelencia para compadecernos de Ella y acompañarla como buenos hijos. Más aún, si somos conscientes de que Ella sigue sufriendo a causa de nuestros pecados. Hoy y siempre Dios quiere que consolemos a su Madre.

Origen de la devoción

La devoción a la Virgen de los Dolores -también conocida como la Virgen de la Amargura, la Virgen de la Piedad o, simplemente, como la “Dolorosa”- viene desde antiguo. Esta puede remontarse incluso hasta los orígenes de la Iglesia, allí cuando los cristianos recordaban los dolores del Señor, siempre asociados a los de su Madre Santa María, como consta en los Evangelios.

Sin embargo, es necesario precisar que la advocación de Nuestra Señora de los Dolores, la Mater Dolorosa, cobra forma e impulso recién a finales del siglo XI. Muchas décadas después, hacia 1239, en la diócesis de Florencia (Hoy Italia), los servitas (Orden de frailes Siervos de María) fueron los primeros en destinar un día del año para conmemorar a la Virgen en su sufrimiento.

El día escogido fue el 15 de septiembre; fecha que quedaría oficializada a inicios del siglo XIX (1814) por el Papa Pío VII, quien le concedió el rango de fiesta.

La Dolorosa, los santos y una promesa

Esta hermosa devoción ha sido alentada por muchos santos a lo largo de la historia, incluso con el patrocinio directo de la Santísima Madre de Dios, en virtud a la autoridad que su Hijo le ha concedido.

Es así que, por ejemplo, la Virgen María se le presentó a Santa Brígida de Suecia (1303-1373) para comunicarle lo siguiente: “Miro a todos los que viven en el mundo para ver si hay quien se compadezca de Mí y medite mi dolor, mas hallo poquísimos que piensen en mi tribulación y padecimientos… Por eso tú, hija mía, no te olvides de mí que soy olvidada y menospreciada por muchos. Mira mi dolor e imítame en lo que pudieres. Considera mis angustias y mis lágrimas y duélete de que sean tan pocos los amigos de Dios”.

La Madre de Dios prometió -también a través de Santa Brígida- que concedería siete gracias a aquellas almas que la honren y acompañen rezando diariamente siete avemarías mientras meditan en sus lágrimas y dolores.

Por su parte, San Alfonso María de Ligorio (1696-1787) enseñaba que Jesucristo reveló a Santa Isabel de Hungría (1207-1231) que Él concedería cuatro gracias a los devotos de los dolores de su Santísima Madre.

Oración de petición

Madre, déjanos acompañarte en tu dolor y alivia con tu ternura los nuestros.

¡Déjanos estar a tu lado, Madre dolorosa!

Y que tu Hijo santifique el dolor que hoy nos embarga.

¡Nuestra Señora de los Dolores, ruega por nosotros!(ACI Prensa).