22 julio, 2026

Santa María Magdalena, discípula del Señor.

 Santa María Magdalena

22 de julio
Santa María Magdalena
Discípula del Señor

Cada 22 de julio la Iglesia Católica celebra la fiesta de Santa María Magdalena, discípula cercana del Señor. Fue originaria de Magdala, una población situada en la orilla occidental del lago de Genesaret (mar de Galilea), razón por la que recibió el apelativo de “Magdalena”.

Mensajera de la Pascua

María Magdalena siguió de cerca las enseñanzas de nuestro Señor Jesucristo, quien la eligió para ser testigo de su Resurrección, incluso antes que los apóstoles. Ella recibió el encargo de testimoniar lo que sus ojos habían visto: la victoria definitiva del Maestro sobre la muerte.

Ese llamado particular de su discipulado hace de Santa María Magdalena un modelo para todo aquel que está llamado a evangelizar. Ella encarna la figura del que anuncia el mensaje gozoso de la Pascua: hay, para todos, una nueva vida en Cristo.

El Papa Benedicto XVI, en el año 2006, resumía con precisión la relevancia de Santa María Magdalena para la vida cristiana: “La historia de María de Magdala recuerda a todos una verdad fundamental: discípulo de Cristo es quien, en la experiencia de la debilidad humana, ha tenido la humildad de pedirle ayuda, ha sido curado por él, y le ha seguido de cerca, convirtiéndose en testigo de la potencia de su amor misericordioso, que es más fuerte que el pecado y la muerte”.

Discípula firme y fiel

El Evangelio está lleno de referencias a María Magdalena: como la pecadora perdonada (Lc 7, 37-50); como una de las mujeres que seguían al Señor (Jn 20, 10-18); como María de Betania, la hermana de Lázaro (Lc. 10, 38-42). La liturgia romana identifica a las tres mujeres con el nombre de María Magdalena, siguiendo la tradición occidental que viene desde los tiempos del Papa San Gregorio Magno (siglo VI - inicios del siglo VII).

La ‘Magdalena’ acompañó a Jesús incluso hasta el Calvario y estuvo de pie frente a su cuerpo yacente. En la mañana del Domingo de Resurrección, fue la primera que vio a Cristo resucitado, en cuerpo glorioso. En consecuencia, la Iglesia reconoce desde siempre la importancia que tuvo ella en la vida del Salvador y en la experiencia de la primera comunidad cristiana, tal y como queda en evidencia en las narraciones del Evangelio.

"A quien poco se le perdona, poco amor muestra" (Lc 7, 47)

Siempre que se vuelve sobre la vida de esta santa es inevitable el encuentro con el misterio de la misericordia infinita de Dios. Ella, antes de conocer a Jesús, había hecho de su vida extravío y perdición -María llevaba el alma herida, y no sabía siquiera de su propio valor como persona-.

Tras conocer al Señor sucede todo lo contrario. Él le revela el sentido último de su existencia y la grandeza de su dignidad. Por eso, la conversión de María Magdalena es ejemplo del poder transformador del perdón y la gracia, capaces de brindar una ‘nueva vida’, libre del poder del pecado y sus terribles consecuencias. El perdón divino tiene el poder de reconstruir lo que estaba roto, y permite el nacimiento de un ‘hombre nuevo’, de una nueva persona, que vive y anuncia el Amor.

En la liturgia, hoy

El 10 de junio del 2016, el Cardenal Robert Sarah, entonces Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, emitió un decreto en el que, siguiendo la voluntad del Papa Francisco, la ‘memoria’ litúrgica de Santa María Magdalena quedaba elevada al rango de ‘fiesta’.(ACI Prensa). 

21 julio, 2026

San Lorenzo de Brindis, Doctor de la Iglesia

 

21 de julio
San Lorenzo de Brindis
Doctor de la Iglesia

Cada 21 de julio la Iglesia celebra a San Lorenzo de Brindis (Brindisi), franciscano capuchino que vivió entre los siglos XVI y XVII y que sería proclamado Doctor de la Iglesia por el Papa San Juan XXIII en 1959.

En el mundo de habla hispana es conocido como San Lorenzo de ‘Brindis’, castellanización del italiano ‘Brindisi’ (nombre de la ciudad de la región italiana de Apulia, antiguo Reino de Nápoles). La Iglesia le ha otorgado el título de Doctor apostolicus [Doctor apostólico] (Breve pontificio: “Celsitudo ex humilitate”).

“Me basta Jesús crucificado” (San Lorenzo)

Giulio Cesare Russi -nombre de pila del santo- destacó en los estudios desde pequeño gracias a su buena memoria y a la claridad de su razonamiento. De adolescente, tocó las puertas de los franciscanos capuchinos de su ciudad y fue recibido por ellos con beneplácito. Giulio se descubría llamado a seguir de cerca los pasos de San Francisco de Asís.

A poco de haber ingresado a la vida religiosa, tuvo un diálogo con su prior que quedaría grabado en su memoria para siempre. El prior quiso advertirle de la dureza y austeridad de la vida franciscana -al probarla la mayoría de jóvenes jóvenes desistía hasta de los más firmes propósitos-.

Giulio prometió abrazar el espíritu de pobreza franciscana consciente de que le era posible con la ayuda del Señor: “Al mirar a Cristo Crucificado tendré fuerzas para sufrir, por amor a Él, cualquier padecimiento… Me basta Jesús crucificado”.

Como diácono empezó a predicar con insistencia en diversos lugares. Dios le concedió un ánimo especial para la predicación, y el joven fraile se esmeró en desarrollar ese talento. No pasaría mucho tiempo para que Fray Lorenzo suscitara las primeras conversiones entre quienes lo oían. El franciscano sería ordenado en 1583.

Después, ya de sacerdote, el Papa Clemente VIII le encomendó un ministerio muy especial: predicar a los judíos e intentar ganarlos para Cristo. Muy pocos conocían y dominaban la lengua hebrea como Fray Lorenzo, y el Pontífice deseaba que el Evangelio fuera anunciado con cercanía y calidez a quienes son “nuestros hermanos mayores” (expresión con la que el Papa Juan Pablo II solía referirse al pueblo judío).

Ya desde los tiempos universitarios en Padua, Lorenzo había demostrado una habilidad poco común: conocía casi a la perfección el hebreo, el arameo y el caldeo, además del latín y el griego. El franciscano también hablaba español, italiano, francés y alemán.
El secreto de una buena homilía

Cierto día un sacerdote le preguntó a Lorenzo cuál era su “secreto” para predicar tan bien, a lo que él respondió: "En buena parte se debe a mi buena memoria. En otra buena parte, a que dedico muchas horas a prepararme. Pero la causa principal es que encomiendo mucho a Dios mis predicaciones, y cuando empiezo a predicar se me olvida todo el plan que tenía y empiezo a hablar como si estuviera leyendo en un libro misterioso venido del cielo".

Fray Lorenzo fue también ejemplo de ascetismo y sobriedad con las cosas materiales: dormía sobre tablas, se levantaba en las noches a rezar los salmos, ayunaba con pan y verduras, huía de los honores y hacía su mejor esfuerzo para mantener el buen humor con todos.

Viajó a Alemania para unir fuerzas con el Beato Benito de Urbino. Ambos capuchinos se dedicaron a la atención de las víctimas de la peste que asoló ese país hacia el último cuarto del siglo XVI. De la mano del beato, fundó conventos en Praga, Viena y Gorizia.

Contrarreforma

Lorenzo deseaba contribuir con su apostolado al movimiento de la contrarreforma. En ese propósito, se inspira en lo hecho por el holandés Pedro Canisio y se entrena en la dialéctica teológica. Fruto de sus disputas con teólogos protestantes son, por ejemplo, las Lutheranismi hypotyposis [El luteranismo hipotético] escritas en tres volúmenes, y una síntesis de las Disputationes de Roberto Belarmino.

Fray Lorenzo sería elegido superior general de su Orden, los Hermanos Menores Capuchinos, desempeñándose en ese cargo entre 1602 y 1605. Después de ese periodo solicitó no ser reelegido, pues estaba convencido de que Dios lo prefería dedicado a otro tipo de menesteres. Y vaya que Dios tenía otros planes para el franciscano.

«Seguro de que él solo valdría lo que un ejército» (Papa Clemente VIII)

El Papa Clemente VIII le pide a Lorenzo que colabore de cerca con el emperador germano Rodolfo II, y lo convierte en su representante diplomático. En un momento complicadísimo para los germanos, el santo tuvo que lidiar para conseguir el apoyo de todos los príncipes alemanes y poder hacer frente a una inminente invasión turca.

Involucrado por la obediencia con la casta militar, Fray Lorenzo se hizo capellán del ejército imperial.

Así, antes de la batalla definitiva, el franciscano arengó a los soldados, poniéndose de pie ante todos y dando instrucciones con voz fuerte. Luego sale al frente del ejército, en la primera línea, con sus dos únicas armas: el crucifijo y su fe. Ese día, los turcos sufrieron una aplastante derrota. El Papa, después de recibir la noticia del triunfo exclamó: “Seguro de que él solo [Lorenzo] valdría lo que un ejército» (Clemente VIII).

Obrero de la paz

De vuelta tras la victoria, el santo permaneció en el convento de Gorizia. Después el Papa le encomendó otras misiones diplomáticas en favor de la consolidación de la paz en diversas partes de Europa.(ACI Prensa).

El santo se retiró finalmente al convento de Caserta. Allí era frecuente verlo arrebatado, en éxtasis, durante la celebración de la Misa.

San Lorenzo de Brindis partió a la Casa del Padre el 22 de julio de 1619, el mismo día de su cumpleaños. Fue canonizado en 1881 y, en 1959, San Juan XIII le otorgó el título de Doctor de la Iglesia.

 

17 julio, 2026

Las Dieciséis Carmelitas mártires de Compiègne

 Mártires de Compiègne, 17 de julio / ACI Prensa

17 de julio
Las Dieciséis Carmelitas 
Mártires de Compiègne 

Cada 17 de julio, un día después de la fiesta de la Virgen del Carmen, la Iglesia Católica celebra a las dieciséis carmelitas mártires de Compiègne (Francia). Estas valerosas mujeres fueron asesinadas por odio a Cristo en tiempos de la Revolución Francesa (1789-1799).

A estas mártires se les suele llamar también “teresianas”, en alusión a Teresa de San Agustín, priora del monasterio carmelita de Compiègne.

Tiempos de confusión

Las carmelitas se establecieron en Compiègne en 1641 y, fieles al espíritu de Santa Teresa de Jesús, con su santidad se ganaron la estima de los lugareños. Sin embargo, iniciada la Revolución, se desató un régimen persecutorio contra la Iglesia y sus representantes. El convento en el que vivían las religiosas fue cerrado y sus integrantes forzadas a vivir como seglares, de acuerdo a la ley revolucionaria de 1790.

El siguiente paso fue obligar a las religiosas a firmar el llamado “juramento revolucionario”, por el que se comprometían a defender los valores de la revolución: libertad, igualdad y fraternidad. Sometiéndose a dicha ley evitaron ser deportadas, pero tuvieron que disgregarse. Fue así que las integrantes de la comunidad pasaron a residir en cuatro casas distintas, en la clandestinidad.

Cuando la situación parecía haberse calmado un poco, Teresa de San Agustín, antigua priora del convento, propuso a sus hermanas retomar la disciplina de la vida conventual, aunque estuviesen exclaustradas. De ese modo, pese a vivir separadas, las monjas retomaron la relación de obediencia con su superiora y comenzaron a comunicarse entre ellas a diario.

“En vano se afanan sus constructores; si el Señor no protege la ciudad” (Sal 127, 1)


Los ideales revolucionarios, mientras tanto, quedaban expuestos ante todos como palabras que las lleva el viento. En nombre de estas ideas, al amparo de la “Razón” y el deseo de “justicia”, se cometieron muchas atrocidades, como lo que se hizo con las mártires carmelitas.

En determinado momento, algunos partidarios de la Revolución en Compiègne se percataron de lo que las hermanas hacían -desafiar el autoritarismo del Régimen del Terror- y las denunciaron ante el “Comité de Salud Pública”. De inmediato, se ordenó registrar sus casas y confiscar toda "prueba de vida conventual”. Encontraron una estampa del Sagrado Corazón, algunas cartas y escritos.

Esto era más que suficiente para acusarlas de conspirar secretamente en pos del “restablecimiento de la monarquía y la desaparición de la República”. Lo que les esperaba era, al menos, la cárcel.

Afortunadamente, algunas carmelitas lograron escapar, aunque la mayoría -unas dieciséis- fue apresada. Los revolucionarios reunieron a las prisioneras en un solo recinto. Estando una frente a la otra, las mujeres se encomendaron a la Virgen del Carmen y acordaron retractarse del juramento revolucionario y no aceptar más imposiciones contra su fe.

Cuando se solicitó que firmaran de nuevo el juramento, las carmelitas se negaron. Acto seguido, fueron acusadas de “conspiradoras contra la revolución”.

En la “Ciudad de la Luz”

Las dieciséis fueron enviadas a París, con las manos atadas, encima de dos carretas con paja. Al llegar a su destino fueron encerradas en la prisión de la Conciergerie, que tenía la fama de ser la antesala de la guillotina. Allí las ubicaron al lado de presos comunes y, por supuesto, de presbíteros, religiosos y laicos acusados de conspiradores también.

En la prisión, las carmelitas fueron un modelo de piedad y firmeza. Establecieron una suerte de régimen de oración conventual y lo cumplían frente a todos, carceleros y reos, sin ningún temor. Las monjas, incluso, se las arreglaron para celebrar a la Virgen del Carmen el 16 de julio.

Aquel fue un día glorioso en la prisión, en el que se pudo respirar algo de serena alegría y solemnidad.

Vestidas de blanco, llevando palmas en las manos

A la mañana siguiente, el 17 de julio de 1794, las hermanas comparecieron ante el Tribunal Revolucionario. Este sentenció la pena de muerte para todas; la forma de la ejecución: muerte por decapitación.

Al pie de la guillotina las carmelitas cantaron el “Te Deum”, renovaron sus promesas y votos, y subieron una por una a entregar la vida como ofrenda a Cristo. Así se cumpliría lo que cien años antes había vaticinado una carmelita de la misma comunidad de Compiègne. Aquella religiosa tuvo una visión en la que aparecían las monjas del monasterio vestidas de blanco, llevando la palma del martirio en las manos.

Las dieciséis carmelitas de Compiègne fueron beatificadas por el Papa San Pío X en 1906. El Papa Francisco autorizó su proceso de canonización por ‘equipolencia’ [equivalencia], el 3 de marzo de 2022. Este proceso es conocido como ‘canonización extraordinaria’, y se da cuando el Papa reconoce, acepta y ordena el culto público y universal de una persona sin pasar por el procedimiento ordinario (reconocimiento de algún milagro), dada la extensión o antigüedad de la veneración, condición que se cumple en el caso de las mártires de Compiègne.(ACI Prensa).

16 julio, 2026

Nuestra Señora del Carmen, la madre que nos invita a orar y nos libra del infierno

 Nuestra Señora del Carmen, 16 de julio / ACI Prensa

16 de julio
Nuestra Señora Virgen del Carmen, 
la madre que nos invita a orar y nos libra del infierno

Cada 16 de julio los fieles devotos celebran la memoria de la Virgen del Carmen -también, Nuestra Señora del Carmen o Santa María del Monte Carmelo-, una de las advocaciones marianas más universales y antiguas de la Iglesia Católica.

María, auxilio en la hora final y garante de la vida eterna

El 16 de julio de 1251, San Simón Stock, superior de la Orden de Nuestra Señora del Monte Carmelo (carmelitas de la antigua observancia), se encontraba en oración, rogando a Dios que fortalezca a sus hermanos carmelitas que padecían persecución. De pronto, la Virgen María se le apareció.

Nuestra Señora se presentó vestida con el hábito de la Orden (la túnica de color marrón castaño) y, dirigiéndose al santo, le extendió la mano para entregarle el escapulario carmelita. La Virgen, entonces, le prometió que libraría del castigo eterno a todo aquel que lo llevase puesto y estuviera en gracia con Dios.

Estos acontecimientos sucedieron en Aylesford (Inglaterra) y, tras ellos, se produjo un gran impulso a esta hermosa devoción, dedicada a la “Reina y Señora del Monte Carmelo”. Desde entonces ha seguido extendiéndose por todo el mundo a lo largo de los siglos sucesivos, con abundantes frutos de santidad.

El escapulario

El escapulario de la Virgen del Carmen recibió reconocimiento oficial gracias a la intervención del Papa Sixto V en 1587, y su uso y difusión han sido respaldados posteriormente por otros pontífices. Es el signo máximo de la devoción a Nuestra Señora del Monte Carmelo.

Gracias a la fuerza simbólica del escapulario para evocar la gran promesa hecha por la Virgen a San Simón, los Carmelitas -tanto de la antigua observancia como los reformados (descalzos), y sus numerosas ramas espirituales- han dado fruto bueno y abundante: hoy los carmelitas -hombres y mujeres, religiosos y laicos, contemplativos e insertos en el mundo- tienen una importante presencia en los cinco continentes, herederos de una larguísima lista de santos y mártires, fieles devotos de la Virgen del Carmen.

El escapulario, por último, encierra un hermoso simbolismo. Evoca el “encuentro” entre la Antigua y la Nueva Alianza, entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, como se explica a continuación.

El monte santo

Fue en el monte Carmelo, ubicado cerca de Jerusalén, la Ciudad Santa (Israel), donde los profetas Elías y Eliseo se establecieron para vivir consagrados a la oración de intercesión por el Pueblo escogido (ver: Isaías 35, 2). Y fue en ese mismo monte donde, a mediados del siglo XII d.C., San Bartolo construyó la ermita que congregaría a decenas de sacerdotes de la Iglesia latina para trasladarse allí y empezar una vida como eremitas, en soledad y silencio. Estos devotos llegaron constituyeron la Orden de Nuestra Señora del Monte Carmelo (carmelitas), Ordo Fratrum Beatissimæ Virginis Mariæ de Monte Carmelo.

El nombre “Carmelo” proviene del hebreo Karm-El que quiere decir ‘jardín de Dios’ o ‘viña de Dios’. El nombre recuerda la belleza del lugar -se le suele llamar también ‘el jardín de Palestina’- y evoca la riqueza espiritual de una larga tradición que nace con los Profetas del Antiguo Testamento.

Los carmelitas

En 1205, San Alberto (Alberto Avogadro), patriarca de Jerusalén, entregó a los eremitas del Carmelo una regla de vida, que sería aprobada posteriormente por el Papa Honorio III en 1226. Los carmelitas, de acuerdo a dicha regla, debían vivir ‘a la manera’ del Profeta Elías y de María Santísima.

También en el siglo XIII, el Papa Inocencio IV concedió a los carmelitas el privilegio de ser incluidos entre las órdenes mendicantes, junto a franciscanos y dominicos. Eso significó un cambio muy grande para la Orden, que, por lo demás, sería reformada siglos más tarde por Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz (siglo XVI).

Devoción

Es imposible enumerar los lugares dedicados a Nuestra Señora del Carmen, o hacer una lista con todos sus patronazgos. Solo en España, por ejemplo, la Virgen del Carmen es patrona de los marineros y pescadores, así como de la Armada Española. Las ciudades que la celebran en la Península son prácticamente incontables.

En América sucede algo similar. En Argentina, Bolivia, Colombia, Chile, Ecuador, Perú, Paraguay, Uruguay o Venezuela, el día de la Virgen del Carmen es una auténtica fiesta: se realizan procesiones, se concluyen las novenas solemnemente, y los devotos perennizan su gratitud en una variedad de tradiciones populares. Como muestra de ello, en muchos lugares se realizan homenajes a todas las mujeres que se llaman “Carmen” o “Carmela”.

Estas expresiones religiosas o culturales evidencian el profundo impacto que la espiritualidad carmelita ha logrado en el Pueblo de Dios, y que hoy sigue animando a millones de personas a amar y pedir la protección de la Madre de Dios.

¡Nuestra Señora del Carmen, ruega por nosotros!(ACI Prensa).

15 julio, 2026

San Buenaventura, teólogo, filósofo y místico franciscano

 San Buenaventura

15 de julio
San Buenaventura, teólogo, filósofo y 
Místico franciscano 

Cada 15 de julio la Iglesia Católica celebra a San Buenaventura, teólogo y filósofo franciscano del s. XIII, que alcanzó las alturas espirituales de la mística. Se desempeñó también como obispo de Albano (Italia) y fue cardenal.

San Buenaventura ostenta el título de Doctor de la Iglesia, y los estudiosos se refieren a él como el “Doctor Seráfico” en virtud a la grandeza de sus escritos, siempre encendidos de amor y fe, y de inmenso provecho para la vida espiritual e intelectual.

El teólogo que sonreía

Giovanni di Fidanza, San Buenaventura, nació en Bagnoregio, Italia, en 1221. Después de recibir el hábito de la orden franciscana, estudió en la Universidad de París (Francia), donde llegaría, años más tarde, a enseñar Teología y Sagrada Escritura, exhibiendo un profundo conocimiento de las relaciones entre la filosofía, la teología y la fe.

Buenaventura dedicaba mucho tiempo a la oración y al estudio. Sus discípulos y hermanos decían que llevaba siempre una discreta y serena sonrisa en el rostro, reflejo de su alma en búsqueda de Dios.
"El gozo espiritual es la mejor señal de que la gracia habita en un alma" (San Buenaventura)

Su finura de espíritu lo llevó a reverenciar más y más la grandeza de Dios, pero también le generó ciertos inconvenientes de naturaleza espiritual. Fray Buenaventura empezó a considerarse indigno, lleno de faltas, y, por eso, algunas veces, dejaba de comulgar. Llegó a ver en sí mismo solo sus pecados y defectos, haciéndose presa de sus escrúpulos.

Dios, entonces, le fue mostrando que su misericordia está más allá de los cálculos humanos. Cuenta la tradición que uno de esos días en los que Fray Buenaventura había decidido no acercarse a recibir la comunión, un ángel llevó un pedacito de una de las hostias consagradas desde el altar hasta su boca.

Después de eso, Buenaventura no volvería a ser el mismo y regresaría a comulgar normalmente, sabiéndose pecador pero, antes que cualquier cosa, amado, profundamente amado por Dios.

Así, el Señor se valdría de esa experiencia de purificación y misericordia para mostrarle que su camino apuntaba hacia el orden sacerdotal.

Eco del Espíritu Santo

Una de las más importantes obras de San Buenaventura fue el “Comentario sobre las sentencias de Pedro Lombardo”, una brillante suma -es decir, compendio- de teología escolástica. Alguna vez el Papa Sixto IV (1471-1484) refiriéndose a esta obra señaló: "La manera como [San Buenaventura] se expresa sobre la teología, indica que el Espíritu Santo hablaba por su boca”.

La Universidad de París

Estando el santo instalado como Maestro de la Universidad de París, vivió tanto los años de florecimiento teológico y filosófico -coincidió en el profesorado con Santo Tomás de Aquino- como los períodos llenos de conflictos o tensiones entre los miembros de la comunidad académica.

Sufrió la hostilidad generada contra los franciscanos, así como los excesos de las pugnas intelectuales en torno a la naturaleza de la teología y su relación con la filosofía o la razón.

La situación llegó a tal punto que los franciscanos fueron retirados de la enseñanza. Afortunadamente, el Papa Alejandro IV intervino, y después de una cuidadosa investigación se les devolvió todas las cátedras a los hijos de San Francisco, empezando por la del propio Buenaventura. En 1257, él y Santo Tomás de Aquino obtuvieron el doctorado.

Trabajando para San Francisco de Asís

Ese mismo año, 1257, Buenaventura es elegido superior general de los frailes menores. Al asumir el cargo se encontró con una Orden dividida entre los que pedían una severidad inflexible y los que deseaban mitigar la regla original. En ese contexto, el santo volvió a las fuentes y empezó a escribir una vida de San Francisco de Asís.

Es en esos días que San Buenaventura recibe la visita de Santo Tomás, quien había tomado conocimiento sobre lo que andaba escribiendo el franciscano. Se dice que el Doctor Angélico, Santo Tomás, al llegar, lo encontró en su celda en plena contemplación y decidió retirarse diciendo: “Dejemos a un santo trabajar por otro santo”.

Al lado del Papa

San Buenaventura sería nombrado posteriormente Obispo de Albano y llamado inmediatamente a Roma. El Papa Gregorio X lo creó cardenal y le encomendó la preparación de los temas del Concilio ecuménico de Lyon -sobre la unidad con los ortodoxos griegos- en el que luego participó activamente.

Renunció al cargo de superior general de su Orden y poco tiempo después partió a la Casa del Padre, la noche entre el 14 y el 15 de julio de 1274 en Lyon, Francia.

Si quieres saber más sobre San Buenaventura, te recomendamos leer este artículo de la Enciclopedia Católica: https://ec.aciprensa.com/wiki/San_Buenaventura.(ACI Prensa).

 

14 julio, 2026

San Camilo de Lelis, fundador de la Congregación de Ministros de los Enfermos y Mártires de la Caridad

 San Camilo de Lelis

14 de julio
San Camilo de Lelis
Fundador de la Congregación de Ministros de los Enfermos y
Mártires de la Caridad 

Cada 14 de julio, la Iglesia Católica celebra a San Camilo de Lelis, santo italiano del siglo XVII, fundador de la Congregación de Ministros de los Enfermos y Mártires de la Caridad, conocidos hoy como los Padres Camilos o Camilianos.

San Camilo es el patrono de los profesionales de la salud y de los hospitales.

A la vanguardia del cuidado de la salud

Los ‘Padres Camilos’, bajo la inspiración de su fundador, han sido quienes dieron origen a lo que hoy conocemos como “enfermería”, particularmente a través de la figura de los “enfermeros o enfermeras de guerra”.

En otras palabras, esta noble profesión apareció al menos dos siglos antes que cualquiera de las instituciones de asistencia modernas, como, por ejemplo, la “Cruz Roja” -organización también de inspiración católica surgida en la segunda mitad del siglo XIX-.

Ganar la batalla más importante

Camilo de Lelis nació en Bucchianico (Chieti, Italia) en 1550. Quedó prontamente huérfano de madre. Su padre tampoco le duraría mucho, pues siendo militar y mercenario, murió pocos años después.

Camilo, siguiendo el ejemplo paterno, se integró al ejército veneciano que luchó contra los turcos. Estando en campaña contrajo una enfermedad que afectó una de sus piernas, mal que lo aquejaría el resto de su vida. Dicha dolencia le produciría abscesos en el pie que reaparecían una y otra vez.

Tras verse imposibilitado, fue ingresado al hospital de San Giacomo de Roma, donde años más tarde colaboraría en calidad de criado. Lamentablemente, aquella experiencia no terminó muy bien, pues pasados unos meses fue despedido a causa de su espíritu indómito. Así, con el fracaso sobre los hombros, Camilo retornaría a las filas del ejército veneciano para enfrentar nuevamente a los turcos.

Eso tampoco duró mucho tiempo. Camilo se retiró de la vida militar, encontrando refugio en el juego. Los juegos de azar se convirtieron en su mayor debilidad y en vicio incontrolable. Cierta vez llegó a perderlo todo en una partida de cartas, incluso hasta la camisa que llevaba puesta. Luego, sumergido en la miseria, consiguió trabajo en la construcción de un convento capuchino en Manfredonia.

Su nueva labor se volvió el medio perfecto para que el Señor toque su corazón. Camilo empezó a escuchar las prédicas en el templo y a asistir a la liturgia. Poco a poco su interior fue abriéndose a la gracia, hasta que llegó el día en que admitiría que era esclavo de sus pecados. Así también pudo conocer la misericordia de Dios.

Reconoció de corazón que había vivido muy mal, y que, a pesar de ello, Jesús le daba una oportunidad que no había previsto: vivir plenamente, sirviéndolo a Él y a los demás.

Cara a cara con el dolor

Durante aquel tiempo fuerte, el joven Camilo se apoyó mucho en los padres capuchinos y llegó a pensar que Dios lo llamaba a ser uno de ellos. Ingresó a la Orden de los Frailes Menores, pero no pudo profesar voto alguno a causa del problema con su pierna. Entonces, retornó al hospital de San Giacomo y se dedicó al cuidado de los enfermos. Hizo tan buena labor allí que fue nombrado superintendente del hospital.

Las innumerables necesidades espirituales y materiales que padecían los ingresados en aquel recinto despertaron en Camilo la idea de fundar una asociación integrada por todo aquel que deseara consagrarse al cuidado de los enfermos. Mientras tanto, con el acompañamiento espiritual de uno de sus coetáneos más célebres, San Felipe Neri, se fue preparando para recibir el Orden sagrado.

Hospitales, prisiones y campos de batalla

El Padre Camilo, junto a dos de sus compañeros, fundó la Congregación de los Siervos de los Enfermos en 1582. El grupo fundacional dejó el Hospital de San Giacomo y se trasladó al Hospital del Espíritu Santo.

Todos los días los “camilos” atendían allí a los pacientes, procurando hacerlo como si cada uno fuese el mismo Cristo. No se preocuparon sólo de su salud física, sino que empezaron a dar catequesis y administrar los sacramentos necesarios.

El servicio de la congregación se fue ampliando y aparecieron nuevos llamados: los camilos asumieron la atención de los enfermos en las prisiones y, al mismo tiempo, comenzaron a hacer rondas de visitas a los que no podían salir de sus casas.

El siguiente reto de San Camilo fue enviar religiosos al lado de las tropas del ejército para que, llegado el momento, atendieran a los heridos. Muchos religiosos murieron en este sacrificado servicio, fuera a consecuencia de los combates o contagiados por la peste. San Camilo y sus hermanos permanecieron heroicamente al lado de los soldados incluso en medio de las circunstancias más extremas.

Las noticias sobre la encomiable labor de los camilos llegó a oídos del Papa San Gregorio XIV, quien en 1591 les concede el estatus de orden religiosa con la denominación de Orden de los Ministros de los Enfermos. El nombre fue elegido por San Camilo para indicar que los miembros de la institución tenían como modelo exclusivamente a Cristo, aquel que dijo: “No he venido para ser servido, sino para servir y dar la vida” (Mt 20,28).

Compartiendo los sufrimientos de Cristo

El santo patrono de los enfermos padeció siempre a causa de su pierna, que por periodos mejoraba y por periodos volvía a hacerlo sufrir. Hubo una época en la que le aparecieron dos dolorosas llagas en las plantas de los pies, las que permanecieron abiertas por años. Finalmente, se sumaron las náuseas y la dificultad para comer en la última etapa de su vida. Aún así, San Camilo no dejaría de preocuparse por “sus hijos”, los enfermos.

En 1607 renunció a la dirección de la Orden. Partió a la Casa del Padre unos años después, el 14 de julio de 1614, a los 64 años de edad. El Papa León XIII lo proclamó patrono de los enfermos junto con San Juan de Dios, y el Papa Pío XI lo declaró patrono y modelo de los trabajadores de la salud.(ACI Pensa).

12 julio, 2026

Domingo 15 (A) del tiempo ordinario

 La parábola del sembrador: por qué no la entienden las personas 

Domingo 15 (A) del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 13,1-23): Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó a orillas del mar. Y se reunió tanta gente junto a Él, que hubo de subir a sentarse en una barca, y toda la gente se quedaba en la ribera. Y les habló muchas cosas en parábolas.

Decía: «Una vez salió un sembrador a sembrar. Y al sembrar, unas semillas cayeron a lo largo del camino; vinieron las aves y se las comieron. Otras cayeron en pedregal, donde no tenían mucha tierra, y brotaron enseguida por no tener hondura de tierra; pero en cuanto salió el sol se agostaron y, por no tener raíz, se secaron. Otras cayeron entre abrojos; crecieron los abrojos y las ahogaron. Otras cayeron en tierra buena y dieron fruto, una ciento, otra sesenta, otra treinta. El que tenga oídos, que oiga».

Y acercándose los discípulos le dijeron: «¿Por qué les hablas en parábolas?». Él les respondió: «Es que a vosotros se os ha dado el conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos no. Porque a quien tiene se le dará y le sobrará; pero a quien no tiene, aun lo que tiene se le quitará. Por eso les hablo en parábolas, porque viendo no ven, y oyendo no oyen ni entienden. En ellos se cumple la profecía de Isaías: ‘Oír, oiréis, pero no entenderéis, mirar, miraréis, pero no veréis. Porque se ha embotado el corazón de este pueblo, han hecho duros sus oídos, y han cerrado sus ojos; no sea que vean con sus ojos, con sus oídos oigan, con su corazón entiendan y se conviertan, y yo los sane’. ¡Pero dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen! Pues os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que vosotros veis, pero no lo vieron, y oír lo que vosotros oís, pero no lo oyeron.

»Vosotros, pues, escuchad la parábola del sembrador. Sucede a todo el que oye la Palabra del Reino y no la comprende, que viene el Maligno y arrebata lo sembrado en su corazón: éste es el que fue sembrado a lo largo del camino. El que fue sembrado en pedregal, es el que oye la Palabra, y al punto la recibe con alegría; pero no tiene raíz en sí mismo, sino que es inconstante y, cuando se presenta una tribulación o persecución por causa de la Palabra, sucumbe enseguida. El que fue sembrado entre los abrojos, es el que oye la Palabra, pero las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas ahogan la Palabra, y queda sin fruto. Pero el que fue sembrado en tierra buena, es el que oye la Palabra y la comprende: éste sí que da fruto y produce, uno ciento, otro sesenta, otro treinta».

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«Salió un sembrador a sembrar»
P. Jorge LORING SJ (Cádiz, España)


Hoy consideramos la parábola del sembrador. Tiene una fuerza y un encanto especiales porque es palabra del propio Señor Jesús.

El mensaje es claro: Dios es generoso sembrando, pero la concreción de los frutos de su siembra dependen también —y a la vez— de nuestra libre correspondencia. Que el fruto depende de la tierra donde cae es algo que la experiencia de todos los días nos lo confirma. Por ejemplo, entre alumnos de un mismo colegio y de una misma clase, unos terminan con vocación religiosa y otros ateos. Han oído lo mismo, pero la semilla cayó en distinta tierra.

La buena tierra es nuestro corazón. En parte es cosa de la naturaleza; pero sobre todo depende de nuestra voluntad. Hay personas que prefieren disfrutar antes que ser mejores. En ellas se cumple lo de la parábola: las malas hierbas (es decir, las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas) «ahogan la Palabra, y queda sin fruto» (Mt 13,22).

Pero quienes, en cambio, valoran el ser, acogen con amor la semilla de Dios y la hacen fructificar. Aunque para ello tengan que mortificarse. Ya lo dijo Cristo: «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12,24). También nos advirtió el Señor que el camino de la salvación es estrecho y angosto (cf. Mt 7,14): lo que mucho vale, mucho cuesta. Nada de valor se consigue sin esfuerzo.

El que se deja llevar de sus apetitos tendrá el corazón como una selva salvaje. Por el contrario, los árboles frutales que se podan dan mejor fruto. Así, las personas santas no han tenido una vida fácil, pero han sido unos modelos para la humanidad. «No todos estamos llamados al martirio, ciertamente, pero sí a alcanzar la perfección cristiana. Pero la virtud exige una fuerza que (…) pide una obra larga y muy diligente, y que no hemos de interrumpir nunca, hasta morir. De manera que esto puede ser denominado como un martirio lento y continuado» (Pío XII).

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Pensamientos para el Evangelio de hoy

    «Es necesario acordarse de Dios con más frecuencia de la que se respira» (San Gregorio Nacianceno)

    «La semilla se encuentra a menudo con la aridez de nuestro corazón, e incluso cuando es acogida corre el riesgo de permanecer estéril. Con el don de fortaleza el Espíritu Santo libera el terreno de nuestro corazón» (Francisco)

    «El Decálogo, el Sermón de la Montaña y la catequesis apostólica nos describen los caminos que conducen al Reino de los cielos. Por ellos avanzamos paso a paso mediante los actos de cada día, sostenidos por la gracia del Espíritu Santo. Fecundados por la Palabra de Cristo, damos lentamente frutos en la Iglesia para la gloria de Dios» (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 1.724). (Evangeli.net)