30 junio, 2026

Santos Protomártires de la Santa Iglesia Romana

 Santos Protomártires de Roma, 30 de junio
 
30 de junio
Santos Protomártires de la Santa Iglesia Romana

Cada 30 de junio recordamos a los “Santos Protomártires de la Santa Iglesia Romana”. Ellos murieron durante la primera persecución de la historia, organizada contra la Iglesia Católica (segunda mitad del siglo I). Padecieron terribles tormentos y entregaron la vida solo por llamarse ‘cristianos’, seguidores de Jesús de Nazareth. La Iglesia les ha concedido, en consecuencia, el título de ‘protomártires’ -término proveniente del griego antiguo- que quiere decir ‘primeros mártires’ o ‘primeros testigos’.
Una multitud vestida de blanco


Las fuentes históricas que dan cuenta de su martirio son tanto paganas (no religiosas) como cristianas. Así, por ejemplo, Tácito (c. 55-c. 120), político e historiador romano, registró lo sucedido en sus Anales; mientras que lo propio hizo el obispo de Roma de ese entonces, el Papa San Clemente (f.d.-97).

“A estos hombres [Pedro y Pablo], maestros de una vida santa, vino a agregarse una gran multitud de elegidos que, habiendo sufrido muchos suplicios y tormentos también por emulación, se han convertido para nosotros en un magnífico ejemplo”, escribe San Clemente en su carta a los Corintios.
Mentira y crimen de odio

Con el anuncio de la Buena Nueva encabezado por los Apóstoles, el número de fieles fue cada vez más en aumento. Lamentablemente, el clima anticristiano suscitó que el senado romano rechazara la “nueva religión” por considerarla contraria a las tradiciones romanas, declarándola “ilícita” en el año 35 d.C.

Posteriormente, el emperador Nerón, para librarse de la acusación de haber mandado incendiar Roma, aprovechó la situación y culpó a los cristianos de ser los verdaderos autores del incendio. Nerón culpaba a los cristianos de practicar una religión maléfica, que incluía el canibalismo -alusión distorsionada y perversa a la Eucaristía-, y de promover el incesto, debido a la costumbre de llamarse hermanos entre ellos y saludarse con el beso de la paz.

De esta manera, Nerón desencadenó una infame persecución en la que muchos perecieron por proclamar y creer en el Dios verdadero, el Dios del amor, revelado en Jesucristo.
En la memoria de la Iglesia

El Martirologio jeronimiano es el primero en registrar la conmemoración de estos sangrientos hechos, en los que más de 900 cristianos fueron asesinados. En dicho documento se señala el 29 de junio como el día destinado a la memoria de estos hombres y mujeres, coincidiendo con la efeméride de San Pedro y San Pablo, apóstoles y columnas de la Iglesia. Se le atribuye a San Pío V, en el siglo XVI, la primera mención a los protomártires en el Martirologio Romano, con fecha 24 de junio. En la actualidad, la Iglesia los conmemora cada 30 de junio, un día después de la Solemnidad de San Pedro y San Pablo.(ACI Prensa).

29 junio, 2026

Solemnidad de San Pedro y San Pablo Apóstoles

 San Pedro y San Pablo, 29 de junio
 
29 de junio
Solemnidad de San Pedro y San Pablo
Apóstoles 
 
Cada 29 de junio se celebra la Solemnidad de San Pedro y San Pablo Apóstoles. Ellos son las dos monumentales figuras sin las cuales la Iglesia Católica, fundada por Cristo, no hubiese podido organizarse ni cobrar la forma que ha adquirido a lo largo de los siglos. Por eso, con toda justicia, a Pedro y a Pablo se les considera sus “pilares” o “columnas”.

Además, dado que ambos apóstoles fueron quienes fundaron la Iglesia de Roma, centro de la cristiandad, esta solemnidad es también “el día del Papa”.


Un día sagrado

Llamar a estos santos mártires “pilares” de la Iglesia no es gratuito. Sobre ellos descansa el “peso” del rebaño de Cristo que peregrina en el mundo como si de columnas de un edificio se tratase. Sin ellos, el “edificio” se vendría abajo. Con ellos, siempre hay equilibrio o balance. Así lo aclara San Agustín en uno de sus sermones:

“El día de hoy es para nosotros sagrado, porque en él celebramos el martirio de los santos apóstoles Pedro y Pablo… Es que ambos eran en realidad una sola cosa aunque fueran martirizados en días diversos”.

Una sola Iglesia: un solo anuncio

En consecuencia, siguiendo al Obispo de Hipona, recordamos también que la unidad de la Iglesia se selló con la sangre del martirio. El primero en derramarla fue Nuestro Señor Jesucristo, quien quiso compartir su sacrificio de amor con los hombres, de la misma manera como puso en manos humanas la misión de conducir la barca que es la Iglesia: así, el Apóstol Pedro fue elegido por Cristo: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (Mt 16, 18).

Y es que la obra de Dios requiere de la cooperación humana. Pedro es entonces “la roca” humilde que sirve de base al Cuerpo Místico de Cristo. Por esta razón, el Papa, Sucesor de Pedro y Vicario de Cristo en la tierra, es principio y fundamento visible de unidad, tanto de los obispos como de la multitud de fieles. El Obispo de Roma, el Papa, es Pastor de toda la Iglesia y tiene potestad plena, suprema y universal. Hoy se festeja, en particular, a quien encarna esa misión en la actualidad, el Sumo Pontífice Papa León XIV. .

Asimismo, en armonía con lo expresado desde antiguo por los fieles, hoy celebramos a San Pablo, el ‘Apóstol de los gentiles’: quien fuera por un tiempo perseguidor de cristianos, y que después daría un vuelco total de vida, convirtiéndose él después en el más ardoroso evangelizador, entregado a esa misión sin reservas.

Pedro y Pablo: el sello de la unidad


Tal como recordó el Papa Benedicto XVI en el año 2012: “La tradición cristiana siempre ha considerado inseparables a San Pedro y a San Pablo: juntos, en efecto, representan todo el Evangelio de Cristo… Aunque humanamente muy diferentes el uno del otro, y a pesar de que no faltaron conflictos en su relación, han constituido un modo nuevo de ser hermanos, vivido según el Evangelio, un modo auténtico hecho posible por la gracia del Evangelio de Cristo que actuaba en ellos. Sólo el seguimiento de Jesús conduce a la nueva fraternidad”. (ACI Prensa).

Pidamos a estos dos santos apóstoles que intercedan por la fidelidad de todos los miembros de la Iglesia. (ACI Prensa).

28 junio, 2026

Domingo 13 (A) del tiempo ordinario

 EL EVANGELIO DEL DOMINGO: Unos discípulos torpes, miedosos y ambiciosos.  Domingo 25. Ciclo B

Domingo 13 (A) del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 10,37-42): En aquel tiempo, dijo Jesús a sus Apóstoles: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. El que no toma su cruz y me sigue detrás no es digno de mí. El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará.

»Quien a vosotros recibe, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, recibe a Aquel que me ha enviado. Quien reciba a un profeta por ser profeta, recompensa de profeta recibirá, y quien reciba a un justo por ser justo, recompensa de justo recibirá. Y todo aquel que dé de beber tan sólo un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños, por ser discípulo, os aseguro que no perderá su recompensa».

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«El que ama a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí»
P. Benedito CAPITANGO (Luanda, Angola)


Hoy, el Evangelio nos coloca ante una verdad decisiva: Cristo no quiere ocupar un lugar en nuestra vida; quiere ser el centro de nuestra vida. Por eso dice: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí» (Mt 10,37). Jesús no vino para convertirse en un interés más entre muchos otros, ni para ser una referencia ocasional en determinados momentos de la existencia.

Igualmente, no acepta ser un complemento de nuestra vida porque Él es su fundamento, su sentido y su destino. Así, el discípulo auténtico no organiza a Cristo alrededor de su vida; organiza su vida alrededor de Cristo. Y en otro lugar añade: «¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?» (Mt 16,26).

La cruz que cada discípulo debe tomar (cf. Mt 10,38) representa el camino mismo de Cristo. Llevar la cruz no es buscar el sufrimiento, sino permanecer fieles al Señor cuando el Evangelio tiene un precio. Quien sigue a Cristo camina ya por la senda que conduce a la resurrección. Con esto, Jesús nos enseña que el amor auténtico tiene un orden: no se trata de amar menos a la familia, sino de amar a todos desde Dios y en Dios. Decía San Agustín de Hipona: “Ama y haz lo que quieras”. Cuando Dios ocupa el primer lugar, todo lo demás encuentra su justa medida. Además, Cristo no nos manda abandonar a los nuestros, sino preferir la verdad de Dios cuando los afectos humanos pretenden apartarnos de ella.

El Señor concluye con una promesa: «Quien dé un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños no quedará sin recompensa» (Mt 10,42). Nada de lo que hacemos por Cristo quedará olvidado. En el juicio final no contará quién acumuló más bienes, sino quién amó más. Por eso resuena con fuerza la enseñanza del Papa León XIV en el inicio de su pontificado: «Esta es la hora del amor. El corazón del Evangelio es el amor de Dios que nos hace hermanos y hermanas». Que el Señor nos conceda un corazón libre para amarle sobre todas las cosas. Amén.

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Pensamientos para el Evangelio de hoy

    «A través de dolores y heridas y favores, Dios forma a sus hijos para la vida eterna» (San Gregorio Magno)

    «En nuestros días de múltiples maneras se nos pide entrar en componendas con la fe, diluir las exigencias radicales del Evangelio y acomodarnos al espíritu de nuestro tiempo. Sin embargo, los mártires nos invitan a poner a Cristo por encima de todo» (Francisco)

    «(…) Es preciso convencerse de que la vocación primera del cristiano es seguir a Jesús (cf. Mt 16,25) (…)» (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 2.232)

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Otros comentarios

«El que no toma su cruz y me sigue detrás no es digno de mí. Quien a vosotros recibe, a mí me recibe»
P. Antoni POU OSB Monje de Montserrat (Montserrat, Barcelona, España)

Hoy, al escuchar de boca de Jesús: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí…» (Mt 10,37) quedamos desconcertados. Ahora bien, al profundizar un poco más, nos damos cuenta de la lección que el Señor quiere transmitirnos: para el cristiano, el único absoluto es Dios y su Reino. Cada cual debe descubrir su vocación —posiblemente esta es la tarea más delicada de todas— y seguirla fielmente. Si un cristiano o cristiana tienen vocación matrimonial, deben ver que llevar a cabo su vocación consiste en amar a su familia tal como Cristo ama a la Iglesia.

La vocación a la vida religiosa o al sacerdocio pide no anteponer los vínculos familiares a los de la fe, si con ello no faltamos a los requisitos básicos de la caridad cristiana. Los vínculos familiares no pueden esclavizar y ahogar la vocación a la que somos llamados. Detrás de la palabra “amor” puede esconderse un deseo posesivo del otro que le quita libertad para desarrollar su vida humana y cristiana; o el miedo a salir del nido familiar y enfrentarse a las exigencias de la vida y de la llamada de Jesús a seguirlo. Es esta deformación del amor la que Jesús nos pide transformar en un amor gratuito y generoso, porque, como dice san Agustín: «Cristo ha venido a transformar el amor».

El amor y la acogida siempre serán el núcleo de la vida cristiana, hacia todos y, sobre todo, hacia los miembros de nuestra familia, porque habitualmente son los más cercanos y constituyen también el “prójimo” que Jesús nos pide amar. En la acogida a los demás está siempre la acogida a Cristo: «Quien a vosotros recibe, a mí me recibe» (Mt 11,40). Debemos ver, pues, a Cristo en aquellos a quien servimos, y reconocer igualmente a Cristo servidor en quienes nos sirven. (evangeli.net).


27 junio, 2026

San Ladislao de Hungría, Rey de Hungría

 

27 de junio 

San Ladislao de Hungría
Rey de Hungría

Martirologio Romano: En Nitra, en los montes Cárpatos, muerte de san Ladislao, rey de Hungría, que restableció en su reino las leyes cristianas dictadas por san Esteban, corrigió las costumbres, dando él mismo ejemplo de virtud, y propagó la fe cristiana en Croacia, que había sido incorporada al reino húngaro, estableciendo la sede episcopal de Zagreb. Murió cuando se disponía a una guerra con Bohemia, siendo enterrado en Varadino, en Transilvania (1095).


Etimológicamente: Ladislao = Aquel que es un afamado caballero, es de origen eslavo.
Ladislao era hijo del rey húngaro Bela I y de la princesa polaca Richeza, hija de Mieszko II de Polonia y santa Riquilda de Lorena y hermano menor del también rey Géza I. Ladislao era miembro de la dinastía de los Árpádes. Fue san Ladislao, quien hizo que fuese canonizado el rey San Esteban.

Ladislao nació en Polonia, donde se padre había buscado refugio. Su nombre, Ladislao, le fue impuesto siguiendo las tradiciones eslavas de su madre. En 1047 fue llamado por su tío Andrés I.

Tras la muerte de su hermano mayor Géza I en 1077, Ladislao ascendió al trono y continuó su labor cristianizadora. Se ganó una reputación parecida a la de Esteban I, nacionalizando el cristianismo y sentando las bases de la grandeza política de Hungría. Ladislao, reconociendo que el Sacro Imperio Romano Germánico era un enemigo natural de su reino, formó una estrecha alianza con el Papa y otros enemigos del emperador Enrique IV, entre los que se encontraba Rodolfo de Rheinfeld y Güelfo I de Baviera.

Ladislao contrajo matrimonio con la hija de Rodolfo, Adelaida de Suabia, con la que tuvo un hijo y tres hijas. Su hija Santa Piroska de Hungría o conocida tmabién como Irene, se casó con el emperador de Bizancio Juan II Comneno.

Ya desde joven fue conocido por sus hazañas como caballero medieval y hábil guerrero. Ladislao contaba con una constitución imponente, era alto y estaba bien entrenado en las artes de la guerra, así pues, su figura era intimidante e inspiraba respeto. Luchó contra tribus paganas que invadían el reino de Hungría, e inclusive han quedado varias leyendas donde rescata a una damisela húngara que había sido raptada por un guerrero en medio de una batalla.

El fracaso del emperador germánico en su enfrentamiento con el Papado, dejó a Ladislao libre para extender sus dominios hacia el sur (el Bajo Danubio para los húngaros) y hacia los Cárpatos orientales. En su juventud luchó contra los pechenegos y en 1089 contra los cumanos, que ocupaban Moldavia y Valaquia más allá del río Olt. Construyó las fortalezas de Szörényvár y Gyulafehérvár.

Estableció a los Székely en Transilvania. Posteriormente intentó conquistar otras partes de Croacia tras la muerte del marido de su hermana, el rey croata Dmitar Zvonimir, aunque su autoridad era cuestionada por la nobleza croata, el Papa, la República de Venecia y el Imperio Bizantino. Ladislao efectuó una incursión en las tierras croatas en 1091 y nombró virrey a su sobrino Álmos.

Ladislao cayó enfermo repentinamente y al no tener hijos a los que dejar el trono mandó llamar a su sobrino Colomán, que era obispo y se encontraba en Polonia y al que nombró su heredero. Colomán era hijo de Geza I de Hungría y había sido educado por Ladislao. Sería coronado rey como Colomán I de Hungría, conocido como el Bibliófilo.

Ladislao murió repentinamente en 1095 cuando estaba a punto de participar en la Primera Cruzada. Ningún otro rey húngaro ha sido tan ampliamente amado. Toda la nación guardó luto por su muerte durante tres años y le recordaron como un santo mucho tiempo antes de que fuera canonizado. Hay un ciclo completo de leyendas alrededor de este monarca.

Entre sus labores principales a favor del cristianismo esta la fundación del obispado de Sarajevo, así como la creación de la abadía de Szend Egyed bécses, e incontables templos a lo largo y ancho de su reino. En 1094 fundó las diócesis de Várad y de Zagreb como un nuevo foco del catolicismo en el sur de Hungría y en las zonas entre el Drava y el Sava.

En 1192, el rey húngaro Bela III de Hungría hizo la petición al Papa para que Ladislao I fuera canonizado, y así Ladislao I, pasó a ser San Ladislao. Fue canonizado el 27 de junio de 1192.(Cathoic.net).

26 junio, 2026

San Josemaría Escrivá de Balaguer y Albás, fundador del Opus Dei

 

26 de junio
San Josemaría Escrivá de Balaguer y Albás
Fundador del Opus Dei

Cada 26 de junio, la Iglesia Católica celebra a San Josemaría Escrivá de Balaguer y Albás (1902-1975), sacerdote español, fundador del Opus Dei, y autor de Camino (1934), obra de gran provecho espiritual para millones de católicos y que ha sido traducida a decenas de idiomas. Hoy se cumplen 50 años desde que este santo partió al encuentro definitivo con el Señor.

"Dios no te arranca de tu ambiente, no te remueve del mundo, ni de tu estado, ni de tus ambiciones humanas nobles, ni de tu trabajo profesional... pero, ahí, ¡te quiere santo!". Estas palabras resumen muy bien buena parte de la inspiración que recibió San Josemaría para mover los corazones de muchos, y convocarlos a santificarse y santificar el mundo actual. Por eso, se le conoce como ‘el santo de lo ordinario’, apelativo que recibe por haber  entendido a la perfección de qué trata la vida del cristiano hoy: de hacer de lo ordinario -de la vida cotidiana- algo extraordinario.

Tras las huellas de Cristo


San Josemaría Escrivá de Balaguer nació en Barbastro, Huesca (España) en 1902, en el seno de una familia profundamente cristiana. Desde joven, le tocó conocer el sufrimiento: sus tres hermanas menores murieron aún siendo muy pequeñas, el negocio de su padre quebró y la familia tuvo que dejar su tierra para mudarse a Logroño en busca de una situación mejor.

Cierto día, Josemaría vio sobre la nieve las huellas de unos pies descalzos. De solo pensar en quién podría haberlas dejado, se le congeló hasta el alma. ¿Quién puede andar sin zapatos pisando el hielo? Le pareció una locura. Pero cuando se enteró de que eran las pisadas de un religioso, su apreciación del hecho cambió completamente. Esas huellas -pensó- han sido dejadas por alguien extraordinario, que hace cosas igualmente extraordinarias. Pensar en que alguien era capaz de hacer algo así, sólo podía explicarse por un gran propósito, algo propio de un plano distinto. Josemaría intuye entonces que quizás Dios le estaba enviando un mensaje: quizás Dios quería algo de él.

Poco a poco, su mente se fue aclarando: Cristo quería que siga sus pasos de cerca, como sacerdote.

Un muchacho como pocos

Josemaría se caracterizaba por su carácter generoso y alegre, mientras que su sencillez y serenidad lo hicieron muy querido entre sus compañeros de estudio. Mostraba esmero en la oración, disciplina y cariño por el estudio. Se convirtió sin quererlo en referente para quienes lo rodeaban. Más tarde vendrían los días de la formación en el seminario.

El 28 de marzo de 1925 San Josemaría Escrivá fue ordenado sacerdote. Años más tarde, con permiso de su obispo, se trasladaría a Madrid para obtener el doctorado en derecho. Desatada la Guerra Civil española, se vio obligado a interrumpir sus estudios; los que solo pudo concluir acabado el conflicto. Terminado el doctorado en Derecho, sumó otro en teología, esta vez, fuera de España, en la Pontificia Universidad Lateranense de Roma.

Definición del camino propio

El 2 de octubre de 1928, según sus propias palabras, Dios le hizo “ver” lo que quería de él: que lleve el mensaje del llamado universal a la santidad por todo el mundo.

Lo que el Espíritu de Dios había suscitado en el corazón lo mueve a formar una comunidad, una familia en el seno de la Iglesia: el Opus Dei; cuyo propósito radica en promover la santificación entre sus miembros en medio de la vida ordinaria, en particular a través del trabajo. San Josemaría define con estas palabras lo que debe ser el Opus Dei: “Una movilización de cristianos que supieran sacrificarse gustosos por los demás, que hicieran divinos los caminos humanos de la tierra, todos, santificando cualquier trabajo noble, cualquier trabajo limpio”.

Cristo ha de volver a los claustros universitarios

En 1933 el santo concibe la idea de crear una academia universitaria de espíritu católico. Josemaría entiende que esto es imperioso, ya que el mundo de la cultura y la ciencia son ámbitos decisivos para la evangelización de toda sociedad. Lamentablemente, el estallido de la guerra civil en 1936 desató una persecución religiosa que obligó al santo a refugiarse en diversos lugares de España, hasta que pudo asentarse en Burgos.

Acabada la guerra en 1939, San Josemaría retorna a Madrid para terminar los estudios de doctorado en derecho civil en la Universidad Central. Su fama de hombre espiritual lo llevó a dirigir ejercicios espirituales a pedido de obispos y superiores religiosos. En 1946, se traslada a Roma y obtiene de la Santa Sede la aprobación definitiva de su más importante obra, el Opus Dei.

Al paso de la renovación de la Iglesia

En los años sesentas sigue con atención el Concilio Vaticano II, estableciendo lazos apostólicos con muchos padres conciliares y abriendo nuevas puertas para hacer crecer al Opus Dei y difundir su mensaje. El crecimiento de la familia espiritual lo obliga a dedicarle todos sus esfuerzos. Viaja por diversos países de Europa y América con el objetivo de impulsar y consolidar el trabajo apostólico de “la Obra”.

"Allí donde están vuestros hermanos los hombres, allí donde están vuestras aspiraciones, vuestro trabajo, vuestros amores, allí está el sitio de vuestro encuentro cotidiano con Cristo", declaraba, con ánimo inacabable, San Josemaría Escrivá.

El “santo de lo cotidiano” partió a la Casa del Padre el 26 de junio de 1975 a consecuencia de un paro cardíaco. Murió asistido por la gracias debidas y a los pies de un cuadro de la Santísima Virgen de Guadalupe. Fue canonizado por San Juan Pablo II en el año 2002.(ACI Prensa).

25 junio, 2026

San Próspero de Aquitania, teólogo y discípulo de San Agustín de Hipona

 San Próspero de Aquitania, 25 de junio

25 de junio
San Próspero de Aquitania, teólogo y 
Discípulo de San Agustín de Hipona

San Próspero de Aquitania (390-455) fue teólogo seglar, discípulo de San Agustín de Hipona que participó activamente en las principales controversias religiosas de su época, especialmente las concernientes al pelagianismo y a lo que después se denominaría ‘semipelagianismo’; además, en calidad de laico, fue servidor y colaborador del Papa León I durante su pontificado (440-461).

Errores, confusión, herejías

El semipelagianismo fue un intento de conciliar las ideas de los pelagianos con la doctrina de la lglesia en torno a la gracia y el pecado original. Los pelagianos de larga data habían sostenido que la vida eterna podía ganarse sin el concurso de la gracia divina, haciendo valer solamente el libre albedrío y el esfuerzo humano; para ello se apoyaban en ideas como que el pecado original habría afectado exclusivamente a Adán y que sus consecuencias podían ser remisibles si se procuraba una vida intachable. Los semipelagianos, sus “herederos”, aparecen tras la contundente respuesta que dio San Agustín (354-430) a este problema, quien había señalado que tanto la gracia como la libertad humana son necesarias para la salvación y que al hombre le toca cooperar siempre con la iniciativa divina. Los semipelagianos pretendieron acoger la crítica agustiniana pero sin abandonar las tesis de fondo de Pelagio (354-420), cuya doctrina terminó condenada por herética (Concilio de Cartago de 418).

Los semipelagianos, a diferencia de su inspirador, admitían el concurso de la gracia divina para alcanzar la salvación, pero sólo sobre la base de un movimiento primigenio de la voluntad humana, es decir, de un acto de la libertad en la que Dios no toma parte en absoluto.

El discípulo que honra al maestro

Próspero de Aquitania, discípulo de Agustín, se dio a conocer en medio de esta compleja disputa doctrinal gracias a sus escritos. Estos, afortunadamente, se conservan hasta hoy.

Próspero de Tiro -nombre con el que también se le conoce a este santo- nació en la antigua región francesa de Aquitania en el siglo IV y fue formado por los monjes del monasterio de San Víctor en Marsella.

En 428, Próspero escribió una carta a San Agustín –que en ese momento ya se hallaba en Hipona– sobre las dificultades surgidas en Marsella y sus alrededores contra la doctrina que Agustín había desarrollado. Por esta razón, Agustín escribió dos tratados: Sobre el don de la perseverancia y De la predestinación de los santos.

Cooperador de la verdad

Mientras tanto, en apoyo de su maestro, Próspero redactó un breve tratado sobre la gracia y la libre voluntad. Entre sus obras teológicas se cuentan Adversus Ingratus (Contra el pelagianismo), Pro Augustino Responsiones (Una defensa de San Agustín) y De gratia Dei et libero arbitrio [Sobre la gracia y el libre albedrío], obra escrita en oposición a ciertas tesis de San Juan Casiano.

También San Próspero es reconocido por ser el autor de una Crónica sobre la Iglesia,  relato histórico que comprende el período desde la creación hasta la conquista de Roma por los vándalos en el año 455. Este escrito fue una suerte de síntesis de la obra del mismo nombre que escribió San Jerónimo, pero al que Próspero añadió algunas correcciones y precisiones.

San Próspero terminó sus días como secretario seglar nada menos que del Papa San León Magno (León I). Murió alrededor del año 455. (ACI Prensa).

24 junio, 2026

Solemnidad del Nacimiento de San Juan Bautista

Nacimiento de San Juan Bautista, 24 de junio 

24 de junio
Solemnidad del Nacimiento de San Juan Bautista
Mártir

Cada 24 de junio, la Iglesia Católica celebra la Solemnidad de la Natividad de San Juan Bautista.

En uno de sus famosos sermones, San Agustín de Hipona (354-430) se refería a esta celebración: “La Iglesia celebra el nacimiento de Juan como algo sagrado y él es el único de los santos cuyo nacimiento se festeja”. Así, el Obispo de Hipona se hacía eco de una antigua convicción de la Iglesia sobre Juan, el Bautista: su nacimiento representa un punto de inflexión en la historia de la salvación.


Agustín explicita el porqué: “Juan viene a ser como la línea divisoria entre los dos Testamentos, el antiguo y el nuevo. Así lo atestigua el mismo Señor, cuando dice: la ley y los profetas llegaron hasta Juan”.

Lo habitual es que a un santo se le celebre el día de su muerte. Esto, porque se considera que ese es el día en que ingresa al cielo; es decir, su natalicio para la vida eterna. No obstante, el caso del Bautista es especial ya que las gracias que recibió fueron todas únicas y extraordinarias: fue santificado desde el vientre, cuando Isabel, su madre, y la Virgen María se encuentran, frente a frente, ambas en estado de buena esperanza; fue profeta como ninguno porque anunció con excepcional cercanía la llegada del Mesías, “allanando el camino” del redentor; y por haber tenido la oportunidad de señalarlo directamente entre la multitud, miembros del pueblo elegido. 

Anunciado por el ángel

En el primer capítulo del Evangelio de San Lucas se dice cómo Zacarías, sacerdote judío casado con Isabel, pariente de María, no había podido tener hijos pues su mujer era estéril y de edad avanzada. Entonces, el ángel Gabriel se le aparece a la derecha del altar y le dice que su esposa tendrá un hijo que será el precursor del Mesías, y a quien deberá por nombre ‘Juan’. Lamentablemente, Zacarías, presa del miedo, dudó de que todo esto fuera posible, y como aleccionamiento y confirmación de que el anuncio venía de Dios -Zacarías pedía una ‘señal’- quedó mudo “hasta que todo se cumplió”.

Una vez que el ángel Gabriel se le apareció a la Virgen María para anunciarle que sería la madre del Salvador, Ella, la ‘llena de gracia’, enterada que su prima, Isabel, estaba encinta partió a verla y brindarle su ayuda hasta que su niño nazca. Ese niño, nacido de la mujer a la que llamaban estéril, era Juan, “voz que clama en el desierto”, el hombre que habría de preparar el camino del Mesías. Juan Bautista nacería seis meses antes que Jesús.

Una celebración cristocéntrica

Así como el nacimiento del Señor Jesús se celebra cada 25 de diciembre durante el solsticio de invierno (el día más corto del año), el nacimiento de San Juan se celebra cada 24 de junio, solsticio de verano (el día más largo). De esta manera es posible decir que después de Jesús los “días van a más” (empiezan siendo cortos y luego se hacen más largos) y después de Juan, “van a menos” (con el tiempo se hacen más cortos), hasta que “el sol de Justicia”, el Señor, “vuelva a nacer”, en todo su esplendor.

Ambas fechas quedaron así establecidas por la Iglesia desde el siglo IV, con la finalidad de que, superpuestas a dos fiestas importantes del calendario greco-romano, cobrasen un nuevo sentido. El “día del sol” (25 de diciembre) y el “día de Diana”, fiesta de la fertilidad (24 de junio), serían desde entonces fiestas cristianas, porque evocan la obra de la salvación, al tiempo que mantienen un vínculo con el ciclo de la vida natural, obra de Dios.

El santo al que se celebra dos veces

La Iglesia Católica ha considerado en el calendario cristiano un día adicional para celebrar a San Juan Bautista, pero, a diferencia de hoy, esta conmemora su muerte: el martirio de San Juan Bautista (29 de agosto). Por último, es importante recordar que hoy no solo celebramos el natalicio de Juan, sino todo lo que representa en la obra de la salvación.(ACI Prensa),

23 junio, 2026

San José Cafasso, confesor de San Juan Bosco, patrono de las cárceles italianas y de los presos condenados a muerte.

 San José Cafasso, 23 de junio

23 de junio
San José Cafasso, confesor de San Juan Bosco y 
Patrono de las cárceles italianas y de los presos condenados a muerte

Cada 23 de junio la Iglesia Católica celebra a San José Cafasso, sacerdote natural del Piamonte, norte de Italia, quien fuera el confesor de San Juan Bosco y de muchos otros salesianos. Es el patrono de las cárceles italianas y de los presos condenados a muerte, cuya realidad conoció muy de cerca mientras se desempeñaba como capellán de un presidio. Para muchos de ellos, él fue el rostro misericordioso de Cristo en el instante final de la existencia.

Es quizás por eso que Don Cafasso es uno de esos santos capaz de enriquecer la comprensión cristiana de la muerte y, por qué no, de la vida. Poco antes de ser convocado a la presencia de Dios, San José Cafasso escribió: “No será la muerte sino un dulce sueño para ti, alma mía, si al morir te asiste Jesús, y te recibe la Virgen María”.

‘El santito’

San José Cafasso (Giuseppe María Cafasso) nació en Castelnuovo de Asti, Piamonte (Italia), el 15 de enero de 1811. Siendo pequeño su familia y la gente del pueblo ya lo llamaban ‘el santito', por su espíritu piadoso y amable.

Sus primeros estudios superiores los realizó en el seminario y en la universidad de Turín. Posteriormente, continuó en el Instituto San Francisco, donde llegaría a ser profesor de Teología Moral. Fue ordenado sacerdote con solo 21 años, en 1833, por lo que tuvo que solicitar una dispensa dada su juventud.

Unos meses después de su ordenación se inscribió en el Convictorio Eclesiástico, entidad dedicada al perfeccionamiento de los estudios teológicos. A pesar de padecer de una deformidad en la columna -la que le acarreó molestias constantes-, José no se desmoralizó y llegó a ser un excelente maestro y sacerdote. A la muerte del Rector del Convictorio, fue nombrado en su reemplazo, desempeñándose como autoridad máxima del recinto por doce años.

Conocer la libertad en prisión


San José Cafasso ejerció un servicio pastoral muy especial, y muy duro a la vez: fue capellán de la cárcel de Turín. Allí tocó con la misericordia de Dios los corazones de muchos hombres que habían hecho cosas terribles en sus vidas; así como lo hizo también con aquellos que, siendo inocentes, cargaron con el repudio y el rechazo de una sociedad que no los quería.

El Padre José acompañó en el momento final a muchísimos condenados a la horca -unos 68 a lo largo de su capellanía-. En esos terribles momentos, camino al patíbulo, San José Cafasso intentó hacer presente a Cristo crucificado; de tal forma que, a través suyo, el perdón de Dios alcance a los reos de muerte. Conversiones, paz, arrepentimiento, serenidad y consuelo brotaron en innumerables almas gracias a que Cafasso confesó, bendijo y predicó la esperanza en la vida eterna.

Gracias a este santo sacerdote, otros tantos presos -destinados a vivir tras las rejas hasta la muerte- transformaron sus vidas y murieron confesados y en paz, asistidos por su paternal presencia. El P. Cafasso se había hecho “prisionero” y “reo de muerte”, a imitación de Cristo que, por amor a los pecadores, se hizo “prisionero de los prisioneros”, y signo de la libertad  que Dios solo puede conceder: la del pecado.

Confesor y director espiritual de Don Bosco

Otra nota especial de la vida de San José Cafasso fue su relación con San Juan Bosco, a quien conoció cuando era un niño. El Padre José lo ayudó para que pueda solventar los gastos de estudio en el seminario y en el Convictorio. Siendo Don Bosco aún seminarista, fue el P. Cafasso quien lo llevó de visita a la cárcel por primera vez. Allí Don Bosco tuvo la oportunidad de  presenciar los horrores que sufren quienes pasan sus días abandonados, sin esperanza, aplastados por sus crímenes, muchas veces llenos de rencor y amargura.

Cafasso sufría mucho por aquellos que eran muy jóvenes y que se habían dejado arrastrar por el mal, haciendo daño a gente vulnerable y echando a perder su juventud; entre ellos le conmovía aquellos que crecieron sin orientación, cariño, ni educación. Esas experiencias marcaron la vida del joven Juan Bosco, que desde entonces quedó con la inquietud por hacer algo que contribuya a prevenir que los jóvenes se pierdan.

Cuando a Don Bosco se le criticó alguna vez haber puesto en marcha la obra de servicio juvenil que lo haría famoso, San José Cafasso fue su gran defensor. Es más, el santo se volvió uno de los principales bienhechores de la naciente comunidad salesiana. A él también acudían toda clase de personas necesitadas, a las que recibió siempre con amabilidad y alegría contagiosa. Solía inculcar, además, en alumnos y discípulos espirituales la devoción al Santísimo Sacramento y a la Virgen María.
Amor a la Madre de Dios

“Toda la santidad, la perfección y el provecho de una persona está en hacer perfectamente la voluntad de Dios… querer lo que Dios quiere, quererlo en el modo, en el tiempo y en las circunstancias que Él quiere, y querer todo eso únicamente porque Dios así lo quiere”, solía decir el P. Cafasso. Son célebres también esas hermosas palabras pronunciadas en uno de sus últimos sermones: “Qué bello morir un día sábado, día de la Virgen, para ser llevados por Ella al cielo”. Y, justamente, así sucedió con él.

El sábado 23 de junio de 1860, el P. Cafasso fue convocado por Dios a su presencia. Tenía 49 años. San Juan Bosco, que presidió los ritos funerarios, recordó a su director espiritual y confesor como “maestro del clero, un seguro consejero, consuelo de los moribundos y gran amigo”.

San Jose Cafasso además de ser patrono de las cárceles es modelo de los sacerdotes comprometidos con la confesión y la dirección espiritual.(ACI Prensa).

22 junio, 2026

San Juan Fisher, oispo y mártir por la unidada de la Iglesia

 

22 de junio
San Juan Fisher, obispo y
Mártir por la unidad de la Iglesia

Este santo mártir nació en Beverley, Inglaterra, en el año 1469. A los 14 años ya era el estudiante más sobresaliente y, a los 20 fue nombrado profesor del colegio San Miguel. Se doctoró en la famosa Universidad de Cambridge, y a los 22 años, obtuvo ser dispensado de la falta de edad, y fue ordenado sacerdote. Poco después recibió el nombramiento de vicecanciller o vicerrector de la gran universidad.

En 1504, fue elegido nuestro santo como obispo de Rochester, cuando sólo tenía 35 años. Y él, como hacía con todos los cargos que le confiaban, se dedicó a este oficio con todas las fuerzas de su recia personalidad. Con un entusiasmo no muy frecuente en su época, se dedicó a visitar todas y cada una de las parroquias para observar si cada uno estaba cumpliendo con su deber, y animar a los no muy entusiastas.A los sacerdotes les insistía en la grave responsabilidad de cumplir muy exactamente sus deberes sacerdotales. Iba personalmente a visitar a los más pobres.

Dedicaba, además, muchas horas al estudio y a escribir libros. Se hicieron famosos sus discursos fúnebres a la muerte del rey Enrique VII y en el funeral de la reina Margarita. Aunque era obispo y además canciller de la universidad, llevaba una vida tan austera como la de un monje. No dormía más de seis horas. Hacía fuertes penitencias. Cuando Lutero empezó a difundir los errores de los protestantes, el obispo Fisher fue elegido para atacar tan fatales errores, y escribió cuatro libros para combatir los errores de los luteranos.

En un Sínodo de Inglaterra, el obispo Fisher protestó fuertemente contra la mundanalidad de algunos eclesiásticos, y la vanidad de aquellos que buscaban altos puestos y no la verdadera santidad. Cuando el rey Enrique VIII dispuso divorciarse de su legítima esposa y casarse con su concubina Ana Bolena, el obispo Juan Fisher fue el primero en oponerse. Y aunque muchos altos personajes, por conservar la amistad del rey, declararon que ese divorcio sí se podía hacer, en cambio Juan, aún con peligro de perder sus cargos y ser condenado a muerte, declaró públicamente que el matrimonio católico es indisoluble.

El terrible rey Enrique VIII se declaró jefe supremo de la Iglesia en Inglaterra en reemplazo del Sumo Pontífice, y todos los que deseaban conservar sus altos puestos en el gobierno y en la Iglesia, lo apoyaron. Pero Juan Fisher declaró que esto era absolutamente equivocado y en pleno Parlamento exclamó: "Querer reemplazar al Papa de Roma por el rey de Inglaterra, como jefe de nuestra religión es como gritarle un ‘muera’ a la Iglesia Católica".

Las amenazas de los enemigos empezaron a llegar sobre él. Dos veces lo llevaron a la cárcel. Otra vez trataron de envenenarlo. Le inventaron toda clase de calumnias, y como no lograron intimidarlo, lo mandaron encerrar en la Torre de Londres. Tenía entonces 66 años. Estando en prisión, recibió del sumo Pontífice el nombramiento de Cardenal. El impío rey exclamó: "Le mandaron el sombrero de Cardenal, pero no podrá ponérselo, porque yo le mandaré cortar la cabeza". Y así fue. El 17 de junio de 1535 le leyeron la sentencia de muerte.

El rey Enrique VIII mandaba matarlo por no aceptar el divorcio y por no aceptar que el rey reemplazara al Papa en el gobierno de la Iglesia Católica. Al llegar al sitio donde le van a cortar la cabeza, el venerable anciano se dirige a la multitud y les dice a todos que muere por defender a la Santa Iglesia Católica fundada por Jesucristo. Recita el "Tedeum" en acción de gracias y, muere. 

Otros Santos que se celebran hoy: Silverio, papa; Aldegunda, Florentina, vírgenes; Macario, Inocencio, obispos; Regimberto, Bertoldo, Mernico, confesores; Novato, Pablo, Ciriaco, mártires; José, anacoreta; Dermot O’Hurley, Margarita Bermingham viuda de Ball, Francisco Taylor, Ana Line, Margarita Cltheroe, Margarita Ward y compañeros mártires ingleses, beatos.

21 junio, 2026

Domingo 12 (A) del tiempo ordinario

 Por qué Jesús quería saber qué decía la gente de Él?

Domingo 12 (A) del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 10,26-33): En aquel tiempo, dijo Jesús a sus Apóstoles: «No tengáis miedo a los hombres. Pues no hay nada encubierto que no haya de ser descubierto, ni oculto que no haya de saberse. Lo que yo os digo en la oscuridad, decidlo vosotros a la luz; y lo que oís al oído, proclamadlo desde los terrados.

»Y no temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; temed más bien a aquel que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehenna. ¿No se venden dos pajarillos por un as? Pues bien, ni uno de ellos caerá en tierra sin el consentimiento de vuestro Padre. En cuanto a vosotros, hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. No temáis, pues; vosotros valéis más que muchos pajarillos.

»Porque todo aquel que se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos; pero a quien me niegue ante los hombres, le negaré yo también ante mi Padre que está en los cielos».

«No temáis a los que matan el cuerpo»
P. Antoni POU OSB Monje de Montserrat (Montserrat, Barcelona, España)

Hoy, después de elegir a los doce, Jesús los envía a predicar y los instruye. Les advierte acerca de la persecución que posiblemente sufrirán y les aconseja cuál debe ser su actitud: «No temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; temed más bien a aquel que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehenna» (Mt 10,28). El relato de este domingo desarrolla el tema de la persecución por Cristo con un estilo que recuerda la última Bienaventuranza del Sermón de la Montaña (cf. Mt 5,11).

El discurso de Jesús es paradójico: por un lado dice dos veces “no temáis”, y nos presenta un Padre providente que tiene solicitud incluso por los pajarillos del campo; pero por otra parte, no nos dice que este Padre nos ahorre las contrariedades, más bien lo contrario: si somos seguidores suyos, muy posiblemente tendremos la misma suerte que Él y los demás profetas. ¿Cómo entender esto, pues? La protección de Dios es su capacidad de dar vida a nuestra persona (nuestra alma), y proporcionarle felicidad incluso en las tribulaciones y persecuciones. Él es quien puede darnos la alegría de su Reino que proviene de una vida profunda, experimentable ya ahora y que es prenda de vida eterna: «Por todo aquel que se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos» (Mt 10,32).

Confiar en que Dios estará junto a nosotros en los momentos difíciles nos da valentía para anunciar las palabras de Jesús a plena luz, y nos da la energía capaz de obrar el bien, para que por medio de nuestras obras la gente pueda dar gloria al Padre celestial. Nos enseña san Anselmo: «Hacedlo todo por Dios y por aquella feliz y eterna vida que nuestro Salvador se digna concederos en el cielo».


Pensamientos para el Evangelio de hoy

    «Él me ha garantizado su protección; no es en mis fuerzas donde me apoyo. Tengo en mis manos su palabra escrita. ¿Qué es lo que ella me dice? ‘Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo’» (San Juan Crisóstomo)

    «¡No existe la misión cristiana a la enseñanza de la tranquilidad! Las dificultades y las tribulaciones forman parte de la obra de la evangelización, y nosotros estamos llamados a encontrar en ellas la ocasión para verificar la autenticidad de nuestra fe» (Francisco)

    «El discípulo de Cristo no sólo debe guardar la fe y vivir de ella, sino también profesarla, testimoniarla con firmeza y difundirla (…). El servicio y el testimonio de la fe son requeridos para la salvación (…)» (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 1.816) (evangeli.net).


20 junio, 2026

San Juan de Matera, fundador de la Orden de Pulsano

 San Juan de Matera, 20 de junio

Cada 20 de junio, la Iglesia celebra a San Juan de Matera, monje italiano fundador de la Orden de Pulsano -razón por la que se le conoce también como San Juan de Pulsano-. Por un largo periodo, Juan vivió como eremita en las montañas del sur de Italia. La congregación que fundó después fue parte de la gran familia benedictina, pero, lamentablemente, no sobrevivió en el tiempo y hoy se encuentra extinta.

Giovanni Scalcione nació en la ciudad de Matera, Reino de Nápoles (hoy parte de Italia), hacia el año 1070. Cuando era todavía un niño, Juan soñó con vivir como ermitaño. Cuando creció, quiso perseguir su sueño y dejó la casa de sus padres rumbo a las islas ubicadas frente a Tarento, donde había un monasterio. Allí ingresó en calidad de hermano lego para desempeñarse como pastor y guardián de rebaños.

Blanco de la hostilidad de este mundo

Tiempo después fue enviado a Ginosa donde comenzó a predicar y a promover la restauración del templo de la ciudad, alrededor del cual posteriormente se construiría un nuevo monasterio. En medio del esfuerzo restaurador, San Juan de Matera fue acusado injustamente de haberse apropiado de algunos bienes pertenecientes a la Iglesia y, por orden del gobernador de la provincia, sería condenado a prisión.

La acusación no era sino una calumnia armada por sus enemigos, celosos de la autoridad moral que exhibía el santo. Además, su conocida austeridad reforzaba la idea de que tanto las imputaciones como el castigo carecían de fundamento. También era verdad que parte de la población no deseaba un monasterio en el lugar pues veían con desagrado la posibilidad de que Juan fuese una voz alzada contra el poder secular que pretendía interferir en la vida eclesial.

Poco después, sin que se hayan aclarado bien las razones hasta hoy, Juan salió de prisión. Eso contribuyó al difundido rumor en ese momento de que había sido liberado por un ángel. El santo, entonces, se dirige a Capua, donde permanece por un breve tiempo antes de seguir su camino. Juan no podía permanecer en el lugar ya que los pobladores estaban asustados, temiendo represalias de las autoridades.

Incomprensión de sus hermanos

Llegado a Bari, retomó la predicación y la catequesis, pero fue acusado nuevamente, esta vez de herejía. Sus enemigos usaron como pretexto cierto énfasis que ponía Juan en la importancia de la austeridad para alcanzar la santidad. Cuando las cosas se aclararon, fue liberado nuevamente, gracias a que le permitieron defenderse ante los tribunales; derecho que ejerció personalmente y de manera brillante.

En 1130, en el antiguo monasterio de San Gregorio de Pulsano, construido gracias a su iniciativa y empuje, Juan fundó la congregación monástica que lleva el nombre de ‘Orden de San Pulsano’. Allí restituye la regla de San Benito en su espíritu y letra, y es nombrado abad, servicio que ejerció durante los diez siguientes años.

San Juan de Matera tuvo la bendición de ver crecer a sus hijos espirituales, que empezaron a hacerse conocidos y a aumentar en número -unos 50 monjes integraron la Orden en unos pocos años-.

El santo falleció el 20 de junio de 1139 en Foggia (Pulla), a donde había viajado con la intención de abrir un monasterio más para la congregación.(ACI Prensa).

19 junio, 2026

San Romualdo Abad, fundador de la Congregación Camaldulense de la Orden de San Benito

 

 San Romualdo Abad, 19 de junio

19 de junio
San Romualdo Abad, 
fundador de la Congregación Camaldulense de la Orden de San Benito

Cada 19 de junio la Iglesia celebra a San Romualdo Abad, monje del siglo X, fundador de la Congregación Camaldulense de la Orden de San Benito, conocida como la Orden de la Camáldula. Romualdo fue una de las figuras más importantes de la renovación del  monacato eremita (eremitismo).

"Amado Cristo Jesús, ¡tú eres el consuelo más grande que existe para tus amigos!", exclamaba el abad Romualdo, poniendo sobre relieve esa dimensión inevitable de la existencia humana que es el sufrimiento y que, aunque se intente acallar o edulcorar, siempre toca el alma en algún momento de la vida. Es precisamente en el dolor cuando Cristo Jesús se presenta para dar alivio y consuelo. Por eso, Romualdo sabía muy bien que Él, Jesús, es el amigo perfecto.

La conciencia moral, preámbulo de la fe

San Romualdo nació en Ravena (Italia) en la segunda mitad del siglo X, en el seno de una familia aristocrática. Recibió educación pagana, carente de impronta cristiana alguna, por lo que creció lleno de aspiraciones mundanas y prejuicios contra el cristianismo. No obstante, se dice que en medio de la vida que llevaba, de vez en cuando, sentía inquietudes por una vida distinta, cuando no, simplemente, le apremiaba la conciencia por alguna cosa que había hecho, sin saber bien el porqué.

El signo de la tragedia (y el pecado)

Después de ver cómo su padre mató a un hombre en un duelo, la vida de Romualdo dio un vuelco: decidió buscar un camino distinto, lejos del horror del que había sido testigo. Aquella tragedia había manchado de sangre las manos de quien más había amado y su interior anhelaba una justicia superior a la ley del talión.

Ese fue el impulso decisivo para considerar una vida cerca de Dios, a quien empezó a conocer. En la medida en que ese conocimiento aumentaba, Romualdo se sentía más atraído por la vida religiosa y, después de un tiempo meditando, pidió ser aceptado en un monasterio benedictino. Poco a poco, en ese monasterio, fue confirmando el llamado que Dios le había hecho desde siempre y que por mucho tiempo no quiso escuchar.

Romualdo vivió feliz y en paz consigo en el monasterio mientras se iba transformando en una suerte de inspiración o ejemplo para sus hermanos monjes, dada su sencillez y entusiasmo. Lamentablemente, no todos entre ellos lo apreciaban, incluso algunos -presos de la envidia o de un celo excesivo- se enemistaron con él y lo hostilizaron por años. Uno de esos monjes, hombre de ánimo rudo y áspero, llevaba por nombre Marino, quien era una auténtica cruz para Romualdo.

Amistad en el Señor

 Sin embargo, Dios ayudó a que la actitud de Marino cambiara. Le concedió a ambos monjes la oportunidad de trabajar juntos y vencer prejuicios e indisposiciones. Al final forjaron una amistad.

Romualdo y Marino suscitaron muchas conversiones, entre ellas la del jefe civil y militar de Venecia, el Dux (gobernador), quien también se haría monje. Aquel hombre fue ni más ni menos que San Pedro Urseolo (928-987).

Otra de las grandes conversiones que Dios obró a través de Romualdo fue la de su propio padre. Quien antaño había permitido que Romualdo creciera sin Dios, ahora le pedía a Él misericordia, en virtud a las oraciones y la perseverancia de su hijo. Fue tal el giro que dio el padre del abad Romualdo que, sin hacer mayor caso a su edad, abrazó la fe e ingresó a la vida monástica, viviendo en silencio y oración hasta el final de sus días.

Resistiendo a la tentación

Una de las luchas más difíciles que libró San Romualdo a lo largo de su vida fue contra la lujuria. Incluso alejado del mundo, las tentaciones contra la pureza volvían, y a veces de manera muy fuerte.

El Enemigo le presentaba imágenes impúdicas y espantosas. Sabía muy bien que su pasado podía ser usado para doblegar su fe. Así que, como el abad no consintió, se propuso entonces desalentarlo, haciéndole creer que la vida de oración, silencio y penitencia que llevaba era en realidad algo inútil. Felizmente, con la oración perseverante y tenaz, apoyada en la gracia, Romualdo salió airoso y abrazó sin miedo esa cruz que le tocó cargar.

Una sencilla oración o jaculatoria con la que el monje salía al frente de los ataques diabólicos era esta: "Jesús misericordioso, ten compasión de mí". El demonio viendo que Romualdo no cedía y que repitiéndola amaba más a Jesús, no tenía otra opción más que retirarse rumiando su derrota.

Reforma de la vida monástica

En 1012, San Romualdo fundó la Orden de la Camáldula, cuyos miembros se hacen llamar  “camaldulenses”. El propósito era la reforma de la vida benedictina a través de la recuperación del ascetismo.

Según la tradición, el santo tuvo una visión de una escalera en la que sus hermanos y discípulos subían al cielo vestidos de blanco. Su idea inicial había sido que sus monjes vistieran de negro, pero aquella visión lo inspiró a cambiar de decisión y ordenar a que vistan de blanco.

En la postrimerías de su vida el santo desarrolló una profunda unidad mística con Cristo. En ciertas oportunidades, incluso, Dios le permitió ver el futuro, como fue el caso de su propia muerte, la que anunció con anticipación. Con el espíritu puesto en manos de Dios, partió a la Casa del Padre el 19 de junio de 1027.

Hoy, los “camaldulenses” están agrupados en dos congregaciones, la de Camaldoli, integrada en la Confederación Benedictina; y la “reformada” de Monte Corona, fundada por el Beato Pablo Giustiniani, que restauró la vida camaldulense en su forma eremítica y austera. Estos últimos poseen monasterios en Italia, Polonia, España, Estados Unidos, Colombia y Venezuela.(ACI Prensa).

18 junio, 2026

San Gregorio Babarigo Obispo y Cardenal

 San Gregorio Barbarigo, 18 de junio

18 de junio
San Gregorio Babarigo
Obispo y Cardenal

Cada 18 de junio, la Iglesia celebra a San Gregorio Barbarigo, obispo y cardenal italiano del siglo XVII, quien destacó como pastor cuidadoso y preocupado, así como por su refinada educación y gran nivel académico.

Formó parte del cuerpo diplomático de su natal Venecia y después de la Santa Sede. Posteriormente, como obispo, respaldó importantes iniciativas pastorales -primero en Bérgamo y después en Padua- e hizo de las visitas pastorales parte de su sello personal. Por su capacidad de trabajo, sus coetáneos solían decir: “[Barbarigo]... hombre misericordioso con todos, pero severo consigo mismo”.

El Papa San Juan XXIII, natural de Bérgamo como Barbarigo, encontró en este santo un modelo a seguir y una fuente de constante inspiración apostólica.

Del servicio diplomático al servicio de Dios

Gregorio Giovanni Gasparo Barbarigo nació en la República de Venecia (hoy parte de Italia), el 16 de septiembre de 1625, en el seno de una prestigiosa familia de ese reino. Recibió una rigurosa formación católica y profesional.

A la edad de 20 años fue convocado por el gobierno veneciano para acompañar al embajador Luigi Contarini al célebre Congreso de Munster, en el que se firmaría el ‘Tratado de Westfalia’ (1648) que puso fin a la Guerra de los Treinta Años (1618-1648). En aquella ocasión conoció al nuncio apostólico Fabio Chigi, quien se haría su amigo y director espiritual, acompañándolo en el camino de discernimiento que lo condujo al sacerdocio. A los 30 años, en 1655, Gregorio fue ordenado sacerdote, mientras que Chigi -quien había sido creado cardenal- sería elegido Papa bajo el nombre de Alejandro VII.

Así, su amigo y consejero de siempre, convertido en cabeza de la Iglesia, nombró a Barbarigo canónigo de Padua y después, en 1657, obispo de Bérgamo. En 1660 el santo fue creado cardenal y cuatro años más tarde se le transfirió al obispado de Padua. Entre 1664 y 1697, Gregorio ocuparía el cargo de obispo de esa diócesis.

Difusor de la cultura católica a través de sus textos

Como pastor, Gregorio se condujo con santo celo, procurando el bienestar de su grey, al tiempo que hacía esfuerzos por fortalecer y expandir la cultura católica. Estaba convencido de que una vida de acuerdo al Evangelio era la mejor contribución que puede hacerse a la sociedad. Para ello, por ejemplo, se hizo de un par de imprentas, las que puso al servicio de su diócesis. San Gregorio quería que se publique y divulgue más la literatura católica, muchas veces rezagada con respecto a las publicaciones seculares o anticlericales. “Para el alma son necesarias muchas lecturas y que sean muy espirituales”, solía decir. Era claro, pues, que había que hacer uso de las herramientas disponibles de su tiempo -la imprenta, el libro, la biblioteca- si se quería producir un mayor bien a las almas.

En la misma línea, Barbarigo se preocupó de la formación de sus seminaristas: consiguió formadores competentes y aseguró el financiamiento de los seminarios de Padua y Bérgamo.

En Padua el santo abrió una biblioteca y una escuela políglota -la que se convertiría en una de las mejores de Italia-. Promovió la construcción de escuelas populares y catequéticas, preocupado no solo por la educación de los jóvenes sino también por la formación de los padres de familia y los educadores en general.

Una Iglesia que se renueva en la entrega

De personalidad benigna y misericordiosa, Gregorio se mostraba solícito con sus hijos espirituales, preocupado por quienes sufrían o habían caído en desgracia. Durante la gran peste de Roma apoyó el trabajo de atención a los enfermos, ocupándose directamente de muchos de ellos.

San Gregorio, interesado además en fortalecer el movimiento de la Contrarreforma, fundó la ‘Congregación de los Oblatos de los Santos Prosdócimo y Antonio’, inspirado por el ejemplo de otro gran santo, Carlos Borromeo (1538-1584), arzobispo de Milán e impulsor de la Reforma Tridentina.

San Gregorio Barbarigo murió santamente el 15 de junio de 1697. Fue beatificado en 1761 y canonizado dos siglos después por el Papa San Juan XXIII, el 26 de mayo de 1960.(ACI Prensa).


 

 

17 junio, 2026

San Alberto Chmielowski, "El Pintor de Dios"

 San Alberto Chmielowski, 17 de junio

17 de junio
San Alberto Chmielowski
De pintor a Santo 

Cada 17 de junio la Iglesia celebra a San Alberto Chmielowski, religioso polaco, al que muchos califican como “uno de los santos más importantes de nuestro tiempo”.

Chmielowski fue pintor de profesión, un artista que luego se haría religioso, movido por su inmenso deseo de servir al Señor en los hermanos. Y, como si esto fuera poco, el testimonio de vida que dejó y su figura espiritual se convirtieron en su más grande legado: Antonio fue el hombre que inspiró al Papa San Juan Pablo II, su más insigne compatriota, a conocer y a amar su particular vocación.

San Alberto Chmielowski fue el fundador de la Congregación de las Hermanas Albertinas Siervas de los Pobres -nombre actual de la congregación- y de los Hermanos de la Tercera Orden Regular de San Francisco, Servidores de los Pobres -conocidos como “albertinos”-.

Joven patriota

Adán Hilario Bernardo Chmielowski nació en un pequeño pueblo del reino de Polonia (en ese momento anexado al Imperio ruso), el 20 de agosto de 1845. De origen aristocrático, creció en un clima en el que se mezclaron los ideales patrióticos y el amor a quienes sufrían abandono.

Al cumplir los 18 años empezó a estudiar agricultura y recursos forestales. Por ese entonces participó de la denominada “Insurrección de 1863” contra la "rusificación" política y cultural de Polonia. Fue gravemente herido en una pierna, que tuvo que ser amputada después. Chmielewski decide entonces refugiarse en Bélgica, país donde realiza estudios de ingeniería y pintura, dejando atrás la carrera de agricultura. Se muda luego a París y después a Múnich.​

En 1873 se decreta en Polonia una amnistía y Chmielewski emprende el regreso. En Polonia entra en contacto con la pobreza y miseria, renuncia a la pintura profesional y se compromete en labores de asistencia a pobres, enfermos y gente sin hogar. Por esos días conoce a San Rafael Kalinowski, quien sería su director espiritual.

Hombre de Dios

En 1880, Chmielewski ingresó al noviciado jesuita en el pueblo de Stara Wies, pero no permaneció mucho allí. Decide entonces trasladarse como voluntario a un albergue público para gente sin techo. En 1887 solicita ser admitido a la Tercera Orden de San Francisco y en 1888 hace los votos religiosos tomando el nombre de “Alberto”.

El Hermano Alberto se convierte en el organizador y gestor de numerosas obras de caridad: asilos, refugios para los más pobres, casas para mutilados y enfermos incurables. Envía a las hermanas de la congregación que fundó a trabajar en hospitales militares; abre varios comedores públicos para hambrientos y orfanatos para niños y jóvenes desamparados.

Tras una vida de entrega, el santo murió víctima del cáncer de estómago en 1916, en Cracovia, en el asilo que él mismo había fundado en la ciudad. Fue beatificado el 22 de junio de 1983 por el Papa San Juan Pablo II, quien también lo canonizó el 12 de noviembre de 1989.

Al momento de morir, San Alberto dejó 21 casas para religiosos y religiosas en varios países, en las que hoy se siguen prestando servicio a los más necesitados.

A través de los ojos de San Juan Pablo II

En la misa de canonización de San Alberto Chmielowski, el Papa San Juan Pablo II dijo: “A sus 17 años (1863), siendo estudiante de la escuela de agricultura, participó en la lucha insurreccional por librar a su patria del yugo extranjero, y en esa lucha sufrió la mutilación de una pierna. Buscó el significado de su vocación a través de la actividad artística, dejando obras que aún hoy impresionan por una particular capacidad expresiva”.

El Papa polaco recordó también cómo unos años más tarde, en 1874, siendo ya Alberto un artista maduro, decidió dedicar “el arte, el talento y sus aspiraciones a la gloria de Dios”, dándole un giro a su vida; haciéndose siervo de Dios. Aquella transformación interior precipitó un cambio en su obra, pues comenzaron a predominar en su arte los temas religiosos.

El arte y la vida cristiana

Es cierto que el Hno. Alberto dejó las actividades profesionales relacionadas al arte por dedicar su vida al servicio de los marginados y olvidados. Sin embargo, es también cierto que no dejó completamente de pintar. El arte puede ser liberador para el artista que quiere expresarse a través de su obra, como un excelente medio para conmover al espectador y evangelizar. 

Por ejemplo, uno de los cuadros más reconocidos del santo, titulado “Ecce Homo” (“He aquí, el Hombre”, palabras con las que Pilatos presentó a Cristo a la multitud con ánimo de decidir su destino final), es el resultado de una experiencia profunda del amor misericordioso de Dios, así como de la fragilidad humana, experiencias claves en la transformación espiritual del santo y artista polaco.

15 junio, 2026

San Vito, Modesto y Crescencia; mártires

 

San Vito, Modesto y Crescencia, a los que se le atribuían poderes sobrenaturales, murieron por negarse rotundamente a rendir sacrificio a los dioses. Fueron sometidos a diversas torturas de las que salieron ilesos. Los mártires murieron en Lucania, agotados por sus sufrimientos.

El culto a estos tres santos se remonta a tiempos muy antiguos; sus nombres aparecen en el llamado martirologio de San Jerónimo o Hieronymianum. Dieron su vida por la fe en la provincia romana de Lucania, en el sur de Italia.

La veneración a San Vito se extendió tanto por Alemania, que su nombre se incluyó entre los Catorce Santos Protectores y se le consideró como patrono especial de los epilépticos y de los afectados por esa enfermedad nerviosa llamada ‘Baile de San Vito’, tal vez por eso se le tiene también por protector de los bailarines y actores. Asimismo, se le invocaba contra el peligro de las tormentas, contra el exceso de sueño, mordeduras de serpientes y contra todo daño que las bestias pueden hacer a los hombres. A menudo se le representa acompañado de alguna fiera.(ACI.Prensa).


14 junio, 2026

Domingo 11 (A) del tiempo ordinario

 Siguiendo el Evangelio: Jesús y sus discípulos

Domingo 11 (A) del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 9,36—10:8): En aquel tiempo, al ver Jesús a la muchedumbre, sintió compasión de ella, porque estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen pastor. Entonces dice a sus discípulos: «La mies es mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies».

Y llamando a sus doce discípulos, les dio poder sobre los espíritus inmundos para expulsarlos, y para curar toda enfermedad y toda dolencia. Los nombres de los doce Apóstoles son éstos: primero Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago el de Zebedeo y su hermano Juan; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo el publicano; Santiago el de Alfeo y Tadeo; Simón el Cananeo y Judas el Iscariote, el mismo que le entregó.

A estos doce envió Jesús, después de darles estas instrucciones: «No toméis camino de gentiles ni entréis en ciudad de samaritanos; dirigíos más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Id proclamando que ‘el Reino de los Cielos está cerca’. Curad enfermos, resucitad muertos, purificad leprosos, expulsad demonios. Gratis lo recibisteis; dadlo gratis».
 
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«Al ver Jesús a la muchedumbre, sintió compasión de ella, porque estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen pastor»

Rev. D. Joan SERRA i Fontanet (Barcelona, España)

Hoy, el Evangelio nos dice que el Señor —viendo al pueblo— se sentía turbado, porque aquel pueblo iba desorientado y cansado, como ovejas sin pastor (cf. Mt 9,36). El pueblo de Israel sabía muy bien, mejor que nosotros —hombres de ciudad— qué era un pastor, y el alboroto que se formaba cuando las ovejas se encontraban solas sin pastor.

Si Jesús viniera hoy, yo creo que repetiría las mismas palabras: pues hay muchas personas desorientadas, buscando cuál es el sentido de la vida. —Señor, ¿qué solución das a este gran problema? Pues Jesús pide oración, escoge a doce apóstoles y los envía a predicar el reino de Dios.

¡Escogió a doce Apóstoles! Envía a estos doce hombres a predicar: «‘El Reino de los Cielos está cerca’. Curad enfermos, resucitad muertos, purificad leprosos, expulsad demonios. Gratis lo recibisteis; dadlo gratis» (Mt 10,7-8). Lo que los Apóstoles hicieron, y nosotros hemos de hacer, es predicar a la persona adorable de Jesucristo y su mensaje de paz y de amor, y eso de una manera desinteresada.

Todos estamos convocados a ello: los sucesores de los Apóstoles —los obispos y los otros pastores— pero también, en unión con ellos, todos los fieles. Todos tenemos esta misión en el mundo: sanar a la humanidad de sus heridas, orientarla en sus búsquedas… No solamente los obispos y los sacerdotes, sino también los laicos: por ejemplo, en la familia —en su carácter de hogar y escuela de fe; en la universidad y en los colegios; en los medios de comunicación; en el mundo sanitario…, y cada cristiano en su ambiente de amistad y de trabajo.

Escuchemos a san Francisco de Sales, que escribe: «En la misma creación de las cosas, Dios, el Creador, mandó a las plantas que cada una diera el fruto según la especie. Igualmente, los cristianos —que son plantas vivas de la Iglesia— les mandó a cada uno de ellos que diera fruto de devoción según la calidad, el estado y la vocación que tuviera».

Pensamientos para el Evangelio de hoy

  • «La esperanza cristiana nos sostiene para comprometernos a fondo en la nueva evangelización y en la misión universal. Nos empuja a orar como Jesús nos lo ha enseñado: ‘Que venga a nosotros tu reino’» (San Juan Pablo II)

  • «La indiferencia: ¡cuánto mal hace a los necesitados la indiferencia humana! Y peor, ¡la indiferencia de los cristianos!» (Francisco)

  • «La Iglesia es católica: Anuncia la totalidad de la fe; lleva en sí y administra la plenitud de los medios de salvación; es enviada a todos los pueblos; se dirige a todos los hombres; abarca todos los tiempos; ‘es, por su propia naturaleza, misionera’ (Concilio Vaticano II)» (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 868)(evangeli.net)



13 junio, 2026

San Antonio de Padua, Patrono de los Matrimonios

 San Antonio de Padua, 13 de junio

Cada 13 de junio la Iglesia Católica celebra la fiesta de uno de los santos más queridos y venerados en el mundo: San Antonio de Padua (1195-1231).

La devoción y el afecto de tantos y tantos a lo largo de los siglos lo han convertido en un santo, en cierto sentido, “omnipresente”, ya que su nombre suele aparecer allí donde hay una iglesia, una parroquia, una escuela. Los fieles, que lo consideran “muy milagroso”, piden su intercesión en las más diversas ocasiones: cuando un objeto valioso se ha extraviado, cuando se busca pareja para casarse o, en los últimos tiempos, si alguien padece de enfermedad celíaca.

Llamado a servir a Cristo

San Antonio de Padua, conocido también como San Antonio de Lisboa por el lugar donde nació, perteneció a una familia de origen noble. Su nombre secular fue Fernando Martim de Bulhões e Taveira Azevedo, nacido en Portugal en 1195. De niño fue consagrado a la Santísima Virgen. En su adolescencia temprana estuvo rodeado de frivolidades que lo encandilaron, pero que supo bien rechazar después con la ayuda de la gracia de Dios. La consecuente experiencia de libertad que experimentó en el alma le permitió forjar una amistad sincera con el Señor, amistad que duraría toda la vida.

Como los buenos amigos se tratan con frecuencia, el futuro Antonio no perdía oportunidad para ponerse de rodillas frente al Santísimo Sacramento y rezar y rezar. Fue a través de la oración como Antonio entendió muy bien que solo Dios concede la verdadera fortaleza.

Tras los pasos de San Francisco de Asis

Fernando fue admitido en la orden franciscana a inicios de 1221; entonces, cambiaría su nombre por el de “Antonio”. Pronto, el novel fraile participaría en Asís (Italia) del capítulo general de la orden y más adelante sería enviado a predicar por pueblos y ciudades. Era tal su elocuencia que el Papa Gregorio IX (1227-1241) lo llamó sin titubeos “Arca del Testamento”. Su trato afable caló en el corazón de la gente, que buscaba estar cerca de él y que en más de una oportunidad le arrancó pedazos de su hábito. Por esa razón, se le tuvo que asignar un grupo de hermanos para protegerlo.

Antonio predicó en plazas y mercados. Sus sermones transformaron muchos corazones. Y se hizo frecuente ver a muchos conversos caer de rodillas a sus pies, agradecidos por haberse reencontrado con el amor y el perdón de Dios.

Hacedor de milagros

Fray Antonio se trasladó a Padua, donde ya había trabajado anteriormente. Allí denunció y  combatió los vicios sociales de la usura y la frivolidad. También dio ejemplo de lucidez y sabiduría -Antonio era un hombre estudioso y de gran capacidad intelectual-.

A pesar de su juventud, exhibía una madurez en la fe poco común. En síntesis, fue hombre de oración y acción, y por su intercesión se obraron muchos milagros. Uno de los más conocidos es este: un hombre retó a Fray Antonio a probar que Jesús estaba en la Eucaristía. Para ello, con ánimo de mofa, dejó sin comer tres días a su mula. Luego la llevó frente al templo y le mostró pasto fresco para comer, esperando que el animal le haga un “desaire” a Dios y se precipite sobre el alimento. Para su desconcierto y el de los presentes, la mula no comió; al contrario, se hincó sobre sus patas delanteras, como todo aquel que sabe que ante Dios solo cabe estar de rodillas. ¿Cuál era la explicación de semejante prodigio? San Antonio estaba frente al animal con el Santísimo elevado en las manos. Aquella mula había sido capaz de reconocer perfectamente al que tenía enfrente: Dios.

Se sabe que en una ocasión, el Niño Jesús se le apareció a Antonio y este lo sostuvo en sus brazos -milagro que nos recuerda la ternura de Dios y la nobleza del corazón del fraile portugués-.

Santo subito

Exhausto y enfermo, hacia el final de sus días, el santo se retiró a los bosques de las afueras de Padua para reponerse y orar. Viendo que el fin era inminente, pidió regresar, pero solo llegó hasta los límites de la ciudad.

El 13 de junio de 1231, Antonio recibió los últimos sacramentos, entonó un canto a la Virgen con dificultad y antes de partir a la Casa del Padre, dijo con una serena sonrisa: "Veo venir a Nuestro Señor". Tenía solo 35 años.

Fue canonizado por el Papa Gregorio IX antes de que transcurra siquiera un año de su muerte, y declarado Doctor de la Iglesia en el siglo XX por el Papa Pío XII.

Cuando algo se ha extraviado

Los devotos de San Antonio de Padua lo consideran el intercesor más eficaz en esos momentos en los que algo se nos ha extraviado. Esta tradición se habría originado en un problema que tuvo el fraile con un novicio.

Se cuenta que cierto día un novicio huyó del convento llevándose el salterio que usaba el santo. Antonio, entonces, oró para recuperar el libro. Ese día el exfraile y ladrón tuvo una visión terrible sobre su destino, que lo obligó a regresar al convento y devolver el objeto robado a su dueño.

El santo y los matrimonios

Muchos fieles acuden a San Antonio de Padua para encontrar un buen esposo o una buena esposa. También es patrono de las mujeres estériles, los pobres, viajeros, albañiles, panaderos y papeleros; finalmente, muchos lugares del mundo llevan su nombre. Ahí donde uno va, algo evoca su nombre. No por nada, el Papa León XII lo llamó “el santo de todo el mundo”.