09 julio, 2026

San Nicolas Pieck y 18 compañeros Mártires de Gorcum

 

 San Nicolas Pieck y 18 compañeros Presbítero y Mártires 09 de julio En  Brielle, a orillas del río Mosa, en Holanda, pasión de los santos mártires Nicolás  Pieck, presbítero, y de sus

9 de julio 
San Nicolas Pieck y 18 compañeros
Mártires de Gorcum

Martirologio Romano: En Brielle, a orillas del río Mosa, en Holanda, pasión de los santos mártires Nicolás Pieck, presbítero, y de sus diez compañeros religiosos de la Orden de los Hermanos Menores y ocho del clero diocesano o regular, todos los cuales, por defender la presencia real de Cristo en la Eucaristía y la autoridad de la Iglesia Romana, fueron sometidos por los calvinistas a toda clase de escarnios y tormentos, terminando ahorcados finalmente su combate (1572).

Etimológicamente: Nicolás = Aquel que es vencedor por el pueblo, es de origen griego.

Fecha de canonización:  el 29 de junio de 1867 por el Papa Pío IX.

Breve Reseña y Biografía

Es un grupo de 19 mártires a los que sometieron a un cruel martirio los calvinistas en Gorcum, cerca de Dordrecht en Holanda. Había un trasfondo político en este hecho, ya que Flandes en aquellos momentos pertenecía a la corona de española. El duque de Alba, gobernador de la región, fue derrotado por los calvinistas, y estos juraron vengarse no solo de todo lo que fuera leal a España, sino también a todos los católicos, sobre todos los religiosos, ya que se unía catolicismo con España.

Dordrecht y Gorcum, cayeron en manos del capitan calvinista Marino Brandt. La resistencia de las fuerzas leales al rey Felipe II, quedaron reducidas a una pequeña guarnición en la ciudadela de Gorcum. Allí habian buscado refugio el clero secular (3 sacerdotes: Nicolás Janssen, Leonardo Veckel, Godofredo van Duynen) y los religiosos varones de Gorcum; once franciscanos (Antonio de Hoornaer, Antonio de Weest, Cornelio de Wich, Francisco Rod, Jerónimo de Weerden, Nicolás Pieck, Godofredo de Melveren, Nicasio Jonson, Pedro Van Assche, Teodorico van der Eel y Willaldo de Dinamarca). Un canónigo regular de San Agustín (Juan de Oesterwich). Las dos comunidades femeninas –la de los monasterios franciscanos y agustino- se habían disuelto tiempo atrás, ante el peligro.

Los religiosos presintiendo su final se prepararon con la penitencia y la eucaristía que les llevó el dominico alemán Juan de Colonia, párroco de Hoornaert, que venía de Colonia, y había perdido permiso a su prior provincial acudir en ayuda de los católicos holandeses. El conde de La Mark ordenó que los llevaran presos a Brielle. Medio desnudos fueron conducidos en una barca, que se detuvo en Dordrecht para que fueran insultados por el populacho. En Brielle fueron acogidos por el jefe de los "gueux" (mendigos) Lumey, que organizó un simulacro de procesión desde el puerto hasta el centro de la ciudad. Los religiosos sin perder la calma, daban gracias a Dios y cantaban el Te Deum. Llegaron a la cárcel y allí encontraron en prisión a otros tres sacerdotes: dos premostratenses (Adrián Beccan y Jacobo Lacops). Un sacerdote secular: Andrés Wonthers. Fueron interrogados y se les ofreció la libertad si renegaban de su fe, pero ninguno aceptó. Guillermo de Orange, dio la orden que se respetase su vida, pero Lumey se negó a obedecer. Fueron ahorcados en el viejo convento de Santa Isabel, de la ciudad holandesa de Brielle, fueron ahorcados desnudos para más escarnio, además los lazos de las sogas estaban mal hechos para que sufrieran más. Bajaron sus cuerpos y se ensañaron con ellos descuartizándolos y llevándolos por la ciudad como trofeos.

San Nicolás PieckNicolás Pick nació en Gorcum el 29 de agosto de 1543 de familia de príncipes venida a menos, hijo de Juan y Enrica Calvia. Su padre era apegadísimo a la fe católica y en varias circunstancias se distinguió por su celo contra los errores del calvinismo que invadía a Holanda. El futuro mártir fue enviado a estudiar en un colegio en Bois?le?Duc. Apenas terminados los estudios pidió y obtuvo ser recibido en la Orden de los Hermanos Menores, recibió el hábito, hizo el noviciado, profesó y luego fue enviado a la célebre universidad de Lovaina para completar los estudios de filosofía y teología, mereciendo los más altos elogios de sus profesores, en especial del rector, Padre Adan Sasbouth.

En 1558, habiendo crecido en la escuela de los santos y ardiendo en seráfica caridad para con Dios y para con los hermanos, fue ordenado sacerdote. De inmediato se dedicó a la predicación del mensaje evangélico, recorriendo las principales ciudades de Holanda y Bélgica, combatiendo en todas partes la herejía, fortaleciendo a los fieles en la fe católica, reconduciendo a Dios una verdadera multitud de pecadores y a la Iglesia Católica a muchos calvinistas. Por todos era venerado y estimado como auténtico apóstol de Cristo. Fue elegido guardián del convento de Gorcum y supo transformar aquel lugar en un seráfico cenáculo de virtudes, de oración, de ciencia y de santidad.

En Nicolás brillaba la angelical pureza de alma. Alimentaba una filial devoción a la Santísima virgen reina de los ángeles y madre de los creyentes. Consideraba perdido el día en que no hubiera ofrecido un homenaje de piedad o sobre todo algún sacrificio por amor de la Virgen. Cada día, además del oficio divino, recitaba la corona franciscana de ls siete alegrías de María Santísima. La recitación del rosario era para el piadoso religioso la credencial de reconocimiento que marcaba su tierno amor hacia la Madre celestial, era la expresión genuina de su piedad serena y jovial.

En Gorcum trabó amistad con el santo párroco Leonardo Wechel, en cuya compañía en 1572 habría de compartir las duras batallas por la fe y el supremo triunfo del martirio.

En 1572 las herejías de Lutero y Calvino ya habían apartado de la Iglesia a una gran parte de Europa. En Holanda los calvinistas conquistaban poco a poco el poder y perseguían a los católicos. En Gorcum comenzó la vía dolorosa de nuestros mártires y se ejecutó en Brielle, en presencia del cruel Lumay. San Nicolás habló varias veces a sus conciudadanos ante la inminencia del martirio para prevenirlos contra los errores calvinistas, demostrando con sólidos argumentos la presencia real de Jesús en la Eucaristía y el primado del Sumo Pontífice, dogmas negados por los calvinistas. El 9 de julio de 1572 el Santo subió al patíbulo y no cesó de bendecir a Dios. El lazo le quitó la voz y le tronchó la vida, a los 38 años de edad.

Sus compañeros son: santos Jerónimo de Weert, Teodorico van der Eem, Nicasio de Heeze, Willechadus de Dania, Godefrido Coart de Melveren, Antonio d´Hoornaert, Antonio de Weert y Francisco de Roye, presbíteros de la Orden de los Hermanos Menores, y Pedro van der Slagmolen d´Assche y Cornelio de Wijk-bij-Duurstede, religiosos de la misma Orden; Juan Lenaerts, canónigo regular de San Agustín; Juan Coloniense, presbítero de la Orden de Predicadores; Adriano d´Hilvarenbeek, Santiago Lacops, presbítero de la Orden Premostratense; Leonardo Vechel, Nicolás Poppel, Godefrido van Duynen, Andrés Wouters, presbíteros. (Catholic.net).

08 julio, 2026

Beato Papa Eugenio III, "El Papa sufriente"

 Papa Beato Eugenio III

08 de julio
Beato Papa Eugenio III
El Papa Sufriente 

Cada 8 de julio, la Iglesia Católica recuerda al Beato Papa Eugenio III, a quien San Antonio de Padua describió como "uno de los Pontífices más grandes y que más sufrieron".

Su nombre de pila fue Bernardo Paganelli Montemagno, y nació en el desaparecido reino de Pisa (Italia) alrededor del año 1088.


Papa monje, monje Papa


Sobre los primeros años de vida de Bernardo -futuro Eugenio III- no hay mucha información. Sin embargo, se sabe con certeza que hacia el año 1106, con unos 18 o 19 años de edad, empezó a desempeñarse como canónigo del cabildo catedralicio de Pisa. A partir de 1115 aparece registrado como subdiácono de la catedral.

En algún momento entre 1134 y 1137, fue ordenado sacerdote por el Papa Inocencio II, quien residía en Pisa por aquel entonces. Influenciado por la figura de San Bernardo de Claraval, se hizo miembro de la Orden del Císter, en 1138, cuando bordeaba ya los 50 años de edad. Posteriormente se trasladó a la célebre abadía cisterciense de Clairvaux (Claraval), en Francia.

Convertido en monje, tomó el nombre de su abad o superior, ‘Bernardo’, manteniendo así su nombre de pila. Cuando el Papa Inocencio II pidió que algunos cistercienses fuesen a vivir a Roma, San Bernardo envió a su homónimo como jefe de la comitiva. El grupo de cistercienses se estableció en el monasterio de San Anastasio (Tre Fontane) en la localidad de Scandriglia.

Años después, a la muerte del Papa Lucio II en 1145, los cardenales eligieron como sucesor a Bernardo, quien seguía siendo abad de San Anastasio y era reconocido por su rectitud y fortaleza. El nuevo pontífice sería consagrado en la abadía de Farfa, tomando el nombre de Eugenio III. De esta manera, Bernardo, quien había renunciado al mundo para hacerse monje, terminaba erigido como el Papa número 167 de la Iglesia Católica, primer cisterciense en ocupar la Sede de Pedro. Se dice que siempre Eugenio III continuó vistiendo el hábito de su orden mientras ejerció el pontificado, hasta el día de su muerte.


En defensa de la cristiandad


En enero de 1147, Eugenio III aceptó gustoso la invitación que le hizo el rey Luis VII para que fuese a convocar una segunda cruzada a Francia. El monarca francés necesitaba el respaldo pontificio para recuperar la ciudad de Edessa (Turquía), erigida como bastión cristiano en Mesopotamia después de la primera cruzada. Como se sabe esta nueva cruzada, convocada por el Papa Eugenio, terminó en un sonado fracaso.

El Papa permanecería en territorio francés hasta que el clamor popular por la derrota le hizo imposible permanecer más tiempo en el país. Mientras duró su estancia, Eugenio III presidió los sínodos de París y Tréveris (Alemania), así como el Concilio de Reims (Renania, Alemania), que se ocuparon principalmente de fortalecer la enseñanza de la Iglesia contra las herejías del momento. En Reims, por ejemplo, San Bernardo de Claraval tuvo una participación especial en defensa de la doctrina trinitaria, puesta una vez más en cuestión por Gilberto Porretano (1070-1154), teólogo escolástico, quien tuvo que retractarse de sus afirmaciones.

Eugenio III, por un lado, impulsó la renovación de la curia y el episcopado con el propósito de responder a los requerimientos de los seglares que veían en sus autoridades eclesiales un claro antitestimonio cristiano; por otro, promovió la renovación de la vida religiosa, que pasaba también por una profunda crisis. Paralelamente hizo cuanto pudo por reorganizar las principales escuelas de filosofía y teología.

Un mundo en crisis

La naturaleza del mundo medieval es compleja y no puede ser entendida sin romper muchos de los paradigmas contemporáneos, esos con los que los hombres de hoy suelen acercarse a la historia en general. Parte de las dificultades que los medievales enfrentaron tuvo que ver con la separación de fueros. El ámbito espiritual y el ámbito temporal se entrecruzaron innumerables veces, produciendo grandes tensiones, cuando no, simples y directos enfrentamientos a causa de intereses particulares o luchas por el poder.

El saldo de la mayoría de los procesos históricos más importantes de aquel periodo no siempre estuvo de acuerdo a los principios que brotan del Evangelio, tanto dentro como fuera de la Iglesia. Por eso, los Papas que gobernaron cumplieron un papel importantísimo allí donde fue necesario corregir cosas o tomar decisiones en pos de la unidad del mundo cristiano. Ese fue el contexto que le tocó vivir al Papa Eugenio, y en él intentó hacer lo correcto.

Autoridad espiritual

En mayo de 1148 el Pontífice volvió a Italia y excomulgó a Arnoldo de Brescia -sacerdote con pretensiones reformadoras, pero contagiado de las posiciones erróneas de su maestro, el controvertido filósofo Pedro Abelardo-. Brescia había encabezado un movimiento cismático.

Ya el Papa Eugenio había combatido en diversas oportunidades distintos intentos por abolir la jerarquía eclesial y construir una iglesia de “puros” -de “no contaminados” con los evidentes errores o pecados de los miembros del clero-. El Papa Eugenio, además, tuvo que aliviar numerosas tensiones políticas, generadas por las luchas de poder entre las cabezas de los reinos de Italia, las que solo amainaban cuando los poderosos coincidían en la animadversión a la autoridad papal, tanto espiritual como temporal.

San Bernardo, consciente de la dureza de las batallas que el Papa libraba, dedicó al Sumo Pontífice su tratado ascético De Consideratione, donde afirmaba que el Papa tenía como principal deber atender los asuntos espirituales y que no debía dejarse distraer demasiado por asuntos que corresponden a otros fueros.

Eugenio III, quien partió de Roma en el verano de 1150, permaneció dos años y medio en la Campania, procurando obtener el apoyo político del emperador Conrado III y de su sucesor, Federico Barbarroja. Ciertamente, el Papa había excomulgado al cismático Brescia, pero este contaba con la protección de los germanos. En esto, como en el tema de la autonomía de los Estados Pontificios, la intención del Papa fue siempre la de mantener la unidad de Europa en torno a la cristiandad.

Eugenio III murió en Roma el 8 de julio de 1153. Su culto fue aprobado el 3 de octubre de  1872, tras ser declarado beato por el Papa Pio IX.(ACI Prensa).

San Isaías, El Profeta del Dios Altísimo

 8 de julio: Se conmemora a Isaías, el profeta que anunció la venida de Cristo  

08 de julio
San Isaías
El Profeta del Dios Altísimo 

Isaías fue el "profeta de la Confianza en Dios", considerado entre los más grandes profetas porque fue él quien anunció al Mesías, es decir, quien despertó las ansias por recibir al heredero del trono de David, portador de paz y de justicia, camino verdadero para llegar a Dios, Jesús.

En el Antiguo Testamento, Isaías destaca por la riqueza de su lenguaje, expresión del llamado "siglo de oro" de la literatura hebrea; sobre todo por belleza de sus textos que resaltan la importancia de las profecías referidas al pueblo de Israel, los pueblos paganos y a los tiempos mesiánicos y escatológicos.

Isaías, cuyo nombre significa "Dios salva", nació en Jerusalén en el año 765 A.C. y parece que perteneció a una familia aristócrata. Tanto la manera como se expresa, como la forma como se conduce a la hora de actuar, lo presentan como un hombre de una cultura y sabiduría poco comunes.

Ningún otro profeta describió con tanta claridad la figura de quien habría de ser el Redentor de la humanidad, ni nos proporciona tantos datos sobre lo que sería la vida del Mesías o enviado de Dios. Además, escribió el libro más largo de la Biblia -en las ediciones modernas suele ocupar unas 70 páginas-, y dada la penetración de sus descripciones, es posible afirmar que escribió "la primera biografía de Jesús", 7 siglos antes de su nacimiento.

El capítulo 53 del libro de Isaías es el retrato dramático y denso de la pasión y muerte del Mesías. El Profeta logra penetrar con sus palabras el núcleo mismo del dolor que habrá de redimir a la humanidad; y cada lector se convierte, por esa profundidad que le viene del Espíritu Santo, en una suerte de testigo ocular de la Pasión y Muerte de Jesús. Los pasajes se suceden dejando en claro que los sufrimientos del Enviado de Dios serán el pago a cuenta por nuestros pecados.

Pero la magnitud de lo relatado allí no puede desvincularse de lo que Isaias expresó en el capítulo 6 de su libro profético. Allí se narra cómo Dios lo llamó -y, por extensión, cómo nos llama a todos nosotros-: "Vi al Señor Dios, sentado en un trono excelso y elevado y miles de serafines lo alababan cantando: 'Santo, Santo es el Señor Dios de los ejércitos, llenos están el cielo y la tierra de Tu Gloria'. Yo me llené de espanto y exclamé: 'Ay de mí que soy un hombre de labios impuros y vivo en medio de un pueblo pecador y mis ojos ven al Dios Todopoderoso'. Entonces voló hacia mí uno de los serafines, y tomando una brasa encendida del altar la coloco sobre mis labios y dijo: 'Ahora has quedado purificado de tus pecados'. Y oí la voz del Señor que me decía: '¿A quién enviaré? ¿Quién irá de mi parte a llevarles mis mensajes?' Yo le dije: 'Aquí estoy Señor, envíame a mí'''.(ACI Prensa).


07 julio, 2026

Beata María Romero Meneses, Madre de los pobres y desposeídos

 Beata María Romero

07 de julio
Beata María Romero Meneses 
Madre de los pobres y desposeídos

Cada 7 de julio la Iglesia conmemora a la Beata María Romero Meneses, religiosa salesiana nicaragüense, quien dedicó su vida al servicio de los pobres y desposeídos. Sor María fue beatificada a inicios del milenio por el Papa San Juan Pablo II y es, por el momento, la segunda mujer originaria de Centroamérica en recibir tal dignidad. Hoy, su proceso de  canonización continúa en curso.

Sor María vivió 75 años, de los cuales cuarenta y seis fueron dedicados al servicio de Nuestro Señor, presente en los que sufren. Y es que Sor María fue capaz de encontrar en el prójimo el rostro de Cristo mismo cuando se hallaba sumido en su hora más difícil.

Promoción de la persona, promoción de la paz

La vida de la Beata María Romero está llena de ejemplos sencillos de cómo poner en práctica la caridad, de esos capaces de iluminar la manera como nosotros católicos debemos comprometernos en las causas sociales, es decir, anunciando a Jesús, siempre cercano, siempre presente.

En ese sentido, Sor María trabajó esperanzada en hacer de este mundo -tantas veces injusto- un lugar mejor, ‘un adelanto’ del Reino de Dios. Para eso -y ella lo sabía muy bien-  no es necesaria ni la violencia ni avivar heridas o acrecentar rupturas, como tampoco son necesarios los discursos grandilocuentes, ni las arengas estrepitosas. Ella fue la prueba fehaciente de que es la sencillez evangélica el camino más seguro para conseguir el objetivo.

Vocación de servicio a la sociedad

Sor María Romero Meneses nació en Granada, Nicaragua, el 13 de enero de 1902. Fue hija de un político muy reconocido de su país, don Félix Romero Arana, quien se desempeñó como ministro de Hacienda en el gobierno del presidente José Santos Zelaya. Su madre fue de origen español, doña Ana Meneses Blandón, mujer de profunda devoción y sensibilidad social.

En 1910 llegaron a Nicaragua las Hijas de María Auxiliadora (FMA), misioneras salesianas, congregación que conquistaría el corazón de una joven María Romero, quien se vincularía a ellas para siempre. Gracias a las hermanas, María sintoniza inmediatamente con la figura del gran apóstol de la juventud, Don Bosco, en cuya obra encuentra la un modelo y y una realización de los ideales más profundos de su corazón.

Nicaragua y Costa Rica unidas

En 1921 la joven recibió el hábito religioso -hizo el noviciado en la República de El Salvador- y pasó a llamarse Sor María Romero. Sus votos perpetuos los realizó en 1929. Un año y medio después (1931) fue enviada a Costa Rica. Allí sirvió como asistente en los consultorios médicos de la congregación, trabajó en internados de jóvenes y en la Asociación de Ayuda a los Necesitados. Esta última estaba integrada por familias que alguna vez vivieron en condiciones infrahumanas y que después, liberadas de tal situación, se dedicaban a ayudar a otras familias en mayor necesidad.

Además, Sor María se encargaba de la capacitación de las jóvenes y señoras en estado de abandono, a quienes instruía en las labores domésticas -cocina, costura y otros oficios- y así pudieran conseguir un trabajo que contribuya al sustento de sus familias. También ofrecía, a precios simbólicos o de forma gratuita, prendas de vestir nuevas y usadas que ella misma recolectaba; y repartía canastas con alimentos básicos.

Por otro lado, su vitalidad contagiosa y la solidez de sus emprendimientos apostólicos favorecieron la formación de círculos de donantes -empresarios, familias pudientes- para solventar su extensa obra. Mientras tanto, se organizaban grupos de voluntarias a quienes Sor María llamaba cariñosamente “misioneritas”. Fue así que se concretaron obras de la magnitud de la ‘Casa de la Virgen’ en San José.

Sin lugar a duda, los años en Costa Rica produjeron frutos abundantes. Dios le concedió también la bendición de ver cómo la labor social que realizaba muchas veces recaía en sus compatriotas nicaragüenses, quienes conformaban la comunidad migrante más grande del país y el porcentaje mayoritario entre los pobres. Sor María siempre vivió preocupada por ellos.

“Pues donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón” (Mt 6, 21)

El ideal de la beata fue siempre amar profundamente a Jesús y a la Virgen María, y su alegría mayor, acercar la verdad del Evangelio a los niños, los pobres, los que sufren, los marginados, y a todos aquellos a quienes Dios ama con pasión. Su recompensa: ser testigo del retorno de la paz entre sectores de la sociedad que se hallaban enfrentados, así como de la vuelta de la fe a muchas almas habitualmente consideradas perdidas.
El milagro

Sor María Romero falleció el 7 de julio de 1977 de un infarto al miocardio, durante un periodo de descanso.

En el año 2002 fue beatificada por el Papa San Juan Pablo II, tras comprobarse el milagro de la niña costarricense María Solís. Estando aún en el vientre de su madre, a la pequeña María se le realizaron una serie de estudios que apuntaban a un diagnóstico negativo. Los médicos concluyeron que nacería con labio leporino y otras múltiples deformaciones. Gracias a las oraciones ofrecidas por la madre de la niña a la Beata María Romero, la pequeña María Solis nació completamente sana.(ACI Prensa).


06 julio, 2026

Santa María Goretti, dulce mártir de la pureza

 Santa María Goretti
 
7 de julio
Santa María Goretti
Dulce mártir de la pureza 
 
Cada 6 de julio celebramos la fiesta de Santa María Goretti, la niña italiana de once años que fue asesinada por resistirse a ser ultrajada. María se defendió de su atacante con todas sus fuerzas y este, en represalia, le asestó varias puñaladas que la dejaron muy mal herida. Un día después fallecería en el hospital al que fue trasladada.

Contra lo que podría haberse esperado, una agonizante María -a imitación de Nuestro Señor Jesucristo en la cruz- le concedió el perdón al joven que la atacó.

El sacrificio de Santa María Goretti en defensa de la virtud cristiana y su actitud misericordiosa conmovieron al Papa Pío XII, quien la canonizó en 1950. El Pontífice la llamó “pequeña y dulce mártir de la pureza”.

Como Cristo, víctima inocente

Marietta (María) Goretti Carlini nació en 1890, en Corinaldo, provincia de Ancona (Italia). Fue hija de Luigi Goretti y Assunta Carlini, siendo la tercera de los siete hijos de la pareja. Sus padres la bautizaron al día siguiente de su nacimiento y, según la costumbre, la consagraron a la Virgen María.

Los Goretti carecían de bienes terrenales significativos, pero atesoraban el don de la fe y el deseo de que sus hijos vivieran cristianamente. La familia solía reunirse a diario para la oración en común y especialmente para el rezo del Santo Rosario. Y, como corresponde, sin excepción alguna, todos los domingos acudían juntos a Misa.

Un día, María se encontraba sola en casa ayudando en los quehaceres domésticos. Su padre había fallecido hacía cierto tiempo y su madre había salido al campo a trabajar como todos los días. Entonces, un jovenzuelo de 18 años llamado Alessandro Serenelli, hijo de un conocido de su padre, aprovechó las circunstancias para ingresar furtivamente en la casa. Alessandro, presa de sus bajos deseos, intentó abusar de María, pero dada la férrea resistencia de la niña, el agresor decidió acabar con ella y la apuñaló sin compasión -el parte médico daba constancia de hasta catorce puñaladas-.
 
La herencia más grande

María fue llevada al hospital, pero los médicos no pudieron hacer mucho. La pequeña permanecería unas horas más en agonía, en las que recibió la Santa Comunión y la Unción de los enfermos. Luego, momentos antes de morir, expresó su última voluntad: perdonar de corazón al hombre que la había atacado y por el que estaba perdiendo la vida. Aquel gesto quedó perennizado como testamento de misericordia para la humanidad entera. Fue el 6 de julio de 1902.

Alessandro Serenelli fue condenado a 30 años de cárcel. Sin embargo, no dio signos de arrepentimiento por años hasta que una noche tuvo un sueño en el que vio a María recogiendo flores en un prado y que al verlo se le acercó para entregárselas en las manos. Desde ese día Alessandro empezó a cambiar y comportarse mejor. Con 27 años de condena cumplidos fue puesto en libertad por su buen comportamiento. Y lo primero que hizo fue buscar a la madre de María y pedirle perdón por lo que había hecho. La mujer, igual que la pequeña mártir, también lo perdonó.
 
Mensaje a la juventud de hoy y siempre

En el año 2003, el Papa San Juan Pablo II, con ocasión de la celebración de la niña mártir, dijo: “Marietta, como era llamada familiarmente, recuerda a la juventud del tercer milenio que la auténtica felicidad exige valentía y espíritu de sacrificio, rechazo de todo compromiso con el mal y disponibilidad para pagar con el propio sacrificio, incluso con la muerte, la fidelidad a Dios y a sus mandamientos“.

“Hoy -continuó el Santo Padre- se exalta con frecuencia el placer, el egoísmo, o incluso la inmoralidad, en nombre de falsos ideales de libertad y felicidad. Es necesario reafirmar con claridad que la pureza del corazón y del cuerpo debe ser defendida, pues la castidad ‘custodia’ el amor auténtico”.

Los mártires, a lo largo de la historia de la Iglesia, murieron por amor a Cristo. El caso de Santa María Goretti no deja de tener el mismo carácter testimonial, con la particularidad de que su sacrificio se produjo en defensa de la virtud de la pureza o castidad, muchas veces desestimada, incomprendida o, incluso, despreciada por el mundo de hoy, pero sin la que es imposible entender, amar y encarnar a Cristo, cualquiera sea la época o circunstancia. (ACI Prensa).

05 julio, 2026

Domingo 14 (A) del tiempo ordinario

 Homilía: ¿Qué nos dijo Jesús el Domingo V de Pascua? | Perú Católico

Domingo 14 (A) del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 11,25-30): En aquel tiempo, tomando Jesús la palabra, dijo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce bien nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.

»Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera».

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«Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso»
P. Antoni POU OSB Monje de Montserrat (Montserrat, Barcelona, España)


Hoy, Jesús nos muestra dos realidades que le definen: que Él es quien conoce al Padre con toda la profundidad y que Él es «manso y humilde de corazón» (Mt 11,29). También podemos descubrir ahí dos actitudes necesarias para poder entender y vivir lo que Jesús nos ofrece: la sencillez y el deseo de acercarnos a Él.

A los sabios y entendidos frecuentemente les es difícil entrar en el misterio del Reino, porque no están abiertos a la novedad de la revelación divina; Dios no deja de manifestarse, pero ellos creen que ya lo saben todo y, por tanto, Dios ya no les puede sorprender. Los sencillos, en cambio, como los niños en sus mejores momentos, son receptivos, son como una esponja que absorbe el agua, tienen capacidad de sorpresa y de admiración. También hay excepciones, e incluso, hay expertos en ciencias humanas que pueden ser humildes por lo que al conocimiento de Dios se refiere.

En el Padre, Jesús encuentra su reposo, y su paz puede ser refugio para todos aquellos que han sido maleados por la vida: «Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso» (Mt 11,28). Jesús es humilde, y la humildad es hermana de la sencillez. Cuando aprendemos a ser felices a través de la sencillez, entonces muchas complicaciones se deshacen, muchas necesidades desaparecen, y al fin podemos reposar. Jesús nos invita a seguirlo; no nos engaña: estar con Él es llevar su yugo, asumir la exigencia del amor. No se nos ahorrará el sufrimiento, pero su carga es ligera, porque nuestro sufrimiento no nos vendrá a causa de nuestro egoísmo, sino que sufriremos sólo lo que nos sea necesario y basta, por amor y con la ayuda del Espíritu. Además, no olvidemos, «las tribulaciones que se sufren por Dios quedan suavizadas por la esperanza» (San Efrén).

Pensamientos para el Evangelio de hoy


    «Impongámonos realmente el trabajo de aprender la lección de la santidad de Jesús, cuyo corazón era manso y humilde. La primera lección de ese corazón es un examen de conciencia; el resto —el amor y el servicio— lo siguen inmediatamente» (Santa Teresa de Calcuta)

    «Jesús nos hace conocer al Padre. Y ¿a quién revela esto? Sólo quienes tienen el corazón como los pequeños son capaces de recibir esta revelación» (Francisco)

    «El Reino pertenece a los pobres y a los pequeños, es decir a los que lo acogen con un corazón humilde (…). [Jesús] se identifica con los pobres de todas clases y hace del amor activo hacia ellos la condición para entrar en su Reino» (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 544) (evangeli,net).



03 julio, 2026

Santo Tomás Apóstol, Patrono de los Jueces, Arquitetos y Teólogos

 Santo Tomás Apóstol

03 de julio
Santo Tomás Apóstol
Patrono de los Jueces, Arquitectos y 
Teólogos

Cada 3 julio la Iglesia Católica celebra la fiesta de Santo Tomás Apóstol, el sencillo pescador de Galilea a quien Jesús llamó a ser su discípulo. Quizá su incredulidad inicial, acaecida frente a los testimonios que hablaban de la Resurrección del Señor, ha quedado subrayada en exceso, un poco en detrimento de su posterior acto de fe cuando reconoció la divinidad de Jesús con firmeza y claridad. A él debemos, precisamente, aquellas hermosas palabras tomadas del Evangelio y que repetimos en cada misa, de rodillas, frente a Dios Eucaristía: “Señor mío y Dios mío” (Jn 20, 28) -reconocimiento de la presencia real de Cristo en el altar-.

El apóstol Tomás pronunció esas palabras a ocho días de la resurrección de Cristo, cuando este se apareció nuevamente a sus discípulos. Jesús dice a Tomás: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente» (Mt 28, 27).

Incredulidad y decepción, luego la fe fortalecida

El Evangelio de San Juan da cuenta de la incredulidad de Santo Tomás. Los discípulos le habían dicho: "Hemos visto al Señor", sin embargo, Tomás, que no estuvo con ellos cuando el Maestro apareció, no creyó y dijo: "Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré” (Jn 20, 25).


Entonces, «… se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: “La paz con vosotros». Luego le dice a Tomás: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente» (Jn 20, 27). Tomás respondió: «Señor mío y Dios mío» (Jn 20, 28).

La actitud inicial de Tomás refleja las dudas que probablemente le agobiaban el alma, incluso quizás hasta un sentimiento de decepción que lo atormentaba. Él había puesto su confianza en Jesús y había permanecido a su lado por mucho tiempo, y de pronto todo se mostraba confuso, oscuro, incierto. Tomás había creído en el amigo y confiaba en Él, pero tras la muerte de este, andaba desorientado.

Por eso Jesús, en su bondad, le da la oportunidad de redimirse y él aceptará la invitación. Sus palabras finales -como hemos visto- saldan la cuenta. Tomás, con la ayuda del Espíritu, logra vencer su falta de fe: “Señor Mío y Dios Mío”. Ahora el apóstol está seguro de que es el mismo Jesús quien tiene enfrente y que es el Dios verdadero. Tomás se ha convertido así en el primero de los apóstoles en reconocer plenamente la divinidad de Cristo resucitado.

El hombre de rodillas frente a la divinidad

Tiempo atrás hubo un momento entre Tomás y Jesús de características similares, y que vale la pena recordar hoy, en este contexto: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí”, dijo Jesús revelando su naturaleza. El Maestro se expresó así a propósito de una pregunta hecha por Tomás: “Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?” (Jn 14, 5).

Una vez que los Apóstoles fueron enviados por el Espíritu Santo a predicar la Buena Noticia a todas las naciones, Tomás se dirigió a Persia y sus alrededores, así como a Etiopía e India, donde la tradición da cuenta del final de su vida, sometido al martirio.

El cinto de la Virgen María

Al santo se le atribuye haber recibido el cinto de la Santísima Virgen María, con el que es a veces representado artísticamente. De acuerdo a una antigua tradición, Tomás tampoco creyó en la Asunción de la Virgen María, e hizo abrir la tumba donde algunos decían que se hallaba el cuerpo de la Virgen. Esa misma tradición señala que Tomás se encontró solo con las abundantes flores que llenaban la fosa y que la Madre de Dios, desde el cielo, se desató el cinturón y lo dejó caer en las manos del apóstol.

Santo Tomás es considerado patrono de los arquitectos, constructores, jueces, teólogos y de las ciudades de Prato, Parma y Urbino en Italia.

“El Señor sabe por qué hace las cosas”

El día de la fiesta de Santo Tomás de 2013, el Papa Francisco hizo una reflexión sobre el apóstol Tomás, y recordó a los fieles que “el Señor sabe por qué hace las cosas. A cada uno de nosotros le da el tiempo que él piensa que es mejor para nosotros. A Tomás le ha concedido una semana. Jesús se presenta con sus llagas: todo su cuerpo estaba limpio, hermoso, lleno de luz, pero las llagas estaban y están todavía, y cuando el Señor vendrá, al final del mundo, nos enseñará sus llagas (...)”.

“Tomás, para creer, quería meter sus dedos en las llagas: era un testarudo. Pero el Señor quiso precisamente un testarudo para hacernos comprender algo más grande. Tomás vio al Señor, que le invitó a meter el dedo en la herida de los clavos, a poner su mano en el costado y no dijo: es verdad: el Señor ha resucitado. ¡No! Fue más allá. Dijo: ¡Dios! Es el primer discípulo que confiesa la divinidad de Cristo después de la resurrección, y que adora propiamente" (Papa Francisco).(ACI Prensa).

02 julio, 2026

San Bernardino Realino SJ, Patrono Celestial de Lecce y Padre de los presos y enfermos

 

 San Bernardino Realino - The Society of Jesus

2 de julio
San Bernardino Realino SJ
Patrono Celestial de Lecce y
Padre de los presos y enfermos

Por: Francisco Zurbano, S. I. | Fuente: www.mercaba.org

Martirologio Romano:  En Lecce, en la región de Apulia, san Bernardino Realino, presbítero de la Orden de la Compañía de Jesús, ilustre por su caridad y su benignidad, el cual, despreciando los honores del mundo, se entregó al cuidado pastoral de los presos y de los enfermos, así como al ministerio de la palabra y de la penitencia.  († 1616).

Fecha de beatificación: 12 de enero de 1896 por el Papa León XIII
Fecha de canonización: 22 de junio de 1947 por el Papa Pío XII


Breve Biografía

Con San Bernardino Realino ocurrió un hecho insólito: Sin esperar a que traspasase el umbral de la muerte fue nombrado patrono celestial de la ciudad de Lecce, donde murió.

Ocurrió a comienzos de 1616. Por toda la ciudad corrió el rumor de que el padre Bernardino Realino, que había sido su apóstol durante cuarenta y dos años, estaba a punto de muerte. Era por entonces alcalde de la ciudad Segismundo Rapana, hombre previsor y decidido. Informado de la gravedad del "Santo Bernardino", se presenta con una comisión del Ayuntamiento en el colegio de los jesuitas. Los guardias le abren paso entre el gentío que se ha formado en la portería del colegio. Llegado a la presencia del moribundo, saca de su casaca un documento que llevaba preparado y lo lee delante de todos:

"Grande es nuestro dolor, oh padre muy amado, al ver que nos dejáis, pues nuestro más ardiente deseo sería que os quedarais para siempre entre nosotros. No queriendo, sin embargo, oponernos a la voluntad de Dios, que os convida con el cielo, deseamos, por lo menos, encomendaros a nosotros mismos y a toda esta ciudad, tan amada por vos, y que tanto os ha amado y reverenciado. Así lo haréis, oh padre, por vuestra inagotable caridad, la cual nos permite esperar que queráis ser nuestro protector y patrono en el paraíso, pues por tal os elegimos desde ahora para siempre, seguros de que nos aceptaréis por fieles siervos e hijos, ya que con vuestra ausencia nos dejáis sumergidos en el más profundo dolor".

El anciano padre, acabado como estaba por la enfermedad, hizo un supremo esfuerzo y pudo, al fin, pronunciar un "Sí, señores" que llenó al alcalde y a toda la ciudad de inmenso júbilo.

Había nacido San Bernardino Realino en Carpi, ducado de Módena, el 1 de diciembre de 1530. Su familia pertenecía a la nobleza provinciana. Su padre, don Francisco Realino, fue caballerizo mayor de varias cortes italianas. Por este motivo estaba casi siempre ausente de su casa. La educación del pequeño Bernardino estuvo confiada a su madre, Isabel Bellantini.

Dicen que Bernardino era un niño hermoso, de finos modales, todo suavidad en el trato, siempre afable y risueño con todos. A su buena madre le profesó durante toda su vida un cariño y una veneración extraordinarios. Durante sus estudios un compañero le preguntó: "Si te dieran a escoger entre verte privado de tu padre o de tu madre. ¿qué preferirlas?" Bernardino contestó como un rayo: "De mi madre jamás." Dios, sin embargo, le pidió pronto el sacrificio más grande.

Su madre se fue al cielo cuando él todavía era muy joven. Su recuerdo le arrancaba con frecuencia lágrimas de los ojos. Ella se lo había merecido por sus constantes desvelos y principalmente por haberle inculcado una tierna devoción a la Virgen María.

En Carpi comenzó el niño Bernardino sus estudios de literatura clásica bajo la dirección de maestros competentes. "En el aprovechamiento —escribe el mismo Santo—, si no aventajó a sus discípulos, tampoco se dejó superar por ninguno de ellos." De Carpi pasó a Módena y luego a Bolonia, una de las más célebres universidades de su tiempo, donde cursó la filosofía.

Fue un estudiante jovial y amigo de sus amigos. Más tarde se lamentará de "haber perdido muchísimo tiempo con algunos de sus compañeros, con los cuales trataba demasiado familiarmente".

Fue, pues, muchacho normal. Hizo poesías. Llevó un diario íntimo como todos, y se enamoró como cualquier bachiller del siglo XX. Hasta tuvo sus pendencias, escapándosele alguna cuchillada que otra...

"Habiéndome introducido por senda tan resbaladiza —escribe el Santo refiriéndose a aquellos días—, vino el ángel del Señor a amonestarme de mis errores, y, retrayéndome de las puertas del infierno, me colocó otra vez en la ruta del cielo".

¿Quién fue este "ángel del cielo"?


Un día vio en una iglesia a una joven y quedó prendado de ella. La amó con un amor maravilloso, "hasta tal punto -son sus palabras- de cifrar toda mi dicha en cumplir sus menores deseos. No obedecerla me parecía un delito, porque cuanto yo tenía y cuanto era reconocía debérselo a ella". Esta joven se llamaba Clorinda. Bellísima, había dominado por sí misma, sin ayuda de nadie, el vasto campo de la literatura y la filosofía. Era profundamente piadosa. Frecuentaba la misa y la comunión. Precisamente la vista de su angelical postura en la iglesia fue lo que prendió en el corazón de Bernardino aquella llama de amor puro y bello que elevó su espíritu a lo alto, como lo demuestran las cartas y poesías que se cruzaron entre los dos y que todavía se conservan. Clorinda y Bernardino tuvieron una confianza cada día creciente, pero siempre delicada y noble.

Bernardino tenía proyectado graduarse en Medicina. Pero a Clorinda no le gustaba, y él se sometió dócilmente a los deseos de ella. Había que cambiar de carrera y comenzar la de Derecho.

-Grande y ardua empresa quieres que acometa- le dijo Bernardino.
-Nada hay arduo para el que ama- fue la respuesta de Clorinda.

Dicho y hecho. Bernardino se sumergió materialmente en los libros de leyes, que le acompañaban hasta en las comidas, y tan absorto andaba con Graciano y Justiniano, que a veces trastornaba extrañamente el orden de los platos, Por fin, el 3 de junio de 1546, a los veinticinco años, se doctoró en ambos Derechos, canónico y civil, coronando así gloriosamente el curso de sus estudios.

A los seis meses de terminar la carrera fue nombrado podestá, o sea alcalde, de Felizzano. Del gobierno de esta pequeña ciudad pasó al cargo de abogado fiscal de Alessandría, en el Piamonte. Después se le nombró alcalde de Cassine, De Cassine pasó a Castel Leone de pretor a las órdenes del marqués de Pescara.

En todos estos cargos se mostró siempre recto y sumamente hábil en los negocios. He aquí el testimonio —un poco altisonante, a la manera de la época— de la ciudad de Felizzano al terminar en ella su mandato el doctor Realino:

"Deseamos poner en conocimiento de todos que este integérrimo gobernador jamás se desvió un ápice de la justicia, ni se dejó cegar por el odio, ni por codicia de riquezas. No es menos de admirar su prudencia en componer enemistades y discordias; así es que tanta paz y sosiego asentó entre nosotros, que creíamos había inaugurado una nueva era la tranquilidad y bonanza. Siempre tomó la defensa de los débiles contra la prepotencia de los poderosos; y tan imparcial se mostró en la administración de la justicia que nadie, por humilde que fuese su condición, desconfió jamás de alcanzar de él sus derechos".

El marqués de Pescara quedó tan satisfecho de las actuaciones de Realino que, cuando tomó el cargo de gobernador de Nápoles en nombre de España, se lo llevó consigo como oidor y lugarteniente general.

En Nápoles le esperaba a Bernardino la Providencia de Dios.

La felicidad de este mundo es poca y pasa pronto. Clorinda se cruzó en la vida de Bernardino rápida y bella como una flor. Ella, que le había animado tanto en los estudios, murió apenas daba los primeros pasos en el ejercicio de su carrera. La muerte de Clorinda abrió en el alma de Bernardino una herida profunda que difícilmente podría curarse. Fue una lección de la vanidad de las cosas de este mundo.

El recuerdo de aquella joven querida le alentaba ahora desde el cielo, presentándosele de tiempo en tiempo radiante de luz y de gloria y exhortándole a seguir adelante en sus santos propósitos.

Un día paseaba el oidor por las calles de Nápoles cuando tropezó con dos jóvenes religiosos cuya modestia y santa alegría le impresionó vivamente. Les siguió un buen trecho y preguntó quiénes eran. Le dijeron que "jesuitas", de una Orden nueva recientemente aprobada por la Iglesia.

Era la primera noticia que tenía Bernardino de la Compañía de Jesús. El domingo siguiente fue oír misa a la iglesia de los padres.

Entró en el momento en que subía al púlpito el padre Juan Bautista Carminata, uno de los oradores mejores de aquel tiempo. El sermón cayó en tierra abonada. Bernardino volvió a casa, se encerró en su habitación y no quiso recibir a nadie durante varios días. Hizo los ejercicios espirituales, y a los pocos días la resolución estaba tomada. Dejaría su carrera y se abrazaría con la cruz de Cristo.

Su madre había muerto, Clorinda había muerto. Su anciano padre no tardaría mucho en volar al cielo. No quería servir a los que estaban sujetos a la muerte. Pero, ¿cuándo pondría por obra su propósito? ¿Dónde? ¿No sería mejor esperar un poco?

Un día del mes de septiembre de 1564, mientras Bernardino rezaba el rosario pidiendo a María luz en aquella perplejidad, se vio rodeado de un vivísimo resplandor que se rasgó de pronto dejando ver a la Reina del Cielo con el Niño Jesús en los brazos. María, dirigiendo a Bernardino una mirada de celestial ternura, le mandó entrar cuanto antes en la Compañía de Jesús.

Contaba Bernardino, al entrar en el Noviciado, treinta y cuatro años de edad. Era lo que hoy decimos una vocación tardía. Por eso una de sus mayores dificultades fue encontrarse de la noche a la mañana rodeado de muchachos, risueños sí y bondadosos, pero que estaban muy lejos de poseer su cultura y su experiencia de la vida y los negocios. Con ellos tenía que convivir, y el exlugarteniente del virrey de Nápoles tenía que participar en sus conversaciones y en sus juegos, y vivir como ellos pendiente de la campanilla del Noviciado, siempre importuna y molesta a la naturaleza humana. Pero a todo hizo frente Bernardino con audacia y a los tres años de su ingreso en la Compañía se ordenó de sacerdote. Todavía continuó estudiando la teología y al mismo tiempo desempeñó el delicado cargo de maestro de novicios.

En Nápoles permaneció tres años ocupado en los ministerios sacerdotales como director de la Congregación, recogiendo a los pillos del puerto, visitando las cárceles y adoctrinando a los esclavos turcos de las galeras españolas. Pero en los planes de Dios era otra la ciudad donde iba a desarrollar su apostolado sacerdotal.

Lecce era y es una población de agradable aspecto. Capital de provincia, a 12 kilómetros del mar Adriático, es el centro de una comarca rica en viñedos y olivares. Sus habitantes son gentes sencillas que se enorgullecen de las antiguas glorias de la ciudad, cargada de recuerdos históricos.

El ir nuestro Santo a Lecce fue sin misterio alguno. Desde hacia tiempo la ciudad deseaba un colegio de Jesuitas, y los superiores decidieron enviar al padre Realino con otro padre y un hermano para dar comienzo a la fundación y una satisfacción a los buenos habitantes de la ciudad, que oportuna e inoportunamente no desperdiciaban ocasión de pedir y suspirar por el colegio de la Compañía.

Los tres jesuitas, con sus ropas negras y sus miradas recogidas, entraron en la ciudad el 13 de diciembre de 1574. Por lo visto la buena fama del padre Bernardino Realino le había precedido, porque el recibimiento que le hicieron más parecía un triunfo que otra cosa. Un buen grupo de eclesiásticos y de caballeros salió a recibirles a gran distancia de la ciudad. Se organizó una lucidísima comitiva, que recorrió con los tres jesuitas las principales calles de Lecce hasta conducirlos a su domicilio provisional.

El padre Realino era el superior de la nueva casa profesa. En cuanto llegó puso manos a la obra de la construcción de la iglesia de Jesús y a los dos años la tenía terminada. Otros seis años, y se inauguraba el colegio, del cual era nombrado primer rector el mismo Santo.

Desde el primer día de su estancia en Lecce el padre Realino comenzó sus ministerios sacerdotales con toda clase de personas, como lo había hecho en Nápoles. Confesó materialmente a toda la ciudad, dirigió la Congregación Mariana, socorrió a los pobres y enfermos. Para éstos guardaba una tinaja de excelente vino que la fama decía que nunca se agotaba. Después de los pobres de bienes materiales, comenzaron a desfilar por su confesonario los prelados y caballeros, tratando con él los asuntos de conciencia. "Lo que fue San Felipe Neri en la Ciudad Eterna —dice León XIII en el breve de beatificación de 1895— esto mismo fue para Lecce el Beato Bernardino Realino. Desde la más alta nobleza hasta los últimos harapientos, encarcelados y esclavos turcos, no había quien no le conociese como universal apóstol y bienhechor de la ciudad." El Papa, el emperador Rodolfo II y el rey de Francia Enrique IV le escribieron cartas encomendándose en sus oraciones. Tal era la fama de el "Santo de Lecce".

Los superiores de la Compañía pensaron en varias ocasiones que el celo del padre Realino podría tal vez dar mejores frutos en otras partes y decidieron trasladarle del colegio y ciudad de Lecce. Tales noticias ocasionaron verdaderos tumultos populares. En repetidas ocasiones los magistrados de la ciudad declararon que cerrarían las puertas e impedirían por la fuerza la salida del padre Bernardino. Pero no fue necesario, porque también el cielo entraba en la conjura a favor de los habitantes de Lecce. Apenas se daba al padre la orden de partir, empeoraba el tiempo de tal forma que hacía temerario cualquier viaje. Otras veces, una altísima fiebre misteriosa se apoderaba de él y le postraba en cama hasta tanto se revocaba la orden. De aquí el dicho de los médicos de Lecce: "Para el padre Realino, orden de salir es orden de enfermar".

Pasaron muchos años y la santidad de Bernardino se acrisoló. Recibió grandes favores del cielo. Una noche de Navidad estaba en el confesonario y una penitente notó que el padre temblaba de pies a cabeza a causa del intenso frío. Terminada la confesión la buena señora fue al que entonces era padre rector a rogarle que mandara retirarse al padre Bernardino a su habitación y calentarse un poco. Obedeció el Santo la orden del padre rector. Fue a su cuarto y mientras un hermano le traía fuego se puso a meditar sobre el misterio de la Navidad. De repente una luz vivísima llenó de resplandor su habitación y la figura dulcísima de la Virgen María se dibujó ante él. Como la otra vez, llevaba al Niño Jesús en sus brazos. "¿Por qué tiemblas, Bernardino?", le preguntó la Señora. "Estoy tiritando de frío", le respondió el buen anciano. Entonces la buena Madre, con una ternura indescriptible, alarga sus brazos y le entrega el Niño Jesús. Sin duda fueron unos momentos de cielo los que pasó San Bernardino Realino. Lo cierto es que, al entrar poco después el hermano con el brasero, le oyó repetir como fuera de sí: "Un ratito más, Señora; un ratito más." En todo aquel invierno no volvió a sentir frío el padre Bernardino.

Llegó el año 1616. La vida del padre Realino se extinguía. "Me voy al cielo", dijo, y con la jaculatoria "Oh Virgen mía Santísima" lo cumplió el día 2 de julio. Tenía ochenta y dos años, de los cuales la mitad, cuarenta y dos, los había pasado en Lecce, dándonos ejemplo de sencillez y de constancia en un trabajo casi siempre igual.

Muerto el padre, el ansia de obtener reliquias hizo que el pueblo desgarrara sus vestidos y se los llevara en pedazos, lo cual hizo imposible la celebración de la misa y el rezo del oficio de difuntos. Y, así, los funerales de este hombre tan popular y tan querido de todos tuvieron que celebrarse a puerta cerrada y en presencia de contadísimas personas.

Fue canonizado por el Papa Pío XII en el año 1947. (Catholic.net)

01 julio, 2026

San Oliver Plunkett, Mártir de Irlanda

1 de julio
San Oliver Plunkett
Mártir de Irlanda

Nació en 1 de Noviembre de 1629. Oliver fue educado, desde su juventud, en la devota religiosidad viril, propia de la "isla de los santos". Imposibilitado de poder realizar los estudios teológicos en su patria, se fue a Roma a los dieciséis años; recibió allí las sagradas órdenes y trabajó benéficamente como profesor de teología moral en el Colegio de la Propaganda. El 9 de julio de 1669, fue consagrado arzobispo de Armagh y llegó a su sede en marzo de 1670.

Los siguientes diez años no nos muestran ningún hecho sorprendente, ninguna aparición estrepitosa en público. Sólo el trabajo callado y arduo del arzobispo Oliver. superando la fatiga, visitaba las parroquias dispersas, sin tener en cuenta los caminos largos y peligrosos. Consolaba a los abatidos, administraba los sacramentos y, cuando una parroquia se encontraba abandonada, enviaba un sacerdote que no temiera la pobreza o la persecución.

Entre sus paisanos, Oliver Plunket se convirtió de nuevo en un completo irlandés. Se sacrificaba por ellos y ellos le agradecían incluyéndolo cada mañana en su oración, antes de comenzar la tarea diaria. Eran agricultores o ganaderos sedentarios, pero ninguno era rebelde. Cualquier idea sobre una conspiración era ajena a su manera de ser; a pesar de eso, el 23 de julio de 1680, se encontró el arzobispo ante el tribunal de Dundalk, debido a la absurda acusación de haber contratado a setenta mil irlandeses católicos para asesinar a todos los protestantes. Uno de los llamados cazadores de sacerdotes, había seguido el rastro del primado cuando asistía al anciano obispo de Meath, durante su agonía. Aquellos cazadores recibían de parte de las autoridades como otros Judas, 10 libras esterlinas por el arresto de un obispo o de un jesuita.

Después de una larga detención en su "querida y cara celda" Dublin, Oliver Plunket fue trasladado a la torre de Londres; se formuló la acusación de "alta traición" la sentencia del jurado fue "culpable".

Se le había negado el término necesario para poder llamar de Irlanda a sus testigos de exoneración de tal manera que él mismo que defender con fuego y pasión y no entregó su nombre honrado sin luchar. Indignado, rechazó la suposición de haber comprado vida libertad por medio de un testimonio falso: "Muy señor mío, morir diez mil veces a robarle a un ser humano injustamente un centavo de sus bienes, o un día de su libertad, o un minuto de su vida".

Cuando, el 11 de julio de 1681, Oliver Plunket fue llevado al cadalso, se detuvo, una vez más, ante la multitud que rodeaba el patíbulo, para pronunciar un discurso maravilloso de defensa; perdonó a sus acusadores y asesinos y rezó, en voz alta, por los miembros de la familia real inglesa. Después dijo el solemne "Miserere" hasta que la soga apagó sus últimas palabras. Su cuerpo fue partido en cuatro partes.

Después de la muerte del arzobispo cesó la gran persecución. (ACI Prensa).