20 julio, 2010

El Divino Niño

Oh, Divino Niño; Vos sois
el mismo Dios, que del cielo
bajado y en María encarnado;
con Vuestra prístina inocencia
desde muy pequeño, mostrabais
ya, el camino, la verdad y
la vida -y una de abundancia-
para los hombres de todos
los tiempos. Hoy, Niño Dios
ojalá brillarais el tiempo todo
en nuestras vidas y Vuestro
amor de cuando Niño y Vuestra
esencia nos recordara, que se
es humilde en la grandeza,
pues siendo Dios; a nosotros
igual Os hicisteis, y como
uno más vivisteis, Realeza y
Cetro dejando. Nadie, ni nada
hay como Vos, siempre con
Vuestros brazos y corazón
abiertos y Vuestra tierna y
celestial sonrisa, presto
siempre a escuchar los ruegos
y alabanzas, y que jamás en
vano, hombre alguno, haya
dirigido sus creces, hacia
vos, sin sido haber, en sus
súplicas y peticiones negado;
oh, Divino Niño, “Enmanuel”.

© 2010 by Luis Ernesto Chacón Delgado
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20 de Julio

El Divino Niño

Historia de la Devoción

En el año 1935 llegó el Padre Salesiano Juan del Rizzo al barrio “20 de julio”, al sur de Bogotá, una región muy solitaria y abandonada en aquellos tiempos. Le habían prohibido emplear la Imagen del Niño de Praga porque una asociación muy antigua reclamaba para ella el derecho exclusivo de propagar esa imagen. El Padre del Rizzo estaba convencido de que a Dios le agrada mucho que honremos la infancia de Jesús, pues así lo ha demostrado con innumerables y numerosos milagros. ¿Si otros niños son tan inocentes y tan dignos de ser amados, cuánto más lo será el niño Jesús? Además recordaba muy bien la promesa hecha por Nuestro Señor a una santa: ” Todo lo que quieres pedir pídelo por los méritos de mi infancia y nada te será negado si te conviene conseguirlo”. Así que no desistió de propagar la devoción al Divino Niño pero dispuso adquirir una nueva imagen.

Se fue a un almacén de arte religioso llamado “Vaticano” propiedad de un artista italiano, y le encargó una imagen bien hermosa del Divino Niño. Le prestaron una imagen bellísima, el padre la llevó para sus solitarios, desérticos y abandonados campos del “20 de julio”. Ahora empezaría una nueva era de milagros en esta región.

Esta es un de las imágenes más hermosas y agradables que han hecho de nuestro Señor. Con los brazos abiertos como queriendo recibir a todos. Con una sonrisa imborrable de eterna amistad. Atrae la atención y el cariño desde la primera vez que uno le contempla. Allí a su alrededor se han obrado y se siguen obrando maravillosos favores, para quien no conozca los prodigios que obtiene la fe parecerían fábulas o cuentos inventados por la imaginación, pero que son muy ciertos para quienes recuerdan la promesa de Jesús ” Según sea tu fe así serán las cosas que te sucederán”.

El Padre Juan comenzó a narrar a las gentes los milagros que hace el Divino Niño Jesús a quienes le rezan con fe y a quienes ayudan a los pobres, y empezaron a presenciarse prodigios admirables: enfermos que obtenían la salud, gentes que conseguían buenos empleos o estudio para los niños, o casa o éxito en los negocios. Familias que recobraban la paz. Pecadores que se convertían. Y cada persona que obtenía un favor del Divino Niño Jesús se encargaba de propagar su devoción entre amigos y conocidos.

¿Quiére que su vida cambie y mejore por completo? No deje pasar ninguna semana sin leer una página de la sagrada Biblia. Propósito: No pasará este año sin que en mi familia consigamos y leamos el bellísimo librito titulado ” los nueve domingos al niño Jesús” y el devocionario católico. Se puede pedir al la Parroquia del Niño Jesús calle 27 Sur No. 5A-27 teléfono 2093366

Las Cuatro Condiciones

Las cuatro condiciones que recomendaba el Padre Juan, para obtener favores del Divino Niño Jesús.

1ra. Ofrecerle la Santa Misa Durante Nueve Domingos y confesarse y comulgar al menos en uno de ellos.

2do. Dar una libra de chocolate (o equivalente en dinero o en comida) a los pobres.

3ro. Si la persona es pudiente dar un mercado para familias pobres (o su equivalente en dinero). No repartir en la calle porque se forma desorden.

4to. Propagar la devoción al Divino Niño narrando a otros los milagros que Él hace a sus devotos y repartiendo novenas estampas, almanaques, etc. e invitando a otras personas a que hagan el ensayo de visitar al Niño Jesús y de pedirle lo que necesitan.

El Padre Juan recomendaba también

1ro. No dejar ningún domingo sin asistir a Misa. El que abandona a Dios, lo abandona Dios. El que no deja domingos sin asistir a Misa recibe favores que jamás había imaginado.
2do. No vivir en pecado mortal. Si se vive en unión libre, o en matrimonio civil o robando o emborrachándose, u odiando, y si se admiten en casa parejas no casadas por lo católico, con todo eso se atraen maldiciones y castigos de Dios sobre el hogar. El Padre Juan repetía mucho esa frase de San Pablo: “los que viven en impureza, los borrachos los ladrones, no entrarán en el Reino de los cielos”.
3ro. Que la limosna que se da sea costosa. Si solamente se da a los pobres y a Dios lo que sobra, lo que no vale nada, eso no le gusta a nuestro Señor. La sagrada Biblia dice que para Dios y para los pobres hay que dar la décima parte de lo que se gana (el Diezmo) y que Dios le devolverá a cada uno cien veces más de lo que haya dado, y le concederá después la vida eterna.

¿Qué regala usted? ¿Regala sólo para el cuerpo? (comidas, bebidas, ropas, joyas) Regale para el alma. Regale lo mejor, regale libros religiosos. Gánese premios para el cielo regalando buenos libros en la tierra.

Biografía del Padre Rizzo

El 16 de mayo de 1882, nació en Azzano Décimo, Véneto, Italia, el padre Juan del Rizzo, el más grande apóstol de la devoción al Divino Niño Jesús que ha tenido Colombia.

Hemos pasado ya el año centenario de su nacimiento. Y es muy interesante que repasemos algunos de los datos de su simpática biografía. Sus padres fueron Antonio del Rizzo y Juana Battiston, personas tan profundamente religiosas que su párroco dejó por escrito: “Los del Rizzo figuran siempre en primera línea en todas las actividades religiosas de la parroquia”.

Su padre había sido militar y formó al hijo en rígida disciplina y fortaleza de ánimo.

Las gentes de aquella región son algo rudas y ásperas, pero tenaces; de amplio corazón, generosos y abnegados. Así resultó Juan del Rizzo Battiston.

TROPIEZOS EN SU VOCACIÓN

Desde muy joven deseaba Juan ser sacerdote, pero sus amigos se burlaban de él diciendo: “Tienes las tres cualidades para que no te reciban de sacerdote: eres feo, eres malgeniado y eres pobre. ¿No sabes que para ser aceptado en el seminario hay que ser algo más simpático y no ser tan acampesinado como tú?”

Pero él respondía confiado: “Digan lo que digan, yo tengo que llegar a ser sacerdote”. Y ya viejo repetía después “Por terco logré llegar al sacerdocio, por que en cuanto a cualidades me faltaban más de la mitad”.

LOS QUE AFIRMABAN DECIAN QUE SI Y LOS QUE NEGABAN DECIAN QUE NO

Había dos sacerdotes en el pueblo de Azzano Décimo. Uno le tenía antipatía al joven del Rizzo por su carácter algo brusco y rebelde. Este le decía: “Déjese de boberías: ¿si solo tiene alas de mariposa para qué quiere ser águila?. Abandone la idea de ser sacerdote. Usted no saldrá de simple aldeano. Para eso sirve y nada más.”

Pero el otro sacerdote, descubriendo que bajo la corteza algo áspera y antipática del muchacho bullía un corazón que amaba mucho a Dios, y que en su espíritu había un gran deseo de hacer apostolado (cualidad número uno para saber si hay vocación sacerdotal) le dijo: “Hay unos padres que son como los piojos: prefieren a los más pobres: son los salesianos. Ellos reciben jóvenes humildes en los pueblos, con tal de que tengan verdadero deseo de hacer apostolado. Váyase a su seminario y les pide un puesto “. Era el consejo más útil que había escuchado en su vida.

EL PRIMER FRACASO

En el año 1900 los salesianos recibieron con gusto al joven Rizzo Battiston en su seminario o aspirantado de Lombriasco. “Allí – decía él más tarde – me pasó como a las limatonas: de tanto dejarlas entre miel y almibar pierden mucho de su amargura natural, eso lo notaban todos. Pero desafortunadamente seguí siendo también amargosa lima silvestre. Genio y figura hasta la sepultura”.

Juan hizo verdaderos progresos en lo espiritual pero, como nada en la naturaleza cambia repentinamente, el día de hacer la votación para saber quienes eran aceptados como salesianos, Juan del Rizzo recibió votos negativos. Era una noticia gorda. Para muchos podía ser una catástrofe. Pero las gentes de su tierra tienen un adagio: “Hay que hacer como un bobo cuando se va por un camino: o se acaba el camino o se acaba el bobo”. Y Juan dispuso que no echaría pie atrás.

UNA IDEA FELIZ Y MUY ATREVIDA

Otro en su caso había tomado el joto de su ropa y se había ido a su casa renegando. Del Rizzo en cambio fue…nada menos que directamente al Superior General de la Comunidad, el Padre Miguel Rúa, nombrado por Don Bosco, por voluntad expresa del Sumo Pontífice, como su reemplazo. La santidad de Don Miguel Rúa era aceptada por todos y sus decisiones eran extraordinariamente prudentes.

El Padre Rúa lo recibió muy serio. Ya los superiores lo habían informado de él: piadoso sí, muy trabajador, estudioso…pero algo rebelde y malgeniado, brusco a ratos en su trato ..¿quién sabe si para vivir en comunidad? Castidad …. como un asceta; pobreza como un monje del desierto, ¿pero la dulzura en el trato? Por ahí falla. Guapísimo para trabajar, devotísimo de la virgen pero terco…” Todo esto lo acepta Juan a ojos cerrados. ¡Lo es y no hay para que negarlo! Sin embargo se atreve a hablar: ¿Don Rúa, pero si pongo de mi parte un grande y constante esfuerzo por irme enmendando? ¿Y si me voy de misionero a tierras lejanas? Para ser misionero quizá no se necesita tanto la dulzura de San Francisco de Sales sino la capacidad de aguante de San Francisco Javier…”

Don Rúa comprendió maravillosamente. Ya San Juan Bosco había dicho: ” Si Don Miguel Rúa quisiera hacer milagros los haría, porque es suficientemente santo para hacerlos”. Y aquí obró uno de sus prodigios: comprender lo que otros no habían entendido: que bajo las apariencias toscas de este muchachote, se escondía un alma admirable. Y le dijo sin más: ¿Ya hiciste los diez días de Ejercicios Espirituales que se necesitan para hacer los tres Votos?” – “Si padre ya los hice, y también la confesión general de toda mi vida”. Había terminado ya su año de noviciado. Era el año de 1904.

Don Rúa le dio entonces la respuesta más esplendorosa de su vida; “Te vas a la capilla, donde celebraba misa Don Bosco, te preparas un rato en oración, y yo mismo en persona te recibiré los Votos religiosos y te aceptaré en nuestra Comunidad”. Y así fue. Una vez más, Dios había escrito con renglones torcidos.

PARTIDA PARA AMERICA: REIR LLORANDO

Fue designado para las obras salesianas de Venezuela y se vino sin tardanza. El viaje lo narraba después él mismo en una carta a sus familiares: “La nostalgia que siento es casi inaguantable. Pero la oculto con una muralla de alegría. Tanto que el capitán del barco exclama: “Vaya con este padrecito, como viaja de contento. Parece que la alegría se le sale por los poros”. ¡Durante el día se quedan admirados al verme tan alegre, pero por la noche en mi camarote, no hago sino gemir y suspirar”. Ahí está retratado Juan del Rizzo: el hombre que de sus penas nunca hizo un espectáculo.

LOS SURAMERICANOS: NO TAN SANTOS COMO LOS IMAGINABA

Había que oírle narrar sus primeras experiencias en Venezuela. Con esos costeños repletos de malicia indígena como todos los suramericanos. Sin saber el idioma: le enseñaban una palabra muy sonora para que la repitiera delante de los visitantes y resultaba una interjección para arrear mulas. Mandaba a los muchachos a llevar bultos a la azotea, y después tenía que explicarles que lo que había querido decirles era que los llevaran al sótano. ¡Qué chascos humillantes!

Recordando aquellos tiempos de profesor nuevo en Caracas, él, recién desembarcado, venido de un seminario donde todos eran tan santos, a un internado a donde llevaban a muchos de los más pícaros de la ciudad para ver si se enmendaban; creyendo que los alumnos eran unos mansos corderitos, sin imaginarse que había por allí diablitos con cuernos de picardía, el Padre Juan ya anciano exclamaba: “Aquellos años fueron mi purgatorio, y a ratos mi infierrrrno” (el hacía sonar con mucha fuerza la “r”); pero abnegado y humilde como lo fue siempre, él lo sobrellevaba todo por el amor de Dios y por la salvación de las almas.

Y su ingenio le fue presentando métodos para ganarse aquellos traviesos discípulos. En Caracas hacía mucho calor. Bebidas gaseosas y helados era algo casi desconocido en aquel colegio pobre. Entonces, con la ayuda de sus amigos, se conseguía canastas de sabrosas naranjas y las repartía. Pero no a todos. Solamente a los que se portaban bien. A los que se portaban mal “que tomen agua del tubo”, tibia y desabrida. Pronto la conducta de muchos había cambiado por completo. Siempre era mejor comer naranjas frescas que sorber agua caliente del tubo del acueducto. “ Para un astuto otro más astuto”.

EL LIBRO QUE MÁS LE IMPRESIONABA

San Alfonso Ligorio escribió hace varios siglos un libro muy famoso: “Preparación para la muerte”. Rezó mucho para que sus palabras tuvieran eficacia y lo consiguió. Las personas que leen este libro sienten un estremecimiento y reciben los que se llama el “Temor de Dios”, un santo miedo de disgustar al Altísimo, que aunque infinitamente amable y perdonador, no deja sin embargo sin castigo las promesas que se le hacen.

Este fue el libro que sacudió las fibras íntimas del alma de Juan del Rizzo. Lo leía en público a los jóvenes en el dormitorio antes de que se entregaran al sueño y notaba su benéfica influencia. El mismo decía ya en sus últimos años “yo no me hice sacerdote porque tuviera grandes cualidades, ni porque fuera una buena persona, sino por cuatro verdades que me impresionaban mucho: Muerte, Juicio, Infierno y Gloria. Estas fueron las cuatro verdades que predicó semana tras semana en los 15,000 días de su sacerdocio.

SACERDOTE PARA SIEMPRE: Y APÓSTOL PARA COLOMBIA

Un 9 de julio de 1911 (fiesta de la Virgen de Chiquinquirá, Patrona de Colombia) obtuvo Juan del Rizzo el ideal de toda su juventud: llegar a ser sacerdote de Cristo. Le había costado un calvario de sacrificios. En aquel tiempo no tenían Seminario los salesianos en Venezuela y él tuvo que ir presentando sus exámenes de Filosofía, Teología, Sagrada Escritura, Historia, Derecho Canónico y Liturgia, trimestre tras trimestre, robándole horas al sueño para poder estudiar, pues durante el día tenía que asistir a los internos en el comedor, en la capilla, y en el dormitorio, darles clase y acompañarlos de paseo. Y casi no salían a vacaciones. Lo que más cuesta más se aprecia, y el sacerdocio no fue para del Rizzo una meta fácil de alcanzar. Pero una vez llegado a él se entregó a ejercerlo con una mística que no habrían sospechado sus amigos de otros tiempos. Dios se vale para sus obras de personas humildes, pero una vez que les concede la efusión de su espíritu, se vuelven incontenibles como leones.

LA GRACIA DE SU PRIMERA MISA

Su ideal para imitar, después de Jesucristo, era Don Bosco, el simpatiquísimo fundador de los salesianos. Y la gracia que Don Bosco pidió el día de su primera Misa (y que siguió pidiendo Misa por Misa durante los 47 años de su sacerdocio) fue la eficacia de la palabra. Esta gracia la pidió el Padre Juan del Rizzo aquel precioso día, el más grande en su existencia (después del día de su bautismo) y no se cansó jamás de pedirla. Y como su santo Patrono, aunque lo que predicaba era siempre sencillo y sin grandes sabidurías humanas, los efectos de sus palabras fueron cada vez más asombrosos. (El padre ejerció por 46 años su sacerdocio).

EL PADRE JUAN DEL RIZZO LLEGA A BARRANQUILLA

Poco después de haber sido ordenado sacerdote, los superiores lo enviaron a Barranquilla. Fue para él un verdadero descanso. Hacia unos días había comunicado a su estimado amigo el Padre Rico: “Esto de trabajar con muchachos es muy duro. Voy a tener que dejarme crecer la barba e irme a las selvas a misionar, o sino pedir puesto en un convento de cartujos para ayunar a pan y agua. Tengo que bajarme de esta cruz, porque ya no soy capaz de aguantar más “ Y Dios escuchó su deseo. Lo envió a una parroquia donde no tuviera que sufrir las angustias de un internado de jóvenes inquietos.”

Era el año 1914 cuando el padre Juan llegó a Barranquilla. Allí estuvo trabajando por 13 años, hasta 1927. Pronto su fama de santidad y de amor a los pobres y humildes andaba de boca en boca en aquella progresista cuidad.

UN PADRE JESUITA CUENTA COMO ERA EL PADRE JUAN

El padre Iruzun escribe: ” El padre Juan tenía aspecto de un verdadero asceta. Siempre activo. Siempre alegre y jovial con los que lo trataban. Tenía un gran poder de atracción para los jóvenes de las clases más pobres y abandonadas. Por las calles de Barranquilla lo veíamos siempre rodeado de un grupo de muchachos pobres. La gente decía ” En la ciudad hay dos santos: el Padre Valiente (Vicario del Obispo) y el Padre Juan”. A estos dos sacerdotes se les abrían las puertas de todas las casas y nadie les negaba su ayuda porque todos veían en ellos un verdadero ministro de Cristo, que a nada guardaban para sí, sino que todo lo daban a los demás. Parecía que su lema fuera el del Santo Cura de Ars: “Mi secreto es muy sencillo: darlo todo y no quedarme con nada”.

EL PADRE JUAN DESCUBRE LA DEVOCIÓN

Los salesianos estaban construyendo el Templo de San Roque en Barranquilla. Las gentes de los alrededores eran totalmente pobres. Había que ir por toda la ciudad a pedir ayuda. El padre Briata, superior de la casa, le dijo un día: Usted se va hacia el oriente y yo hacia el occidente a pedir de casa en casa, a ver qué recogemos para el templo: “-¡Ay Padre – le dijo asustado el Padre Juan – Póngame cualquier otro oficio, menos este de pedir limosna, porque me muero de vergüenza”! “Mi buen amigo – dijo el Director: a nuestro Fundador Don Bosco también le daba mucha vergüenza salir a pedir limosnas (lo dijo el mismo) pero por el reino de Dios hay que negarse uno a sí mismo. Tenemos un Amo en el cielo el cual nunca se le trabaja gratis. Mientras más nos cuesta lo que hacemos por Dios, mayor será la paga. Animo pues a pedir…Y se fueron. Pero el Padre del Rizzo se le quedaban las palabras debajo de la lengua cuando iba a pedir limosna ..” y volvió sin nada porque a nadie se atrevió a pedirle nada.

El superior lo regañó amablemente, y le avisó que al día siguiente cambiarían de sitio de visita. Briata iría hacia el oriente y Del Rizzo hacia occidente. A ver cuál era el más guapo para pedir. De disgusto y de susto se le indigestó el almuerzo

Por la mañana, siguiendo una costumbre muy recomendada por san Juan Bosco, antes de salir de casa se fue a hacer una visita a Jesús Sacramentado en el templo, y se arrodilló junto a la imagen de María Auxiliadora para encomendarse a tan poderosa Patrona. Levantó los ojos, y al ver el lindo Niño Jesús que estaba en brazos de la Virgen Santísima, con sus bracitos abiertos como queriéndole decir: “Llévame contigo, que quiero acompañarte en tu viaje”, se le ocurrió una bellísima idea a nuestro vergonzante Padre limosnero. Él la narraba así: “Me dije: Hasta ahora solamente le he pedido favores a la Mamá que aunque es muy poderosa y me ayuda muchísimo, sin embargo es criatura. ¿Por qué no hago el ensayo de dedicarme a pedirle al Hijito que es Dios? Y le encomendé al Niño Jesús con toda mi alma esta salida que iba a hacer a “limosnear”. Sentí como una oleada de valor por todo mi espíritu y me fui a la calle.

Aquel día no solo iba resuelto sino descarado. Así que el primer paisano que se encontró le dijo sin más: “Oiga mi amigo. Sáqueme de un apuro. El Superior me mandó a pedir limosna y esto es un oficio muy horrible. Regáleme un billete no sea que si vuelvo a casa sin nada, me pegue el Director otro regalo como ayer”. El otro que era un italiano generoso, abrió su cartera y le regaló el billete de más alta graduación que existía entonces en la república. El padre Juan voló contento a la casa salesiana cuando el Director regresó lo que había recogido…era tres veces más de lo que el director había logrado recoger de casa en casa en toda la mañana.

(http://www.ewtn.com/spanish/DivinoNiño/Historia.htm)

19 julio, 2010

San Arsenio


Oh, San Arsenio, vos sois el hijo del
Dios de la vida y aquél, que brillo dio
al significado de vuestro nombre: fuerte,
valeroso y valiente, cosa que así fue.
Fuerte, fuisteis en el combate de la fe,
valeroso, en el silencio de los días y
de las noches del desierto y valiente,
en la palabra y el buen consejo; pues
vuestros dichos y refranes, hasta hoy
el caminar iluminan de vuestros fieles.
Una voz como de Dios, os dijo: “Apartaos
del trato con la gente, y huid a la
soledad”; y marchasteis al desierto a
orar y a penitencia hacer, por el hombre
y sus pecados, del mundo lejos y en plena
soledad. Un día os dejaron rica herencia
y dijisteis: “Antes de que él muriera en
su cuerpo, yo morí en mis ambiciones y
avaricias. No quiero riquezas mundanas
que me impidan adquirir las riquezas del
cielo” y a ella renunciasteis y a los
pobres las disteis. La gente os veía en
constante oración las noches todas y los
sábados, la noche caída, de rodillas con
los brazos en cruz, hasta que caías de
rodillas desmayado. “Muchas veces he
tenido que arrepentirme de haber hablado.
Pero nunca me he arrepentido de haber
guardado silencio”, decíais vos y agregabais:
“Siempre he sentido temor a presentarme
al juicio de Dios, porque soy un pecador”.
¿Para qué abandoné el mundo y me hice
religioso? Y, vos mismo respondíais: Me
hice religioso porque quiero santificarme y
salvar mi alma. Si esto no lo consigo, he
perdido totalmente mi tiempo”. ¿Dónde
podremos encontraros ahora? Duda no cabe:
coronado de luz todo, en la casa del Padre;
Oh, San Arasenio, fuerte, valeroso y santo.

© 2010 by Luis Ernesto Chacón Delgado

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19 de julio

San Arsenio
Monje
Año 450


Arsenio significa: fuerte, valeroso, valiente. San Arsenio fue uno de los monjes más famosos de la antigüedad. Sus dichos o refranes fueron enormemente estimados. Las gentes hacían viajes de semanas y meses con tal de ir a consultarle y oír sus consejos.

Cuando el emperador Teodosio, el Grande buscaba un buen profesor para sus dos hijos, el Papa San Dámaso le recomendó a Arsenio, que era un senador sumamente sabio y muy práctico en los consejos que sabia dar. Y así durante diez años tuvo que estarse en el palacio imperial tratando de educar a los dos hijos del emperador, Arcadio y Honorio. Pero se dio cuenta de que el uno era demasiado atrevido y el otro demasiado apocado, y desilusionado de ese fracaso como educador de los dos futuros emperadores dispuso dedicarse a otra labor que le fuera de mayor utilidad para su santificación y salvación.

Y estando un día orando, en medio de una gran crisis espiritual, mientras le pedía a Dios que le iluminara lo que debía hacer para santificarse, oyó una voz que le decía: “Apártese del trato con la gente, y váyase a la soledad”. Entonces dispuso irse al desierto a orar y a hacer penitencia con los demás monjes de esa soledad.

Cuando llegó al monasterio del desierto, los monjes, sabiendo que había estado viviendo tanto tiempo como senador y como alto empleado del Palacio imperial, dispusieron ponerle algunas pruebas para saber si en verdad era apto para esa vida de humillación y mortificación. El superior lo recibió fríamente, y al llegar al comedor, no lo hizo sentar a la mesa sino que lo dejó de pie, junto a su mesa. Luego en vez de pasarle un plato de comida, le lanzó una tajada de pan al piso, y le dijo secamente: “Si quiere comer algo, recoja eso”. Arsenio se inclinó humildemente, recogió la tajada de pan y se sentó en el suelo a comer. El superior, al observar este comportamiento admirable, lo consideró lo suficientemente humilde como para ser recibido como monje y lo aceptó en el monasterio, diciendo a los demás religiosos: “Este será un buen hermano”.

Arsenio había pasado toda su vida en el alto gobierno y en lujosos palacios, tratando con gente de mundo, y conservaba algunas costumbres mundanas que los otros monjes no hallaban como corregírselas, porque le tenían mucho respeto. Entonces dispusieron irlo corrigiendo indirectamente, y poco a poco. Así por ejemplo, él acostumbraba montar la pierna, mientras estaba rezando en la capilla. Y los demás para quitarle la tal costumbre, le dijeron a un monje joven que mientras rezaban tuviera la pierna montada, y que ellos le llamarían la atención por eso. Y así lo hicieron, regañando fuertemente al joven por esa actitud. Arsenio entendió muy bien la lección y se corrigió.

San Arsenio se hizo famoso por sus penitencias extraordinarias. Un día llegó un alto empleado del imperio a llevarle un documento en el cual se le comunicaba que un senador riquísimo le dejaba en herencia todas sus grandes riquezas, y que se fuera a reclamarlas. El santo exclamó: “Antes de que él muriera en su cuerpo, yo morí en mis ambiciones y avaricias. No quiero riquezas mundanas que me impidan adquirir las riquezas del cielo”. Y renunció a todo esto en favor de los pobres.

Con frecuencia pasaba toda la noche en oración. Los sábados al anochecer empezaba a rezar de rodillas con los brazos en cruz y permanecía así hasta que caía por el suelo desmayado. Tenía 40 años cuando abandonó el palacio imperial donde tenía todas las comodidades, para irse a un tremendo desierto, donde todo faltaba. Desde los 40 años hasta los 95 años estuvo orando, ayunando y haciendo penitencias en el desierto, por la conversión de los pecadores, la extensión de la religión y el perdón de sus propios pecados.

Como hombre de mundo y de política que había sido, sentía una gran inclinación a tratar con la gente y a charlar con los demás, y en cambio hacía todo lo posible por retirarse del trato con todos, y vivir en la más completa soledad. Cuando un día el superior le llamó la atención porque no se prestaba a quedarse a charlar con las numerosísimas personas que iban a consultarle, le respondió: “Dios sabe que los quiero con toda mi alma y que gozo inmensamente charlando con ellos, pero como penitencia tengo que abstenerme lo más posible de las charlatanerías. El Señor me ha dicho que si quiero santificarme tengo que hacer la mortificación de apartarme del trato con las gentes”. En verdad que a cada persona la lleva Dios a la santidad por caminos diversos. A unos los hace santos haciendo que se dediquen totalmente a tratar con los demás para salvarlos, y a otros les ha pedido que con el sacrificio de no tratar tanto con la gente, le ganen también almas para el cielo.

Por muchos siglos han sido enormemente estimados los dichos o frases breves que San Arsenio acostumbraba decir a las gentes. Desde remotas tierras iban viajeros ansiosos de escuchar sus enseñanzas que eran cortas pero sumamente provechosas.

Recordemos algunos de sus dichos

“Muchas veces he tenido que arrepentirme de haber hablado. Pero nunca me he arrepentido de haber guardado silencio”. “Siempre he sentido temor a presentarme al juicio de Dios, porque soy un pecador”.

El religioso debe preguntarse frecuentemente: “¿Para qué abandoné el mundo y me hice religioso? y responderse: Me hice religioso porque quiero santificarme y salvar mi alma. Si esto no lo consigo, he perdido totalmente mi tiempo” (Esta frase ha conmovido a muchos santos. Por ej. San Bernardo la tenía escrita así en su habitación: “Bernardo: ¿a qué viniste a la vida religiosa? – Quiero salvar mi alma y santificarme”).

San Arsenio pedía consejos espirituales a monjes que eran muchísimo más ignorantes que él. Le preguntaron por qué lo hacía y respondió: “Yo sé idiomas, literatura, filosofía y política, pero en lo espiritual soy un analfabeto. En cambio estos religiosos que no hicieron estudios especiales, son unos especialistas en espiritualidad y de ello saben mucho más que yo”.

Un religioso le preguntó por qué los sabios del mundo que conocen tantas ciencas y han leído muchos libros son tan ignorantes en lo que se refiere a la santidad, y en cambio tanta gentecita ignorante progresa tan admirablemente en lo espiritual, y el santo respondió: “Es que la ciencia infla y llena de orgullo, y en un corazón orgulloso Dios no hace obras de arte en santidad. En cambio los humildes conocen su debilidad, su ignorancia, y su insuficiencia, y ponen toda su confianza en Dios, y en ellos sí hace prodigios de santificación Nuestro Señor”.

Arsenio era muy conocido por su presencia venerable. Alto, flaco, bien parecido, con una barba larguísima y muy blanca, su hermosa figura descollaba majestuosamente entre los demás monjes. Y su santidad superaba a la de los demás compañeros. Las gentes lo veneraban inmesamente y sus consejos han sido apreciados por muchos siglos. Que Arsenio ruegue por nosotros y nos consiga una santidad como la suya.

De toda palabra indebida que diga una persona, tendrá que rendir cuentas el día del juicio. (Jesucristo, Mt. 12,36).

(http://www.ewtn.com/spanish/Saints/Arsenio_7_19.htm)

18 julio, 2010

Santa Sinforosa y sus siete hijos Mártires

Oh, Santa Sinforosa y vuestros siete hijos
mártires, vosotros sois todos, hijos
del Dios de la vida, a quienes con
devota fe y excelso amor formasteis
y sois además, ejemplo vivo, de tantas
cristianas madres, donde Dios las ha
querido para sí. Hicisteis de vuestra
casa, templo de Dios, santificándoos
y eligiendo el bien para vuestros hijos,
angosto y lleno de arideces, y cuando
llegó el momento, ni uno solo os defraudó
y todos juntos, a su padre Getulio,
imitaron le. "No queremos adorar falsos
dioses; seremos fuertes como mi marido
y mi cuñado; mis hermanos cristianos
están dispuestos a la muerte y lo mismo
haré yo con mis hijos", respondisteis
en aquella suprema hora y vuestros amados
hijos Crescente, Juliano, Nemesio,
Primitivo, Justino, Estacteo y Eugenio,
todos a una voz dijeron: "No seremos
menos fuertes ni menos cristianos
que nuestros padres" y vuestros verdugos,
de sí fuera, procedieron a mataros,
creyendo que así, os matarían vuestro
amor por Dios y así, vos, Sinforosa y
vuestros siete hijos, lucís corona de luz en la
casa del Padre eterno, coronados todos de gloria
Oh, Santa Sinforosa y vuestros siete hijos mártires.

© 2010 by Luis Ernesto Chacón Delgado
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18 de Julio


Santa Sinforosa y sus siete hijos mártires


Roma (¿?-¿120?)

Sinforosa, la mujer de Getulio, formó con generosidad una familia numerosa, aunque nunca dispuso de carné, ni obtuvo beneficios económicos en los transportes o en los colegios de los hijos.

Bien puede mostrarse como ejemplo de tantas madres cristianas que han encontrado en la propia familia el campo natural donde Dios las ha querido apóstoles; allí hacen recia la fe de los suyos, entre los suyos desparraman a manos llenas -como el sembrador- las bondades evangélicas con olvido de sí mismas, y desde dentro del hogar facilitan el crecimiento del bien entre las malas yerbas del egoísmo.

Sinforosa intenta hacer en su casa lo que Dios quiere y de este modo, al tiempo que realiza su vocación personal, se santifica y contribuye al bien de la sociedad y de la Iglesia. Supo descubrir que el bien para sus hijos no había de consistir en proporcionarles las vacaciones, oportunidades o bienes materiales que los padres anhelaron en su día y no tuvieron; con la luz de Dios conoce que no tenía que educarlos para que llegaran a ser "triunfadores" en la sociedad competitiva con la que habían de toparse en el tiempo futuro. Bien claro tuvo que su función de madre no había de consistir en facilitar a sus hijos todos los caprichos y gustos que apetecieran, ni siquiera procurarles como bien absoluto la salud del cuerpo. Con una sensatez digna de monumento y sin que estuviera de moda sí se ocupó en prepararlos a servir, proporcionándoles una escala de valores en la que Dios ocupara el lugar primero; acertó cuando les daba motivaciones serias para obrar y cuando les inculcaba responsabilidad para que la cacareada libertad no fuera sólo una palabra bonita sin contenido. Hicieron falta y vinieron bien las palabras; pero, cuando llegó el momento, les mostró el camino con la entrega de su vida. No hay mejor medio, ni más efectivo, en la pedagogía o didáctica.

Ella fue cuñada, mujer y madre de mártires. La familia vivió en Roma un tiempo, yendo y viniendo a las propiedades que el padre de familia, el tribuno Getulio -llamado también Zotico-, tenía en Tívoli. Dios les ha dado siete hijos; son familia cristiana y, en una casa bien dispuesta, llenan las horas del día viviendo en paz y armonía entre trabajos y aprendizajes mezclados con juegos, gritos y rezos.

El supersticioso emperador Adriano se ha convertido en un perseguidor cruel de los cristianos. Entre otros muchos, aprisiona a Getulio y a Amancio, su hermano y también militar. Prisioneros primero, acaban con la cabeza cortada en la orilla del Tiber.

Durante todo el tiempo de la persecución, Sinforosa ha salido con los suyos de Roma hacia Tívoli y allí procura preparar a sus hijos para la amenaza presente que se promete larga y que ya ha acabado con la vida de su padre. Les habla del amor de Dios y del premio, de fortaleza y fidelidad, de lealtad a Dios con las obras hasta la muerte como ha sido la actitud de su propio padre. Tuvo que pasar oculta siete meses con sus hijos, escondiéndose en una cisterna seca por el temor a ser descubiertos, cuando arreciaba la persecución. Sin fingimiento inútil, los prepara hablándoles del peligro que corren, de los bienes futuros prometidos a los que son fieles y de la confianza en Jesucristo; también les pone al corriente de la dureza que supone el martirio y confiesa sus miedos ante la posibilidad de que claudique alguno de ellos. La familia responde haciéndose hace una piña en torno a la madre y se conjuran para estar dispuestos a la muerte antes que adorar a los ídolos.

Llegaron un día los guardias a por la madre y los hijos. Sinforosa es clara y firme en el juicio: "No queremos adorar falsos dioses; seremos fuertes como mi marido y mi cuñado; mis hermanos cristianos están dispuestos a la muerte y lo mismo haré yo con mis hijos". El juez quiere colgarla por los cabellos junto al templo de Hércules; pero, comprendiendo que el espectáculo contribuirá a afianzar la fe de los cristianos que permanecen ocultos entre el pueblo, cambia el propósito, disponiendo que sea arrojada al río Teverone, próximo a Tívoli, con una pesada piedra atada al cuello.

Sus hijos Crescente, Juliano, Nemesio, Primitivo, Justino, Estacteo y Eugenio, jóvenes y algunos niños, se resisten firmemente a sacrificar y aseguran con claridad ante el juez que se ha ofrecido con promesas a hacer de padre y madre para ellos: "No seremos menos fuertes ni menos cristianos que nuestros padres".

Entonces es el potro alrededor del templo de Hércules el que entra en juego. A fuerza de ser estirados les descoyuntan los miembros, pero ellos bendecían a Dios en medio del tormento. Luego vienen los garfios que van rompiendo las carnes y, por último, vencido y humillado el juez por no poder torcer la voluntad de los fuertes y jóvenes reos, manda que los verdugos terminen con sus vidas atravesándoles con espadas y puñales.

Enterraron sus cuerpos en una fosa común que los paganos llamaron luego "Biothanatos", queriendo expresar el desprecio a la muerte que mostraron al juzgarles. Cuando se calma de furia de Adriano en cosa de año y medio, los cristianos pudieron dar digna sepultura a los que llamaban ya, distinguiéndolos, como "Los Siete Hermanos" y levantaron una pequeña y pobre iglesia a Sinforosa. Posteriormente sus reliquias se trasladaron a Roma y se pusieron, junto a las de Getulio, en la Iglesia de san Miguel.

Esto es lo que dicen contando la vida y la muerte de una familia cristiana de los primeros tiempos. Quizá nunca se pueda comprobar cada paso de ella y posiblemente haya adorno en el relato, como si fuera un bonito y bien tramado cuento; pero no cabe duda de que quienes adornaron el hecho, si es que adornaron, sabían bien qué cosa decían y cuánto importaba el testimonio de los que murieron.

(http://www.mercaba.org/SANTORAL/Vida/07/07-18_Santa_sinforosa_y_sus_siete_hijos.htm)

San Arsenio

Oh, San Arsenio, vos sois el hijo del
Dios de la vida y aquél, que brillo dio
al significado de vuestro nombre: fuerte,
valeroso y valiente, cosa que así fue.
Fuerte, fuisteis en el combate de la fe,
valeroso, en el silencio de los días y
de las noches del desierto y valiente,
en la palabra y el buen consejo; pues
vuestros dichos y refranes, hasta hoy
el caminar iluminan de vuestros fieles.
Una voz como de Dios, os dijo: “Apartaos
del trato con la gente, y huid a la
soledad”; y marchasteis al desierto a
orar y a penitencia hacer, por el hombre
y sus pecados, del mundo lejos y en plena
soledad. Un día os dejaron rica herencia
y dijisteis: “Antes de que él muriera en
su cuerpo, yo morí en mis ambiciones y
avaricias. No quiero riquezas mundanas
que me impidan adquirir las riquezas del
cielo” y a ella renunciasteis y a los
pobres las disteis. La gente os veía en
constante oración las noches todas y los
sábados, la noche caída, de rodillas con
los brazos en cruz, hasta que caías de
rodillas desmayado. “Muchas veces he
tenido que arrepentirme de haber hablado.
Pero nunca me he arrepentido de haber
guardado silencio”, decíais vos y agregabais:
“Siempre he sentido temor a presentarme
al juicio de Dios, porque soy un pecador”.
¿Para qué abandoné el mundo y me hice
religioso? Y, vos mismo respondíais: Me
hice religioso porque quiero santificarme y
salvar mi alma. Si esto no lo consigo, he
perdido totalmente mi tiempo”. ¿Dónde
podremos encontraros ahora? Duda no cabe:
coronado de luz todo, en la casa del Padre;
Oh, San Arasenio, fuerte, valeroso y santo.

© 2010 by Luis Ernesto Chacón Delgado

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19 de julio

San Arsenio
Monje
Año 450


Arsenio significa: fuerte, valeroso, valiente. San Arsenio fue uno de los monjes más famosos de la antigüedad. Sus dichos o refranes fueron enormemente estimados. Las gentes hacían viajes de semanas y meses con tal de ir a consultarle y oír sus consejos.

Cuando el emperador Teodosio, el Grande buscaba un buen profesor para sus dos hijos, el Papa San Dámaso le recomendó a Arsenio, que era un senador sumamente sabio y muy práctico en los consejos que sabia dar. Y así durante diez años tuvo que estarse en el palacio imperial tratando de educar a los dos hijos del emperador, Arcadio y Honorio. Pero se dio cuenta de que el uno era demasiado atrevido y el otro demasiado apocado, y desilusionado de ese fracaso como educador de los dos futuros emperadores dispuso dedicarse a otra labor que le fuera de mayor utilidad para su santificación y salvación.

Y estando un día orando, en medio de una gran crisis espiritual, mientras le pedía a Dios que le iluminara lo que debía hacer para santificarse, oyó una voz que le decía: “Apártese del trato con la gente, y váyase a la soledad”. Entonces dispuso irse al desierto a orar y a hacer penitencia con los demás monjes de esa soledad.

Cuando llegó al monasterio del desierto, los monjes, sabiendo que había estado viviendo tanto tiempo como senador y como alto empleado del Palacio imperial, dispusieron ponerle algunas pruebas para saber si en verdad era apto para esa vida de humillación y mortificación. El superior lo recibió fríamente, y al llegar al comedor, no lo hizo sentar a la mesa sino que lo dejó de pie, junto a su mesa. Luego en vez de pasarle un plato de comida, le lanzó una tajada de pan al piso, y le dijo secamente: “Si quiere comer algo, recoja eso”. Arsenio se inclinó humildemente, recogió la tajada de pan y se sentó en el suelo a comer. El superior, al observar este comportamiento admirable, lo consideró lo suficientemente humilde como para ser recibido como monje y lo aceptó en el monasterio, diciendo a los demás religiosos: “Este será un buen hermano”.

Arsenio había pasado toda su vida en el alto gobierno y en lujosos palacios, tratando con gente de mundo, y conservaba algunas costumbres mundanas que los otros monjes no hallaban como corregírselas, porque le tenían mucho respeto. Entonces dispusieron irlo corrigiendo indirectamente, y poco a poco. Así por ejemplo, él acostumbraba montar la pierna, mientras estaba rezando en la capilla. Y los demás para quitarle la tal costumbre, le dijeron a un monje joven que mientras rezaban tuviera la pierna montada, y que ellos le llamarían la atención por eso. Y así lo hicieron, regañando fuertemente al joven por esa actitud. Arsenio entendió muy bien la lección y se corrigió.

San Arsenio se hizo famoso por sus penitencias extraordinarias. Un día llegó un alto empleado del imperio a llevarle un documento en el cual se le comunicaba que un senador riquísimo le dejaba en herencia todas sus grandes riquezas, y que se fuera a reclamarlas. El santo exclamó: “Antes de que él muriera en su cuerpo, yo morí en mis ambiciones y avaricias. No quiero riquezas mundanas que me impidan adquirir las riquezas del cielo”. Y renunció a todo esto en favor de los pobres.

Con frecuencia pasaba toda la noche en oración. Los sábados al anochecer empezaba a rezar de rodillas con los brazos en cruz y permanecía así hasta que caía por el suelo desmayado. Tenía 40 años cuando abandonó el palacio imperial donde tenía todas las comodidades, para irse a un tremendo desierto, donde todo faltaba. Desde los 40 años hasta los 95 años estuvo orando, ayunando y haciendo penitencias en el desierto, por la conversión de los pecadores, la extensión de la religión y el perdón de sus propios pecados.

Como hombre de mundo y de política que había sido, sentía una gran inclinación a tratar con la gente y a charlar con los demás, y en cambio hacía todo lo posible por retirarse del trato con todos, y vivir en la más completa soledad. Cuando un día el superior le llamó la atención porque no se prestaba a quedarse a charlar con las numerosísimas personas que iban a consultarle, le respondió: “Dios sabe que los quiero con toda mi alma y que gozo inmensamente charlando con ellos, pero como penitencia tengo que abstenerme lo más posible de las charlatanerías. El Señor me ha dicho que si quiero santificarme tengo que hacer la mortificación de apartarme del trato con las gentes”. En verdad que a cada persona la lleva Dios a la santidad por caminos diversos. A unos los hace santos haciendo que se dediquen totalmente a tratar con los demás para salvarlos, y a otros les ha pedido que con el sacrificio de no tratar tanto con la gente, le ganen también almas para el cielo.

Por muchos siglos han sido enormemente estimados los dichos o frases breves que San Arsenio acostumbraba decir a las gentes. Desde remotas tierras iban viajeros ansiosos de escuchar sus enseñanzas que eran cortas pero sumamente provechosas.

Recordemos algunos de sus dichos

“Muchas veces he tenido que arrepentirme de haber hablado. Pero nunca me he arrepentido de haber guardado silencio”. “Siempre he sentido temor a presentarme al juicio de Dios, porque soy un pecador”.

El religioso debe preguntarse frecuentemente: “¿Para qué abandoné el mundo y me hice religioso? y responderse: Me hice religioso porque quiero santificarme y salvar mi alma. Si esto no lo consigo, he perdido totalmente mi tiempo” (Esta frase ha conmovido a muchos santos. Por ej. San Bernardo la tenía escrita así en su habitación: “Bernardo: ¿a qué viniste a la vida religiosa? – Quiero salvar mi alma y santificarme”).

San Arsenio pedía consejos espirituales a monjes que eran muchísimo más ignorantes que él. Le preguntaron por qué lo hacía y respondió: “Yo sé idiomas, literatura, filosofía y política, pero en lo espiritual soy un analfabeto. En cambio estos religiosos que no hicieron estudios especiales, son unos especialistas en espiritualidad y de ello saben mucho más que yo”.

Un religioso le preguntó por qué los sabios del mundo que conocen tantas ciencas y han leído muchos libros son tan ignorantes en lo que se refiere a la santidad, y en cambio tanta gentecita ignorante progresa tan admirablemente en lo espiritual, y el santo respondió: “Es que la ciencia infla y llena de orgullo, y en un corazón orgulloso Dios no hace obras de arte en santidad. En cambio los humildes conocen su debilidad, su ignorancia, y su insuficiencia, y ponen toda su confianza en Dios, y en ellos sí hace prodigios de santificación Nuestro Señor”.

Arsenio era muy conocido por su presencia venerable. Alto, flaco, bien parecido, con una barba larguísima y muy blanca, su hermosa figura descollaba majestuosamente entre los demás monjes. Y su santidad superaba a la de los demás compañeros. Las gentes lo veneraban inmesamente y sus consejos han sido apreciados por muchos siglos. Que Arsenio ruegue por nosotros y nos consiga una santidad como la suya.

De toda palabra indebida que diga una persona, tendrá que rendir cuentas el día del juicio. (Jesucristo, Mt. 12,36).

(http://www.ewtn.com/spanish/Saints/Arsenio_7_19.htm)

17 julio, 2010

San Alejo

Oh, San Alejo, vos sois el hijo del
Dios de la vida, que poseído de gran
sensibilidad, desde muy niño cuanto
dinero conseguíais, repartíais entre
los menesterosos y pobres del tiempo
vuestro, hasta el día en que, de la
mundana vida harto, de vuestra casa
huisteis y así a la adoración y a la
penitencia dedicaros, y para vivir
poder, mendigabais para los demás y
para vos. “Hombre de Dios”, os decían
porque virtudes predicabais, como la
pobreza y la humildad, de palabras
jamás, sí, con vívidos hechos y aún
más, porque sin nadie os descubriera,
en vuestro propio hogar servisteis
y dedicado a humillantes trabajos.
Debajo de una escalera dormíais, y
soportando aquellos, penitencias
hacíais y las ofrecíais por los
pecadores. Un día, cuando os llegaba
la hora, y casi moribundo llamasteis
a vuestros padres y ellos os reconocieron
y os abrazaron y llorando con vos,
volasteis a la Casa del Padre, para
recibir vuestro premio. coronado ser
de luz y gloria. ¿Imitaros ahora podrán?
¿Quién? ¿quienes? ¿dónde? ¿cuándo?
oh, San Alejo, “Hombre de Dios” y luz.

© 2010 by Luis Ernesto Chacón Delgado

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17 de Julio

San Alejo
Mendigo
Siglo V

Era hijo de un rico senador romano. Nació y pasó su juventud en Roma. Sus padres le enseñaron con la palabra y el ejemplo que las ayudas que se reparten a los pobres se convierten en tesoros para el cielo y sirven para borrar pecados. Por eso Alejo desde muy pequeño repartía entre los necesitados cuanto dinero conseguía, y muchas otras clases de ayudas, y esto le traía muchas bendiciones de Dios.

Pero llegando a los veinte años se dio cuenta de que la vida en una familia muy rica y en una sociedad muy mundana le traía muchos peligros para su alma, y huyó de la casa, vestido como un mendigo y se fue a Siria. En Siria estuvo durante 17 años dedicado a la adoración y a la penitencia, y mendigaba para él y para los otros muy necesitados. Era tan santo que la gente lo llamaba “el hombre de Dios”. Lo que deseaba era predicar la virtud de la pobreza y la virtud de la humildad. Pero de pronto una persona muy espiritual contó a las gentes que este mendigo tan pobre, era hijo de una riquísima familia, y él por temor a que le rindieran honores, huyó de Siria y volvió a Roma.

Llegó a casa de sus padres en Roma a pedir algún oficio, y ellos no se dieron cuenta de que este mendigo era su propio hijo. Lo dedicaron a los trabajos más humillantes, y así estuvo durante otros 17 años durmiendo debajo de una escalera, y aguantando y trabajando hacía penitencia, y ofrecía sus humillaciones por los pecadores. Y sucedió que al fin se enfermó, y ya muribundo mandó llamar a su humilde covacha, debajo de la escalera, a sus padres, y les contó que él era su hijo, que por penitencia había escogido aquél tremendo modo de vivir. Los dos ancianos lo abrazaron llorando y lo ayudaron a bien morir.

Después de muerto empezó a conseguir muchos milagros en favor de los que se encomendaban a él. En Roma le edificaron un templo y en la Iglesia de Oriente, especialmente en Siria, le tuvieron mucha devoción. La enseñanza de la vida de San Alejo es que para obtener la humildad se necesitan las humillaciones. La soberbia es un pecado muy propio de las almas espirituales, y se le aleja aceptando que nos humillen. Aún las gentes que más se dedican a buenas obras tienen que luchar contra la soberbia porque si la dejan crecer les arruinará su santidad. La soberbia se esconde aún entre las mejores acciones que hacemos, y si no estamos alerta esteriliza nuestro apostolado. Un gran santo reprochaba una vez a un discípulo por ser muy orgulloso, y este le dijo: “Padre, yo no soy orgulloso”. El santo le respondió: “Ese es tu peor peligro, que eres orgulloso, y no te das cuenta de que eres orgulloso”.

La vida de San Alejo sea para nosotros una invitación a tratar de pasar por esta tierra sin buscar honores ni alabanzas vanas, y entonces se cumplirá en cada uno aquello que Cristo prometió: “El que se humilla, será enaltecido”. Dijo Jesús: “Los últimos serán los primeros. Dichosos los pobres de espíritu porque de ellos es el Reino de los cielos”. (Mt. 5)

(http://www.ewtn.com/spanish/Saints/Alejo.htm)


16 julio, 2010

Nuestra Señora del Carmen


Oh, Nuestra Señora del Carmen
portento glorioso del Dios de la
vida; sois vos la “Estella Maris”
la que a través de los siglos, con
Vuestra luz certera, iluminasteis,
iluminas e iluminareis del hombre
el camino hasta la consumación
de los tiempos; porque Madre
Nuestra sois; antes, del Dios vivo.

Oh, “Setella Maris”, intercediendo
seguid, ante Vuestro Amadísimo
Hijo; para que, la Buena Nueva, se
se haga carne, en el corazón de los
hombres, mujeres, ancianos y niños,
y que, algún día Vuestros ojos contemplar
puedan regocijados el mundo que Vos
queréis; de olor lleno a amor, paz,
verdad, justicia y solidaridad.

Oh, Escapulario Santo, signo del amor
Vuestro por nosotros y de confianza
filial por parte nuestra, enseñadnos a
abiertos vivir, a Dios y a su santa
voluntad, a escuchar Su voz, en la Biblia
y en la vida, y a orar sintiéndolo a Él,
tal y conforme lo hicieron, vuestros Santos
Teresa de Jesús y Juan de la Cruz,
oh, Señora Nuestra del Carmen, “Stella Maris”.

© 2010 by Luis Ernesto Chacón Delgado

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El Monte Carmelo

Oh, Nuestra Señora del Carmen
De Yahwéh Madre
Nuestra Madre
San Isaías
San Eliseo
Stella Maris
San Alberto
San Simón Stock
El Escapulario
San Luis de Francia
San Juan de la Cruz
Santa Teresa de Jesús
Los Carmelitas Descalzos
Santa Teresa de Jesús
San Juan de la Cruz
San Luis de Francia
El Escapulario
San Simón Stock
San Alberto
Stella Maris
San Eliseo
San Isaías
Nuestra Madre
De Yahwéh Madre
Oh, Nuestra Señora del Carmen

© 2010 by Luis Ernesto Chacón Delgado

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16 de Julio

Nuestra Señora del Carmen

Monte Carmelo

El Carmelo es una cadena montañosa de Israel que, partiendo de la región de Samaria, acaba por hundirse en el Mar Mediterráneo, cerca del puerto de Haifa. Esta altura tiene un encanto peculiar. Es diferente del Monte Nebo, en Jordania, del macizo del Sinaí y del Monte de los Olivos en Jerusalén. Todas las montañas palestinas tienen sus recuerdos teofánicos (es decir de las manifestaciones de Dios), que las convierten en cumbres sagradas y místicas. Pero ninguna tan sugestiva como el Monte Carmelo. ¿Por qué San Juan de la Cruz lo tomó como el símbolo de la ascensión mística? Seguramente se le sugirió el nombre de su propia Orden Carmelitana. Pero sin duda había alguna intención más profunda que la hacía simpatizar con el misterio de la sagrada montaña del profeta Elías.

Una tradición piadosa sostiene que, desde los días de los profetas Elías y Eliseo, hubo en aquella zona hombres de oración que vivían en soledad la búsqueda de Dios. En el período de los Cruzados surgió entre los cristianos el deseo de vivir sobre aquella montaña de vida de entrega al Señor. Así surgió en el Carmelo la vida carmelita. El convento del Monte Carmelo tiene un nombre evocador: “Stella Maris” (Estrella del Mar). Es un hermoso edificio cuadrangular a 500 metros de altura sobre el nivel del Mar Mediterráno en la ciudad de Haifa. El centro del convento lo ocupa el santuario de la Virgen del Carmen. En el altar mayor de esta hermosa iglesia en cruz griega se venera la estatua de la Virgen del Carmen, obra de un escultor italiano en 1836.

Debajo del altar se ve la gruta del profeta Elías. Según la tradición, éste era el lugar donde se refugiaba el profeta. Una estatua recuerda al celoso defensor de la religión de Yahwéh. Nos cuentan los Padres Carmelitas que no ha sido fácil la permanencia católica sobre esta montaña. Bien es verdad que, en la época de los Cruzados, el patriarca latino de Jerusalén, San Alberto, pudo dar a los ermitaños del Monte Carmelo una regla religiosa el año 1212. Se cuenta que el carmelita San Simón Stock pasó por aquí antes de su célebre visión del escapulario carmelita. También subió en peregrinación a esta santa montaña el rey San Luis de Francia en el año 1254 en acción de gracias por haberse salvado de un naufragio.

Con la caída de la ciudad de San Juan de Acre en 1291 vino la persecusión árabe que causó el martirio de no pocos religiosos. Después de una larga interrupción de la vida monacal en la montaña que dio ocasión para la expansión del ideal carmelitano por el Occidente, regresaron los religiosos del Carmen al Monte Carmelo por el siglo XVII.

La estrella del Mar

Los marineros antes de la edad de la electrónica confiaban su rumbo a las estrellas. De aquí la analogía con La Virgen María quien como, estrella del mar, nos guía por las aguas difíciles de la vida hacia el puerto seguro que es Cristo. Por la invasión de los sarracenos, los Carmelitas se vieron obligados a abandonar el Monte Carmelo. Una antigua tradición nos dice que antes de partir se les apareció la Virgen mientras cantaban el Salve Regina y ella prometió ser para ellos su Estrella del Mar. Por ese bello nombre conocían también a la Virgen porque el Monte Carmelo se alza como una estrella junto al mar

Los Carmelitas y la Virgen del Carmen se difunden por Europa

La Virgen Inmaculada, Estrella del Mar, es la Virgen del Carmen, es decir la que desde tiempos remotos allí se le venera. Ella acompañó a los Carmelitas a medida que la orden se propagó por el mundo. A los Carmelitas se les conoce por su devoción a la Madre de Dios, ya que en ella ven el cumplimiento del ideal de Elías. Llegaron incluso a llamárseles: “Los hermanos de Nuestra Señora del Monte Carmelo”. En su profesión religiosa se consagraban a Dios y a María, y tomaban el hábito en honor ella, como un recordatorio de que sus vidas le pertenecían a ella, y por ella a Cristo.

El Escapulario Carmelita

Los signos en la vida humana y cristiana.


Vivimos en un mundo con cantidad de realidades tomadas como símbolo: el rayo de luz, la llama de fuego, el agua que brota… En la vida de cada día existe también gestos que expresan y simbolizan valores más profundos: como el compartir la comida (signo de amistad), el ponerse en fila para una manifestación (signo de solidariedad), el estar todos en pie (respeto).
Como hombres tenemos necesidad de signos o símbolos que nos ayuden a entender y vivir. Como cristianos tenemos a Jesús, el gran don y al mismo tiempo signo eterno del amor del Padre. El estableció la Iglesia, ella misma como signo e instrumento de su amor. E incluso utilizó pan, vino, agua para remontarnos a realidades superiores que no vemos ni tocamos: constituyó signos capaces para dárnoslas verdaderamente, es decir los Sacramentos.

En la celebración de los Sacramentos los símbolos (agua, aceite, pan, imposición de las manos, anillos) expresan y operan una comunicación con Dios, que se hace presente a través de tales cosas concretas y cotidianas.
Además de los signos litúrgicos, existen en la Iglesia otros signos, ligados a un acontecimiento, a una tradición, a una persona. UNO DE ESTOS ES EL ESCAPULARIO DEL CARMEN.

Origen del Escapulario

En el Medioevo muchos cristianos querían unirse a las Ordenes religiosas fundadas entonces: Franciscanos, Dominicos, Agustinos, Carmelitas. Surgió un laicado asociado a ellas mediante las Confraternidades. Las Ordenes religiosas trataron de dar a los laicos un signo de afiliación y de participación en su espíritu y apostolado. Este signo estaba constituido por una parte significativa del hábito: capa, cordón, escapulario.
Entre los Carmelitas se estableció el Escapulario, en forma reducida, como expresión de pertenencia a la Orden y de compartir su devoción mariana. Actualmente el Escapulario de la Virgen del Carmen es un signo aprobado por la Iglesia y propuesto por la Orden Carmelitana como manifestación del amor de María por nosotros y como expresión de confianza filial por parte nuestra en Ella, cuya vida queremos imitar.

El “Escapulario” en su origen era un delantal que los monjes vestían sobre el hábito religioso durante el trabajo manual. Con el tiempo asumió el significado simbólico de querer llevar la cruz de cada día, comlos verdaderos seguidores de Jesús. En algunas Ordenes religiosas, como el Carmelo se convirtió en el signo de la decisión de vivir la vida como siervos de Cristo y de Maria. El Escapulario simbolizó el vínculo especial de los Carmelitas a María, Madre del Señor, expresando la confianza en su materna protección y el deseo de seguir su ejemplo de donación a Cristo y a los demás. Así se ha transformado en un signo Mariano por excelencia.

El Escapulario, signo mariano

El Escapulario ahonda sus raíces en la larga historia de la orden Carmelita, donde representa el compromiso de seguir a Cristo como María, modelo perfecto de todos los discípulos de Cristo. Este compromiso tiene su origen lógico en el bautismo que nos transforma en hijos de Dios.

La Virgen nos enseña:

-A vivir abiertos a Dios y a su voluntad, manifestada en los acontecimientos de la vida;
-A escuchar la voz (palabra) de Dios en la Biblia y en la vida, poniendo después en práctica las exigencias de esta voz;
-A orar fielmente sintiendo a Dios presente en todos los acontecimientos;
-A vivir cerca de nuestros hermanos y a ser solidarios con ellos en sus necesidades.

El Escapulario introduce en la fraternidad del Carmelo, es decir en una gran comunidad de religiosos y religiosas que, nacidos en Tierra Santa, están presentes en la Iglesia desde hace más de ocho siglos. Compromete a vivir el ideal de esta familia religiosa, que es la amistad íntima con Dios a través de la oración.

-Pone delante el ejemplo delos santos y santas del Carmelo con quienes se establece una relación familiar de hermanos y hermanas.
-Expresa la fe en el encuentro con Dios en la vida eterna por la intercesión de María y su protección.

En síntesis y en concreto el escapulario del Carmen NO ES:


-Ni un objeto para una protección mágica (un amuleto)
-Ni una garantía automática de salvación
-Ni una dispensa para no vivir las exigencias de la vida cristiana, al revés!


ES:


-Un signo “fuerte” aprobado por la Iglesia desde hace varios siglos, ya que representa nuestro compromiso de seguir a Jesús como María:
* abiertos a Dios y a su voluntad
* guiados por la fe, por la esperanza y por el amor
* cercanos al prójimo necesitado
* orando constantemente y descubriendo a Dios presente en todas las circunstancias
* un signo que introduce en la familia del Carmelo
* un signo que alimenta la esperanza del encuentro con Dios en la vida eterna bajo la protección de María Santísima.


Normas prácticas

* El Escapulario lo impone una vez para siempre, un religioso carmelita u otro sacerdote autorizado.
* Puede ser sustituido por una medalla que represente por una parte la imagen del Sagrado Corazón de Jesús, y por otra la de la Virgen. Esta medalla se bendice cuando se cambia.
* El Escapulario es para los cristianos auténticos que viven conforme a las exigencias evangélicas, reciben los Sacramentos y profesan una especial devoción a la Santísima Virgen (expresada con el rezo cotidiano de al menos tres Ave Marías).

Imposición del escapulario: fórmula

Recibe este Escapulario, signo de una relación especial con María, la Madre de Jesús, que te comprometes a imitarle.
Este Escapulario te recuerde tu dignidad de cristiano, tu entrega al servicio del prójimo y a la imitación de María.
Llévalo como signo de su protección y como signo de tu pertenencia a la familia del Carmelo. Estáte dispuesto a cumplir la voluntad de Dios y a comprometerte en el trabajo por la construcción de un mundo que responda al plan de fraternidad, justicia y paz de Cristo.

Santa Teresa de Jesús y la Virgen María

Toda la experiencia mariana de Santa Teresa que se encuentra diseminada en sus escritos, se puede componer en un mosaico que ofrece una hermosa imagen de María; nos servimos de tres líneas importantes de esta doctrina teresiana.

a. Devoción mariana y experiencia mística mariana

Desde la primera página de los escritos teresianos aparece la Virgen entre los recuerdos más importantes de la niñez de Teresa; es el recuerdo de la devoción que su madre Doña Beatriz le inculcaba y que ejercitaba con el rezo del Santo Rosario (Vida 1,1.6); es conmovedor el episodio de su oración a la Virgen cuando pierde su madre Doña Beatriz, a la edad de 13 años: “Afligida fuíme a una imagen de nuestra Señora y suplicaba fuese mi madre con muchas lágrimas. Parecíame que aunque se hizo con simpleza me ha valido; porque conocidamente he hallado a esta Virgen soberana en cuanto me he encomendado a ella, y, en fin, me ha tornado a sí” (Vida 1,7). La Santa atribuye, pues, a la Virgen, la gracia de una protección constante y de manera especial la gracia de su conversión: “me ha tornado a sí”. Otros textos de la autobiografía nos revelan la permanencia de esta devoción mariana: cuando acude a la Virgen en sus penas (Vida 19,S), cuando recuerda sus fiestas de la Asunción y de la Inmaculada Concepción (Ib. 5,9; 5,6), o la Sagrada Familia (Ib. 6,8), o su devoción al Rosario (Ib. 29,7; 38,1).

Muy pronto la devoción a la Virgen pasa a ser, como en otros aspectos de la vida de la Santa, una experiencia de sus misterios cuando Dios hace entrar a Teresa en contacto con el misterio de Cristo y de todo lo que a él le pertenece. En la experiencia mística teresiana del misterio de la Virgen hay como una progresiva contemplación y experiencia de los momentos más importantes de la vida de la Virgen, según la narración evangélica. Así por ejemplo, tenemos una intuición del misterio de la obumbración de la Virgen y de su actitud humilde y sabia en la Anunciación (Conceptos de Amor de Dios 5,2; 6,7). Por dos veces la Santa Madre ha tenido una experiencia mística de las primeras palabras del Cántico de María, el “Magnificat” (Relación 29,1; 61), que según el testimonio de María de San José con mucha frecuencia “repetía en voz baja y en lenguaje castellano”‘ (Cfr. B.M.C. 18, p. 491).

Contempla con estupor el misterio de la Encarnación y de la presencia del Señor dentro de nosotros a imagen de la Virgen que lleva dentro de sí al Salvador: “Quiso (el Señor) caber en el vientre de su Sacratísima Madre. Como es Señor, consigo trae la libertad, y como nos ama hácese a nuestra medida” (Camino Escorial 48,11). Contempla la Presentación de Jesús en el templo y se le revela el sentido de las palabras de Simeón a la Virgen (Relación 35,1): “No pienses cuando ves a mi Madre que me tiene en los brazos, que gozaba de aquellos contentos sin graves tormentos. Desde que le dijo Simeón aquellas palabras, la dio mi Padre clara luz para que viese lo que yo había de padecer” ( Cfr. también sobre el nacimiento de Jesús la Poesía 14 y sobre la presentación Camino 31,2). Tiene presente la huída a Egipto y la vida oculta de la Sagrada Familia (Carta a Doña Luisa de la Cerda, 27 de mayo de 1563, y Vida 6,8).

Tiene una especial intuición de la presencia de María en el misterio pascual de su Hijo; participa con ella en la pena de su desolación y en la alegría de la Resurrección del Señor. A Teresa le gusta contemplar la fortaleza de María y su comunión con el misterio de Cristo al pie de la Cruz (Camino 26,8). En los Conceptos de Amor de Dios (3,11) describe la actitud de la Virgen: “Estaba de pie y no dormida, sino padeciendo su santísima anima y muriendo dura muerte”. Ha entrado místicamente en el dolor de la Virgen cuando se le pone el Señor en sus brazos “a manera de como se pinta la quinta angustia” (Relación 58); ha experimentado en la Pascua de 1571 en Salamanca la desolación y el traspasamiento del alma ( que es como una noche oscura del espíritu); todo ello le hace hacen recordar la soledad de la Virgen al pie de la Cruz (Relación 15, 1.6). En esta misma ocasión le dice el Señor que: “En resucitando había visto a nuestra Señora, porque estaba ya con gran necesidad … y que había estado mucho con ella- porque había sido menester hasta consolarla” (Ib.).

En varias ocasiones ha podido contemplar el misterio de la glorificación de la Virgen en la fiesta de su Asunción gloriosa (Vida 33,15 y 39,26). Tiene conciencia de que la Virgen acompaña con su intercesión constante la comunidad en oración, como le acaece en San José de Avila (Vida 36,24) y en la Encarnación (Relación 25,13). Cuando en una altísima experiencia mística, Dios le da a conocer el misterio de la Trinidad percibe la cercanía de la Virgen en este misterio y el hecho de que la Virgen, con Cristo y el Espíritu Santo son un don inefable del Padre: “Yo te di a mi Hijo y al Espíritu Santo y a esa Virgen. ¿Qué me puedes dar tu a mi? (Ib.)

Se puede afirmar que la Santa ha tenido una profunda experiencia mística mariana, ha gozado de la presencia de María y ella misma, la Madre, le ha hecho revivir sus misterios. Por eso es una profunda convicción de la doctrina teresiana que los misterios de la Humanidad de Cristo y los misterios de la Virgen Madre forman parte de la experiencia mística de los perfectos (Cfr. Moradas VI,7,13 y título del cap.; 8,6).

b. María, modelo y madre de la vida espiritual.

Santa Teresa ha expresado en algunas líneas doctrinales su experiencia y su contemplación del misterio de la Virgen María. Hubiera, sin duda alguna, trazado una hermosa síntesis de espiritualidad mariana si, como fue su intención, hubiese comentado el “Ave María” como hizo con el Padre Nuestro en la primera redacción del Camino de Perfección. Podemos afirmar que entre las virtudes características de la Virgen que Santa Teresa propone a la imitación, hay una que las resume todas. María es la primera cristiana, la discípula del Señor, la seguidora de Cristo hasta el pie de la Cruz (Camino 26,8). Es el modelo de una adhesión total a la Humanidad de Cristo y a la comunión con El en sus misterios, de manera que Ella es el modelo de una contemplacion centrada en la Sacratísima Humanidad (Cfr. Vida 22,1; Moradas VI,7,14).

Entre las virtudes que son también las de la vida religiosa carmelitana podemos citar: la pobreza que hace María pobre con Cristo (cfr. Camino 31,2); la humildad que trajo a Dios del cielo “en las entrañas de la Virgen” (Camino 16,2) y por eso es una de las virtudes principales que hay que imitar: “Parezcámonos en algo a la gran humildad de la Virgen Santísima” (Camino 13,3); la actitud de humilde contemplacion y de estupor ante las maravillas de Dios (Conceptos de Amor de Dios, 6,7) y el total asentimiento a su voluntad (Ib.).

Su presencia acompaña todo nuestro camino de vida espiritual, como si cada gracia y cada momento crucial de madurez en la vida cristiana y religiosa tuvieran que ver con la presencia activa de la Madre en el camino de sus hijas. Así la Virgen aparece activamente presente en toda la descripción que la Santa hace del itinerario de la vida espiritual en el Castillo Interior. Es la Virgen que intercede por los pecadores cuando a ella se encomiendan (Moradas I, 2,12). Es ejemplo y modelo de todas las virtudes, para que con sus méritos y con sus virtudes pueda servir de aliento su memoria en la hora de la conversión definitiva (Moradas III 1,3). Es la Esposa de los Cantares (Conceptos de Amor de Dios, 6,7), modelo de las almas perfectas. Y es la Madre en la que todas las gracias se resumen en su comunión con Cristo en el “mucho padecer”: “Siempre hemos visto que los que mas cercanos anduvieron a Cristo nuestro Señor fueron los de mayores trabajos: miremos los que pasó su gloriosa Madre y sus gloriosos apóstoles” (Moradas VII 4,5). Por eso la memoria de Cristo y de la Virgen, en la celebración litúrgica de sus misterios, nos acompaña y fortalece (Cfr. Moradas VI,7,11.13).

c. La Virgen María y el Carmelo

Teresa de Jesús con su vocación de Carmelita ha entrado profundamente en toda la antigua tradición espiritual del Carmelo. En el monasterio de la Encarnación de Avila ha podido impregnarse de toda la rica espiritualidad mariana de la Orden, tal como en el siglo XVI la expresaban la tradición histórica, las leyendas espirituales, la liturgia carmelitana, la devoción popular, la iconografía carmelitana. En sus escritos el nombre de la Orden esta siempre unido al de la Virgen que es Señora, Patrona, Madre de la Orden y de cada uno de sus miembros. Todo es mariano en la Orden, según Santa Teresa: el hábito, la Regla, las casas.

Cuando es nombrada Priora de la Encarnación, en 1571, coloca en el lugar primero del coro a la Virgen, porque comprende que en María hay una convergencia de devoción, de amor y respeto por parte de todas las religiosas. El gesto tiene un hermoso epílogo mariano, con la aparición de la Virgen (Relación 25). En una Carta a María de Mendoza (7 de marzo de 1572) dice afectuosamente: “Mi ‘Priora’ (la Virgen María) hace estas maravillas”. Acoge con gozo al P. Gracián, tan devoto de la Virgen, como ella recuerda con frecuencia en sus Cartas, y se entusiasma con el conocimiento que él tiene y le comunica de los orígenes de la Orden, tal como eran narrados en los libros de entonces (cfr. Fundaciones, c.23) Tiene plena conciencia de los privilegios del Santo Escapulario, como parece aludir en esta frase a propósito de la muerte de un carmelita: “Entendí que por haber sido fraile que había guardado bien su profesión le habían aprovechado las Bulas de la Orden para no entrar en el Purgatorio (Vida 38,31).

Con idéntico espíritu mariano, como un servicio de renovación de la Orden de nuestra Señora y por impulsos de la Virgen, emprende la tarea de la fundación de San José. Ya en las primeras gracias que Cristo le hace, encontramos la alusión de la presencia de la Virgen en el Carmelo (Vida 32,11). Después es la misma Virgen la que activa la fundación de San José con idénticas palabras y promesas y con una gracia especial concedida a Teresa de pureza interior, una especie de investidura mariana para ser Fundadora (Vida 33,14). Al concluir felizmente la fundación de San José la Madre Teresa confiesa sus sentimientos marianos: “Fue para mí como estar en una gloria ver poner el Santísimo Sacramento… y hecha una obra que tenía entendido era para servicio del Señor y honra del hábito de su gloriosa Madre” (Vida 36,6 ). Y añade: “Guardamos la Regla de nuestra Señora del Carmen… Plega al Señor sea todo para gloria y alabanza suya, y de la gloriosa Virgen María, cuyo hábito traemos” (Ib. 36, 26. 28 ) Como respuesta a este servicio mariano, ve a Cristo que le agradece “lo que había hecho por su Madre” y ve a la Virgen “con grandísima gloria, con manto blanco y debajo de él parecía ampararnos a todas” (Ib. 36, 24).

En la narración de los progresos de la Reforma, Teresa tiene siempre el cuidado de subrayar la continuidad con la Orden, el servicio hecho a nuestra Señora, la especial protección que Ella le dispensa en todas las ocasiones. Así, por ejemplo, el encuentro con el Padre Rubeo y el permiso obtenido para extender los monasterios teresianos: “Escribí a nuestro Padre General una carta… poniéndole delante el servicio que haría a nuestra Señora, de quien era muy devoto. Ella debía ser la que lo negoció” (Fundaciones, 2,5). Todo el libro de las Fundaciones parece estar escrito en clave mariana, pues son continuas las alusiones de Teresa a la Virgen y a su servicio, como cuando escribe: “Comenzando a poblarse estos palomarcitos de la Virgen nuestra Señora …” (Ib. 4,5); o cuando subraya: “Son estos principios para renovar la Regla de la Virgen su Madre y Señora y Patrona Nuestra” (Ib. 14,5), como dice a propósito de la fundación de Duruelo. Cuando vuelve la vista atrás, al final del libro de las Fundaciones, contempla todo como un servicio de la Virgen y una obra en la que ha colaborado la misma Reina del Carmelo: “Nosotras nos alegramos de poder en algo servir a nuestra Madre y Señora y Patrona… Poco a poco se van haciendo cosas en honra y gloria de esta gloriosa Virgen y su Hijo …” (Ib. 29,23.28). La misma separación de calzados y descalzos hecha en el Capítulo de Alcalá, en 1581, es contemplada por Teresa con una referencia pacificadora a la Madre de la Orden: “Acabó nuestro Señor cosa tan importante… a la honra y gloria de su gloriosa Madre, pues es de su Orden, como Señora y Patrona que es nuestra …” (Ib. 29,31).

El recuerdo de la Virgen sugiere a Teresa en diversas ocasiones el sentido de la vocación carmelitana inspirada en María. Así por ejemplo con una alusión implícita a la Virgen escribe: “Todas las que traemos este hábito sagrado del Carmen somos llamadas a la oración y contemplación (porque este fue nuestro principio, de esta casta venimos, de aquellos santos Padres nuestros del Monte Carmelo, que en tan gran soledad y con tanto desprecio del mundo buscaban este tesoro, esta preciosa margarita de que hablamos” (Moradas V 1,2). En el contexto anterior y posterior la Santa habla de la vocación la oración, tesoro escondido y perla preciosa – dos alusiones evangélicas – que están dentro de nosotros, pero que exigen el don total de nuestra vida para comprar el campo donde esta el tesoro y adquirir la perla preciosa.

María aparece como la Madre de esta “casta de contemplativos”, por su interioridad en la meditación y la entrega total del Señor. En otra ocasión Teresa llama la atención sobre la necesidad de la imitación de la Virgen para poder llamarnos de veras hijas suyos: “Plega a nuestro Señor, hermanas, que nosotras hagamos la vida como verdaderas hijas de la Virgen y guardemos nuestra profesión, para que nuestro Señor nos haga la merced que nos ha prometido” (Fundaciones 16,7). En el amor a la Virgen y en la adhesión a la misma familia se encuentra para la fraternidad teresiana el fundamento del amor recíproco y de la comunión de bienes, como sugieren estos dos textos: “Así que, mis hijas, todas lo son de la Virgen y hermanas, procuren amarse mucho unas a otras” (Carta a las monjas de Sevilla, 13 de enero de 1580, 6). “Por eso traemos todas un hábito, porque nos ayudemos unos (monasterios) a otros, pues lo que es de uno es de todos” (Carta a la M. Priora y Hermanas de Valladolid, 31 de mayo de 1579,4).

Estas páginas muestran como la Santa Madre ha vivido intensamente la tradición mariana del Carmelo y la ha enriquecido con su experiencia mística, su devoción y la orientación doctrinal de sus escritos. Para la carmelita descalza la Virgen es, en la perspectiva teresiana, modelo de adhesión a Cristo, de vivencia contemplativa de su misterio y de servicio eclesial; para cada monasterio, la Virgen es la Madre que con su presencia acrecienta el sentido de intimidad y de familia, alienta en el camino de la vida espiritual, preside la oración como ferviente intercesora ante su Hijo.

La Espiritualidad Mariana de la orden Carmelita
Escrita por la Orden de Carmelitas Descalzos

1. En los orígenes de nuestra devoción mariana

Hay tres palabras claves que sintetizan los orígenes de nuestra relación carismática con la Virgen María: el lugar del Monte Carmelo, el nombre o título mariano de la Orden, la explícita mención de la dedicación de la Orden del Carmelo al servicio de nuestra Señora.

a. El lugar: una capilla en honor de la Virgen María en el Monte Carmelo
Un anónimo peregrino de principios del siglo XIII nos ofrece, en un documento sobre los caminos y peregrinaciones de la Tierra Santa, el primer testimonio histórico mariano acerca de la Orden. Nos habla de una “muy bella y pequeña iglesia de nuestra Señora que los ermitaños latinos, llamados “Hermanos del Carmelo” tenían en el Wadi ‘ain es-Siah. Otra redacción del mismo manuscrito habla de una iglesia de nuestra Señora.

Posteriormente el título de la Virgen María se le dará a todo el monasterio, cuando se amplíe notablemente la primitiva capilla, como consta en varios documentos antiguos (cfr. Bullarium Carmelitanum, I, pp. 4 y 28). Este dato primordial de la capilla del Monte Carmelo dedicada a la Madre de Dios es significativo y prácticamente es el hecho del que se desprende la más antigua devoción de los Carmelitas a la Virgen. Desde el principio de su fundación los Carmelitas han erigido una pequeña capilla dedicada a la Virgen Madre de Dios en su misma tierra de Israel.

Suponemos que esta capilla estaba presidida por una imagen de la Madre de Dios. La tradición antigua de la orden nos ha transmitido algunas imágenes antiguas, de inspiración oriental. Entre ellas algunas del tipo de la Virgen de la ternura o de la Virgen sentada en un trono con su Hijo. Todo ello indica que los ermitaños del Monte Carmelo querían dedicarse por entero al vivir en obsequio de Jesucristo bajo la mirada amorosa de la Virgen Madre, y que ella presidió desde sus misma cuna el nacimiento de una nueva experiencia eclesial. De aquí el hecho que se la reconozca como Patrona, según las palabras del General Pedro de Millaud al Rey de Inglaterra Eduardo I a propósito de la Virgen María “en cuya alabanza y gloria esta misma Orden fue fundada especialmente” (Cfr. Ibidem, 606-607). Una afirmación que la tradición posterior confirmara constantemente.

b. El nombre: “Hermanos de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo”
Así aparece el título de la Orden en algunos documentos pontificios, con una referencia explícita a la Virgen María, como consta por la Bulla de Inocencio IV, Ex parte dilectorum (13-1-1252): “De parte de los amados hijos, los ermitaños hermanos de la Orden de Santa María del Monte Carmelo” (Analecta Ordinis Carmelitarum 2 (1911-1913) p.128). En un documento posterior (20-2-1233) Urbano IV (en la Bula Quoniam, ut ait) hace referencia al “Prior Provincial de la Orden de la Bienaventurada María del Monte Carmelo en Tierra Santa” y añade que en el Monte Carmelo está el lugar de origen de esta Orden donde se va a edificar un nuevo monasterio en honor de Dios y “de la dicha Gloriosa Virgen su Patrona” (Bullarium Carmelitanum I, p.28).

Este nombre, “Hermanos” que es signo de familiaridad e intimidad con la Virgen, ha sido reconocido por la Iglesia, y será en adelante fuente de espiritualidad cuando los autores carmelitas posteriores hablen del “patronazgo de la Virgen” y de su cualidad de “Hermana” de los Carmelitas.

c. La consagración a la Virgen


El Carmelo profesa con su dedicación total al servicio de Jesucristo como Señor de la Tierra Santa, según el sentido de seguimiento y de servicio que tiene el texto inicial de la Regla en su contexto histórico y geográfico, su total consagración a la Virgen María. Así lo reconoce un antiguo texto legislativo del Capitulo de Montpellier, celebrado en 1287: “Imploramos la intercesión de la gloriosa Virgen María, Madre de Jesús, en cuyo obsequio y honor fue fundada nuestra religión del Monte Carmelo” (Cfr. Actas del Capítulo General de Montpellier, Acta Cap.Gen., Ed. Wessels-Zimmermann, Roma 1912, p.7). Esta especial consagración que se une al recuerdo del seguimiento de Cristo tendrá una lógica consecuencia en la fórmula de la profesión que incluirá la mención explícita de la entrega a Dios y a la Bienaventurada Virgen María.

2. Una tradición espiritual viva

Tras los datos históricos reseñados que pertenecen a los albores de la experiencia mariana del Carmelo, las Constituciones señalan los elementos mas significativos de la espiritualidad mariana de Santa Teresa y de San Juan de la Cruz. Sin embargo podemos condensar en algunas orientaciones la riqueza doctrinal del espíritu mariano de la Orden, tal como ha sido vivido a partir de los orígenes, enriquecido por la devoción y los escritos espirituales de algunos carmelitas insignes.

a. Los títulos de amor y de veneración.


Se puede afirmar que la antigua tradición carmelitana ha expresado los vínculos de amor con la Virgen a través de una serie de títulos relativos al misterio de María pero percibidos con un sabor especial desde la experiencia de la vida del Carmelo. Así, en los orígenes, predomina la denominación de Patrona de la Orden, pero también se va haciendo camino la expresión más dulce de Madre, como aparece en fórmulas antiguas de Capítulos y Constituciones, como estas: “En honor de nuestro Señor Jesucristo y de la gloriosa Virgen María, Madre de nuestra Orden del Carmelo”; “Para alabanza de Dios y de la bienaventurada Virgen María Madre de Dios y Madre nuestra”, como dicen las Constituciones de 1369.


En la antífona “Flos Carmeli” se invoca a la Virgen como “Madre dulce” (Mater mitis) y Juan de Chimineto habla de María como “fuente de las misericordias y Madre nuestra”. Los dos apelativos están en relación con el misterio de la Virgen Madre de Dios en la expansión de su maternidad hacia los hombres. A estos títulos hay que añadir el de Hermana, asumido por los Carmelitas del siglo XIV en la literatura devocional que narra los orígenes de la Orden, a partir del profeta Elías que contempla proféticamente en la nubecilla la futura Madre del Mesías, y se complace en ilustrar las relaciones de la Virgen con los ermitaños del Monte Carmelo.

Desde otro punto de vista doctrinal, los Carmelitas, en la contemplacion el misterio de la Virgen, han puesto de relieve su Virginidad, admirando en ella el modelo de la opción por una vida virginal en el Carmelo y su relación con la contemplacion. Por las mismas razones los Carmelitas siempre estuvieron entre los defensores del privilegio de la Inmaculada Concepción de la Virgen, en las controversias de la edad media, sea a nivel de teología, sea a favor de la introducción de la fiesta en el Calendario de la Orden que la celebraba con particular devoción. De aquí también la insistencia de los autores carmelitas en la filial contemplacion de la Virgen Purísima y del compromiso de imitar en la Virgen esta actitud espiritual, simbólicamente reflejada en la capa blanca del hábito de la Orden.

b. Privilegios para la Orden.


La historia y la espiritualidad mariana de la Orden, sobre todo durante los siglos XIV-XVI, se enriquecen de motivos devocionales que van aumentando la tradición histórica primitiva. La Virgen María aparece como una auténtica Protectora de la Orden en momentos difíciles de su evolución y su expansión en Occidente. EL Catálogo de los Santos Carmelitas ha recogido la visión que el General de la Orden Simón Stock tuvo hacia el año 1251, cuando la Virgen se le aparece y le hace entrega del hábito de la Orden asegurándole la salvación eterna para todos los que lo lleven con devoción. Al Papa Juan XXII se le atribuye un documento, llamado comúnmente Bula Sabatina, que lleva la fecha del 3 de marzo de 1322, en el cual refiere la visión que el mismo Papa tiene de la Virgen que le promete una protección personal a cambio de la ayuda que él mismo preste a los Carmelitas; en la Bula se alude al privilegio de una liberación de las penas del Purgatorio para todos aquellos que hayan llevado dignamente el Santo Escapulario, mediante la acción maternal de la Virgen que irá a liberar a sus devotos el sábado siguiente a su muerte.

Estos dos hechos han polarizado la atención popular hacia la devoción mariana propuesta por los Carmelitas y han monopolizado, en cierto sentido, la visión espiritual que la Orden ha tenido del misterio de María, que es sin duda mucho más rica, más evangélica, más espiritual.
La Orden desde el siglo XIV quiso celebrar con una fiesta especial, la Conmemoración de la Virgen María del Monte Carmelo, los beneficios recibidos por intercesión de nuestra Señora. Esta fiesta tenía a la vez el sentido de recordar la protección de María y de realizar la acción de gracias por parte de la Orden. En la elección de la fecha, como se sabe, influye la parcial aprobación de la Orden obtenida en el Concilio II de Lyon, el 17 de julio de 1274, cuando había estado en peligro la extinción de la Orden. Posteriormente, la fecha del 16 de julio fue considerada como el día tradicional de la aparición de la Virgen a San Simón Stock; de esta forma el recuerdo de la protección de la Virgen se concentró en el agradecimiento particular por lo que constituía la suma y compendio del amor de la Virgen para los Carmelitas: el don del Santo Escapulario y sus privilegios.

c. Espiritualidad mariana de la Orden: María, modelo y Madre


Una nota distintiva de la actitud de los Carmelitas hacia la Virgen María es el deseo de imitar sus virtudes dentro de la propia profesión religiosa. Ya el conocido teólogo carmelita Juan Baconthorp (1294-1348 ) había intentado hacer en su comentario a la Regla un paralelismo entre la vida del Carmelita y la vida de la Virgen María; se trata de un principio exegético de gran importancia porque centra la devoción en la imitación. Otro gran teólogo, Arnoldo Bostio (1445-1499), ha cantado en su obra acerca del Patronazgo mariano sobre la Orden, el sentido de intimidad con la Virgen, la especial filiación del carmelita, la comunión de bienes con la Madre, el sentido de la “hermandad” con Ella. El Beato Bautista Mantuano (1447-1516) es un cantor eximio de la Virgen en su producción poética. Como fieles intérpretes de la tradición carmelitana llevan a su esplendor el sentido de la intimidad con la Virgen y su conformación interior al misterio de María el P. Miguel de San Agustín (1621-1684) y su dirigida María de Santa Teresa (1623-1677).


Aunque no es éste el lugar para desarrollar la doctrina de todos estos autores, hemos querido dejar constancia de una rica tradición doctrinal y espiritual del Carmelo que encontrará en los representantes del Carmelo Teresiano una digna continuidad y profundización de la espiritualidad mariana.

d. Liturgia y devoción popular.



Los Carmelitas han expresado su devoción y consagración a la Virgen especialmente por medio de la liturgia. Han erigido templos en su memoria y venerado su imagen. Los antiguos Rituales de la Orden, a partir del siglo XIII, muestran el fervor litúrgico del Carmelo en la celebración de las fiestas marianas de la Iglesia, con la aceptación de nuevas celebraciones; se trata de fiestas que en otros lugares y en otras Ordenes, no son acogidas con tanto fervor, como la fiesta de la Inmaculada Concepción. La fiesta de la Conmemoración Solemne de la Virgen del Monte Carmelo se convierte en la fiesta principal. El antiguo rito jerosolimitano, seguido por la Orden, reserva a María múltiples invocaciones en las horas canónicas, con antífonas marianas a final de cada hora y con una solemnización especial de la Salve Regina de Completas.

En honor de la Virgen se celebran sus misas votivas y el nombre de María se introduce con frecuencia en los textos litúrgicos de la toma de hábito y de la profesión. Se puede decir que la liturgia carmelitana ha dejado una profunda huella de espíritu mariano en la tradición espiritual y ha plasmado interiormente la dedicación que la Orden profesaba a la Virgen Nuestra Señora. Junto a la liturgia florecen características prácticas de devoción popular de la Iglesia, como el Angelus y el Rosario, y otras propias de la Orden, unidas a la devoción del Escapulario.

3. La espiritualidad mariana en el Carmelo teresiano

La segunda parte del n. 54 de las Constituciones presenta la lógica continuidad de la experiencia mariana del Carmelo en Santa Teresa y en San Juan de la Cruz con estas palabras: “Santa Teresa y San Juan de la Cruz, han reafirmado y renovado la piedad mariana del Carmelo“. Sigue a continuación una breve y jugosa síntesis del pensamiento mariano de Santa Teresa y de San Juan de la Cruz. Dentro del espacio que ofrecen estas páginas de breve comentario vale la pena alargar un poco más la visión que ofrecen de este punto las Constituciones para ver hasta qué punto el tema mariano se enriquece en los Santos de la Orden y como queda configurado actualmente en nuestra espiritualidad, a partir de la doctrina y experiencia de Teresa de Jesús, de Juan de la Cruz y de otros testigos eximios del Carmelo Teresiano.

(http://www.ewtn.com/spanish/Maria/carmen.htm)