23 marzo, 2013

Santa Rebeca



Oh, Santa Rebeca, vos sois la hija
del Dios de la vida, y, su amada santa
que, además honor hicisteis al significado
de vuestro nombre: “vencedora por su
belleza”. Humilde, como erais, todo
dejasteis e hicisteis de sirvienta.
Bella erais, pero más vuestra alma
que, juego hacían con vuestro carácter,
vuestra melodiosa voz, y el de, dueña
ser, de una vida espiritual singular.
Os negasteis a vuestros esponsales
porque amabais más, la monástica vida
Y, así fue. Las montañas del Líbano
saben de vos y de vuestras enseñanzas
Confiasteis en Dios, siempre, y así,
pudisteis superar dolores y muertes.
Bajo vuestro hábito, salvasteis a un
niño, a costa de vuestra propia vida.
Os unisteis a la Congregación de las
Madres Libanesas Maronitas, que, de
vuestro agrado fue, y os quedasteis
hasta el final de vuestros días, y,
aunque, ciega y paralítica, dabais
a Dios gracias, por aquellas pruebas.
Jamás, la luz de vuestro bello rostro,
dejó su brillo, mucho menos el de
vuestra alma, que recogida fue por
el Señor, para premiada ser de luz;
oh, Santa Rebeca, “belleza de Dios”.


© 2013 by Luis Ernesto Chacón Delgado
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23 de Marzo
Santa Rebeca
1832 – † 1914


Rebeca significa “vencedora por su belleza” y viene de la lengua hebrea. Esta joven nació en Himalaya el 29 de junio de 1832. Era hija única. Su madre murió cuando rebeca tenía apenas 6 años. Su padre quedó sin trabajo, y ella se fue de sirvienta a una familia de Damasco aunque de origen libanés. Después de cuatro años volvió a casa. Su padre se había casado de nuevo.



Rebeca tenía entonces 15 años. Era bella, de buen carácter y de una voz melodiosa, de una religiosidad profunda y humilde. Su tía materna quería que se casara con su hijo. Hubo riñas en la familia porque ella se negó. En el fondo de su alma soñaba con hacerse monja. En 1856 hizo sus votos religiosos. A los dos años, la enviaron al seminario de los jesuitas como cocinera. Aprovechó no obstante sus momentos libres parta profundizar en el estudio de la lengua árabe.



Después anduvo por muchas escuelas de la montaña libanesa enseñando el catecismo. Hubo revueltas políticas. Ella, confiando en Dios, superó los instantes en que vio morir a personas. Salvó a un niño bajo su hábito.


Marchó después al convento de la Congregación de las Madres Libanesas Maronitas (1871-1914). Tanto le gustó esta Congregación, que se quedó en ella. Cayó enferma y la enviaron a Beirut para que se curase. Se alivió su dolor por algún tiempo. Para probar su santidad, tuvo las pruebas de su ceguera y parálisis.

Nunca, sin embargo, perdió la luz de su bello rostro. Llena de méritos y ante la admiración de todos, murió el 23 de marzo de 1914. Juan Pablo II la declaró santa el diez de junio del 2001.




22 marzo, 2013

Santa Lea



Oh, Santa Lea, vos, sois la hija del
Dios de la vida y, su amada santa que,
considerada erais, “santísima” por San
Jerónimo, porque, viuda quedando, al
mundo renunciasteis e ingresasteis a
un monasterio y, dentro de él, a ser
superiora llegasteis. San Jerónimo,
de vos escribió: “De un modo tan
completo se convirtió a Dios, que
mereció ser cabeza de su monasterio
y madre de vírgenes; después de
llevar blandas vestiduras, mortificó
su cuerpo vistiendo sacos; pasaba
las noches en oración y enseñaba
a sus compañeras más con el ejemplo
que con sus palabras. Fue tan grande
su humildad y sumisión, que la que
había sido señora de tantos criados
parecía ahora criada de todos; aunque
tanto más era sierva de Cristo cuanto
menos era tenida por señora de hombres.
Su vestido era pobre y sin ningún
esmero, comía cualquier cosa, llevaba
los cabellos sin peinar, pero todo
eso de tal manera que huía en todo
la ostentación”. Cumplisteis vuestro
tiempo, y luego, el alma al Padre,
entregasteis, para justo premio recibir:
coronada ser de inmarchitable luz;
oh, Santa Lea, excelsa sierva de Dios
.


© 2013 by Luis Ernesto Chacón Delgado
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22 de Marzo
Santa Lea
Abadesa


De “la santísima Lea”, como la llama san Jerónimo, sólo sabemos lo que él mismo nos dice en una especie de elogio fúnebre que incluyó en una de sus cartas. Era una matrona romana que al enviudar – quizá joven aún – renunció al mundo para ingresar en una comunidad religiosa de la que llegó a ser superiora, llevando siempre una vida ejemplarísima.



Estas son las palabras insustituibles de san Jerónimo: «De un modo tan completo se convirtió a Dios, que mereció ser cabeza de su monasterio y madre de vírgenes; después de llevar blandas vestiduras, mortificó su cuerpo vistiendo sacos; pasaba las noches en oración y enseñaba a sus compañeras más con el ejemplo que con sus palabras».


«Fue tan grande su humildad y sumisión, que la que había sido señora de tantos criados parecía ahora criada de todos; aunque tanto más era sierva de Cristo cuanto menos era tenida por señora de hombres. Su vestido era pobre y sin ningún esmero, comía cualquier cosa, llevaba los cabellos sin peinar, pero todo eso de tal manera que huía en todo la ostentación».


No sabemos más de esta dama penitente, cuyo recuerdo sólo pervive en las frases que hemos citado de san Jerónimo. La Roma en la que fue una rica señora de alcurnia no tardaría en desaparecer asolada por los bárbaros, y Lea, «cuya vida era tenida por todos como un desatino», llega hasta nosotros con su áspero perfume de santidad que desafía al tiempo.



21 marzo, 2013

San Filemón y Donino de Roma



Oh, Filemón y Donino, santos, vosotros
sois los hijos del Dios de la vida y sus
amados santos, que, perseguidos fuisteis
por razón de vuestra fe. Y, siempre, en
Dios confiando, recorristeis Italia, las
alegrías manifestasteis que el Resucitado
os dio, en vuestro interior mundo. Jamás
nunca, os contentasteis, en quedaros en
en vosotros mismos encerrados y decidisteis
el Evangelio predicar y bautizar a los
infieles que os encontrabais en vuestro
andar. Vuestra palabra, ardorosa era, que,
hasta las montañas conmoverse parecían,
pero más, los infieles y paganos. Los
impíos del tiempo vuestro, celos sentían,
que sus paganos templos vacios estuviesen
y, todo por vuestra feliz culpa, ya que,
los vuestros, llenos estaban de fieles en
Cristo Jesús. Entonces, prometiéndoles, el
oro del mundo, lograr quisieron que, de
de Cristo rengasen y jamás lo lograron.
Por ello, Dios, en su infinita bondad,
os premió, coronándoos de luz eterna;
oh, Filemón y Donino; santos y mártires.


© 2013 by Luis Ernesto Chacón Delgado
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21 de Marzo
San Filemón y Donino de Roma
Mártires


Este joven con su amigo Donino, en tiempos de la duras y temibles persecuciones, confiando más en Dios que en ellos mismos, se dedicaron a recorrer Italia.

¿Qué buscaban?

Sencillamente, manifestar a todo el mundo la alegría que les daba el Resucitado en su mundo interior. No podían quedarse encerrados en sí mismos -lo más fácil– sino que tenían que vivir la solidaridad de su fe.

Iban predicando el Evangelio y bautizando a los infieles que se encontraban en su camino, previa preparación, claro está.

Dicen sus biógrafos que su palabra era tan ardiente que conmovían a las masas de paganos e infieles. Las dificultades no tardaron en aparecer. Provenían principalmente de los seguidores de los cultos a los ídolos.
No aguantaban que dos jóvenes dejaran los templos paganos vacíos mientras que sus reuniones para celebrar la Palabra de Dios, se llenaran de fieles en Cristo Jesús.

Los arrestaron y enviaron al gobernador. Este, para ganárselos, le prometió el oro y el moro con tal de que renegasen de Cristo.

Visto con halagos no conseguía sus propósitos, los enviaron a la cárcel en la cual les dieron tremendos tormentos. Y cansado de su fama, mandó que les cortasen la cabeza tal día como hoy.

Sus vidas se crearon en las “Passio” o teatro para dar a conocer su vida. No hay fundamento histórico.


20 marzo, 2013

Santa Claudia y Alejandra, Eufrasia, Matrona, Juliana, Eufemia y Teodosia, Compañeras Mártires



Oh, Siete Santas Claudia, Alejandra,
Eufrasia, Matrona, Juliana, Eufemia
y Teodosia, vosotras, sois las hijas del
Dios de la Vida, y sus amadas santas
que, cuando a prueba puesta fue, vuestra
fe, no dudaron ni un segundo el gritarla
a los cuatro vientos. Y, por ello, vuestros
verdugos, de sí fuera, os torturaron de
cruel manera, vuestros pechos cortándoos,
con ello creyendo que vosotras cambiaríais
de fe y, os rendiríais, cosa que, sucedió
jamás, y, por el contrario, por el Espíritu
Santo animadas, vuestras santas vidas se
donaron, para, premio recibir eternamente,
por vuestro amor, esperanza y fidelidad;
oh, Santas, Claudia, Alejandra, Eufrasia,
Matrona, Juliana, Eufemia y Teodosia.


© 2013 by Luis Ernesto Chacón Delgado.
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20 de Marzo
Santa Claudia y Alejandra, Eufrasia, Matrona, Juliana,
Eufemia y Teodosia, Compañeras Mártires



Siete santas mujeres llamadas Alejandra, Claudia, Eufrasia, Matrona, Juliana, Eufemia y Teodosia, a quienes imitaron en la confesión de la fe a Derfuta y una hermana suya, amiga de Paflagonia. No conservamos muchos datos sobre estas santos, lo que podemos decir de ellas es lo siguiente: Las Santas Vírgenes Mártires Alejandra, Claudia, Eufrasia, Matrona, Juliana, Eufemia y Teodosia fueron arrestadas en la ciudad de Amisa (en la región costera del Mar Negro) durante la persecusión en contra de los Cristianos del emperador Maximiano Galerio (305-311).


Bajo interrogación confesaron su fe y por esto fueron sometidas a horribles y crueles torturas. Los malhechores las azotaron y batieron con varas, y cortaron sus bustos. Finalmente, las santas vírgenes fueron quemadas vivas en un horno candente, era el año 310.




19 marzo, 2013

Homilía del Papa Francisco en la Solemne Apertura de su Ministerio Petrino


Homilía del Papa Francisco en la Solemne Apertura de su Ministerio Petrino en la plaza de San Pedro

Ciudad del Vaticano, 19 de marzo de 2013 (Zenit.org)

Queridos hermanos y hermanas:

Doy gracias al Señor por poder celebrar esta Santa Misa de comienzo del ministerio petrino en la solemnidad de san José, esposo de la Virgen María y patrono de la Iglesia universal: es una coincidencia muy rica de significado, y es también el onomástico de mi venerado Predecesor: le estamos cercanos con la oración, llena de afecto y gratitud.

Saludo con afecto a los hermanos Cardenales y Obispos, a los presbíteros, diáconos, religiosos y religiosas y a todos los fieles laicos. Agradezco por su presencia a los representantes de las otras Iglesias y Comunidades eclesiales, así como a los representantes de la comunidad judía y otras comunidades religiosas. Dirijo un cordial saludo a los Jefes de Estado y de Gobierno, a las delegaciones oficiales de tantos países del mundo y al Cuerpo Diplomático.

Hemos escuchado en el Evangelio que «José hizo lo que el ángel del Señor le había mandado, y recibió a su mujer» (Mt 1,24). En estas palabras se encierra ya la la misión que Dios confía a José, la de ser custos, custodio. Custodio ¿de quién? De María y Jesús; pero es una custodia que se alarga luego a la Iglesia, como ha señalado el beato Juan Pablo II: «Al igual que cuidó amorosamente a María y se dedicó con gozoso empeño a la educación de Jesucristo, también custodia y protege su cuerpo místico, la Iglesia, de la que la Virgen Santa es figura y modelo» (Exhort. ap. Redemptoris Custos, 1).

¿Cómo ejerce José esta custodia? Con discreción, con humildad, en silencio, pero con una presencia constante y una fidelidad y total, aun cuando no comprende. Desde su matrimonio con María hasta el episodio de Jesús en el Templo de Jerusalén a los doce años, acompaña en todo momento con esmero y amor. Está junto a María, su esposa, tanto en los momentos serenos de la vida como los difíciles, en el viaje a Belén para el censo y en las horas temblorosas y gozosas del parto; en el momento dramático de la huida a Egipto y en la afanosa búsqueda de su hijo en el Templo; y después en la vida cotidiana en la casa de Nazaret, en el taller donde enseñó el oficio a Jesús.

¿Cómo vive José su vocación como custodio de María, de Jesús, de la Iglesia? Con la atención constante a Dios, abierto a sus signos, disponible a su proyecto, y no tanto al propio; y eso es lo que Dios le pidió a David, como hemos escuchado en la primera Lectura: Dios no quiere una casa construida por el hombre, sino la fidelidad a su palabra, a su designio; y es Dios mismo quien construye la casa, pero de piedras vivas marcadas por su Espíritu. Y José es «custodio» porque sabe escuchar a Dios, se deja guiar por su voluntad, y precisamente por eso es más sensible aún a las personas que se le han confiado, sabe cómo leer con realismo los acontecimientos, está atento a lo que le rodea, y sabe tomar las decisiones más sensatas. En él, queridos amigos, vemos cómo se responde a la llamada de Dios, con disponibilidad, con prontitud; pero vemos también cuál es el centro de la vocación cristiana: Cristo. Guardemos a Cristo en nuestra vida, para guardar a los demás, salvaguardar la creación.

Pero la vocación de custodiar no sólo nos atañe a nosotros, los cristianos, sino que tiene una dimensión que antecede y que es simplemente humana, corresponde a todos. Es custodiar toda la creación, la belleza de la creación, como se nos dice en el libro del Génesis y como nos muestra san Francisco de Asís: es tener respeto por todas las criaturas de Dios y por el entorno en el que vivimos. Es custodiar a la gente, el preocuparse por todos, por cada uno, con amor, especialmente por los niños, los ancianos, quienes son más frágiles y que a menudo se quedan en la periferia de nuestro corazón. Es preocuparse uno del otro en la familia: los cónyuges se guardan recíprocamente y luego, como padres, cuidan de los hijos, y con el tiempo, también los hijos se convertirán en cuidadores de sus padres. Es vivir con sinceridad las amistades, que son un recíproco protegerse en la confianza, en el respeto y en el bien. En el fondo, todo está confiado a la custodia del hombre, y es una responsabilidad que nos afecta a todos. Sed custodios de los dones de Dios.

Y cuando el hombre falla en esta responsabilidad, cuando no nos preocupamos por la creación y por los hermanos, entonces gana terreno la destrucción y el corazón se queda árido. Por desgracia, en todas las épocas de la historia existen «Herodes» que traman planes de muerte, destruyen y desfiguran el rostro del hombre y de la mujer.

Quisiera pedir, por favor, a todos los que ocupan puestos de responsabilidad en el ámbito económico, político o social, a todos los hombres y mujeres de buena voluntad: seamos «custodios» de la creación, del designio de Dios inscrito en la naturaleza, guardianes del otro, del medio ambiente; no dejemos que los signos de destrucción y de muerte acompañen el camino de este mundo nuestro. Pero, para «custodiar», también tenemos que cuidar de nosotros mismos. Recordemos que el odio, la envidia, la soberbia ensucian la vida. Custodiar quiere decir entonces vigilar sobre nuestros sentimientos, nuestro corazón, porque ahí es de donde salen las intenciones buenas y malas: las que construyen y las que destruyen. No debemos tener miedo de la bondad, más aún, ni siquiera de la ternura.

Y aquí añado entonces una ulterior anotación: el preocuparse, el custodiar, requiere bondad, pide ser vivido con ternura. En los Evangelios, san José aparece como un hombre fuerte y valiente, trabajador, pero en su alma se percibe una gran ternura, que no es la virtud de los débiles, sino más bien todo lo contrario: denota fortaleza de ánimo y capacidad de atención, de compasión, de verdadera apertura al otro, de amor. No debemos tener miedo de la bondad, de la ternura.

Hoy, junto a la fiesta de San José, celebramos el inicio del ministerio del nuevo Obispo de Roma, Sucesor de Pedro, que comporta también un poder. Ciertamente, Jesucristo ha dado un poder a Pedro, pero ¿de qué poder se trata? A las tres preguntas de Jesús a Pedro sobre el amor, sigue la triple invitación: Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas. Nunca olvidemos que el verdadero poder es el servicio, y que también el Papa, para ejercer el poder, debe entrar cada vez más en ese servicio que tiene su culmen luminoso en la cruz; debe poner sus ojos en el servicio humilde, concreto, rico de fe, de san José y, como él, abrir los brazos para custodiar a todo el Pueblo de Dios y acoger con afecto y ternura a toda la humanidad, especialmente los más pobres, los más débiles, los más pequeños; eso que Mateo describe en el juicio final sobre la caridad: al hambriento, al sediento, al forastero, al desnudo, al enfermo, al encarcelado (cf. Mt 25,31-46). Sólo el que sirve con amor sabe custodiar.

En la segunda Lectura, san Pablo habla de Abraham, que «apoyado en la esperanza, creyó, contra toda esperanza» (Rm 4,18). Apoyado en la esperanza, contra toda esperanza. También hoy, ante tantos cúmulos de cielo gris, hemos de ver la luz de la esperanza y dar nosotros mismos esperanza. Custodiar la creación, cada hombre y cada mujer, con una mirada de ternura y de amor; es abrir un resquicio de luz en medio de tantas nubes; es llevar el calor de la esperanza. Y, para el creyente, para nosotros los cristianos, como Abraham, como san José, la esperanza que llevamos tiene el horizonte de Dios, que se nos ha abierto en Cristo, está fundada sobre la roca que es Dios.

Custodiar a Jesús con María, custodiar toda la creación, custodiar a todos, especialmente a los más pobres, custodiarnos a nosotros mismos; he aquí un servicio que el Obispo de Roma está llamado a desempeñar, pero al que todos estamos llamados, para hacer brillar la estrella de la esperanza: protejamos con amor lo que Dios nos ha dado.

Imploro la intercesión de la Virgen María, de san José, de los Apóstoles san Pedro y san Pablo, de san Francisco, para que el Espíritu Santo acompañe mi ministerio, y a todos vosotros os digo: Orad por mí. Amen.


(19 de marzo de 2013) © Innovative Media Inc.

(http://es.catholic.net/laiglesiahoy/noticia.php?id=57549)

San José, Esposo de la Virgen María



Oh, San José, vos, sois el hijo del Dios
de la vida, su amado santo y por designio
Divino, Esposo de Nuestra Señora, la Virgen
María. Dios, en su infinito amor, a vos,
confió sus dos más preciosos tesoros: Jesús
y María. Vos, descendíais de la familia
de David y la devoción a vos, propagada ha
sido por San Vicente Ferrer, Santa Brígida,
San Bernardino de Siena, San Francisco de
Sales y Santa Teresa, que, curada milagrosamente
fue por vos. Decía ella: “Otros santos parece
que tienen especial poder para solucionar
ciertos problemas. Pero a San José le ha
concedido Dios un gran poder para ayudar en
todo”. Durante cuarenta años, cada año en
la fiesta de San José le he pedido alguna
gracia o favor especial, y no me ha fallado
ni una sola vez. Yo les digo a los que me
escuchan que hagan el ensayo de rezar con fe
a este gran santo, y verán que grandes frutos
van a conseguir”. Vos, erais un hombre justo,
un verdadero santo, por ello actuasteis
como tal. Vos, soñasteis que el hijo que
iba María a tener, obra era, del Espíritu
Santo y que podíais casaros tranquilamente
con Ella, que fiel totalmente era. Y, así lo
hicisteis. En vuestro sueño segundo, en
Belén, un ángel os comunicó que Herodes
buscaba al Niño Jesús para matarlo, y que
debía salir a Egipto huyendo. Y, vos os
levantasteis a medianoche y con María
y el Niño os fuisteis a Egipto. En vuestro
tercer sueño, en Egipto, el ángel os comunicó
que ya había muerto Herodes y que podían
volver a Israel. Y, así también lo hicieron.
Hoy, la Iglesia Católica, mucho venera,
vuestros cinco dolores, pero a cada dolor,
le correspondió una inmensa alegría que
Nuestro Señor os envió: El dolor primero,
nacer ver al Niño Jesús en una pobre cueva,
en Belén. A este dolor correspondió la alegría
de ver y oír a los ángeles y pastores llegar
a adorar al Divino Niño, y luego la visita
de los Magos reyes, con oro, incienso y mirra.
El dolor segundo, el día de la Presentación
del Niño en el Templo, al profeta Simeón
oir anunciar que Jesús causa sería de división
y que, muchos en su contra irían y que, por
esa causa, un puñal de dolor atravesaría el
corazón de María. A este dolor, le correspondió
la alegría de oír al profeta anunciar que,
Jesús sería la luz que, a todas las naciones
iluminaría, y la gloria del pueblo de Israel.
El dolor tercero, a Egipto la huida. A esta
pena, le tocó la alegría de ser, recibido muy
bien por sus paisanos en Egipto y el gozo de
crecer ver tan santo y hermoso al Divino Niño.
El dolor cuarto, la pérdida del Niño Jesús
en el Templo y la angustia de buscarlo por
tres días. A este sufrimiento, le siguió la
alegría de encontrarlo sano y salvo y de tenerlo
en casa, hasta los treinta años y verlo crecer
en edad, sabiduría y gracia ante Dios y ante
los hombres. El quinto dolor, la separación
de Jesús y de María al llegarle la hora de
morir. A este dolor, la alegría, la paz y el
consuelo le siguió de acompañado morir de los
dos seres más santos de la tierra: Jesús y María.
Oh, San José, del silencio santo, Patrono Santo
de la muerte, Patrono de los que viven la
interior vida y Patrono de la Iglesia toda;
oh, San José, “divino corredentor de la luz”.


© 2013 by Luis Ernesto Chacón Delgado.
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19 de Marzo
San José
Esposo de la Virgen María

San José, Esposo de la Virgen María José: significa “Dios me ayuda”. De San José únicamente sabemos los datos históricos que San Mateo y San Lucas nos narran en el Evangelio. Su más grande honor es que Dios le confió sus dos más preciosos tesoros: Jesús y María. San Mateo nos dice que era descendiente de la familia de David.


Una muy antigua tradición dice que 19 de Marzo sucedió la muerte de nuestro santo y el paso de su alma de la tierra al cielo.Los santos que más han propagado la devoción a San José han sido: San Vicente Ferrer, Santa Brígida, San Bernardino de Siena (que escribió en su honor muy hermosos sermones) y San Francisco de Sales, que predicó muchas veces recomendando la devoción al santo Patriarca. Pero sobre todo, la que más propagó su devoción fue Santa Teresa, que fue curada por él de una terrible enfermedad que la tenía casi paralizada, enfermedad que ya era considerada incurable. Le rezó con fe a San José y obtuvo de manera maravillosa su curación. En adelante esta santa ya no dejó nunca de recomendar a las gentes que se encomendaran a él. Y repetía: “Otros santos parece que tienen especial poder para solucionar ciertos problemas. Pero a San José le ha concedido Dios un gran poder para ayudar en todo”.

Hacia el final de su vida, la mística fundadora decía: “Durante 40 años, cada año en la fiesta de San José le he pedido alguna gracia o favor especial, y no me ha fallado ni una sola vez. Yo les digo a los que me escuchan que hagan el ensayo de rezar con fe a este gran santo, y verán que grandes frutos van a conseguir”. Y es de notar que a todos los conventos que fundó Santa Teresa les puso por patrono a San José.

San Mateo narra que San José se había comprometido en ceremonia pública a casarse con la Virgen María. Pero que luego al darse cuenta de que Ella estaba esperando un hijo sin haber vivido juntos los dos, y no entendiendo aquel misterio, en vez de denunciarla como infiel, dispuso abandonarla en secreto e irse a otro pueblo a vivir. Y dice el evangelio que su determinación de no denunciarla, se debió a que “José era un hombre justo”, un verdadero santo. Este es un enorme elogio que le hace la Sagrada Escritura. En la Biblia, “ser justo” es lo mejor que un hombre puede ser.

Nuestro santo tuvo unos sueños muy impresionantes, en los cuales recibió importantísimos mensajes del cielo

En su primer sueño, en Nazaret, un ángel le contó que el hijo que iba a tener María era obra del Espíritu Santo y que podía casarse tranquilamente con Ella, que era totalmente fiel. 

Tranquilizando con ese mensaje, José celebró sus bodas. La leyenda cuenta que doce jóvenes pretendían casarse con María, y que cada uno llevaba en su mano un bastón de madera muy seca. Y que en el momento en que María debía escoger entre los 12, he aquí que el bastón que José llevaba milagrosamente floreció. Por eso pintan a este santo con un bastón florecido en su mano.

En su segundo sueño en Belén, un ángel le comunicó que Herodes buscaba al Niño Jesús para matarlo, y que debía salir huyendo a Egipto. José se levantó a medianoche y con María y el Niño se fue hacia Egipto.

En su tercer sueño en Egipto, el ángel le comunicó que ya había muerto Herodes y que podían volver a Israel. Entonces José, su esposa y el Niño volvieron a Nazaret.

La Iglesia Católica venera mucho los cinco grandes dolores o penas que tuvo este santo, pero a cada dolor o sufrimiento le corresponde una inmensa alegría que Nuestro Señor le envió.

El primer dolor

Ver nacer al Niño Jesús en una pobrísima cueva en Belén, y no lograr conseguir ni siquiera una casita pobre para el nacimiento. A este dolor correspondió la alegría de ver y oír a los ángeles pastores llegar a adorar al Divino Niño, y luego recibir la visita de los Magos de oriente con oro, incienso y mirra.

El segundo dolor


El día de la Presentación del Niño en el Templo, al oír al profeta Simeón anunciar que Jesús sería causa de división y que muchos irían en su contra y que por esa causa, un puñal de dolor atravesaría el corazón de María. A este sufrimiento correspondió la alegría de oír al profeta anunciar que Jesús sería la luz que iluminaría a todas las naciones, y la gloria del pueblo de Israel.

El tercer dolor


La huida a Egipto. Tener que huir por entre esos desiertos a 40 grados de temperatura, y sin sombras ni agua, y con el Niño recién nacido. A este sufrimiento le correspondió la alegría de ser muy bien recibido por sus paisanos en Egipto y el gozo de ver crecer tan santo y hermoso al Divino Niño.

El cuarto dolor

La pérdida del Niño Jesús en el Templo y la angustia de estar buscándolo por tres días. A este sufrimiento le siguió la alegría de encontrarlo sano y salvo y de tenerlo en sus casa hasta los 30 años y verlo crecer en edad, sabiduría y gracia ante Dios y ante los hombres.

El quinto dolor

La separación de Jesús y de María al llegarle la hora de morir. Pero a este sufrimiento le siguió la alegría, la paz y el consuelo de morir acompañado de los dos seres más santos de la tierra. Por eso invocamos a San José como Patrono de la Buena Muerte, porque tuvo la muerte más dichosa que un ser humano pueda desear: acompañado y consolado por Jesús y María.

San José, el santo del Silencio

Es un caso excepcional en la Biblia: un santo al que no se le escucha ni una sola palabra. No es que haya sido uno de esos seres que no hablaban nada, pero seguramente fue un hombre que cumplió aquel mandato del profeta antiguo: “Sean pocas tus palabras”. Quizás Dios ha permitido que de tan grande amigo del Señor no se conserve ni una sola palabra, para enseñarnos a amar también nosotros en silencio. “San José, Patrono de la Vida interior, enséñanos a orar, a sufrir y a callar”.

Un dato curioso

Desde que el Papa Pío Nono declaró en 1870 a San José como Patrono Universal de la Iglesia, todos los Pontífices que ha tenido la Iglesia Católica desde esa fecha, han sido santos. Buen regalo de San José.
Santa Teresa repetía: “Parece que Jesucristo quiere demostrar que así como San José lo trató tan sumamente bien a El en esta tierra, El le concede ahora en el cielo todo lo que le pida para nosotros. Pido a todos que hagan la prueba y se darán cuenta de cuán ventajoso es ser devotos de este santo Patriarca”.

“Yo no conozco persona que le haya rezado con fe y perseverancia a San José, y que no se haya vuelto más virtuosa y más progresista en santidad”.

18 marzo, 2013

San Cirilo de Jerusalén


Oh, San Cirilo de Jerusalén; vos,
sois el hijo del Dios de la vida
y su amado santo. Aunque la vida
por destierro tuvisteis, a nuestra
Iglesia, defenderla supisteis de
cuanto hereje e impío se os cruzó
por el camino. Y, en “Catequesis”
vuestros excelsos sermones, la
penitencia, el pecado, el bautismo
y el Credo, los explicasteis en
reflexiones sencillas y profundas.
Nuestra Santa Eucaristía, amasteis
en la que vos, teníais la certeza
de la real y verdadera presencia
de Jesucristo, Nuestro Señor. “Hagan
de su mano izquierda como un trono
en el que se apoya la mano derecha
que va a recibir al Rey Celestial.
Cuidando: que no se caigan pedacitos
de hostia. Así como no dejaríamos
caer al suelo pedacitos de oro, sino
que los llevamos con gran cuidado,
hagamos lo mismo con los pedacitos
de Hostia Consagrada”. Recomendabais
vos, al recibo del Cuerpo de Cristo.
Por vuestra grande obra, el mismo Dios
a quien vos, ardorosamente defendisteis,
os, ciñó con corona de luz eterna;
oh, San Cirilo de Jerusalén, fe y luz.


© 2013 by Luis Ernesto Chacón Delgado
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18 de Marzo
San Cirilo de Jerusalén
Doctor de la Iglesia
Año 386


San Cirilo nació cerca de Jerusalem y fue Arzobispo de esa ciudad durante 30 años, de los cuales estuvo 16 años en destierro. 5 veces fue desterrado: tres por los de extrema izquierda y dos por los de extrema derecha.

Era un hombre suave de carácter, enemigo de andar discutiendo, que deseaba más instruir que polemizar, y trataba de permanecer neutral en las discusiones. Pero por eso mismo una vez lo desterraban los de un partido y otra vez los del otro.

Aunque los de cada partido extremista lo llamaban hereje, sin embargo San Hilario (el defensor del dogma de la Santísima Trinidad) lo tuvo siempre como amigo, y San Atanasio (el defensor de la divinidad de Jesucristo) le profesaba una sincera amistad, y el Concilio general de Constantinopla, en el año 381, lo llama “valiente luchador para defender a la Iglesia de los herejes que niegan las verdades de nuestra religión”.

Una de las acusaciones que le hicieron los enemigos fue el haber vendido varias posesiones de la Iglesia de Jerusalem para ayudar a los pobres en épocas de grandes hambres y miserias. Pero esto mismo hicieron muchos obispos en diversas épocas, con tal de remediar las graves necesidades de los pobres.

El emperador Juliano, el apóstata, se propuso reconstruir el templo de Jerusalem para demostrar que lo que Jesús había anunciado en el evangelio ya no se cumplía. San Cirilo anunció mientras preparaban las grandes cantidades de materiales para esa reconstrucción, que aquella obra fracasaría estrepitosamente. Y así sucedió y el templo no se reconstruyó.

San Cirilo de Jerusalem se ha hecho célebre y ha merecido el título de Doctor de la Iglesia, por unos escritos suyos muy importantes que se llaman “Catequesis”. Son 18 sermones pronunciados en Jerusalem, y en ellos habla de la penitencia, del pecado, del bautismo, y del Credo, explicándolo frase por frase. Allí instruye a los recién bautizados acerca de las verdades de la fe y habla bellísimamente de la Eucaristía.

En sus escritos insiste fuertemente en que Jesucristo sí esta presente en la Santa Hostia de la Eucaristía. A los que reciben la comunión en la mano les aconseja: “Hagan de su mano izquierda como un trono en el que se apoya la mano derecha que va a recibir al Rey Celestial. Cuidando: que no se caigan pedacitos de hostia. Así como no dejaríamos caer al suelo pedacitos de oro, sino que los llevamos con gran cuidado, hagamos lo mismo con los pedacitos de Hostia Consagrada”.

Al volver de su último destierro que duró 11 años, encontró a Jerusalem llena de vicios y desórdenes y divisiones y se dedicó con todas sus fuerzas a volver a las gentes al fervor y a la paz, y a obtener que los que se habían pasado a las herejías volvieran otra vez a la Santa Iglesia Católica.

A los 72 años murió en Jerusalén en el año 386. En 1882 el Sumo Pontífice lo declaró Doctor de la Iglesia.

(http://www.ewtn.com/spanish/Saints/Cirilo_de_Jerusalén.htm)