22 enero, 2016

San Vicente




 ¡Oh!, San Vicente, vos, sois el hijo del Dios de la vida y
su amado santo, y, aquél hombre que, persistiendo junto
a Valerio, vuestro Obispo, en la fe, dijisteis: “Estamos
dispuestos a padecer todos los sufrimientos posibles
con tal de permanecer fieles a la religión de Nuestro
Señor Jesucristo”. Entonces, Daciano, desterró a vuestro
Obispo y se dedicó a imponeros, sufrir impensables
torturas para tratar de haceros abandonar vuestra fe.
El primer martirio fue un tormento llamado “el potro” y
os amarraron cables a los pies y a las manos y tiraron
en cuatro direcciones distintas al mismo tiempo, pero vos,
fiel a vuestro nombre, que significa «valeroso”, soportasteis
este suplicio rezando y sin dejar de proclamar vuestro
amor a Jesucristo. El segundo tormento fue apalearlo y
vuestro cuerpo, fue masacrado y envuelto en sangre. Pero,
seguisteis declarando que no admitíais más dioses que
el Dios verdadero, ni más religión sino la de Cristo. Y,
el jefe de los verdugos admirado se quedó, ante vuestro
increíble valor. Entonces el gobernador os pidió que dijeses
dónde estaban las Sagradas Escrituras para quemarlas,
cosa a la que os negasteis, diciendo que preferíais la muerte,
antes que decirle tal secreto. Entonces, vino el tercer
tormento: La parrilla al rojo vivo, entonces, os extendieron
sobre ella, y los verdugos echaban sal a vuestras heridas,
sufriendo con ellas mucho más, y por increíble que pareciera,
vos, sólo alababais y bendecíais a Dios. San Agustín dice
de vos: “El que sufría era Vicente, pero el que le daba tan
grande valor era Dios. Su carne al quemarse le hacía llorar y
su espíritu al sentir que sufría por Dios, le hacía cantar”.
Dios, os concedió un valor extraordinario, para aguantar
los tormentos y sobrellevarlos. Finalmente, el mísero tirano
mandó que os llevaran a un oscuro calabozo, con piso
de vidrios cortantes, para dejaros hasta el día siguiente,
amarrado y de pie, para seguiros atormentando y ver si
abandonabais a Cristo. Prudencio, el poeta dice: “El calabozo
era un lugar más negro que las mismas tinieblas; un covacho
que formaban las estrechas piedras de una bóveda inmunda;
era una noche eterna donde nunca penetraba la luz”. Pero
vuestro Amado Dios, no os abandonó jamás y a medianoche
el calabozo se llenó de luz. Se os soltaron las cadenas. El
piso se cubrió de flores. Se oyó música celestial. Y una voz
os dijo: “Ven valeroso mártir a unirte en el cielo con el grupo
de los que aman a Nuestro Señor”. Al oír este hermoso mensaje,
vos moristeis de pura emoción, tanto que el carcelero cristiano
se volvió y vuestro perseguidor lloró de rabia al día siguiente
al derrotado sentirse, vencido por vos, valiente diácono. Y, así,
vano es preguntarse siquiera ¿dónde estáis ahora vos? ¿Dónde?
Porque vos, coronado de luz estáis en el cielo, como premio
a vuestra extraordinaria e increíble entrega de amor, fe, y valor;
¡oh!, San Vicente, “vivo amor, y luz victoriosa del Dios de la vida”
.

 © 2016 by Luis Ernesto Chacón Delgado
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22 de Enero
San Vicente
Mártir Año 304

San Vicente: ¡que nos consigas del cielo la gracia de Dios que nos vuelva muy valientes para proclamar nuestra fe!

Vicente significa: «Vencedor, victorioso”. San Vicente era un diácono español, y su martirio se hizo tan famoso que San Agustín le dedicó cuatro sermones y dice de él que no hay provincia donde no le celebren su fiesta. Roma levantó tres iglesias en honor de San Vicente y el Papa San León lo estimaba muchísimo. El poeta Prudencio compuso en honor de este mártir un himno muy famoso.


Era diácono o ayudante del obispo de Zaragoza, San Valerio. (Diácono es el grado inmediatamente inferior al sacerdocio). Como el obispo tenía dificultades para hablar bien, encargaba a Vicente la predicación de la doctrina cristiana, lo cual hacía con gran entusiasmo y consiguiendo grandes éxitos por su elocuencia y su santidad.


El emperador Diocleciano decretó la persecución contra los cristianos, y el gobernador Daciano hizo poner presos al obispo Valerio y a su secretario Vicente y fueron llevados prisioneros a Valencia. No se atrevieron a juzgarlos en Zaragoza porque allí la gente los quería mucho. En la cárcel les hicieron sufrir mucha hambre y espantosas torturas para ver si renegaban de la religión. Pero cuando fueron llevados ante el tribunal, Vicente habló con tan grande entusiasmo en favor de Jesucristo, que el gobernador regañó a los carceleros por no haberlo debilitado más con más atroces sufrimientos. Les ofrecieron muchos regalos y premios si dejaban la religión de Cristo y se pasaban a la religión pagana. El obispo encargó a Vicente para que hablara en nombre de los dos, y éste dijo: «Estamos dispuestos a padecer todos los sufrimientos posibles con tal de permanecer fieles a la religión de Nuestro Señor Jesucristo”. Entonces el perseguidor Daciano desterró al obispo y se dedicó a hacer sufrir a Vicente las más espantosas torturas para tratar de hacerlo abandonar su santa religión.


El primer martirio fue un tormento llamado «el potro”


Consistía en amarrarles cables a los pies y a las manos y tirar en cuatro direcciones distintas al mismo tiempo. Este tormento hacía que se desanimaran todos los que no fueran muy valientes. Pero Vicente, fiel a su nombre, que también significa «valeroso”, aguantó este terrible suplicio rezando y sin dejar de proclamar su amor a Jesucristo.


El segundo tormento fue apalearlo


El cuerpo de Vicente quedó masacrado y envuelto en sangre. Pero siguió declarando que no admitía más dioses que el Dios verdadero, ni más religión sino la de Cristo. El mismo jefe de los verdugos se quedó admirado ante el valor increíble de este mártir.


Entonces el gobernador le pidió que ahora sí le dijera dónde estaban las Sagradas Escrituras de los cristianos para quemarlas. Vicente dijo que prefería morir antes que decirle este secreto.


Y vino el tercer tormento: La parrilla al rojo vivo


Lo extendieron sobre una parrilla calientísima erizada de picos al rojo vivo. Los verdugos echaban sal a sus heridas y esto le hacía sufrir mucho más. Y en todo este feroz tormento, Vicente no hacía sino alabar y bendecir a Dios.


San Agustín dice: «El que sufría era Vicente, pero el que le daba tan grande valor era Dios. Su carne al quemarse le hacía llorar y su espíritu al sentir que sufría por Dios, le hacía cantar”. Si no hubiera sido porque Nuestro Señor le concedió un valor extraordinario, Vicente no habría sido capaz de aguantar tantos tormentos. Pero Dios cuando manda una pena, concede también el valor para sobrellevarla.


El tirano mandó que lo llevaran a un oscuro calabozo cuyo piso estaba lleno de vidrios cortantes y que lo dejaran amarrado y de pie hasta el día siguiente para seguirlo atormentando para ver si abandonaba la religión de Cristo. El poeta Prudencio dice: «El calabozo era un lugar más negro que las mismas tinieblas; un covacho que formaban las estrechas piedras de una bóveda inmunda; era una noche eterna donde nunca penetraba la luz”.


Interviene Dios

Pero a medianoche el calabozo se llenó de luz. A Vicente se le soltaron las cadenas. El piso se cubrió de flores. Se oyeron músicas celestiales. Y una voz le dijo: «Ven valeroso mártir a unirte en el cielo con el grupo de los que aman a Nuestro Señor”. Al oír este hermoso mensaje, San Vicente se murió de emoción. el carcelero se convirtió al cristianismo, y el perseguidor lloró de rabia al día siguiente al sentirse vencido por este valeroso diácono.

(http://www.ewtn.com/SPANISH/Saints/Vicente.htm)

21 enero, 2016

Santa Inés

 

¡Oh!, Santa Inés, vos, sois la hija del Dios de la vida y
su amada santa y mártir. San Ambrosio habló de vos así: “Se
refiere que ella tenía sólo trece años cuando fue martirizada.
Y notemos el poder de la fe que consigue hacer mártires
valientes en tan tierna edad. Casi no había sitio en tan
pequeño cuerpo para tantas heridas. Se mostró valientísima
ante las más ensangrentadas manos de los verdugos y no se
desanimó cuando oyó arrastrar con estrépito las pesadas
cadenas. Ofreció su cuello a la espada del soldado furioso.
Llevada contra su voluntad ante el altar de los ídolos,
levantó sus manos puras hacia Jesucristo orando, y desde
el fondo de la hoguera hizo el signo de la cruz, señal
de la victoria de Jesucristo. Presentó sus manos y su cuello
ante las argollas de hierro, pero era tan pequeña que aquellos
hierros no lograban atarla. Todos lloraban menos ella. Las
gentes admiraban la generosidad con la cual brindaba al
Señor una vida que apenas estaba empezando a vivir. Estaban
todos asombrados de que a tan corta edad pudiera ser ya tan
valerosa mártir en honor de la Divinidad. Cuántas amenazas
empleó el tirano para persuadirla. Cuántos halagos para
alejarla de su religión. Mas ella respondía: La esposa
injuria a su esposo si acepta el amor de otros pretendientes.
Únicamente será mi esposo el que primero me eligió, Jesucristo.
¿Por qué tardas tanto verdugo? Perezca este cuerpo que no
quiero sea de ojos que no deseo complacer. Llegado el momento
del martirio. Reza. Inclina la cabeza. Hubierais visto
temblar el verdugo lleno de miedo, como si fuera él quien
estuviera condenado a muerte. Su mano tiembla. Palidece
ante el horror que va a ejecutar, en tanto que la jovencita
mira sin temor la llegada de su propia muerte. He aquí
dos triunfos a un mismo tiempo para una misma niña: la
pureza y el martirio”. El hijo del alcalde de Roma os pretendía
y a él le dijisteis: “He sido solicitada por otro Amante. Yo
amo a Cristo. Seré la esposa de Aquel cuya Madre es Virgen;
lo amaré y seguiré siendo casta”. Y, éste fue vuestro delito.
Os quitaron vuestra terrena vida, pero, ganasteis, la eternidad
como premio a vuestra entrega increíble de amor y esperanza.
Mártir de la virginidad y Santa Patrona de las jóvenes vírgenes;
¡oh!, Santa Inés, “vivo amor y pureza al Dios de la Vida”.


 

© 2016 by Luis Ernesto Chacón Delgado
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21 de Enero Santa Inés Mártir

San Ambrosio en una de sus homilías habló de Santa Inés como un personaje muy conocido de las gentes de aquel tiempo. Recuerda que su nombre viene de Agnus, y significa «pura”.

Y añade el santo: «Se refiere que ella tenía sólo trece años cuando fue martirizada. Y notemos el poder de la fe que consigue hacer mártires valientes en tan tierna edad. Casi no había sitio en tan pequeño cuerpo para tantas heridas. Se mostró valientísima ante las más ensangrentadas manos de los verdugos y no se desanimó cuando oyó arrastrar con estrépito las pesadas cadenas. Ofreció su cuello a la espada del soldado furioso. 

Llevada contra su voluntad ante el altar de los ídolos, levantó sus manos puras hacia Jesucristo orando, y desde el fondo de la hoguera hizo el signo de la cruz, señal de la victoria de Jesucristo. Presentó sus manos y su cuello ante las argollas de hierro, pero era tan pequeña que aquellos hierros no lograban atarla. Todos lloraban menos ella. Las gentes admiraban la generosidad con la cual brindaba al Señor una vida que apenas estaba empezando a vivir.

Estaban todos asombrados de que a tan corta edad pudiera ser ya tan valerosa mártir en honor de la Divinidad. Cuántas amenazas empleó el tirano para persuadirla. Cuántos halagos para alejarla de su religión. Mas ella respondía: La esposa injuria a su esposo si acepta el amor de otros pretendientes. Únicamente será mi esposo el que primero me eligió, Jesucristo. ¿Por qué tardas tanto verdugo? Perezca este cuerpo que no quiero sea de ojos que no deseo complacer. Llegado el momento del martirio. Reza. Inclina la cabeza. 

Hubierais visto temblar el verdugo lleno de miedo, como si fuera él quien estuviera condenado a muerte. Su mano tiembla. Palidece ante el horror que va a ejecutar, en tanto que la jovencita mira sin temor la llegada de su propia muerte. H aquí dos triunfos a un mismo tiempo para una misma niña: la pureza y el martirio”.
Era de la noble familia romana Clodia. Nació cerca del año 290. Recibió muy buena educación cristiana y se consagró a Cristo con voto de virginidad.

Volviendo un día del colegio, la niña se encontró con el hijo del alcalde de Roma, el cual se enamoró de ella y le prometió grandes regalos a cambio de la promesa de matrimonio. Ella respondió: «He sido solicitada por otro Amante. Yo amo a Cristo. Seré la esposa de Aquel cuya Madre es Virgen; lo amaré y seguiré siendo casta”.

El hijo recurre a su padre, el alcalde. Este la hace apresar. La amenazan con las llamas si no reniega de su religión pero no teme a las llamas. Entonces la condenan a morir degollada. Sus padres recogen el cadáver. La sepultan en el sepulcro paterno. Pocos días después su hermana Emerenciana cae martirizada a pedradas por estar rezando junto al sepulcro.

«Con mínimas fuerzas superó grandes peligros”, dice San Dámaso en su epitafio. Todos los historiadores coinciden en proclamarla mártir de la virginidad. Es patrona de las jóvenes que desean conservar la pureza. Cada año, el 21 de enero, día de Santa Inés, se bendicen los corderos con cuya lana se tejen los «palios”, o sea el distintivo de los arzobispos.

En este tiempo de materialismo sea ella un modelo de castidad para la juventud. La liturgia la presenta como modelo de los éxitos que logra alcanzar una persona cuando tiene una gran fe. La fe en Dios y en la eternidad lleva al heroísmo.

(http://www.ewtn.com/SPANISH/Saints/Inés.htm)

20 enero, 2016

San Sebastián


 


¡Oh!, San Sebastián, vos, sois el hijo del Dios de la vida y
su amado santo. Vos, que piadoso erais desde siempre,
entrasteis a la milicia, para ayudar a los cristianos que
prisioneros estaban por causa de su fe en Cristo. Se cuenta
que, una vez, un mártir estaba desanimándose a serlo
por las lágrimas de sus familiares, pero vos, lo animasteis a
dar su vida por Jesucristo, logrando su glorioso martirio.
Vos, que Capitán erais de la Guardia en el Palacio Imperial
en Roma, aprovechabais, vuestro cargo para ayudar a
los cristianos perseguidos en sus necesidades con mucho
esmero y amor, hasta que, un día os descubrieron y fuisteis
denunciado ante Maximino, emperador, por ser cristiano.
Y éste, os llamó y os tentó ascenderos si dejabais a Cristo,
o caso contrario, ser degradado y ser condenado a morir
atravesado por flechazos. Pero, vos, lleno de valor y seguro
en Cristo, desechasteis tal oferta, y os declarasteis su seguidor
hasta el último momento de vuestra vida. Al oír ello, y de ira
lleno, ordenó vuestra muerte. Y, así, vuestra alma voló al cielo,
para recibir corona de luz, como justo premio, por vuestra
persistencia en la fe y el amor a Cristo. Y, en Roma, testigo
de vuestro valor y lealtad a Cristo, os, levantaron una basílica
en vuestro su honor. Y, vuestro santo nombre es invocado
por siglos, como su santo Patrono contra las envenenadas
flechas y para librarse de cientos de plagas y enfermedades,
Santo Patrono de los arqueros, los soldados y los atletas;
¡oh!, San Sebastián, “viva luz venerable del amor a Cristo”.


© 2016 by Luis Ernesto Chacón Delgado
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20 de Enero
San Sebastián  
Capitán Romano
Mártir  
Año 300

Se dice de él que entró a la vida militar para poder ayudar a los cristianos que estaban prisioneros. Una vez un mártir estaba para desanimarse a causa de las lágrimas de sus familiares, pero el militar Sebastián lo animó a ofrecer su vida por Jesucristo, y así aquel creyente obtuvo el glorioso martirio.

Dicen los antiguos documentos que Sebastián era Capitán de la Guardia en el Palacio Imperial en Roma, y aprovechaba ese cargo para ayudar lo más posible a los cristianos perseguidos.

Pero un día lo denunciaron ante el emperador por ser cristiano. Maximino lo llamó y lo puso ante la siguiente disyuntiva: o dejar de ser cristiano y entonces ser ascendido en el ejército, o si persistía en seguir creyendo en Cristo ser degradado de sus cargos y ser atravesado a flechazos. Sebastián declaró que sería seguidor de Cristo hasta el último momento de su vida, y entonces por orden del emperador fue atravesado a flechazos.

En Roma le levantaron desde muy antiguos tiempos una basílica en su honor. Ha sido invocado por muchos siglos como su Patrono contra las flechas envenenadas y para librarse de plagas y enfermedades. San Ambrosio pronunció hermosos sermones acerca de San Sabastián. Es patrono de los arqueros, los soldados y los atletas. El nombre «Sebastián” significa: «Digno de respeto. Venerable”.

19 enero, 2016

San Mario y familia, mártires


 
 
¡Oh!, San Mario, vos, sois el hijo del Dios de la vida,
su amado santo y mártir, que ejemplo fuisteis de familias
cristianas, con vuestra mujer Marta, Abaco y Audifax,
vuestros queridos hijos, todos nobles persas, que dejasteis
vuestra tierra, para dirigiros a Roma y a los sepulcros
de los santos mártires visitar, además, consolar a
los cristianos que prisión purgaban por causa de su fe.
Sepultasteis doscientos sesenta mártires con la ayuda
de un sacerdote, cuyos cuerpos después de haber sido
mutilados y decapitados permanecían a flor de tierra
y expuestos a las inclemencias del tiempo. Pero, el
mal que no descansa, tomó cuerpo, y mientras realizabais
vuestra obra, las autoridades romanas os sorprendieron
y os llevaron ante tribunal. Decio, os ordenó que para
no ser condenados a muerte, adorasen su estatua
o quemaseis incienso ante algún dios pagano. Y, vos, a
la cabeza de vuestra familia, os negasteis y, en el acto
decapitados fuisteis. Claro, vuestros verdugos, os
privaron del cuerpo físico, pero, nunca jamás, de vuestras
almas, que prestas volaron al cielo, para coronadas
ser con corona de luz, como premio justo a vuestro amor;
¡oh!, San Mario, “vivo ejemplo de familia llena de Cristo”.


© 2016 by Luis Ernesto Chacón Delgado

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19 de Enero San Mario y familia Mártires

Martirologio Romano: En la vía Cornelia, en el decimotercer miliario antes de Roma, en el cementerio de Ninfa, santos Mario, Marta, Audifax y Abaco, mártires (c. s. IV).

Etimología Mario: propio de la gente que pensaba decendía del dios Marte, es de origen latino.
Marta = señora, es de origen arameo.

Ejemplo de familias cristianas, San Mario, su mujer Marta y sus dos hijos, Abaco y Audifax, de la nobleza persa, dejaron su tierra y se dirigieron a Roma, para visitar los sepulcros de los mártires y consolar a los cristianos que sufrían en la prisión.

Con la ayuda de un sacerdote, pudieron dar cristiana sepultura a 260 mártires, cuyos cuerpos estaban decapitados y permanecían en el campo expuestos a las inclemencias del tiempo. Pero mientras realizaban su buena obra, fueron sorprendidos por las autoridades romanas y llevados ante tribunal. El prefecto Flaviano y el gobernador Marciano, habrían realizado el interrogatorio.

Durante el imperio de Decio, éste había ordenado que aquellos que fueran sospechosos de ser cristianos, para no ser condenados a muerte debían hacer un acto de adhesión al culto pagano como adorar la estatua del emperador, o quemar un gramo de incienso ante la estatua de algún Dios. Por supuesto, Mario y su familia no aceptaron tal cosa y fueron decapitados.

Se les dio sepultura en un campo donde luego se edificó una iglesia, meta de innumerables peregrinaciones durante la Edad Media.

Pidamos por su intercesión que nos dé el Señor gozar de la paz en esta tierra y encontrar luego la alegría en la vida eterna.

(http://es.catholic.net/santoral/articulo.php?id=40245)

18 enero, 2016

Santa Prisca, Vírgen y Mártir

 

 ¡Oh!, Santa Prisca, vos, sois la hija del Dios de la vida y
su amada santa, y que, en vez alguna, San Pablo os agradeció
el haber puesto en peligro vuestra vida, para, la del Apóstol
defender: “Saludad a Prisca y Aquila, mis cooperadores en
Cristo Jesús, los cuales para salvar mi vida expusieron su
cabeza”. Vuestros captores no tuvieron consideración alguna,
de lo niña que aún erais y el juez, creyó que erais fácil
de convenceros y que apostataseis, y os sugirió que hicierais
una ofrenda ante Apolo, poniendo unos granos de incienso
en el fuego. Y, así, todo el proceso contra vos, concluiría
pero, vos, iluminada por el Espíritu Santo, respondisteis a
viva voz: “¡Yo sólo soy de Jesucristo!”. Y, casi de inmediato
fuisteis llevada a la cárcel para que pudieseis meditar y
cambiaseis. De nada sirvieron todas las formas en que abogaron
por vos, y terminasteis vuestra corta vida, con la cabeza
cortada. El fuego no llegó a quemaros, tampoco el león, os
destrozó vuestro cuerpo, éste de pronto, manso se volvió, y
en la misma arena, os lamió las manos y los pies. ¿Hambre?
¿Huesos descoyuntados? ¡Nada de ello os importó! Solo quedó
en la plaza vuestro gesto altivo, decidido y enamorado que
mantuvisteis hasta el momento en que entregasteis vuestra
alma al único dueño de ella: vuestro Dios de la vida, el
Cristo vuestro. Y, así, Él, os coronó, con corona de luz,
como justo premio a vuestro grande amor. Y, quedan de vos,
vuestras santas reliquias en la iglesia a la que vos, le dais
vuestro nombre y la mención imperecedera que hacen de vuestra
vida, el martirologio de San Gregorio y en el martirologio romano;
¡oh!; Santa Prisca, “vivo amor a Cristo, más allá de la muerte”.


© 2016 by Luis Ernesto Chacón Delgado
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18 de Enero
Santa Prisca
Virgen y Mártir
Roma, 54


En la literatura neotestamentaria ya aparecen los nombres de Prisca y Priscila. Alguna vez agradece San Pablo la entereza de alguna de ellas que puso su vida en peligro por defender la del Apóstol. Con respecto al martirio de Prisca se entremezcla en el relato, como veremos, la verdad y la ficción, la historia y la fábula.


Ha nacido en Roma y tiene 13 años. Aún no ha dejado de ser una niña. Es de una familia ilustre. El juez la ha recibido como cristiana descubierta y al verla tan niña piensa que es fácil convencerla para que se convierta y apostate. Ante el templo de Apolo le hace la sugerencia de ofrecer el sacrificio poniendo unos granos de incienso en el fuego y todo el proceso habrá concluído. “Yo sólo soy de Jesucristo” sale de sus labios con el suave timbre de voz de doncella y con la firmeza de un curtido soldado.


En la cárcel la ponen para que medite y haga el cambio. Corren los tiempos de Claudio.El juez está ahora en un apuro; es tan impopular ejecutar a una joven y tan difícil asimilar perder la partida con quien tiene tan pocos años… Siempre habrá intercesores, mediadores ante el juez y Prisca que está anclada en su decisión y va in crescendo su voluntad de ser fiel.


Vienen conocidos llenos de misericordia, prudentes llenos de compasión, amigos de la paz que rechazan la violencia; todos ellos intentan bajarla de su propósito; le hablan de la felicidad que le espera en la vida que sólo está empezando, le proponen una existencia plagada de deleites, afirman sin rubor su belleza, restan importancia al asunto del incienso e intentan suavizar la situación. Son los mediocres de turno, los que se muestran como son por carencia de ideales; todo es falso en su vida menos lo práctico que les reporta utilidad. Pero todo es inútil.


Prisca termina su corta vida con la cabeza cortada fuera de la ciudad. Fue enterrada en Via Ostia el 18 de Enero. Sus reliquias se conservan en Roma en la iglesia a la que da nombre. La menciona en su lista el martirologio de San Gregorio y el martirologio romano.


¡Qué más dan los adornos posibles que la leyenda acumula en los siglos sobre los detalles de su proceso y muerte! Que importa si hubo o no morbo en el forzado proceso de reducción; si fue una o tres veces la que estuvo en la cárcel; si su carne fue quemada con grasa derretida; si su cuerpo fue o no rasgado con uñas de acero, ni si los azotes fueron emplomados o no; si el fuego llegó a quemarla o se libró de modo milagroso. Ni siquiera interesa el león que se volvió manso en el anfiteatro y le lamió las manos y los pies. No importa el tormento del hambre, ni tampoco los huesos descoyuntados. Sólo resalta en la historia la actitud altamente llamativa, decidida, de enamorada que mantiene hasta la muerte una muchacha tan madura que pospone el triunfo de su vida a la fidelidad a su Cristo, a su Dios.

Autor: Archidiócesis de Madrid

17 enero, 2016

San Antonio, Abad

 

¡Oh!, San Antonio, Abad, vos, sois el hijo del Dios de la vida y
su amado santo, y, el hombre aquél, que honor al significado
de vuestro santo nombre disteis: “floreciente”. Así, os describe
vuestro discípulo y admirador, san Atanasio. Un día os conmovisteis
por las palabras de Jesús, en la Eucaristía, quien dijo: “Si
queréis ser perfecto, id y vended todo lo que tenéis y dadlo a
los pobres”. Y, así, lo hicisteis, llevando luego, una vida, apartada
del mundo y afincada entre sepulcros del desierto, proclamando
la eterna victoria de la resurrección de la vida. Vuestra vida,
con su ejemplo, se propagó pronto y muchos hombres, os siguieron
y encontraron oración y trabajo en vuestro monasterio, donde
fuisteis, amoroso padre de vuestros monjes, a viva imagen de Dios
y de vuestro santo bautismo. Aunque no fuisteis hombre de estudios,
demostrasteis con vuestra monástica vida, lo esencial de ella,
es decir, una vida bautismal riquísima y despojada de aditamentos
superfluos y vanos. Os recuerdan como padre de monjes, tal y
como lo relatan vuestros “apotegmas” que os revelan poseedor
de una espiritualidad intuitiva y genial, desnuda como el desierto
que habitabais y fiel a la revelación evangélica. Además, vos,
escribisteis en las tórridas y solitarias arenas del desierto,
un mensaje de misticismo para el hombre de todos los tiempos,
que el monacato del desierto es el seguimiento extremo de Cristo,
el de la confianza irrestricta en el poder del Espíritu de Dios.

Y, Dios, al final de vuestra vida, os coronó con corona de luz eterna,
como premio justo a vuestra grande e increíble entrega de amor y fe;
¡oh!, San Antonio Abad, “viva sabiduría floreciente del amor de Dios”.


© 2016 by Luis Ernesto Chacón Delgado
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17 de enero
San Antonio
Abad


Conocemos la vida del abad Antonio, cuyo nombre significa “floreciente” y al que la tradición llama el Grande, principalmente a través de la biografía redactada por su discípulo y admirador, san Atanasio, a fines del siglo IV.

Este escrito, fiel a los estilos literarios de la época y ateniéndose a las concepciones entonces vigentes acerca de la espiritualidad, subraya en la vida de Antonio -más allá de los datos maravillosos- la permanente entrega a Dios en un género de consagración del cual él no es históricamente el primero, pero sí el prototipo, y esto no sólo por la inmensa influencia de la obrita de Atanasio.

En su juventud, Antonio, que era egipcio e hijo de acaudalados campesinos, se sintió conmovido por las palabras de Jesús, que le llegaron en el marco de una celebración eucarística: “Si quieres ser perfecto, ve y vende todo lo que tienes y dalo a los pobres…”.

Así lo hizo el rico heredero, reservando sólo parte para una hermana, a la que entregó, parece, al cuidado de unas vírgenes consagradas.

Llevó inicialmente vida apartada en su propia aldea, pero pronto se marchó al desierto, adiestrándose en las prácticas eremíticas junto a un cierto Pablo, anciano experto en la vida solitaria.

En su busca de soledad y persiguiendo el desarrollo de su experiencia, llegó a fijar su residencia entre unas antiguas tumbas. ¿Por qué esta elección?. Era un gesto profético, liberador. Los hombres de su tiempo -como los de nuestros días – temían desmesuradamente a los cementerios, que creían poblados de demonios. La presencia de Antonio entre los abandonados sepulcros era un claro mentís a tales supersticiones y proclamaba, a su manera, el triunfo de la resurrección. Todo -aún los lugares que más espantan a la naturaleza humana – es de Dios, que en Cristo lo ha redimido todo; la fe descubre siempre nuevas fronteras donde extender la salvación.

Pronto la fama de su ascetismo se propagó y se le unieron muchos fervorosos imitadores, a los que organizó en comunidades de oración y trabajo. Dejando sin embargo esta exitosa obra, se retiró a una soledad más estricta en pos de una caravana de beduinos que se internaba en el desierto.

No sin nuevos esfuerzos y desprendimientos personales, alcanzó la cumbre de sus dones carismáticos, logrando conciliar el ideal de la vida solitaria con la dirección de un monasterio cercano, e incluso viajando a Alejandría para terciar en las interminables controversias arriano-católicas que signaron su siglo.

Sobre todo, Antonio, fue padre de monjes, demostrando en sí mismo la fecundidad del Espíritu. Una multisecular colección de anécdotas, conocidas como “apotegmas” o breves ocurrencias que nos ha legado la tradición, lo revela poseedor de una espiritualidad incisiva, casi intuitiva, pero siempre genial, desnuda como el desierto que es su marco y sobre todo implacablemente fiel a la sustancia de la revelación evangélica. Se conservan algunas de sus cartas, cuyas ideas principales confirman las que Atanasio le atribuye en su “Vida”.

Antonio murió muy anciano, hace el año 356, en las laderas del monte Colzim, próximo al mar Rojo; al ignorarse la fecha de su nacimiento, se le ha adjudicado una improbable longevidad, aunque ciertamente alcanzó una edad muy avanzada.

La figura del abad delineó casi definitivamente el ideal monástico que perseguirían muchos fieles de los primeros siglos. No siendo hombre de estudios, no obstante, demostró con su vida lo esencial de la vida monástica, que intenta ser precisamente una esencialización de la práctica cristiana: una vida bautismal despojada de cualquier aditamento.

Para nosotros, Antonio encierra un mensaje aún válido y actualísimo: el monacato del desierto continúa siendo un desafío: el del seguimiento extremo de Cristo, el de la confianza irrestricta en el poder del Espíritu de Dios.


 (http://www.ewtn.com/spanish/Saints/Antonio_Abad.htm)

16 enero, 2016

San Marcelo, Papa





¡Oh!, San Marcelo, vos, sois el hijo del Dios de la vida,
y, que, honor hicisteis al significado de vuestro nombre:
“guerrero”, porque enfrentasteis la persecución terrible
de Diocleciano, animando a los fieles a unidos permanecer
al cristianismo, aunque los martirizaran, porque Dios
en la hora justa, premiaría a sus hijos con la eternidad
de la vida, como lo hizo y lo hará por siempre. En medio
de todo, la Iglesia reorganizasteis, y, aunque Magencio,
emperador os desterró, vos, a Dios seguisteis celebrando
de manera clandestina en casa de Lucina, vuestra fiel
sierva. Dividisteis Roma en sectores y al frente de cada
uno nombrasteis un Presbítero. Construisteis un cementerio
al que terminaron llamando el “Cementerio del Papa Marcelo”.
Más tarde, San Dámaso, Papa, escribió vuestro epitafio,
y allí, relata que fuisteis expulsado por haber sido acusado
por un apóstata. En el “Libro Pontifical”, se afirma que
vos, os escondisteis en vez de iros al destierro, en casa
de Lucina, noble señora y que, desde allí dirigiendo
seguisteis a vuestra grey, convirtiéndose aquella, en templo,
en que celebrabais cada día, hasta el día, en que el emperador
os descubrió, y os obligó, a trabajos indignos para vos.
Así pues, cumplida vuestra obra, voló vuestra alma al cielo,
para coronada ser con corona de luz, como justo premio a
vuestro gran amor y fidelidad. Quedan de vos, como vivo
recuerdo la casa de Lucina, vuestra fiel sierva, toda en
Templo maravilloso convertido, y que, además y porque así
lo quiso Dios, vuestro nombre lleva: “Templo de San Marcelo”;
¡oh!, San Marcelo Papa, “vivo guerrero del Dios de la vida”.



© 2016 by Luis Ernesto Chacón Delgado

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16 de Enero  
San Marcelo Papa

Señor Dios: concédenos la gracia de no renegar jamás de nuestras creencias cristianas, y haz que te ofrezcamos las debidas penitencias por nuestros pecados. Amen.

En la serie de los Pontífices (que hasta 1994 ya eran 265) el Papa Marcelo ocupa el puesto número 30. Fue Pontífice por un año: del 308 al 309. El nombre “Marcelo” significa: “Guerrero”. Era uno de los más valientes sacerdotes de Roma en la terrible persecución de Diocleciano en los años 303 al 305.

Animaba a todos a permanecer fieles al cristianismo aunque los martirizaran. Elegido Sumo Pontífice se dedicó a reorganizar la Iglesia que estaba muy desorganizada porque ya hacía 4 años que había muerto el último Pontífice, San Marcelino. Era un hombre de carácter enérgico, aunque moderado, y se dedicó a volver a edificar los templos destruidos en la anterior persecución.

Dividió Roma en 25 sectores y al frente de cada uno nombró a un Presbítero (o párroco). Construyó un nuevo cementerio que llegó a ser muy famoso y se llamó “Cementerio del Papa Marcelo”. Muchos cristianos habían renegado de la fe, por miedo en la última persecución, pero deseaban volver otra vez a pertenecer a la Iglesia.

Unos (los rigoristas) decían que nunca más se les debía volver a aceptar. Otros (los manguianchos) decían que había que admitirlos sin más ni más otra vez a la religión. Pero el Papa Marcelo, apoyado por los mejores sabios de la Iglesia, decretó que había que seguir un término medio: sí aceptarlos otra vez en la religión si pedían ser aceptados, pero no admitirlos sin más ni más, sino exigirles antes que hicieran algunas penitencias por haber renegado de la fe, por miedo, en la persecución.

Muchos aceptaron la decisión del Pontífice, pero algunos, los más perezosos para hacer penitencias, promovieron tumultos contra él. Y uno de ellos, apóstata y renegado, lo acusó ante el emperador Majencio, el cual, abusando de su poder que no le permitía inmiscuirse en los asuntos internos de la religión, decretó que Marcelo quedaba expulsado de Roma. Era una expulsión injusta porque él no estaba siendo demasiado riguroso sino que estaba manteniendo en la Iglesia la necesaria disciplina, porque si al que a la primera persecución ya reniega de la fe se le admite sin más ni más, se llega a convertir la religión en un juego de niños.

El Papa San Dámaso escribió medio siglo después el epitafio del Papa Marcelo y dice allí que fue expulsado por haber sido acusado injustamente por un renegado. El “Libro Pontifical”, un libro sumamente antiguo, afirma que en vez de irse al destierro, Marcelo se escondió en la casa de una señora muy noble, llamada Lucina, y que desde allí siguió dirigiendo a los cristianos y que así aquella casa se convirtió en un verdadero templo, porque allí celebraba el Pontífice cada día.

Un Martirologio (o libro que narra historias de mártires) redactado en el siglo quinto, dice que el emperador descubrió dónde estaba escondido Marcelo e hizo trasladar allá sus mulas y caballos y lo obligó a dedicarse a asear esa enorme pesebrera, y que agotado de tan duros trabajos falleció el Pontífice en el año 309. La casa de Lucina fue convertida después en “Templo de San Marcelo” y es uno de los templos de Roma que tiene por titular a un Cardenal.

(http://www.ewtn.com/SPANISH/Saints/Marcelo_papa.htm)