21 junio, 2016

San Luis de Gonzaga

 


¡Oh!, San Luis de Gonzaga, vos sois, el hijo del Dios de la vida,
su amado santo y que, honor le disteis al significado de vuestro
nombre: “batallador glorioso”. Vos, llevasteis a la práctica los
tres consejos de San Roberto Belarmino: Frecuente confesión y
comunión, mucha devoción a Nuestra Señora, y, vidas de Santos leer.
“Voto de castidad”, hicisteis, ante la imagen de Nuestra Señora,
y os mantuvisteis puro. A menudo solíais preguntaros, antes de hacer
o decir algo: “¿De qué sirve esto para la eternidad?”. Un día, os
dijo la Madre de Dios: “¡Debes entrar en la Compañía de mi Hijo!”
Y, vos, cumplisteis con ella, dándoos por íntegro en la “Compañía
de Jesús”. “Domino mi cuerpo y lo reduzco a servidumbre, no sea
que enseñando a otros a salvarse, me condene yo mismo”; decía San
Pablo, y por ello, en vuestro día, reza la Iglesia: “Señor: ya que
no pudimos imitar a San Luis en la inocencia, que por lo menos
lo logremos imitar en la penitencia. Amén”. Santa Magdalena de Pazzi
os vio en una visión: “Yo nunca me había imaginado que Luis Gonzaga
tuviera un grado tan alto de gloria en el paraíso”. Vos, ibais
de ciudad en ciudad, la paz poniendo entre familias que estaban
peleadas, aceptando las paces hacer y nunca pelear. Vos, avisado
fuisteis en sueños que moriríais el viernes de la semana siguiente
al Corpus, y en ese día voló, vuestra alma al cielo. Y, un día,
os llamó, Dios, y, posando vuestros ojos, en el santo crucifijo
dijisteis: “Que alegría cuando me dijeron: vamos a la casa del
Señor”. Y, el cielo se alegró de teneros, como vos, lo habíais
ansiado siempre. Y, así, coronada fue vuestra alma, con corona
de luz eterna. Luego de muerto, os aparecisteis a un jesuita enfermo,
y lo curasteis recomendándole que no dejase de propagar la devoción
al Sagrado Corazón de Jesús. Santo Patrono de todos los Jóvenes
del orbe de la tierra que aman la santidad, la pureza y la castidad;
¡oh!, San Luis de Gonzaga, “vivo maestro de la inocencia y la pureza”.


© 2016 by Luis Ernesto Chacón Delgado
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21 de Junio
San Luis de Gonzaga



(Luis en alemán significa: batallador glorioso).

San Luis Gonzaga nació en Castiglione, Italia, en 1568. Hijo del marqués de Gonzaga; de pequeño aprendió las artes militares y el más exquisito trato social. Siendo niño sin saber lo que decía, empezó a repetir palabras groseras que les había oído a los militares, hasta que su maestro lo corrigió. También un día por imprudencia juvenil hizo estallar un cañón con grave peligro de varios soldados. De estos dos pecados lloró y se arrepintió toda la vida. La primera comunión se la dio San Carlos Borromeo, Arzobispo de Milán.

San Luis estuvo como edecán en palacios de altos gobernantes, pero nunca fijó sus ojos en el rostro de las mujeres. Y así se libró de muchas tentaciones. Su director espiritual fue el gran sabio jesuita San Roberto Belarmino, el cual le aconsejó tres medios para llegar a ser santo: 1º. Frecuente confesión y comunión. 2º. Mucha devoción a la Sma. Virgen. 3ro. Leer vidas de Santos.Ante una imagen de la Sma. Virgen en Florencia hizo juramento de permanecer siempre puro. Eso se llama “Voto de castidad”. Cuando iba a hacer o decir algo importante se preguntaba: “¿De qué sirve esto para la eternidad?” y si no le servía para la eternidad, ni lo hacía ni lo decía.

Una vez arrodillado ante la imagen de Nuestra Señora del Buen Consejo, le pareció que la Sma. Virgen le decía: “¡Debes entrar en la Compañía de mi Hijo!”. Con esto entendió que su vocación era entrar en la Comunidad Compañía de Jesús, o sea hacerse jesuita. Le pidió permiso al papá para hacerse religioso, pero él no lo dejó. Y lo llevó a grandes fiestas y a palacios y juegos para que se le olvidara su deseo de ser sacerdote. Después de varios meses le preguntó: “¿Todavía sigue deseando ser sacerdote?”, y el joven le respondió: “En eso pienso noche y día”. Entonces el papá le permitió entrar de jesuita. (En un desfile de orgullosos jinetes en caballos elegantes, Luis desfiló montado en un burro y mirando hacia atrás. Lo silbaron pero con eso dominó su orgullo).

En 1581 el joven Luis Gonzaga, que era seminarista y se preparaba para ser sacerdote, se dedicó a cuidar a los enfermos de la peste de tifo negro. Se encontró en la calle a un enfermo gravísimo. Se lo echó al hombro y lo llevó al hospital para que lo atendieran. Pero se le contagió el tifo y Luis murió el 21 de junio de 1591, a la edad de sólo 23 años. Murió mirando el crucifijo y diciendo “Que alegría cuando me dijeron: vamos a la casa del Señor”. La mamá logró asistir en 1621 a la beatificación de su hijo. San Luis Gonzaga tuvo que hacer muchos sacrificios para poder mantenerse siempre puro, y por eso la Santa Iglesia Católica lo ha nombrado Patrono de los Jóvenes que quieren conservar la santa pureza. El repetía la frase de San Pablo: “Domino mi cuerpo y lo reduzco a servidumbre, no sea que enseñando a otros a salvarse, me condene yo mismo”.

Sufría mucho de mal de riñones y esta enfermedad lo obligaba a quedarse días enteros quieto en su cama. Pero esta quietud le trajo un gran bien: le permitió dedicarse a leer las Vidas de Santos, y esto lo animó muchísimo a volverse mejor. (A veces sentía remordimiento porque le parecía que deseaba demasiado irse al cielo). Su confesor San Roberto, que lo acompañó en la hora de la muerte, dice que Luis Gonzaga murió sin haber cometido ni un sólo pecado mortal en su vida. Apenas el hijo se hizo religioso su padre empezó a volverse mucho más piadoso de lo que era antes y murió después santamente. Luis renunció a todas las grandes herencias que le correspondían con tal de poder hacerse religioso y santo.

Santa Magdalena de Pazzi vio en un éxtasis o visión a San Luis en el cielo, y decía: “Yo nunca me había imaginado que Luis Gonzaga tuviera un grado tan alto de gloria en el paraíso”. Un oficio muy importante que hizo San Luis durante su vida fue ir de ciudad en ciudad poniendo la paz entre familias que estaban peleadas. Cuando él era enviado a poner paz entre los enemistados, estos ante su gran santidad, aceptaban hacer las paces y no pelear más. El era extraordinariamente amable y bien educado. Después de muerto se apareció a un jesuita enfermo, y lo curó y le recomendó que no se cansara nunca de propagar la devoción al Sagrado Corazón de Jesús.

San Luis fue avisado en sueños que moriría el viernes de la semana siguiente al Corpus, y en ese día murió. Ese viernes es la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús. La oración que la Iglesia le dirige a Dios en la fiesta de este santo le dice: “Señor: ya que no pudimos imitar a San Luis en la inocencia, que por lo menos lo logremos imitar en la penitencia. Amén”.

(http://www.ewtn.com/spanish/saints/Luis_Gonzaga_6_21.htm)

20 junio, 2016

Santa Florentina



 
   ¡Oh!, Santa Florentina, vos, sois la hija del Dios de la vida,
    que brillo y lustre le disteis al significado de vuestro nombre:
    “floreciente”. Vuestros padres, dieron a la Iglesia sus cuatro
    hijos, y maravilla de maravillas, los cuatro, santos. Leandro
    fue vuestro maestro en los estudios clásicos como en los sagrados.
    Y vos, fuisteis maestra de vuestro hermano menor, el gran sabio
    san Isidoro de Sevilla, doctor de la Iglesia universal. Joven
    guapa y culta como erais, todos esperaban que vos, os casaseis,
    pero, para sombro de todos, dejasteis todo para consagraros por
    entero a las obras de Dios, consagrando vuestra virginidad en el
    monasterio benedictino de santa María del Valle. A vuestras
    dotes de gobierno, a vuestra santidad y ejemplo, las hermanas
    os eligieron abadesa. Y, entonces, Leandro, hermano vuestro
    vuestro os escribió un profundo libro sobre “La institución de
    las vírgenes”, en la que, se ensalza la virtud de la virginidad
    como algo que Cristo, desea a quienes quieren seguirle. Y, así,
    luego de haberos gastado en buena lid, voló vuestra alma la cielo
    para recibir corona de luz, como justo premio a vuestro amor;
    ¡Oh!, Santa Florentina, “viva entrega de amor por el Dios Vivo”.

 
© 2016 by Luis Ernesto Chacón Delgado
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20 de Junio
Santa Florentina


Etimológicamente significa “ floreciente”. Viene de la lengua latina. Para Dios eres sagrado, sí, consagrado por la inocencia herida de tu juventud. Si consiguieras escribir a una persona anciana y decirle lo que te quiere, ella rezaría por ti y te confiaría al Espíritu de Dios.

Florentina. Nació en el seno de una familia visigoda en Cartagena, España. Sus padres eran tan fervorosamente cristianos que dieron a la Iglesia sus cuatro hijos, y los cuatro son santos.

Leandro fue el maestro de Florentina tanto en los estudios clásicos como en los sagrados. Y ella fue, a su vez, la maestra de su hermano menor, el gran sabio san Isidoro de Sevilla, doctor de la Iglesia universal. Siempre recordó el día en que vio un enjambre de abejas en la boca de su hermano.

Como joven guapa y culta, todos esperaban que se casara con un joven de su talante. Pero, para asombro de todos, y del chico que la pretendía, dejó todo para consagrarse por entero a las obras de Dios, empezando por consagra su virginidad en el monasterio benedictino de santa María del Valle, al lado de Ecija.

Gracias a sus dotes de gobierno, a su santidad y ejemplaridad para todas las hermanas, la eligieron abadesa. Fue entonces cuando su hermano Leandro le escribió un precioso y profundo libro sobre “La institución de la vírgenes”.

Es una gozada la lectura de este libro porque ensalza la virtud de la virginidad como algo que Cristo exige libremente a quienes quieren seguirle más de cerca.

Murió en el año 633.

“En la montaña el turista viene a buscar un panorama, el pensador encuentra un libro abierto” (V. Hugo).
Autor: Padre Felipe Santos Campaña SDB

(http://www.autorescatolicos.org/felipesantossantaflorentina.htm)

19 junio, 2016

San Romualdo





 
¡Oh!, San Romualdo; vos, sois el hijo del Dios de la vida y
su amado santo y que honor y fama le disteis al significado
de vuestro nombre: “Glorioso en el mando”. Decíais vos, de
la vida en la montaña: “Dichosos los ermitaños que se alejan
del mundo a estas soledades, donde las malas costumbres y los
malos ejemplos no los esclavizan”. Y, allí, en la soledad
de la misma, os dedicasteis a rezar y a penitencia hacer,
tanto que, vuestro padre, arrepentido de su antigua vida,
os siguió feliz. Fundador de conventos y de milagros hacedor,
vidas de santos leíais y os esmerabais por imitarlos, en
cualidades y virtudes sobresalientes. Comías poco y dedicabais
muy pocas horas al sueño, tanto de día, como de noche. En
medio de aquella disciplina, os azotaban tentaciones terribles
de impureza, y los más horribles ataques del maligno, tanto
que, a gritos clamabais: “¡Jesús misericordioso!, compasión
ten de mí”. Y, al oír esto, huía el demonio y la paz y os
cubría de nuevo. Felizmente, os quedasteis entre nosotros
con vuestros “Camaldulenses”, observando perpetuo silencio y
a la oración y a la meditación dedicados. En cierta ocasión y
en claro y vívido éxtasis, dijisteis: “Amado Cristo Jesús,
¡Vos sois el consuelo más grande que existe para vuestros
amigos!”. Y, San Grignon de Monfort: “Ante estos campeones
de la santidad, nosotros somos unos pollos mojados y unos
burros muertos”. La última noche de vuestra vida, dos monjes
os visitaron porque os sentíais muy débil, y les pedisteis
que ambos se retirasen y que volviesen de madrugada a rezar
salmos. Pero, presintiendo de que vos, murieseis de pronto,
se escondieron detrás de la puerta. Luego de un rato, no
percibieron ruido ni movimiento, encendieron la luz y vieron
vuestro cadáver, boca arriba, después de que, vuestra alma
había al cielo volado, para coronada ser con corona de luz
como justo premio a vuestra entrega grande e increíble de amor;
¡oh!, San Romualdo, “vivo maestro de oración y penitencia”.



© 2016 by Luis Ernesto Chacón Delgado
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19 de Junio
San Romualdo
Fundador de los Camaldulenses
Año 1027



Romualdo significa: glorioso en el mando. El que gobierna con buena fama. (Rom: buena fama Uald: gobernar).

En un siglo en el que la relajación de las costumbres era espantosa, Dios suscitó un hombre formidable que vino a propagar un modo de vivir dedicado totalmente a la oración, a la soledad y a la penitencia, San Romualdo. San Romualdo nació en Ravena (Italia) en el año 950. Era hijo de los duques que gobernaban esa ciudad. Educado según las costumbres mundanas, su vida fue durante varios años bastante descuidada, dejándose arrastrar hacia los placeres y siendo víctima y esclavo de sus pasiones. Sin embargo de vez en cuando experimentaba fuertes inquietudes y serios remordimientos de conciencia, a los que seguían buenos deseos de enmendarse y propósito de volverse mejor. A veces cuando se internaba de cacería en los montes, exclamaba: “Dichosos los ermitaños que se alejan del mundo a estas soledades, donde las malas costumbres y los malos ejemplos no los esclavizan”.

Su padre era un hombre de mundo, muy agresivo, y un día desafió a pelear en duelo con un enemigo. Y se llevó de testigo a su hijo Romualdo. Y sucedió que el papá mató al adversario. Horrorizado ante este triste espectáculo, Romualdo huyó a la soledad de una montaña y allá se encontró con un monasterio de benedictinos, y estuvo tres años rezando y haciendo penitencia. El superior del convento no quería recibirlo de monje porque tenía miedo de las venganzas del padre del joven, el Duque de Ravena. Pero el Sr. Arzobispo hizo de intermediario y Romualdo fue admitido como un monje benedictino.

Y le sucedió entonces al joven monje que se dedicó con tan grande fervor a orar y hacer penitencia, que los demás religiosos que eran bastante relajados, se sentían muy mal comparando su vida con la de este recién llegado, que hasta se atrevía a corregirlos por su conducta algo indebida y le pidieron al superior que lo alejara del convento, porque no se sentían muy bien con él. Y entonces Romualdo se fue a vivir en la soledad de una montaña, dedicado sólo a orar, meditar y hacer penitencia.

En la soledad se encontró con un monje sumamente rudo y áspero, llamado Marino, pero éste con sus modos fuertes logró que nuestro santo hiciera muy notorios progresos en su vida de penitencia en poco tiempo. Y entre Marino y Romualdo lograron dos notables conversiones: la del Jefe civil y militar de Venecia, el Dux de Venecia (que más tarde se llamará San Pedro Urseolo) que se fue a dedicarse a la vida de oración en la soledad; y el mismo papá de Romualdo que arrepentido de su antigua vida de pecado se fue a reparar sus maldades en un convento. Este Duque de Ravena después sintió la tentación de salirse del convento y devolverse al mundo, pero su hijo fue y logró convencerlo, y así se estuvo de monje hasta su muerte.

Durante 30 años San Romualdo fue fundando en uno y otro sitio de Italia conventos donde los pecadores pudieran hacer penitencia de sus pecados, en total soledad, en silencio completo y apartado del mundo y de sus maldades. El por su cuenta se esforzaba por llevar una vida de soledad, penitencia y silencio de manera impresionante, como penitencia por sus pecados y para obtener la conversión de los pecadores. Leía y leía vidas de santos y se esmeraba por imitarlos en aquellas cualidades y virtudes en las que más sobresalió cada uno. Comía poquísimo y dedicaba muy pocas horas al sueño. Rezaba y meditaba, hacía penitencia, día y noche.

Y entonces, cuando mayor paz podía esperar para su alma, llegaron terribles tentaciones de impureza. La imaginación le presentaba con toda viveza los más sensuales gozos del mundo, invitándolo a dejar esa vida de sacrificio y a dedicarse a gozar de los placeres mundanos. Luego el diablo le traía las molestas y desanimadoras tentaciones de desaliento, haciéndole ver que toda esa vida de oración, silencio y penitencia, era una inutilidad que de nada le iba a servir.

Por la noche, con imágenes feas y espantosas, el enemigo del alma se esforzaba por obtener que no se dedicara más a tan heroica vida de santificación. Pero Romualdo redoblaba sus oraciones, sus meditaciones y penitencias, hasta que al fin un día, en medio de los más horrorosos ataques diabólicos, exclamó emocionado: “Jesús misericordioso, ten compasión de mí”, y al oír esto, el demonio huyó rápidamente y la paz y la tranquilidad volvieron al alma del santo.

Volvió otra vez al monasterio de Ravena (del cual lo habían echado por demasiado cumplidor) y sucedió que vino un rico a darle una gran limosna. Sabiendo Romualdo que había otros monasterios mucho más pobres que el de Ravena, fue y les repartió entre aquellos toda la limosna recibida. Eso hizo que los monjes de aquel monasterio se le declararan en contra (ya estaban cansados de verlo tan demasiado exacto en penitencias y oraciones y en silencio) y lo azotaron y lo expulsaron de allí. Pero sucedió que en esos días llegó a esa ciudad el Emperador Otón III y conociendo la gran santidad de este monje lo nombró abad, Superior de tal convento. Los otros tuvieron que obedecerle, pero a los dos años de estar de superior se dio cuenta que aquellos señores no lograrían conseguir el grado de santidad que él aspiraba obtener de sus religiosos y renunció al cargo y se fue a fundar en otro sitio.

Dios le tenía reservado un lugar para que fundara una Comunidad como él la deseaba. Un señor llamado Málduli había obsequiado una finca, en región montañosa y apartada, llamada campo de Málduli, y allí fundo el santo su nueva comunidad que se llamó “Camaldulenses”, o sea, religiosos del Campo de Málduli. En una visión vio una escalera por la cual sus discípulos subían al cielo, vestidos de blanco. Desde entonces cambió el antiguo hábito negro de sus religiosos, por un hábito blanco.

San Romualdo hizo numerosos milagros, pero se esforzaba porque se mantuviera siempre ignorado en nombre del que los había conseguido del cielo. Un día un rico al ver que al hombre de Dios ya anciano le costaba mucho andar de pie, le obsequió un hermoso caballo, pero el santo lo cambió por un burro, diciendo que viajando en un asnillo podía imitar mejor a Nuestro Señor.

En el monasterio de la Camáldula sí obtuvo que sus religiosos observaran la vida religiosa con toda la exactitud que él siempre había deseado. Y desde el año 1012 existen monasterios Camaldulenses en diversas regiones del mundo. Observan perpetuo silencio y dedican bastantes horas del día a la oración y a la meditación. Son monasterios donde la santidad se enseña, se aprende y se practica.

San Romualdo deseaba mucho derramar su sangre por defender la religión de Cristo, y sabiendo que en Hungría mataban a los misioneros dispuso irse para allá a misionar. Pero cada vez que emprendía el viaje, se enfermaba. Entonces comprendió que la voluntad de Dios no era que se fuera por allá a buscar martirios, sino que se hiciera santo allí con sus monjes, orando, meditando, y haciendo penitencia y enseñando a otros a la santidad.

Veinte años antes el santo había profetizado la fecha de su muerte. Los últimos años frecuentemente era arrebatado a un estado tan alto de contemplación que lleno de emoción, e invadido de amor hacia Dios exclamaba: “Amado Cristo Jesús, ¡tú eres el consuelo más grande que existe para tus amigos!”. Adonde quiera que llegaba se construía una celda con un altar y luego se encerraba, impidiendo la entrada allí de toda persona. Estaba dedicado a orar y a meditar.

La última noche de su existencia terrenal, fueron dos monjes a visitarlo por que se sentía muy débil. Después de un rato mandó a los dos religiosos que se retiraran y que volvieran a la madrugada a rezar con él los salmos. Ellos salieron, pero presintiendo que aquel gran santo se pudiera morir muy pronto se quedaron escondidos detrás de la puerta. Después de un rato se pusieron a escuchar atentamente y al no percibir adentro ni el más mínimo ruido ni movimiento, convencidos de lo que podía haber sucedido empujaron la puerta, encendieron la luz y encontraron el santo cadáver que yacía boca arriba, después de que su alma había volado al cielo. Era un amigo más que Cristo Jesús se llevaba a su Reino Celestial.

Todos estos datos los hemos tomado de la Biografía de San Romualdo, que escribió San Pedro Damián, otro santo de ese tiempo. Al recordar los hechos heroicos de este gran penitente y contemplativo se sienten ganas de repetir las palabras que decía San Grignon de Monfort: “Ante estos campeones de la santidad, nosotros somos unos pollos mojados y unos burros muertos”.

(http://www.ewtn.com/SPANISH/Saints/Romualdo.htm)

18 junio, 2016

San Gregorio Barbarigo

 


¡Oh!, San Gregorio Barbarigo, vos, sois el hijo del Dios
de la vida y su amado santo. Huérfano como fuisteis,
vuestro padre, os formó de manera increíble y, os hizo
conocer el campo de la guerra, la ciencia y la diplomacia,
pero a vos, os atraía más, el cielo y sus santos frutos:
tener una relación con Dios y la salvación de las almas.
Os encantaba la astronomía y admirabais la gran obra
de Dios. Y, así, un día, ordenado fuisteis sacerdote, y,
os confiaron muchos puestos, entre otros, el de presidente
ser de la comisión para atender a los enfermos de tifo.
Y, vos, allí, mostrasteis cuánto de Dios, teníais, pues
visitabais enfermos, enterrabais muertos, ayudabais viudas
y huérfanos y consolabais hogares que en la orfandad habían
quedado. Vendisteis vuestros bienes y los donasteis a
los pobres, y así, os propusisteis imitar en todo a
San Carlos Borromeo. Propagasteis libros religiosos y leer
a San Francisco de Sales. Cuando salíais a evangelizar,
os hospedabais en casas de vuestros pobres y con ellos
comíais. De día, enseñabais catecismo, y, a la gente pobre
atendíais y por la noche en oración la pasabais. Con el
cargo de Cardenal, os mostrabais como un sencillo sacerdote.
Fundasteis imprentas y propagasteis libros religiosos, y,
os esmerasteis para formar seminaristas que fuesen excelentes
sacerdotes. La gente decía: “Monseñor es misericordioso
con todos. Con el único con el cual es severo es consigo
mismo”. Vos repetíais: “para el cuerpo basta poco alimento
y ordinario, pero para el alma son necesarias muchas
lecturas y que sean bien espirituales”. Y, así, luego de
haber gastado vuestra vida, en buena lid, voló vuestra
alma al cielo, para coronada ser, con corona de luz,
como premio justo a vuestra entrega de inmenso amor y fe;
¡Oh!, San Gregorio Barbarigo, “viva misericordia de Dios”.


© 2016 by Luis Ernesto Chacón Delgado

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18 de Junio
San Gregorio Barbarigo
Obispo
Año 1697


Dios nos mande muchos Gregorios más, así de santos y generosos. Quien generosamente da, generosamente recibirá. Prv. 11.

Este simpático santo nació en Venecia (Italia) en 1632, de familia rica e influyente. La madre murió de peste de tifo negro, cuando el niño tenía solamente dos años. Pero su padre, un excelente católico, se propuso darle la mejor formación posible. El papá lo instruyó en el arte de la guerra y en las ciencias, y lo hizo recibir un curso de diplomacia, pero al joven Gregorio lo que le llamaba la atención era todo lo que tuviera relación con Dios y con la salvación de las almas.

Estudiando astronomía admiraba cada día más el gran poder de Dios, al contemplar tan admirables astros y estrellas en el firmamento. Deseaba ser religioso, pero su director espiritual le aconsejó que más bien se hiciera sacerdote de una diócesis, porque tenía especiales cualidades para párroco. Y a los 30 años fue ordenado sacerdote.

Un amigo suyo y de su familia, el Cardenal Chigi, había sido elegido Sumo Pontífice con el nombre de Alejandro VII, y lo mandó llamar a Roma. Allá le concedió un nombramiento en el Palacio Pontificio y le confió varios cargos de especial responsabilidad.

Y en ese tiempo llegó a Roma la terrible peste de tifo negro (la que había causado la muerte a su santa madre) y el Santo Padre, conociendo la gran caridad de Gregorio, lo nombró presidente de la comisión encargada de atender a los enfermos de tifo. Desde ese momento Gregorio se dedica por muchas horas cada día a visitar enfermos, enterrar muertos, ayudar viudas y huérfanos y a consolar hogares que habrían quedado en la orfandad.

Acabada la peste, el Sumo Pontífice le ofrece nombrarlo obispo de una diócesis muy importante, Bérgamo. El Padre Gregorio le pide que lo deje antes celebrar una misa para saber si Dios quiere que acepte ese cargo. Durante la misa oye un mensaje celestial que le aconseja aceptar el nombramiento. Y le comunica su aceptación al Santo Padre.

Llega a Bérgamo como un sencillo caminante, y a los que proponen hacerle una gran fiesta de recibimiento, les dice que eso que se iba a gastar en fiestas, hay que emplearlo en ayudar a los pobres. Luego él mismo vende todos sus bienes y los reparte entre los necesitados y se propone imitar en todo al gran arzobispo San Carlos Borromeo que vivía dedicado a las almas y a las gentes más abandonadas. En Bérgamo jamás deja de ayudar a quien le pide, y los pobres saben que su generosidad es inmensa.

Propaga libros religiosos entre el pueblo y recomienda mucho los escritos de San Francisco de Sales. En sus viajes misioneros se hospeda en casas de gente muy pobre y come con ellos, sin despreciar a nadie. Después de pasar el día enseñando catecismo y atendiendo gentes muy necesitadas, pasa largas horas de la noche en oración. El portero del palacio tiene orden de llamarlo a cualquier hora de la noche, si algún enfermo lo necesita. Y aun entre lluvias y lodazales, a altas horas de la noche se va a atender moribundos que lo mandan llamar. Y es obispo.

El médico le aconseja que no se desgaste tanto visitando enfermos, pero él le responde: “ese es mi deber, y ¡no puedo obrar de otra manera!”. El Sumo Pontífice lo nombra obispo de una ciudad que está necesitando mucho un obispo santo. Es Padua. Los habitantes de Bérgamo decían: “Los de Milán tuvieron un obispo santo, que fue San Carlos Borromeo. Nosotros también tuvimos un obispo muy santo, Mr. Gregorio. Que gran lástima que se lo lleven de aquí”. En Padua se encuentra con que los muchachos no saben el catecismo y los mayores no van a Misa los domingos. Se dedica él personalmente a organizar las clases de catecismo y a invitar a todos a la S. Misa. Recorrió personalmente las 320 parroquias de la diócesis. Organizó a los párrocos y formó gran número de catequistas. Aun a las regiones más difíciles de llegar, las visitó, con grandes sacrificios y peligros. En pocos años la diócesis de Padua era otra totalmente distinta. La había transformado su santo obispo.

El nuevo Pontífice Inocencio XI nombró Cardenal a Monseñor Gregorio Barbarigo, como premio a sus incansables labores de apostolado. El siguió trabajando como si fuera un sencillo sacerdote. Fundó imprentas para propagar los libros religiosos, y se esmeró con todas sus fuerzas por formar lo mejor posible a los seminaristas para que llegaran a ser excelentes sacerdotes. Todos estaban de acuerdo en que su conducta era ejemplar en todos los aspectos y en que su generosidad con los pobres era no sólo generosa sino casi exagerada.

La gente decía: “Monseñor es misericordioso con todos. Con el único con el cual es severo es consigo mismo”. Su seminario llegó a tener fama de ser uno de los mejores de Europa, y su imprenta divulgó por todas partes las publicaciones religiosas. El andaba repitiendo: “para el cuerpo basta poco alimento y ordinario, pero para el alma son necesarias muchas lecturas y que sean bien espirituales”. San Gregorio murió santamente el 17 de junio del año 1697.

(http://www.ewtn.com/SPANISH/Saints/Gregorio_Barbarigo_6_17.htm)

17 junio, 2016

Santos Manuel, Sabel e Ismael

17 de Junio Santos Manuel, Sabel e Ismael Mártires

Por: Ramón Rabre Jordá | Fuente: Tus preguntas sobre los Santos

Santo Tradicional – No incluido en el actual Martirologio Romano

Martirologio Romano: Los Santos Mártires Manuel, Sabel e Ismael, en Calcedonia; los cuales yendo por embajadores del rey de Persia para tratar de paces con Juliano Apóstata, quiso éste obligarlos a que adorasen los ídolos; pero rehusando ellos obedecer, y manteniéndose constantes en confesar a Jesucristo, fueron degollados († 362)

Breve Biografía

Es común dar por supuesto que con la paz concedida a la Iglesia por el emperador Constantino en 313 por el Edicto de Milán terminaron las persecuciones del Imperio Romano contra los cristianos, pero esto supondría olvidarse de Juliano el Apóstata, que si ha pasado a la historia con ese apodo es porque a pesar de haber sido educado en la fe cristiana, optó por volver al culto de los antiguos dioses del Imperio, lo que implicó nuevas víctimas, entre las que se encuentran San Manuel, al que no podemos separar de sus hermanos y compañeros San Sabel y San Ismael.

Los autores del “Acta Sanctorum”, conocidos como los Bolandistas, por haber sido el jesuita P. Juan Boland (+ 1665) el iniciador de la ingente obra de recopilar con espíritu crítico toda la documentación auténtica relativa a los santos, dedican siete páginas, en el tomo III de Junio, a recoger el texto griego y la versión latina de unas Actas de estos mártires según un manuscrito conservado en la Biblioteca Vaticana. Aunque parece ser que estas Actas son tardías, son sin embargo la fuente más importante de que disponemos sobre estos mártires y por ello la que sigue el clásico Año Cristiano del jesuita Juan Croisset Manuel, Sabel e Ismael eran tres hermanos persas; aunque su padre era pagano, su madre, cristiana, los educó en la fe de Jesucristo con la ayuda de un presbítero. Aparte de sus virtudes cristianas y su sólida formación, poco más sabemos de su vida; únicamente, los suponemos cercanos a la corte de su soberano, al que las Actas dan el nombre de Baltano.

El texto del Martirologio que hemos citado anteriormente ya nos describe su misión: tratar de mediar ante el emperador Juliano para lograr la paz en la guerra que sostenía con los persas. Sin embargo, su misión se vio truncada por la negativa de ellos a participar en los sacrificios paganos que les exigía el emperador. Los tres hermanos trataron de hacer ver la distinción entre su misión diplomática y sus convicciones personales, pero el soberano, olvidándose de las inmunidades debidas a los embajadores, mandó ponerlos en prisión.

Continúan las Actas (y de ello se hace eco Croisset) refiriéndonos los reproches del Emperador a los santos, tildándolos de necios, y la respuesta de éstos que no dudan en despreciar a Juliano por poner su confianza en unos mudos ídolos de piedra. Tras ello, vienen los azotes por parte de los verdugos y que, colgados de un leño les rasgasen los costados y les clavasen clavos en los talones, que son acompañados por las súplicas confiadas de los mártires a Aquél que padeció en la Cruz para salvar al género humano. A las amenazas siguieron las lisonjas, hechas por separado a los dos hermanos menores y al mayor, que todos rechazaron categóricamente, por lo que fueron objeto nuevamente del suplicio del fuego en los costados. Seguidamente, el tirano mandó clavar a Manuel un clavo en la cabeza y otros dos en los hombros y que fuera llevado, amarrado junto a sus hermanos, al lugar donde finalmente serían decapitados. Era el lunes 17 de junio de 362.

Terminan las Actas señalando que la intención del perseguidor era quemar los cuerpos sagrados de los mártires para privar a los cristianos de sus reliquias, pero que se produjo un hecho prodigioso que provocó la conversión de muchos paganos: Se abrió la tierra acogiendo en su seno los restos venerados, siendo así preservados de su destrucción y posibilitando que después la comunidad cristiana los recogiera y sepultara reverentemente. Posteriormente, en tiempos del Emperador Teodosio, se edificaría una Iglesia en su honor en dicho lugar. Juliano el Apóstata murió en la guerra contra los persas y es tradición que sus últimas palabras, en referencia a Jesucristo, fueron: “Venciste, Galileo”.

Aunque sea común representar juntos a los tres hermanos mártires, en ocasiones encontramos sólo a Manuel; en estos casos lo identificamos por aparecer con los tres clavos a los que antes nos hemos referido, en la cabeza y los hombros (o más bien el pecho); algo se ha difundido su figura especialmente en Portugal por haber llevado su nombre el rey Manuel I (1469-1521).

(http://www.es.catholic.net/op/articulos/53134/ismael-santo.html)

16 junio, 2016

San Juan Francisco Regis




¡Oh!, San Juan Francisco Regis, vos, sois el hijo del Dios de la vida,
su amado santo, predicador y misionero. Pío Doce, Papa, dijo de vos:
“Un predicador que merece muy bien ser llamado Patrono de las
misiones populares es San Francisco Regis”. Vos, muy joven,
empezasteis a no sentiros a gusto en la vida mundana, y sentíais
por los placeres mundanos aversión. Pedisteis admitido ser entre
los jesuitas y en vuestro noviciado demostrasteis tal fervor que un
compañero os dijo: “Juan Francisco se humilla él mismo hasta el
extremo, pero demuestra por los demás un aprecio admirable”.
Vuestro compañero de habitación os acusó ante el superior diciéndole
que vos, pasabais muchas horas rezando en la capilla. El Rector
le respondió: “No le impidas sus devociones. No te opongas a sus
comunicaciones con Dios. a mi me parece que este joven es un santo
y que un día nuestra Comunidad celebrará una fiesta en su honor”.
Y así fue, y vos, os dedicasteis a este trabajo, y, todos decían: “Juan
Francisco hace el oficio de cinco misioneros”. A diferencia del estilo
elegante, vos, usabais uno sencillo y, directo, pues ibais al alma
con fervor, tanto que, los pecadores se conmovían al escucharos.
Vuestros sermones atraían a los católicos y herejes; gente buena y
gente corrompida; pobres y ricas; sabias e ignorantes. Os encantaba
predicar a los pobres, pero, también a los ricos a quienes lograsteis
convertir. La audiencia decía: “Este padre no dice solamente lo que
sabe, sino que parece que lo que está diciendo lo estuviera viendo”.
“El Padre Juan Francisco predica con extrema sencillez y convierte
pecadores por millares y nosotros que predicamos con elegancia,
¿a quién logramos convertir?”. Otro testigo decía: “Lo que a mí me
admira es que un hombre de tan pobre presencia, con su sotana
llena de remiendos, diciendo lo que todos dicen, sin adornos
en su lenguaje, siendo a veces tan duro en su hablar, tiene tan
grande inspiración divina que uno no es capaz de escucharle y
seguir en paz con sus pecados”. Dijeron algunos envidiosos, que
vos, predicabais burdamente y, que deshonrabais la dignidad
del predicador. El superior provincial y su secretario a escuchar
un sermón de vos fueron, y, dijo aquél: “ojalá quisiera Dios que
todos los misioneros predicaran con toda unción como este
sacerdote. El dedo de Dios está aquí. Si yo viviera en esta región,
no me perdería ni un solo sermón de este padre”. Un párroco
afirmó: “En mi parroquia, después de una misión predicada por
el Padre Juan Francisco, mis parroquianos cambiaron de tal manera,
que a mí me parecía que eran otras personas”. A una contumaz
calvinista le preguntasteis:“¿Y Ud. cuándo es que se va a convertir?”
y os respondió: “Pues, ¡me quiero convertir ahora mismo!”.
Los campesinos se encontraban y el saludo que se daban era: “Vamos
a escuchar al santo”. Y en las ciudades, los templos se llenaban hasta
más no poder, y los feligreses repetían: “Vayamos a oír al santo”.
A muchas mujeres sacasteis de la mala vida y encaminasteis hacia
una vida virtuosa. A las tres de la madrugada estabais levantado.
Pasabais la mañana confesando y predicando y la tarde consiguiendo
ayuda para los pobres y hasta se os olvidaba de comer. A dos
ciegos les hicisteis recobrar la vista, curasteis con la imposición de las
manos. Vuestra despensa, daba y daba a los pobres y no se agotaba
jamás. El milagro grande convertir era a los pecadores de su mala
vida. Con pulmonía pronunciasteis tres sermones el primer día de la
misión y dos el segundo día. Toda la mañana de este día la pasasteis
confesando. En ayunas celebrasteis la misa a las dos de la tarde, y
os fuisteis a vuestro confesionario, voló, vuestra alma al cielo, para
recibir corona de luz como justo premio a vuestra entrega de amor
increíble. Poco antes de morir exclamasteis: “Veo a Nuestro Señor y
a su Santísima Madre que preparan un sitio en el cielo para mí”.
“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Al visitar vuestro
sepulcro San Juan Vianey, se propuso sacerdote ser, a toda costa;
¡Oh!, San Juan Francisco de Regis; “vivo predicador del Dios Vivo”.


 

© 2015 by Luis Ernesto Chacón Delgado
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16 de junio
San Juan Francisco Regis
Predicador y Misionero
Año 1640


Cuando un sacerdote o un apóstol muere desgastado de tanto trabajar por extender el reino de Dios, ese día la Iglesia ha conseguido un gran triunfo para la eternidad.(San Juan Bosco)

El Papa Pío XII llegó a exclamar: “Un predicador que merece muy bien ser llamado Patrono de las misiones populares es San Francisco Regis”. Francisco nace en 1597 de familia acaudalada en Narbona, Francia y a los 19 años empieza a no sentirse a gusto en la vida mundana. Siente aversión por los placeres mundanales. Y súbitamente cae en la cuenta de que la santidad no será conseguida por él, sigue viviendo entre las gentes mundanas. Cerca de su ciudad había una abadía de monjes que lo estimaban, pero a él le atraía más la Compañía de Jesús, porque los Jesuitas se dedicaban más al apostolado entre el pueblo. Pidió ser admitido entre los jesuitas y en su noviciado demostraba tal fervor que uno de sus compañeros llegó a declarar: “Juan Francisco se humilla él mismo hasta el extremo, pero demuestra por los demás un aprecio admirable”.

Siendo estudiante, el compañero de habitación lo acusó ante el superior diciéndole que Regis en vez de dormir lo suficiente pasaba muchas horas rezando en la capilla. El Padre Rector le respondió: “No le impidas sus devociones. No te opongas a sus comunicaciones con Dios. a mi me parece que este joven es un santo y que un día nuestra Comunidad celebrará una fiesta en su honor”. Y esta respuesta resultó profética. A los 33 años fue ordenado de sacerdote y al año siguiente lo destinaron a un trabajo que estaba muy de acuerdo con sus aspiraciones y con su fuerte constitución física: dedicarse a predicar misiones entre el pueblo. Y se dedicó a este trabajo con tal energía que sus compañeros exclamaban: “Juan Francisco hace el oficio de 5 misioneros”.

En 43 años de vida, 24 como religioso, diez como sacerdote y 9 como misionero popular, logró inmensos éxitos y tuvo el mismo calificativo en todos los sitios donde estuvo predicando: “el santo”. A diferencia del estilo muy elegante y rebuscado que se usaba entonces para predicar, el padre Juan Francisco se dedicó a predicar de manera extremadamente sencilla, con estilo directo, a veces hasta rayando en demasiado ordinariote, pero que iba directamente al alma y con una elocuencia y un fervor, que los pecadores no eran capaces de no conmoverse al escucharle. Sus sermones atraían a las multitudes formadas por católicos y herejes, gente buena y gente corrompida, pobres y ricos, sabios e ignorantes.

Le encantaba predicar a los pobres, pero decía que con sus sermones había logrado convertir también a muchos ricos. Los oyentes comentaban: “Este padre no dice solamente lo que sabe, sino que parece que lo que está diciendo lo estuviera viendo”. Al escucharle se conmovían aun los corazones más indiferentes. Un predicador de fama fue a escucharle, y después decía a sus colegas: “El Padre Juan Francisco predica con extrema sencillez y convierte pecadores por millares y nosotros que predicamos con tanta elegancia, ¿a quién logramos convertir?”.

Otro testigo afirmaba: “Lo que a mí me admira es que un hombre de tan pobre presencia, con su sotana llena de remiendos, diciendo lo que todos dicen, sin adornos en su lenguaje, siendo a veces tan duro en su hablar, tiene tan grande inspiración divina que uno no es capaz de escucharle y seguir en paz con sus pecados”. Algunos doctores se dirigieron al superior de los jesuitas diciéndole que el Padre Regis predicaba muy burdamente. Que un modo de predicar así era un deshonrar la altísima dignidad de predicador. 

Entonces el superior provincial se fue con su secretario a escuchar un sermón del santo, mezclados entre el pueblo. El superior quedó tan profundamente impresionado por su predicación, que les dijo a los acusadores: “Ojalá quisiera Dios que todos los misioneros predicaran con toda unción como este sacerdote. El dedo de Dios está aquí. Si yo viviera en esta región, no me perdería ni un solo sermón de este padre”.

Un párroco afirmaba: “En mi parroquia, después de una misión predicada por el Padre Juan Francisco, mis parroquianos cambiaron de tal manera, que a mí me parecía que eran otras personas”. El Sr. Obispo lo envió a misionar a una región que durante 40 años había sido invadida por los calvinistas, y en la cual la corrupción de costumbres era espantosa y el anticatolicismo era tan feroz que el mismo Sr. Obispo no podía nunca aparecer por allí. Y el poder de convicción del Padre Regis fue tan arrollador que las conversiones se obraron por montones.

Una de las más terribles calvinistas, al oír que el santo sacerdote le preguntaba: “¿Y Ud. cuándo es que se va a convertir?”, sintió una fuerza de la gracia de Dios tan avasalladora, que le respondió: “Pues, ¡me quiero convertir ahora mismo!”, y en verdad que dejó su mala vida pasada y empezó a vivir como una buena católica. Como con sus predicaciones acababa con muchos vicios, aquellos que vieron afectados con esto sus malos negocios, lo acusaron con calumnias ante el Sr. Obispo y hasta en Roma. El padre sufrió mucho con esto, pero afortunadamente Dios hizo que el secretario del obispo se diera cuenta de las mentiras que le estaban inventando y le defendió ante Monseñor, el cual escribió a Roma, hablando muy bien del gran misionero.

Mientras tanto el santo seguía misionando por las regiones más apartadas y de más difícil acceso. Y las multitudes lo seguían. Los campesinos se encontraban y el saludo que se daban era: “Vamos a escuchar al santo”. Y en las ciudades, los templos se llenaban hasta más no poder, y los feligreses repetían: – Vayamos a oír al santo. A muchísimas mujeres las sacó de la vida corrompida y las encaminó hacia una vida virtuosa. Los vicios que convirtió fueron incontables. A las tres de la madrugada estaba levantado. Pasaba la mañana confesando y predicando y la tarde consiguiendo ayuda para los pobres. Muchas veces se olvidaba de comer.

A dos ciegos les hizo recobrar la vista. Con la imposición de las manos curó a muchos enfermos. Su despensa daba y daba a los pobres y no se agotaba y el milagro más grande que conseguía era convertir a los pecadores de su mala vida. Se fue a predicar una misión a una región terriblemente fría y apartada. Por el camino lo sorprendió una tempestad de nieve que le impidió continuar el viaje y tuvo que pasar la noche en medio de terrible ventarrón y en plena nieve. Y le sobrevino una pulmonía. Sin embargo así de enfermo pronunció tres sermones el primer día de la misión y dos el segundo día. Toda la mañana de este día la pasó confesando. En ayunas celebró la misa a las dos de la tarde, y cuando se dirigió a su confesionario para seguir su labor heroica, cayó desmayado.

Lo llevaron a la casa cural y poco antes de morir exclamó: “Veo a Nuestro Señor y a su Santísima Madre que preparan un sitio en el cielo para mí”. Y luego exclamó: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”, y murió. Era el año 1640. Al visitar el sepulcro de San Juan Francisco Regis, se propuso después el joven San Juan Vianey, ser sacerdote, costara lo que costara. Es que los ejemplos de su vida son admirables.

(http://www.ewtn.com/SPANISH/Saints/Juan_Francisco_Regis_6_14.htm)

15 junio, 2016

San Vito de Lucania

 

 ¡Oh!, San Vito de Lucania, vos, sois el hijo del Dios
de la vida y su amado santo, que siendo aún adolescente
os convertisteis en mártir, siendo hijo de un senador
romano, y, que, de niño, por fervorosos cristianos
criado fuisteis: Santa Crescencia y San Modesto, quienes
os instruyeron en la fe y os bautizaron en Cristo jesús.
Vos, intestasteis convertir al hijo del gobernador sin
éxito. Y, cuando vuestro padre descubrió vuestra
devoción, fiel al romano imperio os entregó a las
autoridades y os expulsó de vuestra familia. El juez
ordenó que azotado fuerais, pero, a él, y a los verdugos
se les paralizaron los brazos ¡Milagro Divino! Y, que,
sólo sanaron con vuestros rezos. Santa Crescencia y
San Modesto, que os habían enseñado la fe de Cristo,
fueron librados de varios suplicios, como el día en que,
un león que debería devorarlos, terminó lamiéndoles
los pies. Y, cuando escaparon, un ángel os proporcionó
un barco, para viajar hasta Lucania. Vos, y vuestros
tutores, llevados finalmente ante Diocleciano fueron,
ante el cual os negasteis a rendir culto a los dioses
paganos. Pero, unos ángeles se aparecieron, les retiraron
las cadenas y condujeron sus cuerpos hasta un río, donde
más tarde los encontró una anciana viuda cristiana.
Otto de Bamberg obispo, al evangelizar a los pomeranos,
que, culto redían al gallo, les presentó un relicario
de plata con reliquias de vos, el cual coronado estaba
con un gallo. Los pomeranos relacionaron al gallo con
vos, y su deidad, y así, en masa accedieron a ser bautizados.
¡oh! San Vito de Lucania, “vivo, espíritu del Dios vivo”.


© 2016 by Luis Ernesto Chacón Delgado
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15 de junio
San Vito de Lucania
Adolescente Mártir


SAN VITO DE LUCANIA (fines del s.III-304) nació en Mazzara, la actual Mazara del Vallo, en Sicilia, Italia, en la época de las persecuciones dictadas por el emperador romano Diocleciano.

Según la leyenda, San Vito fue hijo de un senador romano, pagano. De niño fue criado por los instructores contratados por su familia, sin saber que eran fervientes cristianos: Santa Crescencia y San Modesto, quienes instruyeron al pequeño Vito en la fe y lo bautizaron sin tener el consentimiento de su familia.

San Vito habría intentado convertir sin éxito al hijo del gobernador. Cuando su padre descubrió su devoción, fiel a las normas romanas lo entregó a las autoridades y lo expulsó de su familia. El juez habría ordenado que fuera azotado, pero al juez y a los verdugos se les paralizarían los brazos, y sólo sanarían con los rezos de San Vito.

La leyenda continúa con varios sucesos en los que San Vito y sus preceptores, Santa Crescencia y San Modesto, salen siempre bien librados de los suplicios (por ejemplo un león que debería devorarlo termina lamiéndole dócilmente los pies), o bien consiguen escapar, por ejemplo en un barco que un ángel les proporciona para viajar hasta Lucania.

San Vito y sus santos tutores fueron llevados finalmente ante Diocleciano, el emperador, ante el cual se niegan a rendir culto a los dioses paganos. Los tres murieron en Lucania a causa de los tormentos recibidos, aunque la misma leyenda cuenta que ángeles se aparecieron, les retiraron las cadenas y condujeron sus cuerpos hasta un río, donde más tarde los encontró una anciana viuda cristiana.

El culto de San Vito se extendió rápidamente por Europa, especialmente en los países alemanes; de ello dan cuenta los 30 patronatos que se le adscriben.

Una tradición cuenta que el obispo Otto de Bamberg, al evangelizar a los pomeranos, que rendían culto al gallo, les presentó un relicario de plata con vestigios de San Vito, el cual estaba coronado con un gallo. Los pomeranos relacionaron al gallo de San Vito con su deidad, y en el acto accedieron a ser bautizados.

SAN VITO DE LUCANIA nos ofrece un ejemplo de la popularidad de que gozaron algunos santos mártires durante la Edad Media.