02 julio, 2016

San Bernardino Realino




 
 


¡Oh!, San Bernardino Realino, vos, sois el hijo del Dios
de la vida y su amado santo, y que, antes de morir, nombrado
“Patrono Celestial”, de Lecce, vuestra ciudad, donde, más
tarde, entregasteis vuestra alma a Dios. “Grande es nuestro
dolor, oh padre muy amado, al ver que nos dejáis, pues
nuestro más ardiente deseo sería que os quedarais para
siempre entre nosotros. No queriendo, sin embargo, oponernos
a la voluntad de Dios, que os convida con el cielo, deseamos,
por lo menos, encomendaros a nosotros mismos y a toda esta
ciudad, tan amada por vos, y que tanto os ha amado y
reverenciado. Así lo haréis, ¡oh! padre, por vuestra inagotable
caridad, la cual nos permite esperar que queráis ser nuestro
protector y patrono en el paraíso, pues por tal os elegimos
desde ahora para siempre, seguros de que nos aceptaréis
por fieles siervos e hijos, ya que con vuestra ausencia nos
dejáis sumergidos en el más profundo dolor”. Dijo el alcalde
y contestasteis vos, un “Sí, señores”, que de alegría llenó
al alcalde y a la la ciudad. “Habiéndome introducido por
senda tan resbaladiza, vino el ángel del Señor a amonestarme
de mis errores, y, retrayéndome de las puertas del infierno,
me colocó otra vez en la ruta del cielo.” Clorinda se llamó
vuestro ángel, duró poco a vuestro lado, porque dejó este mundo.
Y, vos, volvisteis a casa, os encerrasteis en vuestra habitación
y no recibir quisiste a nadie durante varios días y luego os
abrazasteis a la cruz de Cristo. María, se os apareció y ella,
os ordenó entrar en la Compañía de Jesús. León Trece, dijo
de vos: “Lo que fue San Felipe Neri en la Ciudad Eterna esto
mismo fue para Lecce el Beato Bernardino Realino. Desde la más
alta nobleza hasta los últimos harapientos, encarcelados y
esclavos turcos, no había quien no le conociese como universal
apóstol y bienhechor de la ciudad”. Vuestra santidad se acrisoló,
recibiendo favores del cielo. Una noche de Navidad, vos estabais
en el confesonario y una penitente notó que vos, temblabais
a causa del frío y os ordenaron retiraros a vuestra habitación
para calentaros y meditar sobre la Navidad, de repente una luz
vivísima brilló en vuestra habitación y la figura dulcísima
de María se dibujó ante vos, con el Niño Jesús en sus brazos.
“¿Por qué tiemblas, Bernardino?”, os preguntó la Señora. “Estoy
tiritando de frío”, respondisteis, y con ternura indescriptible,
os entregó al Niño Jesús. “Un ratito más, Señora; un ratito más.”
Dijisteis vos, y, en aquel invierno no volvisteis a sentir frío.
Cuando se os acercaba la muerte, dijisteis: “Me voy al cielo”, y
repitiendo la jaculatoria: “Oh Virgen mía Santísima”, voló vuestra
alma al cielo, para coronada ser con corona de luz y eternidad,
como justo premio a vuestra entrega increíble de vivo amor y fe;
¡Oh¡, San Bernardino Realino; “vivo apóstol del Dios de la vida”.



© 2016 Luis Ernesto Chacón Delgado
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2 de Julio
San Bernardino Realino
Sacerdote Jesuita


Con San Bernardino Realino ocurrió un hecho insólito que tal vez no se vuelva a narrar en este año cristiano. Sin esperar a que traspasase el umbral de la muerte fue nombrado patrono celestial de la ciudad de Lecce, donde murió.

Ocurrió a comienzos de 1616. Por toda la ciudad corrió el rumor de que el padre Bernardino Realino, que había sido su apóstol durante cuarenta y dos años, estaba a punto de muerte. Era por entonces alcalde de la ciudad Segismundo Rapana, hombre previsor y decidido. Informado de la gravedad del “Santo Bernardino”, se presenta con una comisión del Ayuntamiento en el colegio de los jesuitas. Los guardias le abren paso entre el gentío que se ha formado en la portería del colegio. Llegado a la presencia del moribundo, saca de su casaca un documento que llevaba preparado y lo lee delante de todos:

“Grande es nuestro dolor, oh padre muy amado, al ver que nos dejáis, pues nuestro más ardiente deseo sería que os quedarais para siempre entre nosotros. No queriendo, sin embargo, oponernos a la voluntad de Dios, que os convida con el cielo, deseamos, por lo menos, encomendaros a nosotros mismos y a toda esta ciudad, tan amada por vos, y que tanto os ha amado y reverenciado. Así lo haréis, oh padre, por vuestra inagotable caridad, la cual nos permite esperar que queráis ser nuestro protector y patrono en el paraíso, pues por tal os elegimos desde ahora para siempre, seguros de que nos aceptaréis por fieles siervos e hijos, ya que con vuestra ausencia nos dejáis sumergidos en el más profundo dolor.”

El anciano padre, acabado como estaba por la enfermedad, hizo un supremo esfuerzo y pudo, al fin, pronunciar un “Sí, señores” que llenó al alcalde y a toda la ciudad de inmenso júbilo.

Había nacido San Bernardino Realino en Carpi, ducado de Módena, el 1 de diciembre de 1530. Su familia pertenecía a la nobleza provinciana. Su padre, don Francisco Realino, fue caballerizo mayor de varias cortes italianas. Por este motivo estaba casi siempre ausente de su casa. La educación del pequeño Bernardino estuvo confiada a su madre, Isabel Bellantini.

Dicen que Bernardino era un niño hermoso, de finos modales, todo suavidad en el trato, siempre afable y risueño con todos. A su buena madre le profesó durante toda su vida un cariño y una veneración extraordinarios. Durante sus estudios un compañero le preguntó: “Si te dieran a escoger entre verte privado de tu padre o de tu madre. ¿qué preferirlas?” Bernardino contestó como un rayo: “De mi madre jamás.” Dios, sin embargo, le pidió pronto el sacrificio más grande.

Su madre se fue al cielo cuando él todavía era muy joven. Su recuerdo le arrancaba con frecuencia lágrimas de los ojos. Ella se lo había merecido por sus constantes desvelos y principalmente por haberle inculcado una tierna devoción a la Virgen María.

En Carpi comenzó el niño Bernardino sus estudios de literatura clásica bajo la dirección de maestros competentes. “En el aprovechamiento —escribe el mismo Santo—, si no aventajó a sus discípulos, tampoco se dejó superar por ninguno de ellos.” De Carpi pasó a Módena y luego a Bolonia, una de las más célebres universidades de su tiempo, donde cursó la filosofía.

Fue un estudiante jovial y amigo de sus amigos. Más tarde se lamentará de “haber perdido muchísimo tiempo con algunos de sus compañeros, con los cuales trataba demasiado familiarmente”.

Fue, pues, muchacho normal. Hizo poesías. Llevó un diario íntimo como todos, y se enamoró como cualquier bachiller del siglo XX. Hasta tuvo sus pendencias, escapándosele alguna cuchillada que otra…
“Habiéndome introducido por senda tan resbaladiza —escribe el Santo refiriéndose a aquellos días—, vino el ángel del Señor a amonestarme de mis errores, y, retrayéndome de las puertas del infierno, me colocó otra vez en la ruta del cielo.”

¿Quién fue este “ángel del cielo”?

Un día vio en una iglesia a una joven y quedó prendado de ella. La amó con un amor maravilloso, “hasta tal punto —son sus palabras— de cifrar toda mi dicha en cumplir sus menores deseos. No obedecerla me parecía un delito, porque cuanto yo tenía y cuanto era reconocía debérselo a ella”. Esta joven se llamaba Clorinda. Bellísima, había dominado por sí misma, sin ayuda de nadie, el vasto campo de la literatura y la filosofía. Era profundamente piadosa. Frecuentaba la misa y la comunión. Precisamente la vista de su angelical postura en la iglesia fue lo que prendió en el corazón de Bernardino aquella llama de amor puro y bello que elevó su espíritu a lo alto, como lo demuestran las cartas y poesías que se cruzaron entre los dos y que todavía se conservan. Clorinda y Bernardino tuvieron una confianza cada día creciente, pero siempre delicada y noble.

Bernardino tenía proyectado graduarse en Medicina. Pero a Clorinda no le gustaba, y él se sometió dócilmente a los deseos de ella. Había que cambiar de carrera y comenzar la de Derecho.
—Grande y ardua empresa quieres que acometa —le dijo Bernardino.

—Nada hay arduo para el que ama —fue la respuesta de Clorinda.

Dicho y hecho. Bernardino se sumergió materialmente en los libros de leyes, que le acompañaban hasta en las comidas, y tan absorto andaba con Graciano y Justiniano, que a veces trastornaba extrañamente el orden de los platos, Por fin, el 3 de junio de 1546, a los veinticinco años, se doctoró en ambos Derechos, canónico y civil, coronando así gloriosamente el curso de sus estudios.

A los seis meses de terminar la carrera fue nombrado podestá, o sea alcalde, de Felizzano. Del gobierno de esta pequeña ciudad pasó al cargo de abogado fiscal de Alessandría, en el Piamonte. Después se le nombró alcalde de Cassine, De Cassine pasó a Castel Leone de pretor a las órdenes del marqués de Pescara.
En todos estos cargos se mostró siempre recto y sumamente hábil en los negocios. He aquí el testimonio —un poco altisonante, a la manera de la época— de la ciudad de Felizzano al terminar en ella su mandato el doctor Realino:

“Deseamos poner en conocimiento de todos que este integérrimo gobernador jamás se desvió un ápice de la justicia, ni se dejó cegar por el odio, ni por codicia de riquezas. No es menos de admirar su prudencia en componer enemistades y discordias; así es que tanta paz y sosiego asentó entre nosotros, que creíamos había inaugurado una nueva era la tranquilidad y bonanza. Siempre tomó la defensa de los débiles contra la prepotencia de los poderosos; y tan imparcial se mostró en la administración de la justicia que nadie, por humilde que fuese su condición, desconfió jamás de alcanzar de él sus derechos.”

El marqués de Pescara quedó tan satisfecho de las actuaciones de Realino que, cuando tomó el cargo de gobernador de Nápoles en nombre de España, se lo llevó consigo como oidor y lugarteniente general.
En Nápoles le esperaba a Bernardino la Providencia de Dios.

La felicidad de este mundo es poca y pasa pronto. Clorinda se cruzó en la vida de Bernardino rápida y bella como una flor. Ella, que le había animado tanto en los estudios, murió apenas daba los primeros pasos en el ejercicio de su carrera. La muerte de Clorinda abrió en el alma de Bernardino una herida profunda que difícilmente podría curarse. Fue una lección de la vanidad de las cosas de este mundo.

El recuerdo de aquella joven querida le alentaba ahora desde el cielo, presentándosele de tiempo en tiempo radiante de luz y de gloria y exhortándole a seguir adelante en sus santos propósitos.

Un día paseaba el oidor por las calles de Nápoles cuando tropezó con dos jóvenes religiosos cuya modestia y santa alegría le impresionó vivamente. Les siguió un buen trecho y preguntó quiénes eran. Le dijeron que “jesuitas”, de una Orden nueva recientemente aprobada por la Iglesia.

Era la primera noticia que tenía Bernardino de la Compañía de Jesús. El domingo siguiente fue oír misa a la iglesia de los padres.

Entró en el momento en que subía al púlpito el padre Juan Bautista Carminata, uno de los oradores mejores de aquel tiempo. El sermón cayó en tierra abonada. Bernardino volvió a casa, se encerró en su habitación y no quiso recibir a nadie durante varios días. Hizo los ejercicios espirituales, y a los pocos días la resolución estaba tomada. Dejaría su carrera y se abrazaría con la cruz de Cristo.

Su madre había muerto, Clorinda había muerto. Su anciano padre no tardaría mucho en volar al cielo. No quería servir a los que estaban sujetos a la muerte. Pero, ¿cuándo pondría por obra su propósito? ¿Dónde? 
¿No sería mejor esperar un poco?

Un día del mes de septiembre de 1564, mientras Bernardino rezaba el rosario pidiendo a María luz en aquella perplejidad, se vio rodeado de un vivísimo resplandor que se rasgó de pronto dejando ver a la Reina del Cielo con el Niño Jesús en los brazos. María, dirigiendo a Bernardino una mirada de celestial ternura, le mandó entrar cuanto antes en la Compañía de Jesús.

Contaba Bernardino, al entrar en el Noviciado, treinta y cuatro años de edad. Era lo que hoy decimos una vocación tardía. Por eso una de sus mayores dificultades fue encontrarse de la noche a la mañana rodeado de muchachos, risueños sí y bondadosos, pero que estaban muy lejos de poseer su cultura y su experiencia de la vida y los negocios. Con ellos tenía que convivir, y el exlugarteniente del virrey de Nápoles tenía que participar en sus conversaciones y en sus juegos, y vivir como ellos pendiente de la campanilla del Noviciado, siempre importuna y molesta a la naturaleza humana. Pero a todo hizo frente Bernardino con audacia y a los tres años de su ingreso en la Compañía se ordenó de sacerdote. Todavía continuó estudiando la teología y al mismo tiempo desempeñó el delicado cargo de maestro de novicios.

En Nápoles permaneció tres años ocupado en los ministerios sacerdotales como director de la Congregación, recogiendo a los pillos del puerto, visitando las cárceles y adoctrinando a los esclavos turcos de las galeras españolas. Pero en los planes de Dios era otra la ciudad donde iba a desarrollar su apostolado sacerdotal.
Lecce era y es una población de agradable aspecto. Capital de provincia, a 12 kilómetros del mar Adriático, es el centro de una comarca rica en viñedos y olivares. Sus habitantes son gentes sencillas que se enorgullecen de las antiguas glorias de la ciudad, cargada de recuerdos históricos.

El ir nuestro Santo a Lecce fue sin misterio alguno. Desde hacia tiempo la ciudad deseaba un colegio de Jesuitas, y los superiores decidieron enviar al padre Realino con otro padre y un hermano para dar comienzo a la fundación y una satisfacción a los buenos habitantes de la ciudad, que oportuna e inoportunamente no desperdiciaban ocasión de pedir y suspirar por el colegio de la Compañía.

Los tres jesuitas, con sus ropas negras y sus miradas recogidas, entraron en la ciudad el 13 de diciembre de 1574. Por lo visto la buena fama del padre Bernardino Realino le había precedido, porque el recibimiento que le hicieron más parecía un triunfo que otra cosa. Un buen grupo de eclesiásticos y de caballeros salió a recibirles a gran distancia de la ciudad. Se organizó una lucidísima comitiva, que recorrió con los tres jesuitas las principales calles de Lecce hasta conducirlos a su domicilio provisional.

El padre Realino era el superior de la nueva casa profesa. En cuanto llegó puso manos a la obra de la construcción de la iglesia de Jesús y a los dos años la tenía terminada. Otros seis años, y se inauguraba el colegio, del cual era nombrado primer rector el mismo Santo.

Desde el primer día de su estancia en Lecce el padre Realino comenzó sus ministerios sacerdotales con toda clase de personas, como lo había hecho en Nápoles. Confesó materialmente a toda la ciudad, dirigió la Congregación Mariana, socorrió a los pobres y enfermos. Para éstos guardaba una tinaja de excelente vino que la fama decía que nunca se agotaba. Después de los pobres de bienes materiales, comenzaron a desfilar por su confesonario los prelados y caballeros, tratando con él los asuntos de conciencia. “Lo que fue San Felipe Neri en la Ciudad Eterna —dice León XIII en el breve de beatificación de 1895— esto mismo fue para Lecce el Beato Bernardino Realino. Desde la más alta nobleza hasta los últimos harapientos, encarcelados y esclavos turcos, no había quien no le conociese como universal apóstol y bienhechor de la ciudad.” El Papa, el emperador Rodolfo II y el rey de Francia Enrique IV le escribieron cartas encomendándose en sus oraciones. Tal era la fama de el “Santo de Lecce”.

Los superiores de la Compañía pensaron en varias ocasiones que el celo del padre Realino podría tal vez dar mejores frutos en otras partes y decidieron trasladarle del colegio y ciudad de Lecce. Tales noticias ocasionaron verdaderos tumultos populares. En repetidas ocasiones los magistrados de la ciudad declararon que cerrarían las puertas e impedirían por la fuerza la salida del padre Bernardino. Pero no fue necesario, porque también el cielo entraba en la conjura a favor de los habitantes de Lecce. Apenas se daba al padre la orden de partir, empeoraba el tiempo de tal forma que hacía temerario cualquier viaje. Otras veces, una altísima fiebre misteriosa se apoderaba de él y le postraba en cama hasta tanto se revocaba la orden. De aquí el dicho de los médicos de Lecce: “Para el padre Realino, orden de salir es orden de enfermar.”

Pasaron muchos años y la santidad de Bernardino se acrisoló. Recibió grandes favores del cielo. Una noche de Navidad estaba en el confesonario y una penitente notó que el padre temblaba de pies a cabeza a causa del intenso frío. Terminada la confesión la buena señora fue al que entonces era padre rector a rogarle que mandara retirarse al padre Bernardino a su habitación y calentarse un poco. Obedeció el Santo la orden del padre rector. Fue a su cuarto y mientras un hermano le traía fuego se puso a meditar sobre el misterio de la Navidad. De repente una luz vivísima llenó de resplandor su habitación y la figura dulcísima de la Virgen María se dibujó ante él. Como la otra vez, llevaba al Niño Jesús en sus brazos. “¿Por qué tiemblas, Bernardino?”, le preguntó la Señora. “Estoy tiritando de frío”, le respondió el buen anciano. Entonces la buena Madre, con una ternura indescriptible, alarga sus brazos y le entrega el Niño Jesús. Sin duda fueron unos momentos de cielo los que pasó San Bernardino Realino. Lo cierto es que, al entrar poco después el hermano con el brasero, le oyó repetir como fuera de sí: “Un ratito más, Señora; un ratito más.” En todo aquel invierno no volvió a sentir frío el padre Bernardino.

Llegó el año 1616. La vida del padre Realino se extinguía. “Me voy al cielo”, dijo, y con la jaculatoria “Oh Virgen mía Santísima” lo cumplió el día 2 de julio. Tenía ochenta y dos años, de los cuales la mitad, cuarenta y dos, los había pasado en Lecce, dándonos ejemplo de sencillez y de constancia en un trabajo casi siempre igual.

Muerto el padre, el ansia de obtener reliquias hizo que el pueblo desgarrara sus vestidos y se los llevara en pedazos, lo cual hizo imposible la celebración de la misa y el rezo del oficio de difuntos. Y, así, los funerales de este hombre tan popular y tan querido de todos tuvieron que celebrarse a puerta cerrada y en presencia de contadísimas personas.

Fue canonizado por el Papa Pío XII en el año 1947.
(https://es.catholic.net/santoral/articulo.php?id=11345)

01 julio, 2016

Santa Ester

 
 
 

¡Oh!, Santa Ester, vos, sois la hija del Dios de la vida y
su amada santa, y a la zasón reina de Persia en aquél tiempo
y que, honor hicisteis al significado de vuestro nombre:
“estrella” Vuestro libro, el El libro de Ester, nos narra la historia
en la que El rey Asuero, repudia a la reina Vasti, su mujer,
para que vos, os convirtieras en su esposa y reina de Persia.
Vos, confiabais en Dios y os sobrepusisteis a vuestra debilidad
e intercedisteis por vuestro pueblo cuando el primer ministro
Amán, quiso exterminar a todos los judíos, por Mardoqueo,
empezando, padre adoptivo vuestro. Vos, en un banquete, al
rey confiasteis vuestro origen hebreo y protección pedisteis
para vos, y para los vuestros contra Amán. El rey os concedió
lo pedido y Amán colgado fue en el mismo patíbulo que había
preparado para Mardoqueo, y vuestro pueblo fue autorizado a
vengarse de sus enemigos el mismo día en que según el edicto
de Amán, debía aniquilado ser en el reino de los persas. En
memoria de este acontecimiento vuestro pueblo instituyó la
Fiesta de las Suertes. Los santos Padres ven en vos, a quien
por su pueblo intercedió, una figura de la Santísima Virgen
María, “auxilium christianorum”. Y, Dios, sólo lo sabe y lo
sabe muy bien, porque vos, fuisteis para vuestro pueblo y
por disposición de Él, lo que es María para el pueblo cristiano.
Por ello, estáis hoy, coronada toda de luz como justo premio
a vuestra entrega increíble de amor, misericordia, valor y fe;
¡oh!, Santa Ester, “viva émula de María y estrella de Dios”.

 
© 2016 by Luis Ernesto Chacón Delgado
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1° de Julio
Santa Ester
Reina de Persia


Etimológicamente significa “estrella”. Viene de la lengua persa. El libro de Ester contiene una de las más emocionantes escenas de la Historia Sagrada. Habiendo el rey Asuero (Jerjes) repudiado a la reina Vasti, la judía Ester vino a ser su esposa y reina de Persia. Ella, confiada en Dios y sobreponiéndose a su debilidad, intercedió por su pueblo cuando el primer ministro Amán concibió el proyecto de exterminar a todos los judíos, comenzando por Mardoqueo, padre adoptivo de Ester. En un banquete, Ester descubrió al rey su nacionalidad hebrea y pidió protección para sí y para los suyos contra su perseguidor Amán. El rey concedió lo pedido: Amán fue colgado en el mismo patíbulo que había preparado para Mardoqueo, y el pueblo judío fue autorizado a vengarse de sus enemigos el mismo día en que según el edicto de Amán, debía ser aniquilado en el reino de los persas. En memoria de este feliz acontecimiento los judíos instituyeron la fiesta de Purim (Fiesta de las Suertes).

El texto masorético que hoy tenemos en la Biblia hebrea, sólo contiene 10 capítulos, y es más corto que el originario, debido a que la Sinagoga omitió ciertos pasajes religiosos, cuando la fiesta de Purim, en que se leía este libro al pueblo, tomó carácter mundano. San Jerónimo añadió los últimos capítulos (10, 4-16, 24), que contienen los trozos que se encuentran en la versión griega de Teodoción, pero faltan en la forma actual del texto hebreo.

El carácter histórico del libro siempre ha sido reconocido, tanto por la tradición judaica, como por la cristiana. Un hecho manifiesto nos muestra la historicidad del libro, y es la existencia de la mencionada fiesta de Purim, que los judíos celebran aún en nuestros días. Sin embargo, han surgido no pocos exégetas, sobre todo acatólicos, que relegan el libro de Ester a la categoría de los libros didácticos o le atribuyen solamente un carácter histórico en sentido lato. Es éste un punto que debe estudiarse a la luz de las normas trazadas en la Encíclica “Divino Afflante Spiritu”. Hasta aclararse la cuestión damos preferencia a la opinión tradicional.

En cuanto al tiempo de la composición se deciden algunos por la época de Jerjes I (485-465 a. C.), otros por el tiempo de los Macabeos.

La canonicidad del libro de Ester está bien asegurada. El Concilio de Trento ha definido también la canonicidad de la segunda parte del libro de Ester (cap. 10, vers. 4 al cap. 16, vers. 24), mientras los judíos y protestantes conservan solamente la primera parte en su canon de libros sagrados.

Los santos Padres ven en Ester, que intercedió por su pueblo, una figura de la Santísima Virgen María, auxilium christianorum. Lo que Ester fue para su pueblo por disposición de Dios, lo es María para el pueblo cristiano.

(https://es.catholic.net/santoraldehoy/)

30 junio, 2016

Santos Protomártires Romanos





¡Oh!, Santos Protomártires Romanos, vosotros, sois
los hijos del Dios de la vida, y, sus santos y amados
protomártires, que, perseguidos fuisteis por el impío
y pirómano Nerón, después de que, él mismo, ordenara
el incendio de Roma. Pero, “la mentira, patas cortas
tiene”. Y, he, aquí, la verdad en la pluma de Cornelio
Tácito: “Como corrían voces que el incendio de Roma
había sido doloso, Nerón presentó como culpables,
castigándolos con penas excepcionales, a los que,
odiados por sus abominaciones, el pueblo llamaba
cristianos”. Vuestro único delito fue, no profesar
culto a paganos dioses celosos y vengativos y, que,
por el contario, sí, lo hacíais con un único Dios,
Santo y Trino, y, por el que, felices disteis vuestras
almas santas. Y, Él, os recompensó, coronándoos con
coronas de gloria, luz y eternidad. Arde Nerón hoy,
en el mismo infierno y, en el orbe de la tierra toda,
nunca más escucharemos al vulgo gritar: ¡Los cristianos
a los leones! ¡Nunca más! Y, en su remplazo se oye
cada vez más fuerte, la envidiable y viva frase que
resonó, resuena y resonará por los siglos de los siglos:
!Que viva Cristo! ¡Que viva Cristo! !Que viva Cristo!
Y, entre los mártires encontramos a Pedro, el príncipe
de los apóstoles, que crucificado fue en el circo
neroniano, en donde hoy está la Basílica de San Pedro,
y el apóstol de los gentiles, Pablo, que decapitado
fue en las “Acque Galvie” y enterrado en la vía Ostiense.
Por ello, después de la fiesta de los dos apóstoles,
el calendario nuevo, celebra la memoria de los mártires
incógnitos, que no tienen un lugar en la liturgia.
Allí están entre otros, las antorchas humanas, rociadas
con brea y dejadas ardiendo en los jardines de la colina
Oppio, aquellas mujeres y niños vestidos con pieles
de animales y dejados a merced de las bestias feroces
en el circo y otros miles, que suscitaron un sentido
de compasión y de horror en el mismo pueblo romano.
“Entonces se manifestó un sentimiento de piedad, aún
tratándose de gente merecedora de los más ejemplares
castigos, porque se veía que eran eliminados no por el
bien público, sino para satisfacer la crueldad de un
individuo, Nerón”. Escribió Cornelio Tácito, historiador,
senador, cónsul y gobernador del Imperio romano.
¡oh!, Santos Protomártires, “vivo amor por el Dios Vivo”.


© 2016 by Luis Ernesto Chacón Delgado
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30 de Junio
Santos Protomártires Romanos
Mártires de la persecución de Nerón luego del incendio de Roma


La celebración de hoy, introducida por el nuevo calendario romano universal, se refiere a los protomártires de la Iglesia de Roma, víctimas de la persecución de Nerón después del incendio de Roma, que tuvo lugar el 19 de julio del año 64.

¿Por qué Nerón persiguió a los cristianos? Nos lo dice Cornelio Tácito en el libro XV de los Annales: “Como corrían voces que el incendio de Roma había sido doloso, Nerón presentó como culpables, castigándolos con penas excepcionales, a los que, odiados por sus abominaciones, el pueblo llamaba cristianos”.

En tiempos de Nerón, en Roma, junto a la comunidad hebrea, vivía la pequeña y pacífica de los cristianos. De ellos, poco conocidos, circulaban voces calumniosas. Sobre ellos descargó Nerón, condenándolos a terribles suplicios, las acusaciones que se le habían hecho a él. Por lo demás, las ideas que profesaban los cristianos eran un abierto desafío a los dioses paganos celosos y vengativos… “Los paganos—recordará más tarde Tertuliano— atribuyen a los cristianos cualquier calamidad pública, cualquier flagelo. Si las aguas del Tíber se desbordan e inundan la ciudad, si por el contrario el Nilo no se desborda ni inunda los campos, si hay sequía, carestía, peste, terremoto, la culpa es toda de los cristianos, que desprecian a los dioses, y por todas partes se grita: ¡Los cristianos a los leones!”.

Nerón tuvo la responsabilidad de haber iniciado la absurda hostilidad del pueblo romano, más bien tolerante en materia religiosa, respecto de los cristianos: la ferocidad con la que castigó a los presuntos incendiarios no se justifica ni siquiera por el supremo interés del imperio.

Episodios horrendos como el de las antorchas humanas, rociadas con brea y dejadas ardiendo en los jardines de la colina Oppio, o como aquel de mujeres y niños vestidos con pieles de animales y dejados a merced de las bestias feroces en el circo, fueron tales que suscitaron un sentido de compasión y de horror en el mismo pueblo romano. “Entonces —sigue diciendo Tácito—se manifestó un sentimiento de piedad, aún tratándose de gente merecedora de los más ejemplares castigos, porque se veía que eran eliminados no por el bien público, sino para satisfacer la crueldad de un individuo”, Nerón. La persecución no terminó en aquel fatal verano del 64, sino que continuó hasta el año 67.

Entre los mártires más ilustres se encuentran el príncipe de los apóstoles, crucificado en el circo neroniano, en donde hoy está la Basílica de San Pedro, y el apóstol de los gentiles, san Pablo, decapitado en las “Acque Galvie” y enterrado en la vía Ostiense. Después de la fiesta de los dos apóstoles, el nuevo calendario quiere celebrar la memoria de los numerosos mártires que no pudieron tener un lugar especial en la liturgia.

(http://es.catholic.net/santoraldehoy/)

29 junio, 2016

Solemnidad de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo





¡Oh!, Santos Apóstoles Pedro y Pablo, vosotros, sois, los hijos
del Dios de la vida, sus amados santos y sus pilares indestructibles.
Y, además, fieles testigos de la fe, que, con distintos dones,
el Reino de Dios, expandieron. Y, tal como vuestro Divino Maestro,
lo había hecho, con vuestra sangre sellasteis vuestro predicar
de luz, por el mundo de entonces, y cuya estela alumbró, nos
alumbra, y alumbrará por los siglos de los siglos, hasta el final
de los tiempos. Vosotros, y vuestra obra, sois el vivo signo
de la unidad nuestra Santa Madre Iglesia, pues, ambos sois
una sola cosa. Vos, Pedro, os, abrazasteis a la fe de Cristo, y
Pablo, vos, la explicasteis de manera maravillosa. Vos, Pedro,
Pedisteis crucificado ser de cabeza, porque no os sentíais digno
de morir como vuestro Maestro. Escribisteis dos cartas que
parte forman de la Sagrada Escritura. Vuestra vida, nos enseña
que a pesar de la debilidad humana, Dios nos ama y nos llama
a la santidad. Y, concretamente nos decís: “Sean santos en su
proceder como es santo el que los ha llamado”. Además, nos
enseñáis que el Espíritu Santo puede obrar maravillas en un hombre
común y corriente, haciéndolo capaz de superar los más grandes
obstáculos. Vosotros, sois los inicios de la venerable Iglesia,
en la que ella, cree, reza y anuncia a Jesús, Dios y Señor Nuestro,
como Redentor del mundo. Además, sobre vos, reposa el hecho
de ser la primera cabeza de la Iglesia, pues sois el primer Papa,
porque Jesús, os entregó las llaves del Reino y os dijo que todo
lo que ataseis en la Tierra quedaría atado en el Cielo y todo lo
que desatareis quedaría desatado en el Cielo. Y, a vos Pablo, os
consideramos  como el más grande apóstol que la Iglesia ha tenido.
Fuisteis el “apóstol de los gentiles” porque llevasteis el Evangelio
a todos los hombres y no sólo al pueblo judío, siendo fiel al llamado
de Jesús hasta la muerte. Llevasteis el Evangelio por todo el mundo
mediterráneo. Realizasteis cuatro viajes apostólicos llevando a
todos los hombres el mensaje de salvación enseñando y apoyando
las comunidades ya existentes. Escribisteis catorce cartas que
forman parte de la Sagrada Escritura. Al igual que Pedro, fuisteis
martirizado en Roma, cortándoos la cabeza con una espada pues,
como erais ciudadano romano, no podían condenaros a morir
en una cruz, pues era muerte reservada para esclavos. Por todo
ello, y en recuerdo vuestro, cada quien, tiene en esta tierra, grandes
obras hechas en vuestro honor: Vos, Pedro, la Basílica Vaticana
y la Plaza, que lleva vuestro nombre. Y, vos, Pablo, la Basílica
en la Vía Ostiense. Roma, os rinde honores, pues lleva en su historia,
inscrita, los signos de vuestras vidas y también de vuestras gloriosas
muertes, tanto que, os han elegido como Protectores. Y, así,
porque quiso Dios, vos Pedro, humilde pescador de Galilea y vos,
Pablo, Apóstol de los gentiles, en columnas indestructibles os
convertisteis de Nuestra Santa Madre Iglesia; y, por ello, hoy, brilláis
con justicia divina, ambos coronados de gloria y de luz eterna;
¡oh!, Santos Apóstoles Pedro y Pablo, “vivas columnas de Dios”.


© 2016 Luis Ernesto Chacón Delgado
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29 de Junio
San Pedro y San Pablo


Origen de la fiesta San Pedro y San Pablo son apóstoles, testigos de Jesús que dieron un gran testimonio. Se dice que son las dos columnas del edificio de la fe cristiana. Dieron su vida por Jesús y gracias a ellos el cristianismo se extendió por todo el mundo.

Los cadáveres de San Pedro y San Pablo estuvieron sepultados juntos por unas décadas, después se les devolvieron a sus sepulturas originales. En 1915 se encontraron estas tumbas y, pintadas en los muros de los sepulcros, expresiones piadosas que ponían de manifiesto la devoción por San Pedro y San Pablo desde los inicios de la vida cristiana. Se cree que en ese lugar se llevaban a cabo las reuniones de los cristianos primitivos. Esta fiesta doble de San Pedro y San Pablo ha sido conmemorada el 29 de Junio desde entonces.

El sentido de tener una fiesta es recordar lo que estos dos grandes santos hicieron, aprender de su ejemplo y pedirles en este día especialmente su intercesión por nosotros.
San Pedro
San Pedro fue uno de los doce apóstoles de Jesús. Su nombre era Simón, pero Jesús lo llamó Cefas que significa “piedra” y le dijo que sería la piedra sobre la que edificaría Su Iglesia. Por esta razón, le conocemos como Pedro. Era pescador de oficio y Jesús lo llamó a ser pescador de hombres, para darles a conocer el amor de Dios y el mensaje de salvación. Él aceptó y dejó su barca, sus redes y su casa para seguir a Jesús.
Pedro era de carácter fuerte e impulsivo y tuvo que luchar contra la comodidad y contra su gusto por lucirse ante los demás. No comprendió a Cristo cuando hablaba acerca de sacrificio, cruz y muerte y hasta le llegó a proponer a Jesús un camino más fácil; se sentía muy seguro de sí mismo y le prometió a Cristo que nunca lo negaría, tan sólo unas horas antes de negarlo tres veces.
Vivió momentos muy importantes junto a Jesús:
Vio a Jesús cuando caminó sobre las aguas. Él mismo lo intentó, pero por desconfiar estuvo a punto de ahogarse.

Prensenció la Transfiguración del Señor.

Estuvo presente cuando aprehendieron a Jesús y le cortó la oreja a uno de los soldados atacantes.
Negó a Jesús tres veces, por miedo a los judíos y después se arrepintió de hacerlo.
Fue testigo de la Resurrección de Jesús.

Jesús, después de resucitar, le preguntó tres veces si lo amaba y las tres veces respondió que sí. Entonces, Jesús le confirmó su misión como jefe Supremo de la Iglesia.

Estuvo presente cuando Jesús subió al cielo en la Ascensión y permaneció fiel en la oración esperando al Espíritu Santo.

Recibió al Espíritu Santo el día de Pentecostés y con la fuerza y el valor que le entregó, comenzó su predicación del mensaje de Jesús. Dejó atrás las dudas, la cobardía y los miedos y tomó el mando de la Iglesia, bautizando ese día a varios miles de personas.

Realizó muchos milagros en nombre de Jesús.

En los Hechos de los Apóstoles, se narran varias hazañas y aventuras de Pedro como primer jefe de la Iglesia. Nos narran que fue hecho prisionero con Juan, que defendió a Cristo ante los tribunales judíos, que fue encarcelado por orden del Sanedrín y librado milagrosamente de sus cadenas para volver a predicar en el templo; que lo detuvieron por segunda vez y aún así, se negó a dejar de predicar y fue mandado a azotar.
Pedro convirtió a muchos judíos y pensó que ya había cumplido con su misión, pero Jesús se le apareció y le pidió que llevara esta conversión a los gentiles, a los no judíos. En esa época, Roma era la ciudad más importante del mundo, por lo que Pedro decidió ir allá a predicar a Jesús. Ahí se encontró con varias dificultades: los romanos tomaban las creencias y los dioses que más les gustaban de los distintos países que conquistaban. Cada familia tenía sus dioses del hogar. La superstición era una verdadera plaga, abundaban los adivinos y los magos. Él comenzó con su predicación y ahí surgieron las primeras comunidades cristianas. Estas comunidades daban un gran ejemplo de amor, alegría y de honestidad, en una sociedad violenta y egoísta. En menos de trescientos años, la mayoría de los corazones del imperio romano quedaron conquistados para Jesús. Desde entonces, Roma se constituyó como el centro del cristianismo.

En el año 64, hubo un incendio muy grande en Roma que no fue posible sofocar. Se corría el rumor de que había sido el emperador Nerón el que lo había provocado. Nerón se dio cuenta que peligraba su trono y alguien le sugirió que acusara a los cristianos de haber provocado el incendio. Fue así como se inició una verdadera “cacería” de los cristianos: los arrojaban al circo romano para ser devorados por los leones, eran quemados en los jardines, asesinados en plena calle o torturados cruelmente. Durante esta persecución, que duró unos tres años, murió crucificado Pedro por mandato del emperador Nerón.

Pidió ser crucificado de cabeza, porque no se sentía digno de morir como su Maestro. Treinta y siete años duró su seguimiento fiel a Jesús. Fue sepultado en la Colina Vaticana, cerca del lugar de su martirio. Ahí se construyó la Basílica de San Pedro, centro de la cristiandad.

San Pedro escribió dos cartas o epístolas que forman parte de la Sagrada Escritura.

¿Qué nos enseña la vida de Pedro?

Nos enseña que, a pesar de la debilidad humana, Dios nos ama y nos llama a la santidad. A pesar de todos los defectos que tenía, Pedro logró cumplir con su misión. Para ser un buen cristiano hay que esforzarse por ser santos todos los días. Pedro concretamente nos dice: “Sean santos en su proceder como es santo el que los ha llamado” (I Pedro, 1,15) Cada quien, de acuerdo a su estado de vida, debe trabajar y pedirle a Dios que le ayude a alcanzar su santidad. Nos enseña que el Espíritu Santo puede obrar maravillas en un hombre común y corriente. Lo puede hacer capaz de superar los más grandes obstáculos.

La Institución del Papado

Toda organización necesita de una cabeza y Pedro fue el primer jefe y la primera cabeza de la Iglesia. Fue el primer Papa de la Iglesia Católica. Jesús le entregó las llaves del Reino y le dijo que todo lo que atara en la Tierra quedaría atado en el Cielo y todo lo que desatara quedaría desatado en el Cielo. Jesús le encargó cuidar de su Iglesia, cuidar de su rebaño. El trabajo del Papa no sólo es un trabajo de organización y dirección. Es, ante todo, el trabajo de un padre que vela por sus hijos.

El Papa es el representante de Cristo en el mundo y es la cabeza visible de la Iglesia. Es el pastor de la Iglesia, la dirige y la mantiene unida. Está asistido por el Espíritu Santo, quien actúa directamente sobre Él, lo santifica y le ayuda con sus dones a guiar y fortalecer a la Iglesia con su ejemplo y palabra. El Papa tiene la misión de enseñar, santificar y gobernar a la Iglesia.

Nosotros, como cristianos debemos amarlo por lo que es y por lo que representa, como un hombre santo que nos da un gran ejemplo y como el representante de Jesucristo en la Tierra. Reconocerlo como nuestro pastor, obedecer sus mandatos, conocer su palabra, ser fieles a sus enseñanzas, defender su persona y su obra y rezar por Él.

Cuando un Papa muere, se reúnen en el Vaticano todos los cardenales del mundo para elegir al nuevo sucesor de San Pedro y a puerta cerrada, se reúnen en Cónclave (que significa: cerrados con llave). Así permanecen en oración y sacrificio, pidiéndole al Espíritu Santo que los ilumine. Mientras no se ha elegido Papa, en la chimenea del Vaticano sale humo negro y cuando ya se ha elegido, sale humo blanco como señal de que ya se escogió al nuevo representante de Cristo en la Tierra.

San Pablo

Su nombre hebreo era Saulo. Era judío de raza, griego de educación y ciudadano romano. Nació en la provincia romana de Cilicia, en la ciudad de Tarso. Era inteligente y bien preparado. Había estudiado en las mejores escuelas de Jerusalén. Era enemigo de la nueva religión cristiana ya que era un fariseo muy estricto. Estaba convencido y comprometido con su fe judía. Quería dar testimonio de ésta y defenderla a toda costa. Consideraba a los cristianos como una amenaza para su religión y creía que se debía acabar con ellos a cualquier costo. Se dedicó a combatir a los cristianos, quienes tenían razones para temerle. Los jefes del Sanedrín de Jerusalén le encargaron que apresara a los cristianos de la ciudad de Damasco.

En el camino a Damasco, se le apareció Jesús en medio de un gran resplandor, cayó en tierra y oyó una voz que le decía: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” ( Hechos de los Apóstoles 9, 1-9.20-22.). Con esta frase, Pablo comprendió que Jesús era verdaderamente Hijo de Dios y que al perseguir a los cristianos perseguía al mismo Cristo que vivía en cada cristiano. Después de este acontecimiento, Saulo se levantó del suelo, y aunque tenía los ojos abiertos no veía nada. Lo llevaron a Damasco y pasó tres días sin comer ni beber. Ahí, Ananías, obedeciendo a Jesús, hizo que Saulo recobrara la vista, se levantara y fuera bautizado. Tomó alimento y se sintió con fuerzas. Estuvo algunos días con los discípulos de Damasco y después empezó a predicar a favor de Jesús, diciendo que era el Hijo de Dios. Saulo se cambió el nombre por Pablo. Fue a Jerusalén para ponerse a la orden de San Pedro.

La conversión de Pablo fue total y es el más grande apóstol que la Iglesia ha tenido. Fue el “apóstol de los gentiles” ya que llevó el Evangelio a todos los hombres, no sólo al pueblo judío. Comprendió muy bien el significado de ser apóstol, y de hacer apostolado a favor del mensaje de Jesús. Fue fiel al llamado que Jesús le hizo en al camino a Damasco.

Llevó el Evangelio por todo el mundo mediterráneo. Su labor no fue fácil. Por un lado, los cristianos desconfiaban de él, por su fama de gran perseguidor de las comunidades cristianas. Los judíos, por su parte, le tenían coraje por “cambiarse de bando”. En varias ocasiones se tuvo que esconder y huir del lugar donde estaba, porque su vida peligraba. Realizó cuatro grandes viajes apostólicos para llevar a todos los hombres el mensaje de salvación, creando nuevas comunidades cristianas en los lugares por los que pasaba y enseñando y apoyando las comunidades ya existentes.

Escribió catorce cartas o epístolas que forman parte de la Sagrada Escritura.

Al igual que Pedro, fue martirizado en Roma. Le cortaron la cabeza con una espada pues, como era ciudadano romano, no podían condenarlo a morir en una cruz, ya que era una muerte reservada para los esclavos.

¿Qué nos enseña la vida de San Pablo?

Nos enseña la importancia de la labor apostólica de los cristianos. Todos los cristianos debemos ser apóstoles, anunciar a Cristo comunicando su mensaje con la palabra y el ejemplo, cada uno en el lugar donde viva, y de diferentes maneras.

Nos enseña el valor de la conversión. Nos enseña a hacer caso a Jesús dejando nuestra vida antigua de pecado para comenzar una vida dedicada a la santidad, a las buenas obras y al apostolado.

Esta conversión siguió varios pasos: 1. Cristo dio el primer paso: Cristo buscó la conversión de Pablo, le tenía una misión concreta. 2. Pablo aceptó los dones de Cristo: El mayor de estos dones fue el de ver a Cristo en el camino a Damasco y reconocerlo como Hijo de Dios. 3. Pablo vivió el amor que Cristo le dio: No sólo aceptó este amor, sino que los hizo parte de su vida. De ser el principal perseguidor, se convirtió en el principal propagador de la fe católica. 4. Pablo comunicó el amor que Cristo le dio: Se dedicó a llevar el gran don que había recibido a los demás. Su vida fue un constante ir y venir, fundando comunidades cristianas, llevando el Evangelio y animando con sus cartas a los nuevos cristianos en común acuerdo con San Pedro.

Estos mismos pasos son los que Cristo utiliza en cada uno de los cristianos. Nosotros podemos dar una respuesta personal a este llamado. Así como lo hizo Pablo en su época y con las circunstancias de la vida, así cada uno de nosotros hoy puede dar una respuesta al llamado de Jesús.

(http://es.catholic.net/santoraldehoy/)

28 junio, 2016

San Ireneo de Lyon

 


 ¡Oh!, San Ireneo de Lyon, vos, sois el hijo del Dios de la vida y
su amado santo, que honor hicisteis al significado de vuestro
nombre: “amigo de la paz” y porque además, considerado sois
como uno de los padres de la Iglesia, porque con vuestra
sabiduría y vuestros escritos librasteis a la cristiandad
de las enseñanzas de los gnósticos y, a la que detuvisteis
por la gracia del Espíritu Santo. En una hermosa carta vos,
le dijisteis a un amigo que se pasó a los gnósticos: “Te
recuerdo que siendo yo un niño, allá en Asia Menor me eduqué
junto al gran obispo Policarpo. Y también tú aprendiste con
él, antes de pasarte a la perniciosa secta. ¡Con qué cariño
recuerdo las enseñanzas de este gran sabio Policarpo! Podría
señalar todavía el sitio donde se colocaba para enseñar, y
su modo de andar y de accionar, y los rasgos de su fisonomía y
las palabras que dirigía a la muchedumbre. Podría todavía
repetir las palabras con las cuales nos contaba como él había
tratado con Juan el Evangelista y con otros que conocieron
personalmente a Nuestro Señor. Y como el apóstol Juan les
repetía las mismas palabras que el Redentor dijo a ellos y
les contaba los hechos maravillosos que ellos presenciaron
cuando vivieron junto al Hijo de Dios. Todo esto lo repetía
muchas veces Policarpo y lo que él enseñaba estaba totalmente
de acuerdo con las Sagradas Escrituras. Yo oía todo aquello
con inmensa emoción y se me quedaba grabado en el corazón
y en la memoria. Y lo pienso y lo medito, y lo recuerdo, con la
gracia de Dios cada día”. Y, continuó: “En la presencia del Señor
Dios, te puedo asegurar que aquel santo anciano Policarpo,
si oyera las herejías gnósticas que tú enseñas, se taparía
los oídos y exclamaría: ‘¡Oh Dios: que cosas tan horribles
me ha tocado escuchar en mi vida! ¡A que excesos de error
se ha llegado en estos tiempos! ¿Por qué tengo que escuchar
semejantes errores?’, y saldría huyendo de aquél lugar donde
se escuchan tus dañosas enseñanzas”. Vos, fuiste educado
por San Policarpo, discípulo del evangelista San Juan. Y,
mientras vos, estabais en Roma estalló en Lyon la persecución
muriendo el obispo San Potino y un gran número de mártires.
Y, vos, os salvasteis, porque Dios, os tenía reservado, la
defensa de la Iglesia con vuestros escritos. Regresando a
Lyon fuisteis proclamado sucesor del obispo San Potino, y os
dedicasteis con ardor de corazón defenderlos de los errores
de los herejes, que creían en la reencarnación y se imaginaban
que con la mente humana se conseguían las soluciones a todos
los problemas, sin la necesidad de la fe y de la revelación.
Vos, que erais un gran estudioso, os propusisteis a analizar
exhaustivamente los errores de los gnósticos y publicasteis
cinco libros, con los cuales desenmascarasteis a los lobos
vestidos de ovejas. Amargura no había en vuestros escritos,
pero, denunciabais lo absurdo de sus enseñanzas. Vuestra tarea
era convertir, antes que confundir y por ello, erais moderado
y suave en vuestros ataques. Pero, sazonadas de algunos dardos
como estos: “Con un poquito de ciencias raras que aprenden,
los gnósticos ya se imaginan que bajaron directamente del cielo;
se pavonean como gallos orgullosos y parece que estuvieran
andando de gancho con los ángeles”. Más tarde, volvisteis a
Roma, a pedir al Papa que quitara la excomunión a algunos
cristianos, obteniendo su perdón, por lo cual la gente os
decía que erais verdaderamente: “Amigo de la paz”. Y, así, aún,
cuando no se sepa si vos, moristeis mártir o naturalmente,
vuestra alma, voló al cielo para coronada ser con corona de luz
como justo premio a vuestra increíble entrega de amor y fe;
¡oh!, San Ireneo, “vivo defensor de la Iglesia del Dios Vivo”.

 
© 2016 by Luis Ernesto Chacón Delgado
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28 de junio
San Ireneo de Lyon
Obispo y escritor
Año 203



Irineo significa: amigo de la paz. (Irene – paz). San Irineo es considerado como uno de los padres de la Iglesia, porque en la antigüedad con su sabiduría y sus escritos libró a la cristiandad de las dañosísimas enseñanzas de los Gnósticos, y supo detener a esta secta que amenazaba con hacer mucho mal. En una hermosa carta San Irineo le dice a un amigo suyo que se pasó a los gnósticos: “Te recuerdo que siendo yo un niño, allá en Asia Menor me eduqué junto al gran obispo Policarpo. Y también tú aprendiste con él, antes de pasarte a la perniciosa secta. ¡Con qué cariño recuerdo las enseñanzas de este gran sabio Policarpo! Podría señalar todavía el sitio donde se colocaba para enseñar, y su modo de andar y de accionar, y los rasgos de su fisonomía y las palabras que dirigía a la muchedumbre…

…Podría todavía repetir (aunque han pasado tantos años) las palabras con las cuales nos contaba como él había tratado con Juan el Evangelista y con otros que conocieron personalmente a Nuestro Señor. Y como el apóstol Juan les repetía las mismas palabras que el Redentor dijo a ellos y les contaba los hechos maravillosos que ellos presenciaron cuando vivieron junto al Hijo de Dios. Todo esto lo repetía muchas veces Policarpo y lo que él enseñaba estaba totalmente de acuerdo con las Sagradas Escrituras. Yo oía todo aquello con inmensa emoción y se me quedaba grabado en el corazón y en la memoria. Y lo pienso y lo medito, y lo recuerdo, con la gracia de Dios cada día”.

Y después de anotar tan hermosos recuerdos de su niñez le dice al gnóstico: “en la presencia del Señor Dios, te puedo asegurar que aquel santo anciano Policarpo, si oyera las herejías gnósticas que tú enseñas, se taparía los oídos y exclamaría: ‘¡Oh Dios: que cosas tan horribles me ha tocado escuchar en mi vida! ¡A que excesos de error se ha llegado en estos tiempos! ¿Por qué tengo que escuchar semejantes errores?’, y saldría huyendo de aquél lugar donde se escuchan tus dañosas enseñanzas”.

San Irineo nació en el Asia Menor hacia el año 125 y como lo dice en su carta, tuvo el privilegio de ser educado por San Policarpo, un santo que fue discípulo del evangelista San Juan. Después se fue a vivir a Lyon que era la ciudad más comercial y populosa de Francia en ese tiempo. Era el sacerdote más sabio de Lyon y por ello los católicos de esta ciudad lo enviaron a Roma como jefe de una embajada que tenía como oficio obtener que el Sumo Pontífice concediera su perdón a un grupo de cristianos que antes habían sido infieles pero que ahora querían otra vez ser fieles a la Santa Religión.

Y sucedió que mientras él estaba en Roma estalló en Lyon la terrible persecución en la cual murieron el obispo San Potino y un inmenso número de mártires. Irineo hubiera sido también martirizado si se hubiera encontrado en esos días en Lyon. Pero cuando regresó ya se había calmado la persecución. Dios lo tenía destinado para defender con sus escritos la Santa Religión. A su regreso a Lyon fue proclamado por el pueblo como sucesor del obispo San Potino, y se dedicó con todo su entusiasmo a enfervorizar a sus cristianos y a defenderlos de los errores de los herejes.

En su tiempo se difundió mucho una de las herejías que más daño han hecho a la religión Católica y que aún existe en muchas partes. La secta de los gnósticos. Estos enseñan un sinfín de errores y no se basan en las Sagradas Escrituras sino en doctrinas raras e inventadas por los hombres. Creen en la reencarnación y se imaginan que con la sola mente humana se logran conseguir todas las soluciones a todos los problemas, sin la necesidad de la fe y de la revelación.

San Irineo que era un gran estudioso, se propuso analizar bien detenidamente todos los errores de los gnósticos y publicó cinco libros en los cuales los fue desenmascarando y les fue quitando su piel de oveja para que parecieran los lobos que eran. Él no atacaba con amargura, pero iba presentando lo absurdas que son las enseñanzas de los gnósticos. Se preocupaba más por convertir que por confundir y por eso era muy moderado y muy suave en sus ataques al enemigo. Pero de vez en cuando se le escapan algunas saetas como estas: “Con un poquito de ciencias raras que aprenden, los gnósticos ya se imaginan que bajaron directamente del cielo; se pavonean como gallos orgullosos y parece que estuvieran andando de gancho con los ángeles”.

Los libros de Irineo contra los gnósticos fueron traducidos a los idiomas más extendidos de ese entonces y se divulgaron por todas las iglesias y con ellos se logró detener la peligrosa secta y librar a la religión de errores sumamente dañinos. 14 años después de su primera embajada fue enviado otra vez Irineo a Roma a pedir al Papa que quitara la excomunión a algunos cristianos que no habían querido obedecer las leyes de la Iglesia en cuanto a las fechas para la Semana Santa y Pascua. Y obtuvo el perdón del Sumo Pontífice. Por lo cual la gente decía que estaba haciendo honor a su nombre que significa: “Amigo de la paz”.

No se sabe a ciencia cierta si Irineo murió mártir o murió de muerte natural. Pero lo que sí es cierto es que sus escritos han sido siempre de gran provecho espiritual para los cristianos. Quiera Dios, por intercesión de este santo, enviar siempre a su Iglesia Católica, escritores que defiendan la religión y animen a todos a ser mejores seguidores de Jesucristo. Los que enseñen a otros la santidad brillaran como estrellas por toda la eternidad. (Profeta Daniel 12, 3)


27 junio, 2016

San Cirilo de Alejandría


 

 
¡Oh!, San Cirilo de Alejandría; vos, sois el hijo del Dios
de la vida y su amado santo, que, gloria increíble disteis
al significado de vuestro nombre: “el que tiene que mandar”.
¿Qué mayor gloria que la de defender a la Madre de Dios?
¡La mayor!. Y, Nestorio, infame hereje, con su falsía siguió
al sostener que María, la Madre de Dios no era. Pero, Éfeso
llegó y nombrado fuisteis Presidente y con vuestra elocuencia
irreductible y sabiduría grande, os escucharon, para luego,
luego, condenar al hereje y a su herejía, entonces con gran
solemnidad le dijeron al mundo todo, que María, sí, es Madre
de Dios. Vos, narráis a los monjes de Egipto en una carta,
como fue el final del Concilio de Efeso: “No se puede imaginar
la alegría de este pueblo fervoroso cuando supo que el
Concilio había declarado que María sí es Madre de Dios y que
los que no aceptaran esa verdad quedan fuera de la Iglesia.
Toda la población permaneció desde el amanecer hasta la noche
junto a la Iglesia de la Madre de Dios donde estabamos
reunidos los doscientos obispos del mundo. Y cuando supieron
la declaración del Concilio empezaron a gritar y a cantar,
y con antorchas encendidas nos acompañaron a nuestras casas
y por el camino iban quemando incienso. Alabemos con nuestros
himnos a María Madre de Dios y a su Hijo Jesucristo a quien
sea todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos”.
Vos, mismo, de emoción lleno exclamasteis así: “Os saludamos
¡oh! María, Madre de Dios, verdadero tesoro de todo el universo,
antorcha que jamás se apagará, templo que nunca será destruido,
sitio de refugio para todos los desamparados, por quien ha
venido al mundo, el que es Bendito por los siglos. Por Vos,
la Trinidad Santa, ha recibido más gloria en la tierra; por Vos,
la cruz nos ha salvado; por Vos, los cielos se estremecen
de alegría y los demonios son puestos en fuga; el enemigo
del alma es lanzado al abismo y nosotros débiles criaturas
somos elevados al puesto de honor”. “¡Y la Madre de Dios es
también Madre mía!” Exclamasteis, gozoso de alegría ante todos,
aquél día. ¡Suprema y eterna verdad! Por todo ello, cuando
vuestra alma surcó la eternidad, con justicia, alcanzasteis
corona de luz, como premio a vuestra grande entrega de amor;
¡oh!, San Cirilo de Alejandría, “vivo Primer defensor de María”.

 
© 2016 by Luis Ernesto Chacón Delgado
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27 de Junio
San Cirilo de Alejandría
Arzobispo Año 444


Cirilo significa: el que tiene autoridad (Ciris: mandar). Este santo se hizo famoso en la antigüedad porque fue el que defendió ante todos los enemigos, que María es Madre de Dios. Él dirigió el famoso Concilio de Efeso que declaró que María sí es Madre de Dios. Y sucedió entonces que Nestorio, patriarca de Constantinopla, empezó a decir que María no era Madre de Dios, sino simplemente madre de un hombre. La gente se escandalizaba enormemente al oírle predicar semejante barbaridad.


San Cirilo le escribió diciéndole que a María la llamamos Madre de Dios, no porque Ella haya creado a Dios (porque a Dios nadie lo ha creado), sino porque es Madre de uno que es Dios. Y le pedía que por favor retirara esas afirmaciones heréticas que había hecho. Pero Nestorio respondió con insultos y siguió enseñando sus errores y herejías.


Entonces Cirilo escribió al Papa Celestino, a Roma, informándole de este error que estaba propagando Nestorio. El Papa reunió a los principales sabios católicos de Roma, y asesorado por ellos condenó el error de Nestorio y lo amenazó con excomunión si no retiraba sus afirmaciones heréticas. Pero el hereje no quiso retractarse y siguió propagando sus errores. Entonces en el año 431 se reunieron en Efeso todos los 200 obispos de la cristiandad de ese entonces. Fue elegido presidente de ese concilio San Cirilo, como el más venerable de todos, y como representante del Papa Celestino. Y Cirilo con su fogosa elocuencia y su gran sabiduría obtuvo que los obispos condenaran la herejía de Nestorio y proclamaran solemnemente que María sí es Madre de Dios.


Los enemigos del gran arzobispo obtuvieron que el gobierno pusiera preso a Cirilo por tres meses, pero cuando llegaron los delegados del Papa de Roma, estos intercedieron por él y le consiguieron la libertad y así pudo seguir oponiéndose con toda su autoridad a las enseñanzas de la herejía.


El santo narra así a los monjes de Egipto en una carta, como fue el final de aquellas reuniones del Concilio de Efeso: “No se puede imaginar la alegría de este pueblo fervoroso cuando supo que el Concilio había declarado que María sí es Madre de Dios y que los que no aceptaran esa verdad quedan fuera de la Iglesia.

Toda la población permaneció desde el amanecer hasta la noche junto a la Iglesia de la Madre de Dios donde estabamos reunidos los 200 obispos del mundo. Y cuando supieron la declaración del Concilio empezaron a gritar y a cantar, y con antorchas encendidas nos acompañaron a nuestras casas y por el camino iban quemando incienso. Alabemos con nuestros himnos a María Madre de Dios y a su Hijo Jesucristo a quien sea todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos”.


Cuando el Concilio de Efeso declaró que María sí es Madre de Dios, San Cirilo de Alejandría exclamó gozoso delante de todos: “Te saludamos oh María, Madre de Dios, verdadero tesoro de todo el universo, antorcha que jamás se apagará, templo que nunca será destruido, sitio de refugio para todos los desamparados, por quien ha venido al mundo el que es Bendito por los siglos. Por Ti la Trinidad ha recibido más gloria en la tierra; por Ti la cruz nos ha salvado; por Ti los cielos se estremecen de alegría y los demonios son puestos en fuga; el enemigo del alma es lanzado al abismo y nosotros débiles criaturas somos elevados al puesto de honor”. “Y la Madre de Dios es también Madre mía”.

(http://www.churchforum.org/santoral/Junio/2706.htm)

26 junio, 2016

San Josemaría Escrivá de Balaguer

 


¡Oh!, San Josemaría Escrivá de Balaguer, vos, sois el hijo
del Dios de la vida y su amado santo, fundador y apóstol
que felizmente, vivisteis en un hogar creyente y ejemplar
y que, a su tiempo fundasteis el Opus Dei. Desde pequeño
mostrasteis vuestro espíritu de servicio hacia a los demás.
La frase de Jesús que más os impresionaba era esta: “El
hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir,
y a dar la vida en redención de muchos”. Comprendisteis
que Jesús, desde su nacimiento en el pesebre hasta su muerte
no tuvo otro fin que el de dar gloria al Padre Dios y hacer
el mayor bien al hombre. Y otro tanto lo hicisteis vos. Ya,
de sacerdote ordenado, os dedicasteis al apostolado con
ardor de corazón, con vuestro lema: “El sacerdote está
constituido a favor de los hombres”. Vuestra madre, Doña
Dolores, os enseñó una frase que decía: “Para lo único que
hay que tener vergüenza es para pecar”. Y, así, a vos,
jamás os dió vergüenza hablar de Cristo y de su mensaje a
todo el mundo. Dios, os concedió todas las cualidades para
el logro de vuestro cometido, pues erais sumamente alegre y
jovial que os hacía ganar simpatía a todos los ambientes.
Uno de vuestros compañeros dijo de vos: “Me consta que jamás
Monseñor Escrivá se sintió enemigo de nadie”. Vos, fuisteis
un instrumento en las manos de Dios, por medio del cual
la Iglesia, consiguió líderes apostólicos en todos el mundo.
Ninguno de vuestros triunfos apostólicos lo atribuíais a
vuestras cualidades o esfuerzos personales, sino todo
a la bendición de Dios. Vos, sabíais que cuanto preparado
mejor está el instrumento, mejor saldrá la obra del artista.
Vuestra humildad no era un no atreverse a nuevas iniciativas,
era más bien, convencido estar que, se es incapaz de realizar
nada valioso sin la bendición de Dios. Un día, en pleno
invierno, visteis sobre la nieve las huellas de unos pies
de un religioso capuchino, que por amor de Dios y por salvar
almas andaba descalzo. Y vos, os preguntasteis: “Todo esto
hacen los demás, y yo ¿qué voy a hacer por Cristo y por
las almas?”. Allí, os propusisteis y desgastaros por hacer
amar más a Dios y por conseguir salvar almas. Y, entonces
durante unos Ejercicios Espirituales, Dios os iluminó aquél
día y fundasteis una asociación en la cual cada persona,
siguiendo sus labores ordinarias en el mundo, se dedicara
a conseguir la santidad y a propagar el reino de Cristo. Y
fundasteis el “Opus Dei”, la Obra de Dios, que hoy, extendida
está, por el mundo, con el lema: de San Pablo: “Esta es la
voluntad de Dios: vuestra santificación”. Y, vos decíais:
“El creyente, ya sea barrendero o gerente, ya sea pobre o
rico, sabio o ignorante, conseguirá su santificación y un
gran puesto en el cielo si todo lo que tiene que hacer lo
hace por amor de Dios y con todo el esmero que le sea posible.
En el servicio de Dios no hay oficios de poca categoría.
Todos son de gran categoría si se hacen por amor a Nuestro
Señor”. Y, así, vos dedicasteis todas vuestras energías y
vuestras cualidades y todo vuestro tiempo, a extender y a
perfeccionar la obra maravillosa que Dios os encomendó.
Vos, escribisteis un librito hermoso llamado “Camino”. Son
mil pensamientos acerca de los temas para alcanzar la santidad.
San Juan Pablo II dijo de vos: “comprendió más claramente
que la misión de los bautizados consiste en elevar la Cruz
de Cristo sobre toda realidad humana, y sintió surgir de
su interior la apasionante llamada a evangelizar todos los
ambientes”. Y, así, y luego de gastar vuestra vida en buena
lid, voló vuestra alma al cielo, para coronada ser con corona
de luz, como justo premio a vuestra grande entrega de amor;
¡oh!, San Josemaría “vivo apóstol y servidor del Dios Vivo”.


 
© 2016 by Luis Ernesto Chacón Delgado
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26 de junio
San Josemaría Escrivá de Balaguer
Fundador del Opus Dei
Año 1975


 

San Josemaría Escrivá es uno de los más populares fundadores y apóstoles del siglo XX. Nació en Barbastro Aragón, España, de un hogar sumamente creyente y ejemplar y fundó en 1928 una de las asociaciones apostólicas más fuertes del mundo, el Opus Dei.

Desde muy pequeño tuvo una gran cualidad: su espíritu de servicio a los demás. Parecía que su oficio más agradable era poder ser útil a los demás en todo lo que le fuera posible ayudarles. La frase de Jesús que más le impresionaba era esta: “El hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir, y a dar la vida en redención de muchos” (Mt. 20, 28). Y le impresionaba el meditar que Jesús desde su nacimiento en el pesebre hasta su muerte en la cruz, no tuvo otro fin que el de dar gloria al Padre Dios y hacer el mayor bien a las criaturas humanas. Y él se propuso emplear también todas sus cualidades al servicio de Dios y de las personas humanas.

José María se propuso pues imitar el espíritu de servicio de Jesús, y dedicar su vida entera a lograr hacer el mayor bien posible a toda clase de gentes.

Después de obtener su doctorado en la universidad, fue ordenado de sacerdote en 1925 y se dedicó al apostolado con todas las fuerzas de su alma, tendiendo como lema aquella frase de la S. Biblia: “El sacerdote está constituido a favor de los hombres” (Hebr. 5, 1).

Su madre, Doña Dolores, le había enseñado una frase que ella repitió muchas veces y que a él le fue muy útil en el apostolado: “Para lo único que hay que tener vergüenza es para pecar”. Así que al joven sacerdote no le dio jamás vergüenza hablar de Cristo y de su mensaje en todas partes y ante toda clase de personas. Y esto mismo enseñó con la palabra y el ejemplo a sus millares de discípulos de todo el mundo.

Cuando Dios encamina a una persona hacia una gran obra le concede todas las cualidades necesarias para desempeñar bien el oficio que le ha encomendado. Al Padre Escrivá le concedió un espíritu sumamente alegre y jovial que le ganaba la simpatía a todos los ambientes. Una alegría que se contagiaba a los que lo escuchaban. Lo dotó también la Divina Providencia de un corazón sumamente generoso para amar a todos. 

Uno de sus socios, que lo acompañó por muchos años, declaró: “Me consta que jamás Monseñor Escrivá se sintió enemigo de nadie”. Quiso bien a todos y los seguía queriendo aún después de que lo trataran mal. Su única moneda de cambio con quienes se dedicaban a atacarlo, era rezar por ellos.

José María fue un instrumento en las manos de Dios, por medio del cual la Iglesia Católica logró conseguir líderes apostólicos en todos los continentes y empezó nuevas obras de apostolado en muchas naciones. Pero él siempre se consideraba un simple instrumento en manos de Dios. Ninguno de sus triunfos apostólicos lo atribuía a sus cualidades o a sus esfuerzos personales, sino todo solamente a la bendición de Dios. Recordaba la famosa frase del libro de los proverbios: “Lo que nos produce éxitos es la bendición de Dios. Nuestros afanes no le añaden nada”. Sabía que cuanto mejor preparado está el instrumento (por ejemplo el pincel, con el cual le agradaba mucho compararse) mejor saldrá la obra del artista. Por eso trataba de prepararse lo mejor posible siempre, pero también estaba convencido de que sin la acción del artista, (que siempre en el apostolado es Dios) el instrumento nada logra conseguir por sí mismo.

Pero la humildad de Escrivá no era un apocamiento, un creerse sin valor o un inútil y sin cualidades (porque eso sería mentira. Y la humildad es la verdad). Su humildad no era un no atreverse a proponer nuevas iniciativas o dejar de exigir derechos que son deberes. Era un estar convencido de que se es incapaz de realizar nada valioso sin la bendición de Dios, pero a la vez una convicción de que entre más preparado y calificado esté el apóstol, mayores éxitos podrá obtener si confía plenamente en la ayuda divina.

Siendo muy joven en Logroño en pleno y terrible invierno vio sobre la nieve las huellas de unos pies de un religioso capuchino, que por amor de Dios y por salvar almas andaba descalzo sobre ese hielo tan temible. Y José María se preguntó: “Todo esto hacen los demás, y yo ¿qué voy a hacer por Cristo y por las almas?”. 

Desde entonces se propuso gastarse y desgastarse por hacer amar más a Dios y por conseguir salvar almas.
El 2 de octubre de 1928 José María sintió que Dios le iluminaba una idea maravillosa (durante unos Ejercicios Espirituales), fundar una asociación en la cual cada persona, siguiendo sus labores ordinarias en el mundo, se dedicara a conseguir la santidad y a propagar el reino de Cristo. Y fundó entonces la famosa organización llamada Opus Dei (Obra de Dios) que ahora está extendida por todos los países del mundo. 

Su lema era la frase de San Pablo: “Esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación” (1 Tes. 4, 3).

El famoso fundador repetía: “El creyente, ya sea barrendero o gerente, ya sea pobre o rico, sabio o ignorante, conseguirá su santificación y un gran puesto en el cielo si todo lo que tiene que hacer lo hace por amor de Dios y con todo el esmero que le sea posible. En el servicio de Dios no hay oficios de poca categoría. Todos son de gran categoría si se hacen por amor a Nuestro Señor”.

Desde 1928 hasta su muerte en 1975, José María Escrivá dedicó todas sus energías y sus grandes cualidades y todo su tiempo, a extender y a perfeccionar la obra maravillosa que Dios le había encomendado: El Opus Dei, una asociación para llevar hacia la santidad a las personas, pero permaneciendo cada cual en su propia profesión y oficio.

Fue beatificado por S.S. Juan Pablo II en Roma el 17 de mayo de 1992.
Escribió Monseñor Escrivá un librito pequeño pero hermosísimo que ha influido en millones de personas en el mundo entero. Se llama “Camino”. Son mil pensamientos (numerados) acerca de los temas más importantes para conseguir la santidad. Su estilo es simpático, impactante, incisivo y muy agradable. Y como antes de escribir rezó mucho por lo que iba a redactar, las frases del libro “Camino” llegan hasta el corazón de sus lectores y lo conmueven profundamente.

He aquí algunos de esos pensamientos cortos de su libro “Camino”: Acostúmbrate a decir No a lo que es malo… ¿Qué no puedes hacer más? ¿No será que no puedes hacer menos?… ¿Virtud sin orden? ¿Y a eso llamas virtud?… ¡Qué hermoso desgastar la vida por Dios y por los demás!… Tu mayor enemigo es: tu egoísmo… Si no te dominas a ti mismo, aunque seas poderoso, eres poca cosa… Al que puede ser sabio no se le perdona que no lo sea… Tu orgullo: ¿de qué?…

Dios le concedió la gracia de ser muy simpático para los universitarios, para los profesionales y para los de las clases dirigentes. Y él empleó este don tan especial para conseguir que muchísimos líderes de diversos países aprovecharan sus notables influencias en los demás para llevarles los mensajes de la Iglesia Católica y extender así nuestra Santa Religión. La simpatía personal del Padre Escrivá le atraía amigos en todas las naciones a donde llegaba su influencia y muchos de ellos ocupan ahora puestos influyentes, para gloria de Dios.

El 6 de octubre de 2002, más de 400.000 personas asisten en la plaza de san Pedro a la canonización de Josemaría Escrivá. En la homilía, Juan Pablo II señaló que el nuevo santo “comprendió más claramente que la misión de los bautizados consiste en elevar la Cruz de Cristo sobre toda realidad humana, y sintió surgir de su interior la apasionante llamada a evangelizar todos los ambientes.

El Papa animó a los peregrinos llegados desde los cinco continentes a seguir sus huellas. “Difundid en la sociedad, sin distinción de raza, clase, cultura o edad, la conciencia de que todos estamos llamados a la santidad. Esforzaos por ser santos vosotros mismos en primer lugar, cultivando un estilo evangélico de humildad y servicio, de abandono en la Providencia y de escucha constante de la voz del Espíritu”.

(http://www.mercaba.org/SANTORAL/Vida/06/06-26_San_josemaria_escriva_de_balague.htm)