¡Oh!, Solemnidad de la Anunciación del Señor; en la que Vos, Padre de la Vida, amoroso y generoso a vuestro Ángel Gabriel, el de las “buenas nuevas”, enviasteis a María, sierva vuestra, a anunciarle que, en su virginal seno, al Varón Perfecto y Salvador del mundo albergaría. ¡Sí!, a Jesús, Hijo Amadísimo Vuestro, para la grande obra Redentora: el cumplir con la salvación del hombre, que Vos, diseñado habíais, desde antes de que, el mundo hecho fuera. Porque Vos, nos amasteis de tal forma y manera, que nos donasteis gratuitamente a vuestro único Hijo, ¡Jesús! Él, Divino sí, por vuestra Divinidad, y Humano, -y ¡qué ser Humano!-, por María, pues Ella, su humanidad compartió feliz. ¡Alegraos pues, pueblos todos del orbe de la tierra, porque, si en el pasado, por un hombre, Adán, el pecado en el mundo entró, por otro, Divino y grande, Cristo Jesús, la salvación para todos llegó, en María inmaculada, Madre Vuestra y Nuestra; ¡oh!, Viva Solemnidad de la Anunciación del Señor.
Día litúrgico: La Anunciación del Señor Ver 1ª Lectura y Salmo
Texto del Evangelio (Lc 1,26-38): Al sexto mes fue
enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada
Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa
de David; el nombre de la virgen era María. Y entrando, le dijo:
«Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». Ella se conturbó por
estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo. El ángel le
dijo: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a
concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por
nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el
Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de
Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin».
María respondió al ángel: «¿Cómo será esto, puesto que no
conozco varón?». El ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre
ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha
de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios. Mira, también Isabel,
tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y este es ya el sexto mes
de aquella que llamaban estéril, porque ninguna cosa es imposible para
Dios». Dijo María: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu
palabra». Y el ángel dejándola se fue. ____________________________
«Alégrate, llena de gracia»
Dr. Johannes VILAR (Köln, Alemania)
Hoy, en el «alégrate, llena de gracia» (Lc 1,28) oímos por primera
vez el nombre de la Madre de Dios: María (segunda frase del arcángel
Gabriel). Ella tiene la plenitud de la gracia y de los dones. Se llama
así: “keharitoméne”, «llena de gracia» (saludo del Ángel).
Quizás con 15 años y sola, María tiene que dar una respuesta que
cambiará la historia entera de la humanidad. San Bernardo suplicaba: «Se
te ofrece el precio de nuestra Redención. Seremos liberados
inmediatamente, si tú dices sí. Todo el orbe está a tus pies esperando
tu respuesta. Di tu palabra y engendra la Palabra Eterna». Dios espera
una respuesta libre, y “La llena de gracia”, representando a todos los
necesitados de Redención, responde: “génoitó”, hágase! Desde hoy ha
quedado María libremente unida a la Obra de su Hijo, hoy comienza su
Mediación. Desde hoy es Madre de los que son uno en Cristo (cf. Gal
3,28).
Benedicto XVI decía en un interview: «[Quisiera] despertar el ánimo
de atreverse a decisiones para siempre: sólo ellas posibilitan crecer e
ir adelante, lo grande en la vida; no destruyen la libertad, sino que
posibilitan la orientación correcta. Tomar este riesgo —el salto a lo
decisivo— y con ello aceptar la vida por entero, esto es lo que desearía
trasmitir». María: ¡he aquí un ejemplo!
Tampoco San José queda al margen de los planes de Dios: él tiene que
aceptar recibir a su esposa y dar nombre al Niño (cf. Mt 1,20s): Jesua,
“el Señor salva”. Y lo hace. ¡Otro ejemplo!
La Anunciación revela también a la Trinidad: el Padre envía al Hijo,
encarnado por obra del Espíritu Santo. Y la lglesia canta: «La Palabra
Eterna toma hoy carne por nosotros». Su obra redentora —Navidad, Viernes
Santo, Pascua— está presente en esta semilla. Él es Emmanuel, «Dios con
nosotros» (Is 7,15). ¡Alégrate humanidad!
Las fiestas de San José y de la Anunciación nos prepararan admirablemente para celebrar los Misterios Pascuales.
¡Oh!, Santa Catalina de Suecia, vos, sois la hija del Dios de la Vida y su amada santa, y que, siendo de honorable alcurnia os educaron las monjas del monasterio de Riseberga. Contrajisteis nupcias más tarde con el conde Egar, vuestro esposo, con quien os pusisteis de acuerdo en vivir vuestro matrimonio en castidad perpetua. Así, vosotros influisteis de manera muy positiva en los ambientes nobles, plagados de costumbres frívolas y profanas. Brígida, vuestra madre, por revelación fundó la “Orden del Santísimo Salvador” que tenía y tiene, como fin alabar al Señor y a la Santísima Virgen según la liturgia de la Iglesia, reparar por las ofensas que recibe de los hombres, propagar la oración contemplativa y de manera especial los de la Pasión, para la salvación de las almas. Así, os encontramos en Roma y, cuando vos, os preparabais para volver a casa, vuestra madre Brígida, os comunica otra revelación sobrenatural de Dios: “ha muerto su yerno”. Y, vuestra santa vida cambia de manera radical. Y, ante el dolor y la depresión anímica vuestra, os abrazáis a vuestra Madre Divina: la Virgen, quien os saca de tamaño dolor, mostrando así a vuestra madre la firme disposición interna de pasar toda penalidad y sufrimiento por Jesucristo. Así, vosotras dos juntas emprendisteis un tiempo de oración intensa, de mortificación y pobreza extrema; y vuestros cuerpos no conocen más, sino, el suelo duro para dormir; visitan iglesias y hacen caridad. Vos, rechazabais proposiciones matrimoniales impertinentes y acosadoras. Peregrinan alos santuarios y viajan a Tierra Santa para empaparse de amor a Dios en los lugares santos donde padeció y murió el Redentor. Muerta vuestra madre Brígida, vos, le dais sepultura provisional en la Ciudad Eterna, en la iglesia de san Lorenzo, y luego trasladáis su cuerpo hasta Suecia, en una continua actividad misionera, revelando la misericordia de Dios, que espera siempre la conversión de los hombres. Allí, cuenta las revelaciones y predicciones que Dios le hizo a vuestra madre. En Söderkoping, dejáis los restos de vuestra madre y allí, suceden conversiones y milagros que siguen hasta depositar sus restos en el monasterio de Vadstena, y donde os quedáis practicando la regla que vivisteis durante veinticinco años, con vuestra amada madre. Luego, viajáis a Roma, para lograr el proceso de canonización de la futura “santa Brígida”, vuestra madre y la aprobación de la Orden del Santísimo Salvador. Así, y luego de haber gastado vuestra santa vida en buena lid, voló vuestra alma al cielo, para coronada ser con corona de luz, como justo premio a vuestra entrega de amor; Se hablan de luces que rodean vuestro cuerpo inerte después de vuestra muerte, de una estrella que pudo verse por un tiempo señalando el lugar del reposo y de luminosidades que refulgían junto a vuestro sarcófago. Por eso dicen que, que nunca mamasteis la leche de la nodriza mundana, porque buscabais sí, el pecho de vuestra madre santa y de otras mujeres honestas. Vos, que librasteis a Roma, de inundación entrando tan solo vuestros pies benditos en el Tiber y que liberasteis una a una posesa; ¡Aeluya! ¡Oh!, Santa Catalina de Suecia, “viva defensora de la virginidad”.
Catalina de Suecia o de Vadstena nació alrededor del año 1331
del matrimonio formado por el príncipe Ulf Gudmarsson y Brigitta
Birgesdotter; fue la cuarta de ocho hermanos. La educaron, como era
frecuente en la época, al calor del monasterio; en este caso lo hicieron
las monjas de Riseberga.
Contrajo matrimonio con el buen conde Egar Lyderson van Kyren con
quien acordó vivir su matrimonio en castidad; ambos influyeron muy
positivamente en los ambientes nobles plagados de costumbres frívolas y
profanas.
Brígida, su madre, ha tenido la revelación de fundar la Orden del
Santísimo Salvador que tenga como fin alabar al Señor y a la Santísima
Virgen según la liturgia de la Iglesia, reparar por las ofensas que
recibe de los hombres, propagar la oración contemplativa
-preferentemente de la Pasión- para la salvación de las almas.
Madre e hija se encuentran juntas en Roma. Cuando Catalina tiene
planes de regresar a su casa junto al esposo, Brígida comunica a su hija
otra revelación sobrenatural de Dios: ha muerto su yerno. Esto va a
determinar el rumbo de la vida de Catalina desde entonces. Ante el
lógico dolor y la depresión anímica que sufre, es sacada de la situación
por la Virgen. Es en estas circunstancias cuando muestra ante su madre
la firme disposición interna a pasar toda suerte de penalidades y
sufrimientos por Jesucristo. Las dos juntas y emprenden una época de
oración intensa, de mortificación y pobreza extrema; sus cuerpos no
conocen sino el suelo duro para dormir; visitan iglesias y hacen
caridad. La joven viuda rechaza proposiciones matrimoniales que surgen
frecuentes, llegando algunas hasta la impertinencia y el acoso.
Peregrinan a los santuarios famosos y organizan una visita a Tierra
Santa para empaparse de amor a Dios en los lugares donde padeció y murió
el Redentor.
En el año 1373 han regresado, muere en Roma Brígida y Catalina da
sepultura provisional en la Ciudad Eterna al cadáver de su madre en la
iglesia de san Lorenzo. El traslado del cuerpo en cortejo fúnebre hasta
Suecia es una continua actividad misionera por donde pasa. Catalina
habla de la misericordia de Dios que espera siempre la conversión de los
pecadores; va contando las revelaciones y predicciones que Dios hizo a
su santa madre.
Söderkoping es el lugar patrio que recibe la procesión en 1374 como
si fuera un acto triunfal. Se relatan conversiones y milagros que se
suceden hasta depositar los restos en el monasterio de Vadstena, donde
entra y se queda Catalina, practicando la regla que vivió durante
veinticinco años con su madre.
Un segundo viaje a Roma durará cinco años; tendrá como meta la puesta
en marcha del proceso de canonización de la futura santa Brígida y la
aprobación de la Orden del Santísimo Salvador. A su regreso a Vadstena,
muere el 24 de marzo de 1381.
También se habla de luces que rodean el cuerpo inerte después de su
muerte, de una estrella que pudo verse por un tiempo señalando el lugar
del reposo y de luminosidades que refulgían junto al sarcófago. No es
extraño que la leyenda haya querido dejar su huella intentando hacer que
los sentidos descubran la magnanimidad de su alma que sólo es
perceptible por lo externo. Por eso dijeron que nunca mamó la leche de
la nodriza mundana mientras buscaba el pecho de su madre santa y de
otras mujeres honestas. Igualmente contaron que libró a Roma de
inundación entrando sus pies en el Tiber y hablaron de la liberación de
una posesa.
De todos modos, los santos de ayer y de hoy, siempre han sido puntos
de inflexión de la gracia para el bien de todos los hombres. _________________
¡Oh!; Santo Toribio de Mogrovejo, vos, sois el hijo del Dios de la Vida y su amado santo, que abrazasteis la Cruz de Cristo en el continente viejo, y extendisteis vuestro amoroso corazón a la “américa morena”, y, como si el espíritu de San Pablo, viviese en vos, “de palmo a palmo” la recorristeis, y extendisteis la palabra del Dios Vivo, entre la gente de vuestro tiempo. Vos, sabéis que no habrá, ni hay dicha más grande, que la que Dios os concedió: confirmar en la fe de Nuestro Señor Jesús a los que hoy, santos ya, como vos, la gloria de los cielos comparten: Santa Rosa de Lima, San Francisco Solano y el “santo de la escoba”: el milagroso San Martín de Porres. Celebrabais la Santa Misa con gran amor y fervor, y varias veces os vieron que mientras rezabais se os llenaba el rostro de resplandores. Recorristeis unos cuarenta mil kilómetros visitando y ayudando a vuestros fieles y, enviasteis al final de vuestra vida una larga relación al rey, contándole que habías administrado el sacramento de la confirmación a más de ochocientas mil personas. Os propusisteis con fe, y así lo hicisteis, en reunir a los sacerdotes y obispos de América, en Sínodos para dictar leyes relativas al comportamiento de los católicos. Vos, muy temprano solíais decir: “Nuestro gran tesoro es el momento presente. Tenemos que aprovecharlo para ganarnos con él la vida eterna. El Señor Dios nos tomará estricta cuenta del modo como hemos empleado nuestro tiempo”. Fundasteis el primer Seminario de América, y pedíais a vuestros religiosos aceptar parroquias en sitios pobres, y así, duplicasteis el número de ellas en vuestro territorio. Vuestra gran generosidad os llevaba a repartir a los pobres todo lo que poseíais. Cuando la epidemia llegó, gastasteis vuestros bienes en socorrer a los enfermos, y vos, mismo recorristeis las calles acompañado de una gran multitud, llevando en vuestras manos un gran crucifijo rezándole a Dios por misericordia y salud para todos. Y, así, transcurrió vuestra vida, y un día, luego de haberla gastado en extraordinaria buena lid, voló vuestra alma al cielo mientras estabais predicando y confirmando a los indígenas en la fe de vuestro amado Cristo. Antes de morir repetisteis las palabras de San Pablo: “Deseo verme libre de las ataduras de este cuerpo y quedar en libertad para ir a encontrarme con Jesucristo”. Moribundo casi, pedisteis a los que os rodeaban vuestro lecho que entonaran el salmo que dice: “De gozo se llenó mi corazón cuando escuché una voz: iremos a la Casa del Señor. Que alegría cuando me dijeron vamos a la Casa del Señor”. Y, luego dijisteis las palabras de salmo treinta: “En tus manos encomiendo mi espíritu”. ¿Qué premio podríais tener vos, si la tarea vuestra, fue hecha casi perfecta? ¡Solo una! ¡Corona de luz eterna recibir! Que es la misma que lucís hoy, y cuya brillantez alumbra y guía a todos vuestros fieles de hoy, como justa retribución a vuestra gigante entrega de amor y fe, por la gloria del Dios de la Vida; ¡Oh!; Santo Toribio “vivo evangelizador del Dios de la Vida y del Amor”.
23 de Marzo Santo Toribio de Mogrovejo Arzobispo de Lima (año 1606)
Los historiadores dicen que Santo Toribio fue uno de los
regalos más valiosos que España le envió a América. Las gentes lo
llamaban un nuevo San Ambrosio, y el Papa Benedicto XIV dijo de él que
era sumamente parecido en sus actuaciones a San Carlos Borromeo, el
famoso Arzobispo de Milán.
Nació en Mayorga, España, en 1538. Los datos acerca de este
Arzobispo, personaje excepcional en la historia de Sur América, producen
asombro y maravilla.
Toribio era graduado en derecho, y había sido nombrado Presidente del
Tribunal de Granada (España) cuando el emperador Felipe II al conocer
sus grandes cualidades le propuso al Sumo Pontífice para que lo nombrara
Arzobispo de Lima. Roma aceptó y envió en nombramiento, pero Toribio
tenía mucho temor a aceptar. Después de tres meses de dudas y
vacilaciones aceptó.
El Arzobispo que lo iba a ordenar de sacerdote le propuso darle todas
las órdenes menores en un solo día, pero él prefirió que le fueran
confiriendo una orden cada semana, para así irse preparando debidamente a
recibirlas.
En 1581 llegó Toribio a Lima como Arzobispo. Su arquidiócesis tenía
dominio sobre Perú, Ecuador, Colombia, Venezuela, Bolivia, Chile y parte
de Argentina. Medía cinco mil kilómetros de longitud, y en ella había
toda clase de climas y altitudes. Abarcaba más de seis millones de
kilómetros cuadrados.
Al llegar a Lima Santo Toribio tenía 42 años y se dedicó con todas
sus energías a lograr el progreso espiritual de sus súbditos. La ciudad
estaba en una grave situación de decadencia espiritual. Los
conquistadores cometían muchos abusos y los sacerdotes no se atrevían a
corregirlos. Muchos para excusarse del mal que estaban haciendo, decían
que esa era la costumbre. El arzobispo les respondió que Cristo es
verdad y no costumbre. Y empezó a atacar fuertemente todos los vicios y
escándalos. A los pecadores públicos los reprendía fuertemente, aunque
estuvieran en altísimos puestos.
Las medidas enérgica que tomó contra los abusos que se cometían, le
atrajeron muchos persecuciones y atroces calumnias. El callaba y ofrecía
todo por amor a Dios, exclamando, “Al único que es necesario siempre
tener contento es a Nuestro Señor”.
Tres veces visitó completamente su inmensa arquidiócesis de Lima. En
la primera vez gastó siete años recorriéndola. En la segunda vez duró
cinco años y en la tercera empleó cuatro años. La mayor parte del
recorrido era a pie. A veces en mula, por caminos casi intransitables,
pasando de climas terriblemente fríos a climas ardientes. Eran viajes
para destruir la salud del más fuerte. Muchísimas noches tuvo que pasar a
la intemperie o en ranchos miserabilísmos, durmiendo en el puro suelo.
Los preferidos de sus visitas eran los indios y los negros,
especialmente los más pobres, los más ignorantes y los enfermos.
Logró la conversión de un enorme número de indios. Cuando iba de
visita pastoral viajaba siempre rezando. Al llegar a cualquier sitio su
primera visita era al templo. Reunía a los indios y les hablaba por
horas y horas en el idioma de ellos que se había preocupado por aprender
muy bien. Aunque en la mayor parte de los sitios que visitaba no había
ni siquiera las más elementales comodidades, en cada pueblo se quedaba
varios días instruyendo a los nativos, bautizando y confirmando.
Celebraba la misa con gran fervor, y varias veces vieron los
acompañantes que mientras rezaba se le llenaba el rostro de
resplandores.
Santo Toribio recorrió unos 40,000 kilómetros visitando y ayudando a
sus fieles. Pasó por caminos jamás transitados, llegando hasta tribus
que nunca habían visto un hombre blanco.
Al final de su vida envió una relación al rey contándole que había
administrado el sacramento de la confirmación a más de 800,000 personas.
Una vez una tribu muy guerrera salió a su encuentro en son de
batalla, pero al ver al arzobispo tan venerable y tan amable cayeron
todos de rodillas ante él y le atendieron con gran respeto las
enseñanzas que les daba.
Santo Toribio se propuso reunir a los sacerdotes y obispos de América
en Sínodos o reuniones generales para dar leyes acerca del
comportamiento que deben tener los católicos. Cada dos años reunía a
todo el clero de la diócesis para un Sínodo y cada siete años a los de
las diócesis vecinas. Y en estas reuniones se daban leyes severas y a
diferencia de otras veces en que se hacían leyes pero no se cumplían, en
los Sínodos dirigidos por Santo Toribio, las leyes se hacían y se
cumplían, porque él estaba siempre vigilante para hacerlas cumplir.
Nuestro santo era un gran trabajador. Desde muy de madrugada ya
estaba levantado y repetía frecuentemente: “Nuestro gran tesoro es el
momento presente. Tenemos que aprovecharlo para ganarnos con él la vida
eterna. El Señor Dios nos tomará estricta cuenta del modo como hemos
empleado nuestro tiempo”.
Fundó el primer seminario de América. Insistió y obtuvo que los
religiosos aceptaran parroquias en sitios supremamente pobres. Casi
duplicó el número de parroquias o centros de evangelización en su
arquidiócesis. Cuando él llegó había 150 y cuando murió ya existían 250
parroquias en su territorio.
Su generosidad lo llevaba a repartir a los pobres todo lo que poseía.
Un día al regalarle sus camisas a un necesitado le recomendó: “Váyase
rapidito, no sea que llegue mi hermana y no permita que Ud. se lleve la
ropa que tengo para cambiarme”.
Cuando llegó una terrible epidemia gastó sus bienes en socorrer a los
enfermos, y él mismo recorrió las calles acompañado de una gran
multitud llevando en sus manos un gran crucifijo y rezándole con los
ojos fijos en la cruz, pidiendo a Dios misericordia y salud para todos.
El 23 de marzo de 1606, un Jueves Santo, murió en una capillita de
los indios, en una lejana región, donde estaba predicando y confirmando a
los indígenas.
Estaba a 440 kilómetros de Lima. Cuando se sintió enfermo prometió a
sus acompañantes que le daría un premio al primero que le trajera la
noticia de que ya se iba a morir. Y repetía aquellas palabras de San
Pablo: “Deseo verme libre de las ataduras de este cuerpo y quedar en
libertad para ir a encontrarme con Jesucristo”.
Ya moribundo pidió a los que rodeaban su lecho que entonaran el salmo
que dice: “De gozo se llenó mi corazón cuando escuché una voz: iremos a
la Casa del Señor. Que alegría cuando me dijeron: vamos a la Casa del
Señor”.
Las últimas palabras que dijo antes de morir fueron las del salmo 30: “En tus manos encomiendo mi espíritu”.
Su cuerpo, cuando fue llevado a Lima, un año después de su muerte,
todavía se hallaba incorrupto, como si estuviera recién muerto.
Después de su muerte se consiguieron muchos milagros por su
intercesión. Santo Toribio tuvo el gusto de administrarle el sacramento
de la confirmación a tres santos: Santa Rosa de Lima, San Francisco
Solano y San Martín de Porres.
El Papa Benedicto XIII lo declaró santo en 1726.
Y toda América del Sur espera que este gran santo e infatigable
apóstol, quizás el más grande obispo que ha vivido en este continente,
siga rogando para que nuestra santa religión se mantenga fervorosa y
creciente en todos estos países.
Epafrodito parece haber nacido en Filipos. Había ido a Roma,
donde Pablo estaba cautivo, para llevarle una nueva colecta de parte de
los filipenses. Allí cayó enfermo de cuidado, pero Dios tuvo
misericordia de él y no quiso añadir tristeza sobre el alma de Pablo.
Los mismo filipenses, al saber que su emisario había estado enfermo,
ardían en deseos de volverlo a ver, por lo que Pablo no dudó en
separarse de su amado colaborador y lo despidió con una carta para los
fieles de Filipos.
En la carta, Pablo rogaba a sus queridos neófitos que recibieran a su
compatriota con toda alegría en el Señor, ya que para realizar la
misión que le habían encomendado se había visto al borde de la muerte.
Entregaba su vida para suplir los cuidados que los filipenses no le
podían dar. Fuera de este auténtico testimonio, no se posee otros
detalles de la vida de Epafrodito; sin embargo, el Martirologio Romano
señala que «luego fue Obispo de Terracina, enviado por San Pedro cuando
éste estuvo en Roma, y donde bautizó a un buen número de conversos,
dejando allí como obispo a Lino y partió a Terracina donde consagró a
Epafrodito».
Santa María Francisca de las Cinco Llagas llevó en su propio
cuerpo las heridas de Cristo: pies, manos y costado; razón por la cual
su nombre religioso evoca las llagas que llevó Nuestro Señor. Hoy,
después de varios siglos, sus restos permanecen incorruptos.
El nombre de pila de Santa María Francisca fue Anna María Gallo, una
mujer nacida en Nápoles (Italia), hija de comerciantes residentes del
antiguo barrio español, una zona precaria de la ciudad. Dios le concedió
el don de profecía, además de compartir los dolores de su Pasión y
Muerte. Los napolitanos le profesan una gran devoción y le atribuyen
haber intercedido por ellos durante los bombardeos acontecidos durante
la Segunda Guerra Mundial. A pesar de la continuidad y fiereza de los
ataques, el barrio donde vivió permaneció intacto.
Anna María Gallo nació el 6 de octubre de 1715. De niña tuvo que
trabajar obligada por su padre, que poseía un taller de hilados y
mercería; mientras que su madre, una mujer muy piadosa, le leía libros
sobre la fe y la llevaba a orar a la iglesia de Santa Lucía de la Cruz.
El párroco, admirado de su piedad y conocimiento del catecismo, le
permitió que realice la Primera Comunión a los 8 años y que al año
siguiente se convierta en catequista de niños.
Cuando cumplió 16 años, su padre decidió comprometerla en matrimonio
con un joven rico que había pedido su mano, pero María Francisca le dijo
que le había prometido a Dios permanecer soltera y virgen para
dedicarse a la vida espiritual y la salvación de las almas.
Su padre rechazó tal posibilidad y la castigó encerrándola en su
casa, propinándole azotes, alimentándola solo con pan y agua por varios
días. Aquellos días fueron muy duros para Anna María, pero, al mismo
tiempo, le ayudaron para acercarse aún más al corazón sufriente de Jeús,
y compartir sus dolores. Su madre, por cuenta propia, logró que un
sacerdote franciscano convenciera al padre de Anna María de que las
pretensiones de su hija eran maduras y nacían de un corazón que amaba
profundamente a Dios.
El 8 de septiembre de 1731 recibió el hábito de la orden terciaria
franciscana y, contra lo que podía esperarse, la futura Santa María
Francisca decidió seguir viviendo en la casa familiar como religiosa.
Fue en su hogar, en el que se ocupaba de los quehaceres domésticos,
donde compenetró su alma completamente con Dios en la oración. María
Francisca entraba continuamente en éxtasis. La Virgen María solía
aparecérsele dándole consuelo y encargándole algunos mensajes.
Tras la muerte de su madre, la Santa decidió abandonar su hogar y
mudarse a una casa rural en la que permaneció los últimos 38 años de su
vida. En esa casa continuó con la vida de oración, penitencia y
sacrificio, los que siempre ofrecía por las almas del purgatorio y la
conversión de los pecadores. Es en esta etapa de su vida donde recibiría
los estigmas de Cristo.
Tras una serie de enfermedades que deterioraron su salud, murió santamente el 6 de octubre 1791.
Fue declarada venerable por Pío VII el 18 de mayo de 1803, beata por
Gregorio XVI el 12 de noviembre de 1843 y santa por Pío IX el 29 de
junio de 1867.
En 1901 fue declarada copatrona de la ciudad de Nápoles junto a San Genaro.
Texto del Evangelio (Lc 13,1-9): En
aquel tiempo, llegaron algunos que contaron a Jesús lo de los galileos,
cuya sangre había mezclado Pilato con la de sus sacrificios. Les
respondió Jesús: «¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que
todos los demás galileos, porque han padecido estas cosas? No, os lo
aseguro; y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo. O
aquellos dieciocho sobre los que se desplomó la torre de Siloé
matándolos, ¿pensáis que eran más culpables que los demás hombres que
habitaban en Jerusalén? No, os lo aseguro; y si no os convertís, todos
pereceréis del mismo modo».
Les dijo esta parábola: «Un hombre
tenía plantada una higuera en su viña, y fue a buscar fruto en ella y no
lo encontró. Dijo entonces al viñador: ‘Ya hace tres años que vengo a
buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro; córtala; ¿para qué va a
cansar la tierra?’. Pero él le respondió: ‘Señor, déjala por este año
todavía y mientras tanto cavaré a su alrededor y echaré abono, por si da
fruto en adelante; y si no da, la cortas’».
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«Si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo» +
Cardenal Jorge MEJÍA Archivista y Bibliotecario de la S.R.I. (Città del
Vaticano, Vaticano)
Hoy, tercer domingo de Cuaresma, la lectura evangélica contiene una
llamada de Jesús a la penitencia y a la conversión. O, más bien, una
exigencia de cambiar de vida.
“Convertirse” significa, en el
lenguaje del Evangelio, mudar de actitud interior, y también de estilo
externo. Es una de las palabras más usadas en el Evangelio. Recordemos
que, antes de la venida del Señor Jesús, san Juan Bautista resumía su
predicación con la misma expresión: «Predicaba un bautismo de
conversión» (Mc 1,4). Y, enseguida, la predicación de Jesús se resume
con estas palabras: «Convertíos y creed en el Evangelio» (Mc 1,15).
Esta
lectura de hoy tiene, sin embargo, características propias, que piden
atención fiel y respuesta consecuente. Se puede decir que la primera
parte, con ambas referencias históricas (la sangre derramada por Pilato y
la torre derrumbada), contiene una amenaza. ¡Imposible llamarla de otro
modo!: lamentamos las dos desgracias —entonces sentidas y lloradas—
pero Jesucristo, muy seriamente, nos dice a todos: —Si no cambiáis de
vida, «todos pereceréis del mismo modo» (Lc 13,5).
Esto nos
muestra dos cosas. Primero, la absoluta seriedad del compromiso
cristiano. Y, segundo: de no respetarlo como Dios quiere, la posibilidad
de una muerte, no en este mundo, sino mucho peor, en el otro: la eterna
perdición. Las dos muertes de nuestro texto no son más que figuras de
otra muerte, sin comparación con la primera.
Cada uno sabrá cómo
esta exigencia de cambio se le presenta. Ninguno queda excluido. Si esto
nos inquieta, la segunda parte nos consuela. El “viñador”, que es
Jesús, pide al dueño de la viña, su Padre, que espere un año todavía. Y
entretanto, él hará todo lo posible (y lo imposible, muriendo por
nosotros) para que la viña dé fruto. Es decir, ¡cambiemos de vida! Éste
es el mensaje de la Cuaresma. Tomémoslo entonces en serio. Los santos
—san Ignacio, por ejemplo, aunque tarde en su vida— por gracia de Dios
cambian y nos animan a cambiar.
Pensamientos para el Evangelio de hoy
«Un secreto. —Un secreto, a voces: estas crisis mundiales son crisis de santos» (San Josemaría)
«Se
ha de reconocer que el desarrollo económico mismo ha estado aquejado
por desviaciones y problemas dramáticos. Todo ello nos pone
improrrogablemente ante decisiones que afectan cada vez más al destino
mismo del hombre, el cual, por lo demás, no puede prescindir de su
naturaleza» (Benedicto XVI)
«La inversión de los medios y de los
fines, que lleva a dar valor de fin último a lo que sólo es medio para
alcanzarlo, o a considerar las personas como puros medios para un fin,
engendra estructuras injustas (…). Es preciso entonces apelar a las
capacidades espirituales y morales de la persona y a la exigencia
permanente de su conversión interior para obtener cambios sociales que
estén realmente a su servicio» (Catecismo de la Iglesia Católica, nº
1.887-1.888)
¡Oh!, San José: Dios en la luz de los tiempos, Y mucho antes de que el mundo fuera hecho Os pensó para convertiros por siempre, En el terreno padre de Jesús, Su Amadísimo Hijo Y, según San Mateo y San Marcos Erais vos, un “tekton”: Un carpintero Y Nuestro Señor Jesús fue llamado “Hijo de José”, “El carpintero”. Y, vos, lo adoptasteis amorosamente Y Jesús se os sometió como un buen hijo ante su padre ¡Maestro del Amor! ¡Maestro del Silencio!
¡Maestro de la Vida! ¡Oh! San José, “vivo Amor del Padre para Jesús”.
¡Oh!, San José, vos, sois el hijo del Dios de la Vida y su amado Santo, y al que Dios encomendó una maravillosa tarea: Ser padre adoptivo del Niño Jesús y esposo virginal de la Virgen María. Con el tiempo, vos, os habéis alzado como el santo custodio de la Sagrada Familia, y además sois el santo más cercano a Jesús y a Nuestra Santísima Virgen María. San Mateo os llama hijo de Jacob y San Lucas, os hace hijo de Helí. Nacido en Belén teníais que ser de la misma ciudad de David, de la cual erais descendiente. Vos, antes de la Anunciación, vivíais en Nazaret y según San Mateo y Marcos, vos, erais un “tekton”, es decir, un maravilloso carpintero. San Justino, así lo confirma, y la tradición de la Iglesia, la ha aceptado. Nuestro Señor Jesucristo fue llamado “Hijo de José”, “el carpintero”, siendo verdaderamente Hijo de Dios y a quien adoptasteis amorosamente. Jesús, os amó y respetó el tiempo que vivió con vos, como un buen hijo ante su padre. Vos, influenciasteis en su desarrollo humano de manera perfecta dentro de vuestro ejemplar matrimonio con María Virgen; ¡Oh! San José, Casto Esposo de La Vírgen María, y Santo Patrono de la Iglesia Universal. ¡Aleluya! ¡Aleluya!
Hoy, 19 de marzo, la Iglesia Católica celebra la ‘Solemnidad de San José, esposo de la Virgen María’.
José, por designio divino, ocupa un lugar central en la fe católica, ya que Dios le concedió el privilegio y la bendición de estar al lado de la Virgen María y, junto a Ella, criar a su Hijo, esperanza de la humanidad. En su divino designio, Dios Padre le encomendó a José la ‘labor’ más importante: ser cabeza de la Sagrada Familia.
Santo Patrono
En virtud de la responsabilidad que le fue otorgada -cumplida a cabalidad- San José ha recibido innumerables patronazgos. El más importante de ellos es el que ejerce sobre toda la Iglesia: el Beato Papa Pío IX proclamó a San José “Patrono de la Iglesia Católica” mediante el decreto Quemadmodum Deus [Del modo en que Dios] del 8 de diciembre de 1870. Y es que José fue el custodio de la semilla misma de la Iglesia, el hogar de Nazareth.
A este patronazgo se suman los incontables que el santo posee alrededor del mundo y en todas las épocas: comunidades religiosas, instituciones (tanto eclesiales como civiles) e incluso sobre naciones enteras -como es el caso del Perú-. Como dato llamativo, cabe mencionar que muchas ciudades alrededor del globo llevan su nombre.
Por otro lado, quien fuera Padre de Jesús en la tierra es también el ‘santo patrono de la buena muerte’, un patronazgo quizás menos conocido, pero que también vale la pena tener presente.
Una misión
Quiso Dios que el amor del corazón de José de Nazareth se volcara sobre María al punto de elegirla como esposa. Ese amor que Dios inspiró se fue perfeccionando poco a poco a lo largo de la vida adulta del santo, incluso en momentos muy difíciles, llenos de incertidumbre, en los que tuvo que aferrarse a la Providencia.
Dice la Escritura que el ángel le habló en sueños a José, Varón Justo: "José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, pues lo que en ella ha sido concebido es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados" (Mt. 1, 20-21).
Así, el humilde carpintero se vio impulsado a abrirse paso a través de un mar de dudas, acogiéndose con confianza a la gracia divina. José, una vez de la mano del que todo lo puede, no miró más atrás.
Ser la sombra del Padre
La misión confiada a San José fue inmensa, capaz de desbordar cualquier cálculo humano; capaz de hacer temblar al más fuerte o abrumar al más cerebral. Frente a ella, sin embargo, José respondió con fe, obediencia, valor y sencillez. No hizo aspavientos, ni buscó reconocimientos. Muy por el contrario, confió en Dios y puso manos a la obra -y ¡vaya que le costó!-.
Lo suyo no fue ocupar un lugar protagónico; por eso, su ‘puesto’ y sus ademanes recuerdan lo contemplativo, no en vano se le conoce como el ‘Santo del Silencio’. Siempre llamará la atención ese contraste entre lo que le fue requerido y lo ‘poco’ que aparece en el relato bíblico. Y todavía más: no se conoce palabra alguna que haya salido de su boca -sabemos que los Evangelios no recogen nada al respecto-.
Eso sí, quedan de manera prístina sus obras, su fe y su amor -las que influenciaron en Jesús y forjaron su carácter, las mismas virtudes que cimentaron su santo matrimonio-.
Esposo y Custodio
Junto a Santa María, San José pasó por todas las vicisitudes que rodearon el nacimiento del Mesías.
Basta recordar su confusión inicial al enterarse de que María estaba encinta. Basta recordar que, superando sus dudas y temores, la acompañó durante su embarazo como hacen los buenos esposos; y a poco de que Ella diera a luz, sintió angustia por no encontrar un lugar apropiado para que nacería su hijo por adopción, nada menos que el Salvador de la humanidad.
Basta detenerse un poco y contemplar con él el misterio que se presentaba ante sus ojos: el Hijo de Dios, encomendado a sus cuidados, nacía en un establo y, a los pocos días, tendría que llevárselo fuera del país rumbo a Egipto.
Fue José quien tuvo que organizar aquella huida -como si hubiese cometido algún delito-, luchando por no distraerse y solo pensar en su objetivo: poner a Jesús a buen recaudo, lejos de la mano asesina de Herodes.
¡Qué gozo debe haber sentido José al ver cómo la Providencia coronaba su esfuerzo manteniendo a su familia a salvo!
Paternidad real y ejercida
Como José era carpintero, no pudo darle ningún lujo a Jesús en los años de su infancia, y, sin habérselo propuesto, lo hizo convivir con la pobreza. Si los ojos de José no hubiesen sido los de la fe, no sería posible entender siquiera el porqué de su firmeza ni cómo libró las pequeñas o grandes batallas que pudieron surgir en su interior.
Y es que San José fue hombre de oración y no solo de acción. Por eso no hubo límite alguno a la hora de entregar su amor: José le dedicó todo el tiempo posible a Jesús y hasta le enseñó su profesión.
Con toda seguridad, las atenciones del santo carpintero fueron más que suficientes para que Jesús conociera el cariño y la guía de un padre. En ese sentido, el Señor tuvo un padre ejemplar; uno de esos que no se guardan nada para sí y que lo entregan todo. José, al mismo tiempo, se dejó educar y guiar. Así, aprendió a comprender al hijo cuando la misión apremiaba, como aquella vez en la que Jesús se extravió y lo encontró enseñando en el templo. ¡Hasta en eso José fue desprendido y generoso!
El hogar de Nazareth fue, pues, un auténtico cenáculo de amor, vivido en perfecta presencia divina. Allí pasó José sus mejores años, en trato directo con la fuente de todo amor. ¡Dios conviviendo con él bajo el mismo techo! ¡Cuántas veces su mirada debe haberse cruzado con la de Jesús! ¡Cuántas veces debe haberse quedado contemplando la grandeza de Dios presente en Jesús niño, después adolescente y mientras se hacía hombre pleno! ¡Y cuántas las veces en que hablaron de padre a hijo y compartieron experiencias!
Dios, en su humildad infinita, quiso dejarse educar mansamente por el santo carpintero, mientras éste se dejaba también educar por su propio hijo, a través de sus palabras y sus gestos.
¡Asísteme en la hora de la muerte!
Hay mucho de maravilloso y ejemplar en la figura de San José. Cualquier padre que quiera amar como Dios manda encuentra en él un modelo y un poderoso intercesor. No obstante, hay algo más: San José ha sido llamado ‘patrono de la buena muerte’.
La razón para ello es profunda aunque no deja de estar envuelta por el misterio. Lo más seguro es que el carpintero de Nazaret tuvo la dicha de morir acompañado y consolado por Jesús, Dios hecho hombre, y por María, su esposa y la Madre del Redentor.
Santa Teresa de Jesús y la devoción a San José
La Iglesia Católica tiene a San José como ‘santo patrono’ y protector desde siempre. Como se señaló antes, esa misión especial fue explicitada de manera oficial por el Papa Pío IX en 1847.
Ya Santa Teresa de Ávila había profundizado y difundido la devoción al Santo Custodio a consecuencia del milagro de la recuperación de su salud, obtenido por su intercesión. Teresa solía decir: "Otros santos parecen que tienen especial poder para solucionar ciertos problemas. Pero a San José le ha concedido Dios un gran poder para ayudar en todo".
En otro momento la santa continúa: “Durante 40 años, cada año en la fiesta de San José le he pedido alguna gracia o favor especial, y no me ha fallado ni una sola vez. Yo les digo a los que me escuchan que hagan el ensayo de rezar con fe a este gran santo, y verán que grandes frutos van a conseguir".
La varita de San José
Una tradición popular cuenta que doce jóvenes pretendieron casarse con María y se presentaron ante ella cada uno con un bastón de madera en la mano, a la usanza de la época. De pronto, cuando la Virgen debía escoger entre todos ellos, el bastón de José -que era uno de los pretendientes- floreció milagrosamente.
Los ojos de María, en ese momento, se fijaron en él. Se dice que esta es la razón por la que al santo se le suele representar con una ‘vara florecida’ en las manos. La varita de San José es por esto también símbolo de pureza.
¡San José, casto esposo de la Virgen María, ruega por nosotros! (ACI prensa).