05 mayo, 2026

San Ángel, Mártir Carmelita

 

05 de mayo
San Ángel
Mártir Carmelita
 
Martirologio Romano: En Licata, de Sicilia, en Italia, santo Ángel, presbítero, carmelita y mártir. (1225)
Etimológicamente: Ángel = Aquel que es portador de un mensaje, es de origen griego.
Nació en Jerusalén, en el seno de una familia de judíos conversos.
 
A la temprana muerte de su hermano gemelo, San Ángel decide ingresar a la Orden Carmelita, y es admitido en el monasterio en el Monte Carmelo, en Palestina.
 
En el siglo trece, los Carmelitas pasaron de ser una orden contemplativa a ser una orden de mendicantes; recordemos que era el siglo de la revolución espiritual de San Francisco de Asís y de Santo Domingo de Guzmán.
 
San Ángel es enviado eventualmente a Roma, para llevar un mensaje al papa Honorio III. A continuación recibe la encomienda de dirigirse a Sicilia, para ayudar a predicar contra la herejía de los cátaros, que habían tomado control de la isla.
 
Sin embargo, a poco de haber desembarcado en Sicilia, San Ángel fue asesinado a traición con cinco puñaladas por la espalda, ordenadas por el líder de los herejes. En el sitio donde murió se edificó una iglesia, y su sepulcro se convirtió muy pronto en sitio de peregrinación.
 
La Orden Carmelita venera a San Ángel como santo por lo menos desde 1456. En 1459, el papa Pío II aprobó su culto.(Catholic.net).

04 mayo, 2026

Beata Sandra Sabattini "El Ángel de la Caridad”

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4 de mayo
Beata Sandra Sabattini
"El Ángel de la Caridad”
 
Cada 4 de mayo se conmemora a la Beata Sandra Sabattini, universitaria italiana que perteneció a la Comunidad Papa Juan XXIII y que fuera beatificada en octubre del año 2021, en una ceremonia presidida por el entonces prefecto de la Congregación (hoy Dicasterio) para las Causas de los Santos, Cardenal Marcello Semeraro.
 
El Cardenal Semeraro llamó a Sabattini ‘artista de la caridad’. Y es que eso fue Sandra: una chica con un ingenio y una creatividad muy especiales, condiciones que puso al servicio de quienes llamaba ‘los últimos’: los pobres y vulnerables, aquellos que son en realidad “primeros” para Dios.
 
Una familia católica como cualquier otra
 
Sandra Sabattini nació el 19 de agosto de 1961 en Riccione, Rimini (Italia), siendo la primera de dos hijos del matrimonio de don Giuseppe Sabattini y doña Agnese Bonini, ambos piadosos católicos. Hoy, su hermano, Raffaele Sabattini, trabaja como médico en el Hospital Ceccarini en Riccione.
 
Sandra vivió sus primeros años en la casa parroquial de San Girolamo donde su tío, que era el párroco, había acogido a su familia después de que esta se mudara desde el Misano Adriatico.
 
Dios no abandona a nadie
 
En 1972, la pequeña Sandra empezó a escribir un diario espiritual, donde plasmaba sus pensamientos inspirados en el amor a Dios, que iba creciendo rápidamente en su interior. Al año siguiente conoció al Siervo de Dios Oreste Benzi, fundador de la Comunidad Papa Juan XXIII, en una de las reuniones organizadas por su tío en la parroquia.
 
En el verano de 1974, animada por la Comunidad, participó en un programa de ayuda a personas discapacitadas. Aquella experiencia la transformó, la llenó de entusiasmo y la llevó a exclamar esas palabras inspiradas que hoy la identifican: “Nos hemos roto los huesos, pero son personas a las que nunca abandonaré”.
 
Aquellas no fueron palabras que se las llevó el viento. Hacia 1980, la joven empezó sus estudios en la facultad de medicina de la Universidad de Bolonia; ella quería hacer de su profesión un canal por el que pudiese llegar el amor de Dios a los abandonados.
 
Luego vendrían dos veranos más (1982-1983) en los que Sandra estuvo comprometida con su Comunidad en la asistencia y acompañamiento a personas con adicciones a las drogas. Fueron días en los que se levantaba de madrugada para orar frente al Santísimo Sacramento y luego asistir a la Eucaristía. Su espíritu juvenil la llevó también a participar de un coro y a aprender algo de piano.
 
Una novia en el cielo
 
Con 20 años, en medio de las fiestas de carnaval, conoció a Guido Rossi, quien poco después sería su novio. La amistad entre ambos y el amor a Cristo que compartían llenaron de sueños sus corazones: planeaban casarse, formar una familia santa y embarcarse en la aventura de las misiones médicas en África.
 
Lamentablemente esos sueños no se concretaron. El 29 de abril de 1984, Sandra Sabatinni sufrió un grave accidente automovilístico: en el momento preciso en el que descendía del auto en el que estaba fue embestida por un vehículo que venía en sentido contrario; Sandra se disponía a asistir a un encuentro de la Comunidad Papa Juan XXIII. Esa mañana la acompañaban Guido, su novio, y Elio, uno de sus amigos, que también resultó herido. Sandra quedó en coma y murió unos días después, el 2 de mayo, a los 22 años.
 
Cada minuto cuenta para amar
 
La Beata Sandra Sabatinni ha sido definida como ‘santa de lo cotidiano’. No hubo “grandes acontecimientos” que hayan rodeado su vida, a no ser que la grandeza se mida por el amor entregado. En una oración escrita en 1982, la beata escribió: "Señor, haz que cada acción mía esté determinada por el hecho de querer el bien de los jóvenes, cada minuto es una ocasión de amor que hay que aprovechar". Su biógrafa, Laila Lucci, destacó ese aspecto de Sandra en su extensa obra intitulada La santa de al lado; donde subraya que lo extraordinario está en hacer de la propia vida algo lleno de sentido, porque a cada instante se puede amar y amar.
 
El 6 de marzo de 2018, el Papa Francisco aprobó el decreto que reconoció las virtudes heroicas de Sandra Sabattini. El 24 octubre de 2021 se celebró la ceremonia de beatificación. Ese día se realizó la procesión de una reliquia de la nueva beata, llevada al altar por Stefano Vitali, expresidente de la Comunidad de Rimini, curado milagrosamente de una grave enfermedad por intercesión de Sabattini. La reliquia fue un poco de cabello guardado por quien fuera su novio, Guido, colocado en una cajita de dulces que la propia Sandra alguna vez decoró.(ACI Prensa).

17 abril, 2026

Beata Mariana de Jesús, mística mercedaria y copatrona de Madrid

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17 de abril
Beata Mariana de Jesús, mística mercedaria y 
copatrona de Madrid (España).
 
Su vida estuvo inicialmente marcada por la incomprensión y la hostilidad de su familia, aunque también por los abundantes consuelos que Dios y la Virgen le alcanzaron. Suele decirse que al cumplir los 33 años, el mismo Jesús la ciñó con una corona espiritual de espinas, queriéndola hacer partícipe de su Pasión.
 
Tomada de la mano del Señor
 
María Ana de Jesús Navarro nació en Madrid en 1565, en el seno de una familia noble. Cuando tenía nueve años, murió su madre y, poco tiempo después, su padre se volvió a casar. Su madrastra, lamentablemente, resultó ser una mujer insensible y cruel.
 
El dolor que siente una niña que extraña a su madre suele ser muy grande, como difícil la relación que surge cuando una madrastra maltrata a una hija adoptiva. Ambas cosas impulsaron a Mariana a acogerse al Señor en busca de fuerza y consuelo. Tomada de la mano de Cristo, la joven fue descubriendo que el amor es más grande que todas las vicisitudes o miserias humanas. En el crisol de esa experiencia se sintió llamada por Dios a su servicio.
 
Consagrada a su Merced
 
Aún muy joven, la beata hizo un voto perpetuo de virginidad en privado. Lamentablemente fue su padre quien, en primer lugar, se opuso a tal compromiso. Y es que este había decidido otro camino para su hija: la había comprometido a casarse con un joven perteneciente a una familia acomodada.
 
Ningún esfuerzo de Mariana para librarse del arreglo pareció dar resultado. Ni siquiera el haberse rapado el cabello con el propósito de suscitar el rechazo del pretendiente.
 
Fue tal la ira de su padre y su esposa que un día arremetieron contra ella, la golpearon y la llenaron de insultos. Desde entonces no se sintió más a gusto con ellos. En 1598 dejó el hogar paterno de manera definitiva y emprendió un camino distinto, con dirección a la consagración religiosa. Gracias a Dios contó con la ayuda espiritual del reformador de los mercedarios, Fray Juan Bautista del Santísimo Sacramento.
 
Experiencias místicas y caridad
 
La Beata Mariana entonces se apartó del mundo para encontrarse plenamente con Jesús. Comenzó a vivir como penitente en la ermita de Santa Bárbara, cerca al convento de los mercedarios descalzos. En su celda llegaría a dedicarse -por años- a la oración, la penitencia y la ayuda a los menesterosos. Posteriormente sería admitida en la Tercera Orden de la Merced y recibiría el hábito de terciaria. En 1614 hizo su profesión perpetua.
 
Para ese tiempo, Mariana empezó a experimentar éxtasis en la oración y a tener visiones particulares concedidas por Dios.
 
Rápidamente los habitantes de Madrid, puestos al tanto de aquellos sucesos, comenzaron con las habladurías, pero ella se mantuvo al margen, tanto de los halagos como de las diatribas. Por otro lado, sus superiores y las autoridades eclesiásticas le mandaron escribir el contenido de sus experiencias místicas.
 
Una mujer con los dolores de la Pasión
 
Uno de los relatos más conocidos es el episodio en el que, estando en éxtasis, Jesús le pidió experimentar algo de su martirio; a lo que ella asintió, y pudo sentir en carne propia los dolores de la crucifixión. Mientras eso sucedía, sus compañeras vieron cómo ella, extendida sobre su lecho, estiraba las extremidades y se quedaba rígida por largo tiempo.
 
También se dice que Mariana pasaba horas conversando con la Virgen María sobre los misterios de la fe cristiana. Por este tipo de hechos y por su caridad a la vista de todos, Mariana se ganó varios sobrenombres de parte de sus coetáneos: "Tesoro de la ciudad", "Estrella de Madrid" y "Beata del Pueblo", le decían.
 
Estrella de Madrid
 
El 17 de abril de 1624, a los 59 años de edad, Mariana de Jesús partió a la Casa del Padre en el convento mercedario de Santa Bárbara, víctima de una enfermedad pulmonar.
 
En 1783, el Papa Pío VI la proclamó beata. Y, por petición de los madrileños, fue declarada copatrona de la ciudad junto a San Isidro Labrador.
 
Su cuerpo se mantiene incorrupto hasta hoy y suele ser expuesto el día de su fiesta, a pesar de que su rostro fue dañado cuando, luego de morir, le pusieron una mascarilla mortuoria de manera inadecuada. (ACI Prensa).

16 abril, 2026

Santa Bernardette Soubirous, Mística y religiosa francesa

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16 de abril
Santa Bernardette Soubirous
Mística y religiosa francesa
 
Cada 16 de abril, la Iglesia Católica celebra a Santa Bernadette Soubirous (María-Bernarda Sobirós), más conocida como Santa Bernardita de Lourdes, mística y religiosa francesa, vidente de las apariciones marianas de Lourdes.
 
“Sí, Madre querida, tú te has abajado hasta la tierra para aparecerte a una débil niña… Tú, reina del cielo y la tierra, has querido servirte de lo que había de más humilde según el mundo" (Santa Bernardita).
 
Bernardita nació en Lourdes (Francia), el 7 de enero de 1844, en el seno de una familia muy pobre. Su padre era un sencillo molinero y eventualmente se dedicaba al recojo de basura; mientras que su madre se dedicaba a las labores del hogar y hacía trabajos de costura esporádicamente. Bernardita fue la mayor de nueve hermanos.
 
Al ser bautizada, la santa recibió el nombre de Marie-Bernard (María Bernarda), pero tanto sus familiares como sus amigos empezaron a llamarla con el diminutivo “Bernardette” (Bernardita) como expresión de cariño.
 
Las difíciles condiciones económicas por las que atravesaba la familia Soubirous obligaron a sus miembros a permanecer la mayor parte del tiempo trabajando en el campo, por lo que la pequeña Bernardette quedó a cargo de una nodriza. Una vez que creció y podía valerse mínimamente por sí misma, también fue enviada a pastorear ovejas -era muy común que los niños en la campiña francesa, dadas las carencias de la época, tuviesen que trabajar desde muy pequeños-.
 
El sueño más hermoso: recibir la Primera Comunión
 
A Bernardette se le hacía muy difícil el trabajo, no porque no quisiera ayudar a su familia, sino porque le impedía prepararse para recibir la Primera Comunión -algo que se había convertido, a su pesar, en una suerte de “sueño inalcanzable”-: era la única niña del pueblo con casi 14 años que no había recibido aún la Eucaristía. En parte, que la hubiesen dejado así se debía a que era muy buena pastora y por eso la forzaban a permanecer más tiempo con las ovejas.
 
Sin embargo, llegó el momento en que Bernardette ya no quiso esperar más. Sentía que su vida espiritual no debía ser postergada más tiempo, más aún cuando su corazón deseaba ardientemente recibir a Cristo en la Eucaristía y llevarlo en el pecho. Entonces, pidió a sus padres retornar a casa y recibir la debida preparación para su Primera Comunión, largamente postergada. Sus padres aceptaron y la jovencita empezó la catequesis con incomparable entusiasmo.
 
María es la Inmaculada Concepción
 
El 11 de febrero de 1858 se produjo la primera aparición de la Virgen. En casa de los Soubirous se había terminado la leña y Bernadette se ofreció para recoger un poco en los alrededores, junto a Toinette y Juana Abadie, dos de sus hermanas. Las tres niñas caminaron hasta Masse-Vieille. De pronto, Bernadette oyó un fuerte rumor del viento, sin que nada raro pudiera divisarse alrededor. Luego se produjo un segundo ventarrón, y, entonces, dirigiendo la mirada hacia la pequeña gruta que estaba cerca, divisó la figura de una mujer joven en el interior. Era la Virgen María.
Esa sería la primera de dieciocho apariciones consecutivas, cuya decimosexta quizás sea la más célebre gracias al auspicioso contenido de su revelación: la Virgen María se presentaba a sí misma como la “Inmaculada Concepción”.
 
Fueron seis meses de apariciones consecutivas, de dolores y alegrías, en los que Bernadette recibió numerosas revelaciones de la Virgen María en la pequeña gruta de Masse-Vieille (Massabielle).
 
Al fin con Jesús en el corazón
 
Bernardita hizo su Primera Comunión el 3 de junio de 1858, día del Corpus Christi. Habían pasado varias semanas desde la primera vez que vio a la Madre de Dios y sentía que Ella había hecho posible que su sueño se hiciera realidad.
 
No obstante, la cercanía con la Madre de Dios no le ahorró ni dolores ni tribulaciones: igual que muchos otros santos, Bernardita sería blanco de incomprensiones y burlas. Su salud tampoco le jugó a favor: padecía de dolores en los huesos, vómitos, asma crónica, tuberculosis, problemas gástricos, abscesos en los oídos y, al final, un tumor en una rodilla.
 
Parecía el cumplimiento -a cabalidad- de lo que la Virgen le dijo en uno de sus encuentros: “No te prometo hacerte feliz en este mundo, sino en el próximo”.
 
“Habitaré en la casa del Señor durante días sin fin” (Sal 23, 6)
 
En 1860 las Hermanas de la Caridad de Nevers, le ofrecieron asilo a Bernardita. Con ellas, la jovencita finalmente tuvo la oportunidad de aprender a leer y escribir. Abrazó la vida religiosa y pidió ser aceptada en el hospicio de la Orden. A los 22 años ingresó al noviciado, mientras su salud iba en declive. El día de su profesión, el 30 de octubre de 1867, su voz estaba prácticamente extinta y tuvo que dar su consentimiento mediante gestos. Un año más tarde, hizo sus votos perpetuos.
 
Sus padecimientos continuaron los años siguientes. Al final quedó postrada por un tumor que le apareció en una de sus rodillas y que le hacía imposible caminar.
 
A los dolores físicos le acompañaron los del alma. Tuvo que soportar mil veces la arremetida de un mar de tentaciones; a veces la asaltaban las dudas sobre si Dios la había abandonado o si finalmente llegaría siquiera a salvarse. Con todo, Bernardita perseveró dirigiendo todos sus esfuerzos a aferrarse a la Madre de Dios, y dejarse guiar por Ella.
 
“Penitencia, penitencia y penitencia”
 
El 16 de abril de 1879, en el marco de la Semana Santa, Bernardita pidió a sus hermanas religiosas que rezaran juntas el Rosario. Durante la oración la santa entregó su último aliento, adornada por su serena sonrisa, de esas que siempre regaló cuando estaba en presencia de María. De acuerdo al testimonio de quienes la acompañaron en el momento del tránsito, la santa alcanzó a decir: “Santa María, Madre de Dios, ruega por mí, pobre pecadora… pecadora”. Esas fueron sus últimas palabras.
 
Hoy, su cuerpo permanece incorrupto en la capilla que le ha sido dedicada en Nevers (Francia), ciudad donde falleció. (ACI Prensa)

15 abril, 2026

San Telmo, Patrono de los navegantes y marineros

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Cada 15 de abril la Iglesia celebra a San Pedro González Termo, conocido popularmente como San Telmo (1190-1246), sacerdote español que iniciara su carrera eclesiástica como canónigo en su natal Palencia, y después pasaría a ser miembro de la Orden de Predicadores (dominicos).

“Salvado” por la tradición de la Iglesia

San Telmo es considerado patrono de los marineros, aunque no ha recibido dicho título formalmente. Es curioso que tampoco se haya llamado “Telmo” -lo que ha suscitado algunas confusiones de carácter histórico-. Al parecer el nombre con el que se hizo conocido a lo largo de la historia es una alteración de su apellido materno.

San Telmo ‘el confesor’ fue beatificado en 1254 por el Papa Inocencio IV, y ostenta la condición de ‘santo’ de manera excepcional gracias a la intervención del Papa Benedicto XIV, quien, el 13 de diciembre de 1741, aprobó su culto de manera universal por la vía de la ‘equipollens canonizatio’ [canonización equivalente]. Es decir, en el caso de Telmo, el Papa decidió omitir el proceso tradicional que se sigue para declarar a alguien como ‘santo’. Esto sólo puede ocurrir cuando la veneración de un siervo de Dios proviene desde muy antiguo y se ha mantenido de manera constante a través de los siglos.

Buscando la gloria de este mundo, encontró los tesoros que encierra la humildad

Pedro González nació el 9 de marzo de 1190, en el seno de una prestigiosa familia. Fue natural de Frómista, Palencia (España), donde su tío Tello Téllez de Meneses ocupaba la sede episcopal. El obispo lo favoreció enviándolo a los ‘Estudios Generales’ de la ciudad, nombre con el que se conocía a la Universidad de Palencia. Después lo hizo canónigo y le otorgó el título honorífico de deán -título eclesiástico que suele otorgarse a los canónigos de mayor edad-. Obviamente, “Telmo” no cumplía en ese momento con ese requisito por lo que pasó ante los ojos de todos por el engreído del obispo.

Con lo que sí cumplía, si es posible decirlo así, era con la habilidad de la elocuencia y una inteligencia por encima del promedio. En los Estudios Generales, Telmo había demostrado claramente su talento para la retórica cristiana u homilética.

Había que levantarse del lodo

No obstante, Dios tiene sus caminos y estos no suelen coincidir con los nuestros. Cuenta la historia que Telmo se presentó para recibir el cargo de deán excesivamente animoso, elegante y montado a caballo. Grande fue su vergüenza cuando el caballo se tropezó y él acabó en el suelo cubierto de fango, apabullado por las carcajadas y burlas de los pueblerinos. Este hecho fortuito y del que otros podrían haberse recuperado fácilmente, a Telmo le golpeó el amor propio. Tras un periodo corto de reflexión tomó un rumbo inesperado: pidió ser admitido en la Orden de Predicadores e ingresar en el monasterio que el mismo Santo Domingo de Guzman había fundado en Palencia.

Fray Pedro fue nombrado capellán militar. Le tocó acompañar a las huestes de Fernando III de Castilla, apodado ‘el santo’, quien reconoció en él su habilidad oratoria y su compromiso espiritual con los soldados. Fernando III -unificador de los reinos de Castilla y de León- lo convocó a su corte y lo nombró su confesor (de ahí que se ganara el epíteto del ‘Confesor’).

Como confesor del rey, lo animó a limitar el poder e influencia de los andalusíes -los árabes invasores de la península ibérica- y por eso se mantuvo cerca de él durante la campaña de conquista de Córdoba y Sevilla. En ambas ciudades San Telmo consagró antiguas mezquitas y las convirtió en templos católicos.

Galicia, el mar y el camino de Santiago

San Telmo dejaría la corte del rey al final de esta campaña y tomaría rumbo hacia Asturias y Galicia (norte de Portugal). Es de esta época de donde proviene la mayoría de historias sobre milagros concedidos por intercesión del santo. Muchos también se convirtieron por su testimonio de humildad, de cercanía con los pobres y de amor al Señor. Sobre el fraile se dice esto en el Martirologio romano:

«En Tuy, de Galicia, en España, beato Pedro González, llamado vulgarmente “Telmo”, presbítero de la Orden de Predicadores, que trató de ser tan humilde como antes había deseado la gloria, entregándose a ayudar a los más humildes, sobre todo a marineros y pescadores (1246)».

Conocida es la simpatía del santo por los hombres de mar. Con todo, el Señor quiso que sirviera a su Orden en calidad de prior, servicio que realizó en el monasterio de Guimarães, (Portugal).

Al final de su vida, pasando los sesenta años se retiró a Tuy (Galicia). Murió tras caer enfermo en la Pascua de 1246, mientras iba como peregrino a la tumba del apóstol Santiago, el célebre ‘camino de Santiago’.

San Telmo y el Papa Francisco

Tras siglos de espera, la historia de este santo podría dar un giro sorprendente. En el año 2016, la Diócesis de Tuy-Vigo ha iniciado el proceso formal para la canonización de Pedro González, “San Telmo”. Sus devotos de Tuy, Oporto y Frómista se han unido para solicitar oficialmente su canonización al Papa Francisco, quien fuera hace muchos años obispo del barrio de San Telmo, ubicado en Buenos Aires, Argentina.

13 abril, 2026

San Hermenegildo, Príncipe converso

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13 de abril
San Hermenegildo
Príncipe converso
 
San Hermenegildo fue un príncipe visigodo que vivió entre finales del s. V y la segunda mitad del s. VI. Su padre, el rey Leovigildo, lo educó en el arrianismo (doctrina herética muy difundida entre los visigodos que fue minando la estructura de la Iglesia por todas partes, incluso “ganando” sacerdotes y obispos) pero el joven príncipe terminó rechazando esta doctrina, motivo por el que acabaría asesinado.
 
El error y la mentira esclavizan
 
La historia de Hermenegildo, en consecuencia, es la de un converso, no de religión, pero sí de la forma de entender la fe: proveniente de las canteras del error en torno a la Trinidad, fue conducido a la luz de la verdad -Cristo es Dios por toda la eternidad y como Dios ofreció su vida para salvación de los hombres-.
 
El arrianismo es una herejía con base en la doctrina cristiana, pero que distorsiona completamente la comprensión de la Santísima Trinidad y su dogma. Su origen se atribuye a Arrio (Libia, 250 - Constantinopla, 336), quien negaba la divinidad de Jesucristo sosteniendo que éste provenía efectivamente del Padre, pero había sido creado.
 
Apertura a la verdad
 
San Hermenegildo nació en Medina del Campo, Valladolid (en ese entonces Hispania), alrededor del año 564. Su padre, Leovigildo, fue el último monarca entre los visigodos que profesó el arrianismo, que le resultó útil para afianzar su poder político durante su reinado (569 y 586), gracias al apoyo de sus líderes y partidarios.
 
Hermenegildo, quien fue educado en el arrianismo, contrajo matrimonio en 576 con una princesa católica de origen franco llamada Ingunda. Ella ayudaría a su esposo a disponerse a conocer la recta doctrina católica, que le sería enseñada por san Leandro, obispo de Sevilla, quien ganaría el alma del príncipe para la causa de Jesucristo.
 
Rebelión ante la injusticia
 
Por su parte, Leovigildo contrajo segundas nupcias con Goswintha, viuda del rey Atanagildo, quien además era abuela de Ingunda y una intransigente arriana anticatólica. Goswintha había intentado apartar a Ingunda del catolicismo aunque sin éxito. Ante la negativa de la joven y para zanjar el entredicho, en el año 579, el rey Leovigildo envió a Hermenegildo a la ciudad de Bética (hoy Córdoba, Andalucía) en calidad de gobernador.
 
No obstante, ante el fanatismo religioso de su madrastra y la severidad con que su padre trataba a los católicos que habitaban su reino, Hermenegildo se vio obligado a tomar las armas para defender a sus hermanos en la fe. Enfrentado a su padre, aseguró el apoyo de las ciudades de Bética y Mérida, y se proclamó a sí mismo rey. Paralelamente, hizo alianza con los bizantinos buscando acrecentar su poder militar.
 
“La verdad os hará libres” (Jn 8, 31-42)
 
Tras cinco años de guerra civil, Hermenegildo fue derrotado y capturado en Sevilla por los correligionarios de su padre. Después sería desterrado a Tarragona y recluido en la cárcel por órdenes de Leovigildo. Allí terminaría ejecutado -probablemente de un mazazo en la cabeza, aunque otras fuentes históricas señalan que fue degollado- en la Pascua del año 585, tras haberse negado a recibir la comunión de manos de un obispo arriano.
 
Al año siguiente (586) el rey Leovigildo falleció y fue sucedido por el hermano de Hermenegildo, Recaredo, quien también era un converso al catolicismo. Durante el III Concilio de Toledo (año 589), los principales representantes del pueblo visigodo hicieron profesión solemne de la fe católica. Ese gesto marcaría el inicio del vínculo definitivo entre España y el catolicismo, lazo que se mantiene hasta hoy. San Gregorio el Grande atribuye a los méritos de San Hermenegildo la conversión de su hermano Recaredo y, en consecuencia, de toda la España visigoda.
 
En 1585, al cumplirse mil años de los acontecimientos en torno a la vida y muerte de Hermenegildo, el rey Felipe II de España le pidió al Papa Sixto V que autorizara el culto al mártir dentro de su reino. La festividad de San Hermenegildo quedó fijada el día del aniversario de su muerte, el 13 de abril.
San Hermenegildo fue canonizado por el Papa Urbano VIII en 1639, siendo declarado “patrono de los conversos”. ACI Prensa).

12 abril, 2026

Domingo de la Divina Misericordia

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domingo 12 Abril 2026
Domingo de la Divina Misericordia 
 
Texto del Evangelio (Jn 20,19-31): Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros». Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: «La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío». Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».
 
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré».
Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: «La paz con vosotros». Luego dice a Tomás: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente». Tomás le contestó: «Señor mío y Dios mío». Dícele Jesús: «Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído».
 
Jesús realizó en presencia de los discípulos otras muchas señales que no están escritas en este libro. Éstas han sido escritas para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre.
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«A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados»
Rev. D. Fernando VÁZQUEZ-DODERO Romero
(Terrassa, Barcelona, España)
 
Hoy, la Iglesia nos invita a celebrar la misericordia del Señor, ese amor inmenso y delicado de Dios, que nos ama a pesar de ser nosotros tan poca cosa. Durante toda la Semana Santa hemos contemplado hasta qué punto puede llegar nuestra miseria y, sobre todo, cuán grande y misericordioso es el amor de Dios.
 
En el Evangelio de hoy encontramos una nueva muestra de que su amor quiere alcanzar incluso los rincones más oscuros de nuestro corazón. Contemplamos cómo Jesucristo quiere perdonar los pecados a través de sus discípulos: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados» (Jn 20,23). Dios nos ama hasta tal punto que desea perdonarnos siempre. Quiere hacerse presente en toda nuestra vida y en nuestra historia; quiere descender hasta la profundidad de nuestro pecado para amarnos y transformarnos por completo, en todo lo que afecta a nuestra persona.
 
El papa León XIV, contemplando el Sábado Santo, decía: «Es el día en el que el cielo visita la tierra en lo más profundo. Es el tiempo en el que cada rincón de la historia humana es tocado por la luz de la Pascua. Y si Cristo ha podido descender hasta allí, nada puede quedar excluido de su redención. Ni siquiera nuestras noches, ni siquiera nuestros pecados más antiguos, ni siquiera nuestros vínculos rotos. No hay pasado tan arruinado, no hay historia tan herida que no pueda ser tocada por su misericordia».
 
Así es el amor de Dios: un amor como no hay otro, que abraza nuestra miseria y quiere perdonarnos para devolvernos siempre a la luz. Y quiere hacerlo de un modo aún más sorprendente: «Como el Padre me envió, también yo os envío» (Jn 20,21). Es decir, quiere hacerlo a través de la Iglesia, por medio de otros hombres —los sacerdotes—, también pecadores, como quien se confiesa, pero llamados a ser testigos e instrumentos de su misericordia.
 
Pensamientos para el Evangelio de hoy
 
«Y a ti, oh Señor, que ves nítidamente con tus ojos los abismos de la conciencia humana, ¿qué podría pasarte desapercibido de mí, aun cuando yo me negara a confesártelo?» (San Agustín)
 
«Muchas veces pensamos que ir a confesarnos es como ir a la tintorería. Pero Jesús en el confesionario no es una tintorería. La confesión es un encuentro con Jesús que nos espera tal como somos» (Francisco)
 
«Cristo actúa en cada uno de los sacramentos. Se dirige personalmente a cada uno de los pecadores: ‘Hijo, tus pecados están perdonados’ (Mc 2,5); es el médico que se inclina sobre cada uno de los enfermos que tienen necesidad de Él para curarlos; los restaura y los devuelve a la comunión fraterna. Por tanto, la confesión personal es la forma más significativa de la reconciliación con Dios y con la Iglesia» (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 1.484)
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Otros comentarios
«Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados»
Rev. D. Joan Ant. MATEO i García
(Tremp, Lleida, España)
Hoy, Domingo II de Pascua, completamos la octava de este tiempo litúrgico, una de las dos octavas —juntamente con la de Navidad— que en la liturgia renovada por el Concilio Vaticano II han quedado. Durante ocho días contemplamos el mismo misterio y tratamos de profundizar en él bajo la luz del Espíritu Santo.
 
Por designio del Papa San Juan Pablo II, este domingo se llama Domingo de la Divina Misericordia. Se trata de algo que va mucho más allá que una devoción particular. Como ha explicado el Santo Padre en su encíclica Dives in misericordia, la Divina Misericordia es la manifestación amorosa de Dios en una historia herida por el pecado. “Misericordia” proviene de dos palabras: “Miseria” y “Cor”. Dios pone nuestra mísera situación debida al pecado en su corazón de Padre, que es fiel a sus designios. Jesucristo, muerto y resucitado, es la suprema manifestación y actuación de la Divina Misericordia. «Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito» (Jn 3,16) y lo ha enviado a la muerte para que fuésemos salvados. «Para redimir al esclavo ha sacrificado al Hijo», hemos proclamado en el Pregón pascual de la Vigilia. Y, una vez resucitado, lo ha constituido en fuente de salvación para todos los que creen en Él. Por la fe y la conversión acogemos el tesoro de la Divina Misericordia.
 
La Santa Madre Iglesia, que quiere que sus hijos vivan de la vida del resucitado, manda que —al menos por Pascua— se comulgue y que se haga en gracia de Dios. La cincuentena pascual es el tiempo oportuno para el cumplimiento pascual. Es un buen momento para confesarse y acoger el poder de perdonar los pecados que el Señor resucitado ha conferido a su Iglesia, ya que Él dijo sólo a los Apóstoles: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados» (Jn 20,22-23). Así acudiremos a las fuentes de la Divina Misericordia. Y no dudemos en llevar a nuestros amigos a estas fuentes de vida: a la Eucaristía y a la Penitencia. Jesús resucitado cuenta con nosotros.(Evangeli.net)