03 diciembre, 2013

San Francisco Javier

 
 
Oh, San Francisco Javier, vos, sois
el hijo del Dios de la vida, su amado
santo, y con justicia llamado “El gigante
de la historia de las misiones”. “Señor,
Tú, has querido que varias naciones
llegaran al conocimiento de la verdadera
religión por medio de la predicación
de San Francisco Javier”. Reza así, una
oración por vuestro día. “Si no consigo
barco, iré nadando”. Dijisteis, cuando
ansiabais viajar al Japón y viajasteis.
“¿De qué le sirve a un hombre ganar el
mundo entero, si se pierde a sí mismo?”.
Os repetía San Ignacio, y ello, os liberó
de vuestra mundanidad y os encaminasteis
hacia la vida espiritual. La India, Indostán,
Japón y otras naciones, a pie recorristeis,
con el libro de oraciones como único
equipaje, enseñando, enfermos, atendiendo,
obrando curaciones admirables, gentes
bautizando por centenares y millares,
aprendiendo idiomas extraños, y parecíais,
cansancio no sentir. “Basta Señor: si me
mandas tantos consuelos me vas a hacer
morir de amor”. Decíais vos, con mucho amor
y humildad. “Hágase amar y así logrará
influir en ellos. Si emplea la amabilidad
y el buen trato verá que consigue efectos
admirables”. Recomendabais a vuestros amigos.
Y, así era. Popularizasteis, la costumbre
de confesarse y comulgar. Os asemejabais,
a la vida pobre de las gentes que os escuchaban.
Comíais sólo arroz y bebiais sólo agua.
Dormiais en una pobre choza, en el suelo
y os ganabais la simpatía de los niños y
a ellos os enseñabais historias bíblicas.
"En medio de todas estas penalidades
e incomodidades, siento una alegría tan
grande y un gozo tan intenso que los consuelos
recibidos no me dejan sentir el efecto
de las duras condiciones materiales y de la
guerra que me hacen los enemigos de la religión”.
Escribisteis. Y, en San Cian, lejos de Hong
Kong y más lejos vuestra patria; solo,
abandonado, enfermo y con fiebre, voló
vuestra preciosa alma al cielo, pronunciando
el dulce nombre de Jesús, Vuestro amadísimo
Maestro. Os dieron cristiana sepultura
un catequista que os asistía, un portugués
y dos hermanos negros. Y, hallá estáis hoy,
al lado de Santa Teresa, San Ignacio, San Felipe
y San Isidro, coronado de luz y de gloria,
como justo premio a vuestra entrega de amor.
“Santo Patrono de los Misioneros del mundo”
oh, San Francisco Javier, “Camino, verdad y vida”.
 
© 2013 by Luis Ernesto Chacón Delgado
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3 de Diciembre
San Francisco Javier
Misionero
Año 1552


Francisco Javier: maravilloso misionero; pídele a Dios que conceda un espíritu como el tuyo a todos los misioneros del mundo. Piensa en el final de tu vida y evitarás muchos pecados (S. Biblia Ecl. 7, 36).

El Papa Pío X nombró a San Francisco Javier como Patrono de todos los misioneros porque fue si duda uno de los misioneros más grandes que han existido. Ha sido llamado: “El gigante de la historia de las misiones”. La oración del día de su fiesta dice así: “Señor, tú has querido que varias naciones llegaran al conocimiento de la verdadera religión por medio de la predicación de San Francisco Javier…”. Esto es un gran elogio.

Empezó a ser misionero a los 35 años y murió de sólo 46. En once años recorrió la India (país inmenso), el Japón y varios países más. Su deseo de ir a Japón era tan grande que exclamaba: “si no consigo barco, iré nadando”. Fue un verdadero héroe misional.

Francisco nació cerca de Pamplona (España) en el castillo de Javier, en el año 1506. Era de familia que había sido rica, pero que a causa de las guerras había venido a menos. Desde muy joven tenía grandes deseos de sobresalir y de triunfar en la vida, y era despierto y de excelentes cualidades para los estudios. Dios lo hará sobresalir pero en santidad.

Fue enviado a estudiar a la Universidad de París, y allá se encontró con San Ignacio de Loyola, el cual se le hizo muy amigo y empezó a repetirle la famosa frase de Jesucristo: “¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si se pierde a sí mismo?” Este pensamiento lo fue liberando de sus ambiciones mundanas y de sus deseos de orgullo y vanidad, y lo fue encaminando hacia la vida espiritual. Aquí se cumplió a la letra la frase del Libro del Eclesiástico: “Encontrar un buen amigo es como encontrarse un gran tesoro”. La amistad con San Ignacio transformó por completo a Javier.

Francisco fue uno de los siete primeros religiosos con los cuales San Ignacio fundó la Compañía de Jesús o Comunidad de Padres Jesuitas. Ordenado Sacerdote colaboró con San Ignacio y sus compañeros en enseñar catecismo y predicar en Roma y otras ciudades.

El Sumo Pontífice pidió a San Ignacio que enviara algunos jesuitas a misionar en la India. Fueron destinados otros dos, pero la enfermedad les impidió marchar, y entonces el santo le pidió a Javier que se quisiera embarcar para tan remotas tierras. Él obedeció inmediatamente y emprendió el larguísimo viaje por el mar. En el barco aprovechó esas interminables semanas, para catequizar lo más posible a los marineros y viajeros. Con San Javier empezaron las misiones de los jesuitas.

Son impresionantes las distancias que Francisco Javier recorrió en la India, Indostán, Japón y otras naciones. A pie, solamente con el libro de oraciones, como único equipaje, enseñando, atendiendo enfermos, obrando curaciones admirables, bautizando gentes por centenares y millares, aprendiendo idiomas extraños, parecía no sentir cansancio.

Por las noches, después de pasar todo el día evangelizando y atendiendo a cuanta persona le pedía su ayuda, llegaba junto al altar y de rodillas encomendaba a Dios la salvación de esas almas que le había encomendado. Si el sueño lo rendía, se acostaba un rato en el suelo junto al sagrario, y después de dormir unas horas, seguía su oración. De vez en cuando exclamaba: “Basta Señor: si me mandas tantos consuelos me vas a hacer morir de amor”. Con razón su palabra tenía efectos fulminantes para convertir. Era que llegaba precedida de muchas oraciones y acompañada de costosos sacrificios. Algunas noches no era capaz de levantar su mano derecha. Tan cansada estaba de tanto bautizar a los que se habían convertido con sus predicaciones.

La gente lo consideraba un verdadero santo y le llevaban sus enfermos para que los bendijera. Cuando se conseguían curaciones milagrosas, él consideraba que esto se debía a otras causas y no a su santidad, o a su poder de intercesión,

Desde 1510 Goa era una ciudad portuguesa en la India. Y allá puso su centro de evangelización nuestro santo (en esa ciudad se conservan ahora sus restos). A los portugueses se les había olvidado que eran cristianos y lo único que les interesaba era enriquecerse y divertirse. Así que tuvo el misionero que dedicarse con todas sus fuerzas y su gran ascendiente a volver fervorosos otra vez a aquellos comerciantes sin conciencia y sin escrúpulos (él decía en una de sus cartas: “estoy aterrado de la variedad tan monstruosa de acciones que tienen estos hombres para poder robar”).

Empezó a ganarse la buena voluntad de las gentes con su gran amabilidad (a uno de sus compañeros le escribía: “hágase amar y así logrará influir en ellos. Si emplea la amabilidad y el buen trato verá que consigue efectos admirables”). Estableció clases de catecismo para niños y adultos. Popularizó la costumbre de confesarse y comulgar. Enseñaba la religión por medio de hermosos cantos que los fieles repetían con verdadero gusto.

Por 13 veces consecutivas hizo larguísimos viajes por la nación enseñando la religión cristiana a esos paganos que nunca habían oído hablar de ella. Los de las clases altas (los brahamanes) no le hicieron caso, pero los de las clases populares se convertían por montones. En cada región dejaba catequistas para que siguieran instruyendo a la gente, y de vez en cuando les enviaba a algún jesuita para enfervorizarlos. Esas gentes nunca habían oído hablar de Jesucristo ni de sus maravillosas enseñanzas.

Francisco se esmeraba por asemejarse lo más posible a la vida pobre de las gentes que le escuchaban. Comía como ellos, simplemente arroz. En vez de bebidas finas sólo tomaba agua. Dormía en una pobre choza, en el suelo. Se ganaba la simpatía de los niños y a ellos les enseñaba las bellas historias de la S. Biblia, recomendándoles que cada uno las contara en su propia casa, y así el mensaje de nuestra religión llegaba a muchos sitios.


Visitó muchas islas y en cada una de ellas enseñó la religión cristiana. Sus viajes eran penosos y sumamente duros, pero escribía: “En medio de todas estas penalidades e incomodidades, siento una alegría tan grande y un gozo tan intenso que los consuelos recibidos no me dejan sentir el efecto de las duras condiciones materiales y de la guerra que me hacen los enemigos de la religión”. Podría repetir la frase de San Pablo: “Sobreabundo en gozo en medio de mis tribulaciones”.

Dispuso irse a misionar al Japón pero resultó que allá lo despreciaban porque vestía muy pobremente (y en cambio en la India lo veneraban por vestir como los pobres del pueblo). Entonces se dio cuenta de que en Japón era necesario vestir con cierta elegancia. Se vistió de embajador (y en realidad el rey de Portugal le había conferido el título de embajador) y así con toda la pompa y elegancia, acompañado de un buen grupo de servidores muy elegantes y con hermosos regalos se presentó ante el primer mandatario. Al verlo así, lo recibieron muy bien y le dieron permiso para evangelizar. Logró convertir bastantes japoneses, y se quedó maravillado de la buena voluntad de esas gentes.

Su gran anhelo era poder misionar y convertir a la gran nación china. Pero allá estaba prohibida la entrada a los blancos de Europa. Al fin consiguió que el capitán de un barco lo llevara a la isla desierta de San Cian, a 100 kilómetros de Hong – Kong, pero allí lo dejaron abandonado, y se enfermó y consumido por la fiebre, en un rancho tan maltrecho, que el viento entraba por todas partes, murió el tres de diciembre de 1552, pronunciando el nombre de Jesús. Tenía sólo 46 años. A su entierro no asistieron sino un catequista que lo asistía, un portugués y dos negros.


Cuando más tarde quisieron llevar sus restos a Goa, encontraron su cuerpo incorrupto (y así se conserva). Francisco Javier fue declarado santo por el Sumo Pontífice en 1622 (junto con Santa Teresa, San Ignacio, San Felipe y San Isidro).

02 diciembre, 2013

Santa Bibiana (Viviana)

Oh Santa Bibiana, vos sois la hija
 del Dios de la vida y su amada santa,
 que víctima fuisteis de la persecución
 de Julián el Apóstata y que éste,
 os obligó a apostatar de vuestra fe
 encerrándoos en la cárcel. Vos, así
 enfrentasteis al gobernador con valor
 y arrojo, hasta que os ataron a una
 columna y os flagelaron y jamás
 desististeis de vuestra fe. Así,
 mataron vuestro cuerpo, pero vuestra
 alma, intacta voló a su único Amo:
 Dios, quien os coronó, con corona
 de luz y de eternidad, como premio
 a vuestra entrega de amor, fe, valor
 y constancia. Hoy, luego de capilla,
 está la basílica, sobre el monte
 Esquilino construida por Simplicio
 Papa; en cuyo pórtico se lee: “juxta
 Licinianum ubi corpus eius requiescit”;
 oh, Santa Bibiana, “aquella que vive”.

© 2013 by Luis Ernesto Chacón Delgado

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2 de Diciembre
Santa Bibiana (Viviana)
Mártir
 
Martirologio Romano: En Roma, santa Bibiana, mártir, a quien el papa san Simplicio dedicó una basílica en el Esquilino (s. inc.).
 
Etimología: Bibiana = “aquella que vive”, es de origen latino.
 
Ya se menciona en el Liber Pontificalis el culto a la mártir Bibiana cuando se afirma en él que el Papa Simplicio (468 – 473) le dedicó una basílica. Restaurada en el siglo XVII por el infatigable papa Urbano VIII quien con su pasión renacentista, además de salvar un monumento antiguo, quiso dejar un testimonio litúrgico del hallazgo incluyendo en el calendario de la Iglesia universal la fiesta de Santa Bibiana en el día 2 de Diciembre. La basílica tiene tres naves divididas por ocho columnas antiguas y contiene una escultura graciosa de la Santa esculpida por Bernini. Está situada cerca de la vía férrea, da nombre al túnel por donde se ésta se cruza —Arcos de Santa Bibiana— se halla próxima a la Stazione Termini.
 
¿Quién fue Santa Bibiana?
 
Bernini, todo arte, la representa con los instrumentos del martirio que le dieron la Vida: la columna donde fue flagelada, los azotes, la corona del martirio y la sonrisa en su cara. Pero todo ello, con ser verdadero, es cosa común y aplicable a la mayor parte de los mártires cristianos en la Roma pagana, por lo que es decir mucho y, al mismo tiempo, nada acerca de un personaje concreto.
 
El relato de las actas no es fiable. Las actas de los mártires que comienzan a proliferar y los escritos aún más tardíos del martirio no son dignos de crédito histórico por las añadiduras apócrifas y contradicciones que contienen. Incluso los datos que se mencionan, como hacer responsable de su martirio al emperador Juliano el Apóstata, adolecen de un pronunciado desinterés cronológico. La leyenda de nuestra santa que relata pormenorizadamente su martirio es una novela ejemplar que aplica un esquema general romano.
 
Pero es cierto que Santa Bibiana existió y que fue mártir. Posiblemente también existieron su madre Dafrosa y su hermana Demetria cuyos sarcófagos intactos se descubrieron debajo de los dos vasos de vidrio con inscripciones que conservaban las reliquias de la Santa. La historia se remonta como más remoto documento al papa Simplicio que se sitúa en el siglo V. La veneración de esta mártir es anterior al ese dato. Y por ello no está lejos de la verdad histórica la afirmación de que vivió santa Bibiana a finales del siglo III, antes incluso de lo que cantan las actas.
 
Es, pues, Bibiana una santa de la que poco sabemos por los documentos que pueden aducirse con valoración histórica cierta. Conocemos su existencia y la entrega colmada, definitiva, que de su vida hizo a Dios, dándole un sí apoteósico con el martirio. Todo lo demás ¿qué importa? Al fin y al cabo, las piedras talladas, papiros, pellejos, papeles y datos informáticos en donde pueda constar la historia más completa de cualquier santo no son más que raspar en la corteza sin alcanzar jamás ese núcleo personal de la relación entre el santo —la santa en nuestro caso— y Dios. Lo que consta en los archivos nos puede llevar al reconocimiento de sus virtudes, pero la reciprocidad de amores entre redimido y Redentor es un misterio siempre escondido para la historia y patente sólo cabe Dios.
 

01 diciembre, 2013

Primer Domingo de Adviento



 
¡Aleluya! ¡Aleluya! ¡Aleluya!
Oíd y escuchad hermanos míos
las palabras de Jesús, que por
Marcos evangelista sabemos
pues, certeras son cuando dice:
“Así que velad, porque no
sabéis cuándo llegará el dueño
de la casa, si al atardecer
o a media noche, al canto
del gallo o al amanecer.
No sea que llegue de improviso
y os encuentre dormidos”.
Y, si esto no os basta oíd
a Isaías, cuando dice: “Nadie
invocaba Vuestro nombre, nadie
salía del letargo para adherirse
a Vos, porque Vos, nos escondías
Vuestro rostro y nos entregabais
a nuestras maldades”.
Y, con María Virgen, Madre
Vuestra y Señora Nuestra
guía de nuestro adviento,
digamos junto al Profeta
del Señor, Isaías: “Señor, Vos,
sois Nuestro Padre; nosotros
somos de arcilla y Vos, el que
nos plasma, todos nosotros
somos obra de Vuestras manos”
¡Aleluya! ¡Aleluya! ¡Aleluya!.
 
© 2013 by Luis Ernesto Chacón Delgado
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1° de Diciembre
Primer Domingo de Adviento
Autor: SS Benedicto XVI
Fuente: Catholic.net
 
Adviento: tiempo en el que se despiertan los corazones ¡Velad! Es una llamada a recordar que la vida no tiene sólo la dimensión terrena, sino que es proyectada hacia un “más allá”
 
Palabras de SS Benedicto XVI durante el rezo del Ángelus en el primer domingo de Adviento, 27 noviembre 2011
 
¡Queridos hermanos y hermanas!
 
Iniciamos en toda la Iglesia el nuevo Año litúrgico: un nuevo camino de fe, a vivir juntos en las comunidades cristianas, pero también, como siempre, a recorrer dentro de la historia del mundo, para abrirla al misterio de Dios, a la salvación que viene de su amor. El Año litúrgico empieza con el Tiempo de Adviento: tiempo estupendo en el que se despierta en los corazones la espera de la vuelta de Cristo y la memoria de su primera venida, cuando se despojó de su gloria divina para asumir nuestra carne mortal.
 
“¡Velad!”. Este es el llamamiento de Jesús en el Evangelio. Lo dirige no sólo a sus discípulos, sino a todos: “¡Velad!” (Mt 13,37). Es una llamada saludable a recordar que la vida no tiene sólo la dimensión terrena, sino que es proyectada hacia un “más allá”, como una plantita que germina de la tierra y se abre hacia el cielo. Una plantita pensante, el hombre, dotada de libertad y responsabilidad,por lo que cada uno de nosotros será llamado a rendir cuentas de cómo ha vivido, de cómo ha usado las propias capacidades: si las ha conservado para sí o las ha hecho fructificar también para el bien de los hermanos.
 
También Isaías, el profeta del Adviento, nos hace reflexionar con una sentida oración, dirigida a Dios en nombre del pueblo. Reconoce las faltas de su gente, y en un cierto momento dice: “Nadie invocaba tu nombre, nadie salía del letargo para adherirse a tí; porque tu nos escondías tu rostro y nos entregabas a nuestras maldades” (Is 64,6).
 
¿Cómo no quedar impresionados por esta descripción? Parece reflejar ciertos panoramas del mundo postmoderno: las ciudades donde la vida se hace anónima y horizontal, donde Dios parece ausente y el hombre el único amo, como si fuera él el artífice y el director de todo: construcciones, trabajo, economía, transportes, ciencias, técnica, todo parece depender sólo del hombre. Y a veces, en este mundo que parece casi perfecto, suceden cosas chocantes, o en la naturaleza, o en la sociedad, por las que pensamos que Dios pareciera haberse retirado, que nos hubiera, por así decir, abandonado a nosotros mismos.
 
En realidad, el verdadero “dueño” del mundo no es el hombre, sino Dios.
 
El Evangelio dice: “Así que velad, porque no sabéis cuándo llegará el dueño de la casa, si al atardecer o a media noche, al canto del gallo o al amanecer. No sea que llegue de improviso y os encuentre dormidos” (Mc 13,35-36). El Tiempo de Adviento viene cada año a recordarnos esto para que nuestra vida reencuentre su justa orientación hacia el rostro de Dios. El rostro no de un “amo”, sino de un Padre y de un Amigo.
 
Con la Virgen María, que nos guía en el camino del Adviento, hagamos nuestras las palabras del profeta: “Señor, tu eres nuestro padre; nosotros somos de arcilla y tu el que nos plasma, todos nosotros somos obra de tus manos” (Is 64,7).
 

30 noviembre, 2013

San Andrés Apóstol

 
Oh, San Andrés, vos, sois el hijo del Dios
 de la vida, su Apóstol y amado santo. El
 primero en encontrar a Jesús, y convertiros
 en su primer discípulo, junto con San Juan
 “el evangelista”, y ambos, de Juan “el Bautista”,
 discípulos. Éste, viendo a Jesús, ver pasar
 dijo: “He ahí el Cordero de Dios”. Y, vos,
 os emocionasteis, y con Él, marchasteis. Mas
 tarde, a Simón, vuestro hermano os lo dijisteis,
 diciéndole: “Hemos encontrado al Salvador
 del mundo”. Y, también, se fue él, con Jesús.
 Y, vos, el propiciador del “milagro de los
 cinco panes”, visteis los milagros de Jesús,
 y sus sermones todos, escuchasteis. El Espíritu
 Santo, en Pentecostés recibisteis, hecho
 lenguas de fuego. A vos, también os consultó
 el apóstol San Juan, para escribir el Evnagelio
 Cuarto, pues dudaba el hacerlo. Y vos, le
 dijisteis: “Debe escribirlo. Y que los hermanos
 revisen lo que escriba”. Predicasteis la Buena
 Nueva, por las ciudades, los campos y los montes
 de vuestro tiempo, con valentía, milagros y prodigios
 obrando, hasta agotaros y entregar vuestra santa
 vida, en una muerte y también muerte en cruz,
 en forma de equis. “Yo te venero oh Cruz Santa
 que me recuerdas la Cruz donde murió mi Divino
 Maestro. Mucho había deseado imitarlo a Él en
 este martirio. Dichosa hora en que tú al recibirme
 en tus brazos, me llevarán junto a mi Maestro
 en el cielo”. Y, así, fue. Cristo mismo os ciñó
 corona de gloria y eternidad, como premio a
 a vuestra grande entrega de amor y fidelidad;
 Oh, San Andrés, Apóstol, “martirio, luz y fe”.

© 2013 by Luis Ernesto Chacón Delgado
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30 de Noviembre
San Andrés Apóstol
Siglo I
 
« Dichoso tú, querido apóstol Andrés, que tuviste la suerte de ser el primero de los apóstoles en encontrar a Jesús. Pídele a Él que nosotros le seamos totalmente fieles en todo, hasta la muerte. »

San Andrés (cuyo nombre significa “varonil”) nació en Betsaida, población de Galilea, situada a orillas del lago Genesaret. Era hijo del pescador Jonás y hermano de Simón Pedro. La familia tenía una casa en Cafarnaum, y en ella se hospedaba Jesús cuando predicaba en esta ciudad.

Andrés tiene el honor de haber sido el primer discípulo que tuvo Jesús, junto con San Juan el evangelista. Los dos eran discípulos de Juan Bautista, y este al ver pasar a Jesús (cuando volvía el desierto después de su ayuno y sus tentaciones) exclamó: “He ahí el cordero de Dios”. Andrés se emocionó al oír semejante elogio y se fue detrás de Jesús (junto con Juan Evangelista), Jesús se volvió y les dijo: “¿Qué buscan?”. Ellos le dijeron: “Señor: ¿dónde vives?”. Jesús les respondió: “Vengan y verán”. Y se fueron y pasaron con Él aquella tarde. Nunca jamás podría olvidar después Andrés el momento y la hora y el sitio donde estaban cuando Jesús les dijo: “Vengan y verán”. Esa llamada cambió su vida para siempre.

Andrés se fue luego donde su hermano Simón y le dijo: “Hemos encontrado al Salvador del mundo” y lo llevó a donde Jesús. Así le consiguió a Cristo un formidable amigo, el gran San Pedro.

Al principio Andrés y Simón no iban con Jesús continuamente sino que acudían a escucharle siempre que podían, y luego regresaban a sus labores de pesca. Pero cuando el Salvador volvió a Galilea, encontró a Andrés y a Simón remendando sus redes y les dijo: “Vengan y me siguen”, y ellos dejando a sus familias y a sus negocios y a sus redes, se fueron definitivamente con Jesús. Después de la pesca milagrosa, Cristo les dijo: “De ahora en adelante serán pescadores de almas”.

El día del milagro de la multiplicación de los panes, fue Andrés el que llevó a Jesús el muchacho que tenía los cinco panes. Andrés presenció la mayoría de los milagros que hizo Jesús y escuchó, uno por uno, sus maravillosos sermones. Vivió junto a Él por tres años.

En el día de Pentecostés, Andrés recibió junto con la Virgen María y los demás Apóstoles, al Espíritu Santo en forma de lenguas de fuego, y en adelante se dedicó a predicar el evangelio con gran valentía y obrando milagros y prodigios.

Un escrito que data del siglo III, el “Fragmento de Muratori” dice: “Al apóstol San Juan le aconsejaban que escribiera el Cuarto Evangelio. Él dudaba, pero le consultó al apóstol San Andrés, el cual le dijo: ‘Debe escribirlo. Y que los hermanos revisen lo que escriba”.

Una tradición muy antigua cuenta que el apóstol Andrés fue crucificado en Patrás, capital de la provincia de Acaya, en Grecia. Que lo amarraron a una cruz en forma de X y que allí estuvo padeciendo durante tres días, los cuales aprovechó para predicar e instruir en la religión a todos los que se le acercaban. Dicen que cuando vio que le llevaban la cruz para martirizarlo, exclamó: “Yo te venero oh cruz santa que me recuerdas la cruz donde murió mi Divino Maestro. Mucho había deseado imitarlo a Él en este martirio. Dichosa hora en que tú al recibirme en tus brazos, me llevarán junto a mi Maestro en el cielo”.
 
La tradición coloca su martirio en el 30 de noviembre del año 63, bajo el imperio cruel de Nerón.
(http://www.ewtn.com/spanish/Saints/Andrés_Apostol.htm)

29 noviembre, 2013

San Saturnino de Tolosa

 
 
Oh, San Saturnino; vos, sois el hijo
del Dios de la vida y su amado santo.
Vos, pastoreasteis a vuestra cristiana
mies, y con ella, os negasteis a incienso
quemar a los falsos dioses, sufriendo
cruel martirio. Grande fue, vuestro amor
a Cristo, tanto que, vuestro martirio
culto se hizo en el interior de las Galias,
en la ribera mediterránea y pasó también
de los Pirineos, hacia España, donde
los peregrinos, veneran vuestras reliquias.
Dice de vos, el Martirologio Romano: “En
Tolosa, en tiempo de Decio, San Saturnino,
obispo, fue detenido por los paganos
en el Capitolio de esta villa y arrojado
desde lo alto de las gradas. Así, rota su
cabeza, esparcido el cerebro, magullado
el cuerpo, entregó su digna alma a Cristo”.
Y, en otra versión dice que atado fuisteis
con cuerdas a un toro que estaba dispuesto
a ser sacrificado y que, os arrastró,
hasta muerto dejaros y destrozado. Pero,
dos cristianas valientes, vuestro cuerpo
recogieron y os entierraron de la ruta
cerca de Aquitania. Así, con valor y presteza
sublimes, os despojasteis de esta vida,
alcanzando la gloria de vuestro Maestro,
Cristo Jesús, Dios y Señor Nuestro, quien
os coronó, de luz y gloria eterna, como
justo premio a vuestra entrega de amor;
oh, San Saturnino, “amor, fe y valor”.


© 2013 by Luis Ernesto Chacón Delgado
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29 de Noviembre
San Saturnino de Tolosa
Obispo y Mártir


La ciudad de Toulouse, en el Languedoc francés, muestra con orgullo su magnífica e impresionante catedral —joya del románico— de Saint-Sernin. Tiene cinco naves, vasto crucero y un coro deambulatorio con capillas radiadas.

San Saturnino —nuestro conocido y tantas veces cantado Sanserenín de las canciones y juegos infantiles— fue el primer obispo de esta parte de la Iglesia.

No se conoce nada anterior a su muerte. Todo lo que nos ha llegado es producto del deseo de ejemplarizar rellenando con la imaginación y la fantasía lo que la historia no es capaz de decir. A partir de unos relatos probables se suman otros y otros más que lo van adornando como descendiente de familia romana — el nombre es diminutivo del dios romano Saturno— culta, adinerada, noble e incluso regia hasta llegar a las afirmaciones de Cesareo de Arlés que, nada respetuoso con la cronología, lo presenta candorosamente como oriundo de Oriente, uno más de los discípulos del Señor, bautizado por Juan Bautista, presente en la última Cena y en Pentecostés. Ciertamente es el comienzo de la literatura legendaria.

Lo que consta es que la figura está enmarcada en el siglo III, en tiempos de la dominación romana, después de haberse publicado, en el año 250, los edictos persecutorios de Decio, cuando la zona geográfica de Tolosa cuenta con una pequeña comunidad cristiana pastoreada por el obispo Saturnino que por no caer en idolatría, quemando incienso a los dioses, sufre el martirio de una manera suficientemente cruel para que el hecho trascienda los límites locales y la figura del mártir comience a recibir culto en el interior de las Galias, en la ribera mediterránea y pase también los Pirineos hacia España.

En tiempos posteriores, facilita la extensión de esta devoción el hecho de que el reino visigodo se prolongue hasta España lo que conlleva el transporte de datos culturales; también el peregrinaje desde toda Europa a la tumba el Apóstol Santiago en Compostela hace que los andariegos regresen expandiendo hacia el continente la devoción saturniniana, al ser Tolosa un punto de referencia clásico en las peregrinaciones, y con ello los peregrinos entran en contacto con las reliquias del mártir.

El martirologio romano hace su relación escueta en estos términos: “En Tolosa, en tiempo de Decio, San Saturnino, obispo, fue detenido por los paganos en el Capitolio de esta villa y arrojado desde lo alto de las gradas. Así, rota su cabeza, esparcido el cerebro, magullado el cuerpo, entregó su digna alma a Cristo”.

Los relatos siguientes lo presentan atado con cuerdas a un toro que estaba dispuesto para ser sacrificado y que lo arrastra hasta dejarlo muerto y destrozado. Dos valientes cristianas —Les Saintes-Puelles— recogen su cuerpo y lo entierran cerca de la ruta de Aquitania.

El obispo Hilario hizo construir sobre la tumba de su antecesor una pequeña basílica que reformó san Exuperio en el siglo V y que destruyeron los sarracenos en el 711. Edificada lentamente durante el siglo XI, la consagró el papa Urbano II el año 1096 para que, en el 1258, el obispo Raimundo de Falgar depositara en su coro los restos de san Saturnino.

(http://www.es.catholic.net/santoral/articulo.php?id=737)

28 noviembre, 2013

Santa Catalina Labouré

 

Oh, Santa Catalina Labouré, vos, sois
 la hija del Dios de la vida, su amada
 santa, y además aquella mujer que,
 la suerte tuvo, de ver y charlar con
 la Santa Madre del Redentor, y, sois
 también, a la que pidió, que vos,
 hicieseis la “Medalla Milagrosa”, que
 tantos milagros ha concedido desde
 vuestro tiempo hasta el nuestro. “Esos
 rayos que no caen a la tierra representan
 los muchos favores y gracias que yo
 quisiera conceder a las personas, pero
 se quedan sin ser concedidos porque
 las gentes no los piden”. “Muchas gracias
 y ayudas celestiales no se obtienen porque
 no se piden”. Así, os dijo la Santa
 Madre de Dios. Y, vos, a su tiempo,
 y después de elaborar la milagrosa
 medalla, vuestra alma al Padre, disteis
 para coronada ser, con corona de luz,
 como premio por vuestro amor y entrega.
 “Oh María sin pecado concebida, ruega
 por nosotros que recurrimos a Ti”,
 Santa Madre de Dios y Señora Nuestra;
 Oh, Santa Catalina Labouré, “paz y luz”.


© 2013by Luis Ernesto Chacón Delgado
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28 de Noviembre
 Santa Catalina Labouré
 Religiosa
 Año 1876


“Oh María sin pecado concebida: Ruega por nosotros que recurrimos a Ti”.


Esta fue la santa que tuvo el honor de que la Sma. Virgen se le apareciera para recomendarle que hiciera la Medalla Milagrosa.

Nació en Francia, de una familia campesina, en 1806. Al quedar huérfana de madre a los 8 años le encomendó a la Sma. Virgen que le sirviera de madre, y la Madre de Dios le aceptó su petición.

Como su hermana mayor se fue de monja vicentina, Catalina tuvo que quedarse al frente de los trabajos de la cocina y del lavadero en la casa de su padre, y por esto no pudo aprender a leer ni a escribir.


A los 14 años pidió a su papá que le permitiera irse de religiosa a un convento pero él, que la necesitaba para atender los muchos oficios de la casa, no se lo permitió. Ella le pedía a Nuestro Señor que le concediera lo que tanto deseaba: ser religiosa. Y una noche vio en sueños a un anciano sacerdote que le decía: “Un día me ayudarás a cuidar a los enfermos”. La imagen de ese sacerdote se le quedó grabada para siempre en la memoria.

Al fin, a los 24 años, logró que su padre la dejara ir a visitar a la hermana religiosa, y al llegar a la sala del convento vio allí el retrato de San Vicente de Paúl y se dió cuenta de que ese era el sacerdote que había visto en sueños y que la había invitado a ayudarle a cuidar enfermos. Desde ese día se propuso ser hermana vicentina, y tanto insistió que al fin fue aceptada en la comunidad.

Siendo Catalina una joven monjita, tuvo unas apariciones que la han hecho célebre en toda la Iglesia. En la primera, una noche estando en el dormitorio sintió que un hermoso niño la invitaba a ir a la capilla. Lo siguió hasta allá y él la llevó ante la imagen de la Virgen Santísima. Nuestra Señora le comunicó esa noche varias cosas futuras que iban a suceder en la Iglesia Católica y le recomendó que el mes de Mayo fuera celebrado con mayor fervor en honor de la Madre de Dios. Catalina creyó siempre que el niño que la había guiado era su ángel de la guarda.


Pero la aparición más famosa fue la del 27 de noviembre de 1830. Estando por la noche en la capilla, de pronto vio que la Sma. Virgen se le aparecía totalmente resplandeciente, derramando de sus manos hermosos rayos de luz hacia la tierra. Y le encomendó que hiciera una imagen de Nuestra Señora así como se le había aparecido y que mandara hacer una medalla que tuviera por un lado las iniciales de la Virgen MA, y una cruz, con esta frase “Oh María, sin pecado concebida, ruega por nosotros que recurrimos a Ti”. Y le prometió ayudas muy especiales para quienes lleven esta medalla y recen esa oración.

Catalina le contó a su confesor esta aparición, pero él no le creyó. Sin embargo el sacerdote empezó a darse cuenta de que esta monjita era sumamente santa, y se fue donde el Sr. Arzobispo a consultarle el caso. El Sr. Arzobispo le dio permiso para que hicieran las medallas, y entonces empezaron los milagros.
Las gentes empezaron a darse cuenta de que los que llevaban la medalla con devoción y rezaban la oración “Oh María sin pecado concebida, ruega por nosotros que recurrimos a Ti”, conseguían favores formidables, y todo el mundo comenzó a pedir la medalla y a llevarla. Hasta el emperador de Francia la llevaba y sus altos empleados también.

En París había un masón muy alejado de la religión. La hija de este hombre obtuvo que él aceptara colocarse al cuello la Medalla de la Virgen Milagrosa, y al poco tiempo el masón pidió que lo visitara un sacerdote, renunció a sus errores masónicos y terminó sus días como creyente católico.

Catalina le preguntó a la Sma. Virgen por qué de los rayos luminosos que salen de sus manos, algunos quedan como cortados y no caen en la tierra. Ella le respondió: “Esos rayos que no caen a la tierra representan los muchos favores y gracias que yo quisiera conceder a las personas, pero se quedan sin ser concedidos porque las gentes no los piden”. Y añadió: “Muchas gracias y ayudas celestiales no se obtienen porque no se piden”.


Después de las apariciones de la Sma. Virgen, la joven Catalina vivió el resto de sus años como una cenicienta escondida y desconocida de todos. Muchísimas personas fueron informadas de las apariciones y mensajes que la Virgen Milagrosa hizo en 1830. Ya en 1836 se habían repartido más de 130,000 medallas. El Padre Aladel, confesor de la santa, publicó un librito narrando lo que la Virgen Santísima había venido a decir y prometer, pero sin revelar el nombre de la monjita que había recibido estos mensajes, porque ella le había hecho prometer que no diría a quién se le había aparecido. Y así mientras esta devoción se propagaba por todas partes, Catalina seguía en el convento barriendo, lavando, cuidando las gallinas y haciendo de enfermera, como la más humilde e ignorada de todas las hermanitas, y recibiendo frecuentemente maltratos y humillaciones.

En 1842 sucedió un caso que hizo mucho más popular la Medalla Milagrosa y sucedió de la siguiente manera: el rico judío Ratisbona, fue hospedado muy amablemente por una familia católica en Roma, la cual como único pago de sus muchas atenciones, le pidió que llevara por un tiempo al cuello la medalla de la Virgen Milagrosa. Él aceptó esto como un detalle de cariño hacia sus amigos, y se fue a visitar como turista el templo, y allí de pronto frente a un altar de Nuestra Señora vio que se le aparecía la Virgen Santísima y le sonreía. Con esto le bastó para convertirse al catolicismo y dedicar todo el resto de su vida a propagar la religión católica y la devoción a la Madre de Dios. Esta admirable conversión fue conocida y admirada en todo el mundo y contribuyó a que miles y miles de personas empezaran a llevar también la Medalla de Nuestra Señora (lo que consigue favores de Dios no es la medalla, que es un metal muerto, sino nuestra fe y la demostración de cariño que le hacemos a la Virgen Santa, llevando su sagrada imagen).

Desde 1830, fecha de las apariciones, hasta 1876, fecha de su muerte, Catalina estuvo en el convento sin que nadie se le ocurriera que ella era a la que se le había aparecido la Virgen María para recomendarle la Medalla Milagrosa. En los últimos años obtuvo que se pusiera una imagen de la Virgen Milagrosa en el sitio donde se le había aparecido (y al verla, aunque es una imagen hermosa, ella exclamó: “Oh, la Virgencita es muchísimo más hermosa que esta imagen”).

Al fin, ocho meses antes de su muerte, fallecido ya su antiguo confesor, Catalina le contó a su nueva superiora todas las apariciones con todo detalle y se supo quién era la afortunada que había visto y oído a la Virgen. Por eso cuando ella murió, todo el pueblo se volcó a sus funerales (quien se humilla será enaltecido).

Poco tiempo después de la muerte de Catalina, fue llevado un niño de 11 años, inválido de nacimiento, y al acercarlo al sepulcro de la santa, quedó instantáneamente curado. En 1947 el santo Padre Pío XII declaró santa a Catalina Labouré, y con esa declaración quedó también confirmado que lo que ella contó acerca de las apariciones de la Virgen sí era Verdad.
(http://www.ewtn.com/spanish/Saints/Catalina_Labouré.htm
)

27 noviembre, 2013

La Virgen de la Medalla Milagrosa


Oh, María, Virgen de la Medalla Milagrosa,
Vos, que os aparecisteis a Santa Catalina
Labouré, humilde religiosa vicentina vuestra,
toda vestida de blanco, y sobre un globo
reluciente sobre el cual la Cruz estaba,
Vos, Señora Nuestra, abristeis vuestras
santas manos y de vuestros dedos brillantes,
rayos luminosos salieron, que descendían
hacia la tierra, vuestra voz, habló a vuestra
sierva así: “Este globo que has visto es el
mundo entero donde viven mis hijos. Estos
rayos luminosos son las gracias y bendiciones
que yo expando sobre todos aquellos que
me invocan como Madre. Me siento tan
contenta al poder ayudar a los hijos que
me imploran protección. ¡Pero hay tantos
que no me invocan jamás! Y muchos de estos
rayos preciosos quedan perdidos, porque
pocas veces me rezan”. Y luego, de milagro,
de Vuestra cabeza una aureola se formó
con estas palabras: “Oh María sin pecado
concebida, ruega por nosotros que recurrimos
a Ti”. Y luego, una voz se oyó diciendo: “Hay
que hacer una medalla semejante a esto que
estas viendo. Todas las personas que la lleven,
sentirán la protección de la Virgen”. Y,
de seguido una “M” apareció, sobre la “M”
una Cruz, y debajo los corazones de Jesús
y María. Y así, Señora Nuestra, nos dejasteis
Vuestra “Medalla Milagrosa”. Y, el Arzobispo
de París, fabricar permitió la medalla y llovieron 
a raudales los milagros de Dios, por nuestra fe 
y la demostración de cariño que os hacemos,
Virgen Santa, sin pecado concebida, llevándola
en nuestro pecho, junto al corazón que es amor;
Oh, María, Virgen de la Medalla Milagrosa.

© 2013 by Luis Ernesto Chacón Delgado
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27 de Noviembre
La Virgen de la Medalla Milagrosa

El 27 de noviembre de 1830 la Virgen Santísima se apareció a Santa Catalina Labouré, humilde religiosa vicentina, y se le apareció de esta manera: La Virgen venía vestida de blanco. Junto a Ella había un globo luciente sobre el cual estaba la cruz. Nuestra Señora abrió sus manos y de sus dedos fulgentes salieron rayos luminosos que descendieron hacia la tierra. María Santísima dijo entonces a Sor Catalina:

“Este globo que has visto es el mundo entero donde viven mis hijos. Estos rayos luminosos son las gracias y bendiciones que yo expando sobre todos aquellos que me invocan como Madre. Me siento tan contenta al poder ayudar a los hijos que me imploran protección. ¡Pero hay tantos que no me invocan jamás! Y muchos de estos rayos preciosos quedan perdidos, porque pocas veces me rezan”.

Entonces alrededor de la cabeza de la Virgen se formó un círculo o una aureola con estas palabras: “Oh María sin pecado concebida, ruega por nosotros que recurrimos a Ti”. Y una voz dijo a Catalina: “Hay que hacer una medalla semejante a esto que estas viendo. Todas las personas que la lleven, sentirán la protección de la Virgen”, y apareció una M, sobre la M una cruz, y debajo los corazones de Jesús y María. Es lo que hoy está en la Medalla Milagrosa.

El Arzobispo de París permitió fabricar la medalla tal cual había aparecido en la visión, y al poco tiempo empezaron los milagros. (lo que consigue favores de Dios no es la medalla, que es un metal muerto, sino nuestra fe y la demostración de cariño que le hacemos a la Virgen Santa, llevando su sagrada imagen).

(http://www.ewtn.com/spanish/Saints/Virgen_de_la_Medalla_Milagrosa.htm)