08 agosto, 2014

Santo Domingo de Guzmán



Oh, Santo Domingo de Guzmán; vos, sois el hijo del Dios 
de la vida, su amado santo y el asceta de Cristo, Señor y Dios
Nuestro, porque, con vuestra vida, vuestro amor y entrega, os
negasteis a vos mismo, para, en los más desvalidos y pobres crecer
de vuestro tiempo. Y, de aquél abrazo con San Francisco y sus estigmas,
huellas de amor verdadero dejasteis: “No puede ser que Cristo
sufra hambre en los pobres, mientras yo guarde en mi casa algo
con lo cual podía socorrerlos”. A a menudo decíais vos. Vuestras
armas para convertir: la oración, la paciencia, la penitencia,
y horas incontables para instruir a los ignorantes en religión
eran. A vuestros detractores os decíais: “Inútil es, tratar
de convertir a la gente con la violencia. La oración hace más
efecto que todas las armas guerreras. No crean que los oyentes
se van a conmover y a volver mejores por que nos ven muy vestidos
elegantemente. En cambio con la humildad sí se ganan los corazones”.
¿Cuál pues sería vuestro destino final? Sólo uno: el mismo cielo,
porque lo habíais ganado. “Que todos los ángeles y santos salgan
a recibiros”. Decían vuestros compañeros. Y, vos, moribundo
añadíais: “¡Qué hermoso, qué hermoso!”. Y, volasteis para recibir,
justo premio: corona de luz. “Consagrado al Señor” eternamente,
y, santo fundador de los Padres Dominicos, que alumbran los rincones
del orbe de nuestra tierra. ¡San Francisco y Santo Domingo!¡ Santo
Domingo y San Francisco! Dos santos en uno, para el reino de Dios;
oh, Santo Domingo de Guzmán, “camino verdad y vida ¡aleluya!”

© 2014 by Luis Ernesto Chacón Delgado

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8 de Agosto
Santo Domingo de Guzmán

Fundador

Año 1221


Domingo significa: “Consagrado al Señor”.
El fundador de los Padres Dominicos, que son ahora 6,800 en 680 casas en el mundo, nació en Caleruega, España, en 1171. Su madre, Juana de Aza, era una mujer admirable en virtudes y ha sido declarada Beata. Lo educó en la más estricta formación religiosa.
A los 14 años se fue a vivir con un tío sacerdote en Palencia en cuya casa trabajaba y estudiaba. La gente decía que en edad era un jovencito pero que en seriedad parecía un anciano. Su goce especial era leer libros religiosos, y hacer caridad a los pobres. Por aquel tiempo vino por la región una gran hambre y las gentes suplicaban alguna ayuda para sobrevivir. Domingo repartió en su casa todo lo que tenía y hasta el mobiliario. Luego, cuando ya no le quedaba nada más con qué ayudar a los hambrientos, vendió lo que más amaba y apreciaba, sus libros (que en ese tiempo eran copiados a mano y costosísimos y muy difíciles de conseguir) y con el precio de la venta ayudó a los menesterosos. A quienes lo criticaban por este desprendimiento, les decía: “No puede ser que Cristo sufra hambre en los pobres, mientras yo guarde en mi casa algo con lo cual podía socorrerlos”.
En un viaje que hizo, acompañando a su obispo por el sur de Francia, se dio cuenta de que los herejes habían invadido regiones enteras y estaban haciendo un gran mal a las almas. Y el método que los misioneros católicos estaban empleando era totalmente inadecuado. Los predicadores llegaban en carruajes elegantes, con ayudantes y secretarios, y se hospedaban en los mejores hoteles, y su vida no era ciertamente un modelo de la mejor santidad. Y así de esa manera las conversiones de herejes que conseguían, eran mínimas. Domingo se propuso un modo de misionar totalmente diferente.
Vio que a las gentes les impresionaba que el misionero fuera pobre como el pueblo. Que viviera una vida de verdadero buen ejemplo en todo. Y que se dedicara con todas sus energías a enseñarles la verdadera religión. Se consiguió un grupo de compañeros y con una vida de total pobreza, y con una santidad de conducta impresionante, empezaron a evangelizar con grandes éxitos apostólicos.
Sus armas para convertir eran la oración, la paciencia, la penitencia, y muchas horas dedicadas a instruir a los ignorantes en religión. Cuando algunos católicos trataron de acabar con los herejes por medio de las armas, o de atemorizarlos para que se convirtieran, les dijo: “Es inútil tratar de convertir a la gente con la violencia. La oración hace más efecto que todas las armas guerreras. No crean que los oyentes se van a conmover y a volver mejores por que nos ven muy elegantemente vestidos. En cambio con la humildad sí se ganan los corazones”.
Domingo llevaba ya diez años predicando al sur de Francia y convirtiendo herejes y enfervorizando católicos, y a su alrededor había reunido un grupo de predicadores que él mismo había ido organizando e instruyendo de la mejor manera posible. Entonces pensó en formar con ellos una comunidad de religiosos, y acompañado de su obispo consultó al Sumo Pontífice Inocencio III. Al principio el Pontífice estaba dudoso de si conceder o no el permiso para fundar la nueva comunidad religiosa. Pero dicen que en un sueño vio que el edificio de la Iglesia estaba ladeándose y con peligro de venirse abajo y que llegaban dos hombres, Santo Domingo y San Francisco, y le ponían el hombro y lo volvían a levantar. Después de esa visión ya el Papa no tuvo dudas en que sí debía aprobar las ideas de nuestro santo.
Y cuentan las antiguas tradiciones que Santo Domingo vio en sueños que la ira de Dios iba a enviar castigos sobre el mundo, pero que la Virgen Santísima señalaba a dos hombres que con sus obras iban a interceder ante Dios y lo calmaban. El uno era Domingo y el otro era un desconocido, vestido casi como un pordiosero. Y al día siguiente estando orando en el templo vio llegar al que vestía como un mendigo, y era nada menos que San Francisco de Asís. Nuestro santo lo abrazó y le dijo: “Los dos tenemos que trabajar muy unidos, para conseguir el Reino de Dios”. Y desde hace siglos ha existido la bella costumbre de que cada año, el día de la fiesta de San Francisco, los Padres dominicos van a los conventos de los franciscanos y celebran con ellos muy fraternalmente la fiesta, y el día de la fiesta de Santo Domingo, los padres franciscanos van a los conventos de los dominicos y hacen juntos una alegre celebración de buenos hermanos.
En agosto de 1216 fundó Santo Domingo su Comunidad de predicadores, con 16 compañeros que lo querían y le obedecían como al mejor de los padres. Ocho eran franceses, siete españoles y uno inglés. Los preparó de la mejor manera que le fue posible y los envió a predicar, y la nueva comunidad tuvo una bendición de Dios tan grande que a los pocos años ya los conventos de los dominicos eran más de setenta, y se hicieron famosos en las grandes universidades, especialmente en la de París y en la de Bolonia.
El gran fundador le dio a sus religiosos unas normas que les han hecho un bien inmenso por muchos siglos. Por ejemplo estas:
*Primero contemplar, y después enseñar. O sea: antes dedicar mucho tiempo y muchos esfuerzos a estudiar y meditar las enseñanzas de Jesucristo y de su Iglesia, y después sí dedicarse a predicar con todo el entusiasmo posible.
*Predicar siempre y en todas partes. Santo Domingo quiere que el oficio principalísimo de sus religiosos sea predicar, catequizar, tratar de propagar las enseñanzas católicas por todos los medios posibles. Y él mismo daba el ejemplo: donde quiera que llegaba empleaba la mayor parte de su tiempo en predicar y enseñar catecismo.
La experiencia le había demostrado que las almas se ganan con la caridad. Por eso todos los días pedía a Nuestro Señor la gracia de crecer en el amor hacia Dios y en la caridad hacia los demás y tener un gran deseo de salvar almas. Esto mismo recomendaba a sus discípulos que pidieran a Dios constantemente.
Los santos han dominado su cuerpo con unas mortificaciones que en muchos casos son más para admirar que para imitar. Recordemos algunas de las que hacía este hombre de Dios.
Cada año hacía varias cuaresmas, o sea, pasaba varias temporadas de a 40 días ayunando a pan y agua. Siempre dormía sobre duras tablas.
Caminaba descalzo por caminos irisados de piedras y por senderos cubiertos de nieve. No se colocaba nada en la cabeza ni para defenderse del sol, ni para guarecerse contra los aguaceros.
Soportaba los más terribles insultos sin responder ni una sola palabra.
Cuando llegaban de un viaje empapados por los terribles aguaceros mientras los demás se iban junto al fuego a calentarse un poco, el santo se iba al templo a rezar.
Un día en que por venganza los enemigos los hicieron caminar descalzos por un camino con demasiadas piedrecitas afiladas, el santo exclamaba: “la próxima predicación tendrá grandes frutos, porque los hemos ganado con estos sufrimientos”. Y así sucedió en verdad.
Sufría de muchas enfermedades, pero sin embargo seguía predicando y enseñando catecismo sin cansarse ni demostrar desánimo.
Era el hombre de la alegría, y del buen humor. La gente lo veía siempre con rostro alegre, gozoso y amable. Sus compañeros decían: “De día nadie más comunicativo y alegre. De noche, nadie más dedicado a la oración y a la meditación”. Pasaba noches enteras en oración. Era de pocas palabras cuando se hablaba de temas mundanos, pero cuando había que hablar de Nuestro Señor y de temas religiosos entonces sí que charlaba con verdadero entusiasmo.
Sus libros favoritos eran el Evangelio de San Mateo y las Cartas de San Pablo. Siempre los llevaba consigo para leerlos día por día y prácticamente se los sabía de memoria. A sus discípulos les recomendaba que no pasaran ningún día sin leer alguna página del Nuevo Testamento o del Antiguo.
Los que trataron con él afirmaban que estaban seguros de que este santo conservó siempre la inocencia bautismal y que no cometió jamás un pecado grave. Totalmente desgastado de tanto trabajar y sacrificarse por el Reino de Dios a principios de agosto del año 1221 se sintió falto de fuerzas, estando en Bolonia, la ciudad donde había vivido sus últimos años. Tuvieron que prestarle un colchón porque no tenía. Y el 6 de agosto de 1221, mientras le rezaban las oraciones por los agonizantes cuando le decían: “Que todos los ángeles y santos salgan a recibirte”, dijo: “¡Qué hermoso, qué hermoso!” y expiró.
A los 13 años de haber muerto, el Sumo Pontífice lo declaró santo y exclamó al proclamar el decreto de su canonización: “De la santidad de este hombre estoy tan seguro, como de la santidad de San Pedro y San Pablo”.

07 agosto, 2014

San Sixto II, Papa



Oh, San Sixto Papa, vos, sois el hijo del Dios
de la vida y su amado santo, que, mostrasteis siempre,
vuestro carácter de amor y de bondad. Actuabais también
como mediador de discordias de la Iglesia de vuestro
tiempo de manera acertada. En práctica pusisteis, la
romana norma de no re bautizar a los herejes e impíos.
Con el amor que os envolvía, los restos de San Pedro
y San Pablo, trasladasteis a su morada eterna.
Persecución y luego la muerte sufristeis, por parte
de los herejes, que, os obligaban a honores rendir,
a paganos dioses. Un día, en que celebrabais la liturgia
junto a vuestro pueblo en un cementerio, capturado
por una banda de soldados y posteriormente decapitado
sin juicio sumario alguno fuisteis, junto a vuestros
amados diáconos Januarius, Vincentius, Magnus, Stephanus,
Felicissimus y Agapitus. Así, de cruenta manera, vuestra
santa vida terminó, volando vuestra alma al cielo
para coronada ser con corona de luz y de eternidad,
como premio justo a vuestra fidelidad y entrega de amor;
oh, San Sixto Papa, “luz, camino, verdad y vida”.


© 2014 by Luis Ernesto Chacón Delgado
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7 de Agosto
San Sixto II
Papa y mártir +258


Según el “Liber Pontificalis”, es de origen griego. Elegido el 31 de agosto, fue ordenado obispo de Roma el año 257.
 
De carácter bondadoso, solucionó las discordias que habían atormentado la Iglesia durante el reinado de Cornelio, Lucio y Esteban. Estableció la práctica romana de no re-bautizar a los herejes.
 
Efectuó la traslación de los restos de San Pedro y San Pablo. Durante el martirio de Cipriano empezó a pronunciarse la exclamación “Deo Grazias”.
 
Poco antes de su pontificado el emperador Valerio decretó un edicto que obligaba a los cristianos a participar en el culto nacional a los dioses paganos y les prohibía reunirse en los cementerios, amenazándolos con exilio o muerte. En agosto del 258 se recrudeció la persecución. Ver: Testimonio de S.Cipriano. Los obispos, sacerdotes y diáconos eran perseguidos a muerte.
 
Sixto II fue una de las primeras víctimas del edicto (“Xistum in cimiterio animadversum sciatis VIII. id. Augusti et cum eo diacones quattuor”—Cipriano, Ep. lxxx). Para escapar la vigilancia de las fuerzas imperiales, Sixto reunió a su pueblo el 6 de agosto en uno de los cementerios menos conocidos (Prætextatus), junto a la Vía Appia. Mientras celebraba la sagrada liturgia fue de repente arrestado por una banda de soldados y decapitado junto con cuatro de sus diáconos: Januarius, Vincentius, Magnus y Stephanus. Dos otros diáconos, Felicissimus y Agapitus fueron ejecutados el mismo día.
 
Murió el 6 de agosto, 258. Los cristianos transfirieron su cuerpo a la cripta papal en el cementerio de San Calixto.

(http://www.corazones.org/santos/sixto_papa.htm )

06 agosto, 2014

La Transfiguración del Señor

 
 
 
¡Oh!, Divino Cristo Transfigurado, Vos,
sois, el Amadísimo Hijo del Dios Padre, y que,
vuestra Pasión y Muerte mostrasteis, antes
de que ellas sucedieran. De testigos a Pedro,
Santiago y Juan, quienes os Vieron en toda
vuestra gloria, pues, mientras orabais,
Vuestro cuerpo, se transfiguró y vuestros
vestidos más blancos que la nieve, y vuestro
rostro, resplandeciente más que el sol. Y,
en medio se aparecieron Moisés, por la Ley;
y Elías, por los profetas; que se alegraron,
porque sois Vos, el enviado del Dios eterno,
para, al mundo salvar y, del pecado librarlo.
Emocionado Pedro, os dijo: “Señor, que os
parece, si hacemos aquí tres campamentos,
uno para Vos, otro para Moisés y otro para Elías”.
Y, en seguida, los envolvió una nube, y se oyó,
la Voz de Vuestro Padre, que decía: “Este
es mi Hijo muy amado, escuchadle”. Su voz,
se ha oído, se oye, y se seguirá oyendo en medio
de la negación de Dios y del bullicio material
de este mundo, hasta el fin de los tiempos
transfigurando los corazones de quienes,
escuchan su Voz y ponen en práctica su mensaje;
¡oh!, Divino Cristo, Transfigurado, “Dios vivo”.
 
© 2014 by Luis Ernesto Chacón Delgado
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6 de Agosto
La Transfiguración del Señor
 
Señor Jesús: transfigúranos también a nosotros en nuevas creaturas, totalmente agradables al Padre Dios.
 
Narra el santo Evangelio (Lc. 9, Mc. 6, Mt. 10) que unas semanas antes de su Pasión y Muerte, subió Jesús a un monte a orar, llevando consigo a sus tres discípulos predilectos, Pedro, Santiago y Juan. Y mientras oraba, su cuerpo se transfiguró. Sus vestidos se volvieron más blancos que la nieve,y su rostro más resplandeciente que el sol. Y se aparecieron Moisés y Elías y hablaban con El acerca de lo que le iba a suceder próximamente en Jerusalén.
 
Pedro, muy emocionado exclamó: -Señor, si te parece, hacemos aquí tres campamentos, uno para Ti, otro para Moisés y otro para Elías. Pero en seguida los envolvió una nube y se oyó una voz del cielo que decía: “Este es mi Hijo muy amado, escuchadlo”.
 
El Señor llevó consigo a los tres apóstoles que más le demostraban su amor y su fidelidad. Pedro que era el que más trabajaba por Jesús; Juan, el que tenía el alma más pura y más sin pecado; Santiago, el más atrevido y arriesgado en declararse amigo del Señor, y que sería el primer apóstol en derramar su sangre por nuestra religión. Jesús no invitó a todos los apóstoles, por no llevar a Judas, que no se merecía esta visión. Los que viven en pecado no reciben muchos favores que Dios concede a los que le permanecen fieles.
 
Eso sigue sucediendo a las personas que rezan con fervor. La oración les transfigura y embellece el alma y les vuelve mucho más agradables a Dios. Dos personas muy famosas del Antiguo Testamento; Moisés en nombre de la Ley, y Elías en nombre de los profetas, venían a respaldar y felicitar a Jesucristo y a proclamar que El es el enviado de Dios para salvar al mundo.
 
Es un elogio hermosísimo hecho por el Padre Dios, acerca de Jesucristo. Es su Hijo Unico. Es amadísimo por Dios, y es preferido por El a todos los demás seres que existen. Verdaderamente merece nuestro amor este Redentor tan amado por su Padre que es Dios.
 

05 agosto, 2014

Dedicación de la basílica de Santa María

 
 
¡Oh!, Dedicación de la basílica de Santa María,
que alzada fuisteis en el monte Esquilino, y que,
el santo padre, Papa Sixto III, al pueblo de Dios
ofreció como recuerdo del Concilio de Efeso,
en el que, María Virgen, saludada fue como
Madre de Dios. Y, para alegría nuestra y luego
de él, se proclamó para la posteridad, como
escrito estaba, su Materna Divinidad. “Santa
María de las Nieves”, también se llama, porque
el sitio donde había de construirse, señalado
quedó, de milagroso modo, con fuerte nevada
en pleno verano, para asombro de los hombres.
Desde entonces, sois la iglesia más antigua
Dedicada en Occidente a Nuestra Señora, y
uno de los templos admirados y de Mística llenos
en Roma y de toda la cristiandad de la tierra;
¡oh!, Dedicación de la Basílica de Santa María.
 
© 2012 by Luis Ernesto Chacón Delgado
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Señora Nuestra de las Nieves
 
¡Oh!, Señora Nuestra de las Nieves:
¿Qué es blanco y más, que la misma
nieve que no cega, pero que alegra
el alma, con amor y paz divinos?.
 
Adivinar no quiere mi alma y es mejor
decir con fe segura, que Sois Vos, ¡María!;
Madre del Dios vivo, y Madre mía.
 
A vos pues, blancura inimaginable,
más blanca y más perfecta; Señora y
Madre mía; os ofrezco esta poesía,
¡Oh!, Señora Nuestra de las Nieves.
 
© 2012 by Luis Ernesto Chacón Delgado
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5 de Agosto
Dedicación de la Basílica de Santa María
Llamada También Santa María de las Nieves
Santa María La Mayor
 
Dedicación de la basílica de Santa María, en Roma, construida en el monte Esquilino, que el Papa Sixto III ofreció al pueblo de Dios como recuerdo del Concilio de Efeso, en el que la Virgen María fue saludada como Madre de Dios (c. 434).
 
Una vez que el Concilio de Éfeso, en el año 431, proclamó la maternidad divina de María, el Papa Sixto III erigió en Roma, sobre el monte Esquilino, una basílica dedicada a la Santa Madre de Dios. Recibe también el nombre de Santa María de las Nieves porque el sitio donde había de construirse quedó señalado de modo milagroso con una fuerte nevada en pleno verano.
 
Es la iglesia más antigua dedicada en Occidente a la Virgen María y uno de los templos más visitados de Roma y de toda la cristiandad.
 

04 agosto, 2014

San Juan María Vianey

 
 
Oh, San Juan María Vianey, vos sois el hijo del Dios
de la vida y, su amado santo llamado “el santo Cura
de Ars”, pues en vos se ha cumplido, lo que San Pablo
dijo: “Dios ha escogido lo que no vale a los ojos
del mundo, para confundir a los grandes”. Vuestra
primera comunión la hicisteis a los trece años
en una nocturna celebración, a escondidas, en un pajar.
Desde siempre deseabais sacerdote ser, aunque a
vuestro padre, no le interesaba que lo fuerais. Vos,
intentasteis estudiar en el seminario y vuestros maestros
decían de vos: “Es muy buena persona, pero no sirve
para estudiante. No se le queda nada”. Y os echaron.
Y, entonces vos, os fuisteis en peregrinaje, a la tumba
de San Francisco Regis, para pedirle su ayuda para poder
estudiar. Y, recibido fuisteis por el Padre Balley,
en su seminario nuevo, demostrando buena conducta,
criterio y voluntad admirables, que el Padre, se dispuso
a haceros sacerdote, preparándoos por tres años, con
clases todos los días, y presentándoos a los exámenes,
con resultados inesperados. El Obispo de vuestra diócesis
preguntó: ¿El joven Vianey es de buena conducta? y
respondieron: “Es excelente persona. Es un modelo de
comportamiento. Es el seminarista menos sabio, pero el
más santo”. Y, el prelado dijo: “Pues si así es, que sea
ordenado de sacerdote, pues aunque le falte ciencia,
con tal de que tenga santidad, Dios suplirá lo demás”.
Y, os ordenaron de sacerdote. Algunos colegas llenos
de envidia dijeron de vos: “El Sr. Obispo lo ordenó de
sacerdote, pero ahora se va a encantar con él, porque
¿a dónde lo va a enviar, para que haga un buen papel?”.
Y os tocó una parroquia pobre e infeliz: Ars, de cantinas
lleno. Y, allí estuvisteis de párroco, durante cuarenta
y un años. Vuestro método: Rezar mucho, sacrificarse
lo más posible, y hablar fuerte y duro. Os dedicasteis
horas y horas a la oración ante el Santísimo Sacramento
en el altar, realizasteis increíbles penitencias para
convertirlos, enfocasteis vuestros sermones contra los
vicios de vuestros feligreses. Un día el Obispo, un visitador
envió a oír vuestros sermones. A su vuelta, el prelado
preguntó: “¿Tienen algún defecto los sermones del Padre
Vianey? – Sí, Monseñor: Tiene tres defectos. Primero,
son muy largos. Segundo, son muy duros y fuertes. Tercero,
siempre habla de los mismos temas: los pecados, los vicios,
la muerte, el juicio, el infierno y el cielo”. – ¿Y
tienen también alguna cualidad estos sermones? – pregunta
Monseñor-. “Si, tienen una cualidad, y es que los oyentes
se conmueven, se convierten y empiezan una vida más santa
de la que llevaban antes”. “Por esa última cualidad
se le pueden perdonar al Párroco de Ars los otros tres
defectos”. Concluye el Obispo. Leíais y estudiabais, más
de tres horas para, el sermón del Domingo, luego escribíais,
durante otras tres o más horas Paseabais por el campo
recitándole vuestro sermón a los árboles y al ganado,
para tratar de aprenderlo. Luego os arrodillabais por
horas y horas ante el Santísimo Sacramento en el altar,
encomendando al Señor lo que ibais a decir al pueblo. El
diablo, os atacaba sin compasión. Os derribaba de la cama
y hasta trata de quemar vuestra habitación. Os despierta
con espantosos ruidos. Una vez os gritó: “Faldinegro odiado.
Agradézcale a esa que llaman Virgen María, y si no ya me
lo habría llevado al abismo”. Vos decíais: “Con el patas
hemos tenido ya tantos encuentros que ahora parecemos dos
compinches”. Y, vos, no dejabais de quitarle almas y más
almas a Satanás. Pasabais doce horas diarias en el confesionario
durante el invierno y diez y seis durante el verano.
Para confesarse con vos, había que separar turno con tres
días de anticipación. A las doce de la noche os levantabais,
luego hacíais sonar la campana de la torre, abríais la iglesia
y empezabais a confesar. A esa hora ya la fila de penitentes
era de más de una cuadra de larga. Confesabais hombres
hasta las seis de la mañana. Poco después de las seis
rezabais los salmos de vuestro devocionario y a prepararos
a la Santa Misa. A las siete celebrabais el Santo Oficio.
De ocho a once confesabais mujeres. A las once, una clase
de catecismo para todas las personas que estuvieran
en el templo. A las doce ibais a serviros un ligerísimo
almuerzo. Os bañabais, afeitabais, y os ibais a visitar
un instituto para jóvenes pobres que vos, costeabais
con las limosnas. Desde la una y media hasta las seis seguíais
confesando. Vuestros consejos en la confesión eran breves.
A muchos os leíais los pecados en su pensamiento y os
decíais los pecados que se les habían quedado sin decir.
Erais fuerte en combatir la borrachera y otros vicios.
En el confesionario sufríais mareos y a ratos parecíais
que se ibais a congelaros de frío en el invierno y en el
verano sudabais mucho. Decíais vos: “El confesionario
es el ataúd donde me han sepultado estando todavía vivo”.
Por la noche leíais un rato, y a las ocho os acostabais,
para de nuevo levantaros a las doce de la noche a seguir
confesando. Cuando llegasteis a Ars, la gente trabajaba
el domingo y cosechaba poco, pero con vos, lograsteis
poco a poco que nadie trabajara en los campos los domingos
y las cosechas se volvieron mucho mejores. Siempre os
creíais un miserable pecador. Jamás hablabais de vuestras
obras o éxitos obtenidos. A un hombre que os insultó
en la calle les escribisteis una carta perdón pidiéndole
por todo, como si vos, hubierais sido el ofensor. El
obispo os envió un distintivo elegante de canónigo y
nunca os lo quisisteis poner. El gobierno nacional os
concedió una condecoración y vos, no os la colocasteis.
Decíais con humor: “Es el colmo: el gobierno condecorando
a un cobarde que desertó del ejército”. Y, Dios os premió
vuestra humildad con admirables milagros. Y, así, y
luego de haber gastado vuestra santa vida en buena lid,
voló vuestra alma al cielo, para coronada ser con corona
de luz, como justo premio a vuestra entrega de amor y fe;
oh San Juan María Vianey, “Patrono de los Sacerdotes del mundo”. 
 
© 2014 by Luis Ernesto Chacón Delgado
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4 de Agosto
San Juan María Vianey
El Santo Cura de Ars
Párroco
Año 1859
 
Santo Cura de Ars: Pide a Dios que nos envíe siempre buenos párrocos como tú.
 
Uno de los santos más populares en los últimos tiempos ha sido San Juan Vianey, llamado el santo Cura de Ars. En él se ha cumplido lo que dijo San Pablo: “Dios ha escogido lo que no vale a los ojos del mundo, para confundir a los grandes”. Era un campesino de mente rústica, nacido en Dardilly, Francia, el 8 de mayo de 1786. Durante su infancia estalló la Revolución Francesa que persiguió ferozmente a la religión católica. Así que él y su familia, para poder asistir a misa tenían que hacerlo en celebraciones hechas a escondidas, donde los agentes del gobierno no se dieran cuenta, porque había pena de muerte para los que se atrevieran a practicar en público su religión. La primera comunión la hizo Juan María a los 13 años, en una celebración nocturna, a escondidas, en un pajar, a donde los campesinos llegaban con bultos de pasto, simulando que iban a alimentar sus ganados, pero el objeto de su viaje era asistir a la Santa Misa que celebraba un sacerdote, con grave peligro de muerte, si los sorprendían las autoridades.
 
Juan María deseaba ser sacerdote, pero a su padre no le interesaba perder este buen obrero que le cuidaba sus ovejas y le trabajaba en el campo. Además no era fácil conseguir seminarios en esos tiempos tan difíciles. Y como estaban en guerra, Napoléon mandó reclutar todos los muchachos mayores de 17 años y llevarlos al ejército. Y uno de los reclutados fue nuestro biografiado. Se lo llevaron para el cuartel, pero por el camino, por entrar a una iglesia a rezar, se perdió del grupo. Volvió a presentarse, pero en el viaje se enfermó y lo llevaron una noche al hospital y cuando al día siguiente se repuso ya los demás se habían ido. Las autoridades le ordenaron que se fuera por su cuenta a alcanzar a los otros, pero se encontró con un hombre que le dijo. “Sígame, que yo lo llevaré a donde debe ir”. Lo siguió y después de mucho caminar se dio cuenta de que el otro era un desertor que huía del ejército, y que se encontraban totalmente lejos del batallón.
 
Y al llegar a un pueblo, Juan María se fue a donde el alcalde a contarle su caso. La ley ordenaba pena de muerte a quien desertara del ejército. Pero el alcalde que era muy bondadoso escondió al joven en su casa, y lo puso a dormir en un pajar, y así estuvo trabajando escondido por bastante tiempo, cambiándose de nombre, y escondiéndose muy hondo entre el pasto seco, cada vez que pasaban por allí grupos del ejército. Al fin en 1810, cuando Juan llevaba 14 meses de desertor el emperador Napoleón dio un decreto perdonando la culpa a todos los que se habían fugado del ejército, y Vianey pudo volver otra vez a su hogar.
 
Trató de ir a estudiar al seminario pero su intelecto era romo y duro, y no lograba aprender nada. Los profesores exclamaban: “Es muy buena persona, pero no sirve para estudiante No se le queda nada”. Y lo echaron. Se fue en peregrinación de muchos días hasta la tumba de San Francisco Regis, viajando de limosna, para pedirle a ese santo su ayuda para poder estudiar. Con la peregrinación no logró volverse más inteligente, pero adquirió valor para no dejarse desanimar por las dificultades.
 
El Padre Balley había fundado por su cuenta un pequeño seminario y allí recibió a Vianey. Al principio el sacerdote se desanimaba al ver que a este pobre muchacho no se le quedaba nada de lo que él le enseñaba Pero su conducta era tan excelente, y su criterio y su buena voluntad tan admirables que el buen Padre Balley dispuso hacer lo posible y lo imposible por hacerlo llegar al sacerdocio.
 
Después de prepararlo por tres años, dándole clases todos los días, el Padre Balley lo presentó a exámenes en el seminario. Fracaso total. No fue capaz de responder a las preguntas que esos profesores tan sabios le iban haciendo. Resultado: negativa total a que fuera ordenado de sacerdote. Su gran benefactor, el Padre Balley, lo siguió instruyendo y lo llevó a donde sacerdotes santos y les pidió que examinaran si este joven estaba preparado para ser un buen sacerdote. Ellos se dieron cuenta de que tenía buen criterio, que sabía resolver problemas de conciencia, y que era seguro en sus apreciaciones en lo moral, y varios de ellos se fueron a recomendarlo al Sr. Obispo. El prelado al oír todas estas cosas les preguntó: ¿El joven Vianey es de buena conducta? – Ellos le repondieron: “Es excelente persona. Es un modelo de comportamiento. Es el seminarista menos sabio, pero el más santo” “Pues si así es – añadió el prelado – que sea ordenado de sacerdote, pues aunque le falte ciencia, con tal de que tenga santidad, Dios suplirá lo demás”.
 
Y así el 12 de agosto de 1815, fue ordenado sacerdote, este joven que parecía tener menos inteligencia de la necesaria para este oficio, y que luego llegó a ser el más famoso párroco de su siglo (4 días después de su ordenación, nació San Juan Bosco). Los primeros tres años los pasó como vicepárroco del Padre Balley, su gran amigo y admirador.
 
Unos curitas muy sabios habían dicho por burla: “El Sr. Obispo lo ordenó de sacerdote, pero ahora se va a encantar con él, porque ¿a dónde lo va a enviar, para que haga un buen papel?”. Y el 9 de febrero de 1818 fue envaido a la parroquia más pobre e infeliz. Se llamaba Ars. Tenía 370 habitantes. A misa los domingos no asistían sino un hombre y algunas mujeres. Su antecesor dejó escrito: “Las gentes de esta parroquia en lo único en que se diferecian de los ancianos, es en que … están bautizadas”. El pueblucho estaba lleno de cantinas y de bailaderos. Allí estará Juan Vianey de párroco durante 41 años, hasta su muerte, y lo transformará todo.
 
El nuevo Cura Párroco de Ars se propuso un método triple para cambiar a las gentes de su desarrapada parroquia:
-Rezar mucho.
-Sacrificarse lo más posible, y
-Hablar fuerte y duro.
 
¿Qué en Ars casi nadie iba a la Misa? Pues él reemplazaba esa falta de asistencia, dedicando horas y más horas a la oración ante el Santísimo Sacramento en el altar. ¿Qué el pueblo estaba lleno de cantinas y bailaderos? Pues el párroco se dedicó a las más impresionantes penitencias para convertirlos. Durante años solamente se alimentará cada día con unas pocas papas cocinadas.
 
Los lunes cocina una docena y media de papas, que le duran hasta el jueves. Y en ese día hará otro cocinado igual con lo cual se alimentará hasta el domingo. Es verdad que por las noches las cantinas y los bailaderos están repletos de gentes de su parroquia, pero también es verdad que él pasa muchas horas de cada noche rezando por ellos. ¿Y sus sermones? Ah, ahí si que enfoca toda la artillería de sus palabras contra los vicios de sus feligreses, y va demoliendo sin compasión todas las trampas con las que el diablo quiere perderlos.
 
Cuando el Padre Vianey empieza a volverse famoso muchas gentes se dedican a criticarlo. El Sr. Obispo envía un visitador a que oiga sus sermones, y le diga que cualidades y defectos tiene este predicador. El enviado vuelve trayendo noticias malas y buenas. El prelado le pregunta: “¿Tienen algún defecto los sermones del Padre Vianey? – Sí, Monseñor: Tiene tres defectos. Primero, son muy largos. Segundo, son muy duros y fuertes. Tercero, siempre habla de los mismos temas: los pecados, los vicios, la muerte, el juicio, el infierno y el cielo”. – ¿Y tienen también alguna cualidad estos sermones? – pregunta Monseñor-. “Si, tienen una cualidad, y es que los oyentes se conmueven, se convierten y empiezan una vida más santa de la que llevaban antes”.
 
El Obispo satisfecho y sonriente exclamó: “Por esa última cualidad se le pueden perdonar al Párroco de Ars los otros tres defectos”. Los primeros años de su sacerdocio, duraba tres o más horas leyendo y estudiando, para preparar su sermón del domingo. Luego escribía. Durante otras tres o más horas paseaba por el campo recitándole su sermón a los árboles y al ganado, para tratar de aprenderlo. Después se arrodillaba por horas y horas ante el Santísimo Sacramento en el altar, encomendándo al Señor lo que iba decir al pueblo. Y sucedió muchas veces que al empezar a predicar se le olvidaba todo lo que había preparado, pero lo que le decía al pueblo causaba impresionantes conversiones. Es que se había preparado bien antes de predicar.
 
Pocos santos han tenido que entablar luchas tan tremendas contra el demonio como San Juan Vianey. El diablo no podía ocultar su canalla rabia al ver cuantas almas le quitaba este curita tan sencillo. Y lo atacaba sin compasión. Lo derribaba de la cama. Y hasta trató de prenderle fuego a su habitación . Lo despertaba con ruidos espantosos. Una vez le gritó: “Faldinegro odiado. Agradézcale a esa que llaman Virgen María, y si no ya me lo habría llevado al abismo”.
 
Un día en una misión en un pueblo, varios sacerdotes jovenes dijeron que eso de las apariciones del demonio eran puros cuentos del Padre Vianey. El párroco los invitó a que fueran a dormir en el dormitorio donde iba a pasar la noche el famoso padrecito. Y cuando empezaron los tremendos ruidos y los espantos diabólicos, salieron todos huyendo en pijama hacia el patio y no se atrevieron a volver a entrar al dormitorio ni a volver a burlarse del santo cura. Pero él lo tomaba con toda calma y con humor y decía: “Con el patas hemos tenido ya tantos encuentros que ahora parecemos dos compinches”. Pero no dejaba de quitarle almas y más almas al maldito Satanás.
 
Cuando concedieron el permiso para que lo ordenaran sacerdote, escribieron: “Que sea sacerdote, pero que no lo pongan a confesar, porque no tiene ciencia para ese oficio”. Pues bien: ese fue su oficio durante toda la vida, y lo hizo mejor que los que sí tenían mucha ciencia e inteligencia. Porque en esto lo que vale son las iluminaciones del Espíritu Santo, y no nuestra vana ciencia que nos infla y nos llena de tonto orgullo.
 
Tenía que pasar 12 horas diarias en el confesionario durante el invierno y 16 durante el verano. Para confesarse con él había que apartar turno con tres días de anticipación. Y en el confesionario conseguía conversiones impresionantes. Desde 1830 hasta 1845 llegaron 300 personas cada día a Ars, de distintas regiones de Francia a confesarse con el humilde sacerdote Vianey. El último año de su vida los peregrinos que llegaron a Ars fueron 100 mil. Junto a la casa cural había varios hoteles donde se hospedaban los que iban a confesarse.
 
A las 12 de la noche se levantaba el santo sacerdote. Luego hacía sonar la campana de la torre, abría la iglesia y empezaba a confesar. A esa hora ya la fila de penitentes era de más de una cuadra de larga. Confesaba hombres hasta las seis de la mañana. Poco después de las seis empezaba a rezar los salmos de su devocionario y a prepararse a la Santa Misa. A las siete celebraba el santo oficio. En los últimos años el Obispo logró que a las ocho de la mañana se tomara una taza de leche.
 
De ocho a once confesaba mujeres. A las 11 daba una clase de catecismo para todas las personas que estuvieran ahí en el templo. Eran palabras muy sencillas que le hacían inmenso bien a los oyentes. A las doce iba a tomarse un ligerísimo almuerzo. Se bañaba, se afeitaba, y se iba a visitar un instituto para jóvenes pobres que él costeaba con las limosnas que la gente había traido. Por la calle la gente lo rodeaba con gran veneración y le hacían consultas.
 
De una y media hasta las seis seguía confesando. Sus consejos en la confesión eran muy breves. Pero a muchos les leía los pecados en su pensamiento y les decía los pecados que se les habían quedado sin decir. Era fuerte en combatir la borrachera y otros vicios. En el confesionario sufría mareos y a ratos le parecía que se iba a congelar de frío en el invierno y en verano sudaba copiosamente. Pero seguía confesando como si nada estuviera sufriendo. Decía: “El confesionario es el ataúd donde me han sepultado estando todavía vivo”. Pero ahí era donde conseguía sus grandes triunfos en favor de las almas.
 
Por la noche leía un rato, y a las ocho se acostaba, para de nuevo levantarse a las doce de la noche y seguir confesando. Cuando llegó a Ars solamente iba un hombre a misa. Cuando murió solamente había un hombre en Ars que no iba a misa. Se cerraron muchas cantinas y bailaderos.
 
En Ars todos se sentían santamente orgullosos de tener un párroco tan santo. Cuando él llegó a esa parroquia la gente trabajaba en domingo y cosechaba poco. Logró poco a poco que nadie trabajara en los campos los domingos y las cosechas se volvieron mucho mejores. Siempre se creía un miserable pecador. Jamás hablaba de sus obras o éxitos obtenidos. A un hombre que lo insultó en la calle le escribió una carta humildísima pidiendole perdón por todo, como si el hubiera sido quién hubiera ofendido al otro. El obispo le envió un distintivo elegante de canónigo y nunca se lo quiso poner. El gobierno nacional le concedió una condecoración y él no se la quiso colocar. Decía con humor: “Es el colmo: el gobierno condecorando a un cobarde que desertó del ejército”. Y Dios premió su humildad con admirables milagros. El 4 de agosto de 1859 pasó a recibir su premio en la eternidad.

(http://www.ewtn.com/spanish/Saints/juan_vianey_8_4.htm)

03 agosto, 2014

San Asprenato

 
 
Oh, San Asprenato, vos sois el hijo del Dios
de la vida y su amado santo, y Obispo, que
la dicha tuvisteis, de haber servido a Dios, por
veintitrés años. San Pedro, después de fundar
la Iglesia de Antioquía, se encaminó hacia
Roma con algunos discípulos, y, a su paso
por Nápoles, una viejecita enferma encontró,
quien le prometió adherirse a la nueva fe
si se curaba. Y, oraron los discípulos sanación
pidiendo, y en el acto, sanó Cándida la santa,
Y, sana ella, encomienda cure de igual forma
a un amigo suyo, que erais vos,  y que, enfermo
estabais desde hace tiempo y que si os curaba,
os convertiríais. Y, Pedro, intercediendo,
logró vuestra cura. Y, catequizados ambos
él, os bautizó, y Pedro, os consagró a vos,
como obispo de Nápoles. Y luego, construir
hicisteis el oratorio de “Santa María del
Principio”, y fundasteis la iglesia de san
Pedro en Aram. Después de san Genaro,
vos, sois el segundo de los cuarenta y siete
protectores santos de Nápoles, cuyos bustos
de plata custodiados son, en la capilla del
tesoro de san Genaro en la Catedral. Y, prueba
maravillosa, allí, también conservado está
el bastón con el que san Pedro os curó. En
diferentes épocas, elegidas fueron dos iglesias
en vuestro honor y una capilla os dedicaron
en la basílica de santa Restituta. Y, además
sois invocado para calmar la jaqueca. Y, así,
luego de haber gastado vuestra santa vida,
entregasteis vuestra alma al cielo, que,
coronada fue, con corona de luz y eternidad
luego haber vivido, pleno en virtudes y 
milagros, producto de vuestra intercesión;
Oh, San Asprenato, “entrega de amor y fe”.
 
© 2014 by Luis Ernesto Chacón Delgado
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3 de agosto
San Asprenato
Obispo
 
Martirologio Romano: En Nápoles, de la Campania, san Asprenato, primer obispo de la ciudad (s. II/III).
 
Muchos napolitanos, por la gran devoción para el patrón principal de la ciudad san Genaro y de su espectacular milagro anual de la licuefacción de la sangre, ha olvidado o hasta ignoran que el primer obispo de la naciente comunidad cristiana de Nápoles fue san Asprenato, mientras san Genaro fue obispo de Benevento y mártir en Pozzuoli en las proximidades de Nápoles.
 
De san Asprenato se sabe que vivió entre finales del siglo I y principios del siglo II, época en que los más recientes estudios arqueológicos, fijan los principios de la Iglesia napolitana, y como confirmación de esto, se sabe que el nombre Asprenato fue muy popular en el período de la república y en los primeros tiempos del imperio romano, luego cayó en desuso.
 
Varios antiguos documentos comprendidos en el famoso Calendario Marmóreo de Nápoles, certifican su existencia durante los mandatos de los emperadores Trajano y a Adriano y fijan en veintitrés años la duración de su episcopado.
 
De su vida no se sabe nada cierto, pero una antiquísima leyenda repetida con modificaciones en textos posteriores, cuenta que san Pedro, fundada la Iglesia de Antioquía, se encaminó hacia Roma con algunos discípulos, pasó por Nápoles, aquí encontró una viejecita enferma (identificada luego como santa Cándida La Anciana), quien prometió adherirse a la nueva fe si se curaba.
 
Pedro hace una oración pidiendo la sanación, a lo que los discípulos de Antioquía contestaron con ¡Amén!, Cándida se sanó, y encomienda cure también a un amigo suyo llamado Asprenato enfermo desde hace tiempo y que si lo curara también ciertamente se convertiría.
 
En este instante Pedro también intercede y logra que sea curado, y luego de catequizarlo, lo bautiza. El cristianismo vivía una rápida difusión en Nápoles, y cuando Pedro decidió retomar el viaje hacia Roma, consagro a Asprenato como obispo.
 
Él hizo construir el oratorio de Santa María del Principio sobre que surgirá la basílica de santa Restituta y fundó la iglesia de san Pedro en Aram donde todavía hoy se conserva el altar sobre el que el apóstol celebró el Sacrificio.
 
El santo obispo murió rico en méritos, y varios milagros fueron conseguidos por su intercesión; su cuerpo fue llevado al oratorio de santa María del Principio, algunos estudios más recientes dicen que las reliquias están en las catacumbas de san Genaro, en cuyos alas superiores están las imágenes, no bien conservadas, de los primeros 14 obispos napolitanos.
 
Después de san Genaro es el segundo de los 47 santos protectores de Nápoles, cuyos bustos de plata son custodiados en la capilla del tesoro de san Genaro en la Catedral (el Duomo), aquí también esta conservado el bastón con el que san Pedro lo curó.
 
En la ciudad, en épocas diferentes, fueron elegidas dos iglesias en su honor y una capilla le es dedicada en la antiquísima basílica de santa Restituta.
 
Es invocado para calmar la jaqueca, su fiesta litúrgica es recordada en el Martirologio Romano y en el Calendario Marmóreo al 3 de agosto.
 

02 agosto, 2014

San Pedro Julián Eymard

 
 
Oh, San Pedro Julián Eymard, vos sois el hijo del Dios
de la vida y su amado santo, os llaman con justicia,
“Apóstol de la Eucaristía”. En vuestras horas libres,
estudiabais latín y recibíais clases de teología. Ya
sacerdote, ingresasteis a la Congregación de los Maristas,
y el Obispo os dijo: “La mejor prueba de estima que
puedo dar a esa congregación es permitir a un sacerdote
como vos ingresar en ella”. El centro de vuestra vida
espiritual, siempre fue vuestra devoción al Santísimo
Sacramento. Vos deciais: “Sin El, perdería yo mi alma”.
En cierta ocasión llevabais al Santísimo en vuestras
manos y dijisteis: “Mi alma se inundó de fe y de amor
por Jesús en el Santísimo Sacramento. Las dos horas
pasaron como un instante. Puse a los pies del Señor a
la Iglesia de Francia, al mundo entero, a mi mismo.
Mis ojos estaban llenos de lágrimas, como si mi corazón
fuese un lagar. Hubiese yo querido en ese momento
que todos los corazones estuvieran con el mío y se
incendiaran con un celo como el de San Pablo”. Ante
Nuestra Señora de Fourviéres dijisteis: “Me obsesionaba
la idea de que no hubiese ninguna congregación consagrada
a glorificar al Santísimo Sacramento, con una dedicación
total. Debía existir esa congregación. Entonces prometí
a María trabajar para ese fin. Se trataba aún de un
plan muy vago y no me pasaba por la cabeza abandonar
la Compañía de María. ¡Que horas tan maravillosas pasé ahí!”.
Y luego, fundasteis la Congregación de Sacerdotes adoradores
del Santísimo Sacramento. Como toda obra nueva, sufristeis
críticas y oposición a ella, y el de haberos marchado
de la Compañía de María. Vos dijisteis entonces: “No
comprenden la obra y creen que hacen bien en oponerse
a ella. Ya sabía yo que la obra iba a ser perseguida.
¿Acaso el Señor no fue perseguido durante su vida?”.
Pero, vos, confiado en la divina providencia, seguisteis
adelante con vuestra labor. Vuestros sacerdotes rezan
el oficio divino en coro y ejercen ministerios pastorales,
siendo su misión principal, la adoración del Santísimo
Sacramento. Fundáis también la congregación de las Siervas
del Santísimo Sacramento, la Liga Eucarística Sacerdotal,
la “Obra de Adultos”. Organizasteis la Archicofradía
del Santísimo Sacramento. Escribisteis sobre la Eucaristía.
En vuestro tiempo os consideraban un verdadero santo,
pues se os notaba en todo: vuestra vida diaria, de obras
y virtudes llena, en especial vuestro amor, y vuestros dones
sobrenaturales. Teníais proféticas visiones, adivinabais
los pensamientos y leíais los corazones. San Juan Bautista
Vianney os conoció y dijo de vos: “Es un santo. El mundo se
opone a su obra porque no la conoce, pero se trata de una
empresa que logrará grandes cosas por la gloria de Dios.
¡Adoración Sacerdotal, que maravilla! Decid al P. Eymard
que pediré diariamente por su obra”. Alguna vez, dijisteis
desalentado: “Estoy abrumado bajo el peso de la cruz,
aniquilado, deshecho. Tengo que llevar la cruz totalmente
solo para no asustar o desalentar a mis hermanos”. Y, así,
luego de haber gastado vuestra santa vida, voló, vuestra
alma al cielo, que coronada fue, con corona de luz, como
justo premio a vuestra entrega increíble de amor y fe;
Oh, San Pedro Julián Eymard, “Apóstol de la Eucaristía”.
 
© 2014 by Luis Ernesto Chacón Delgado
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2 de Agosto
San Pedro Julián Eymard
Apóstol de la Eucaristía
Fundador de los Sacerdotes del Santísimo Sacramento, Las Siervas del Santísimo Sacramento, Archicofradía del Santísimo Sacramento y otras obras.
 
ver también: Vía Crucis Eucarístico
 
Pedro Julián nació en un pueblito de la diócesis francesa de Grénoble, llamado Mure d’Isére, en el año 1811. En la misma diócesis ocurrieron las apariciones de la Virgen en La Salette.
 
Trabajó con su padre en su fábrica de cuchillos y mas tarde en una prensa de aceite, hasta que cumplió 18 años. En sus horas libres estudiaba latín y recibía clases de un sacerdote de Grénoble, con quien también trabajo por un tiempo.
 
En 1831 entra en el seminario de Grénoble y en tres años es ordenado sacerdote.
 
En sus primeros cinco años de sacerdote sirvió en una parroquia en Chatte y Monteynard. Luego pidió permiso al obispo para ingresar en la Congregación de los Maristas. El obispo le concede diciendo: “La mejor prueba de estima que puedo dar a esa congregación es permitir a un sacerdote como vos ingresar en ella”. Al terminar su noviciado, Pedro Julián fue nombrado director espiritual del seminario menor de Belley y mas tarde fue elegido provincial de Lyon en 1845.
 
La Eucaristía incendia su corazón
 
El centro de su vida espiritual había sido siempre la devoción al Santísimo Sacramento. El santo decía: “Sin El, perdería yo mi alma”. El santo nos relata una experiencia extraordinaria en una procesión de Corpus Christi, mientras llevaba al Santísimo en sus manos: “Mi alma se inundó de fe y de amor por Jesús en el Santísimo Sacramento. Las dos horas pasaron como un instante. Puse a los pies del Señor a la Iglesia de Francia, al mundo entero, a mi mismo. Mis ojos estaban llenos de lágrimas, como si mi corazón fuese un lagar. Hubiese yo querido en ese momento que todos los corazones estuvieran con el mío y se incendiaran con un celo como el de San Pablo”.
 
Hizo una peregrinación al Santuario de Nuestra Señora de Fourviéres en 1851: “Me obsesionaba la idea de que no hubiese ninguna congregación consagrada a glorificar al Santísimo Sacramento, con una dedicación total. Debía existir esa congregación … Entonces prometí a María trabajar para ese fin. Se trataba aún de un plan muy vago y no me pasaba por la cabeza abandonar la Compañía de María…¡Que horas tan maravillosas pasé ahí! “.
 
Las Fundaciones y las pruebas
 
Fue aconsejado por sus superiores a no tomar ninguna decisión hasta que su proyecto estuviera más maduro. Después de 4 años en la Seyne, alentado por los mismos fundadores de los Maristas, Pío IX y el venerable Juan Colin, decide salir de la Compañía de María para fundar la nueva Congregación de Sacerdotes adoradores del Santísimo Sacramento, en 1856. Presenta su plan al Monseñor Sibour, Arzobispo de París. Recibió la aprobación de Mons. Sibour a los 12 días.
 
Pedro Julián junto con un compañero se instaló en la casa que el mismo Monseñor puso a su disposición. El 6 de enero de 1857, en la capilla de la casa, Julián por primera vez expuso el Santísimo Sacramento y predicó en la nueva congregación.
 
El Padre Eymard tuvo que enfrentar muchas críticas por haberse salido de la Compañía de María y sufrió oposición a su obra. El Santo les decía: “No comprenden la obra y creen que hacen bien en oponerse a ella. Ya sabía yo que la obra iba a ser perseguida. ¿Acaso el Señor no fue perseguido durante su vida?”.
 
Muchos eran los llamados, pero pocos los escogidos. Los P.P. de Cuers y Champion fueron los primeros miembros de la Congregación. El progreso fue lento y con muchas dificultades. Tuvieron que cambiar de casa. En 1858 consiguieron una capillita en el suburbio de Saint-Jacques. El P. Eymard llamó a ese lugar “la capilla de los milagros” porque por 9 años, el Señor se derramó allí en abundancia. El Santísimo se exponía 3 veces por semana. El siguiente año, Pío IX emitió un breve en alabanza a la congregación.
 
Se abre la segunda casa en Marsella y la tercera en Angers en 1862. Para entonces habían suficientes miembros para establecer un noviciado regular. Los sacerdotes rezan el oficio divino en coro y ejercen ministerios pastorales. Su principal misión es la adoración del Santísimo Sacramento, en lo cual ayudan los hermanos legos.
 
El P. Eymard funda la congregación de las Siervas del Santísimo Sacramento en 1852, también dedicadas a la adoración perpetua y a propagar el amor al Señor. También funda la Liga Eucarística Sacerdotal cuyos miembros se comprometen a una hora diaria de oración ante el Santísimo.
 
Trabajar con los sacerdotes y religiosas no fue su único objetivo. Funda la “Obra de Adultos”, organización que se dedica a preparar a hombres y mujeres adultos para la primera comunión cuando por razón de edad o trabajo no podían asistir a la catequesis parroquial.
 
Organizó la Archicofradía del Santísimo Sacramento que luego el derecho canónico ordena establecer en todas las parroquias. Escribió varias obras sobre la Eucaristía que han sido traducidas a varios idiomas.
 
Muchos lo consideraban un verdadero santo, se le notaba en todo: en su vida diaria llena de obras y virtudes, en especial el amor, y en sus dones sobrenaturales. Tenía visiones proféticas, adivinaba los pensamientos y leía los corazones.
 
San Juan Bautista Vianney lo conoció personalmente y dijo de él: “Es un santo. El mundo se opone a su obra porque no la conoce, pero se trata de una empresa que logrará grandes cosas por la gloria de Dios. ¡Adoración Sacerdotal, que maravilla! … Decid al P. Eymard que pediré diariamente por su obra”.
En sus últimos años de vida, el P. Eymard tuvo una gota reumática, padecía de insomnio y otras tantas enfermedades. A sus sufrimientos se añadían innumerables dificultades.
 
Una vez dejó ver el desaliento que sufría, según escribe el P. Mayet en 1868: “Nos abrió su corazón y nos dijo: ‘Estoy abrumado bajo el peso de la cruz, aniquilado, deshecho’. Necesitaba el consuelo de un amigo, ya que, según nos explicó: ‘Tengo que llevar la cruz totalmente solo para no asustar o desalentar a mis hermanos’ “.
 
Presentía su muerte. Su hermana le pidió en febrero que fuera con mas frecuencia a Mure, el le dijo: “Volveré mas pronto de lo que imaginas”. El P. Eymard fue a visitar a sus amigos y penitentes, hablándoles como si fuese la última vez que los veía. El 21 de febrero el Padre Eymard salió de Grénoble rumbo a la Mure. Por el intenso calor y cansancio, llega casi sin conocimiento y con un ataque de parálisis parcial.
 
Muere el 1 de agosto. Antes de finalizar ese año ocurren varios milagros en su tumba.
 
En 1895 la Santa Sede confirmó la Congregación “in perpetuum”.
 
El Padre Eymard es beatificado en 1925 y es canonizado el 9 de diciembre de 1962 por S.S. Juan XXIII.

Bibliografía:
J.M. Lambert, Colección Les Saints (1925).


(http://www.corazones.org/santos/pedro_julian.htm)