¡Oh!, San Clemente, vos, sois el hijo del Dios de la Vida, su amado santo y, el tercer sucesor de San Pedro, después de Lino y Cleto, gobernando la Iglesia en imitación a vuestro único Maestro: ¡Cristo! Escribisteis una carta a los Corintios con sabios y espirituales consejos y por ella a los paganos de vuestro tiempo convertisteis. “El que se conserva puro no se enorgullezca por ello, porque la pureza es un regalo gratuito de Dios y no una conquista nuestra”, escribisteis como clara verdad. Luego, fuisteis desterrado por Trajano, emperador a Crimea, en Rusia, condenándoos a trabajos forzados con otros dos mil cristianos. Las actas antiguas dicen que estos os decían: “Ruega por nosotros Clemente, para que seamos dignos de las promesas de Cristo”. San Ireneo, dice de vos que, visteis a los santos apóstoles Pedro y Pablo y tratasteis con ellos. En Crimea, a muchos paganos convertisteis y los bautizasteis. Vuestros obreros compañeros de la mina de mármol de sed sufrían, porque la fuente de agua más cercana estaba a diez kilómetros, pero vos, orasteis con gran fe y de pronto, apareció muy cerca, una fuente de agua cristalina, dándoos más fama de santidad y permitiéndoos conseguir más conversiones. Un día, os exigieron que adorarais a Júpiter, pero vos, dijisteis que no adorabais sino, al verdadero y único Dios, y osarrojaron al mar y, para que los cristianos no pudieran venerar vuestro cadáver, os ataron al cuello una pesa, pero, Dios jamás os abandonó y una gran ola devolvió vuestro cuerpo a la orilla, siendo recogido por San Cirilo y San Metodio, luego, llevado a Roma y recibido solemnemente. Así, marchó al cielo vuestra alma, que coronada fue, con corona de luz, como justo premio a vuestra entrega de amor; ¡oh!, San Clemente; “vivo mártir de la Luz Verdadera: ¡Cristo Jesús!”.
“El que se conserva puro no se enorgullezca por ello, porque la pureza es un regalo gratuito de Dios y no una conquista nuestra” Papa San Clemente I.
Oremos por nuestro actual Pontífice, para que a imitación
de San Clemente y los demás Pontífices santos que ha tenido la Iglesia
Católica, continúe guiando sabiamente a los que seguimos la santa
religión de Cristo.
Cuando los persigan no tengáis temor porque el Espíritu Santo hablará por vosotros (Jesucristo).
San Clemente fue el tercer sucesor de San Pedro (después de Lino y
Cleto) y gobernó a la Iglesia desde el año 93 hasta el 101. El año 96
escribió una carta a Los Corintios, que es el documento Papal más
antiguo que se conoce (Después de las cartas de San Pedro). En esa carta
da muy hermosos consejos, y recomienda obedecer siempre al Pontífice de
Roma (Entre otras cosas dice: “el que se conserva puro no se
enorgullezca por ello, porque la pureza es un regalo gratuito de Dios y
no una conquista nuestra”.
Por ser cristiano fue desterrado por el emperador Trajano a Crimea
(al sur de Rusia) y condenado a trabajos forzados a picar piedra con
otros dos mil cristianos. Las actas antiguas dicen que estos le decían:
“Ruega por nosotros Clemente, para que seamos dignos de las promesas de
Cristo”.
San Ireneo (que vivió en el siglo segundo) dice que Clemente vio a
los santos apóstoles Pedro y Pablo y trató con ellos. Las Actas antiguas
añaden que allá en Crimea convirtió a muchísimos paganos y los bautizó.
Los obreros de la mina de mármol sufrían mucho por la sed, porque la
fuente de agua más cercana estaba a diez kilómetros de distancia. El
santo oró con fe y apareció allí muy cerca una fuete de agua cristalina.
Esto le dio más fama de santidad y le permitió conseguir muchas
conversiones más.
Un día las autoridades le exigieron que adorara a Júpiter. Él dijo
que no adoraba sino al verdadero Dios. Entonces fue arrojado al mar, y
para que los cristianos no pudieran venerar su cadáver, le fue atado al
cuello un hierro pesadísimo. Pero una gran ola devolvió su cadáver a la
orilla. San Cirilo y San Metodio llevaron a Roma en el año 860 los
restos de San Clemente, los cuales fueron recibidos con gran solemnidad
en la Ciudad Eterna, y allá se conservan.
¡Oh!, Santa María, Niña Nuestra, Vos, sois la Hija del Dios de la Vida y del Amor Su amadísima y predilecta flor Y, ¡maravilla de maravillas! que, en este día, a Vos, os presentaron Joaquín y Ana, vuestros amadísimos padres, hijos del Dios de la Vida también, y santos en el Templo de Dios, para que Vos, fuerais instruida sobre la fe de vuestros padres y supierais vuestros deberes para con Dios. Y, Él, Vuestro Padre, el “Alpha y el Omega”, desde siempre y por siempre os bendijo amorosa y eternamente por los siglos de los siglos, ¡Kejaritomene¡ Aleluya! ¡Oh!, Santa María, Niña Nuestra, “¡Viva Luz y Amor de Dios!”.
21 de noviembre La Presentación de la Santísima Virgen María en el Templo
Oración
Oh Dios, que quisiste que en este día fuese presentada en el templo
la Santísima Virgen María, morada del Espíritu Santo: suplicámoste por
su intercesión nos concedas merecer ser presentados en el templo de tu
gloria. Por nuestro Señor Jesucristo.
Amén.
Honramos hoy la Presentación en el Templo de aquella Niña de
bendición. Los orígenes de esta fiesta hay que buscarlos en una piadosa
tradición que surge en el escrito apócrifo llamado el «Protoevangelio de
Santiago». Según este documento la Virgen María fue llevada a la edad
de tres años por sus padres San Joaquín y Santa Ana. Allí, junto a otras
doncellas y piadosas mujeres, fue instruida cuidadosamente respecto la
fe de sus padres y sobre los deberes para con Dios.
Históricamente, el origen de esta fiesta fue la dedicación de la
Iglesia de Santa María la Nueva en Jerusalén , en el año 543. Todo eso
se viene conmemorando en Oriente desde el siglo VI, y hasta habla de
ello el emperador Miguel Comeno en una Constitución de 1166.
Un gentil hombre francés, canciller en la corte del Rey de Chipre,
habiendo sido enviado a Aviñón en 1372, en calidad de embajador ante el
Papa Gregorio XI, le contó la magnificencia con que en Grecia celebraban
esta fiesta el 21 de noviembre. El Papa entonces la introdujo en
Aviñón, y Sixto V la impuso a toda la Iglesia.
Domingo 34 del tiempo ordinario: Jesucristo, Rey del Universo (B)escucharDescargarVer 1ª Lectura y Salmo Texto del Evangelio (Jn 18,33-37):En
aquel tiempo, Pilato dijo a Jesús: «¿Eres tú el Rey de los judíos?».
Respondió Jesús: «¿Dices eso por tu cuenta, o es que otros te lo han
dicho de mí?». Pilato respondió: «¿Es que yo soy judío? Tu pueblo y los
sumos sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?». Respondió
Jesús: «Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuese de este mundo,
mi gente habría combatido para que no fuese entregado a los judíos: pero
mi Reino no es de aquí». Entonces Pilato le dijo: «¿Luego tú eres
Rey?». Respondió Jesús: «Sí, como dices, soy Rey. Yo para esto he nacido
y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo
el que es de la verdad, escucha mi voz».
________________________
«Soy Rey. (…) Todo el que es de la verdad, escucha mi voz» Rev. D. Frederic RÀFOLS i Vidal (Barcelona, España)
Hoy, Jesucristo nos es presentado como Rey del Universo. Siempre me
ha llamado la atención el énfasis que la Biblia da al nombre de “Rey”
cuando lo aplica al Señor. «El Señor reina, vestido de majestad», hemos
cantado en el Salmo 92. «Soy rey» (Jn 18,37), hemos oído en boca de
Jesús mismo. «Bendito el rey que viene en nombre del Señor» (Lc 19,14),
decía la gente cuando Él entraba en Jerusalén.
Ciertamente, la
palabra “Rey”, aplicada a Dios y a Jesucristo, no tiene las
connotaciones de la monarquía política tal como la conocemos. Pero, en
cambio, sí que hay una cierta relación entre el lenguaje popular y el
lenguaje bíblico respecto a la palabra “rey”. Por ejemplo, cuando una
madre cuida a su bebé de pocos meses y le dice: —Tú eres el rey de la
casa. ¿Qué está diciendo? Algo muy sencillo: que para ella este niñito
ocupa el primer lugar, que lo es todo para ella. Cuando los jóvenes
dicen que fulano es el rey del rock quieren decir que no hay nadie
igual, lo mismo cuando hablan del rey del baloncesto. Entrad en el
cuarto de un adolescente y veréis en la pared quiénes son sus “reyes”.
Creo que estas expresiones populares se parecen más a lo que queremos
decir cuando aclamamos a Dios como nuestro Rey y nos ayudan a entender
la afirmación de Jesús sobre su realeza: «Mi Reino no es de este mundo»
(Jn 18,36).
Para los cristianos nuestro Rey es el Señor, es
decir, el centro hacia el que se dirige el sentido más profundo de
nuestra vida. Al pedir en el Padrenuestro que venga a nosotros su reino,
expresamos nuestro deseo de que crezca el número de personas que
encuentren en Dios la fuente de la felicidad y se esfuercen por seguir
el camino que Él nos ha enseñado, el camino de las bienaventuranzas.
Pidámoslo de todo corazón, pues «dondequiera que esté Jesucristo, allí
estará nuestra vida y nuestro reino» (San Ambrosio).
¡Oh!, San Odón; vos, sois el hijo del Dios de la vida, su amado santo y, el que, honor haciendo al significado de vuestro nombre: “superior de muchos”, así lo hicisteis, la unidad siendo en la oración, la meditación y sobre todo el amor, para el camino ser, y dirigir hacia la eternidad a vuestros santos monjes, conforme visteis vos en aquella visión: vuestra alma como un vaso muy hermoso, pero de serpientes lleno, y así vos comprendisteis que debíais dedicaros a la oración y la meditación. Así, vuestra santa vida terminó, recibiendo corona de luz que brilla imperecedera, como premio justo a vuestra entrega de amor y fe. ¡Aleluya! ¡Aleluya! ¡Oh¡ San Odón; viva «guía, luz y santidad del Dios Vivo».
Gracias Señor, por los grandes santos que les has dado a
tu Iglesia. También ahora necesitamos apóstoles de esa talla. No dejes
de enviarlos, que nos están haciendo mucha falta.Orad para no caer en
tentación porque el Espíritu está pronto, pero la carne es débil
(Jesucristo).
Odón en germano significa: “superior de muchos”. Este santo
se hizo famoso porque fue el superior del monasterio más célebre de su
tiempo, el de Cluny, y porque tuvo bajo su dirección más de mil monjes
en diversos conventos.
Su nacimiento fue el fruto de muchas oraciones de sus padres, que
deseaban tener un hijo pero la esterilidad no les permitía tenerlo.
Nació el 25 de diciembre del 879.
Cuando era joven empezó a sentir terribles dolores de cabeza y ningún
médico lograba curarlo. Al fin su padre y él prometieron a Dios que se
iría de religioso si se curaba. La curación le llegó muy pronto.
Un día leyó las Reglas que San Benito hizo para sus monasterios y se
dio cuenta de que él estaba muy lejos de la santidad, y entonces pidió
ser admitido como monje en un convento de San Benito.
El año 910 fue fundado el famoso Monasterio benedictino de Cluny (en
Francia) y el fundador lo llevó a él como ayudante. Después de la muerte
del fundador quedó Odón como Superior del inmenso monasterio.
Por muchos años fue Odón el superior casi irremplazable de Cluny, y
como allí se refugiaban grandes pecadores que deseaban llevar una vida
de santidad y de penitencia, él gobernaba de manera muy rígida, porque
era necesario que quien se iba a de religioso lo hiciera con toda
seriedad. Y así logró llevar a sus religiosos a un alto grado de
santidad.
Al principio Odón se dedicaba más al estudio que a la oración, pero
en una visión, contempló que su alma era como un vaso muy hermoso pero
lleno de serpientes. Con esto comprendió que si no se dedicaba
totalmente a la oración y a la meditación no sería agradable a Dios, y
desde entonces su vida fue un orar continuo y fervoroso y un meditar
constante en temas religiosos.
Él mismo narraba que cuando era un joven monje una noche a
medianoche, en pleno invierno, mientras iba al templo a la oración, se
encontró con un mendigo que tiritaba de frío. Él le regaló su manto,
pero tuvo que tiritar también de frío durante toda la oración. Mas al
llegar a su celda se encontró con una moneda de oro sobre su cama, y con
eso compró un nuevo manto.
Odón insistía muchísimo en que se rezaran con gran fervor los salmos y
en que se observara un gran silencio en el monasterio. Y fue formando
monjes tan fervorosos que con ellos logró fundar otros 15 monasterios
más.
El Sumo Pontífice lo llamó varias veces a Roma para que le ayudara a
calmar las guerras civiles, y con su gran ascendiente y su mucha fama de
santidad lograba que se hicieran las paces entre los que guerreaban.
A veces al llegar a algunos monasterios relajados a exigir estricta
observancia fue recibido con amenazas muy serias, pero luego al
conocerlo más de cerca, los revoltosos se calmaban y se volvían sus
grandes amigos y le obedecían totalmente.
Al morir el 18 de noviembre del año 942, dejaba monasterios muy
fervorosos por muchos sitios importantes de Europa y con ello contribuyó
inmensamente al resurgimiento del espíritu religioso.
¡Oh!, Dedicación de las Basílicas de San Pedro y San Pablo, vosotras sois el cúlmen de nuestra fe pues, llevan los nombres de los dos apóstoles y santos más amados del Dios de la Vida, y cuyo carisma eterno e impercedero, vive en la roca viva plasmado en gloriosos Templos, que nos recuerdan vuestra grandeza singular. Vosotras dos, sois columnas vivas de amor, fe y esperanza, al igual que lo eran y lo son vuestras vuestras santas vidas que hoy convertidos en «Templos de Amor» están, sobre vuestras tumbas, hacia la Celeste Patria apuntando, para recuerdo del hombre y del mundo y de vuestras increíbles entregas de amor y fe. Vuestras construcciónes las debemos a Nicolás Papa V y su término y consagración a Urbano Papa VIII, para la Basílica de San Pedro; y para la de San Pablo, aSan León Magno Papa y el emperador Teodosio, pero, destruida por un incendio, se construyó la nueva consagrada por Pío Nono Papa. ¡Aleluya! ¡Aleluya! ¡oh!, Basílicas de San Pedro y San Pablo, “vivo Amor de Dios”.
18 de Noviembre Dedicación de las Basílicas de San Pedro y San Pablo
Propongámonos tener siempre el más grande respeto y veneración por nuestros templos.
La actual Basílica de San Pedro en Roma fue consagrada por el
Papa Urbano Octavo el 18 de noviembre de 1626, aniversario de la
consagración de la Basílica antigua. La construcción de este grandioso
templo duró 170 años, bajo la dirección de 20 Sumos Pontífices. Está
construida en la colina llamada Vaticano, sobre la tumba de San Pedro.
Allí en el Vaticano fue martirizado San Pedro (crucificándolo cabeza
abajo) y ahí mismo fue sepultado. Sobre su sepulcro hizo construir el
emperador Constantino una Basílica, en el año 323, y esa magnífica
iglesia permaneció sin cambios durante dos siglos. Junto a ella en la
colina llamada Vaticano fueron construyéndose varios edificios que
pertenecían a los Sumos Pontífices. Durante siglos fueron hermoseando
cada vez más la Basílica.
Cuando los Sumos Pontífices volvieron del destierro de Avignon el
Papa empezó a vivir en el Vaticano, junto a la Basílica de San Pedro
(hasta entonces los Pontífices habían vivido en el Palacio, junto a la
Basílica de Letrán) y desde entonces la Basílica de San Pedro ha sido
siempre el templo más famoso del mundo.
La Basílica de San Pedro mide 212 metros de largo, 140 de ancho, y
133 metros de altura en su cúpula. Ocupa 15,000 metros cuadrados. No hay
otro templo en el mundo que le iguale en extensión.
Su construcción la empezó el Papa Nicolás V en 1454, y la terminó y
consagró el Papa Urbano VIII en 1626 (170 años construyéndola).
Trabajaron en ella los más famosos artistas como Bramante, Rafael,
Miguel Angel y Bernini. Su hermosura es impresionante.
Hoy recordamos también la consagración de la Basílica de San Pablo,
que está al otro lado de Roma, a 11 kilómetros de San Pedro, en un sitio
llamado “Las tres fontanas”, porque la tradición cuenta que allí le fue
cortada la cabeza a San Pablo y que al cortársela cayó al suelo y dio
tres golpes y en cada golpe salió una fuente de agua (y allí están las
tales tres fontantas).
La antigua Basílica de San Pablo la habían construido el Papa San
León Magno y el emperador Teodosio, pero en 1823 fue destruida por un
incendio, y entonces, con limosnas que los católicos enviaron desde
todos los países del mundo se construyó la nueva, sobre el modelo de la
antigua, pero más grande y más hermosa, la cual fue consagrada por el
Papa Pío Nono en 1854. En los trabajos de reconstrucción se encontró un
sepulcro sumamente antiguo (de antes del siglo IV) con esta inscripción:
“A San Pablo, Apóstol y Mártir”.
Estas Basílicas nos recuerdan lo generosos que han sido los católicos
de todos los tiempos para que nuestros templos sean lo más hermoso
posible, y cómo nosotros debemos contribuir generosamente para mantener
bello y elegante el templo de nuestro barrio o de nuestra parroquia.
¡Oh!; Santa Isabel de Hungría; vos, sois la hija del Dios de la Vida, y su amada santa. Aquella mujer que, habiendo vestido de realeza, renunciasteis a todos vuestros honores habidos y por haber y a los bienes materiales para luego, hacer votos de pobreza en imitación a San Francisco y Santa Clara de Asís, consagrándoos al servicio de los pobres y débiles, como humilde, santa y fervorosa sierva franciscana. “¿Jesús en la Cruz despojado de todo y coronado de espinas, y yo con corona de oro y vestidos lujosos?”. Os preguntasteis aquella vez que decidisteis entrar en el Templo, para nunca más vestiros de lujo al visitar la casa de Dios. Y, así, cambiasteis vuestros vestidos de princesa por un hábito de hermana franciscana yvuestros cuatro años últimos de vuestra devota vida os dedicasteis a atender a los pobres y enfermos del hospital que habíais fundado. Cada día, recorríais ciudades, calles y campos, limosnas pidiendo para vuestros pobres. Vivíais en una humilde choza junto al hospital y os pasabais tejiendo y pescando para obtener dinero, con qué comprarles medicinas a vuestros enfermos. Poco antes de morir, un hermano lego os suplicó interceder por su brazo roto y él, os dijo: “¿Señora, usted que siempre ha vestido trajes tan pobres, por qué ahora está tan hermosamente vestida?”. Y vos, contestasteis sonriente: “¡Es que voy para la gloria. Acabo de morir para la tierra! Estire su brazo que ya ha quedado curado”. ¡Y, aquél hombre quedó sano! Hoy, vos, estáis coronada toda de luz, como justo premio a vuestra entrega de amor. Os rogamos pues que, en mérito de vuestra santa vida, intercedáis ante Jesús, Dios y Señor Nuestro, para que suscite en nuestro mundo mujeres que sirvan al DiosTrino y Señor de la Vida y de la Luz, en los pobres, los débiles, los menesterosos y en los más descreídos del mundo. ¡Santa Patrona de todos los pobres y débiles del mundo!; ¡Oh!; Santa Isabel, “vivo amor y pobreza de Cristo Jesús”.
17 de noviembre Santa Isabel de Hungría Viuda (1207- 1231)
Oración
Oh Dios misericordioso, alumbra los corazones de tus
fieles; y por las súplicas gloriosas de Santa Isabel, haz que
despreciemos las prosperidades mundanales, y gocemos siempre de la
celestial consolación. Por nuestro Señor Jesucristo. Amén.
“Que el Señor nos conceda como a su buena Isabel, el don
de un gran desprendimiento para dedicar nuestra vida y nuestros bienes a
ayudar a los más necesitados.”
Su Vida
Isabel, a los 15 años fue dada en matrimonio por su padre el
Rey de Hungría al príncipe Luis VI de Turingia, el matrimonio tuvo tres
hijos. Se amaban tan intensamente que ella llegó a exclamar un día:
“Dios mío, si a mi esposo lo amo tantísimo, ¿Cuánto más debiera amarte a
Ti?”. Su esposo aceptaba de buen modo las santas exageraciones que
Isabel tenía en repartir a los pobres cuanto encontraba en la casa. Él
respondía a los que criticaban: “Cuanto más demos nosotros a los pobres,
más nos dará Dios a nosotros”.
Cuando apenas de veinte años y con su hijo menor recién nacido, su
esposo, un cruzado, murió en un viaje a defender Tierra Santa. Isabel
casi se desespera al oír la noticia, pero luego se resignó y aceptó la
voluntad de Dios. Rechazó varias ofertas de matrimonio y se decidió
entonces a vivir en la pobreza y dedicarse al servicio de los más pobres
y desamparados.
El sucesor de su marido la desterró del castillo y tuvo que huir con
sus tres hijos, desprovistos de toda ayuda material. Ella, que cada día
daba de comer a 900 pobres en el castillo, ahora no tenía quién le diera
para el desayuno. Pero confiaba totalmente en Dios y sabía que nunca la
abandonaría, ni a sus hijos. Finalmente algunos familiares la
recibieron en su casa, y más tarde el Rey de Hungría consiguió que le
devolvieran los bienes que le pertenecían como viuda, y con ellos
construyó un gran hospital para pobres, y ayudó a muchas familias
necesitadas.
Un Viernes Santo, después de las ceremonia, cuando ya habían
desvestido los altares en la iglesia, se arrodilló ante uno y delante de
varios religiosos hizo voto de renuncia de todos sus bienes y voto de
pobreza, como San Francisco de Asís, y consagró su vida al servicio de
los más pobres y desampardos. Cambió sus vestidos de princesa por un
simple hábito de hermana franciscana, de tela burda y ordinaria, y los
últimos cuatro años de su vida (de los 20 hasta los 24 años) se dedicó a
atender a los pobres enfermos del hospital que había fundado. Se
propuso recorrer calles y campos pidiendo limosna para sus pobres, y
vestía como las mujeres más pobres del campo. Vivía en una humilde choza
junto al hospital. Tejía y hasta pescaba, con tal de obtener con qué
compararles medicinas a los enfermos.
Tenía un director espiritual que para ayudarla en su camino a la
santidad, la trataba duramente. Ella exclamaba: “Dios mío, si a este
sacerdote le tengo tanto temor, ¿cuánto más te debería temer a Ti, si
desobedezco tus mandamientos?”
Un día, cuando todavía era princesa, fue al templo vestida con los
más exquisitos lujos, pero al ver una imagen de Jesús crucificado pensó:
“¿Jesús en la Cruz despojado de todo y coronado de espinas, y yo con
corona de oro y vestidos lujosos?”. Nunca más volvió con vestidos
lujosos al templo de Dios.
Una vez se encontró un leproso abandonado en el camino, y no teniendo
otro sitio en dónde colocarlo por el momento, lo acostó en la cama de
su marido que estaba ausente. Llegó este inesperadamente y le contaron
el caso. Se fue furioso a regañarla, pero al llegar a la habitación, vio
en su cama, no el leproso sino un hermoso crucifijo ensangrentado.
Recordó entonces que Jesús premia nuestros actos de caridad para con los
pobres como hechos a Él mismo.
El pueblo la llamaba “la mamacita buena”
Uno sacerdotes de aquella época escribió: “Afirmo delante de Dios que
raramente he visto una mujer de una actividad tan intensa, unida a una
vida de oración y de contemplación tan elevada”. Algunos religiosos
franciscanos que la dirigían en su vida de total pobreza, afirman que
varias veces, cuando ella regresaba de sus horas de oración, la vieron
rodeada de resplandores y que sus ojos brillaban como luces muy
resplandecientes.
El mismo emperador Federico II afirmó: “La venerable Isabel, tan
amada de Dios, iluminó las tinieblas de este mundo como una estrella
luminosa en la noche oscura”.
Cuando apenas cumplía 24 años, el 17 de noviembre del año 1231, pasó
de esta vida a la eternidad. A sus funerales asistieron el emperador
Federico II y una multitud tan grande formada por gentes de diversos
países y de todas las clases sociales, que los asistentes decían que no
se había visto ni quizá se volvería a ver en Alemania un entierro tan
concurrido y fervoroso como el de Isabel de Hungría, la patrona de los
pobres.
El mismo día de la muerte de la santa, a un hermano lego se le
destrozó un brazo en un accidente y estaba en cama sufriendo terribles
dolores. De pronto vio a parecer a Isabel en su habitación, vestida con
trajes hermosísimos. Él dijo: “¿Señora, Usted que siempre ha vestido
trajes tan pobres, por qué ahora tan hermosamente vestida?”. Y ella
sonriente le dijo: “Es que voy para la gloria. Acabo de morir para la
tierra. Estire su brazo que ya ha quedado curado”. El paciente estiró el
brazo que tenía totalmente destrozado, y la curación fue completa e
instantánea.
Dos días después de su entierro, llegó al sepulcro de la santa un
monje cisterciense el cual desde hacía varios años sufría un terrible
dolor al corazón y ningún médico había logrado aliviarle de su dolencia.
Se arrodilló por un buen rato a rezar junto a la tumba de la santa, y
de un momento a otro quedó completamente curado de su dolor y de su
enfermedad.
Estos milagros y muchos más, movieron al Sumo Pontífice a declararla
santa, cuando apenas habían pasado cuatro años de su muerte. Santa
Isabel de Hungría es patrona de la Arquidiócesis de Bogotá.
Una Historia
No faltó quien acusó a la princesa ante el propio duque de estar
dilapidando los caudales públicos y dejar exhaustos los graneros y
almacenes. El margrave Luis, quería a su esposa con delirio, pero no
pudo resistir, sin duda, el acoso de sus intendentes y les pidió una
prueba de su acusación.
– Espera un poco -le dijeron- y verás salir a la señora con la
faltriquera llena. Efectivamente, poco tuvo que esperar el duque para
ver a su mujer que salía, como a hurtadillas, de palacio cerrando
cautelosamente la puerta. Violentamente la detuvo y la preguntó con
dureza:
– ¿Qué llevas en la falda?
– Nada…, son rosas -contestó Isabel tratando de disculparse, sin recordar que estaba en pleno invierno-.
Y, al extender el delantal, rosas eran y no mendrugos de pan lo que
Isabel llevaba, porque el Señor quiso salir fiador de la palabra de su
sierva.
Cada 16 de noviembre la Iglesia celebra a San Roque González de Santa Cruz, sacerdote jesuita, mártir y primer santo paraguayo.
San Roque nació en Asunción, Paraguay, en 1576. A los 22 años
fue ordenado sacerdote y posteriormente nombrado párroco de la Catedral
de Asunción. En 1609 ingresó a la Compañía de Jesús y unos años
después, el 25 de marzo de 1615, fundó la reducción de Nuestra Señora de
la Anunciación de Itapúa (actual ciudad argentina de Posadas), la que
sería posteriormente trasladada a la ciudad paraguaya de Encarnación.
Debido a esto San Roque González es considerado el fundador y patrono de
ambas ciudades.
A lo largo de su vida misionera, Roque fundó otras reducciones, las
que también dieron origen a ciudades actuales de Brasil, Argentina y
Paraguay. El padre Roque hizo de la Virgen María la guía y protectora de
su obra evangelizadora. Siempre llevaba un cuadro de la Madre de Dios
consigo y predicaba con él al frente, o recorría los caminos llevándolo
en las manos, algo que producía la admiración de los indígenas, quienes,
conmovidos por la maternal figura de la Madre de Dios, solían abrir el
corazón a Dios y a la fe.
Sin embargo, no todos fueron receptivos al anuncio del Evangelio ni a
las propuestas de los jesuitas. En la zona de Ijuí, el cacique Ñezú,
jefe de la tribu guaraní del lugar, rechazaba la idea de una reducción y
terminó enfrentándose al padre Roque. El día 15 de noviembre de 1628,
los encargados de la reducción -padre Roque González de Santa Cruz y el
padre español Alonso Rodríguez Olmedo- fueron asesinados. Sus verdugos
utilizaron un hacha de piedra para lograr su nefasto objetivo. La misma
suerte corrió el jesuita Juan del Castillo, también español, dos días
después. Los cuerpos del padre Roque y el padre Alonso fueron arrojados
al fuego. Milagrosamente el corazón de San Roque quedó intacto mientras
el resto de su cuerpo se redujo a cenizas. Al ser recogido por un grupo
de indígenas, de acuerdo a los testimonios posteriores, algunos de ellos
escucharon una voz que provenía del corazón del santo, que los llamaba
al arrepentimiento.
Poco después, el corazón de San Roque fue recuperado por los
jesuitas, quienes corroboraron sorprendidos que este se mantenía en
perfecto estado. Como el tiempo pasó y el corazón se mantenía
incorrupto, fue llevado a Roma junto al hacha de piedra con la que el
grupo de misioneros jesuitas fue martirizado. Actualmente, el corazón de
San Roque y el hacha se encuentran en la Capilla de los Mártires, en el
Colegio de Cristo Rey en Asunción (Paraguay).
En 1988, San Juan Pablo II, durante su visita a Paraguay, canonizó a
San Roque Gonzáles, y a los españoles San Alfonso Rodríguez y San Juan
Del Castillo; todos ellos mártires jesuitas en tierras americanas.
“Ni los obstáculos de una naturaleza agreste, ni las incomprensiones
de los hombres, ni los ataques de quienes veían en su acción
evangelizadora un peligro para sus propios intereses, fueron capaces de
atemorizar a estos campeones de la fe. Su entrega sin reservas los llevó
hasta el martirio”, destacó el Papa Peregrino en aquella ocasión.