Domingo 2 (C) de Adviento Ver 1ª Lectura y Salmo Texto del Evangelio (Lc 3,1-6): En
el año quince del imperio de Tiberio César, siendo Poncio Pilato
procurador de Judea, y Herodes tetrarca de Galilea; Filipo, su hermano,
tetrarca de Iturea y de Traconítida, y Lisanias tetrarca de Abilene; en
el pontificado de Anás y Caifás, fue dirigida la palabra de Dios a Juan,
hijo de Zacarías, en el desierto. Y se fue por toda la región del
Jordán proclamando un bautismo de conversión para perdón de los pecados,
como está escrito en el libro de los oráculos del profeta Isaías: «Voz
del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad
sus sendas; todo barranco será rellenado, todo monte y colina será
rebajado, lo tortuoso se hará recto y las asperezas serán caminos
llanos. Y todos verán la salvación de Dios».
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«Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del
Señor, enderezad sus sendas; todo barranco será rellenado, todo monte y
colina será rebajado, lo tortuoso se hará recto y las asperezas serán
caminos llanos. Y todos verán la salvación de Dios».P. Maciej SLYZ Misionero de Fidei Donum (Bialystok, Polonia)
Hoy, casi la mitad del pasaje evangélico consiste en datos
histórico-biográficos. Ni siquiera en la liturgia de la Misa se cambió
este texto histórico por el frecuente «en aquel tiempo». Ha prevalecido
esta introducción tan “insignificante” para el hombre contemporáneo: «En
el año quince del imperio de Tiberio César, siendo Poncio Pilato
procurador de Judea, y Herodes tetrarca de Galilea (…)» (Lc 3,1). ¿Por
qué? ¡Para desmitificar! Dios entró en la historia de la humanidad de un
modo muy “concreto”, como también en la historia de cada hombre. Por
ejemplo, en la vida de Juan —hijo de Zacarías— que estaba en el
desierto. Lo llamó para que clamara en la orilla del Jordán… (cf. Lc
3,6).
Hoy, Dios dirige su palabra también a mí. Lo hace
personalmente —como en Juan Bautista—, o por sus emisarios. Mi río
Jordán puede ser la Eucaristía dominical, puede ser el tweet del papa
Francisco, que nos recuerda que «el cristiano no es un testigo de alguna
teoría, sino de una persona: de Cristo Resucitado, vivo, único Salvador
de todos». Dios ha entrado en la historia de mi vida porque Cristo no
es una teoría. Él es la práctica salvadora, la Caridad, la Misericordia.
Pero
a la vez, este mismo Dios necesita nuestro pobre esfuerzo: que
rellenemos los valles de nuestra desconfianza hacia su Amor; que
nivelemos los cerros y colinas de nuestra soberbia, que impide verlo y
recibir su ayuda; que enderecemos y allanemos los caminos torcidos que
hacen de la senda hacia nuestro corazón un laberinto…
Hoy es el
segundo Domingo de Adviento, que tiene como objetivo principal que yo
pueda encontrar a Dios en el camino de mi vida. Ya no sólo a un Recién
Nacido, sino sobre todo al Misericordiosísimo Salvador, para ver la
sonrisa de Dios, cuando todo el mundo verá la salvación que Dios envía
(cf. Lc 3,6). ¡Así es! Lo enseñaba san Gregorio Nacianceno, «Nada alegra
tanto a Dios como la conversión y salvación del hombre».
!Oh¡ San Juan Damasceno, vos sois el hijo del Dios de la Vida y su amado santo, y os veneramos por haber sido vos, el primero que escribió defendiendo la veneración de las imágenes. De pronto dejasteis vuestros bienes y los repartisteis entre los pobres y os fuisteis de monje al monasterio de San Sabas, y allí os dedicasteis completo a leer y escribir. Y vos os disteis cuenta de que Dios os había concedido una facilidad para escribir para el pueblo, y hacer resúmenes de otros autores y para presentarlos con leguaje sencillo para gente sencilla. Un día, el superior del monasterio oyó en sueños que Nuestro Señor le mandaba dar plena libertad a Damasceno para que escribiera, y así lo hizo. León el Isaúrico, dispuso prohibir el culto a las imágenes demostrando ignorancia en religión, y fue entonces cuando os salisteis al combate con vuestros valientes escritos a favor de las imágenes. Pero, el iconoclasta León el Isaúrico, decía que los católicos adoran las imágenes pero, vos, os respondisteis que nosotros no adoramos imágenes, sino que las veneramos. Los católicos no adoramos imágenes no creemos que ellas son dioses o que nos van a hacer milagros, las veneramos, porque al verlas recordamos cuanto nos han amado Jesucristo o la Virgen o los santos. Vos decíais en vuestros escritos: «lo que es un libro para los que saben leer, es una imagen para los que no leen. Lo que se enseña con palabras al oído, lo enseña una imagen a los ojos. Las imágenes son el catecismo de los que no leen». El emperador León el Isaúrico, por rabia y celos contra vos, mandó a traición que os cortaran la mano derecha, con la cual escribíais. Pero vos, os encomenasteis a la Santísima Virgen, y Ella, os curó la mano cortada y con esa mano escribisteis sermones muy hermosos acerca de Nuestra Señora. Y, así, y luego de haber gastado vuestra santa vida en buena lid, voló vuestra alma al cielo, para coronada ser con corona luz y eternidad, por vuestro amor y fe. ¡Aleluya! ¡Aleluya! ¡Oh! San Juan Dmasceno, «vivo defensor de las imágenes de Dios»
San Juan Damasceno, el primero de la larga fila de
aristotélicos cristianos, fue también uno de los dos grandes poetas de
la Iglesia oriental. El santo pasó su vida entera bajo el gobierno de
una califa mahometano y este hecho muestra el extraño caso de un Padre
de la Iglesia cristiana, protegido de las venganzas de un emperador,
cuyas herejías podía atacar impunemente, ya que vivía bajo el gobierno
musulmán.
Fue uno de los más grandes y fuertes defensores del culto de
las sagradas imágenes en la amarga época de la controversia iconoclasta.
Como escritor teológico y filósofo, no intentó nunca ser original ya
que su trabajo se redujo más bien a compilar y poner en orden lo que sus
predecesores habían escrito.
A pesar de su formación teológica, no parece haber considerado al
principio, otra carrera sino la de su padre, Jefe del departamento de
recaudación de impuestos, a quien sucedió en su oficio. En la corte
podía llevar libremente una vida cristiana y ahí se hizo notable por sus
virtudes y especialmente por su humildad. Sin embargo, el santo
renunció a su oficio y se fue de monje a la «laura» de San Sabas, lugar
donde escribió sus primeras obras contra los iconoclastas, compuso
himnos y poemas. El resto de su vida la pasó escribiendo teología y
poesía en San Sabas, donde murió en a una edad avanzada.
¡Oh!, San Francisco Javier, vos, sois el hijo del Dios de la Vida, su amado santo, y con justicia llamado “El gigante de la historia de las misiones”. “Señor, Tú, has querido que varias naciones llegaran al conocimiento de la verdadera religión por medio de la predicación de San Francisco Javier”. Reza así, una oración por vuestro día. “Si no consigo barco, iré nadando”. Dijisteis, cuando ansiabais viajar al Japón y viajasteis, con la ayuda de la divina providencia. “¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si se pierde a sí mismo?”. Os repetía San Ignacio, y ello, os liberó de vuestra mundanidad y os encaminasteis hacia la vida espiritual. La India, Indostán, Japón y otras naciones a pie recorristeis con el libro de oraciones como único equipaje, enseñando a los enfermos y atendiéndolos, obrando curaciones admirables, gentes bautizando por miles de miles y a la vez, aprendiendo idiomas extraños, y parecíais, cansancio no sentir. “¡Basta Señor!: si me mandas tantos consuelos me vas a hacer morir de amor”. Decíais vos, con mucho amor y humildad. “Hágase amar y así logrará influir en ellos. Si emplea la amabilidad y el buen trato verá que consigue efectos admirables”. Recomendabais a todos vuestros amigos y a la gente. Y, así era. Popularizasteis la costumbre de confesarse y comulgar. Os asemejabais a la vida pobre de las gentes que os escuchaban. Comíais sólo arroz y bebiais agua. Durmiendo en una pobre choza en el suelo. Os ganabais la simpatía de los niños y a ellos os enseñabais historias bíblicas. “En medio de todas estas penalidades e incomodidades, siento una alegría tan grande y un gozo tan intenso que los consuelos recibidos no me dejan sentir el efecto de las duras condiciones materiales y de la guerra que me hacen los enemigos de la religión”, escribisteis. Y, en San Cian, lejos de Hong Kong y más lejos de vuestra patria; solo, abandonado, enfermo y con fiebre, voló vuestra preciosa alma al cielo, pronunciando el dulce nombre de Jesús, Vuestro amadísimo Maestro. Os dieron cristiana sepultura, un catequista que os asistía, un portugués y dos hermanos negros. Y, allá estáis hoy, al lado de Santa Teresa, San Ignacio, San Felipe y San Isidro, coronado de luz y de gloria, como justo premio a vuestra increíble y grande entrega de amor y fe; “¡Oh!, Santo Patrono de todos los Misioneros del mundo” ¡oh!, San Francisco Javier, “vivo Camino, Verdad y Vida de Dios”.
3 de Diciembre San Francisco Javier Misionero Año 1552
Francisco Javier: maravilloso misionero; pídele a Dios que
conceda un espíritu como el tuyo a todos los misioneros del mundo.
Piensa en el final de tu vida y evitarás muchos pecados (S. Biblia Ecl.
7, 36).
El Papa Pío X nombró a San Francisco Javier como Patrono de
todos los misioneros porque fue si duda uno de los misioneros más
grandes que han existido. Ha sido llamado: “El gigante de la historia de
las misiones”. La oración del día de su fiesta dice así: “Señor, tú has
querido que varias naciones llegaran al conocimiento de la verdadera
religión por medio de la predicación de San Francisco Javier…”. Esto es
un gran elogio.
Empezó a ser misionero a los 35 años y murió de sólo 46. En once años
recorrió la India (país inmenso), el Japón y varios países más. Su
deseo de ir a Japón era tan grande que exclamaba: “si no consigo barco,
iré nadando”. Fue un verdadero héroe misional.
Francisco nació cerca de Pamplona (España) en el castillo de Javier,
en el año 1506. Era de familia que había sido rica, pero que a causa de
las guerras había venido a menos. Desde muy joven tenía grandes deseos
de sobresalir y de triunfar en la vida, y era despierto y de excelentes
cualidades para los estudios. Dios lo hará sobresalir pero en santidad.
Fue enviado a estudiar a la Universidad de París, y allá se encontró
con San Ignacio de Loyola, el cual se le hizo muy amigo y empezó a
repetirle la famosa frase de Jesucristo: “¿De qué le sirve a un hombre
ganar el mundo entero, si se pierde a sí mismo?” Este pensamiento lo fue
liberando de sus ambiciones mundanas y de sus deseos de orgullo y
vanidad, y lo fue encaminando hacia la vida espiritual. Aquí se cumplió a
la letra la frase del Libro del Eclesiástico: “Encontrar un buen amigo
es como encontrarse un gran tesoro”. La amistad con San Ignacio
transformó por completo a Javier.
Francisco fue uno de los siete primeros religiosos con los cuales San
Ignacio fundó la Compañía de Jesús o Comunidad de Padres Jesuitas.
Ordenado Sacerdote colaboró con San Ignacio y sus compañeros en enseñar
catecismo y predicar en Roma y otras ciudades.
El Sumo Pontífice pidió a San Ignacio que enviara algunos jesuitas a
misionar en la India. Fueron destinados otros dos, pero la enfermedad
les impidió marchar, y entonces el santo le pidió a Javier que se
quisiera embarcar para tan remotas tierras. Él obedeció inmediatamente y
emprendió el larguísimo viaje por el mar. En el barco aprovechó esas
interminables semanas, para catequizar lo más posible a los marineros y
viajeros. Con San Javier empezaron las misiones de los jesuitas.
Son impresionantes las distancias que Francisco Javier recorrió en la
India, Indostán, Japón y otras naciones. A pie, solamente con el libro
de oraciones, como único equipaje, enseñando, atendiendo enfermos,
obrando curaciones admirables, bautizando gentes por centenares y
millares, aprendiendo idiomas extraños, parecía no sentir cansancio.
Por las noches, después de pasar todo el día evangelizando y
atendiendo a cuanta persona le pedía su ayuda, llegaba junto al altar y
de rodillas encomendaba a Dios la salvación de esas almas que le había
encomendado. Si el sueño lo rendía, se acostaba un rato en el suelo
junto al sagrario, y después de dormir unas horas, seguía su oración. De
vez en cuando exclamaba: “Basta Señor: si me mandas tantos consuelos me
vas a hacer morir de amor”. Con razón su palabra tenía efectos
fulminantes para convertir. Era que llegaba precedida de muchas
oraciones y acompañada de costosos sacrificios. Algunas noches no era
capaz de levantar su mano derecha. Tan cansada estaba de tanto bautizar a
los que se habían convertido con sus predicaciones.
La gente lo consideraba un verdadero santo y le llevaban sus enfermos
para que los bendijera. Cuando se conseguían curaciones milagrosas, él
consideraba que esto se debía a otras causas y no a su santidad, o a su
poder de intercesión,
Desde 1510 Goa era una ciudad portuguesa en la India. Y allá puso su
centro de evangelización nuestro santo (en esa ciudad se conservan ahora
sus restos). A los portugueses se les había olvidado que eran
cristianos y lo único que les interesaba era enriquecerse y divertirse.
Así que tuvo el misionero que dedicarse con todas sus fuerzas y su gran
ascendiente a volver fervorosos otra vez a aquellos comerciantes sin
conciencia y sin escrúpulos (él decía en una de sus cartas: “estoy
aterrado de la variedad tan monstruosa de acciones que tienen estos
hombres para poder robar”).
Empezó a ganarse la buena voluntad de las gentes con su gran
amabilidad (a uno de sus compañeros le escribía: “hágase amar y así
logrará influir en ellos. Si emplea la amabilidad y el buen trato verá
que consigue efectos admirables”). Estableció clases de catecismo para
niños y adultos. Popularizó la costumbre de confesarse y comulgar.
Enseñaba la religión por medio de hermosos cantos que los fieles
repetían con verdadero gusto.
Por 13 veces consecutivas hizo larguísimos viajes por la nación
enseñando la religión cristiana a esos paganos que nunca habían oído
hablar de ella. Los de las clases altas (los brahamanes) no le hicieron
caso, pero los de las clases populares se convertían por montones. En
cada región dejaba catequistas para que siguieran instruyendo a la
gente, y de vez en cuando les enviaba a algún jesuita para
enfervorizarlos. Esas gentes nunca habían oído hablar de Jesucristo ni
de sus maravillosas enseñanzas.
Francisco se esmeraba por asemejarse lo más posible a la vida pobre
de las gentes que le escuchaban. Comía como ellos, simplemente arroz. En
vez de bebidas finas sólo tomaba agua. Dormía en una pobre choza, en el
suelo. Se ganaba la simpatía de los niños y a ellos les enseñaba las
bellas historias de la S. Biblia, recomendándoles que cada uno las
contara en su propia casa, y así el mensaje de nuestra religión llegaba a
muchos sitios.
Visitó muchas islas y en cada una de ellas enseñó la religión
cristiana. Sus viajes eran penosos y sumamente duros, pero escribía: “En
medio de todas estas penalidades e incomodidades, siento una alegría
tan grande y un gozo tan intenso que los consuelos recibidos no me dejan
sentir el efecto de las duras condiciones materiales y de la guerra que
me hacen los enemigos de la religión”. Podría repetir la frase de San
Pablo: “Sobreabundo en gozo en medio de mis tribulaciones”.
Dispuso irse a misionar al Japón pero resultó que allá lo
despreciaban porque vestía muy pobremente (y en cambio en la India lo
veneraban por vestir como los pobres del pueblo). Entonces se dio cuenta
de que en Japón era necesario vestir con cierta elegancia. Se vistió de
embajador (y en realidad el rey de Portugal le había conferido el
título de embajador) y así con toda la pompa y elegancia, acompañado de
un buen grupo de servidores muy elegantes y con hermosos regalos se
presentó ante el primer mandatario. Al verlo así, lo recibieron muy bien
y le dieron permiso para evangelizar. Logró convertir bastantes
japoneses, y se quedó maravillado de la buena voluntad de esas gentes.
Su gran anhelo era poder misionar y convertir a la gran nación china.
Pero allá estaba prohibida la entrada a los blancos de Europa. Al fin
consiguió que el capitán de un barco lo llevara a la isla desierta de
San Cian, a 100 kilómetros de Hong – Kong, pero allí lo dejaron
abandonado, y se enfermó y consumido por la fiebre, en un rancho tan
maltrecho, que el viento entraba por todas partes, murió el tres de
diciembre de 1552, pronunciando el nombre de Jesús. Tenía sólo 46 años. A
su entierro no asistieron sino un catequista que lo asistía, un
portugués y dos negros.
Cuando más tarde quisieron llevar sus restos a Goa, encontraron su
cuerpo incorrupto (y así se conserva). Francisco Javier fue declarado
santo por el Sumo Pontífice en 1622 (junto con Santa Teresa, San
Ignacio, San Felipe y San Isidro).
«El mensaje que la Beata Liduina Meneguzzi aporta hoy a la Iglesia y
al mundo es la esperanza de rescatar al hombre de su egoismo y de
aberrantes formas de violencia Un amor que es una invitaciòn a la
solidaridad y a la pràctica del bien, siguiendo el ejemplo de Jesùs que
vino no para ser servido sino para servir y dar su vida en rescate por
todos los hombres». (cfr. Decreto sobre la heroicidad de las Virtudes)
Elisa Angela Meneguzzi (la futura Hermana Liduina) nace el 12 de
septiembre del 1901 en Giarre, barrio de Abano Terme, provincia de
Padua.
Pertenece a una familia de modestos campesinos, pero rica en
honestidad y fe, valores que la niña asimila desde muy temprana edad;
demuestra un vivo espíritu de oraciòn: participa cada día en la Misa
aunque tenga que caminar casi dos kilómetros, frecuenta la catequesis,
más tarde será catequista Reza, durante las noches con su liimilia y es
feliz de poder hablar de Dios a sus hermanos.
A los catorce años, para ayudar económicamente a su familia, empieza a
trabajar fuera de casa y lo hace como empleada doméstica de fanilias
acomodadas y en los hoteles de Abano, ciudad reconocida por sus
tratamientos termales.
Su carácter es dulce, siempre disponible y se hace amar y apreciar en cualquier lugar.
Deseosa de consagrar su vida a Dios, el 5 de niarzo de 1926, ingresa
en la Congregación de las Hermanas de San Francisco de Sales en la Casa
Generalicia de Padua. Allí realiza su entrega a Dios y difunde en torno a
sí los tesoros de su gran corazón.
Realiza con amor su trabajo como encargada del cuidado de la ropa,
enfermera y sacristana entre las jóvenes del Colegio de la Santa Cruz;
éstas ven en ella la amiga buena capaz de ayudarlas en sus problemas con
sus sabios consejos. Deja, en todas ellas, huellas de imborrable
ternura, de valiente serenidad y de probada paciencia.
Realiza por fin su gran sueño que desde siempre guarda en su corazòn:
irse en 1937 a tierras de misiòn y llevar la fe y el amor de Cristo a
muchos hermanos que no lo conocen. Las Superioras la envían como
misionera a Etiopía, a la ciudad cosmopolita de DireDawa, en donde viven
gentes de diversas costumbres y religiones. La humilde hermana dedica
con fervor toda su actividad misionera en este mundo. No tiene gran
cultura teológica pero sí una fuerte riqueza interior, alimentada por un
profundo trato con Dios. Trabaja como enfermera en el Hospital Civil
Parmi, que una vez estallada la guerra se habilita como hospital
militar, donde llegan los soldados heridos. Sor Liduina es
verdaderamente para ellos un «àngel de caridad». Cuida los males fisicos
con ternura e incansable dedicaciòn viendo la imagen de Dios en cada
herniario que sufre.
Su nombre se encuentra muy pronto en boca de todos: la buscan, la
invocan como una bendiciòn. La gente del lugar la llaman «Hermana Gudda»
(grande). Arrecian los bombardeos en la ciudad y todos en el hospital
piden ayuda con un solo grito: «!Socorro, hermana Liduina!». Y ella sin
preocuparse del peligro, lleva los heridos al refugio y corre,
inmediatamente, a socorrer a otros. Se inclina ante los moribundos para
sugerirles el acto de contrición y con su inseparable botellita de agua
bautiza a los niños moribundos.
Su entrega no conoce límites; ayuda con un verdadero espíritu
ecuménico a todos: italianos, blancos y negros, católicos, coptos,
musulmanes y paganos.
Le gusta hablar, especialmente, de la bondad de Dios Padre y del cielo preparado para todos sus hijos.
Todo esto hace que la gente del lugar, casi todos musulmanes, queden
fascinados y manifiesten una gran simpatía por la religión católica.
Por lo cual se le atribuye el apelativo de «llama ecuménica» porque
ya antes del Concilio Vaticano li realiza uno de los aspectos más
recomendados del ecumenismo. Los santos se anticipan a su tiempo: son
como faros luminosos que señalan la dirección justa en la obscuridad más
densa.
Mientras tanto una enfermedad incurable mina su salud; acepta con paz
y serenamente su situación; sufre y se consume cumpliendo con valor su
preciosa obra de amor entre los enfermos.
Se somete por fin a una delicada operación quirúrgica que parece
superar, pero las cosas se complican y una parálisis intestinal, el 2 de
Diciembre de 1941, corta su vida.
La hermana Liduina muere santamente a los 40 años de edad entregada
completamente a la voluntad de Dios y ofreciendo su existencia por la
paz del mundo.
Un médico que estaba presente allí, afirmaba: «Nunca he visto morir a alguien con tanta paz y serenidad».
Los soldados, que la quieren como una de su propia familia la hacen
enterrar en el cementerio reservado para ellos. Los restos mortales de
la hermana Liduina, después de 20 años son trasladados, en junio de
1961, a Padua, a una capilla de la Casa Generalicia donde devotos y
amigos perigrinan a su tumba para invocar su intercesión ante Dios.
¡Oh!, Beato Charles de Foucauld, vos, sois el hijo del Dios de la Vida y su amado beato que, de milagro os convertisteis luego de vuestro peregrinar a Tierra Santa. Vuestra vida: contemplación, pobreza, humildad, y, “vivo” testimonio del Amor de Dios entre cristianos, judíos y musulmanes. El Sahara de vos, sabe y mucho, pues allí a Cristo imitasteis porque Él, os proveyó de gracia y dones maravillosos. Los “bereberes” y los “tuaregs” vuestros amigos eran y, de éstos últimos escribisteis sobre su lengua. Vuestra famosa orden la de la comunidad de los “Hermanitos de Jesús”, manos hecharon a su evangelización. Y, de vuestro ejemplo nacen luego y, a imitación vuestra “Las Hermanitas del Sagrado Corazón”, “Las Hermanitas de Jesús”, “Las Hermanitas del Evangelio”, “Las Hermanitas de Nazaret”, “Los Hermanitos del Evangelio” y “Los hermanitos de de Charles Foucauld”, en honor vuestro. “Padre mío, me abandono a Ti. Haz de mí lo que quieras. Lo que hagas de mí te lo agradezco, estoy dispuesto a todo, lo acepto todo. Con tal que Tu voluntad se haga en mí y en todas tus criaturas, no deseo nada más, Dios mío. Pongo mi vida en Tus manos. Te la doy Dios mío, con todo el amor de mi corazón, porque te amo, y porque para mí amarte es darme, entregarme en Tus manos sin medida, con infinita confianza, porque Tu eres mi Padre”. Así, escribisteis a Dios, alguna vez en las arenas quemantes del Sahara, viviendo como otro Cristo más. Años más tarde Juan Pablo II, el día del reconocimiento de vuestro milagro, recalcó una vez más vuestra santa vida: “Vivió en la pobreza, en la contemplación, en la humildad, testimoniando fraternalmente el amor de Dios entre los cristianos, los judíos y los musulmanes”. Mayor prueba de vuestro amor, ya no hay. Por ello y cuando vuestra alma, al cielo marchó, coronada fue con corona de luz, como premio justo a vuestra entrega increíble de amor; ¡Oh!, San Charles de Foucauld, “Vivo Cristo de su Vivo Amor”.
1° de Diciembre Beato Charles de Foucauld Sacerdote Francés
Charles de Foucauld beatificado el domingo 13 de
noviembre de 2005 en la Basílica de San Pedro del Vaticano, según ha
revelado el postulador de su causa de beatificación, monseñor Maurice
Bouvier.
Nacido en Estrasburgo (Francia) el 15 de septiembre de 1858, Charles
de Foucauld, emprendió en 1883 una afortunada expedición en el desierto
de Marruecos que la valió la medalla de oro de la Sociedad de Geografía.
Su conversión religiosa se produjo en 1886 y tiene como consecuencia
la peregrinación a Tierra Santa realizada en 1888. Tras la experiencia
como trapense en Siria y como eremita en Nazaret, en 1901 fue ordenado
sacerdote. Estudió el árabe y el hebreo.
«Vivió en la pobreza, en la contemplación, en la humildad,
testimoniando fraternalmente el amor de Dios entre los cristianos, los
judíos y los musulmanes», recordó ante Juan Pablo II durante la
ceremonia de promulgación del decreto de reconocimiento de un milagro
atribuido a su intercesión el cardenal José Saraiva Martins, prefecto de
la Congregación para las Causas de los Santos.
«Para imitar la vida oculta de Jesús en Nazaret, se fue a vivir en el
corazón del desierto del Sahara, en Tamanrasset» (Hoggar), añadió el
purpurado portugués el 20 de diciembre pasado.
Los bereberes le llamaban «marabut». Escribió varios libros sobre los
tuaregs, en particular una gramática y un diccionario francés-tuareg,
tuareg-francés.
Surgió en torno a él la comunidad de los Hermanitos de Jesús, empeñados en la evangelización de los tuaregs del Sáhara.
El 1 de diciembre de 1916, a la edad de 58 años, Charles de Foucauld
muere por un disparo de fusil en medio de una escaramuza entre los
bereberes de Hoggar.
Diez congregaciones religiosas y ocho asociaciones de vida espiritual
han surgido de su testimonio y carisma. Entre ellos, se encuentran las
Hermanitas del Sagrado Corazón, las Hermanitas de Jesús, las Hermanitas
del Evangelio, las Hermanitas de Nazaret, los Hermanitos de Jesús, los
Hermanitos del Evangelio; así como la Fraternidad Jesús Caritas, o la
Fraternidad Charles de Foucauld. (http://www.charlesdefoucauld.org/)
Padre mío, me abandono a Ti. Haz de mí lo que quieras.
Lo que hagas de mí te lo agradezco, estoy dispuesto a todo, lo acepto todo. Con tal que Tu voluntad se haga en mí y en todas tus criaturas, no deseo nada más, Dios mío.
Pongo mi vida en Tus manos. Te la doy, Dios mío, con todo el amor de mi corazón, porque te amo, y porque para mí amarte es darme, entregarme en Tus manos sin medida, con infinita confianza, porque Tu eres mi Padre.
¡Oh!, San Andrés, vos, sois el hijo del Dios de la Vida, su Apóstol y amado santo. Además de ser el primero en encontrar a Jesús y convertiros en su primer discípulo junto con San Juan, “el evangelista”, y ambos de Juan “el Bautista”, discípulos. Éste, viendo a Jesús pasar dijo: “He ahí el Cordero de Dios”. Y, vos, os emocionasteis y con Él, marchasteis sin dudarlo. Mas tarde a Simón vuestro hermano, os lo dijisteis: “Hemos encontrado al Salvador del mundo”. Y, también él, se fue con Jesús. Vos, sois el propiciador del “milagro de los cinco panes”, los milagros de Jesús visteis y sus sermones escuchasteis. El Espíritu Santo en Pentecostés os cubrió hecho lenguas de fuego. A vos, también os consultó el apóstol San Juan, para escribir el Evangelio Cuarto, pues dudaba el hacerlo, diciéndole: “Debe escribirlo. Y que los hermanos revisen lo que escriba”. Predicasteis la Buena Nueva por las ciudades, los campos y los montes de vuestro tiempo con valentía, milagros y prodigios obrando, hasta agotaros y entregar vuestra santa vida, en una muerte y también “muerte” pero en forma de “equis”. “Yo te venero ¡oh! Cruz Santa que me recuerdas la Cruz donde murió mi Divino Maestro. Mucho había deseado imitarlo a Él en este martirio. Dichosa hora en que tú al recibirme en tus brazos me llevarán junto a mi Maestro en el cielo”. Fueron vuestras palabras cuando visteis la cruz de vuestro martirio. Y, así, voló vuestra alma al cielo, para coronada ser con corona de luz, como justo premio a vuestra entrega sublime de amor, donde el mismo Cristo, os coronó de gloria; ¡Oh!, San Andrés, “vivo martirio de cruz “equis”, y de Amor por Cristo”.
« Dichoso tú, querido apóstol Andrés, que
tuviste la suerte de ser el primero de los apóstoles en encontrar a
Jesús. Pídele a Él que nosotros le seamos totalmente fieles en todo,
hasta la muerte. »
San Andrés (cuyo nombre significa “varonil”) nació en
Betsaida, población de Galilea, situada a orillas del lago Genesaret.
Era hijo del pescador Jonás y hermano de Simón Pedro. La familia tenía
una casa en Cafarnaum, y en ella se hospedaba Jesús cuando predicaba en
esta ciudad.
Andrés tiene el honor de haber sido el primer discípulo que tuvo
Jesús, junto con San Juan el evangelista. Los dos eran discípulos de
Juan Bautista, y este al ver pasar a Jesús (cuando volvía el desierto
después de su ayuno y sus tentaciones) exclamó: “He ahí el cordero de
Dios”. Andrés se emocionó al oír semejante elogio y se fue detrás de
Jesús (junto con Juan Evangelista), Jesús se volvió y les dijo: “¿Qué
buscan?”. Ellos le dijeron: “Señor: ¿dónde vives?”. Jesús les respondió:
“Vengan y verán”. Y se fueron y pasaron con Él aquella tarde. Nunca
jamás podría olvidar después Andrés el momento y la hora y el sitio
donde estaban cuando Jesús les dijo: “Vengan y verán”. Esa llamada
cambió su vida para siempre.
Andrés se fue luego donde su hermano Simón y le dijo: “Hemos
encontrado al Salvador del mundo” y lo llevó a donde Jesús. Así le
consiguió a Cristo un formidable amigo, el gran San Pedro.
Al principio Andrés y Simón no iban con Jesús continuamente sino que
acudían a escucharle siempre que podían, y luego regresaban a sus
labores de pesca. Pero cuando el Salvador volvió a Galilea, encontró a
Andrés y a Simón remendando sus redes y les dijo: “Vengan y me siguen”, y
ellos dejando a sus familias y a sus negocios y a sus redes, se fueron
definitivamente con Jesús. Después de la pesca milagrosa, Cristo les
dijo: “De ahora en adelante serán pescadores de almas”.
El día del milagro de la multiplicación de los panes, fue Andrés el
que llevó a Jesús el muchacho que tenía los cinco panes. Andrés
presenció la mayoría de los milagros que hizo Jesús y escuchó, uno por
uno, sus maravillosos sermones. Vivió junto a Él por tres años.
En el día de Pentecostés, Andrés recibió junto con la Virgen María y
los demás Apóstoles, al Espíritu Santo en forma de lenguas de fuego, y
en adelante se dedicó a predicar el evangelio con gran valentía y
obrando milagros y prodigios.
Un escrito que data del siglo III, el “Fragmento de Muratori” dice:
“Al apóstol San Juan le aconsejaban que escribiera el Cuarto Evangelio.
Él dudaba, pero le consultó al apóstol San Andrés, el cual le dijo:
‘Debe escribirlo. Y que los hermanos revisen lo que escriba”.
Una tradición muy antigua cuenta que el apóstol Andrés fue
crucificado en Patrás, capital de la provincia de Acaya, en Grecia. Que
lo amarraron a una cruz en forma de X y que allí estuvo padeciendo
durante tres días, los cuales aprovechó para predicar e instruir en la
religión a todos los que se le acercaban. Dicen que cuando vio que le
llevaban la cruz para martirizarlo, exclamó: “Yo te venero oh cruz santa
que me recuerdas la cruz donde murió mi Divino Maestro. Mucho había
deseado imitarlo a Él en este martirio. Dichosa hora en que tú al
recibirme en tus brazos, me llevarán junto a mi Maestro en el cielo”.
La tradición coloca su martirio en el 30 de noviembre del año 63, bajo el imperio cruel de Nerón.
Se llama «taumaturgo» al que hace muchos milagros. A este santo le
pusieron ese nombre porque según indica la tradición popular, desde
tiempos de Moisés, no se había visto a un hombre conseguir tantos
milagros como los que obtuvo San Gregorio.
Cuando era joven tuvo que viajar a Cesarea, en Palestina, a acompañar
a una hermana; estando allá, conoció al sabio más grande de su tiempo
que era Orígenes quien había puesto una escuela de teología en esa
ciudad.
Al estallar la persecución de Decio en 250, San Gregorio aconsejó a
los cristianos que se escondieran para que no tuvieran peligro de
renegar de su fe cristiana por temor a los tormentos. Se ha hecho
célebre en la historia de la Iglesia la frase que dijo este gran santo
poco antes de morir. Preguntó: «¿Cuántos infieles quedan aún en la
ciudad sin convertirse al cristianismo?» Le respondieron: «Quedan
diecisiete», y él exclamó gozoso: «Gracias Señor: ese era el número de
cristianos que había en esta ciudad cuando yo llegué a misionar aquí. En
ese tiempo no había sino 17 cristianos, y ahora no hay sino 17
paganos».
Las gentes lo invocaban después cuando hubo inundaciones y
terremotos, y es que San Gregorio con sus oraciones y sacrificios logró
detener terribles inundaciones que amenazaban acabar con toda los
cultivos y casas de la ciudad.