13 abril, 2023

San Martín I, Papa

 

 

SAN MARTÍN, Papa

 

 ¡Oh!, San Martín, vos, sois el hijo del Dios de la Vida,
su amado santo y Papa, y que, padecisteis las afrentas
y abominables maltratos que hombre alguno podría haber
resistido, a excepción de vuestro mentor y Maestro: ¡Cristo!
Constante, hereje y emperador de Constantinopla os
mandó matar, con un batallón de soldados. Pero, cosas
del Dios Vivo, el que iba a terminar con vuestra santa vida,
ciego quedó de repente. Luego envió a otro jefe militar
que os sacó de Roma estando enfermo y os llevó prisionero
a Constantinopla. Duró el viaje catorce meses y estuvo
de crueldad lleno. No os daban alimentos y os negaron
que vos os hicieseis vuestro aseo personal, por cuarenta
y siete días. Pero, vos todo lo soportasteis con paciencia
increíble. Y, vos, inspirado por el Espíritu Santo escribisteis:
“Me martiriza el frió. Sufro hambre y estoy enfermo. Pero
espero que por estos sufrimientos les concederá Dios a mis
perseguidores, que después de mi muerte se arrepientan y
se conviertan”. ¡Qué maravilla! En Constantinopla os
expusieron como un criminal, para que la gente se burlaran
de vos. Pero, por el contrario, muchos os admiraron porque
todo lo sufríais valor y fe, hasta que, un tribunal de herejes
os condenó sin que vos, dijerais ni una palabra en vuestra
defensa. Os tuvieron tres meses padeciendo en la cárcel
junto a los condenados a muerte, pero, luego os enviaron
al destierro. Cuando alguien os amenazó con que os matarían
pronto, dijisteis: “Sea cual fuere la muerte que me den,
seguramente no va a ser más cruel que esta vida que me están
haciendo pasar”. “En cuánto a mi cuerpo, Dios se encargará
de cuidarlo. Dios está conmigo. ¿Por qué me voy a preocupar?”.
“Espero que el Señor Dios tendrá misericordia de mí y no
prologará ya por mucho tiempo el tiempo de mi vida en este
mundo”. “Estoy sorprendido del abandono total en que me
tienen en este destierro los que fueron mis amigos. Y más
me entristece la indiferencia total con la que mis compañeros
de labores me han abandonado. ¿Qué no tienen dinero? ¿Pero
no habría ni siquiera unas libras de alimento para enviarlo?
¿O es que el temor a los enemigos de la Iglesia les hace
olvidar la obligación que cada uno tiene de dar de comer
al hambriento? Pero a pesar de todo, yo sigo rezando a Dios
para que conserve firmes en la fe a todos los que pertenecen
a la Iglesia”. ¡Jamás! pudieron con vos, vuestros herejes enemigos
y, de la negra noche aquella, alegrose el cielo para recibiros,
tal y conforme Cristo lo había anunciado, cuando dijo: “Dichosos
vosotros, cuando os persigan por mi causa. Alegraos porque
grande es vuestro premio”. Y, así, vuestra alma, presurosa voló
al cielo para, corona de luz recibir, como premio justo a vuestro amor;
¡oh!, San Martín, “vivo mártir en Jesús, Dios y Señor Nuestro”.

 

© 2023 by Luis Ernesto Chacón Delgado
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13 de Abril
San Martín I
Papa
(año 656)



San Martín, fue el último Papa martirizado. Son más de 40 los pontífices que han sufrido el martirio.Nació en Todi, Italia, y se distinguió entre los sacerdotes de Roma por su santidad y su sabiduría.Fue elegido Papa el año 649 y poco después convocó a un Concilio o reunión de todos los obispos, para condenar la herejía de los que decían que Jesucristo no había tenido voluntad humana, sino solamente voluntad divina (Monotelistas se llaman estos herejes).


Como el emperador de Constantinopla Constante II era hereje monotelista, mandó a un jefe militar con un batallón a darle muerte al pontífice. Pero el que lo iba a asesinar, quedó ciego en el momento en el que lo iba a matar, y el jefe se devolvió sin hacerle daño.


Luego envió Constante a otro jefe militar el cual aprovechando que el Papa estaba enfermo, lo sacó secretamente de Roma y lo llevó prisionero a Constantinopla. El viaje duró catorce meses y fue especialmente cruel y despiadado. No le daban los alimentos necesarios y según dice él mismo en sus cartas, pasaron 47 días sin que le permitieran ni siquiera agua para bañarse la cara. Un verdadero martirio que él soportó con especial paciencia. En aquellos días dejó escritas estas palabras: “Me martiriza el frió. Sufro hambre y estoy enfermo. Pero espero que por estos sufrimientos les concederá Dios a mis perseguidores, que después de mi muerte se arrepientan y se conviertan.


En Constantinopla lo expusieron al público como un malhechor, para que las gentes se burlaran de él. Pero lo que consiguieron fue hacer que muchísimos admiraran la virtud de aquel santo varón que todo lo sufría con admirable valor. Un tribunal de herejes lo condenó sin permitirle que dijera ni siquiera una palabra en su defensa. Lo tuvieron tres meses padeciendo en la cárcel destinada a los condenados a muerte, y luego lo sacaron de la cárcel por una petición que hizo el Patriarca Arzobispo de Constantinopla poco antes de morirse, pero lo enviaron al destierro.

Martín fue escribiendo en sus cartas lo que le iba sucediendo en aquellos prolongados martirios. En uno de esos escritos cuenta cómo lo llevaron sin las más mínimas muestras de consideración o respeto a Crimea (en el sur de Rusia, junto al Mar Negro) donde estuvo por meses y meses abandonado de todos, sufriendo hambre y desprecios, pero enriqueciéndose para el cielo en el ofrecimiento diario de sus padecimientos a Dios.


Sus sufrimientos eran tan grandes que cuando alguien lo amenazó con que le iban a dar muerte, exclamó: “Sea cual fuere la muerte que me den, seguramente no va a ser más cruel que esta vida que me están haciendo pasar”. Lo amenazaron con dejar su cuerpo expuesto a que lo devoraran los cuervos y respondió: “En cuánto a mi cuerpo, Dios se encargará de cuidarlo. Dios está conmigo. ¿Por qué me voy a preocupar?”. Y dando un suspiro de esperanza añadió: “Espero que el Señor Dios tendrá misericordia de mí y no prologará ya por mucho tiempo el tiempo de mi vida en este mundo”. De veras que sus sufrimientos debieron ser muy grandes para desear más bien morir que seguir viviendo.


En su última carta, dice así San Martín: “Estoy sorprendido del abandono total en que me tienen en este destierro los que fueron mis amigos. Y más me entristece la indiferencia total con la que mis compañeros de labores me han abandonado. ¿Qué no tienen dinero? ¿Pero no habría ni siquiera unas libras de alimento para enviarlo? ¿O es que el temor a los enemigos de la Iglesia les hace olvidar la obligación que cada uno tiene de dar de comer al hambriento? Pero a pesar de todo, yo sigo rezando a Dios para que conserve firmes en la fe a todos los que pertenecen a la Iglesia”.


Murió más de padecimientos y de falta de lo necesario que de enfermedad o vejez, en el año 656. En Constantinopla donde había sido tan humillado, fue declarado santo y empezaron a honrarlo como a un mártir de la religión. Y en la Iglesia de Roma se le ha venido honrando entre el número de los santos mártires.


Martín I: después de ser humillado por unos años, ha seguido siendo glorificado por muchos siglos. En él se ha cumplido lo que anunció San Pablo: “Después de un corto sufrir en esta tierra, nos espera un inmenso gozar en la gloria celestial”.


Dichosos vosotros cuando os persigan por mi causa. Alegraos porque grande es vuestro premio. (Jesucristo).


 

12 abril, 2023

San Giuseppe Moscati, "El Médico de los Pobres"

 

 

12 de Abril

San Giuseppe Moscati

En 1892 su hermano Alberto, desafortunadamente, el murió tras una caída de su caballo durante el ejercicio de su servicio militar: a partir de este episodio empezó a madurar su pasión por la medicina. Después de la escuela secundaria, se matriculó en 1897 en la Facultad de Medicina, en el mismo año de la muerte de su padre, que sufrió una hemorragia cerebral.

Ingresó en la universidad para estudiar medicina y con 22 años se graduó con las mejores calificaciones de su promoción. Cada día se levantaba muy temprano para ir a misa y recibir la comunión. Después se dirigía a las colonias pobres para ver algunos enfermos y a las 8:30 a.m. iniciaba el trabajo en el hospital.

Sus pacientes predilectos eran los pobres, algo de lo que dan fe muchas personas que lo conocieron. Es conocida una anécdota suya con un anciano pobre al que visitaba cada día. El anciano le pidió en una ocasión que fuera con él desayunar al café que estaba junto a la iglesia a la que acudía a misa. El día en el que el anciano no iba a desayunar, el doctor se acercaba preocupado hasta su domicilio para asistirlo.

Nunca cobró dinero a los pobres, a los que ayudaba siempre con una sonrisa y sin hacerse notar.

Su muerte llegó el 12 de abril de 1927, casi a los 47 años, mientras esperaba en el despacho de su casa la visita de los enfermos y sentado en un sillón.

La noticia de su fallecimiento se difundió rápidamente por toda la ciudad con las palabras “ha muerto el médico santo” y fueron los pobres quienes más lloraron la pérdida de su amigo y doctor.

Entre los primeros que acudieron a rezar ante su cadáver estuvo el Cardenal Ascalesi, quien ante los presentes dijo: “el doctor pertenecía a la Iglesia; no a aquella de quienes sanó el cuerpo, sino de la de quienes salvó el alma y que salieron a su encuentro mientras subía al cielo”.

Fue beatificado en 1975 por el Papa Pablo VI y canonizado gracias al milagro de la curación de leucemia del joven Giuseppe Montefusco en 1979. Precisamente fue en la Iglesia de Jesús Nuevo donde la madre del joven pidió la intercesión del entonces beato.

Algunos días antes, por la noche, vio en sueños la foto de un médico en batín blanco. Contó el sueño a su párroco, quien le habló del Beato Moscati. La señora fue a la Iglesia de Jesús Nuevo y enseguida reconoció el rostro de la imagen que vio en sueños. Desde ese momento rezó a Moscati y consiguió que se le unieran parientes y amigos. Su hijo Giuseppe se curó totalmente en pocos días y regresó a su trabajo como herrero.

Moscati fue canonizado por Juan Pablo II el 25 de octubre de 1987.

(https://www.aciprensa.com/recursos/biografia-4503)

11 abril, 2023

Santa Emma Galgani, Mística y Estigmatizada

 


 

 ¡Oh! Santa Emma Galgani, vos, sois la hija del Dios de la Vida,
su amada sierva y santa. Vos, aunque pasasteis por numerosos
sufrimientos corporales, Cristo os concedió sus estigmas santos.
Vuestra fortaleza, siempre fue el amor que sentíais por los
pecadores y vuestra devoción al Sagrado Corazón de Jesús, lo
que os permitió desarrollar una espiritualidad sólida y profunda.
Desde muy niña evidenciasteis vuestra vocación al misticismo,
y por ello, os gustabais encerraros para rezar delante del santo
crucifijo familiar. Vuestra madre, os inculcó el amor por Cristo
Crucificado y por la Virgen María; y os animaba a hablar con
Jesús y a veces entre lágrimas, os dijo también el amor que Él,
mostró por los hombres. A lo largo de vuestra vida, estuvisteis
muy cerca a la Eucaristía y a la Santísima Virgen María, Madre
de Dios y Madre nuestra. A pesar de vuestra corta edad, el obispo
de Camigliano, Mons. Volpi, accedió a que recibierais la Primera
Comunión. Vuestra madre, sintiendo cercana la muerte, os encomendó
al cuidado del Espíritu Santo. Después de la muerte de vuestro
padre, os mudasteis con vuestros tíos a Camioer, descuidando
vuestra relación con Dios, llegando a dejar de orar por algún
tiempo. Pero, el Señor permitió que cayerais enferma para haceros
recapacitar, y, así fue, y tuvisteis que esforzaros por retomar
la vida de oración. Jesús os concedió diversas gracias, entre
las que se contaban numerosas experiencias místicas sobre la Pasión
de Cristo. A estas alturas, vuestra salud decreció y teníais
recaídas de vuestras dolencias, aprendiendo a aprovechar esos
momentos para ofrecer vuestros sufrimientos por la conversión de
los pecadores. Y, entonces, el maligno no demoró con sus ataques,
presentándoos tentaciones, hasta atacaros físicamente. Por vuestros
constantes padecimientos, los éxtasis en los que quedabais y por
mostrar los estigmas de Cristo, muchos se burlaban de vos, y os
creían loca. Pero, vos, nunca dejasteis de que os amedrentaran
y continuasteis amando y sirviendo a Jesús hasta el día de vuestra
muerte. Y, el día que tanto habíais anhelado llegó, y sintiéndoos
se cerca de morir, ofrecisteis este último sacrificio por la
conversión de un sacerdote caído en una vida mundana y desordenada.
El padre, al enterarse de vuestro sacrificio, se convirtió dos días
antes de que vuestra alma volara el cielo, para recibir corona
de luz y eternidad como justo premio a vuestra entrega de amor y fe.
El Padre Germán, os dió la extremaunción y vio cómo vos, colocabais
vuestro brazos imitando a vuestro único Maestro: ¡Cristo en la Cruz!
Luego, tomasteis el crucifijo en las manos y exclamasteis: «¡Jesús!
¡En vuestras manos encomiendo mi pobre alma!» y volviéndoos a la
imagen de María, añadisteis: «¡Mamá mía!, recomienda a Jesús mi
pobre alma… y dile que tenga misericordia de mí». !Aleluya! Y,
el Padre Germán escribió muy pronto vuestra biografía y la devoción
hacia vos, comenzó a extenderse de manera prodigiosa, no sólo en
Italia, sino por los confines de todo el orbe de la tierra. ¡Aleluya!
Os canonizaron durante la fiesta de la Ascensión de Nuestro Señor;
¡Oh! Santa Emma Galgani, «vivo amor por el Dios de la Vida y del Amor».

© 2023 by Luis Ernesto Chacón Delgado

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11 de Abril
Santa Emma Galgani
Mística y Estigmatizada

Cuando Jesús entra en el corazón de una persona, su amor lo inflama de grandeza y caridad, tanto que a veces la naturaleza humana se ve superada o desbordada. Eso fue lo que le sucedió a Santa Gemma Galgani, una joven italiana que pasó por numerosos sufrimientos corporales y a quien Cristo le concedió sus estigmas.

Sus grandes fortalezas fueron el amor que sentía por los pecadores y su devoción al Corazón de Jesús, lo que le permitió desarrollar una espiritualidad profunda.

Gemma nació en Camigliano (Italia) el 12 de marzo de 1878. Sus padres fueron el farmacéutico don Enrique Galgani y doña Aurelia Landi. Fue la cuarta hija de ocho hermanos. Desde niña evidenció su particular vocación al misticismo. Entre otros signos, gustaba de encerrarse para rezar delante del crucifijo de la familia.

Su madre fue quien le inculcó el amor por Cristo Crucificado y por la Virgen María. Solía tomarla en brazos mientras le enseñaba el crucifijo. La animaba a hablar con Jesús y le recordaba siempre, a veces entre lágrimas, el inmenso amor que Jesús mostró por los hombres. Durante toda su vida, Gemma estuvo muy cerca a la Eucaristía y a la Madre de Dios. A pesar de su corta edad, el obispo de Camigliano, Mons. Volpi, accedió a que recibiera la Primera Comunión.

Cuando su madre empezó a sentir cercana la muerte, encomendó a Gemma al cuidado del Espíritu Santo. Aurelia alcanzó a prepararla para recibir el sacramento de la Confirmación, que le fue administrado en 1885 por el obispo de Lucca, Mons. Nicolás Ghilardi.

Durante la ceremonia, Gemma sintió que el Espíritu Santo le preguntaba si ella quería entregarle a su mamá. La niña respondió que sí, pero le pidió que la llevara también a ella. Sin embargo, eso no fue lo que sucedió, porque Dios tenía otros planes para ella.

Años más tarde, después de la muerte de su padre, Gemma se mudó con sus tíos a Camioer. Durante el año que permaneció con ellos, descuidó mucho su relación con Dios y llegó incluso a dejar de rezar por algún tiempo. Sin embargo, el Señor permitió que cayera enferma para hacerla recapacitar, y, gracias a Dios, así fue. Como Gemma requería de mayores cuidados regresó a Lucca, donde permaneció hasta su muerte.

Así, Gemma tuvo que esforzarse por retomar la vida de oración, para unirse a Cristo y nunca más abandonarlo. Jesús le concedió diversas gracias, entre las que se contaban numerosas experiencias místicas sobre la Pasión de Cristo.

Lamentablemente la salud de Santa Gemma no era buena y tenía constantes recaídas de sus dolencias. A pesar del dolor, aprendió a aprovechar esos momentos para ofrecer sus sufrimientos por la conversión de los pecadores.

Toda esa entrega y abnegación fueron motivo para que se convirtiese en blanco de los ataques del Maligno, que le presentaba tentaciones e incluso llegó a atacarla físicamente.

A causa de sus constantes padecimientos, los éxtasis en los que se quedaba y por mostrar los estigmas de Cristo, muchos se burlaban de ella y la creían loca. Pero Gemma nunca se dejó amedrentar por las burlas o insultos, y continuó amando y sirviendo a Jesús hasta el día de su muerte.

Finalmente, la Santa cayó gravemente enferma. Sintiéndose cerca de morir, Gemma ofreció este último sacrificio por la convresión de un sacerdote caído en una vida mundana y desordenada. El cura, al enterarse de su sacrificio, se convirtió dos días antes de que la muerte le sobreviniera sorpresivamente.

La joven italiana murió el 11 de abril de 1903, el día de Sábado Santo. El P. Germán le dio la extremaunción y vio cómo la Santa colocaba sus brazos imitando a Cristo en la Cruz. Después, Gemma tomó el crucifijo en las manos y exclamó: «¡Jesús!.. ¡En tus manos encomiendo mi pobre alma!»; y volviéndose a la imagen de María, añadió: «¡Mamá mía!, recomienda a Jesús mi pobre alma…Dile que tenga misericordia de mí».

El P. Germán escribió muy pronto la biografía y la devoción a Santa Gemma comenzó a extenderse de manera prodigiosa, no sólo en Italia, sino en muchos países del mundo.

Fue canonizada el 2 de mayo de 1940 durante la fiesta de la Ascensión del Señor. El Papa Pío XI dijo sobre la santa: “Será la joya de nuestro pontificado”.

(https://www.aciprensa.com/noticias/hoy-celebramos-a-la-joven-santa-gemma-galgani-84537)

10 abril, 2023

Beatos Colombianos de San Juan de Dios

 

 

!Oh¡, Santos Mártires de Colombia,
vosotros sois los hijos del Dios de
la vida, que decidisteis por el amor
a Cristo, Dios y Señor Nuestro, en los
débiles vuestro servicio y amor dar
y, no teniendo mayor delito que, el de
haberlo seguido; vuestras vidas santas
entregasteis, tras un inhumano y
cruel martirio a manos de los impíos
ateos. A vosotros pues Santos Beatos:
Juan Bautista Velásquez, Esteban
Maya, Melquiades Ramírez de
Sonsón, Eugenio Ramírez,Rubén
de Jesús López, Arturo Ayala, y
Gaspar Páez Perdomo; sean dadas
glorias y alabanzas, porque ahora
vivís la eternidad de la vida; todos
coronados de luz, como premio
justo a vuestra entrega de amor y fe.
Dijo Cristo: “Si alguno se declara a
Mi favor ante la gente de esta tierra,
yo me declararé a su favor ante
los ángeles del cielo”; ¡aleluya!;
¡Oh!, Santos Mártires de Colombia.

© 2023 by Luis Ernesto Chacón Delgado

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10 de Abril
Los Mártires Colombianos de la
Comunidad de San Juan de Dios
(año 1936)

Desde 1934 estalló en España una horrorosa persecución contra los católicos, por parte de los comunistas y masones y de la extrema izquierda. Por medio del fraude y de toda clase de trampas fueron quitándoles a los católicos todos los puestos públicos. En las elecciones, tuvo el partido católico medio millón de votos más que los de la extrema izquierda, pero al contabilizar tramposamente los votos, se les concedieron 152 curules menos a los católicos que a los izquierdistas. La persecución anticatólica se fue volviendo cada vez más feroz y terrorífica. En pocos meses de 1936 fueron destruidos en España más de mil templos católicos y gravemente averiados más de dos mil.

Desde 1936 hasta 1939, los comunistas españoles asesinaron a 4,100 sacerdotes seculares; 2,300 religiosos; 283 religiosas y miles y miles de laicos. Todos por la sola razón de pertenecer a la Iglesia Católica.

Las comunidades que más mártires tuvieron fueron: Padres Claretianos: 270. Padres Franciscanos 226. Hermanos Maristas 176. Hermanos Cristianos 165. Padres Salesianos 100. Hermanos de San Juan de Dios 98.

En 1936 los católicos se levantaron en revolución al mando del General Francisco Franco y después de tres años de terribilísima guerra lograron echar del gobierno a los comunistas y anarquistas anticatólicos, pero estos antes de abandonar las armas y dejar el poder cometieron la más espantosa serie de asesinatos y crueldades que registra la historia. Y unas de sus víctimas fueron los siete jóvenes colombianos, hermanos de la Comunidad de San Juan de Dios, que estaban estudiando y trabajando en España.

Eran de origen campesino o de pueblos religiosos y piadosos. Muchachos que se habían propuesto desgastar su vida en favor de los que padecían enfermedades mentales, en la comunidad que San Juan de Dios fundó para atender a los enfermos más abandonados. La Comunidad los había enviado a España a perfeccionarse en el arte de la enfermería y ellos deseaban emplear el resto de su vida en ayudar de la mejor manera posible a que los enfermos recobraran su salud mental y física y sobre todo su salud espiritual por medio de la conversión y del progreso en virtud y santidad.

Sus nombres eran: Juan Bautista Velásquez, de Jardín (Antioquía) 27 años. Esteban Maya, de Pácora Caldas, 29 años. Melquiades Ramírez de Sonsón (Antioquía) 27 años. Eugenio Ramírez, de La Ceja (Antioquía) 23 años. Rubén de Jesús López, de Concepción (Antioquía) 28 años. Arturo Ayala, de Paipa (Boyacá) 27 años y Gaspar Páez Perdomo de Tello (Huila) 23 años.

Hacía pocos años que habían entrado en la Congregación y en España sólo llevaban dos años de permanencia. Hombres totalmente pacíficos que no buscaban sino hacer el bien a los más necesitados. No había ninguna causa para poderlos perseguir y matar, excepto el que eran seguidores de Cristo y de su Santa Religión. Y por esta causa los mataron.

Estos religiosos atenían una casa para enfermos mentales en Ciempozuelos cerca de Madrid, y de pronto llegaron unos enviados del gobierno comunista español (dirigido por los bolcheviques desde Moscú) y les ordenaron abandonar aquel plantel y dejarlo en manos de unos empleados marxistas que no sabían nada de medicina ni de dirección de hospitales pero que eran unas fieras en anticleralismo.

A los siete religiosos se los llevaron prisioneros a Madrid.

Cuando al embajador colombiano le contaron la noticia, pidió al gobierno que a estos compatriotas suyos por ser extranjeros los dejaran salir en paz del país, y les envió unos pasaportes y unos brazaletes tricolores para que los dejaran salir libremente. Y el Padre Capellán de las Hermanas Clarisas de Madrid les consiguió el dinero para que pagaran el transporte hacia Colombia, y así los envió en un tren a Barcelona avisándole al cónsul colombiano de esa ciudad que saliera a recibirlos. Pero en el tiquete de cada uno los guardas les pusieron una señal especial para que los apresaran.

El Dr. Ignacio Ortiz Lozano, Cónsul colombiano en Barcelona describió así en 1937 al periódico El Pueblo de San Sebastián cómo fueron aquellas jornadas trágicas: “Este horrible suceso es el recuerdo más doloroso de mi vida. Aquellos siete religiosos no se dedicaban sino al servicio de caridad con los más necesitados. Estaban a 30 kilómetros de Madrid, en Ciempozuelos, cuidando locos. El día 7 de agosto de 1936 me llamó el embajador en Madrid (Dr. Uribe Echeverry) para contarme que viajaban con un pasaporte suyo en un tren y para rogarme que fuera a la estación a recibirlos y que los tratara de la mejor manera posible. Yo tenía ya hasta 60 refugiados católicos en mi consulado, pero estaba resuelto a ayudarles todo lo mejor que fuera posible. Fui varias veces a la estación del tren pero nadie me daba razón de su llegada. Al fin un hombre me dijo: “¿Usted es el cónsul de Colombia? Pues en la cárcel hay siete paisanos suyos”.

Me dirigí a la cárcel pero me dijeron que no podía verlos si no llevaba una recomendación de la FAI (Federación Anarquista Española). Me fui a conseguirla, pero luego me dijeron que no los podían soltar porque llevaban pasaportes falsos. Les dije que el embajador colombiano en persona les había dado los pasaportes. Luego añadieron que no podían ponerlos en libertad porque la cédula de alguno de ellos estaba muy borrosa (Excusas todas al cual más de injustas y mentirosas, para poder ejecutar su crimen. La única causa para matarlos era que pertenecían a la religión católica). Cada vez me decían “venga mañana”. Al fin una mañana me dijeron: “Fueron llevados al Hospital Clínico”. Comprendí entonces que los habían asesinado. Fue el 9 de agosto de 1936.

Aterrado, lleno de cólera y de dolor exigí entonces que me llevaran a la morgue o depósito de cadáveres, para identificar a mis compatriotas sacrificados.

En el sótano encontré más de 120 cadáveres, amontonados uno sobre otro en el estado más impresionante que se puede imaginar. Rostros trágicos. Manos crispadas. Vestidos deshechos. Era la macabra cosecha que los comunistas habían recogido ese día.

Me acerqué y con la ayuda de un empleado fui buscando a mis siete paisanos entre aquel montón de cadáveres. Es inimaginable lo horrible que es un oficio así. Pero con paciencia fui buscando papeles y documentos hasta que logré identificar cada uno de los siete muertos. No puedo decir la impresión de pavor e indignación que experimenté en presencia de este espectáculo. Los ojos estaban desorbitados. Los rostros sangrantes. Los cuerpos mutilados, desfigurados, impresionantes. Por un rato los contemplé en silencio y me puso a pensar hasta qué horrores de crueldad llega la fiera humana cuando pierde la fe y ataca a sus hermanos por el sólo hecho de que ellos pertenecen a la santa religión.

Redacté una carta de protesta y la envié a las autoridades civiles. Después el gobierno colombiano protestó también, pero tímidamente, por temor a disgustar aquel gobierno de extrema izquierda.

En aquellos primero días de agosto de 1936, Colombia y la Comunidad de San Juan de Dios perdieron para esta tierra a siete hermanos, pero todos los ganamos como intercesores en el cielo. En cada uno de ellos cumplió Jesús y seguirá cumpliendo, aquella promesa tan famosa: “Si alguno se declara a mi favor ante la gente de esta tierra, yo me declararé a su favor ante los ángeles del cielo”.

Estos son los primeros siete beatos colombianos. Los beatificó el Papa Juan Pablo II en 1992. Y ojalá sean ellos los primeros de una larguísima e interminable serie de amigos de Cristo que lo aclamen con su vida, sus palabras y sus buenas obras en este mundo y vayan a hacerle compañía para siempre en el cielo.

(http://www.ewtn.com/spanish/Saints/Mártires_Colombianos.htm)

09 abril, 2023

Domingo de Pascua

 

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Domingo de Pascua 
 
Texto del Evangelio (Jn 20,1-9): El primer día de la semana va María Magdalena de madrugada al sepulcro cuando todavía estaba oscuro, y ve la piedra quitada del sepulcro. Echa a correr y llega donde Simón Pedro y donde el otro discípulo a quien Jesús quería y les dice: «Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto».
 
Salieron Pedro y el otro discípulo, y se encaminaron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió por delante más rápido que Pedro, y llegó primero al sepulcro. Se inclinó y vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llega también Simón Pedro siguiéndole, entra en el sepulcro y ve las vendas en el suelo, y el sudario que cubrió su cabeza, no junto a las vendas, sino plegado en un lugar aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado el primero al sepulcro; vio y creyó, pues hasta entonces no habían comprendido que según la Escritura Jesús debía resucitar de entre los muertos.
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«Entró también el otro discípulo, el que había llegado el primero al sepulcro; vio y creyó»
Mons. Joan Enric VIVES i Sicília Obispo de Urgell (Lleida, España)
 
Hoy «es el día que hizo el Señor», iremos cantando a lo largo de toda la Pascua. Y es que esta expresión del Salmo 117 inunda la celebración de la fe cristiana. El Padre ha resucitado a su Hijo Jesucristo, el Amado, Aquél en quien se complace porque ha amado hasta dar su vida por todos.
 
Vivamos la Pascua con mucha alegría. Cristo ha resucitado: celebrémoslo llenos de alegría y de amor. Hoy, Jesucristo ha vencido a la muerte, al pecado, a la tristeza... y nos ha abierto las puertas de la nueva vida, la auténtica vida, la que el Espíritu Santo va dándonos por pura gracia. ¡Que nadie esté triste! Cristo es nuestra Paz y nuestro Camino para siempre. Él hoy «manifiesta plenamente el hombre al mismo hombre y le descubre su altísima vocación» (Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes 22).
 
El gran signo que hoy nos da el Evangelio es que el sepulcro de Jesús está vacío. Ya no tenemos que buscar entre los muertos a Aquel que vive, porque ha resucitado. Y los discípulos, que después le verán Resucitado, es decir, lo experimentarán vivo en un encuentro de fe maravilloso, captan que hay un vacío en el lugar de su sepultura. Sepulcro vacío y apariciones serán las grandes señales para la fe del creyente. El Evangelio dice que «entró también el otro discípulo, el que había llegado el primero al sepulcro; vio y creyó» (Jn 20,8). Supo captar por la fe que aquel vacío y, a la vez, aquella sábana de amortajar y aquel sudario bien doblados eran pequeñas señales del paso de Dios, de la nueva vida. El amor sabe captar aquello que otros no captan, y tiene suficiente con pequeños signos. El «discípulo a quien Jesús quería» (Jn 20,2) se guiaba por el amor que había recibido de Cristo.
 
“Ver y creer” de los discípulos que han de ser también los nuestros. Renovemos nuestra fe pascual. Que Cristo sea en todo nuestro Señor. Dejemos que su Vida vivifique a la nuestra y renovemos la gracia del bautismo que hemos recibido. Hagámonos apóstoles y discípulos suyos. Guiémonos por el amor y anunciemos a todo el mundo la felicidad de creer en Jesucristo. Seamos testigos esperanzados de su Resurrección.
 
Pensamientos para el Evangelio de hoy
 
«Lo que hay que considerar en estos hechos es la intensidad del amor que ardía en el corazón de aquella mujer que no se apartaba del sepulcro. Ella fue la única en verlo, porque se había quedado buscándolo, pues lo que da fuerza a las buenas obras es la perseverancia en ellas» (San Gregorio Magno)
 
«Jesús no ha vuelto a una vida humana normal de este mundo, como Lázaro y los otros muertos que Jesús resucitó. Él ha entrado en una vida distinta, nueva; en la inmensidad de Dios» (Benedicto XVI)
 
«El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: ‘Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce’. El Apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco» (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 639)
 
Otros comentarios
VIGILIA PASCUAL (A) (Mt 28,1-10) «No está aquí, ha resucitado»
Fray Josep Mª MASSANA i Mola OFM (Barcelona, España)
 
Hoy, en el Evangelio de la Vigilia pascual, late un gran dinamismo: dos mujeres corren hacia el sepulcro, un terremoto, un ángel hacer rodar la piedra, unos guardas asustados caen como muertos. Y Jesús, vivo y resucitado, se hace compañero de camino de aquellas mujeres…
La mujeres son las primeras en experimentar la resurrección de Jesús, y esto sólo viendo el sepulcro vacío y al ángel que les anuncia: «Vosotras no temáis, pues sé que buscáis a Jesús, el Crucificado; no está aquí, ha resucitado, como lo había dicho…» (Mt 28,5-6). Son también las primeras en dar testimonio de su experiencia: «Id enseguida a decir a sus discípulos: ‘Ha resucitado’» (Mt 28,7).
 
Enseguida creen. Pero su fe es una mezcla de miedo y de alegría. Sentían miedo por las palabras del ángel, con un anuncio que va más allá de las expectativas humanas. Y alegría por la certeza de la resurrección del Señor, porque las Escrituras se habían cumplido, por el inmenso privilegio de la primicia pascual que han recibido. La fe, pues, aún produciendo una gran alegría interior, no excluye el miedo.
 
Se van a anunciar aquella experiencia del Resucitado, que han hecho sin haberlo visto. Jesús les premia esta fe y se les aparece mientras van por el camino.
El centro de toda la experiencia de fe no es en primer lugar una doctrina ni unos dogmas. Es la persona de Jesús. La fe de las dos mujeres del Evangelio de hoy está centrada en Él, en su persona y en nada más. ¡Lo han experimentado vivo y van a anunciarlo vivo!
 
Otra mujer, santa Clara, escribía a santa Inés de Praga que debía centrarse en Jesús resucitado: «Observad, considerad i contemplad a Jesucristo (…). Si sufrís con Él, reinaréis también con Él; si con Él lloráis, con Él gozaréis; si morís con Él en la cruz de la tribulación, poseeréis con Él las eternas moradas».
 
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VIGILIA PASCUAL (B) (Mc 16,1-7): «Jesús de Nazaret, el Crucificado, ha resucitado»
Mons. Ramon MALLA i Call Obispo Emérito de Lleida (Lleida, España)
 
Hoy, la Iglesia celebra con júbilo la fiesta principal: el triunfo de su Cabeza, Cristo Jesús. La Resurrección de Jesucristo es un hecho del que no podemos dudar. Es comprensible que no sea extraño que un hecho celestial, un cuerpo resucitado, no pueda ser captado por medios terrenales. Pero muy pronto María Magdalena y la madre del Apóstol Santiago, recibían un testimonio indudable, comprobado después con muchas apariciones, realizadas de tal modo que excluyen del todo la sospecha de alucinaciones: «No os asustéis. Estáis buscando a Jesús de Nazaret, el crucificado. Ha resucitado; no está aquí. Mirad el lugar donde lo pusieron» (Mc 16,6).
 
Además del gozo por el hecho de la Resurrección de Cristo, este acontecimiento nos trae la alegría de contar con una respuesta, jubilosa y clara, a los interrogantes del hombre: ¿qué nos espera al final de la vida?; ¿qué sentido tiene el sufrimiento en la tierra? No podemos dudar de que, después de la muerte, nos espera una vida nueva, que será eterna: «Allí le veréis, tal como os dijo» (Mc 16,7). San Pablo lo afirma con gran convencimiento: «Si hemos muerto con Cristo, confiamos en que también viviremos con Él. Sabemos que Cristo, habiendo resucitado, no volverá a morir. La muerte ya no tiene poder sobre Él» (Rm 6,8-9). Lógicamente, al interrogante sobre el final de la vida, el cristiano responde con alegre esperanza.
 
El Evangelio de hoy pone de relieve que el joven —el ángel— que habla a las mujeres, une los dos conceptos de dolor y gloria: el que ha resucitado es el mismo que fue crucificado. Dice san León Magno: «… (por tu cruz) los creyentes sacan fuerza de la debilidad, gloria del oprobio, y vida de la muerte», las cruces cotidianas son, pues, camino de Resurrección.
 
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VIGILIA PASCUAL (C) (Lc 24,1-12) «¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? No está aquí. Ha resucitado»Fr. Austin NORRIS (Mumbai, India)
 
Hoy, contemplamos la Gloria del Señor resplandeciente en su victoria sobre el sufrimiento y sobre la muerte. Promete una vida nueva a todos aquellos que buscan y creen en la Verdad de Jesús. Nadie se sentirá defraudado como no se sintieron aquellas mujeres que «fueron a la tumba con perfumes y ungüentos» (Lc 24,1).
 
Los perfumes y ungüentos que debemos llevar durante nuestra existencia son una vida dando testimonio de la Palabra de Dios, cuando Jesús hecho hombre, dijo: «Yo soy la resurrección. El que cree en mí (…) vivirá, y no morirá jamás» (Jn 11,25-26).
 
Dentro de nuestra confusión y dolor parece que nos volvamos miopes y no podamos ver más allá de nuestro entorno inmediato. Y el «¿por qué buscáis entre los muertos al que está vivo?» (Lc 24,5) es una llamada a seguir a Jesús y a buscar la presencia del Señor "aquí y ahora", en medio del pueblo del Señor y de su sufrimiento y dolor. En uno de sus discursos de Miércoles de Ceniza, el Santo Padre Benedicto XVI dice que «la salvación, de hecho, es don, es gracia de Dios, pero para tener efecto en mi existencia requiere mi asentimiento, una acogida demostrada con obras, o sea, con la voluntad de vivir como Jesús, de caminar tras Él».
 
Por nuestra parte, «al regresar del sepulcro…» (Lc 24,9) de nuestras miserias, dudas y confusiones, podemos también brindar a nuestros semejantes en este valle de lágrimas, esperanza y seguridad. La oscuridad del sepulcro «dará paso algún día a la brillante promesa de la inmortalidad» (Prefacio de las Misas de Difuntos). Ojalá la Gloria del Señor Jesús nos mantenga en pie cara al cielo y ojalá podamos siempre ser considerados como un "Pueblo Pascual". Ojalá podamos pasar de ser un "pueblo de Viernes Santo" a uno de Pascua.

08 abril, 2023

SÁBADO SANTO: HOY NO HAY UN EVANGELIO PARA MEDITAR

 
 
 
SÁBADO SANTO: HOY NO HAY UN EVANGELIO PARA MEDITAR
Texto del Evangelio ( ): La Vigila Pascual
P. Jacques PHILIPPE (Cordes sur Ciel, Francia)
 
Hoy no meditamos un evangelio en particular, puesto que es un día que carece de liturgia. Pero, con María, la única que ha permanecido firme en la fe y en la esperanza después de la trágica muerte de su Hijo, nos preparamos, en el silencio y en la oración, para celebrar la fiesta de nuestra liberación en Cristo, que es el cumplimiento del Evangelio.
 
La coincidencia temporal de los acontecimientos entre la muerte y la resurrección del Señor y la fiesta judía anual de la Pascua, memorial de la liberación de la esclavitud de Egipto, permite comprender el sentido liberador de la cruz de Jesús, nuevo cordero pascual cuya sangre nos preserva de la muerte.
 
Otra coincidencia en el tiempo, menos señalada pero sin embargo muy rica en significado, es la que hay con la fiesta judía semanal del “Sabbat”. Ésta empieza el viernes por la tarde, cuando la madre de familia enciende las luces en cada casa judía, terminando el sábado por la tarde. Esto recuerda que después del trabajo de la creación, después de haber hecho el mundo de la nada, Dios descansó el séptimo día. Él ha querido que también el hombre descanse el séptimo día, en acción de gracias por la belleza de la obra del Creador, y como señal de la alianza de amor entre Dios e Israel, siendo Dios invocado en la liturgia judía del Sabbat como el esposo de Israel. El Sabbat es el día en que se invita a cada uno a acoger la paz de Dios, su “Shalom”.
 
De este modo, después del doloroso trabajo de la cruz, «retoque en que el hombre es forjado de nuevo» según la expresión de Catalina de Siena, Jesús entra en su descanso en el mismo momento en que se encienden las primeras luces del Sabbat: “Todo se ha cumplido” (Jn 19,3). Ahora se ha terminado la obra de la nueva creación: el hombre prisionero antaño de la nada del pecado se convierte en una nueva criatura en Cristo. Una nueva alianza entre Dios y la humanidad, que nada podrá jamás romper, acaba de ser sellada, ya que en adelante toda infidelidad puede ser lavada en la sangre y en el agua que brotan de la cruz.
 
La carta a los Hebreos dice: «Un descanso, el del séptimo día, queda para el pueblo de Dios» (Heb 4,9). La fe en Cristo nos da acceso a ello. Que nuestro verdadero descanso, nuestra paz profunda, no la de un solo día, sino para toda la vida, sea una total esperanza en la infinita misericordia de Dios, según la invitación del Salmo 16: «Mi carne descansará en la esperanza, pues tu no entregarás mi alma al abismo». Que con un corazón nuevo nos preparemos para celebrar en la alegría las bodas del Cordero y nos dejemos desposar plenamente por el amor de Dios manifestado en Cristo.
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Rev. D. Joan BUSQUETS i Masana (Sabadell, Barcelona, España)
 
Hoy, propiamente, no hay “evangelio” para meditar o —mejor dicho— se debería meditar todo el Evangelio en mayúscula (la Buena Nueva), porque todo él desemboca en lo que hoy recordamos: la entrega de Jesús a la Muerte para resucitar y darnos una Vida Nueva.
 
Hoy, la Iglesia no se separa del sepulcro del Señor, meditando su Pasión y su Muerte. No celebramos la Eucaristía hasta que haya terminado el día, hasta mañana, que comenzará con la Solemne Vigilia de la resurrección. Hoy es día de silencio, de dolor, de tristeza, de reflexión y de espera. Hoy no encontramos la Reserva Eucarística en el sagrario. Hay sólo el recuerdo y el signo de su “amor hasta el extremo”, la Santa Cruz que adoramos devotamente.
 
Hoy es el día para acompañar a María, la madre. La tenemos que acompañar para poder entender un poco el significado de este sepulcro que velamos. Ella, que con ternura y amor guardaba en su corazón de madre los misterios que no acababa de entender de aquel Hijo que era el Salvador de los hombres, está triste y dolida: «Vino a los suyos, pero los suyos no le recibieron» (Jn 1,11). Es también la tristeza de la otra madre, la Santa Iglesia, que se duele por el rechazo de tantos hombres y mujeres que no han acogido a Aquel que para ellos era la Luz y la Vida.
 
Hoy, rezando con estas dos madres, el seguidor de Cristo reflexiona y va repitiendo la antífona de la plegaria de Laudes: «Cristo se hizo por nosotros obediente hasta la muerte y una muerte de cruz. Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre» (cf. Flp 2,8-9).
 
Hoy, el fiel cristiano escucha la Homilía Antigua sobre el Sábado Santo que la Iglesia lee en la liturgia del Oficio de Lectura: «Hoy hay un gran silencio en la tierra. Un gran silencio y soledad. Un gran silencio porque el Rey duerme. La tierra se ha estremecido y se ha quedado inmóvil porque Dios se ha dormido en la carne y ha resucitado a los que dormían desde hace siglos. Dios ha muerto en la carne y ha despertado a los del abismo».
 
Preparémonos con María de la Soledad para vivir el estallido de la Resurrección y para celebrar y proclamar —cuando se acabe este día triste— con la otra madre, la Santa Iglesia: ¡Jesús ha resucitado tal como lo había anunciado! (cf. Mt 28,6).
 
Pensamientos para el Evangelio de hoy
 
«¿Qué idea de Dios hubiera podido antes formarse el hombre, que no fuese un ídolo fabricado por su corazón? Era incomprensible e inaccesible, invisible y superior a todo pensamiento humano; pero ahora ha querido ser comprendido. ¿De qué modo?, te preguntarás. Pues yaciendo en un pesebre, predicando en la montaña, pasando la noche en oración; o bien colgando de la cruz…» (San Bernardo)
 
«La tiniebla divina de este día, de este siglo, que se convierte cada vez más en un sábado santo, habla a nuestras conciencias. Tiene en sí algo consolador porque la muerte de Dios en Jesucristo es, al mismo tiempo, expresión de su radical solidaridad con nosotros. El misterio más oscuro de la fe es, simultáneamente, la señal más brillante de una esperanza sin fronteras» (Benedicto XVI)
 
«La muerte de Cristo fue una verdadera muerte en cuanto que puso fin a su existencia humana terrena. Pero a causa de la unión que la Persona del Hijo conservó con su cuerpo, éste no fue un despojo mortal como los demás porque ‘no era posible que la muerte lo dominase’ (Hch 2,24) (…). La Resurrección de Jesús ‘al tercer día’ (1Cor 15,4) era el signo de ello, también porque se suponía que la corrupción se manifestaba a partir del cuarto día» (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 627)