28 abril, 2025

San Luis María Grignion de Montfort

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 ¡Oh!, San Luis María de Monfort; vos, sois, el hijo del Dios
de la Vida, su amado santo, predicador y conversor genial; aquél,
al que ni las piedras del camino podían resistirse y del “pecado”
quedaban también libres. A vos, que de Jesús y María os hicisteis
su más grande y fiel amigo, con vuestros constantes rezos y el
Rosario Santo contra el maligno. Padre de los pobres, defensor
de los huérfanos y reconciliador de los pecadores. “¿Aman
a Nuestro Señor? ¿Y por qué no lo aman más? ¿Ofenden al buen
Dios? ¿Y por qué ofenderlo si es tan santo?” Les preguntabais
y les preguntáis a la gente de vuestro tiempo y especialmente
a las de hoy. “Ha nacido en mí una confianza sin límites en
Nuestro Señor y en su Madre Santísima”. Así, decíais, pues no
temías ingresar a las cantinas, a los sitios de juego, ni a los lugares
de perdición; pues allí, resuelto ibais, a almas, al diablo quitarle,
pues llevabais con vos, a vuestros amados defensores: ¡Jesús
y María! A Roma, fuisteis a pie y de limosna a Dios rogando la
eficacia de la palabra, la misma que la obteníais al instante.
Clemente XI Papa, os decía “Misionero Apostólico”, porque
predicabais en todas partes: en los pueblos, caseríos y estancias,
dejando una Cruz como señal de vuestro paso, y de haber
enseñado amor por los sacramentos, por el rezo del Santo Rosario,
la frecuente confesión y comunión, y una gran devoción
a Nuestra Señora. “Donde la Madre de Dios llega, no hay diablo
que se resista”. Decíais vos y, como huella de vuestro amor,
dejasteis en este mundo a los Padres Monfortianos y a las
“Hermanas de la Sabiduría”. Alguien escribió maravillosamente
el resumen de vuestra santa vida en vuestra lápida: “¿Qué miras,
caminante? Una antorcha apagada, un hombre a quien el fuego
del amor consumió, y que se hizo todo para todos, Luis María
Grignon Monfort. ¿Preguntas por su vida? No hay ninguna más
íntegra, ¿Su penitencia indagas? Ninguna más austera. ¿Investigas
su celo? Ninguno más ardiente. ¿Y su piedad Mariana? Ninguno
a San Bernardo más cercano. Sacerdote de Cristo a Cristo reprodujo
en su conducta, y enseñó en sus palabras. Infatigable, tan sólo
en el sepulcro descansó, fue padre de los pobres, defensor de los
huérfanos, y reconciliador de los pecadores. Su gloriosa muerte
fue semejante a su vida. Como vivió, murió. Maduro para Dios,
voló al cielo a los 43 años de edad”. Vuestra obra cumbre:
“Tratado de la verdadera devoción a la Virgen María”, por todo
el mundo está, y San Juan Pablo II tomó como lema vuestra
amorosa frase: “Soy todo tuyo Oh María, y todo cuanto tengo,
tuyo es”. Hoy, lucís corona de luz, como premio a vuestro amor
por Jesús y María, por los siglos de los siglos, ¡Aleluya, Amén!
¡Oh!, San Luis de Monfort; “vivo evangelizador de Jesús y María”.

© 2025 by Luis Ernesto Chacón Delgado
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 28 de abril
San Luis María Grignion de Montfort
Sacerdote y teólogo francés
 
Se le llama el “esclavo de María”, por haber dedicado su vida a profundizar en el amor filial a la Virgen, a su significado e importancia dentro del plan de Dios para la humanidad.
 
El trabajo teológico de San Luis María, fruto de su relación íntima con el Señor, ha sido reconocido como un esfuerzo auténtico por conocer mejor el papel que la Madre de Dios ha desempeñado y sigue desempeñando en la obra de la salvación. Al mismo tiempo, la vida y escritos de este gran santo señalan un derrotero espiritual para crecer en la piedad y devoción a nuestra Madre del cielo.
 
La obra de San Luis María Grignon de Montfort ha sido determinante para el desarrollo de la “Mariología” -el tratado teológico dedicado a la Virgen- y la conciencia creciente del papel de la Virgen en la vida de la Iglesia hoy.
 
‘Todo tuyo’, Madre Santísima
 
El Papa San Juan Pablo II (1920-2005) eligió como lema pontificio la expresión latina “Totus Tuus” [“todo tuyo”] inspirándose en la obra y pensamiento de San Luis María Grignon. De hecho, la fórmula está tomada de un pasaje del Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen: “Totus Tuus ego sum y omnia mea Tua sunt. Accipio Te en mea omnia. Praebe mihi cor Tuum, Maria” [Soy todo tuyo y todo lo mío es tuyo. Te acepto como mi todo. Dame tu corazón, María].
 
Para San Luis María sin las asistencias espirituales de la Madre de Dios, la santidad se hace tarea imposible. Por eso escribe: "A quien Dios quiere hacer muy santo, lo hace muy devoto de la Virgen María”.
 
Primeros pasos en la devoción
 
San Luis nació en Montfort (Francia) el 31 de enero de 1673. De personalidad recatada, podía ser considerado como alguien tímido, de esos que prefieren la soledad porque en el silencio se escucha mejor a Dios. Desde niño desarrolló una sensibilidad para las cosas de Dios, y se hizo muy devoto de la Eucaristía y de la Virgen María.
 
Sus estudios y formación estuvieron a cargo de los jesuitas. Con ellos cultivó el hábito de asistir a misa diariamente, sin que le importe caminar un largo trecho -al menos dos millas- para llegar a la iglesia. Estudiante diligente y piadoso, no fallaba en visitar la capilla del recinto antes y después de las clases.
A los 20 años experimenta el llamado a la vida sacerdotal. Ingresó al seminario de París, donde se desempeñó primero como bibliotecario, lo que le permitió concentrarse en la literatura sobre la Virgen María. Después, se le encargaría el puesto de velador de muertos, experiencia que le ayudó a comprender mejor cuán vano y pasajero es este mundo, abundante en lisonjas que van y vienen, pero que dejan poco o nada en el espíritu.
 
Sacerdocio misionero
 
Grignion fue ordenado sacerdote a los 27 años, eligiendo el lema “Ser esclavo de María” para su presbiterado.
 
Se dedicó a la catequesis y asumió el cargo de capellán del Hospital de Poitiers, que funcionaba también como asilo de pobres y marginados. Su sencillez y naturalidad para servir a los necesitados, le granjeó no solo cariño y admiración, sino enemistades y habladurías de todo tipo.
 
Cuando vuelve a París, sus enemigos levantan falsos testimonios contra él y sus amigos más íntimos lo rechazan. Por su lado, el obispo lo mandó callar. Luego comprendería la razón de los ataques contra él y la doctrina mariana que propagaba: los jansenistas, influyentes herejes de su tiempo, aborrecían su enseñanza porque subrayaba el concurso de la libertad humana sin la cual Dios no puede obrar, tal y como está testimoniado en el “sí” de María.
 
San Luis, conflictuado por la situación, acude al Papa Clemente XI para que confirme sus enseñanzas, o bien “lo salve del error”. El Pontífice lo recibe afectuosamente y tras el encuentro le concede el título de Misionero Apostólico.
 
“A Jesús por María”
 
San Luis realizó cientos de misiones y retiros que se caracterizaron por los abundantes ejercicios de piedad, entre los que el rezo del Santo Rosario ocupaba el lugar central. Por donde viajó, organizó a la gente para que expresara su devoción: procesiones y cánticos a la Virgen, acompañados de la prédica sobre los sacramentos. “A Jesús por María”.
 
Los jansenistas entonces lo acusaron de abusar de los sacramentos restándoles dignidad. Allí donde fue enviado -Bretaña, Pontchâteau (donde destruyeron la réplica del monte calvario que él edificó), Vendée- padeció persecución y hostigamiento. Aferrado a la Madre y a su Hijo, no desfalleció jamás en su misión.
 
Fundador y teólogo
 
San Luis María Grignion de Montfort fundó la congregación de las Hijas de la Sabiduría, y la Compañía de María (los Misioneros Montfortianos).
 
Su obra más famosa es el Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, escrito de gran provecho espiritual para todo cristiano, y que logró el respaldo eclesiástico aun cuando algunos lo quisieron censurar por considerarlo una exageración del culto a la Madre de Dios. Junto al Tratado destaca El amor de la sabiduría eterna y El secreto de María, texto con el que quiso llegar a todos los fieles a través de una presentación más sencilla de las ideas expuestas en el Tratado.
 
La vida es breve, el cielo para siempre
 
San Luis María Grignion de Montfort partió a la Casa del Padre el 28 de abril de 1716 con tan sólo 43 años. Fue enterrado en la Iglesia de Saint-Laurent.
 
Cuarenta y tres años después de la muerte del santo, la Hna. María Luisa de Jesús, la que sería la primera beata entre las Hijas de la Sabiduría, fallecía en la misma fecha, hora y lugar donde había muerto San Luis María. Posteriormente los restos de la beata serían ubicados al lado de los del santo fundador.
 
Siglos después, el Papa San Juan Pablo II publicaría la encíclica Redemptoris Mater [Madre del Redentor] haciéndose eco de la enseñanza de San Luis María Grignion en nuestro tiempo. El Papa, en agradecimiento a la inspiración recibida, visitó la tumba del santo el 9 de septiembre de 1996.(ACI prensa).

27 abril, 2025

Domingo de la Divina Misericordia

 

Domingo 27 de abril
Domingo de la Divina Misericordia

Esta celebración fue establecido por la Congregación (hoy Dicasterio) para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos el 23 de mayo del año 2000, a petición del Papa San Juan Pablo II. Desde ese año, el domingo siguiente al Domingo de Resurrección (II Domingo del Tiempo Pascual) está destinado a la celebración de la Divina Misericordia, con la que concluye la Octava de Pascua.

El objetivo de esta fiesta es hacer llegar a todos los corazones un poderoso mensaje: Dios es Misericordioso y ama a todos.

«Deseo que la Fiesta de la Misericordia sea un refugio y amparo para todas las almas y, especialmente, para los pobres pecadores», le dijo Jesús a Santa Faustina Kowalska.

«Las almas mueren a pesar de mi amarga Pasión. Les ofrezco la última tabla de salvación, es decir, la Fiesta de mi Misericordia. Si no adoran mi misericordia morirán para siempre», insistió Cristo a Faustina en otra ocasión. En consecuencia, cada creyente tiene la responsabilidad de abrir su corazón al Corazón luminoso de Jesús. Dios nos espera siempre con los brazos abiertos.

Durante la fiesta de la Divina Misericordia los fieles pueden obtener indulgencias plenarias y la Iglesia recomienda el rezo de la Coronilla de la Divina Misericordia.

El Papa Francisco, en el marco de la Jornada Mundial de la Juventud realizada en Cracovia (Polonia, 2016), llamó a San Juan Pablo II y a Santa Faustina Kowalska ‘Apóstoles de la Divina Misericordia’. Ambos santos fueron polacos, y aunque no se conocieron entre ellos, cada uno en su tiempo y contexto, fueron testimonios de un Dios que acoge y perdona a su creatura con amor. Ambos mostraron el rostro divino siempre abierto al perdón.(ACI prensa).

26 abril, 2025

Sábado de la Octava de Pascua

 

Sábado 26 de abril
Sábado de la Octava de Pascua

Hoy es Sábado de la Octava de Pascua: «Por último, se apareció Jesús a los Once”

La Octava de Pascua va llegando a su fin y no debemos perder de vista todo lo que hemos recibido en estos días hermosos –el gozo de este ‘gran domingo’ que ha de prolongarse el resto del Tiempo Pascual– . Sin duda, desde el cielo seguirán cayendo torrentes de gracia sobre nuestras vidas si nos disponemos a cooperar con ella y fortalecer nuestra fe en Cristo resucitado. Con Él crece la esperanza en que algún día también nosotros habremos de resucitar. Que siga resonando fuerte en nuestros corazones: ¡Aleluya! ¡Cristo ha resucitado!

La Liturgia de la Palabra, como en los días previos, presenta los hechos acontecidos tras la resurrección de Cristo; aunque el Evangelio de hoy muestra un giro que apunta a la misión apostólica.

En la Primera Lectura, también tomada de los Hechos de los Apóstoles, Juan y Pedro, tras comparecer ante el sanedrín, son conminados a dejar de proclamar y obrar en nombre de Jesús. No obstante, esta resulta una reacción tardía por parte de los ancianos y saduceos. Ellos mismos se han percatado de un hecho inexorable: “En aquellos días, los sumos sacerdotes, los ancianos y los escribas, se quedaron sorprendidos al ver el aplomo con que Pedro y Juan hablaban, pues sabían que eran hombres del pueblo sin ninguna instrucción” (ver: Hch 4, 13-21) .

Sábado de la Octava de Pascua

Hoy, sábado 26 de abril, celebramos el séptimo día de la Octava de Pascua. La lectura del Evangelio está tomada de San Marcos (Mc 16, 9-15), quien, haciendo un recuento de las recientes apariciones de Jesús resucitado, fuerza a tomar conciencia de la debilidad humana, de nuestra poca fe -débil como la de sus discípulos-. A pesar de eso, el final del pasaje evangélico resulta por demás esperanzador: el Señor expresa su incondicional confianza en los hombres y les encomienda la misión de predicar su Evangelio por el mundo.

San Marcos recuerda cómo a María Magdalena los discípulos no le creyeron cuando dio testimonio del encuentro con Jesús en la mañana de su resurrección. Los apóstoles tampoco les creyeron a los discípulos de Emaús, aún cuando lo que decían portaba una fuerza inusitada. Aunque en ambos casos los testigos -María Magdalena y los discípulos de Emaús- eran absolutamente confiables y sus testimonios elocuentes, igual el muro de la incredulidad bloqueaba los corazones. Finalmente, Jesús se aparece a los Once topándose con sus dudas y temores. ¡Qué podría haber hecho el Maestro sino reprochar semejante incredulidad! Inevitablemente las cosas deberán tomar un curso nuevo: aquellos que no creyeron, serán ahora los que den testimonio –“Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda creatura”–.

En sus Catequesis, San Cirilo de Jerusalén (315-386), nuestra amable compañía en estos días, nos lanza directamente al blanco: «La fe que has aprendido te da, pues, esta certeza: lo que parece pan no es pan, aunque tenga gusto de pan, sino el cuerpo de Cristo; y lo que parece vino, no es vino, aún cuando así lo parezca al paladar, sino la sangre de Cristo; (…) fortalece, pues, tu corazón comiendo ese pan espiritual, y da brillo al rostro de tu alma. Y con el rostro descubierto y con el alma limpia, contemplando la gloria del Señor como en un espejo, vayamos de gloria en gloria, en Cristo Jesús, nuestro Señor, a quien sea dado el honor, el poder y la gloria por los siglos de los siglos. Amén».

Evangelio según San Marcos (Mc 16, 9-15)

Habiendo resucitado al amanecer del primer día de la semana, Jesús se apareció primero a María Magdalena, de la que había arrojado siete demonios. Ella fue a llevar la noticia a los discípulos, los cuales estaban llorando, agobiados por la tristeza; pero cuando la oyeron decir que estaba vivo y que lo había visto, no le creyeron.

Después de esto, se apareció en otra forma a dos discípulos, que iban de camino hacia una aldea. También ellos fueron a anunciarlo a los demás; pero tampoco a ellos les creyeron.

Por último, se apareció Jesús a los Once, cuando estaban a la mesa, y les echó en cara su incredulidad y dureza de corazón, porque no les habían creído a los que lo habían visto resucitado. Jesús les dijo entonces: “Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda creatura”.(ACI prensa).

25 abril, 2025

Viernes de la Octava de Pascua

25 de abril
Viernes de la Octava de Pascua
"El discípulo a quien amaba Jesús le dijo a Pedro: ¡Es el Señor!”
 
Los días de la Octava de Pascua son días en los que el Señor se acerca a nosotros de una manera especial: en las circunstancias más cotidianas, sencillas o habituales Él “se aparece” para compartir con nosotros. Así lo hizo con los discípulos de Emaús, así también con los apóstoles en el lago de Tiberíades. Por eso, mantengamos encendida la llama de la alegría porque Cristo resucitado está a nuestro lado, cerca, pase lo que pase, aún si le hemos fallado. Que siga resonando fuerte: ¡Aleluya! ¡Cristo ha resucitado! 
 
La Liturgia de la Palabra en estos días continúa presentando los hechos extraordinarios acontecidos tras la resurrección de Cristo. El Señor se muestra sin aspavientos, irradiando caridad, suscitando cercanía y confianza; fortaleciendo a sus discípulos para la misión más grande y hermosa: renovar el mundo.
Por su parte, los discípulos seguirán lidiando con sus temores y dudas, aunque ya no son los mismos. La Resurrección lo ha transformado todo. Los apóstoles van dejando al ‘hombre viejo’ para dar paso al ‘hombre nuevo’ (Cf. Ef 4, 20-24). Así lo evidencia la secuencia que se sigue la Primera Lectura en esta semana, cuyos fragmentos están tomados de los Hechos de los Apóstoles. Juan y Pedro han curado a un paralítico y ahora proclaman la resurrección de los muertos. Cuestionados por los saduceos y los ancianos sobre el origen de su tal autoridad, Pedro contesta con firmeza que ellos actúan “en el nombre de Jesús de Nazaret”. Su don viene del cielo y no por mérito humano (Hch 4, 1-12).
 
Viernes de la Octava de Pascua
 
Hoy, viernes 25 de abril, celebramos el sexto día de la Octava de Pascua. La lectura del Evangelio está tomada del relato de San Juan (Jn 21, 1-14), quien da cuenta del encuentro de Cristo resucitado con sus discípulos a orillas del lago de Tiberíades.
 
Juan llama a esta “la tercera vez que Jesús se apareció a sus discípulos después de resucitar de entre los muertos”. Dice la Escritura que estaban Simón Pedro, Tomás, Natanael, los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos más, quienes salieron juntos a pescar. Las horas pasan y no logran pescar nada. Cuando estaba por amanecer, Jesús se aparece en la orilla -los discípulos no lo reconocen- y desde allí les pregunta si han logrado pescar algo. La respuesta fue contundente: “No”. Jesús entonces les dice: “Echen la red a la derecha de la barca y encontrarán peces”. Así lo hicieron y pescaron en tal cantidad que las redes parecían reventar. Al ver lo que acababa de suceder frente a sus ojos, Juan se da cuenta de que esta pesca no puede venir sino de Dios. Entonces le dice a Pedro: “¡Es el Señor!”. Pedro, embargado por la emoción, se lanza al mar en el acto, y nada en dirección a donde estaba Jesús. El resto permanece en la barca, tirando de la red también hacia la orilla. Llegados a tierra ven que Jesús los esperaba con el fuego encendido, y sobre este un pescado y un pan. “Traigan algunos pescados de los que acaban de pescar”, pidió el Señor, y Pedro acude a la orden de inmediato. Y aunque nadie se atrevía a preguntar, todos sabían bien que era Jesús a quien tenían enfrente. Él tomó el pan y el pescado y lo repartió entre ellos.
 
En sus Catequesis, San Cirilo de Jerusalén (315-386), dice: «Cristo, en efecto, no fue ungido por los hombres ni su unción se hizo con óleo o ungüento material, sino que fue el Padre quien lo ungió al constituirlo Salvador del mundo, y su unción fue el Espíritu Santo tal como dice San Pedro: "Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo", y anuncia también el profeta David: “(...) Has amado la justicia y odiado la impiedad: por eso el Señor, tu Dios, te ha ungido con aceite de júbilo entre todos tus compañeros”.
 
Evangelio según San Juan (Jn 21, 1-14)
 
En aquel tiempo, Jesús se les apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Se les apareció de esta manera: Estaban juntos Simón Pedro, Tomás (llamado el Gemelo), Natanael (el de Caná de Galilea), los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos. Simón Pedro les dijo: “Voy a pescar”. Ellos le respondieron: “También nosotros vamos contigo”. Salieron y se embarcaron, pero aquella noche no pescaron nada.
 
Estaba amaneciendo, cuando Jesús se apareció en la orilla, pero los discípulos no lo reconocieron. Jesús les dijo: “Muchachos, ¿han pescado algo?” Ellos contestaron: “No”. Entonces él les dijo: “Echen la red a la derecha de la barca y encontrarán peces”. Así lo hicieron, y luego ya no podían jalar la red por tantos pescados.
 
Entonces el discípulo a quien amaba Jesús le dijo a Pedro: “Es el Señor”. Tan pronto como Simón Pedro oyó decir que era el Señor, se anudó a la cintura la túnica, pues se la había quitado, y se tiró al agua. Los otros discípulos llegaron en la barca, arrastrando la red con los pescados, pues no distaban de tierra más de cien metros.
 
Tan pronto como saltaron a tierra, vieron unas brasas y sobre ellas un pescado y pan. Jesús les dijo: “Traigan algunos pescados de los que acaban de pescar”. Entonces Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red, repleta de pescados grandes. Eran ciento cincuenta y tres, y a pesar de que eran tantos, no se rompió la red. Luego les dijo Jesús: “Vengan a almorzar”. Y ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: ‘¿Quién eres?’, porque ya sabían que era el Señor. Jesús se acercó, tomó el pan y se lo dio y también el pescado.
 
Ésta fue la tercera vez que Jesús se apareció a sus discípulos después de resucitar de entre los muertos.(ACI prensa).

24 abril, 2025

Jueves de la Octava de Pascua

 
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Jueves 24 de abril
Jueves de la Octava de Pascua
“No tengáis miedo”
¡Aleluya! ¡No tengáis miedo!

Durante los días de la Octava de Pascua, la Iglesia se esmera por mantener encendida la llama de la alegría que calienta los corazones en virtud de la resurrección de Cristo, aun cuando pueda haber dolor o sufrimiento. ¡Ese dolor ha sido redimido! ¡Que siga resonando fuerte el Aleluya! ¡Cristo ha resucitado! ¡Aleluya!

La Liturgia de la Palabra continúa presentando los hechos extraordinarios acontecidos tras la victoria del Señor sobre la muerte y el pecado, victoria sin la cual “vana sería nuestra fe” (ver: I Corintios 15,14). Jesús seguirá apareciéndose a sus discípulos para confirmarlos en su llamado, preparándolos para la misión que habrán de cumplir más adelante.

Esos discípulos, quienes en su momento dejaron abandonado al Maestro, siguen dando muestras de que “son otros”, de que en ellos, gracias al Señor, ha nacido un ‘hombre nuevo’ (Cf. Ef 4, 20-24). Ellos, llenos de confianza y fortaleza interior, siguen dando testimonio de que ese cambio viene del cielo y está dando fruto en sus vidas. Como los días anteriores, la primera lectura de la Octava está tomada de los Hechos de los Apóstoles (Hch 3, 11-26).

Jueves de la Octava de Pascua

Hoy, jueves 24 de abril, celebramos el quinto día de la Octava de Pascua. La lectura del Evangelio está tomada nuevamente del relato de San Lucas (Lc 24, 35-48), quien nos narra lo sucedido inmediatamente después del regreso, desde Emaús, de los dos discípulos que se encontraron con Jesús en el camino.

Cuando ambos llegaron al lugar donde estaban los apóstoles, les contaron todo lo que pasó, y cómo habían reconocido a Jesús “al partir el pan”. De pronto, Jesús se presentó en medio de ellos. Y aunque los saludó con la paz, todos los presentes se llenaron de miedo. “No teman, soy yo”, les dice el Señor. Jesús ha percibido el espanto o las dudas que ha producido, y los llama a confiar y a creer: “Miren mis manos y mis pies. Soy yo en persona”. No obstante los discípulos parecían no poder salir de su estupor, aunque empezó a amainar y a dar paso a la alegría. “¿Tienen aquí algo de comer?”, pregunta Jesús con la intención de ratificar que está allí en cuerpo y espíritu. Además, evoca con su pedido la familiaridad y cercanía de siempre, interrumpida por el proceso que lo condenó a muerte. Ahora, los amigos están reunidos otra vez en comunidad, en un reencuentro cuyo centro es el Maestro, quien volverá sobre las Escrituras para explicar cómo todas las profecías sobre el Mesías se han cumplido. Y en ese momento se produce otro milagro: por fin a los discípulos “se les abrió el entendimiento” y comprendieron el sentido de lo escrito siglos atrás. No obstante, la historia no acaba allí, no; recién comienza. Jesús anuncia que “en su nombre se había de predicar a todas las naciones, comenzando por Jerusalén, la necesidad de volverse a Dios para el perdón de los pecados”.

En sus Catequesis, San Cirilo de Jerusalén (315-386), refiriéndose al Bautismo como paso de la muerte a la vida, dice lo siguiente: «Cristo sí que fue realmente crucificado y su cuerpo fue realmente sepultado y realmente resucitó; a nosotros, en cambio, nos ha sido dado, por gracia, que, imitando lo que él padeció con la realidad de estas acciones, alcancemos de verdad la salvación. ¡Oh exuberante amor para con los hombres! Cristo fue quien recibió los clavos en sus inmaculadas manos y pies, sufriendo grandes dolores, y a mí, sin experimentar ningún dolor ni ninguna angustia, se me dio la salvación por la comunión de sus dolores».

Evangelio según San Lucas (Lc 24, 35-48)

Cuando los dos discípulos regresaron de Emaús y llegaron al sitio donde estaban reunidos los apóstoles, les contaron lo que les había pasado en el camino y cómo habían reconocido a Jesús al partir el pan.

Mientras hablaban de esas cosas, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”. Ellos, desconcertados y llenos de temor, creían ver un fantasma. Pero él les dijo: “No teman; soy yo. ¿Por qué se espantan? ¿Por qué surgen dudas en su interior? Miren mis manos y mis pies. Soy yo en persona, tóquenme y convénzanse: un fantasma no tiene ni carne ni huesos, como ven que tengo yo”. Y les mostró las manos y los pies. Pero como ellos no acababan de creer de pura alegría y seguían atónitos, les dijo: “¿Tienen aquí algo de comer?” Le ofrecieron un trozo de pescado asado; él lo tomó y se puso a comer delante de ellos.

Después les dijo: “Lo que ha sucedido es aquello de que les hablaba yo, cuando aún estaba con ustedes: que tenía que cumplirse todo lo que estaba escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos”.

Entonces les abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras y les dijo: “Está escrito que el Mesías tenía que padecer y había de resucitar de entre los muertos al tercer día, y que en su nombre se había de predicar a todas las naciones, comenzando por Jerusalén, la necesidad de volverse a Dios para el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de esto”.(ACI prensa).

 

22 abril, 2025

Martes de la Octava de Pascua

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22 de abril
Martes de la Octava de Pascua: «Jesús dijo: ¡María! Ella se volvió y exclamó: ¡Maestro!»
 
La liturgia en estos días de gozo
 
Durante los días de la Octava de Pascua, la Liturgia de la Palabra se caracteriza por mantener al tope el espíritu dominical del día de la Resurrección, lo que se evidencia en la secuencia de pasajes tomados de los evangelios, a ser proclamados día a día.
 
Al mismo tiempo, son subrayados momentos claves de la vida de los apóstoles después de la Resurrección de Cristo. Los discípulos, quienes en su mayoría se sintieron abatidos por la muerte del Maestro y eran presa del miedo, aparecen ahora impregnados de un espíritu nuevo, llenos de una fuerza espiritual inusitada. Ese impulso sólo tiene una explicación: brota del acontecimiento más significativo de la historia: ¡El Dios-Hecho-Hombre ha vuelto a la vida! y ha trocado el miedo en valor, la tristeza en alegría. Así se podrá apreciar en la primera lectura de cada día de la Octava, pues están tomadas de los Hechos de los Apóstoles.
 
Martes de la Octava de Pascua
 
Hoy, martes 22 de abril, celebramos el tercer día de la Octava Pascual. La lectura del Evangelio está tomada del relato de San Juan, quien presenta el momento del encuentro de María Magdalena con Jesús resucitado (Jn 20, 11-18). Se trata sólo de ocho versículos, pero cuya elocuencia es impactante.
 
María está llorando frente al sepulcro y la idea de que se han robado el cuerpo de Jesús atraviesa su mente sumiéndola en el desconcierto. Sin que las lágrimas dejen de brotar de sus ojos, se acerca al sepulcro y se asoma para ver el interior. De pronto se percata que está en presencia de dos ángeles. 
 
Estos le preguntaron: «“¿Por qué estás llorando, mujer?” Ella les contestó: “Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo habrán puesto”». La mujer mira hacia atrás y se topa con Jesús, a quien no reconoce y cree el jardinero del lugar. Jesús le hace la misma pregunta que los ángeles: “Mujer, ¿por qué estás llorando?”, y ella insiste en la sospecha de que alguien se ha llevado el cuerpo del Señor. 
 
Entonces se precipita el dulce final. Jesús la llama por su nombre “¡María!” y como si sus ojos recién se hubiesen abierto, la mujer lo reconoce e instantáneamente responde: ¡Maestro! El Señor resucitado se aparta y María Magdalena se enrumba hacia donde están los apóstoles para contarles que Cristo, el Señor, ha resucitado. 
 
San Anastasio de Antioquía en el siglo VI decía: “El Mesías, pues, tenía que padecer, y su pasión era totalmente necesaria, como él mismo lo afirmó cuando calificó de hombres sin inteligencia y cortos de entendimiento a aquellos discípulos que ignoraban que el Mesías tenía que padecer para entrar en su gloria. Porque él, en verdad, vino para salvar a su pueblo, dejando aquella gloria que tenía junto al Padre antes que el mundo existiese (...) Y vemos, en cierto modo, cómo aquella gloria que poseía como Unigénito, y a la que por nosotros había renunciado… le es restituida a través de la cruz (...) El evangelista [San Juan] identifica la gloria con la muerte en cruz”. 
 
Evangelio según San Juan (Jn 20, 11-18)
 
El día de la resurrección, María se había quedado llorando junto al sepulcro de Jesús. Sin dejar de llorar, se asomó al sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados en el lugar donde había estado el cuerpo de Jesús, uno en la cabecera y el otro junto a los pies. Los ángeles le preguntaron: “¿Por qué estás llorando, mujer?” Ella les contestó: “Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo habrán puesto”.
 
Dicho esto, miró hacia atrás y vio a Jesús de pie, pero no sabía que era Jesús. Entonces él le dijo: “Mujer, ¿por qué estás llorando? ¿A quién buscas?” Ella, creyendo que era el jardinero, le respondió: “Señor, si tú te lo llevaste, dime dónde lo has puesto”. Jesús le dijo: “¡María!” Ella se volvió y exclamó: “¡Rabbuní!”, que en hebreo significa ‘maestro’. Jesús le dijo: “Déjame ya, porque todavía no he subido al Padre. Ve a decir a mis hermanos: ‘Subo a mi Padre y su Padre, a mi Dios y su Dios’ ”.
 
María Magdalena se fue a ver a los discípulos para decirles que había visto al Señor y para darles su mensaje.(ACI prensa).

21 abril, 2025

Lunes del Ángel

 

21 de abril

Lunes del Ángel

Hoy, 21 de abril, segundo día de la Octava de Pascua, la Iglesia celebra el ‘Lunes del Ángel’, llamado así para que ningún cristiano olvide que fue un ángel el encargado de anunciar que Cristo había resucitado.

Un ángel fue el que dijo a las mujeres llegadas al sepulcro que Cristo ya no debía ser contado más entre los muertos: “¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado” (Lc 24, 5-6).

Considerando que cada detalle en torno a la Resurrección del Señor está repleto de sentido, no podemos sino darle gracias a Dios por enviarnos mensajeros, sus ángeles, para anunciar las grandezas de la salvación. Es a través de ellos como los hombres hemos conocido importantes acontecimientos y aspectos de la providencia amorosa del Creador.

La palabra ‘ángel’ procede del latín angĕlus, transliteración del griego ἄγγελος [ángelos], que quiere decir “mensajero”.

¿Por qué ‘Lunes del Ángel’?

Las razones son varias. Para empezar, este día puede ser una ocasión para recordar al querido San Juan Pablo II, quien el 4 de abril de 1994, lunes de la Octava de Pascua de aquel año, reflexionó sobre el sentido de esta conmemoración y su raíz teológica. En su alocución, tras el rezo del Regina Coeli, el Papa Santo dijo:

Comunicado de Michael P. Warsaw, presidente del Consejo y Director Ejecutivo de EWTN, sobre la muerte del Papa Francisco

«¿Por qué se le llama así? Me parece que es acertado ese nombre: ‘Lunes del Ángel’. Conviene dejar un poco de espacio a este ángel, que dijo desde lo más profundo del sepulcro: “Ha resucitado”… Estas palabras —Ha resucitado— eran muy difíciles de pronunciar, de expresar, para una persona humana. También las mujeres que fueron al sepulcro lo encontraron vacío, pero no pudieron decir: Ha resucitado, sólo afirmaron que el sepulcro estaba vacío. El ángel dice más: “No está aquí, ha resucitado”».

El Evangelio de San Mateo es la fuente de donde San Juan Pablo II toma las palabras del ángel del Señor y que reproduce en su discurso. Dice el evangelista:

«El ángel tomó la palabra y les dijo a las mujeres: “Vosotras no tengáis miedo; ya sé que buscáis a Jesús, el crucificado. No está aquí, porque ha resucitado como había dicho. Venid a ver el sitio donde estaba puesto. Marchad enseguida y decid a sus discípulos que ha resucitado de entre los muertos; irá delante de vosotros a Galilea: allí le veréis. Mirad que os lo he dicho”» (Mt 28, 5-7).

Finalmente, un Lunes del Ángel es propicio para profundizar en la sabiduría de Dios que ha dispuesto que sus ángeles sean mediadores entre Él y cada uno de nosotros. Los ángeles custodian, advierten y comunican los dones de Dios en el día a día de nuestras vidas.

Mensajeros de la salvación

Es importante recordar que los ángeles son servidores y mensajeros de Dios. Como criaturas puramente espirituales, tienen inteligencia y voluntad. Son seres personales e inmortales; carecen de corporalidad y, por estar en presencia de Dios eternamente, superan en perfección a todas las criaturas visibles.

Cristo es el centro y cabeza de los ángeles y estos le obedecen porque aman la voluntad de Dios. Por eso, Dios les encomendó el anuncio de sus designios salvíficos. Es importante saber que la Escritura y la Tradición bastan para entender el papel de los ángeles y que es indispensable evitar deformaciones sobre su naturaleza y misión que vienen de visiones ajenas al cristianismo, como en el caso de la llamada ‘nueva era’. En el paganismo o en las distintas formas de sincretismo los ángeles aparecen como seres subordinados a los intereses o deseos humanos, más que a la voluntad de Dios.

Y la Virgen escuchó de boca del ángel: “Alégrate, María”

Desde hoy hasta el final de la cincuentena de Pascua, el día de Pentecostés, se reza la oración del Regina Coeli [Reina del Cielo] en lugar del Ángelus. De manera semejante, vale decir, al concluir el rezo del Santo Rosario, podemos reemplazar la Salve por esta misma oración.

En el año 2009, el Papa Benedicto XVI recordaba que el “Alégrate, María” pronunciado por el ángel resuena como una invitación a la alegría: “Gaude et laetare, Virgo Maria, alleluia, quia surrexit Dominus vere, alleluia”, es decir: “Alégrate y regocíjate, Virgen María, aleluya, porque verdaderamente el Señor ha resucitado, aleluya”.

Regina Coeli

Reina del cielo alégrate; aleluya.

Porque el Señor a quien has merecido llevar; aleluya.

Ha resucitado según su palabra; aleluya.

Ruega al Señor por nosotros; aleluya.

Gózate y alégrate, Virgen María; aleluya.

Porque verdaderamente ha resucitado el Señor; aleluya.

Oremos

Oh Dios, que en la gloriosa resurrección de tu Hijo has devuelto la alegría al mundo entero, por intercesión de la Virgen María, concédenos disfrutar de la alegría de la vida eterna. Por Cristo, Nuestro Señor. Amén.(ACI prensa).