
Principales celebraciones de la Iglesia Católica y la vida, obra y milagros de los Santos de la Iglesia Católica.
27 junio, 2025
Solemenidad del Sagrado Corazón de Jesús
26 junio, 2025
San Josemaría Escrivá de Balaguer, Fundador del Opus Dei
¡Oh!, San Josemaría Escrivá de Balaguer, vos, sois el hijo
del Dios de la Vida, su amado santo y, fundador del Opus Dei
para gloria eterna del Dios Vivo. Desde pequeño mostrasteis
vuestro espíritu de servicio hacia a los demás. La frase
de Jesús que más os impresionaba era esta: “El hijo del
hombre no ha venido a ser servido, sino a servir, y a dar
la vida en redención de muchos”. Comprendisteis que Jesús,
desde su nacimiento en el pesebre, hasta su muerte no tuvo
otro fin que el de dar gloria al Padre Dios y hacer el mayor
bien al hombre. Y, otro tanto lo hicisteis vos, ya ordenado
de sacerdote dedicándoos al apostolado con ardor
de corazón, con vuestro lema: “El sacerdote está constituido
a favor de los hombres”. Vuestra madre, Doña Dolores, os
enseñó una frase que decía: “Para lo único que hay que tener
vergüenza es para pecar”. Y, así, a vos, jamás os dió
vergüenza hablar de Cristo y de su mensaje a todo el mundo.
Dios, os concedió todas las cualidades para lograr vuestro
cometido, pues erais sumamente alegre y jovial, y ello
os hacía ganar simpatía en todos los ambientes. Alguien
dijo de vos: “Me consta que jamás Monseñor Escrivá se sintió
enemigo de nadie”. Ninguno de vuestros triunfos apostólicos
lo atribuíais a vuestras cualidades o esfuerzos personales,
sino todo a la bendición de Dios. Un día, en pleno invierno,
sobre la nieve visteis las huellas de unos pies descalzos
de un capuchino, que por amor de Dios y por salvar almas
andaba así. Y vos, os preguntasteis: “Todo esto hacen
los demás, y yo ¿qué voy a hacer por Cristo y por las almas?”.
Allí, os propusisteis desgastaros por hacer amar más
a Dios y por conseguir salvar almas. Y, entonces durante unos
Ejercicios Espirituales, Dios os iluminó aquél día y, así,
fundasteis una asociación en la cual cada persona, siguiendo
sus labores ordinarias en el mundo, se dedicara a conseguir
la santidad y a propagar el reino de Cristo: El “Opus Dei”,
la Obra de Dios, que hoy, extendida está, por el mundo,
con el lema de San Pablo: “Esta es la voluntad de Dios:
vuestra santificación”. Y, vos decíais: “El creyente, ya sea
barrendero o gerente, ya sea pobre o rico, sabio o ignorante,
conseguirá su santificación y un gran puesto en el cielo si
todo lo que tiene que hacer lo hace por amor de Dios y con
todo el esmero que le sea posible. En el servicio de Dios
no hay oficios de poca categoría. Todos son de gran categoría
si se hacen por amor a Nuestro Señor”. Vos, escribisteis
un librito hermoso llamado “Camino”, con mil pensamientos
acerca de los temas para alcanzar la santidad. San Juan Pablo
II dijo de vos: “comprendió más claramente que la misión
de los bautizados consiste en elevar la Cruz de Cristo
sobre toda realidad humana, y sintió surgir de su interior
la apasionante llamada a evangelizar todos los ambientes”.
Y, así, y luego de gastar vuestra vida en buena lid, voló
vuestra alma al cielo, para coronada ser con corona de luz,
como justo premio a vuestra grande e increible entrega de amor;
¡oh!, San Josemaría “vivo creador de la Obra del Dios Vivo”.
© 2025 by Luis Ernesto Chacón Delgado
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26 de junio
San Josemaría Escrivá de Balaguer
Fundador del Opus Dei
Año 1975
San Josemaría Escrivá es uno de los más populares fundadores y apóstoles del siglo XX. Nació en Barbastro Aragón, España, de un hogar sumamente creyente y ejemplar y fundó en 1928 una de las asociaciones apostólicas más fuertes del mundo, el Opus Dei.
Desde muy pequeño tuvo una gran cualidad: su espíritu de servicio a los demás. Parecía que su oficio más agradable era poder ser útil a los demás en todo lo que le fuera posible ayudarles. La frase de Jesús que más le impresionaba era esta: “El hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir, y a dar la vida en redención de muchos” (Mt. 20, 28). Y le impresionaba el meditar que Jesús desde su nacimiento en el pesebre hasta su muerte en la cruz, no tuvo otro fin que el de dar gloria al Padre Dios y hacer el mayor bien a las criaturas humanas. Y él se propuso emplear también todas sus cualidades al servicio de Dios y de las personas humanas.
José María se propuso pues imitar el espíritu de servicio de Jesús, y dedicar su vida entera a lograr hacer el mayor bien posible a toda clase de gentes.
Después de obtener su doctorado en la universidad, fue ordenado de sacerdote en 1925 y se dedicó al apostolado con todas las fuerzas de su alma, tendiendo como lema aquella frase de la S. Biblia: “El sacerdote está constituido a favor de los hombres” (Hebr. 5, 1).
Su madre, Doña Dolores, le había enseñado una frase que ella repitió muchas veces y que a él le fue muy útil en el apostolado: “Para lo único que hay que tener vergüenza es para pecar”. Así que al joven sacerdote no le dio jamás vergüenza hablar de Cristo y de su mensaje en todas partes y ante toda clase de personas. Y esto mismo enseñó con la palabra y el ejemplo a sus millares de discípulos de todo el mundo.
Cuando Dios encamina a una persona hacia una gran obra le concede todas las cualidades necesarias para desempeñar bien el oficio que le ha encomendado. Al Padre Escrivá le concedió un espíritu sumamente alegre y jovial que le ganaba la simpatía a todos los ambientes. Una alegría que se contagiaba a los que lo escuchaban. Lo dotó también la Divina Providencia de un corazón sumamente generoso para amar a todos. Uno de sus socios, que lo acompañó por muchos años, declaró: “Me consta que jamás Monseñor Escrivá se sintió enemigo de nadie”. Quiso bien a todos y los seguía queriendo aún después de que lo trataran mal. Su única moneda de cambio con quienes se dedicaban a atacarlo, era rezar por ellos.
José María fue un instrumento en las manos de Dios, por medio del cual la Iglesia Católica logró conseguir líderes apostólicos en todos los continentes y empezó nuevas obras de apostolado en muchas naciones. Pero él siempre se consideraba un simple instrumento en manos de Dios. Ninguno de sus triunfos apostólicos lo atribuía a sus cualidades o a sus esfuerzos personales, sino todo solamente a la bendición de Dios. Recordaba la famosa frase del libro de los proverbios: “Lo que nos produce éxitos es la bendición de Dios. Nuestros afanes no le añaden nada”. Sabía que cuanto mejor preparado está el instrumento (por ejemplo el pincel, con el cual le agradaba mucho compararse) mejor saldrá la obra del artista. Por eso trataba de prepararse lo mejor posible siempre, pero también estaba convencido de que sin la acción del artista, (que siempre en el apostolado es Dios) el instrumento nada logra conseguir por sí mismo.
Pero la humildad de Escrivá no era un apocamiento, un creerse sin valor o un inútil y sin cualidades (porque eso sería mentira. Y la humildad es la verdad). Su humildad no era un no atreverse a proponer nuevas iniciativas o dejar de exigir derechos que son deberes. Era un estar convencido de que se es incapaz de realizar nada valioso sin la bendición de Dios, pero a la vez una convicción de que entre más preparado y calificado esté el apóstol, mayores éxitos podrá obtener si confía plenamente en la ayuda divina.
Siendo muy joven en Logroño en pleno y terrible invierno vio sobre la nieve las huellas de unos pies de un religioso capuchino, que por amor de Dios y por salvar almas andaba descalzo sobre ese hielo tan temible. Y José María se preguntó: “Todo esto hacen los demás, y yo ¿qué voy a hacer por Cristo y por las almas?”. Desde entonces se propuso gastarse y desgastarse por hacer amar más a Dios y por conseguir salvar almas.
El 2 de octubre de 1928 José María sintió que Dios le iluminaba una idea maravillosa (durante unos Ejercicios Espirituales), fundar una asociación en la cual cada persona, siguiendo sus labores ordinarias en el mundo, se dedicara a conseguir la santidad y a propagar el reino de Cristo. Y fundó entonces la famosa organización llamada Opus Dei (Obra de Dios) que ahora está extendida por todos los países del mundo. Su lema era la frase de San Pablo: “Esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación” (1 Tes. 4, 3).
El famoso fundador repetía: “El creyente, ya sea barrendero o gerente, ya sea pobre o rico, sabio o ignorante, conseguirá su santificación y un gran puesto en el cielo si todo lo que tiene que hacer lo hace por amor de Dios y con todo el esmero que le sea posible. En el servicio de Dios no hay oficios de poca categoría. Todos son de gran categoría si se hacen por amor a Nuestro Señor”.
Desde 1928 hasta su muerte en 1975, José María Escrivá dedicó todas sus energías y sus grandes cualidades y todo su tiempo, a extender y a perfeccionar la obra maravillosa que Dios le había encomendado: El Opus Dei, una asociación para llevar hacia la santidad a las personas, pero permaneciendo cada cual en su propia profesión y oficio.
Fue beatificado por S.S. Juan Pablo II en Roma el 17 de mayo de 1992.
Escribió Monseñor Escrivá un librito pequeño pero hermosísimo que ha influido en millones de personas en el mundo entero. Se llama “Camino”. Son mil pensamientos (numerados) acerca de los temas más importantes para conseguir la santidad. Su estilo es simpático, impactante, incisivo y muy agradable. Y como antes de escribir rezó mucho por lo que iba a redactar, las frases del libro “Camino” llegan hasta el corazón de sus lectores y lo conmueven profundamente.
He aquí algunos de esos pensamientos cortos de su libro “Camino”: Acostúmbrate a decir No a lo que es malo… ¿Qué no puedes hacer más? ¿No será que no puedes hacer menos?… ¿Virtud sin orden? ¿Y a eso llamas virtud?… ¡Qué hermoso desgastar la vida por Dios y por los demás!… Tu mayor enemigo es: tu egoísmo… Si no te dominas a ti mismo, aunque seas poderoso, eres poca cosa… Al que puede ser sabio no se le perdona que no lo sea… Tu orgullo: ¿de qué?…
Dios le concedió la gracia de ser muy simpático para los universitarios, para los profesionales y para los de las clases dirigentes. Y él empleó este don tan especial para conseguir que muchísimos líderes de diversos países aprovecharan sus notables influencias en los demás para llevarles los mensajes de la Iglesia Católica y extender así nuestra Santa Religión. La simpatía personal del Padre Escrivá le atraía amigos en todas las naciones a donde llegaba su influencia y muchos de ellos ocupan ahora puestos influyentes, para gloria de Dios.
El 6 de octubre de 2002, más de 400.000 personas asisten en la plaza de san Pedro a la canonización de Josemaría Escrivá. En la homilía, Juan Pablo II señaló que el nuevo santo “comprendió más claramente que la misión de los bautizados consiste en elevar la Cruz de Cristo sobre toda realidad humana, y sintió surgir de su interior la apasionante llamada a evangelizar todos los ambientes.
El Papa animó a los peregrinos llegados desde los cinco continentes a seguir sus huellas. “Difundid en la sociedad, sin distinción de raza, clase, cultura o edad, la conciencia de que todos estamos llamados a la santidad. Esforzaos por ser santos vosotros mismos en primer lugar, cultivando un estilo evangélico de humildad y servicio, de abandono en la Providencia y de escucha constante de la voz del Espíritu”.
(http://www.mercaba.org/SANTORAL/Vida/06/06-26_San_josemaria_escriva_de_balague.htm)
25 junio, 2025
San Próspero de Aquitania, Discípulo de San Agustín y defensor de la verdad

24 junio, 2025
Solemnidad de la Natividad de San Juan Bautista

23 junio, 2025
San José Cafasso, Patrono de las cárceles y los presos condenados a muerte

23 de junio
San José Cafasso
Patrono de las cárceles y los presos condenados a muerte
Cada 23 de junio la Iglesia Católica celebra a San José Cafasso, sacerdote natural del Piamonte, norte de Italia, quien fuera el confesor de San Juan Bosco y de muchos otros salesianos. Es el patrono de las cárceles italianas y de los presos condenados a muerte, cuya realidad conoció muy de cerca mientras se desempeñaba como capellán de un presidio. Para muchos de ellos, él fue el rostro misericordioso de Cristo en el instante final de la existencia.
Es quizás por eso que Don Cafasso es uno de esos santos capaz de enriquecer la comprensión cristiana de la muerte y, por qué no, de la vida. Poco antes de ser convocado a la presencia de Dios, San José Cafasso escribió: “No será la muerte sino un dulce sueño para ti, alma mía, si al morir te asiste Jesús, y te recibe la Virgen María”.
‘El santito’
San José Cafasso (Giuseppe María Cafasso) nació en Castelnuovo de Asti, Piamonte (Italia), el 15 de enero de 1811. Siendo pequeño su familia y la gente del pueblo ya lo llamaban ‘el santito’, por su espíritu piadoso y amable.
Sus primeros estudios superiores los realizó en el seminario y en la universidad de Turín. Posteriormente, continuó en el Instituto San Francisco, donde llegaría a ser profesor de Teología Moral. Fue ordenado sacerdote con solo 21 años, en 1833, por lo que tuvo que solicitar una dispensa dada su juventud.
Unos meses después de su ordenación se inscribió en el Convictorio Eclesiástico, entidad dedicada al perfeccionamiento de los estudios teológicos. A pesar de padecer de una deformidad en la columna -la que le acarreó molestias constantes-, José no se desmoralizó y llegó a ser un excelente maestro y sacerdote. A la muerte del Rector del Convictorio, fue nombrado en su reemplazo, desempeñándose como autoridad máxima del recinto por doce años.
Conocer la libertad en prisión
San José Cafasso ejerció un servicio pastoral muy especial, y muy duro a la vez: fue capellán de la cárcel de Turín. Allí tocó con la misericordia de Dios los corazones de muchos hombres que habían hecho cosas terribles en sus vidas; así como lo hizo también con aquellos que, siendo inocentes, cargaron con el repudio y el rechazo de una sociedad que no los quería.
El Padre José acompañó en el momento final a muchísimos condenados a la horca -unos 68 a lo largo de su capellanía-. En esos terribles momentos, camino al patíbulo, San José Cafasso intentó hacer presente a Cristo crucificado; de tal forma que, a través suyo, el perdón de Dios alcance a los reos de muerte. Conversiones, paz, arrepentimiento, serenidad y consuelo brotaron en innumerables almas gracias a que Cafasso confesó, bendijo y predicó la esperanza en la vida eterna.
Gracias a este santo sacerdote, otros tantos presos -destinados a vivir tras las rejas hasta la muerte- transformaron sus vidas y murieron confesados y en paz, asistidos por su paternal presencia. El P. Cafasso se había hecho “prisionero” y “reo de muerte”, a imitación de Cristo que, por amor a los pecadores, se hizo “prisionero de los prisioneros”, y signo de la libertad que Dios solo puede conceder: la del pecado.
Confesor y director espiritual de Don Bosco
Otra nota especial de la vida de San José Cafasso fue su relación con San Juan Bosco, a quien conoció cuando era un niño. El Padre José lo ayudó para que pueda solventar los gastos de estudio en el seminario y en el Convictorio. Siendo Don Bosco aún seminarista, fue el P. Cafasso quien lo llevó de visita a la cárcel por primera vez. Allí Don Bosco tuvo la oportunidad de presenciar los horrores que sufren quienes pasan sus días abandonados, sin esperanza, aplastados por sus crímenes, muchas veces llenos de rencor y amargura.
Cafasso sufría mucho por aquellos que eran muy jóvenes y que se habían dejado arrastrar por el mal, haciendo daño a gente vulnerable y echando a perder su juventud; entre ellos le conmovía aquellos que crecieron sin orientación, cariño, ni educación. Esas experiencias marcaron la vida del joven Juan Bosco, que desde entonces quedó con la inquietud por hacer algo que contribuya a prevenir que los jóvenes se pierdan.
Cuando a Don Bosco se le criticó alguna vez haber puesto en marcha la obra de servicio juvenil que lo haría famoso, San José Cafasso fue su gran defensor. Es más, el santo se volvió uno de los principales bienhechores de la naciente comunidad salesiana. A él también acudían toda clase de personas necesitadas, a las que recibió siempre con amabilidad y alegría contagiosa. Solía inculcar, además, en alumnos y discípulos espirituales la devoción al Santísimo Sacramento y a la Virgen María.
Amor a la Madre de Dios
“Toda la santidad, la perfección y el provecho de una persona está en hacer perfectamente la voluntad de Dios… querer lo que Dios quiere, quererlo en el modo, en el tiempo y en las circunstancias que Él quiere, y querer todo eso únicamente porque Dios así lo quiere”, solía decir el P. Cafasso. Son célebres también esas hermosas palabras pronunciadas en uno de sus últimos sermones: “Qué bello morir un día sábado, día de la Virgen, para ser llevados por Ella al cielo”. Y, justamente, así sucedió con él.
El sábado 23 de junio de 1860, el P. Cafasso fue convocado por Dios a su presencia. Tenía 49 años. San Juan Bosco, que presidió los ritos funerarios, recordó a su director espiritual y confesor como “maestro del clero, un seguro consejero, consuelo de los moribundos y gran amigo”.
San Jose Cafasso además de ser patrono de las cárceles es modelo de los sacerdotes comprometidos con la confesión y la dirección espiritual.(ACI prensa).
22 junio, 2025
Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo

21 junio, 2025
San Luis Gonzaga, Patrono de los estudiantes

¡Oh!, San Luis Gonzaga, vos, sois el hijo del Dios de la Vida
y su amado santo, y que, honor, hicisteis al significado
de vuestro nombre: “batallador glorioso”. Vos, en práctica
pusisteis los consejos de San Roberto Belarmino: Frecuente
confesión y comunión, mucha devoción a Nuestra Señora y
vidas de santos leer, para serlo algún día. “Voto de castidad”,
hicisteis ante la imagen de Nuestra Señora, y os mantuvisteis
puro siempre. A menudo solíais preguntaros, antes de hacer
o algo decir: “¿De qué sirve esto para la eternidad?”. Un día,
os dijo la Madre de Dios: “¡Debes entrar en la Compañía de
mi Hijo!”. Y vos, cumplisteis con Ella, dándoos íntegro. Las
palabras de San Pablo: “Domino mi cuerpo y lo reduzco a
servidumbre, no sea que, enseñando a otros a salvarse, me
condene yo mismo”. Un día pedisteis permiso a vuestro padre,
para haceros religioso, pero él no os dejó y por el contrario, os
llevó a grandes fiestas, palacios y juegos para que se os olvidara
el deseo de ser sacerdote. Después de varios meses os preguntó:
“¿Todavía sigue deseando ser sacerdote?”, y vos respondisteis:
“En eso pienso noche y día”. Por, ello, él, os hizo desfilar junto
a la caballería, montado en un burro y mirando hacia atrás. Os
silbaron pero con ello, dominasteis tal afrenta. Finalmente,
vuestro padre, os permitió entrar de jesuita. Vuestro confesor,
San Roberto, que os acompañó en la hora de la muerte, dijo que
vos, moristeis sin haber cometido ni un sólo pecado mortal
en vida. Y de milagro, vuestro padre, empezó a volverse mucho
más piadoso de lo que era antes, muriendo santamente. Y,
por ello, en vuestro día, reza la Iglesia: “Señor: ya que no pudimos
imitar a San Luis en la inocencia, que por lo menos lo logremos
imitar en la penitencia. Amén”. Y, un día, desde el cielo os llamó,
Nuestro Padre, y posando vuestros ojos, en el santo crucifijo
dijisteis: “Que alegría cuando me dijeron: vamos a la casa del
Señor”. Y, así, voló, vuestra alma al cielo, y éste, se alegró de
teneros, como vos, lo habíais ansiado siempre: ¡Coronado todo,
con corona de luz eterna! Santa Magdalena de Pazzi, os vio
en un éxtasis en el cielo, y djo: “Yo nunca me había imaginado
que Luis Gonzaga tuviera un grado tan alto de gloria en el paraíso”.
Santo Patrono de todos los Jóvenes mantenidos puros y castos;
¡Oh!, San Luis de Gonzaga, “vivo amor, santidad y pureza de Dios”.
© 2025 by Luis Ernesto Chacón Delgado
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21 de Junio
San Luis Gonzaga
(Luis en alemán significa: batallador glorioso).
San Luis Gonzaga nació en Castiglione, Italia, en 1568. Hijo del marqués de Gonzaga; de pequeño aprendió las artes militares y el más exquisito trato social. Siendo niño sin saber lo que decía, empezó a repetir palabras groseras que les había oído a los militares, hasta que su maestro lo corrigió. También un día por imprudencia juvenil hizo estallar un cañón con grave peligro de varios soldados. De estos dos pecados lloró y se arrepintió toda la vida. La primera comunión se la dio San Carlos Borromeo, Arzobispo de Milán.
San Luis estuvo como edecán en palacios de altos gobernantes, pero nunca fijó sus ojos en el rostro de las mujeres. Y así se libró de muchas tentaciones. Su director espiritual fue el gran sabio jesuita San Roberto Belarmino, el cual le aconsejó tres medios para llegar a ser santo: 1º. Frecuente confesión y comunión. 2º. Mucha devoción a la Sma. Virgen. 3ro. Leer vidas de Santos. Ante una imagen de la Sma. Virgen en Florencia hizo juramento de permanecer siempre puro. Eso se llama “Voto de castidad”. Cuando iba a hacer o decir algo importante se preguntaba: “¿De qué sirve esto para la eternidad?” y si no le servía para la eternidad, ni lo hacía ni lo decía.
Una vez arrodillado ante la imagen de Nuestra Señora del Buen Consejo, le pareció que la Sma. Virgen le decía: “¡Debes entrar en la Compañía de mi Hijo!”. Con esto entendió que su vocación era entrar en la Comunidad Compañía de Jesús, o sea hacerse jesuita. Le pidió permiso al papá para hacerse religioso, pero él no lo dejó. Y lo llevó a grandes fiestas y a palacios y juegos para que se le olvidara su deseo de ser sacerdote. Después de varios meses le preguntó: “¿Todavía sigue deseando ser sacerdote?”, y el joven le respondió: “En eso pienso noche y día”. Entonces el papá le permitió entrar de jesuita. (En un desfile de orgullosos jinetes en caballos elegantes, Luis desfiló montado en un burro y mirando hacia atrás. Lo silbaron pero con eso dominó su orgullo).
En 1581 el joven Luis Gonzaga, que era seminarista y se preparaba para ser sacerdote, se dedicó a cuidar a los enfermos de la peste de tifo negro. Se encontró en la calle a un enfermo gravísimo. Se lo echó al hombro y lo llevó al hospital para que lo atendieran. Pero se le contagió el tifo y Luis murió el 21 de junio de 1591, a la edad de sólo 23 años. Murió mirando el crucifijo y diciendo “Que alegría cuando me dijeron: vamos a la casa del Señor”. La mamá logró asistir en 1621 a la beatificación de su hijo. San Luis Gonzaga tuvo que hacer muchos sacrificios para poder mantenerse siempre puro, y por eso la Santa Iglesia Católica lo ha nombrado Patrono de los Jóvenes que quieren conservar la santa pureza. El repetía la frase de San Pablo: “Domino mi cuerpo y lo reduzco a servidumbre, no sea que enseñando a otros a salvarse, me condene yo mismo”.
Sufría mucho de mal de riñones y esta enfermedad lo obligaba a quedarse días enteros quieto en su cama. Pero esta quietud le trajo un gran bien: le permitió dedicarse a leer las Vidas de Santos, y esto lo animó muchísimo a volverse mejor. (A veces sentía remordimiento porque le parecía que deseaba demasiado irse al cielo). Su confesor San Roberto, que lo acompañó en la hora de la muerte, dice que Luis Gonzaga murió sin haber cometido ni un sólo pecado mortal en su vida. Apenas el hijo se hizo religioso su padre empezó a volverse mucho más piadoso de lo que era antes y murió después santamente. Luis renunció a todas las grandes herencias que le correspondían con tal de poder hacerse religioso y santo.
Santa Magdalena de Pazzi vio en un éxtasis o visión a San Luis en el cielo, y decía: “Yo nunca me había imaginado que Luis Gonzaga tuviera un grado tan alto de gloria en el paraíso”. Un oficio muy importante que hizo San Luis durante su vida fue ir de ciudad en ciudad poniendo la paz entre familias que estaban peleadas. Cuando él era enviado a poner paz entre los enemistados, estos ante su gran santidad, aceptaban hacer las paces y no pelear más. El era extraordinariamente amable y bien educado. Después de muerto se apareció a un jesuita enfermo, y lo curó y le recomendó que no se cansara nunca de propagar la devoción al Sagrado Corazón de Jesús.
San Luis fue avisado en sueños que moriría el viernes de la semana siguiente al Corpus, y en ese día murió. Ese viernes es la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús. La oración que la Iglesia le dirige a Dios en la fiesta de este santo le dice: “Señor: ya que no pudimos imitar a San Luis en la inocencia, que por lo menos lo logremos imitar en la penitencia. Amén”.