25 junio, 2012

San Guillermo de Vercelli



Oh, San Guillermo de Vercelli, vos sois el hijo
del Dios de la vida, y su amadísimo monje, que,
en la humildad de vuestro silencio de mortificación,
de Dios, recibisteis el don de milagros. “Es
necesario que mediante el trabajo de nuestras
manos nos procuremos el sustento para el
cuerpo, el vestido aunque pobre y medios
necesarios para poder socorrer a los pobres.
Pero ello no debe ocupar todo el día, ya que
debemos encontrar tiempo suficiente para
dedicarlo al cuidado de la oración con la que
granjeamos nuestra salvación y la de nuestros
hermanos”. Decíais vos, en una síntesis, de
vuestra propia vida, e invitabais a los que querían
seguiros e imitaros al lado vuestro. Santiago de
Compostela, os recuerda vuestra peregrinación,
cuando, cargando cadenas, que casi arrastrar
no podíais y sin casi alimentaros, a la casa de
cierto caballero llegasteis y le dijisteis: “Señor,
estas cadenas se me rompen continuamente
y me hacen muchos honores porque son vistas
por todos. ¿No serías tan bueno que me dieras
una coraza para llevarla escondida junto a mis
carnes y un casquete para mi cabeza? Y, así fue.
Con supremo esfuerzo, que apenas podíais moveros
y con dolor inenarrable, con Dios cumplisteis.
Desde vuestro monasterio, fundado por vos,
purificasteis la corte y los palacios del pecado.
Príncipes y labriegos, hombres y mujeres, su
mala vida abandonaron y vuestro ejemplo
siguieron, todo dejándolo por, a Jesucristo seguir.
Y, vos, hombre de virtuosa y humilde vida,
finalmente, vuestra alma al Padre entregasteis
que, con justicia, os coronó con corona de luz eterna;
oh, San Guillermo de Vercelli; “agua de milagros”.


© 2012 Luis Ernesto Chacón Delgado
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25 de Junio
San Guillermo de Vercelli
Monje
(† 1142)


Nació por el año 1085 en Vercelli, como indica su nombre, en el norte de Italia. Pocas cosas sabemos de su nacimiento e infancia, pero sí de su juventud y mocedad como un prodigio de mortificación y de don de milagros.

El solía decir a los monjes que trataban de imitar su vida y pretendían seguirle a todas partes: “Es necesario que mediante el trabajo de nuestras manos nos procuremos el sustento para el cuerpo, el vestido aunque pobre y medios necesarios para poder socorrer a los pobres. Pero ello no debe ocupar todo el día, ya que debemos encontrar tiempo suficiente para dedicarlo al cuidado de la oración con la que granjeamos nuestra salvación y la de nuestros hermanos”. Ahí estaba sintetizada la vida que él llevaba y la que quería que vivieran también cuantos quisieran estar a su lado.

Cuando todavía era un joven hizo una perigrinación a Santiago de Compostela que en su tiempo era muy popular y que hacían casi todos los cristianos que podían. Pero él lo hizo de modo extraordinario: Se cargó de cadenas, que casi no podía arrastrar por su gran peso, y apenas tomaba bocado. Un día llegó a las puertas de una casa de campo y parecía desfallecer. A pesar de ello habló así al dueño de la misma que parecía ser un valiente caballero: “Señor, estas cadenas se me rompen continuamente y me hacen muchos honores porque son vistas por todos. ¿No serías tan bueno que me dieras una coraza para llevarla escondida junto a mis carnes y un casquete para mi cabeza? Dicho y hecho. Guillermo salió de la presencia de aquel caballero con gran esfuerzo, ya que apenas podía moverse con tanto hierro y con los dolores enormes que le proporcionaban. Vuelto a Palermo, el rey Rogerio que había oído ya hablar muchas maravillas de aquel raro peregrino, sintió grandes deseos de verlo.

En la corte se contaban chascarrillos a su costa y cada uno lo tomaba a chacota y decía de él las cosas más raras e inverosímiles. En aquella corte había una mujer que llamaba la atención por su vida deshonesta y ella al oír hablar de la santidad del peregrino dijo a todos los cortesanos: “Yo os prometo que le haré caer a ese pobre hombre en mis redes de lascivia”. Se arregló lo mejor que pudo y se dirigió a visitarle. El santo hombre la recibió con grandes muestras de simpatía y tuvo con ella una larga conversación creyendo la dama que ya lo había conquistado para el pecado. Así volvió contenta a la corte y contó sus victorias. Pero habían quedado que volvería aquella noche para pasarla con él. El santo peregrino la invitó, la tomó el brazo y le dijo: “Ven y acuéstate conmigo en este lecho nupcial”. El extendió las brasas y llamaradas de una gran hoguera que había hecho preparar y se arrojó en ellas. La pobrecilla mujer, que se llamaba Inés, cayó avergonzada y prorrumpió a llorar al ver que no le tocaba el fuego al siervo de Dios. Hizo penitencia, abrazó la vida religiosa y murió santamente.

En Montevergine fundó un célebre monasterio y purificó la corte y los palacios de tanto pecado como se cometía. Príncipes y labriegos, hombre y mujeres abandonaban su mala vida y seguían su ejemplo dejándolo todo por seguir a Jesucristo.

Desde este Monte Sacro, que ahora se llama como en tiempos de San Guillermo, Monte de la Virgen (Montevergine), nuestro Santo continuaba ejerciendo un gran influjo por medio de su oración y vida de sacrificio. Lleno de méritos, murió el 25 de junio de 1142


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