30 diciembre, 2019

San Fulgencio de Ruspe

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¡Oh!, San Fulgencio de Ruspe; vos, sois el hijo del Dios
de la vida y su amado santo, y el que, administrabais
bienes materiales, con grande sabiduría, hasta el día
aquél, en que, con los “bienes espirituales” de mejor
forma, lo hicisteis. Grabado se os quedó aquél Salmo
que dice: “No envidies a los que se dedican a obrar
mal, porque ellos se secarán pronto como la hierba.
Dedícate a hacer el bien y a confiar en el Señor, y Él,
te dará lo que pide tu corazón”. Muy joven pedisteis
ser admitido como religioso y el Superior, viendo que
vos erais un hombre de mundo y de negocios, os dijo:
“Primero aprenda a vivir en el mundo sin dedicarse a
placeres prohibidos. ¿Se imagina que va a ser capaz de
pasar una vida llena de dinero y de comodidades a una
vida de pobreza y de ayunos como es la de los monjes?”.
Y, vos, respondisteis humildemente: “¿Padre: el buen
Dios que me ha iluminado que me conviene hacerme religioso,
no me concederá la fuerza y el valor para soportar
las penitencias de los religiosos? Y Dios, os escuchó
y os lo dio. Las gentes os admiraban por vuestra gran
amabilidad y sobre todo extraordinaria humildad, pues
erais querido y estimado por todos. Además, invitabais
a muchos jóvenes a iros de monjes y, construisteis para
ello, un monasterio cerca de la casa episcopal. En
vuestro destierro, os dedicasteis a combatir a los
arrianos herejes con fe y ardor de corazón. Casi siempre
decíais: “Señor: ya que me mandas sufrimientos, envíame
también la paciencia necesaria para soportarlos. Acepto
en esta vida los sufrimientos que permites que me
llegue, y en cambio te pido tu perdón y tu misericordia
y la vida eterna”. Imitador fiel del gran San Agustín,
gran Sabio y gran Santo; a la Casa del Padre, partisteis
para recibir corona de luz, que brilla como significa
vuestro santo nombre: “el resplandeciente“. ¡Aleluya!
¡oh!, San Fulgencio; “vivo sabio como la luz de Cristo”.


© 2019 by Luis Ernesto Chacón Delgado

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30 de Enero
San Fulgencio de Ruspe
Obispo
Año 533


Nace en Cartago, Africa, hacia el año 468. Fulgencio significa: resplandeciente, brillante. Aprendió a hablar perfectamente el griego y el latín y resultó ser un excelente administrador. Por eso fue nombrado tesorero general de la provincia donde vivía. Pero alarmado ante los peligros de pecar que hay en el mundo, y desilusionado de lo que lo material promete y no cumple, dispuso dedicarse a la vida espiritual.

Lo conmovió profundamente el leer un sermón que San Agustín hizo acerca del bellísimo Salmo 36 que dice: “No envidies a los que se dedican a obrar mal, porque ellos se secarán pronto como la hierba. Dedícate a hacer el bien y a confiar en el Señor, y El te dará lo que pide tu corazón”. Desde entonces se dedicó a leer libros espirituales, a orar, a visitar templos y a mortificarse en el comer y en el beber.

A los 22 años llegó a un monasterio y pidió ser admitido como religioso. El Superior, viendo que era un hombre de mundo y de negocios, le dijo: “Primero aprenda a vivir en el mundo sin dedicarse a placeres prohibidos. ¿Se imagina que va a ser capaz de pasar una vida llena de dinero y de comodidades a una vida de pobreza y de ayunos como es la de los monjes?”. Pero Fulgencio le respondió humildemente: ¿Padre: el buen Dios que me ha iluminado que me conviene hacerme religioso, no me concederá la fuerza y el valor para soportar las penitencias de los religiosos? Esta amable respuesta impresionó al superior, el cual lo admitió a hacer la prueba de ser monje.

Esta noticia conmovió a toda la ciudad. Pero la mamá se fue a la puerta del convento a gritar que Fulgencio debía dedicarse a administrar los bienes materiales, porque para ello tenía muy buenas cualidades. Tanto insistió aquella mujer que Fulgencio tuvo que huir de noche e irse a un convento a otra ciudad.

El año 499 una tribu de feroces guerreros de Numidia obligó a los religiosos a salir huyendo. Fulgencio llegó a la ciudad de Siracusa en Sicilia, Italia. Luego llegó a Roma y allí al ver las impresionantes ceremonias llenas de tanta solemnidad exclamó: “Dios mío: si aquí hay tanto esplendor, ¿Cómo será en el cielo?”.

Volvió a su patria y fue nombrado obispo de la ciudad de Ruspe en Túnez. Como obispo siguió vistiendo pobremente y sacrificándose como un humilde monje. Siempre llevaba su traje pobre y desteñido de religioso mortificado. Jamás comía carne. Si alguna vez tomaba vino lo mezclaba con agua. Rezaba cada día más de 12 Salmos. Muchas veces viajaba descalzo.
Pero las gentes admiraban su atractiva amabilidad, y su gran humildad. Era querido y estimado por todos. E invitaba a muchos jóvenes a irse de monjes, y para ello construyó un monasterio cerca de la casa episcopal.

Un rey hereje expulsó a todos los jefes de la Iglesia Católica del norte de Africa y los envió a la isla de Cerdeña. Allí desterrado, Fulgencio se dedicó a escribir contra los herejes arrianos (que niegan que Jesucristo es Dios) y al rey le impresionaron tanto los escritos de este santo que le pidió que no los propagara. Le permitió volver al Africa, pero allá los herejes al oír lo bien que hablaba Fulgencio en defensa de la religión católica, pidieron que fuera desterrado otra vez.

Al salir hacia el destierro les dijo a los católicos que lloraban: “No se afanen. Pronto volveré y ya no me volverán a desterrar”. Y así sucedió. Poco después murió el rey hereje (Trasimundo) y su sucesor (Hilderico) permitió que todos los católicos desterrados volvieran a su país.

La gente de Cartago (Africa) salió en grandes multitudes a recibir a Fulgencio. Como durante el desfile se desató un fuerte aguacero, los cristianos hicieron un toldo con sus mantos y allí llevaron a su queridísimo obispo.

San Fulgencio predicaba tan sumamente bien, que el obispo de Cartago, Bonifacio, decía: “No puedo oírle predicar sin que las lágrimas se me vengan a los ojos y sin que la emoción me llene totalmente. Bendito sea Dios que le dio tan grande sabiduría al obispo Fulgencio. En verdad se merece el nombre que tiene, nombre que significa el resplandeciente, el brillante”.

Los últimos años sufría mucho por varias enfermedades y exclamaba frecuentemente: “Señor: ya que me mandas sufrimientos, envíame también la paciencia necesaria para soportarlos. Acepto en esta vida los sufrimientos que permites que me llegue, y en cambio te pido tu perdón y tu misericordia y la vida eterna”.

Murió a los 66 años, en enero del año 533. Se había propuesto imitar en todo lo posible a San Agustín y lo consiguió admirablemente. Tanta era la estimación que la gente sentía por él que no le permitieron que fuera enterrado en otro sitio sino debajo del altar mayor en la Catedral. Aún hoy día, en los libros de oraciones de los sacerdotes hay varios sermones de San Fulgencio de Ruspe, gran sabio y gran santo.

(http://www.ewtn.com/spanish/Saints/Fulgencio.htm)