16 septiembre, 2022

San Cornelio, Papa y San Cipriano, Obispo, Mártires

 


 

!Oh! San Cornelio y San Cipriano, vosotros sois los hijos del
Dios de la Vida y del Amor, y sus amados mártires. Vos Cornelio
Papa y Mártir, honor hicisteis al significado de vuestro nombre:
“fuerte como un cuerno”. A vos os martirizaron en la persecución
del emperador Decio. Un hereje, llamado Novaciano proclamaba
que la Iglesia Católica no tenía poder para perdonar pecados
y que, el que alguna vez hubiera renegado de su fe, no más podía
ser admitido en la Iglesia. También decía que los pecados como
la fornicación y el adulterio, no podían ser perdonados jamás.
Cornelio Papa, se opuso y respondió que si un pecador de verdad
se arrepiente y desea, una nueva vida de conversión, la Iglesia
puede y debe perdonarle sus antiguas faltas y admitirlo otra vez
entre los fieles. A vos, Cornelio os apoyaron San Cipriano desde
Africa y los demás obispos de occidente. El gobierno de Decio
os desterró de Roma y a causa de vuestros sufrimientos y malos
entregasteis vuestra vida en el destierro, como mártir. Y, vos,
Cipriano, que fuisteis el más brillante de los obispos del áfrica,
antes de que apareciera San Agustín, os dedicasteis a la tarea
de educador, conferencista y orador público, poseíais inteligencia
de privilegio, gran habilidad para hablar en público, y personalidad
impactante sobre los demás. Os bautizasteis y permanecisteis
casto siempre, y no contrajisteis matrimonio. Renunciasteis a
vuestros literatos mundanos. Dijisteis vos: “Me parece que Dios
ha expresado su voluntad por medio del clamor del pueblo y de
la aclamación de los sacerdotes”. Y llegasteis a ser el más
importante de los obispos de Cartago. Un escritor escribió de vos
así: “Era majestuoso y venerable, inspiraba confianza a primera
vista y nadie podía mirarle sin sentir veneración hacia él.
Tenía una agradable mezcla de alegría y venerabilidad, de manera
que los que lo trataban no sabían qué hacer más: si quererlo
o venerarlo, porque merecía el más grande respeto y el mayor amor”.
A Decio, le interesó acabar con los obispos y destruir los
libros sagrados e invita a todos los que quieren renegar de la
religión a quemar en incienso ante los dioses, acto con el cual
quedaban perdonados. Muchos caen con esta trampa con tal de no
perder sobretodo sus vidas. Vos Cipriano, huísteis y os escondisteis
y desde allí, enviaviais cartas a los creyentes invitándolos
a no abandonar la religión por nada. Entonces los paganos recorren
las calles gritando: “Pedimos que Cipriano sea echado a los
leones”. Pero, no lo logran su cometido demoníaco. Volvió la paz
y vos, volvisteis a vuestro cargo. Y a todo renegado que quiso
volver a la Iglesia les exigisteis que hiciera penitencia. Sucedió
que, luego vinieron después espantosas persecuciones y los
cristianos prefirieron la muerte antes que quemar incienso a dioses
falsarios y, así fueron mártires gloriosos. En plena peste os
dedicasteis a repartir ayudas vendiendo lo más más valioso de la
casa episcopal. Os dedicasteis a pronunciar bellos sermones
acerca de la limosna. El impío Decio, dicta pena de destierro
para todo creyente que asistiera a un acto de culto cristiano,
y pena de muerte para cualquier obispo o sacerdote que se atreva
a celebrar una ceremonia religiosa. Y a vos, Cipriano os dictan
pena de destierro, pero vos, seguís cumpliendo con vuestras
tareas y celebrais ceremonias religiosas, y entonces os dictan la pena
de muerte. «Yo soy cristiano y soy obispo. No reconozco a ningún
otro Dios, sino al único y verdadero Dios que hizo el cielo y
la tierra. A Él, rezamos cada día los cristianos». «Lo que le han
ordenado hacer, hágalo pronto. Que en estas cosas tan importantes
mi decisión es irrevocable, y no va a cambiar. El juez Valerio
consultó a sus consejeros y luego de mala gana dictó esta
sentencia: “Ya que se niega a obedecer las órdenes del emperador
Valeriano y no quiere adorar a nuestros dioses, y es responsable
de que todo este gentío siga sus creencias religiosas, Cipriano;
queda condenado a muerte. Le cortarán la cabeza con una espada”.
Vos, al oír la sentencia, exclamasteis: ¡Gracias sean dadas a Dios!
La multitud gritaba: “Que nos maten también a nosotros, junto
con él”. Entonces, vos ordenasteis regalarle veinticinco monedas
de oro al verdugo que os mataría y os vendasteis los ojos y os
arrodillasteis y el verdugo os cortó la cabeza con un golpe
de espada. Y, así, en olor a multitud volaron al cielo, vuestras
almas, para coronadas ser de luz y eternidad como justo premio
a vuestras vidas que profesaron amor y fidelidad al Dios Vivo».
Más tarde murieron Valerio y Valeriano, juez y emperador.¡Aleluya!

© 2022 by Luis Ernesto Chacón Delgado


16 de Septiembre

San Cornelio y San Cipriano
Mártires

San Cornelio Papa y Mártir año 253.

Cornelio significa: “fuerte como un cuerno”.Este Pontífice fue martirizado en la persecución del emperador Decio en el año 253. Su Pontificado se vió amargado por la rebelión de un hereje llamado Novaciano que proclamaba que la Iglesia Católica no tenía poder para perdonar pecados y que por lo tanto el que alguna vez hubiera renegado de su fe, nunca más podía ser admitido en la Santa Iglesia.

El hereje afirmaba también que ciertos pecados como la fornicación e impureza y el adulterio, no podían ser perdonados jamás. El Papa Cornelio se le opuso y declaró que si un pecador se arrepiente en verdad y quiere empezar una vida nueva de conversión, la Santa Iglesia puede y debe perdonarle sus antiguas faltas y admitirlo otra vez entre los fieles. A San Cornelio lo apoyaron San Cipriano desde Africa y todos los demás obispos de occidente.

El gobierno del perseguidor Decio lo desterró de Roma y a causa de los sufrimientos y malos tratos que recibió, murió en el destierro, como un mártir.

San Cipriano Obispo de Cartago y Mártir año 258

A San Cipriano le rogamos que ruegue a Dios para que los que somos seguidores de Cristo, no sintamos nunca vergüenza de ser cristianos, y proclamemos siempre y en todas partes con palabras y buenas obras nuestra santa religión. Este fue el Santo más importante del Africa y el más brillante de los obispos de este continente, antes de que apareciera San Agustín.

Había nacido en el año 200 en Cartago (norte de Africa) y se dedicó a la labor de educador, conferencista y orador público. Tenía una inteligencia privilegiada, una gran habilidad para hablar en público, y una personalidad brillante y simpática que le conseguía un impresionante ascendiente sobre los demás.

Llegado a la mayoría de edad se convirtió al cristianismo por el ejemplo y las palabras de un santo sacerdote llamado Cecilio. Se hizo bautizar y una vez bautizado hizo el juramento de permanecer siempre casto, y de no contraer matrimonio (celibato se llama a este modo de vivir). A las gentes les llenó de admiración el tal voto o juramento, porque esto no se acostumbraba en aquellos tiempos.

Desde su conversión, descubrió Cipriano que la S. Biblia contiene tesoros maravillosos de buenas enseñanzas y se dedicó con toda su brillante inteligencia a estudiar este Libro Santo y a leer los comentarios que los antiguos santos habían escrito, respecto de la Sagrada Escritura. Hizo el sacrificio de renunciar a sus literatos mundanos que tanto le agradaban antes, y en adelante ya nunca citará ni siquiera una frase de un autor que no sea cristiano católico. Escribió un comentario acerca del Padrenuestro, tan bello, que hasta ahora no ha sido superado por otro autor.

Fue ordenado sacerdote, y en el año 248 al morir el obispo de Cartago, el pueblo y los sacerdotes aclamaron a Cipriano como el más digno para ser el nuevo obispo de la ciudad. El se resistía y quería huir o esconderse, pero al fin se dio cuenta de que era inútil oponerse al querer popular y aceptó tan importante cargo, diciendo: “Me parece que Dios ha expresado su voluntad por medio del clamor del pueblo y de la aclamación de los sacerdotes”. Y llegó a ser el más importante de todos los obispos que tuvo Cartago.

Un escritor de ese tiempo dejó este retrato de la bondad y venerabilidad de Cipriano: “Era majestuoso y venerable, inspiraba confianza a primera vista y nadie podía mirarle sin sentir veneración hacia él. Tenía una agradable mezcla de alegría y venerabilidad, de manera que los que lo trataban no sabían qué hacer más: si quererlo o venerarlo, porque merecía el más grande respeto y el mayor amor”.

En el año 251 el emperador Decio decreta una terrible persecución contra los cristianos. Le interesaba sobre todo acabar con los obispos y destruir los libros sagrados. Y para que el mal a la religión sea mayor invita a todos los que quieren renegar de la religión cristiana a que quemen incienso ante los dioses y ya con eso quedan perdonados. Muchísimos caen en esta trampa, y con tal de no perder sus bienes, su libertad y su vida misma, queman incienso ante las imágenes de los ídolos paganos, y reniegan de la santa religión.

El mal es inmenso

Cipriano, con gran prudencia, viendo que lo que primero buscan es acabar con todos los jefes de la Iglesia, huye y se esconde, pero desde su escondite envía continuas cartas a los creyentes invitándolos a no abandonar la religión por nada en la vida. Los paganos recorren las calles de Cartago gritando: “Pedimos que Cipriano sea echado a los leones”. Pero no lo lograron encontrar para echarlo a las fieras.

Hubo un corto período de paz y Cipriano volvió a su cargo de obispo. Pero encontró que algunos aceptaban sin más en la Iglesia a los que habían apostatado de la religión, sin exigirles hacer penitencia de ninguna clase. Se opuso a esta relajación y en adelante a todo renegado que quiso volver a la Iglesia le exigió que hiciera antes cierto tiempo de penitencia.

Así preparaba a los creyentes para que en las próximas persecuciones no se dejaran dominar por el miedo y no renegaran tan fácilmente de sus creencias. Muchos se oponían a esta severidad, pero era necesaria para prevenir el peligro de apostatías en la próxima persecución que ya se avecinaba. Y sucedió que cuando vinieron después las más espantables persecuciones, los cristianos prefirieron morir antes que quemar incienso a los dioses de los paganos. Y fueron mártires gloriosos.

El año 252, llega la peste de tifo negro a Cartago y empiezan a morir cristianos por centanares y quedan miles de huérfanos. El obispo Cipriano se dedica a repartir ayudas a los que han quedado en la miseria. Vende todo lo más valioso que hay en su casa episcopal, y pronuncia unos de los sermones más bellos que se han compuesto en la Iglesia Católica acerca de la limosna. Todavía hoy al leer tan emocionantes sermones, siente uno un deseo inmenso de dedicarse a ayudar a los necesitados. Sus oyentes se conmovieron al escucharle tan impresionantes enseñanzas y fueron generosísimos en auxiliar a las víctimas de la epidemia.

El año 257 el emperador Valeriano decretó una violentísima persecución contra los cristianos. Pena de destierro para todo creyente que asistiera a un acto de culto cristiano, y pena de muerte para cualquier obispo o sacerdote que se atreviera a celebrar una ceremonia religiosa. A Cipriano le decretan en el año 157 pena de destierro, pero como donde quiera que vaya sigue celebrando ceremonias religiosas, en el año 258 le decretan pena de muerte. Se conservan las actas de la última audiencia que los jueces le hicieron para condenarlo al martirio. Son muy interesantes. Dicen así:

El juez: El emperador Valeriano ha dado órdenes de que no se permite celebrar ningún otro culto, sino el de nuestros dioses. ¿Ud. Qué responde?

Cipriano: Yo soy cristiano y soy obispo. No reconozco a ningún otro Dios, sino al único y verdadero Dios que hizo el cielo y la tierra. A El rezamos cada día los cristianos.

El 14 de septiembre una gran multitud de cristianos se reunió frente a la casa del juez. Este le preguntó al mártir: “¿Es usted el responsable de toda esta gente?

Cipriano: Si, lo soy.

El juez: El emperador le ordena que ofrezca sacrificios a los dioses.

Cipriano: No lo haré nunca.

El juez: Píenselo bien.

Cipriano: Lo que le han ordenado hacer, hágalo pronto. Que en estas cosas tan importantes mi decisión es irrevocable, y no va a cambiar.

El juez Valerio consultó a sus consejeros y luego de mala gana dictó esta sentencia: “Ya que se niega a obedecer las órdenes del emperador Valeriano y no quiere adorar a nuestros dioses, y es responsable de que todo este gentío siga sus creencias religiosas, Cipriano; queda condenado a muerte. Le cortarán la cabeza con una espada”.

Al oír la sentencia, Cipriano exclamó: ¡Gracias sean dadas a Dios!

Toda la inmensa multitud gritaba: “Que nos maten también a nosotros, junto con él”, y lo siguieron en gran tumulto hacia el sitio del martirio. Al llegar al lugar donde lo iban a matar Cipriano mandó regalarle 25 monedas de oro al verdugo que le iba a cortar la cabeza. Los fieles colocaron sábanas blancas en el suelo para recoger su sangre y llevarla como reliquias.

El santo obispo se vendó él mismo los ojos y se arrodilló. El verdugo le cortó la cabeza con un golpe de espada. Esa noche los fieles llevaron en solemne procesión, con antorchas y cantos, el cuerpo del glorioso mártir para darle honrosa sepultura.

A los pocos días murió de repente el juez Valerio. Pocas semanas después, el emperador Valeriano fue hecho prisionero por sus enemigos en una guerra en Persia y esclavo prisionero estuvo hasta su muerte.

 (http://www.ewtn.com/spanish/Saints/Cornelio_y_San_Cipriano.htm)