19 agosto, 2024

San Ezequiel Moreno Obispo, Campeón contra el liberalismo

 El Irrintzi: San Ezequiel Moreno, campeón contra el Liberalismo


 !Oh! San Ezequiel Moreno, vos, sois el hijo del
Dios de la vida, su obispo y amado santo; que
sois venerado como patrono de los enfermos de
cáncer, y un cáncer, que vos mismo sufríais en
carne propia. Vos, estabais poseído de un ardor
misionero y lo disteis todo, por la causa más
noble: llevar las almas a los pies de la Cruz.
Vuestro espíritu, probado en las penas, frente
a la crítica injustificada o en la enfermedad,
jamás mermó vuestra entrega apasionada a Dios
y hoy, os consideran uno de los más grandes
apóstoles de la evangelización de América Latina
y las Filipinas. Vuestro singular espíritu piadoso
se marcó en vuestro hogar para siempre. Desde
pequeño, os atrajo la vida religiosa. Siempre
fuisteis un niño vivaz y muy juguetón, mostrando
vuestro espíritu de sacrificio. Con sólo dieciséis
años, a ejemplo de Eustaquio, vuestro hermano
mayor, ingresasteis al convento de los agustinos
recoletos en Monteagudo. Os nombraron
párroco de Lespinasse y más tarde, predicador
conventual de Manila. Siempre decíais: “Una sola
alma vale más que toda mi vida”. Vuelto a España,
trabajasteis en los jóvenes novicios, el sello
de la espiritualidad agustiniana y el amor hacia
los pobres. Varias veces, vos, y todos quienes
vivían en el convento redujeron sus raciones
de comida para compartirlas con los mendigos y
la gente sin hogar. En Colombia, y ocupando el
cargo de provincial de vuestra Orden, predicasteis
y atendisteis a los enfermos, evangelizando
y administrando los sacramentos. Como obispo
destacasteis por vuestros cuidados pastorales
y la fidelidad a la Iglesia. Allí, también ecreasteis
el programa de trabajo denominado ‘Dios y Colombia’.
Vuestras prédicas, siempre fueron  contundentes
contra los malos políticos y la difusión de
doctrinas como el liberalismo, provocaron la ira
de vuestros enemigos. Algunos obispos os atacaron
por medio de la prensa local, pero pese a todo,
los tratasteis con misericordia y siempre
orasteis por todos ellos, como Jesús, os enseñó.
Un día, os diagnosticaron con cáncer y, a pedido
de las súplicas de vuestros hermanos en la fe,
marchasteis a España, donde voló vuestra alma al
cielo, para coronada ser con corona de luz, como
justo premio a vuestra entrega de amor y fe. !Aleluya¡
!Oh! San Ezequiel Moreno, "vivo amor por el Dios Vivo".
 
 © 2024 by Luis Ernesto Chacón Delgado
____________________________________
 
19 de Agosto
San Ezequiel Moreno
Obispo
 
Cada 19 de agosto se celebra a San Ezequiel Moreno y Díaz O.A.R. (1848-1906), sacerdote agustino recoleto nacido en España, quien se desempeñó como obispo de Pinara, Colombia, y, posteriormente, de la diócesis de Pasto en ese mismo país. Es venerado como patrono de los enfermos de cáncer, enfermedad que sufrió en carne propia.
 
San Ezequiel poseyó tal ardor misionero que no dudó en arriesgarlo todo por la causa más noble: desde cruzar ríos caudalosos hasta soportar las inclemencias del clima tropical, todo con tal de llevar más almas a los pies de la Cruz. El santo se caracterizó por su espíritu fuerte, probado en las penas, frente a la crítica injustificada o en la enfermedad. En virtud a esa entrega apasionada a Dios y a su labor constante, se le considera uno de los más grandes apóstoles de la evangelización de América Latina y las Filipinas.
 
Cómo se forja un corazón misionero
 
Ezequiel Moreno Díaz nació el 9 de abril de 1848 en Alfaro, Rioja (España). Sus padres fueron Félix Moreno y Josefa Díaz, ambos de condición humilde, pero de alma devota, conscientes de que la fe católica es el más elevado tesoro de una familia.
 
Ese espíritu piadoso impreso en el hogar marcó su corazón para siempre. Desde la primera infancia, Ezequiel se sintió atraído por la vida religiosa, lo que no quiere decir que tuviera todo claro desde el inicio. Él, como tantos otros, pasó de la atracción incipiente a la conciencia madura de lo que una vocación implica.
 
El santo fue un niño como cualquiera: vivaz y muy juguetón, aunque siempre mostró espíritu de sacrificio. Sería durante la adolescencia que empezó a desarrollar un lado menos común: en más de una oportunidad dejó de asistir a alguna fiesta del pueblo -de esas a las que todos van- para quedarse al cuidado de algún amigo o familiar enfermo. Tras una noche velando por el prójimo, en gesto que alguien podría calificar de “heroico”, volvía a ser el chico común que le gustaba cantar y tocar la guitarra.
 
Con todo, gran sorpresa se produjo entre sus amigos y familiares cuando el buen Ezequiel expresó su deseo de consagrarse a Dios por entero, a través del servicio a los que sufren.
 
Filipinas
 
Con sólo 16 años, siguiendo el ejemplo de su hermano mayor, Eustaquio, ingresó al convento de los agustinos recoletos en Monteagudo, Navarra, el 21 de septiembre de 1864. Un año después hizo su profesión religiosa y cuatro años más tarde fue enviado como misionero a Filipinas. Allí culminó su formación y fue ordenado sacerdote el 3 de junio de 1871.
 
Tiempo después, fue enviado junto a su hermano a evangelizar a los habitantes de la isla de La Paragua (Palawan, una de las islas Filipinas). Ezequiel contrajo allí la malaria, enfermedad generalmente mortal en ese entonces, por lo que se vio obligado a regresar a Manila e interrumpir su ministerio. Dios, que lo quería para otras empresas, le concedió de vuelta la salud.
 
En 1876, el P. Ezequiel fue nombrado párroco de Lespinasse y cuatro años más tarde predicador conventual de Manila; allí asumió las riendas de una finca de los agustinos recoletos en Imus -fue notable administrador e impulsor de las obras de caridad-.
 
“Una sola alma vale más que toda mi vida” (San Ezequiel Moreno)
 
En 1888, regresó al convento de Monteagudo (España) como prior. Durante tres años trabajó por dejar en los jóvenes novicios el sello de la espiritualidad agustiniana y el amor hacia los pobres. Aquellos fueron tiempos de exigencia y tensión espiritual: el P. Ezequiel animaba constantemente a los candidatos a renunciar a pequeñas cosas para amar con más libertad o generosidad; y debía dar el ejemplo.
 
Varias veces, él y todos quienes vivían en el convento redujeron sus raciones de comida para poder abastecer adecuadamente a los mendigos y la gente sin hogar.
 
‘Dios y Colombia’
 
Tres años después, a inicios de la década siguiente, el P. Ezequiel volvió a embarcarse como misionero. Esta vez su destino fue Bogotá (Colombia), en América, donde viviría austeramente por cinco años, ocupando el cargo de provincial de su Orden. Allí se dedicó a predicar y atender a los enfermos, y realizó varios viajes a la región de Casanare -zona poco explorada en ese entonces- para evangelizar y administrar los sacramentos.
 
En 1894, el agustino fue nombrado obispo titular de Pinara y Vicario Apostólico de Casanare. Como obispo destacó por sus cuidados pastorales y la fidelidad a la Iglesia. Creó el programa de trabajo denominado ‘Dios y Colombia’ sin detener su labor misionera. Continuó con las visitas a las zonas alejadas o de difícil acceso, movido por su lema apostólico: “Una sola alma vale más que toda mi vida”.
En 1896, fue nombrado obispo de Pasto. Sus prédicas contundentes contra los malos políticos o la difusión de doctrinas confusas como el liberalismo -muy en boga en esos días-, así como su habitual sencillez en frente del pueblo provocaron la ira de sus enemigos. Penosamente entre estos hubo algunos obispos, quienes lo atacarían por medio de la prensa local. Pese a todo, San Ezequiel trató a sus agresores con misericordia y siempre los incluyó en sus ruegos.
 
De vuelta a casa
 
En 1905, le diagnosticaron cáncer y, ante las reiteradas súplicas de sus hermanos y de la gente que lo quería, decidió embarcarse rumbo a España para operarse. Lamentablemente, la intervención fue muy dolorosa y no tuvo éxito. El buen P. Ezequiel se fue debilitando físicamente de manera progresiva, no así el espíritu de oración que brotaba de sus labios: “Dios mío, dame valor para sufrir por ti”.
 
San Ezequiel Moreno y Diaz murió el 19 de agosto de 1906. Fue beatificado por el Papa San Pablo VI en 1975, y el 11 de octubre de 1992 fue canonizado por el Papa San Juan Pablo II, en el marco de la celebración de la IV Conferencia del Episcopado Latinoamericano en Santo Domingo, República Dominicana, con ocasión del V Centenario de la Evangelización del Continente Americano. (Aci prensa).
 
 (https://www.aciprensa.com/noticias/56697/hoy-celebramos-a-san-ezequiel-moreno-intercesor-de-los-enfermos-de-cancer)

18 agosto, 2024

Domingo 20 (B) del tiempo ordinario

 
 
 
Domingo 18 de Agosto
Domingo 20 (B) del tiempo ordinario
"Yo soy el Pan Vivo bajado del cielo"
 
Texto del Evangelio (Jn 6,51-58): En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: «Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo». Discutían entre sí los judíos y decían: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?». Jesús les dijo: «En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él. Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí. Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron vuestros padres, y murieron; el que coma este pan vivirá para siempre».
______________________________
 
«Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre»
Rev. D. Antoni CAROL i Hostench (Sant Cugat del Vallès, Barcelona, España)
 
Hoy continuamos con la lectura del Discurso del pan de vida que nos ocupa en estos domingos: «Yo soy el pan vivo, bajado del cielo» (Jn 6,51). Tiene una estructura, incluso literaria, muy bien pensada y llena de ricas enseñanzas. ¡Qué bonito sería que los cristianos conociésemos mejor la Sagrada Escritura! Nos encontraríamos con el mismo Misterio de Dios que se nos da como verdadero alimento de nuestras almas, con frecuencia amodorradas y hambrientas de eternidad. Es fantástica esta Palabra Viva, la única Escritura capaz de cambiar los corazones.
 
Jesucristo, que es Camino, Verdad y Vida, habla de sí mismo diciéndonos que es Pan. Y el pan, como bien sabemos, se hace para comerlo. Y para comer —debemos recordarlo— hay que tener hambre. ¿Cómo podremos entender qué significa, en el fondo, ser cristiano, si hemos perdido el hambre de Dios? Hambre de conocerle, hambre de tratarlo como a un buen Amigo, hambre de darlo a conocer, hambre de compartirlo, como se comparte el pan de la mesa. ¡Qué bella estampa ver al cabeza de familia cortando un buen pan, que antes se ha ganado con el esfuerzo de su trabajo, y lo da a manos llenas a sus hijos! Ahora, pues, es Jesús quien se da como Pan de Vida, y es Él mismo quien da la medida, y quien se da con una generosidad que hace temblar de emoción.
 
Pan de Vida..., ¿de qué Vida? Está claro que no nos alargará ni un día más nuestra permanencia en esta tierra; en todo caso, nos cambiará la calidad y la hondura de cada instante de nuestros días. Preguntémonos con honestidad: —Y yo, ¿qué vida quiero para mí? Y comparémosla con la orientación real con que vivimos. ¿Es esto lo que querías? ¿No crees que el horizonte puede ser todavía mucho más amplio? Pues mira: mucho más aun que todo lo que podamos imaginar tú y yo juntos... mucho más llena... mucho más hermosa... mucho más... es la Vida de Cristo palpitando en la Eucaristía. Y allí está, esperándonos para ser comido, esperando en la puerta de tu corazón, paciente, ardiente como quien sabe amar. Y después de esto, la Vida eterna: «El que coma este pan vivirá para siempre» (Jn 6,58). —¿Qué más quieres?
_________________________
 
Pensamientos para el Evangelio de hoy
 
«Debo recibirle siempre, para que siempre me perdone los pecados. Yo que peco siempre, debo tener siempre un remedio» (San Ambrosio)
 
«La Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad del culto eucarístico. Jesús nos espera en este sacramento del amor. No cese nunca nuestra adoración» (San Juan Pablo II)
 
 

17 agosto, 2024

Santa Beatriz de Silva, Fundadora de la Orden de la Inmaculada Concepción

Puede ser una imagen de 1 persona

 

 !Oh¡ Santa Beatriz de Silva, vos sois la hija del Dios
de la Vida, su amada santa y Fundadora de la Orden
de la Inmaculada Concepción. Vos, erais muy hermosa:
“la dama más bella de la corte de Castilla”, y por ello
muchos nobles caballeros os pidieron en matrimonio,
pero vos, ya habíais visto "otro caballero". La reina
celosa de vuestra belleza, ordenó que os encerraran.
Y, vos, en medio de la oscuridad os encomendasteis con
vuestro corazón, a la Virgen María, tanto que la visteis:
Iba vestida de hábito blanco y manto azul y el Niño
Jesús en brazos. Os habló y escuchasteis sus palabras
de ánimo y de consuelo. Allí mismo, os encargó fundar
una Orden que se dedicara a la honra del misterio de
su Inmaculada Concepción. Vistiendo como hábito, el
el mismo que Ella, lucía, blanco y azul. Allí mismo vos,
os ofrecisteis como su servidora y os consagrasteis y
Ella, os liberó de aquella prisión milagrosamente. Y,
así, abandonasteis la corte e ingresasteis como seglar
en el Monasterio dominico de Santo Domingo el Real. Allí,
en "retiro", permanecisteis por treinta años, durante
los cuales tuvisteis el rostro siemore cubierto con un
velo, nunca como penitencia sino, como señal de viva
consagración al Señor, esperando la hora de poder llevar
a cabo la misión que os encomendó nuestra Madre del Cielo,
la Virgen Inmaculada. No vivíais bajo ninguna regla
aprobada por la Iglesia. Inocencio Octavo Papa, os aprobó
el Monasterio dedicado a la Concepción de la Bienaventurada
Virgen María. Vuestra Comunidad, a pesar de los problemas
continuó fiel a vuestros primeros proyectos, junto a
la perseverancia de las primeras hermanas y el apoyo
de los Hermanos franciscanos. Pío Once Papa, confirmó
vuestro culto y os proclamó Beata y más tarde el Papa
Pablo Sexto, os canonizó solemnemente. A vos os conocen
como “la dama del rostro velado” y “la mujer del silencio”;
¡Oh!, Santa Beatriz "vivo amor por la Inmaculada Concepción".


© 2024 by Luis Ernesto Chacón Delgado
____________________________________

17 de Agosto
Santa Beatriz de Silva
Fundadora de la Orden de la Inmaculada Concepción 
 
Auto Biografía de Santa Beatriz de Silva
Fundadora de la Orden de la Inmaculada Concepción 
 
Mi padre, Ruy Gómes da Silva, fue alcalde mayor de Campo Mayor y consejero del rey D. Duarte. Mi madre, Dª Isabel de Meneses era una dama emparentada con las casas reales de España y Portugal. De mi infancia puedo deciros que crecí en el seno de una familia de hondas raíces cristianas. Éramos once hermanos, criados y educados con mucho amor.
 
Muy jovencita, como era costumbre en la época, me trasladé a la Corte de la reina Isabel, hija de D. Juan, príncipe de Portugal, al casarse ésta con D. Juan II, rey de Castilla. Permanecí en la corte de Tordesillas, como dama de la reina varios años.
 
Mis biógrafos, que me miran con buenos ojos, decían que era muy hermosa, “la dama más bella de la corte de Castilla”. Quizás no era consciente de ello pero mi belleza atraía las miradas de todos y despertaba cierta admiración en quienes me trataban. Cierto es que muchos nobles caballeros me pidieron en matrimonio, pero yo tenía las miras en otro caballero, pero de eso os hablaré más adelante.
Creo que por ello, la Reina, pudo contemplar en mí una rival en su matrimonio. Dicen que sus celos le llevaron a encerrarme. Solo sé que un día de forma inesperada para mí, me encontré dentro de un cofre en un rincón del castillo.
 
En medio de la oscuridad me encomendé con todo el corazón a la Virgen María. Pude verla, no sé si con mis propios ojos o los de la fe. Iba vestida de hábito blanco y manto azul y el niño Jesús en brazos. Me habló, o al menos yo pude escuchar sus palabras de ánimo y su consuelo. Me hizo un encargo que desde entonces no olvidé: fundar una Orden dedicada a la honra del misterio de su Inmaculada Concepción. El hábito de las monjas sería el mismo que ella lucía, blanco y azul. No pude sino ofrecerme como su servidora y consagrarme a ella. La Reina de cielo me libró de aquella prisión.
 
Al cabo de tres días salí de allí como si nada hubiera pasado. Abandoné la corte e ingresé, como seglar o señora de piso, en el Monasterio dominico de Santo Domingo el Real. Estuve en este retiro por espacio de treinta años, durante los cuales permanecí con el rostro cubierto siempre con un velo, no sólo como penitencia sino, sobre todo, en señal de una total consagración a mi Señor. Esperaba así la hora de poder llevar a cabo la misión que me había encomendado mi Señora, la Virgen Inmaculada.
 
Llegó el año 1484. Fue un año grato para mi e inolvidable. Abandoné el Monasterio de Santo Domingo y con algunas compañeras, pasamos a una casa llamada Palacios de Galiana, junto a la muralla norte de Toledo, un regalo donado por la Reina Isabel. Sí, Isabel la Católica. Nos unía una cierta amistad. Fue muy generosa. También nos concedió la capilla adjunta, dedicada a Santa Fe, una santa de origen francés.
 
Durante cinco años vivimos en Santa Fe. No profesamos en ninguna orden religiosa, ni vivíamos bajo ninguna regla aprobada por la Iglesia. Fue una experiencia nueva dentro del monacato femenino de aquella época. Finalmente a petición mía y de la Reina Isabel, nuestra valedora, el 30 de abril de 1489, conseguimos del Papa Inocencio VIII la aprobación de un Monasterio dedicado a la Concepción de la Bienaventurada Virgen María. Era el comienzo de un camino, un divino camino. Quiso el Señor llamarme a su lado antes de empezar a caminar por él, o quizás ya había comenzado. Antes de marchar hacia el año 1492 pude profesar en presencia de mis hermanas y el obispo de Toledo.
 
El monasterio no desapareció. La Comunidad, a pesar de muchas dificultades continuó fiel a nuestros primeros proyectos. La perseverancia de las primeras hermanas y el apoyo de la Orden franciscana que nos acompañó desde los comienzos, dio como resultado el crecimiento de la Orden desde Toledo a otros lugares del Reino. Por fin, el 17 de septiembre de 1511 obtuvimos regla propia. A mediados del s. XVI, la Orden de la Concepción de la bienaventurada Virgen María, llegó hasta el Nuevo mundo.
 
El Papa Pío XI confirmó el culto inmemorial que muchos me tributaron y me proclamó Beata el 28 de julio de 1926. Más tarde, reanudada la causa de canonización en 1950 por Pío XII, Pablo VI me canonizó solemnemente el 3 de octubre de 1976. Mi fiesta litúrgica se celebra el día 17 de agosto.
Soy conocida en la historia como “la dama del rostro velado” y “la mujer del silencio”.
 
 Espero que hayáis disfrutado con esta breve historia de mi vida que os he compartido. Ahora son mis hijas, extendidas por todo el mundo quienes hacen presente el Carisma que un día el Espíritu Santo me inspiró.
 

16 agosto, 2024

16 de agosto San Esteban, rey de Hungría Patrono de reyes, niños con enfermedades graves, albañiles y canteros

 San Esteban de Hungría, Rey: Primer monarca santo

 

¡Oh!, San Esteban de Hungría, vos, sois el hijo del Dios
de la Vida, su amado santo y siendo de alta alcurnia
os hicisteis el último de todos a imitación de vuestro
Maestro, Señor y Dios nuestro, Jesucristo. Vuestro poder
al servicio de los desposeídos, menesterosos y pobres
pusisteis, dando de vuestra fortuna “in extenso”, tanto
que, la gente os gritaba: “¡Ahora sí se van a acabar
los pobres!”. “Ellos representan mejor a Jesucristo,
a quien yo quiero atender de manera especial. Una cosa
sí me he propuesto: no negar jamás una ayuda o un favor
si en mí existe la capacidad de hacerlo”, se os escuchaba
a menudo decir. Para mezclaros con los pobres y necesitados
os disfrazabais de albañil y así, salíais por la noche
por todas las calles a repartir ayuda. Pero, en una de ellas
al encontraros con un grupo de aquellos, repartisteis las
monedas que llevabais, tantas que, al final os las quitaron
y os agradieron con palos. Cuando cesó todo, os pusisteis
de rodillas y luego, disteis gracias a Dios por haberos
concedido tal sacrificio. Nuestra fe Católica expandisteis
tanto en su doctrina, como en su obra. La devoción por
Nuestra Señora nunca la dejasteis y, en su honor templos
levantasteis, invocándola a cada instante con amor y fe,
y, con ello, la idolatría y las falsías religiones acabasteis.
Un día perdisteis en una cacería a vuestro amado hijo
a quien habíais formado como vuestro sucesor. Al saberlo
sólo exclamasteis: “El Señor me lo dio, el Señor me lo
quitó. ¡Bendito sea Dios!”. Los últimos años de vuestra
vida, padecisteis enfermedades que os fueron purificando
y santificando cada vez más y más. Y, el día de la Asunción
de Nuestra Señora, fiesta amada por vos, voló vuestra
alma al cielo, así ganando, corona de luz eterna, como
justo premio a vuestra entrega de amor y misericordia.
Santo Patrono y conversor de todo el reino de Hungría;
¡oh!, San Esteban, “vivo Cristo de Amor y Misericordia viva
”.

© 2024 by Luis Ernesto Chacón Delgado
____________________________________

16 de agosto
San Esteban rey de Hungría
Año 1038

Que nuestro Dios Todopoderoso nos envíe en todo el mundo muchos gobernantes que sepan ser tan buenos católicos y tan generosos con los necesitados como lo fue el santo rey Esteban.

Dios todopoderoso, te rogamos que tu Iglesia tenga como glorioso intercesor en el cielo a san Esteban de Hungría, que durante su reinado se consagró a propagarla en este mundo. Por nuestro Señor Jesucristo. Amén

Esteban significa: “coronado” (estebo= corona).

Este santo tiene el honor de haber convertido al catolicismo al reino de Hungría. Fue bautizado por San Adalberto y tuvo la suerte de casarse con Gisela, la hermana de San Enrique de Alemania, la cual influyó mucho en su vida. Valiente guerrero y muy buen organizador, logró derrotar en fuertes batallas a todos los que se querían oponer a que él gobernara la nación, como le correspondía, pues era el hijo del mandatario anterior.

Cuando ya hubo derrotado a todos aquellos que se habían opuesto a él cuando quiso propagar la religión católica por todo el país y acabar la idolatría y las falsas religiones, y había organizado la nación en varios obispados, envió al obispo principal, San Astrik, a Roma a obtener del Papa Silvestre II la aprobación para los obispados y que le concediera el título de rey. El sumo Pontífice se alegró mucho ante tantas buenas noticias y le envío una corona de oro, nombrándolo rey de Hungría. Y así en el año 1000 fue coronado solemnemente por el enviado del Papa como primer rey de aquel país.

El cariño del rey Esteban por la religión católica era inmenso; a los obispos y sacerdotes los trataba con extremo respeto y hacía que sus súbditos lo imitaran en demostrarles gran veneración. Su devoción por la Virgen Santísima era extraordinaria. Levantaba templos en su honor y la invocaba en todos sus momentos difíciles. Fundaba conventos y los dotaba de todo lo necesario. Ordenó que cada 10 pueblos debían construir un templo, y a cada Iglesia se encargaba de dotarla de ornamentos, libros, cálices y demás objetos necesarios para mantener el personal de religiosos allá. Lo mismo hizo en Roma.

La cantidad de limosnas que este santo rey repartía era tan extraordinaria, que la gente exclamaba: “¡Ahora sí se van a acabar los pobres!”. El personalmente atendía con gran bondad a todas las gentes que llegaban a hablarle o a pedirle favores, pero prefería siempre a los más pobres, diciendo: “Ellos representan mejor a Jesucristo, a quien yo quiero atender de manera especial”.

Para conocer mejor la terrible situación de los más necesitados, se disfrazaba de sencillo albañil y salía de noche por las calles a repartir ayudas. Y una noche al encontrarse con un enorme grupo de menesterosos empezó a repartirles las monedas que llevaba. Estos, incapaces de aguardar a que les llegara a cada quien un turno para recibir, se le lanzaron encima, quitándole todo y lo molieron a palos. Cuando se hubieron alejado, el santo se arrodilló y dio gracias a Dios por haberle permitido ofrecer aquel sacrificio. Cuando narró esto en el palacio, sus empleados celebraron aquella aventura, pero le aconsejaron que debía andar con más prudencia para evitar peligros. El les dijo: “Una cosa sí me he propuesto: no negar jamás una ayuda o un favor. Si en mí existe la capacidad de hacerlo”.

A su hijo lo educó con todo esmero y para él dejó escritos unos bellos consejos, recomendándole huir de toda impureza y del orgullo. Ser paciente, muy generoso con los pobres y en extremo respetuoso con la santa Iglesia Católica. La gente al ver su modo tan admirable de practicar la religión exclamaba: “El rey Esteban convierte más personas con buenos ejemplos, que con sus leyes o palabras”.

Dios, para poderlo hacer llegar a mayor santidad, permitió que en sus últimos años Esteban tuviera que sufrir muchos padecimientos. Y uno de ellos fue que su hijo en quien él tenía puestas todas sus esperanzas y al cual había formado muy bien, muriera en una cacería, quedando el santo rey sin sucesor. El exclamó al saber tan infausta noticia: “El Señor me lo dio, el Señor me los quitó. Bendito sea Dios”. Pero esto fue para su corazón una pena inmensa.

Los últimos años de su vida tuvo que padecer muy dolorosas enfermedades que lo fueron purificando y santificando cada vez más. El 15 de agosto del año 1038, día de la Asunción, fiesta muy querida por él, expiró santamente. Desde entonces la nación Húngara siempre ha sido muy católica. A los 45 años de muerto, el Sumo Pontífice permitió que lo invocaran como santo y en su sepulcro se obraron admirables milagros.

(http://www.ewtn.com/spanish/Saints/Esteban_de_Hungria.htm)

15 agosto, 2024

Solemnidad de la Asunción de la Virgen María, madre y modelo de todo cristiano

Día de la Virgen de la Asunción - Calendarr

 

¡Oh!; Santa María, Madre del Dios Vivo, Asunta al cielo,
quiso Vuestro Hijo, jamás dejaros en este valle de lágrimas
y al cielo os elevó, en cuerpo y alma, para que desde lo alto
reinaseis el tiempo todo. Vuestra Asunción, gloriosa es
y toda ella, fundamento tiene, pues Vos, con la obra de Amor
de Vuestro Hijo, contribuisteis ayudando gloriosamente
en la misión que Dios Padre, os encomendó. San Ambrosio,
San Epifanio y Timoteo, así, lo dicen. Y, San Germán
de Constantinopla, en labios de Jesús pone estas palabras:
“Es necesario que donde yo esté, estés también tú, Madre
inseparable de tu Hijo”. San Juan Damasceno dice: “Era
necesario que aquella que había visto a su Hijo en la Cruz
y recibido en pleno corazón la espada del dolor contemplara
a ese Hijo suyo sentado a la diestra del Padre”. Vos, María,
la “nueva Eva” sois; que, de Cristo, “nuevo Adán”, recibisteis
la plenitud de la gracia y de la gloria celestial, habiendo
sido resucitada mediante el Espíritu Santo por el poder
soberano de vuestro Hijo. Por ello, Vos, María, entrasteis en
la gloria, porque al Hijo de Dios Padre, acogisteis en Vuestro
virginal seno y, en Vuestro corazón. “¡Bendita Tú entre las
mujeres y bendito el fruto de tu vientre!”. Y, hoy, más,
que nunca, en un mundo en el que la vida se desprecia,
se degrada, se tortura y se mata, y en el que, los derechos
de los niños no nacidos, se pisotean, porque a las madres,
las asedia un nuevo dragón: los “nuevos Herodes”, que
vestidos de blanco, no sólo ansían, sino que lo hacen,
tragarse el fruto de sus vientres, por ambición y codicia.
Por todo ello, honor de nuestra raza eres, “vida y esperanza
nuestra”. “¡Oh!, Reina, llévanos hacia Vos, queremos correr
tras el olor de Vuestros perfumes hasta la montaña santa,
hasta la casa de Dios”. Porque Vos, que, a la “Vida eterna”
albergasteis, no podías menos que, dormir la muerte terrenal
del sepulcro y, por ello, a Vos, vino al que ayer le brindasteis
vuestra santa humanidad: el “Dios Vivo” para llevaros consigo
por la eternidad eterna de los siglos de los siglos. ¡Aleluya!
¡oh!, Santa María, Asunta al cielo, “Vivo Amor y Luz de Dios”.

© 2024 by Luis Ernesto Chacón Delgado
_________________________________________

Amor

¡Oh!, Santa María Asunta al cielo
¿Cuánto amor por Vuestro Hijo?
¡Todo!
¿Cuánto amor de Vuestro Hijo?
¡Todo!
¿Cuánto amor por Vuestros Hijos?
¡Todo!
¡Oh!, Santa María Asunta al cielo.

© 2016 by Luis Ernesto Chacón Delgado
_______________________________

15 de Agosto
La Asunción de la Virgen María a los cielos

Por: Padre Jesús Martí Ballester

Los rosales en flor y los lirios del campo la rodean como en primavera

1. LA ASUNCIÓN DE MARÍA EN LA TRADICIÓN DE LA IGLESIA

“¡Qué hermosa eres, amada mía! -exclama el Cantar de los Cantares ante la Esposa que sube a los cielos-, tus ojos de paloma por entre el velo; tu pelo es un rebaño de cabras descolgándose por las laderas de Galaad. Tus labios son cinta escarlata, y tu hablar, melodioso, tus sienes dos mitades de granada.”

La Asunción de María forma parte del designio divino y se fundamenta en la participación de María en la misión de su Hijo, sostiene la perenne y concorde tradición de la Iglesia. La Asunción de la Virgen está integrada, desde siempre, en la fe del pueblo cristiano, quien, al afirmar la llegada de María a la gloria celeste, ha querido también proclamar la glorificación de su cuerpo, cuyo primer testimonio aparece en los relatos apócrifos, titulados «Transitus Mariae», que se remontan a los siglos II y III.

2. LOS PADRES. LA TRADICION. JUAN PABLO II

La perenne y concorde tradición de la Iglesia muestra cómo la Asunción de María forma parte del designio divino y se fundamenta en la singular participación de María en la misión de su Hijo. Ya durante el primer milenio los autores sagrados se expresaban en este sentido. Así lo testifican san Ambrosio, san Epifanio y Timoteo de Jerusalén. San Germán de Constantinopla pone en labios de Jesús estas palabras: «Es necesario que donde yo esté, estés también tú, madre inseparable de tu Hijo». La misma tradición ve en la maternidad divina la razón fundamental de la Asunción. Un relato apócrifo del siglo V, atribuido al pseudo Melitón, imagina que Cristo pregunta a Pedro y a los Apóstoles qué destino merece María, y ellos le responden: «Señor, elegiste a tu esclava, para que se convirtiera en tu morada inmaculada. Por tanto, dado que reinas en la gloria, a tus siervos nos ha parecido justo que resucites el cuerpo de tu madre y la lleves contigo, dichosa, al cielo». La maternidad divina, que hizo del cuerpo de María la morada inmaculada del Señor, funda su destino glorioso. San Germán, lleno de poesía, dice que el amor de Jesús a su Madre exige que María se vuelva a unir con su Hijo divino en el cielo: «Como un niño busca y desea la presencia de su madre, y como una madre quiere vivir en compañía de su hijo, así también era conveniente que tú, de cuyo amor materno a tu Hijo y Dios no cabe duda alguna, volvieras a él. ¿Y no era conveniente que, de cualquier modo, este Dios que sentía por ti un amor verdaderamente filial, te tomara consigo?». E integra la relación entre Cristo y María con la dimensión salvífica de la maternidad: «Era necesario que la madre de la Vida compartiera la morada de la Vida». San Juan Damasceno subraya: «Era necesario que aquella que había visto a su Hijo en la cruz y recibido en pleno corazón la espada del dolor contemplara a ese Hijo suyo sentado a la diestra del Padre».

A la luz del misterio pascual, se ve la oportunidad de que la Madre fuera glorificada después de la muerte junto con el Hijo. El Vaticano II, recordando el misterio de la Asunción, lo une al privilegio de la Inmaculada Concepción: Precisamente porque fue «preservada libre de toda mancha de pecado original» (LG, 59), María no debía permanecer como los demás hombres en el estado de muerte hasta el fin del mundo. La ausencia del pecado original y su santidad perfecta desde el primer instante de su existencia, exigían para la Madre de Dios la plena glorificación de su alma y de su cuerpo. Contemplando el misterio de la Asunción de la Virgen, se entiende el plan de la Providencia divina con respecto a la humanidad. María es la primera criatura humana después de Cristo, en la que se realiza el ideal escatológico, anticipando la plenitud de la felicidad, mediante la resurrección de los cuerpos. En la Asunción de la Virgen podemos ver también la voluntad divina de promover a la mujer. Como había sucedido en el origen del género humano, en el proyecto de Dios el ideal escatológico debía revelarse en una pareja. Por eso, en la gloria celestial, al lado de Cristo resucitado hay una mujer resucitada, María: el nuevo Adán y la nueva Eva, primicias de la resurrección general de los cuerpos de toda la humanidad. Ciertamente, la condición escatológica de Cristo y la de María no se han de poner en el mismo nivel. María, nueva Eva, recibió de Cristo, nuevo Adán, la plenitud de gracia y de gloria celestial, habiendo sido resucitada mediante el Espíritu Santo por el poder soberano del Hijo, lo que pone de relieve que la Asunción de María manifiesta la nobleza y la dignidad del cuerpo humano.

Frente a la profanación y al envilecimiento a los que la sociedad moderna somete frecuentemente el cuerpo femenino, el misterio de la Asunción proclama el destino sobrenatural y la dignidad de todo cuerpo humano, llamado por el Señor a transformarse en instrumento de santidad y a participar en su gloria. María entró en la gloria, porque acogió al Hijo de Dios en su seno virginal y en su corazón. Contemplándola, el cristiano aprende a descubrir el valor de su cuerpo y a custodiarlo como templo de Dios, en espera de la resurrección. La Asunción, privilegio concedido a la Madre de Dios, representa así un inmenso valor para la vida y el destino de la humanidad (Juan Pablo II).

3. LOS POETAS

“Apareció una figura portentosa en el cielo: una mujer vestida del sol, la luna por pedestal, coronada con doce estrellas” (Ap 11,19). Maravillado y transido de belleza canta el poeta: “¿A dónde va, cuando se va la llama? ¿A dónde va, cuando se va la rosa? ¿Qué regazo, qué esfera deleitosa, ¿qué amor de Padre la abraza y la reclama?. Esta vez como aquella, aunque distinto; el Hijo ascendió al Padre en pura flecha. Hoy va la Madre al Hijo, va derecha al Uno y Trino, el trono en su recinto. No se nos pierde, no; se va y se queda. Coronada de cielos, tierra añora y baja en descensión de Mediadora, rampa de amor, dulcísima vereda”.

4. SI MARIA TRIUNFA DEL PECADO, TAMBIEN DE LA MUERTE

El Apocalipsis pinta la imagen prodigiosa de una mujer glorificada que aparece encinta, a punto de dar a luz, “gritando entre los espasmos del parto”, y acosada por un “enorme dragón rojo con siete cabezas y diez cuernos y siete diademas en las cabezas, dispuesto a tragarse el niño en cuanto naciera”. El águila de Patmos vio en esta revelación a la Iglesia, en su doble dimensión de luminosidad y de oscuridad, de grandeza y de tribulación, coronada de estrellas y gritando de dolor. María, Madre del Hijo de Dios, Cabeza de la Iglesia que va a nacer, es también la primera hija privilegiada de la Iglesia, triunfadora del dragón que quiere devorar a la Madre y al Niño, pero fracasa en su intento porque el niño fue arrebatado al cielo junto al trono de Dios, mientras ella ha escapado al desierto. El misterio del mal en el mundo produce escándalo en algunos hombres. ¿Cómo Dios permite todo si lo puede arreglar todo? No se tiene en cuenta la libertad humana que Dios respeta conscientemente; ni la limitación del mundo creado, con sus leyes inmutables; ni la maldad del maligno, que intenta devorar a los hijos de la mujer mientras vivan en este destierro. Ni que Dios a ese mundo dolorido, probado y exhausto, le tiende la Mano Poderosa, que ayuda y restauradora del bien.

El pueblo de Israel fue llevado por Dios al desierto, como la esposa de Oseas, para hablarle al corazón y fortalecerlo en el amor y en el coraje para implantar “el reino de nuestro Dios”, “victoria que ya llega”. Con María estamos todos en el desierto con la fuerza del Espíritu que nos ayuda a vencer los peligros del erial repleto de emboscadas.

5. MARIA FIGURA Y PRIMICIA DE LA IGLESIA

Pero si María ha sido subida al cielo, como tipo de la Iglesia, también lo será la Iglesia. Aunque hoy nos sintamos terrenos y pecadores, porque en el desierto “la Iglesia es a la vez santa y pecadora”, seremos en el mundo futuro, resucitados y enaltecidos. Mirad cómo la traen entre alegría y algazara al palacio real ante la presencia del rey, prendado de la belleza de la reina, enjoyada de oro a la derecha del rey. Contemplad cómo le dice el rey: “Escucha, hija, inclina el oído a las palabras enamoradas que brotan de mi corazón encendido contemplando tu hermosura” (Sal 44). Y gozad con “el ejército de los ángeles que está lleno de alegría y de fiesta”. “¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!” (Lc 1,39). Salta también de gozo Juan en el seno de Isabel. La fiesta de los ángeles del cielo se comunica por anticipado al pueblo de la montaña, donde, con la prisa del amor, llegó María, con un Jesús chiquitín en sus entrañas. El Espíritu Santo invadió aquella casa e hizo cantar a aquellas mujeres dichosas las grandezas y maravillas del Señor. María se sintió inspirada y proclamó el “Magnificat” cantando su alegría porque el Señor ha mirado la humillación de su esclava. Y como supo que la llamarían feliz todas las generaciones de los hombres, lo cantó sin complejos. Y enalteció la misericordia que tiene y que tendrá siempre, de generación en generación, con sus fieles amados. Y afirmó que no se había olvidado de lo prometido a nuestros primeros padres, a Abraham y su descendencia para siempre: porque una mujer aplastaría la cabeza de la serpiente, “el dragón rojo”. María, ya glorificada en el cielo, no se olvida de los hermanos de su Hijo, que se debaten en las tentaciones y asechanzas del dragón en el desierto. Porque en el cielo no ha dejado su oficio salvador, sino que continúa alcanzándonos los dones de la eterna salvación (LG 62). “La Madre de Jesús, de la misma manera que ya glorificada en el cielo en cuerpo y alma, es imagen y principio de la Iglesia que llegará a la perfección en la vida futura, así también en esta tierra antecede como una antorcha radiante de esperanza segura y de consuelo para el pueblo de Dios peregrinante” (LG 68).

6. CULMINACION DEL EVANGELIO DE LA VIDA

En un mundo en que se desprecia la vida, en que se degrada la vida, en que se mata y se tortura la vida, en que se pisotean los derechos de las personas y del niño no nacido que el dragón en las madres, nuevos Herodes, quieren tragarse, tú honor de nuestra raza, eres “vida y esperanza nuestra”. Cuando el Papa Pío XII definió el dogma de la Asunción, la Escuela Psicoanalítica de Zurich, dirigida por Jung, declaró que la definición del dogma había sido una respuesta genial al desprecio de la vida y la persona humana. Hija de un designio eterno, María es el epítome de todas las perfecciones. Si Dios tuviese necesidad del tiempo como nosotros, habría tenido que emplear la eternidad para idear una criatura tan perfecta. Ni el pecado proyectó su sombra en aquella alma privilegiada, ni la fealdad sentó su garra en aquel cuerpo transfigurado por celestiales reverberos. Ni se marchitaron sus nardos, ni palideció su luz, ni desapareció la fragante frescura que había dejado en ella la gloria del Verbo, al descender como rocío silencioso a sus entrañas. Admirados y gozosos han celebrado los Santos Padres la belleza de María. “San Juan Damasceno llama a María “la buena gracia de la naturaleza humana y el ornamento de la creación”.

El Areopagita, si San Pablo no le hubiese enseñado el nombre del Dios único, deslumbrado por el brillo de su rostro, la hubiera tomado por la misma divi­nidad. “Nada puede compararse a su belleza, dice San Epifanio, una belleza en que se mezclan la dulzura y la majestad, que levanta hacia Dios e inspira los nobles pensamientos, que ilu­mina el alma y hace germinar el santo amor”. Viendo a Beatriz con los ojos fijos ante su imagen gloriosa, cantaba el Dante: “El amor que la precede, hiela los corazones vulgares y arranca los malos brotes del corazón. Todo el que se detenga a contemplarla, se convertirá en una noble criatura o morirá a sus pies.” En medio de los dolores del Calvario, grandes como el mar, pudimos llamarla la más hermosa entre las mujeres; y cuando, terminados los años de su peregrinación terrena, sale de esta tierra que se había iluminado con sus ojos y enjoyecidos con su llanto, los coros celestiales claman llenos de estupor: “¿Quién es ésta que viene del desierto, bañada de encantos, bella como la luna, escogida como el sol, majestuosa como un ejército en orden de batalla?”.

7. LA MUERTE DE MARIA

La muerte no se atrevió a destruir aquella maravilla de la mano de Dios. Ella que se había reído de Nemrod el cazador, de Hércules el invencible, y de Alejandro, debelador de imperios, llegaba ahora tímida y temblando, como una madre que se acerca de puntillas a la cuna de su niño dormido. Ni reacciones dolorosas, ni muecas grotescas, ni violentas sacudidas, ni lágrimas, ni espasmos, ni terrores. Su cuerpo se durmió con la gracia de un clavel desprendido de la clavellina; como un susurro del viento en el hayedo; como un arpegio de arpa al impulso del aire, como una orquídea dorada mecida en el perfume de las albahacas, como una ola de espuma en la playa de un mar de oro. Como el parpadeo de una estrella que se va escondiendo en el cielo; con el balanceo de una espiga dorada y granada mecida por el susurro del viento primaveral. Asi se inclinaría el cuerpo de la Virgen María, así sería su último suspiro, así brillarían sus ojos purísimos en aquella hora. Calma dulcísima de atardecer, nube de incienso que se pierde en el azul, flor que se cierra, sol que se desmaya en la curva del horizonte para arder resplandeciendo en otro hemisferio infinitamente más luminoso y más bello. Eso sería la muerte de María; un sueño dulcísimo, una separación inefable, un éxtasis de amor. “Ella es -exclama San Bernardo- la que pudo decir con verdad: “He sido herida del amor”, porque la flecha del amor de Cristo la transverberó de tal modo que en su corazón virginal cada átomo se incendió en un fuego soberano.

Fue una muerte de amor, de aquel amor que es más fuerte que la muerte, el que transverberó a Santa Teresa. El que le hacía decir aquellas palabras escritas para ella: “Hijas de Jerusalén, por los ciervos del campo os conjuro, decidme si habéis visto a mi amado, porque me muero de amor.” “Vuelve, vuelve ya, amado mío vuelve con la celeridad del cervatillo”. San Francisco de Sales decía: “Es imposible imaginar que esta verdadera Madre natural del Hijo de Dios haya muerto de otra muerte; muerte la más noble de todas y debida a la más noble vida que hubo jamás entre las criaturas; muerte que los ángeles mismos desearían gustar, si fuesen capaces de morir.” Fue una “dormición”, como decían los primeros cristianos, y siguen diciendo los cristianos orientales; una salida, un éxodo, según la expresión de los españoles de la Edad Media. La Iglesia Romana dice Asunción. Dios quiso que María pasase por la muerte, como su Hijo, aunque no la merecía, para ofrecernos el tipo de una muerte santa y el consuelo de su auxilio en nuestra hora suprema. María pasó por la muerte, dice San Agustín, pero no se quedó en ella. Así cantaba el poeta: Meced a la esposa mía para que se duerma ahora: “Tota pulchra es María Tota pulchra et decora.” ¡Sueño bienaventurado! ¡Cuan dulcemente reposa! Por las cabras del collado, por los ciervos corredores, no despertéis a la esposa, que en los brazos del Amado se está muriendo de amores. Del cielo descendía la invitación apremi­ante: “Ven, amiga mía, paloma mía, inmaculada mía; ya pasó el invierno, cesó la lluvia y el granizo; ven para ser coronada con corona de gracias.” Y María enamorada, susurraba:“Quedéme y olvidéme el rostro recliné sobre el Amado cesó todo y quedéme dejando mi cuidado entre las azucenas olvidado”.

8. LA HORA TRIUNFAL

Un rumor extraño se alza en el sepulcro de Getsemaní donde reposan los restos sagrados. Zumbidos de alas, súbitos resplandores, embajadas de ángeles, como el de la noche sobre la gruta de Belén. Los lirios esparcen sus más exquisitos perfumes, las brisas traen caricias de jardines, los olivos inclinan suavemente sus ramas. Después, una procesión de luces, un soberano concierto, una voz acariciadora, un sepulcro vacío y una mujer que atraviesa los cielos, vestida de sol, llevando la luna por pedestal y, en torno suyo, cortejo de ángeles y de serafines. Es la Madre de Dios; como decía el poeta medieval, “la llama coronada que se va en pos de su divina primogenitura; la rosa en que el Verbo se hizo carne; la estrella fulgente que triunfa en la altura como triunfó en los abismos”.

El prodigio epilogaba una vida endiosada. El círculo abierto en el misterio de la Concepción Inmaculada se cerraba con el de la Asunción gloriosa. De todos los siglos cristianos brota la exclamación admirada: “La Virgen María ha sido trasladada al tálamo celeste, donde el Rey de la gloria se sienta sobre un trono de estrellas.” Hace más de mil años clamaba ya la litur­gia en el día de la Asunción: “Alégremonos en el Señor al celebrar esta fiesta admirando tanto más la maravillosa traslación de María, cuanto más conveniente nos parece ese fin singular”. ¿Qué cosa más natural que pase a otra vida sin dolor la que había dado a luz sin dolor? ¿Y qué más conveniente que ver libre de la corrupción a la que había permanecido sin mancha? La Madre de la Vida, no podía dormir en la muerte. La Madre del camino no podía quedarse en medio del camino. La Madre de la Luz no debía dormir en las tinieblas del sepulcro. Ante esa figura que se aleja de nuestro suelo radiante y gloriosa, la Iglesia llena de admiración, estalla en cánticos de alabanza mezclados con las más bellas imágenes, los ecos del Antiguo Testamento, los encantos de la naturaleza y el fulgor del lirismo: Vi su radiante figura remontándose a la altura recostada en el Amado. Y era como una paloma que sube del agua pura cortando el aire callado: un inenarrable aroma dejaba su vestidura, como si todas las flores que tiene la primavera condensaran sus olores en su hermosa cabellera. Y ella subía, subía, Subía hasta el Cielo sumo como varita de humo, que hacia los aires envía la mirra más excelente. mezclada con el incienso; y el claro sol, a su ascenso, le rodeaba la frente.

9. LA RECEPCION CELESTIAL

El amor del Padre a la Madre Inmaculada de su Hijo y el del Hijo a su Madre, Esposa del Espíritu, a la gloria celeste la ensalzan. No se puede comparar el recibimiento que Salomón hizo a su madre Betsabé cuando llegó a su palacio real, que se levantó para recibirla y le hizo una inclinación; luego se sentó en el trono, mandó poner un trono para su madre, y Betsabé se sentó a su derecha” (1 Re 2,19), con el que el Rey del Cielo le ha hecho a su madre glorificada con su abrazo tierno y eterno. “Levántate, amada mía, hermosa mía, ven a mí! Porque ha pasado el invierno, las lluvias han cesado y se han ido, brotan flores en la vega, el arrullo de la tórtola se deja oír en los campos; apuntan los frutos en la higuera, la viña en flor difunde perfume. Levántate, amada mía, hermosa mía, ven a mí” (Cant 2,10). Cuando surge el amor en el alma, el cuerpo exulta y resplandece. Y el amor a María, que creció siempre enamorada y “enferma de amor”, “decidle que adolezco, peno y muero”, ha llegado a la cumbre donde Dios hace la suprema excelsa maravilla de la criatura nueva que a todos nos precede y nos arrastra, dominando la muerte. El río de amor rebosante convertido en mar, ha entrado en el océano infinito de felicidad y la dulzura. “ El día primero de noviembre de 1950, el Papa Pío XII proclamó solemnemente: “Declaramos, definimos, que la Santísima Virgen María, cumplido el curso de su vida mortal, fue asumpta en cuerpo y alma a la gloria del cielo”.

10. LA LEYENDA AUREA

Se escriben y se cuentan las narraciones más exquisitas de la leyenda dorada, un drama, lleno de vida, que termina con un epílogo bellísimo; una deliciosa historia, propia del genio oriental, ilumi­nada de estrellas y de ángeles, perfumada de inciensos y azucenas, decorada de todas las maravillas del cielo y de todas las bellezas de la tierra. Empezó a difundirse por el Oriente en el siglo V con el nombre de un discípulo de San Juan, Melitón de Sardes; más tarde, Gregorio de Tours la da a conocer en las Galias; los españoles de la Reconquista también la leían, y los cristianos de la Edad Media buscaron en sus páginas alimento de fe y entusiasmo religioso. Un Ángel se aparecía a la Virgen y le entregaba la palma diciendo: “María, levántate; te traigo esta rama de un árbol del paraíso, para que cuando mueras la lleven delante de tu cuerpo, porque vengo a anunciarte que tu Hijo te aguarda.” María tomó la palma, que brillaba como el lucero matutino, y el ángel desapareció. Esta salutación angélica fue el preludio del gran acontecimiento. Poco después, los Apósto­les, que sembraban la semilla evangélica por toda la tierra, se sintieron arrastrados por una fuerza misteriosa, que les llevaba hacia Jerusalén. Sin saber cómo, se encontraron reunidos en torno de aquel lecho, con efluvios de altar, en que la Madre de su Maes­tro esperaba la venida de la muerte. De repente sonó un trueno fragoroso, la habitación se llenó de perfumes, y apareció Cristo con un cortejo de serafines vestidos de dalmá­ticas de fuego. Arriba, los coros angélicos cantaban dulces melodías; abajo, el Hijo decía a su Madre: “Ven, amada mía, yo te colocaré sobre un trono resplandeciente, porque he deseado tu belleza.” Y María respondió: ” Proclama mi alma la grandeza al Señor.” Al mismo tiempo, su espíritu se desprendía de la tierra y Cristo desapa­recía con él entre nubes luminosas, espirales de incienso y misteriosas armonías.

El corazón limpio, había cesado de latir; pero un halo divino iluminaba la carne inmaculada. Se levantó Pedro y dijo a sus compañeros: “Obrad, hermanos, con amorosa diligencia; tomad este cuerpo, más puro que el sol de la madrugada; fuera de la ciudad encontraréis un sepulcro nuevo. Velad junto al monumento hasta que veáis cosas prodigiosas.” Se formó el cortejo. Las vírgenes iniciaron el desfile; tras ellas iban los Apóstoles salmodiando con antorchas en las manos, y en medio caminaba San Juan, llevando la palma simbólica. Coros de ángeles batían sus alas sobre la comitiva, y del Cielo bajaba una voz que decía: “No te abandonaré, margarita mía, no te abandonaré, porque fuiste templo del Espíritu Santo y habitación del Inefable.” Al tercer día, los Apóstoles que velaban en torno del sepulcro oyeron una voz muy conocida, que repetía las antiguas palabras del Cenáculo: “La paz sea con vosotros.” Era Jesús que venía a llevarse el cuerpo de su Madre. Temblando de amor y de respeto, el Arcángel San Miguel lo arrebató del sepulcro y, unido al alma para siempre, fue dulcemente colocado en una carroza de luz y transportado a las alturas. En este momento aparece Tomás sudoroso y jadeante. Siempre llega tarde, pero ahora tiene razón: viene de la India lejana: Interroga y escudriña; es inútil: en el sepulcro sólo quedan aromas de jazmines y azahares. En los aires, una estela luminosa cae junto a los pies de Tomás, el ceñidor que le envía la Virgen en señal de despedida.

11. AUNQUE LA IGLESIA NO LA RECOGE EN SU LITURGIA, PERMITIO QUE SE EXTENDIERA

Esta bella leyenda iluminó en otros siglos la vida de los cristianos. La Iglesia romana rehusó recogerla en sus libros litúrgicos, pero la dejó correr libremente para edificación de los fieles. Propagada por la piedad del pueblo, recorrió todos los países, penetró en la literatura, inspiró a los poetas y se hizo popular cuando en el valle de Josafat descubrieron los cruzados aquel sepulcro en que se habían obra­do tantas maravillas, y sobre el cual suspendieron ellos innu­merables lámparas de oro. Pero nadie la recogió con más amor ni la interpretó con tanta belleza como los artistas. La primera representación es anterior a la leyenda escrita. Se encuentra en un sarcófago romano de la basílica de Santa Engracia en Zaragoza. María apa­rece de pie en medio de los Apóstoles. Desde lo alto asoma una mano que aprisiona la suya, recordando aquellas frases del relato apócrifo: “El Señor extendió su mano y la puso sobre la Virgen; Ella la abrazó y la llevó a los ojos y lloró. Los discípulos se le acercaron diciendo: ¡0h Madre de la luz, ruega por este mundo que abandonas! Finalmente, el Señor extendió su mano santa y, tomando aquella alma pura, la llevó al tesoro del Padre.”

12. LOS TESTIMONIOS DE LA BELLEZA

Después se suceden las representaciones en las telas, en los marfiles y en los mosaicos. Tanto el ro­mánico como el gótico convierten el tema, en una verdadera historia en la piedra. Unas veces veremos a los Apóstoles en torno de María mori­bunda; otras, desfila el cortejo precedido por el discípulo ama­do; otras, el grupo apostólico aparece a la puerta del monumento; o se presenta el ángel para arrebatar su presa a la muerte y al sepulcro. Motivos particularmente amados por el Oriente, que, más que la Asunción, celebra la Dormición de María. Los occidentales prefieren representar el momento en que María atraviesa los cielos pisando estrellas y alas de ángeles. Murillo y Rafael y los imagineros del Siglo de Oro la representaron en sus retablos. Nos trasportan al Cielo, poniendo ante nuestros ojos el momento de la coronación, como el cuadro del Louvre en que Fray Angélico nos presenta a María coronada por su Hijo entre coros de vírgenes, de santos y de mártires, vestidos de celestes colores. Pero ya dos siglos antes el tema estaba tratado con grandeza en Notre Dame de París, y al escultor había precedido el maestro románico de Silos. Se ha combinado la Anunciación con la Coronación. Gabriel dobla la rodilla, pronunciando su mensaje con graciosa sonrisa. Dos ángeles salen de las nubes y colocan la corona en las sienes de María. Su diestra hace un gesto de sorpresa ante el anuncio del mensajero divino, pero todo en su actitud revela imperio y majestad. En el Cielo y en la tierra todo se reunía para celebrar el triunfo definitivo de la Madre de Dios: el hombre y el ángel, la flor y la estrella, la inocencia y el pecado, la fe y el amor, la poesía y el arte, en un concierto universal en honor del vuelo sublime. La Madre del amor y de la esperanza se aleja de nosotros; pero no se nos ocurre llorar, sino asociarnos a los júbilos del paraíso. Ni un eco de melancolía en las melodías de la liturgia; a no ser aquel en que, imaginando a María en el momento de trasponer las nubes, se nos ocurre levantar a ella nuestro anhelo, y, asiendo la punta de su manto, repetir las palabras bíblicas: “Oh Reina, llévanos en pos de ti; queremos correr tras el olor de tus perfumes hasta la montaña santa, hasta la casa de Dios”. Pero ya llegará el día de nuestro triunfo, porque también para nosotros hay una silla y una corona.

13. El MISTERIO DE ELCHE

Después del Concilio de Trento y basado en los Evangelios Apócrifos y en la Leyenda Aurea, surge El Misterio de Elche, drama asuncionista del siglo XV, que se celebra en la Basílica de Santa María, por bula papal de Urbano VIII en 1632, y que en la actualidad opta a ser declarado Patrimonio Oral e Intangible por la UNESCO. Se desarrolla en dos actos, en La Vesprá, se representa la muerte de María y La Festa, describe el entierro, la asunción y la coronación de la Virgen. Bajo la cúpula de la Basílica se coloca un cadafal, donde se desarrollan las escenas del drama asuncionista. En la cima de la cúpula, que dista 22 metros desde el cadafal, hay una abertura cubierta por una enorme tela pintada que simula el cielo, donde se esconden los artilugios que hacen aparecer y desaparecer los actores, que crean la magia del Misterio. La Festa La Magrana, una granada gigante desciende y al abrirse desprende una lluvia de oropel, transporta al ángel con la palma para comunicar a la Virgen su próxima muerte y su asunción a los cielos. En la Vesprá el Araceli transporta a cinco ángeles para llevar el alma de María al cielo y pedir a los apóstoles que la entierren en el valle de Josafat, y en la Festa, el ángel con el alma de la Virgen es sustituido por la imagen de la Virgen dormida. En la Coronación, Dios Padre corona a la Virgen en la apoteosis del Misterio. Para manifestar nuestro júbilo por la gloria de nuestra Madre, prenda sagrada de nuestra gloria. Es bien que todos llenemos nuestras almas de alegría, por la grandeza en que vemos a nuestra Madre María; pues Dios le ha querido dar tan soberanos honores, porque ella los ha de usar para mejor perdonar a los pobres pecadores. A la gloria celeste la ensalzan.

(http://www.mariologia.org/reflexionesmarianas917.htm)

 

14 agosto, 2024

San Maximiliano María Kolbe, Mártir

 

¡Oh!, San Maximiliano María Kolbe; vos, sois el hijo
del Dios de la Vida, su amado santo e imitación de Cristo
Vivo, vuestro amado Maestro, porque, Él, dio la vida por
vos y la redención del mundo, y vos, por la del prójimo. Jesús,
había dicho que: “no hay amor más grande, que el amor
de aquél, que la vida da por sus amigos”. Y, vos, así
lo hicisteis, honor haciendo al significado de vuestro
nombre: “El más importante de la familia”. Cuando erais
pequeño tuvisteis un sueño en el cual la Virgen María,
os ofrecía dos coronas, si erais fiel a la devoción
mariana: Una corona blanca y otra roja. La blanca era
la de la virtud de la pureza. Y la roja, la del martirio.
Y, cosas de Dios, tuvisteis la dicha de recibir las dos
coronas.“Yo me ofrezco para reemplazar al compañero que
ha sido señalado para morir de hambre, porque, él tiene
esposa e hijos que lo necesitan. En cambio yo soy soltero
y solo, y nadie me necesita”. Así, y lleno del Espíritu Santo
respondisteis aquél día, en que Dios, os probó para el bien.
Mucho antes, habíais gastado vuestra vida, difundiendo el amor
y la veneración a Nuestra Señora, fundando la “Ciudad de
la Inmaculada”, dos diarios: “El Caballero de la Inmaculada”
y “El Pequeño diario” en Polonia y otro similar en el Japón,
además de una revista católica. Y, del cielo bajó el Amor
de Dios, en plena guerra mundial: ¡Nagasaki, destruida
por una bomba atómica, y a vuestra imprenta, no le pasó
nada! Y, en el tiempo, vuestra respuesta resuena eterna
y valerosa por siempre, como modelo de desprendimiento, pues,
la vida disteis, por uno de vuestros compañeros de martirio,
para coronaros de luz y eternidad, como premio justo
a vuestra entrega de amor e imitación perfecta de Cristo Jesús;
Cuando el Santo Padre Pablo VI, os declaró beato, asistió
el hombre por el cual vos habíais ofrecido vuestra santa vida,
y Juan Pablo II, vuestro paisano, os declaró santo para siempre.
Santo Patrono de las familias y de los encarcelados de la tierra;
¡oh!, San Maximiliano María Kolbe, “vivo grano de trigo de Dios Vivo”.

© 2024 by Luis Ernesto Chacón Delgado
________________________________________

14 de Agosto
San Maximiliano María Kolbe
Mártir
Año 1941

 “Los tiempos modernos estarán dominados por Satanás y en el futuro lo estarán más. El combate contra el Infierno no pueden llevarlo los hombres, incluso lo, s más inteligentes. Sólo María ha recibido de Dios la Promesa de la Victoria sobre el Demonio.”

Maximiliano significa: “El más importante de la familia”. Es este uno de los mártires modernos. Murió en la Segunda Guerra Mundial. Había sido llevado por los nazis al terrorífico campo de concentración de Auschwitz. Un día se fugó un preso. La ley de los alemanes era que por cada preso que se fugara del campo de concentración, tenían que morir diez de sus compañeros. Hicieron el sorteo 1-2-3-4…9…10 y al que le iba correspondiendo el número 10 era puesto aparte para echarlo a un sótano a morirse de hambre. De pronto al oírse un 10, el hombre a quien le correspondió ese número dio un grito y exclamó: “Dios mío, yo tengo esposa e hijos. ¿Quién los va a cuidar?”.

En ese momento el padre Kolbe dice al oficial: “Yo me ofrezco para reemplazar al compañero que ha sido señalado para morir de hambre”. El oficial le responde: ¿Y por qué? – Es que él tiene esposa e hijos que lo necesitan. En cambio yo soy soltero y solo, y nadie me necesita. El oficial duda un momento y enseguida responde: Aceptado.

Y el prisionero Kolbe es llevado con sus otros 9 compañeros a morirse de hambre en un subterráneo. Aquellos tenebrosos días son de angustias y agonías continuas. El santo sacerdote anima a los demás y reza con ellos. Poco a poco van muriendo los demás. Y al final después de bastantes días, solamente queda él con vida. Como los guardias necesitan ese local para otros presos que están llegando, le ponen una inyección de cianuro y lo matan. Era el 14 de agosto de 1941.

Su familia, polaca, era inmensamente devota de la Sma. Virgen y cada año llevaba a los hijos en peregrinación al santuario nacional de la Virgen de Chestokowa. El hijo heredó de sus padres un gran cariño por la Madre de Dios. Cuando era pequeño tuvo un sueño en el cual la Virgen María le ofrecía dos coronas, si era fiel a la devoción mariana. Una corona blanca y otra roja. La blanca era la virtud de la pureza. Y la roja, el martirio. Tuvo la dicha de recibir ambas coronas.

Un domingo en un sermón oyó decir al predicador que los Padres Franciscanos iban a abrir un seminario. Le agradó la noticia y con su hermano se dirigió hacia allá. En 1910 fue aceptado como Franciscano, y en 1915 obtuvo en la Universidad de Roma el doctorado en filosofía y en 1919 el doctorado en teología. En 1918 fue ordenado sacerdote.

Maximiliano gastó su vida en tratar de hacer amar y venerar a la Sma. Virgen. En 1927 fundó en Polonia la Ciudad de la Inmaculada, una gran organización, que tuvo mucho éxito y una admirable expansión. Luego funda en Japón otra institución semejante, con éxito admirable.

El padre Maximiliano fundó dos periódicos. Uno titulado “El Caballero de la Inmaculada”, y otro “El Pequeño diario”. Organizó una imprenta en la ciudad de la Inmaculada en Polonia, y después se trasladó al Japón y allá fundó una revista católica que pronto llegó a tener 15,000 ejemplares. Un verdadero milagro en ese país donde los católicos casi no existían. En la guerra mundial la ciudad de Nagasaki, donde él tenía su imprenta, fue destruida por una bomba atómica. A su imprenta no le sucedió nada malo.

Los nazis durante la guerra, al invadir Polonia, bombardearon la ciudad de la Inmaculada y se llevaron prisionero al padre Maximiliano, con todos los que colaboraban. El ya había fundado una radiodifusora y estaba dirigiendo la revista “El caballero de la Inmaculada”, con gran éxito y notable difusión. Todo se lo destruyó la guerra, pero su martirio le consiguió un puesto glorioso en el cielo.

Cuando el Santo Padre Pablo VI lo declaró beato, a esa gran fiesta asistió, el hombre por el cual él había ofrecido el sacrificio de su propia vida. Juan Pablo II, su paisano, lo declaró santo ante una multitud inmensa de polacos. En este gran santo sí se cumple lo que dijo Jesús: “Si el grano de trigo cae en tierra y muere, produce mucho fruto. Nadie tiene mayor amor que el que ofrece la vida por sus amigos”. Quiera Dios que también nosotros seamos capaces de sacrificarnos como Cristo y Maximiliano, por el bien de los demás.

(http://www.ewtn.com/spanish/Saints/Maximiliano_Kolbe.htm)