“Ambos eran justos a los ojos de Dios y seguían en forma
irreprochable todos los mandamientos y preceptos del Señor”, dice el
Evangelio (Lc. 1,6) sobre San Zacarías y Santa Isabel -padres de San
Juan Bautista y tíos de Jesús-, cuya fiesta litúrgica se celebra cada 5
de noviembre.
Tal como describe San Lucas, Zacarías pertenecía a la clase
sacerdotal de Abdías, mientras Isabel era descendiente de Aarón. Ambos
eran de edad avanzada y no habían podido tener hijos porque Isabel era
estéril.
Cierto día, a Zacarías le tocó ingresar al “Santuario del Señor” para
ofrecer la oración. De pronto, un ángel se le apareció y le dijo que su
esposa le daría un hijo al que llamarían Juan. “Precederá al Señor con
el espíritu y el poder de Elías, para reconciliar a los padres con sus
hijos y atraer a los rebeldes a la sabiduría de los justos, preparando
así al Señor un Pueblo bien dispuesto”, le dijo el ángel a Zacarías.
Este preguntó al ángel cómo podía estar seguro de lo que decía, si él y
su esposa ya eran ancianos. A lo que el ángel contestó “Yo soy Gabriel,
el que está delante de Dios”, y que había sido enviado para anunciar
esta buena noticia. Luego, sentenció “quedarás mudo por no haber
creído”.
Así, Isabel quedaría embarazada. De manera que la que habían llamado
estéril, eahora exultaba de gozo y gratitud a Dios: “Esto es lo que el
Señor ha hecho por mí, cuando decidió librarme de lo que me avergonzaba
ante los hombres”.
Después de que el ángel Gabriel se le apareció a la Virgen María,
esta fue a casa de su prima Isabel para ayudarla. Isabel, al verla,
exclamó: “¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto
de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a
visitarme? Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi seno.
Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de
parte del Señor”.
Cuando Juan nació, todos se alegraron en casa de Zacarías por la
acción misericordiosa de Dios. El día de la circuncisión de Juan, los
familiares de Zacarías pidieron que el recién nacido se llame como su
padre, de acuerdo a la costumbre. Sin embargo, Isabel se opuso y dijo
que se llamaría Juan, de acuerdo a lo escrito por Zacarías en una
tablilla. Una vez hecho esto, Zacarías recuperó el habla al instante y
pronunció su célebre cántico -incorporado por la tradición de la Iglesia
en la Liturgia de las Horas (Laudes u oración de la mañana):
“Cántico de Zacarías” (Benedictus) Lucas 1,68-79
Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo, suscitándonos una fuerza de salvación en la casa de David, su siervo, según lo había predicho desde antiguo por la boca de sus santos profetas.
Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos y de la mano de todos los que nos odian; realizando su misericordia que tuvo con nuestros padres, recordando su santa alianza y el juramento que juró a nuestro padre Abrahán.
Para concedernos que, libres de temor, arrancados de la mano de los enemigos, le sirvamos con santidad y justicia, en su presencia, todos nuestros días.
Ya ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor a preparar sus caminos, anunciando a su pueblo la salvación, el perdón de los pecados.
Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombrade muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz.
¡Oh!, San Carlos Borromeo; vos, sois vos, el hijo del Dios de la Vida y su amado santo que, a la práctica llevasteis aquello que Jesús había dicho: “Quien ahorra su vida, la pierde, pero el que gasta su vida por Mí, la ganará”. Y, la verdad, que, así lo hicisteis y la ganasteis porque, cada segundo de la vuestra, por el Dios eterno la disteis con prudencia actuando y, honor dando al significado de vuestro nombre: “Hombre prudente”, pues en cada cosa que hicisteis dejasteis vuestro sello, porque sois uno de los santos más dados a la Iglesia y, sobre todo a vuestro pueblo, que os recuerda hasta hoy. Vuestra vida la gastasteis por nuestra religión a la que amabais de manera ejemplar. A los necesitados y pobres ayudabais constantemente, muchas almas salvasteis y os disteis tiempo para formar y seminarios fundar. Todo ello, gracias a las reformas del Concilio de Trento, imponiendo disciplina al clero y a los religiosos, sin preocuparos de aquellos que, a sus privilegios renunciar no querían. Vuestro escudo un lema de una sola palabra tenía: “Humilitas”: ¡humildad!. Vos, siendo noble y muy rico os privabais de todo y vivíais en contacto con el pueblo para sus necesidades y confidencias ecuchar, pues os llamaban “padre de los pobres”. Y, lo fuisteis en el sentido pleno de la palabra. Quizás por ello, atentaron contra vuestra vida mientras en vuestra capilla rezabais y, luego en el acto mismo de aquél crimen, perdonasteis a vuestro agresor. Así, erais, imitación pura y santa de vuestro Maestro: ¡Cristo! Y, joven aún, vuestra alma, por designios de Dios, voló al cielo, para premiaros con corona eterna de luz, como justo premio a vuestra entrega entera de amor y, así, os puso, al lado de vuestros amigos de toda la vida: San Pío V, San Francisco de Borja, San Felipe Neri, San Félix de Cantalicio y San Andrés Avelino. Patrono de los catequistas y seminaristas; ¡Oh!, San Carlos Borromeo, “vivo Amor, Cruz, Pan, Cáliz y Luz”.
4 de Noviembre San Carlos Borromeo Cardenal Arzobispo de Milán
Por: P. Ángel Amo Fuente: Catholic.net
Martirologio Romano: Memoria de san Carlos Borromeo,
obispo, que nombrado cardenal por su tío materno, el papa Pío IV, y
elegido obispo de Milán, fue en esta sede un verdadero pastor fiel,
preocupado por las necesidades de la Iglesia de su tiempo, y para la
formación del clero convocó sínodos y erigió seminarios, visitó muchas
veces toda su diócesis con el fin de fomentar las costumbres cristianas y
dio muchas normas para bien de los fieles. Pasó a la patria celeste en
la fecha de ayer (1584)
Etimología: Carlos = Prudente y dotado de noble inteligencia, es de origen germánico
La gigantesca estatua que sus conciudadanos le dedicaron en Arona,
sobre el Lago Mayor en el norte de Italia, expresa muy bien la gran
estatura humana y espiritual de este santo activo, bienhechor y
comprometido en todos los campos del apostolado cristiano.
Había nacido en 1538. Sobrino del Papa Pío IV, fue creado cardenal
diácono cuando sólo tenía 21 años. El mismo Papa lo nombró secretario de
Estado, siendo el primero que desempeñó este cargo en el sentido
moderno. Aún permaneciendo en Roma para dirigir los asuntos, tuvo el
privilegio de poder administrar desde lejos la arquidiócesis de Milán.
Cuando murió su hermano mayor, renunció definitivamente al título de
conde y a la sucesión, y prefirió ser ordenado sacerdote y obispo a los
24 años de edad. Dos años después, muerto el Papa Pío IV, Carlos
Borromeo dejó definitivamente Roma y fue recibido triunfalmente en la
sede episcopal de Milán, en donde permaneció hasta la muerte, cuando
tenía sólo 46 años.
En una diócesis que reunía a los pueblos de Lombardía, Venecia,
Suiza, Piamonte y Liguria, Carlos estaba presente en todas partes. Su
escudo llevaba un lema de una sola palabra: “Humilitas”, humildad. No
era una simple curiosidad heráldica, sino una elección precisa: él,
noble y riquisimo, se privaba de todo y vivía en contacto con el pueblo
para escuchar sus necesidades y confidencias. Fue llamado “padre de los
pobres”, y lo fue en el pleno sentido de la palabra. Empleó todos sus
bienes en la construcción de hospitales, hospicios y casas de formación
para el clero.
Se comprometió en llevar adelante las reformas sugeridas por el
concilio de Trento, del que fue uno de los principales actores. Animado
por un sincero espíritu de reforma, impuso una rígida disciplina al
clero y a los religiosos, sin preocuparse por las hostilidades que se
iban formando en los que no querían renunciar a ciertos privilegios que
brindaba la vida eclesiástica y religiosa. Fue blanco de un atentado
mientras rezaba en la capilla, pero salió ileso, perdonando
generosamente a su atacante.
Durante la larga y terrible epidemia que estalló en 1576, viajó a
todos los rincones de su diócesis. Empleó todas las energías y su
caridad no conoció límites. Pero su robusta naturaleza tuvo que ceder
ante el peso de tanta fatiga. Murió el 3 de noviembre de 1584. Fue
canonizado en 1610 por el Papa Pablo V.
¡Oh!, San Martín de Porres, vos, sois, el hijo del Dios de la Vida, su amado santo y, aunque vuestro color no fue del contento de aquella virreynal Lima, vos, el bien, hicisteis más que los “blancos” de aquella sociedad. Al mundo llegasteis y por que así lo quiso Dios, bautizado fuisteis en la misma pila bautismal de otro santo como vos: ¡Santa Rosa de Lima! Barbero, curandero y ayudante de médico erais pues, drenabais hinchazones y tumores con destreza. Con vuestros conocimientos a los menesterosos y pobres ayudabais. De labriegos, soldados, caballeros y corregidores amigo y, siempre hecho caridad contínua, como el mismo Cristo y Nuestra Señora, que envolvió a propios y extraños, pues vuestra persona y nombre, respeto imponía, tanto que, arreglabais matrimonios, dirimíais contiendas, fallabais en pleitos y reconciliabais familias. Al Virrey y al Arzobispo aconsejabais en asuntos referidos a la administración y a la Iglesia. Muchas veces os vieron en éxtasis, ante el santo Crucifijo, pues devoto fiel, erais de la Santa Eucaristía y, jamás en vida, faltasteis a ella. Vuestro convento, la casa de vuestra hermana y el hospital, de pobres lo llenasteis. Todos os buscaban curación pidiendo y a todos, los sanabais con caseros remedios, la oración y con el toque de vuestra mano. “La caridad tiene siempre las puertas abiertas, y los enfermos no tienen clausura”. Así, respondisteis alguna vez y en cada enfermo, veíais la figura de vuestro Maestro, y se os partía el alma, y por ello, con la ayuda de vuestro Arzobispo y la del Virrey, un asilo fundasteis, donde los atendías, los curabais, y les enseñabais la doctrina cristiana. Abristeis, las escuelas de Huérfanos de “La Santa Cruz”, donde los niños conocían a Jesucristo. Dios, os concedió infinidad de gracias, como en las que, curando estuvisteis en distintos sitios y a distancia, dotado del poder de “bilocación”. Os hacíais azotar, hasta derramar sangre, al igual que el otro pobre de Asís. Erais, de perros, mulos, ratones, gatos, amigo y sanador, pues a todos ellos los curabais, y jamás nunca, límites pusisteis al ejercicio de la caridad. Y, así, el día os llegó, y que, vos, mismo anunciasteis la fecha en la que vuestra alma al cielo partiría y, entonces, perdón pedisteis a los religiosos, por vuestros “malos ejemplos” y os marchasteis de este mundo, para coronado ser, con corona de luz, como justo premio a vuestra entrega increíble y grande de amor y fe. ¡Aleluya! ¡Oh!, San Martín de Porres, “vivo Amor del Dios de la Vida y del Amor”.
¡Oh, Martín! ¡Nadie como vos! La paz de vuestra escoba A perro, pericote y gato En santas palomas los convirtieron ¡Pues Cristo lo puede todo!
Si aquellas criaturas Dentro de sí supieron Que la paz y el amor se dan ¿Cuánto más podrá el hombre Si su corazón se abriera Al Dios de la Vida? ¡Oh; Martín, “de la Paz y del Amor”.
3 de Noviembre San Martín de Porres Religioso dominico
Oración
Virgen María y San Martín de Porres, ayúdenme este día a ser más
servicial con las personas que me rodean y así crecer en la verdadera
santidad.
El racismo, esa distinción que hacemos los hombres
distinguiendo a nuestros semejantes por el color de la piel es algo tan
sinsentido como distinguirlos por la estatura o por el volumen de la
masa muscular. Y lo peor no es la distinción que está ahí sino que ésta
lleve consigo una minusvaloración de las personas -necesariamente
distintas- para el desempeño de oficios, trabajos, remuneraciones y
estima en la sociedad. Un mulato hizo mayor bien que todos los blancos
juntos a la sociedad limeña de la primera mitad del siglo XVII.
Fue hijo del ilustre hidalgo -hábito de Alcántara- don Juan de
Porres, que estuvo breve tiempo en la ciudad de Lima. Bien se aprecia
que los españoles allá no hicieron muchos feos a la población autóctona y
confiemos que el Buen Dios haga rebaja al juzgar algunos aspectos
morales cuando llegue el día del juicio, aunque en este caso sólo sea
por haber sacado del mal mucho bien. Tuvo don Juan dos hijos, Martín y
Juana, con la mulata Ana Vázquez. Martín nació mulato y con cuerpo de
atleta el 9 de diciembre de 1579 y lo bautizaron, en la parroquia de San
Sebastián, en la misma pila que Rosa de Lima.
La madre lo educó como pudo, más bien con estrecheces, porque los
importantes trabajos de su padre le impedían atenderlo como debía. De
hecho, reconoció a sus hijos sólo tardíamente; los llevó a Guayaquil,
dejando a su madre acomodada en Lima, con buena familia, y les puso
maestro particular.
Martín regresó a Lima, cuando a su padre lo nombraron gobernador de
Panamá. Comenzó a familiarizarse con el bien retribuido oficio de
barbero, que en aquella época era bastante más que sacar dientes,
extraer muelas o hacer sangrías; también comprendía el oficio disponer
de yerbas para hacer emplastos y poder curar dolores y neuralgias;
además, era preciso un determinado uso del bisturí para abrir
hinchazones y tumores. Martín supo hacerse un experto por pasar como
ayudante de un excelente médico español. De ello comenzó a vivir y su
trabajo le permitió ayudar de modo eficaz a los pobres que no podían
pagarle. Por su barbería pasarán igual labriegos que soldados, irán a
buscar alivio tanto caballeros como corregidores.
Pero lo que hace ejemplar a su vida no es sólo la repercusión social
de un trabajo humanitario bien hecho. Más es el ejercicio heroico y
continuado de la caridad que dimana del amor a Jesucristo, a Santa
María. Como su persona y nombre imponía respeto, tuvo que intervenir en
arreglos de matrimonios irregulares, en dirimir contiendas, fallar en
pleitos y reconciliar familias. Con clarísimo criterio aconsejó en más
de una ocasión al Virrey y al arzobispo en cuestiones delicadas.
Alguna vez, quienes espiaban sus costumbres por considerarlas
extrañas, lo pudieron ver en éxtasis, elevado sobre el suelo, durante
sus largas oraciones nocturnas ante el santo Cristo, despreciando la
natural necesidad del sueño. Llamaba profundamente la atención su
devoción permanente por la Eucaristía, donde está el verdadero Cristo,
sin perdonarse la asistencia diaria a la Misa al rayar el alba.
Por el ejercicio de su trabajo y por su sensibilidad hacia la
religión tuvo contacto con los monjes del convento dominico del Rosario
donde pidió la admisión como donado, ocupando la ínfima escala entre los
frailes. Allí vivían en extrema pobreza hasta el punto de tener que
vender cuadros de algún valor artístico para sobrevivir. Pero a él no le
asusta la pobreza, la ama. A pesar de tener en su celda un armario bien
dotado de yerbas, vendas y el instrumental de su trabajo, sólo dispone
de tablas y jergón como cama.
Llenó de pobres el convento, la casa de su hermana y el hospital.
Todos le buscan porque les cura aplicando los remedios conocidos por su
trabajo profesional; en otras ocasiones, se corren las voces de que la
oración logró lo improbable y hay enfermos que consiguieron recuperar la
salud sólo con el toque de su mano y de un modo instantáneo.
Revolvió la tranquila y ordenada vida de los buenos frailes, porque
en alguna ocasión resolvió la necesidad de un pobre enfermo entrándolo
en su misma celda y, al corregirlo alguno de los conventuales por
motivos de clausura, se le ocurrió exponer en voz alta su pensamiento
anteponiendo a la disciplina los motivos dimanantes de la caridad,
porque “la caridad tiene siempre las puertas abiertas, y los enfermos no
tienen clausura”.
Pero entendió que no era prudente dejar las cosas a la improvisación
de momento. La vista de golfos y desatendidos le come el alma por ver la
figura del Maestro en cada uno de ellos. ¡Hay que hacer algo! Con la
ayuda del arzobispo y del Virrey funda un Asilo donde poder atenderles,
curarles y enseñarles la doctrina cristiana, como hizo con los indios
dedicados a cultivar la tierra en Limatambo. También los dineros de don
Mateo Pastor y Francisca Vélez sirvieron para abrir las Escuelas de
Huérfanos de Santa Cruz, donde los niños recibían atención y conocían a
Jesucristo.
No se sabe cómo, pero varias veces estuvo curando en distintos sitios
y a diversos enfermos al mismo tiempo, con una bilocación sobrenatural.
El contemplativo Porres recibía disciplinas hasta derramar sangre
haciéndose azotar por el indio inca por sus muchos pecados. Como otro
pobre de Asís, se mostró también amigo de perros cojos abandonados que
curaba, de mulos dispuestos para el matadero y hasta lo vieron reñir a
los ratones que se comían los lienzos de la sacristía. Se ve que no puso
límite en la creación al ejercicio de la caridad y la transportó al
orden cósmico.
Murió el día previsto para su muerte que había conocido con
anticipación. Fue el 3 de noviembre de 1639 y causada por una simple
fiebre; pidiendo perdón a los religiosos reunidos por sus malos
ejemplos, se marchó. El Virrey, Conde de Chinchón, Feliciano de la Vega
-arzobispo- y más personajes limeños se mezclaron con los incontables
mulatos y con los indios pobres que recortaban tantos trozos de su
hábito que hubo de cambiarse varias veces.
Lo canonizó en papa Juan XXIII en 1962.
Desde luego, está claro que la santidad no entiende de colores de piel; sólo hace falta querer sin límite.
¿Qué nos enseña su vida?
La vida de San Martín nos enseña:
A servir a los demás, a los necesitados. San Martín no se cansó de
atender a los pobres y enfermos y lo hacía prontamente. Demos un buen
servicio a los que nos rodean, en el momento que lo necesitan. Hagamos
ese servicio por amor a Dios y viendo a Dios en las demás personas.
A ser humildes. San Martín fue una persona que vivió esta virtud.
Siempre se preocupó por los demás antes que por él mismo. Veía las
necesidades de los demás y no las propias. Se ponía en el último lugar.
A llevar una vida de oración profunda. La oración debe ser el
cimiento de nuestra vida. Para poder servir a los demás y ser humildes,
necesitamos de la oración. Debemos tener una relación intima con Dios
A ser sencillos. San Martín vivió la virtud de la sencillez. Vivió la
vida de cara a Dios, sin complicaciones. Vivamos la vida con espíritu
sencillo.
A tratar con amabilidad a los que nos rodean. Los detalles y el trato
amable y cariñoso es muy importante en nuestra vida. Los demás se lo
merecen por ser hijos amados por Dios.
A alcanzar la santidad en nuestra vidas. Por alcanzar esta santidad, luchemos…
A llevar una vida de penitencia por amor a Dios. Ofrezcamos sacrificios a Dios.
San Martín de Porres se distinguió por su humildad y espíritu de
servicio, valores que en nuestra sociedad actual no se les considera
importantes. Se les da mayor importancia a valores de tipo material que
no alcanzan en el hombre la felicidad y paz de espíritu. La humildad y
el espíritu de servicio producen en el hombre paz y felicidad.
Sigue navegando con San Martín de Porres en: corazones.org EWTN
¡Oh!, Amados Fieles Difuntos Dadles, Señor, el descanso eterno y Haced brillar sobre ellas Vuestra eterna Luz ¡Benditas almas purgantes! A Dios rogad por nosotros Que nosotros por vosotros rogaremos Para que Él La gloria del paraíso os de: “Una flor sobre su tumba se marchita, una lágrima sobre su recuerdo se evapora. Una oración por su alma, la recibe Dios” Así es, tal y como San Agustín lo dijo; !Oh!, Amados Fieles Difuntos
Una flor sobre su tumba se marchita, una lágrima sobre su
recuerdo se evapora. Una oración por su alma, la recibe Dios. -San
Agustín
“Cada uno se presentará ante el tribunal de Dios para darle cuenta de lo que ha hecho, de lo bueno y de lo malo.” – Santa Biblia
La Iglesia
Se llama Iglesia a la asociación de los que creen en Jesucristo. La Iglesia se divide en tres grupos:
Iglesia triunfante: los que ya se salvaron y están en el cielo (los que festejamos ayer).
Iglesia sufriente: los que están en el purgatorio purificándose de sus pecados, de las manchas que afean su alma.
Iglesia militante: los que estamos en la tierra luchando por hacer el bien y evitar el mal.
El Catecismo de la Iglesia Católica, publicado por el Papa Juan Pablo
II en 1992, es un texto de máxima autoridad para todos los católicos
del mundo y dice cinco cosas acerca del Purgatorio:
1ª. Los que mueren en gracia y amistad de Dios pero no perfectamente
purificados, sufren después de su muerte una purificación, para obtener
la completa hermosura de su alma (1030).
2ª. La Iglesia llama Purgatorio a esa purificación, y ha hablado de
ella en el Concilio de Florencia y en el Concilio de Trento. La Iglesia
para hablar de que será como un fuego purificador, se basa en aquella
frase de San Pablo que dice: “La obra de cada uno quedará al
descubierto, el día en que pasen por fuego. Las obras que cada cual ha
hecho se probarán en el fuego”. (1Cor. 3, 14).
3ª. La práctica de orar por los difuntos es sumamente antigua. El
libro 2º. de los Macabeos en la S. Biblia dice: “Mandó Juan Macabeo
ofrecer sacrificios por los muertos, para que quedaran libres de sus
pecados” (2Mac. 12, 46).
4ª. La Iglesia desde los primeros siglos ha tenido la costumbre de
orar por los difuntos (Cuenta San Agustín que su madre Santa Mónica lo
único que les pidió al morir fue esto: “No se olviden de ofrecer
oraciones por mi alma”).
5ª. San Gregorio Magno afirma: “Si Jesucristo dijo que hay faltas que
no serán perdonadas ni en este mundo ni en el otro, es señal de que hay
faltas que sí son perdonadas en el otro mundo. Para que Dios perdone a
los difuntos las faltas veniales que tenían sin perdonar en el momento
de su muerte, para eso ofrecemos misas, oraciones y limosnas por su
eterno descanso”.
De San Gregorio se narran dos hechos interesantes:
El primero, que él ofreció 30 misas por el alma de un difunto, y
después el muerto se le apareció en sueños a darle las gracias porque
por esas misas había logrado salir del purgatorio.
Y el segundo, que un día estando celebrando la Misa, elevó San
Gregorio la Santa Hostia y se quedó con ella en lo alto por mucho
tiempo. Sus ayudantes le preguntaron después por qué se había quedado
tanto tiempo con la hostia elevada en sus manos, y les respondió: “Es
que vi que mientras ofrecía la Santa Hostia a Dios, descansaban las
benditas almas del purgatorio”. Desde tiempos de San Gregorio (año 600)
se ha popularizado mucho en la Iglesia Católica la costumbre de ofrecer
misas por el descanso de las benditas almas.
La respuesta de San Agustín
A este gran Santo le preguntó uno: “¿Cuánto rezarán por mí cuando yo
me haya muerto?”, y él le respondió: “Eso depende de cuánto rezas tú por
los difuntos. Porque el evangelio dice que la medida que cada uno
emplea para dar a los demás, esa medida se empleará para darle a él”.
¿Vamos a rezar más por los difuntos? ¿Vamos a ofrecer por ellos
misas, comuniones, ayudas a los pobres y otras buenas obras? Los muertos
nunca jamás vienen a espantar a nadie, pero sí rezan y obtienen favores
a favor de los que rezan por ellos.
¡Oh!, Santos de la Iglesia Católica, vosotros, sois los hijos y las hijas del Dios de la Vida, que, a la Cruz de Cristo, os abrazasteis, y, abandonándoos servirlo decidisteis hasta ofrendar vuestra vida: El martirio y la misma muerte, que pudo sí, con vuestro cuerpo, pero, jamás con vuestras almas, que moran hoy, en perpetua adoración al Rey del Universo. Él, que fue, y es, en muchos casos, vuestro ejemplo que animó y anima a innumerables vidas terrenas que, habiendo cumplido con vuestra voluntad os acompañan hoy hermanos nuestros, como: San Lustrabotas, San Carpintero, San Talabartero, San Soldado, San Policía, San Bombero, San Chofer, Santa Lavandera, San Mensajero y Santa Secretaria. Santa Madre de familia y San Gerente de Empresa. San Obrero y San Agricultor. San Colegial y Santa Estudiante. Santa Viuda, Santa Solterona, Santa Niña y Santa Anciana. San Sacerdote, San Obispo, San Pontífice, San Limosnero, San Celador, Santa Cocinera, San Arrendatario, San Escritor, San Millonario y San Presidente de la República. Y, miles de miles más, que, amaron y aman al Dios Trino, y que, sus deberes cumplieron de cada día, a imitación clara, de Cristo Jesús, Dios y Señor Nuestro. Y, hoy, de gloria revestidos, por la eternidad de la vida gozan el premio justo de su amor y entrega contemplando y alabando al Dios Vivo y Verdadero; ¡oh!, Santos fieles, “vivas almas del Dios Vivo y eterno”.
Celebramos hoy a las personas que han llegado al cielo, conocidas y desconocidas.
Por: Tere Vallés | Fuente: Catholic.net
Este día se celebran a todos los millones de personas que
han llegado al cielo, aunque sean desconocidos para nosotros. Santo es
aquel que ha llegado al cielo, algunos han sido canonizados y son por
esto propuestos por la Iglesia como ejemplos de vida cristiana.
Comunión de los santos
La comunión de los santos, significa que ellos participan
activamente en la vida de la Iglesia, por el testimonio de sus vidas,
por la transmisión de sus escritos y por su oración. Contemplan a Dios,
lo alaban y no dejan de cuidar de aquellos que han quedado en la tierra.
La intercesión de los santos significa que ellos, al estar íntimamente
unidos con Cristo, pueden interceder por nosotros ante el Padre. Esto
ayuda mucho a nuestra debilidad humana.
Su intercesión es su más alto servicio al plan de Dios. Podemos y
debemos rogarles que intercedan por nosotros y por el mundo entero.
Aunque todos los días deberíamos pedir la ayuda de los santos, es muy
fácil que el ajetreo de la vida nos haga olvidarlos y perdamos la
oportunidad de recibir todas las gracias que ellos pueden alcanzarnos.
Por esto, la Iglesia ha querido que un día del año lo dediquemos
especialmente a rezar a los santos para pedir su intercesión. Este día
es el 1ro. de noviembre.
Este día es una oportunidad que la Iglesia nos da para recordar que
Dios nos ha llamado a todos a la santidad. Que ser santo no es tener una
aureola en la cabeza y hacer milagros, sino simplemente hacer las cosas
ordinarias extraordinariamente bien, con amor y por amor a Dios. Que
debemos luchar todos para conseguirla, estando conscientes de que se nos
van a presentar algunos obstáculos como nuestra pasión dominante; el
desánimo; el agobio del trabajo; el pesimismo; la rutina y las
omisiones. Se puede aprovechar esta celebración para hacer un plan para alcanzar la santidad y poner los medios para lograrlo:
¿Como alcanzar la santidad?
– Detectando el defecto dominante y planteando metas para combatirlo a corto y largo plazo. – Orando humildemente, reconociendo que sin Dios no podemos hacer nada. – Acercándonos a los sacramentos.
Un poco de historia
La primera noticia que se tiene del culto a los mártires es una carta
que la comunidad de Esmirna escribió a la Iglesia de Filomelio,
comunicándole la muerte de su santo obispo Policarpo, en el año 156.
Esta carta habla sobre Policarpo y de los mártires en general. Del
contenido de este documento, se puede deducir que la comunidad cristiana
veneraba a sus mártires, que celebraban su memoria el día del martirio
con una celebración de la Eucaristía. Se reunían en el lugar donde
estaban sus tumbas, haciendo patente la relación que existe entre el
sacrificio de Cristo y el de los mártires
La veneración a los santos llevó a los cristianos a erigir sobre las
tumbas de los mártires, grandes basílicas como la de San Pedro en la
colina del Vaticano, la de San Pablo, la de San Lorenzo, la de San
Sebastián, todos ellos en Roma.
Las historias de los mártires se escribieron en unos libros llamados
Martirologios que sirvieron de base para redactar el Martirologio
Romano, en el que se concentró toda la información de los santos
oficialmente canonizados por la Iglesia.
Cuando cesaron las persecuciones, se unió a la memoria de los
mártires el culto de otros cristianos que habían dado testimonio de
Cristo con un amor admirable sin llegar al martirio, es decir, los
santos confesores. En el año 258, San Cipriano, habla del asunto,
narrando la historia de los santos que no habían alcanzado el martirio
corporal, pero sí confesaron su fe ante los perseguidores y cumplieron
condenas de cárcel por Cristo.
Más adelante, aumentaron el santoral con los mártires de corazón.
Estas personas llevaban una vida virtuosa que daba testimonio de su amor
a Cristo. Entre estos, están san Antonio (356) en Egipto y san Hilarión
(371) en Palestina. Tiempo después, se incluyó en la santidad a las
mujeres consagradas a Cristo.
Antes del siglo X, el obispo local era quien determinaba la
autenticidad del santo y su culto público. Luego se hizo necesaria la
intervención de los Sumos Pontífices, quienes fueron estableciendo una
serie de reglas precisas para poder llevar a cabo un proceso de
canonización, con el propósito de evitar errores y exageraciones.
El Concilio Vaticano II reestructuró el calendario del santoral
Se disminuyeron las fiestas de devoción pues se sometieron a revisión
crítica las noticias hagiográficas (se eliminaron algunos santos no
porque no fueran santos sino por la carencia de datos históricos
seguros); se seleccionaron los santos de mayor importancia (no por su
grado de santidad, sino por el modelo de santidad que representan:
sacerdotes, casados, obispos, profesionistas, etc.); se recuperó la
fecha adecuada de las fiestas (esta es el día de su nacimiento al Cielo,
es decir, al morir); se dio al calendario un carácter más universal
(santos de todos los continentes y no sólo de algunos).
Categorías de culto católico
Los católicos distinguimos tres categorías de culto:
– Latría o Adoración: Latría viene del griego latreia, que quiere
decir servicio a un amo, al señor soberano. El culto de adoración es el
culto interno y externo que se rinde sólo a Dios.
– Dulía o Veneración: Dulía viene del griego doulos que quiere decir
servidor, servidumbre. La veneración se tributa a los siervos de Dios,
los ángeles y los bienaventurados, por razón de la gracia eminente que
han recibido de Dios. Este es el culto que se tributa a los santos. Nos
encomendamos a ellos porque creemos en la comunión y en la intercesión
de los santos, pero jamás los adoramos como a Dios. Tratamos sus
imágenes con respeto, al igual que lo haríamos con la fotografía de un
ser querido. No veneramos a la imagen, sino a lo que representa.
– Hiperdulía o Veneración especial: Este culto lo reservamos para la
Virgen María por ser superior respecto a los santos. Con esto,
reconocemos su dignidad como Madre de Dios e intercesora nuestra.
Manifestamos esta veneración con la oración e imitando sus virtudes,
pero no con la adoración.
Todos estamos llamados a ser santos Novena de oración por nuestros difuntos
Catholic.net ha organizado, juntamente con diversos conventos y casas
de religiosos y religiosas, una novena de oraciones por todos los
Fieles Difuntos, con adoraciones, oraciones, el rezo del rosario, y una
intención especial en la Santa Misa el día 2 de noviembre celebrada por
sacerdotes amigos de Catholic.net que se han sumado a nuestra primer
Novena de los Fieles Difuntos.
Únase a nuestras oraciones, y envíenos los nombres de los difuntos a
quienes usted desea que encomendemos. Tendremos un recuerdo especial
para ellos durante los nueve días previos a la fiesta de los Fieles
Difuntos el día 2 de noviembre. Si desea enviarnos los nombres y sus
intenciones es muy sencillo, rellenando el formulario en nuestro sitio
Novenas Catholic.net (click aquí) Nosotros enviaremos estos nombres e
intenciones a los diversos conventos y casas de religiosos y religiosas,
y sacerdotes diocesanos que se han sumado a esta Novena de los Fieles
Difuntos.
Domingo 31 (B) del tiempo ordinarioTexto del Evangelio (Mc 12,28-34):En
aquel tiempo, se acercó a Jesús uno de los escribas y le preguntó:
«¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?». Jesús le contestó: «El
primero es: ‘Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único
Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu
alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas’. El segundo es: ‘Amarás
a tu prójimo como a ti mismo’. No existe otro mandamiento mayor que
éstos».
Le dijo el escriba: «Muy bien, Maestro; tienes razón al
decir que Él es único y que no hay otro fuera de Él, y amarle con todo
el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al
prójimo como a si mismo vale más que todos los holocaustos y
sacrificios». Y Jesús, viendo que le había contestado con sensatez, le
dijo: «No estás lejos del Reino de Dios». Y nadie más se atrevía ya a
hacerle preguntas.
____________________
«¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?» Rev. D. Ramón CLAVERÍA Adiego (Embún, Huesca, España)
Hoy, está muy de moda hablar del amor a los hermanos, de justicia cristiana, etc. Pero apenas se habla del amor a Dios.
Por
eso tenemos que fijarnos en esa respuesta que Jesús da al letrado,
quien, con la mejor intención del mundo le dice: «¿Cuál es el primero de
todos los mandamientos?» (Mc 12,29), lo cual no era de extrañar, pues
entre tantas leyes y normas, los judíos buscaban establecer un principio
que unificara todas las formulaciones de la voluntad de Dios.
Jesús
responde con una sencilla oración que, aún hoy, los judíos recitan
varias veces al día, y llevan escrita encima: «Escucha, Israel: El
Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con
todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus
fuerzas» (Mc 12,29-30). Es decir, Jesús nos recuerda que, en primer
lugar, hay que proclamar la primacía del amor a Dios como tarea
fundamental del hombre; y esto es lógico y justo, porque Dios nos ha
amado primero.
Sin embargo, Jesús no se contenta con recordarnos
este mandamiento primordial y básico, sino que añade también que hay que
amar al prójimo como a uno mismo. Y es que, como dice el Papa Benedicto
XVI, «amor a Dios y amor al prójimo son inseparables, son un único
mandamiento. Pero ambos viven del amor que viene de Dios, que nos ha
amado primero».
Pero un aspecto que no se comenta es que Jesús
nos manda que amemos al prójimo como a uno mismo, ni más que a uno
mismo, ni menos tampoco; de lo que hemos de deducir, que nos manda
también que nos amemos a nosotros mismos, pues al fin y al cabo, somos
igualmente obra de las manos de Dios y criaturas suyas, amadas por Él.
Si
tenemos, pues, como regla de vida el doble mandamiento del amor a Dios y
a los hermanos, Jesús nos dirá: «No estás lejos del Reino de Dios» (Mc
12,34). Y si vivimos este ideal, haremos de la tierra un ensayo general
del cielo.
¡Oh!, San Quintín, vos, sois, el hijo del Dios de la Vida, y su amado santo y, el niño aquél, que, siendo hijo de senador romano os hicisteis amigo de San Marcelino Papa, quién os bautizó y anhelasteis desde entonces a que muchas personas conocieran a Jesucristo, Dios y Señor Nuestro, para que lo amaran y poder, algún día por Él, su sangre derramar. A vos, os echaron en cara, que cómo posible era, que el hijo de un senador romano predicase en favor de Cristo. Y, vos, os respondisteis, que “ese” crucificado ya había resucitado y que ahora era el “Rey y Señor de cielos y tierra”, y que, por lo tanto para vos, era un honor mucho más grande ser seguidor de Él, que ser hijo de un senador romano. Y, vos, predestinado como estabais así, lo hicisteis, nuestra religión defendiendo, con ardor de corazón. Ni los azotes ni el oscuro calabozo y sus cadenas, pudieron con vos, y pronto la libertad y la palabra sin saber cómo, las recobrasteis y las calles, y el pueblo vuestra prédica de amor a escuchar volvieron. Entonces el gobernador os mandó a poneros preso otra vez. Y, después de que os atormentaron y torturaron, ordenó que os cortaran la cabeza. Y, así, voló vuestra alma al cielo, para recibir el premio que Cristo prometió a quienes se declaran a favor de Él, en ésta tierra. Y, vos, así lo hicisteis, luciendo hoy, corona de luz, como justo premio a vuestro increíble amor; ¡oh!, San Quintín, “vivo y grande Amor por el Dios de la Vida”.
Fue Quintín hijo de un senador romano muy apreciado de la
gente. Se hizo amigo del Papa San Marcelino, quién lo bautizó. El más
grande deseo de Quintín era hacer que muchas personas conocieran y
amaran a Jesucristo, y poder derramar su sangre por defender la
religión.
Cuando el Papa San Cayo organizó una expedición de misioneros para ir
a evangelizar a Francia, Quintín fue escogido para formar parte de ese
grupo de evangelizadores.
Dirigido por el jefe de la misión, San Luciano, fue enviado Quintín a
la ciudad de Amiens, la cual ya había sido evangelizada en otro tiempo
por San Fermín, por lo cual hubo un nutrido grupo de cristianos que le
ayudaron allí a extender la religión. Quintín y sus compañeros se
dedicaron con tan grande entusiasmo a predicar, que muy pronto ya en
Amiens hubo una de las iglesias locales más fervorosas del país.
Esto atraía más y más fieles a la religión verdadera. Los templos
paganos se quedaban vacíos, los sacerdotes de los ídolos ya no tenían
oficio, mientras que los templos de los seguidores de Jesucristo se
llenaban cada vez más y más.
Los sacerdotes paganos se quejaron ante el gobernador Riciovaro,
diciéndole que la religión de los dioses de Roma se iba a quedar sin
seguidores si Quintín seguía predicado y haciendo prodigios. Riciovaro,
que conocía a la noble familia de nuestro santo, lo llamó y le echó en
cara que un hijo de tan famoso senador romano se dedicara a propagar la
religión de un crucificado. Quintín le dijo que ese crucificado ya había
resucitado y que ahora era el rey y Señor de cielos y tierra, y que por
lo tanto para él era un honor mucho más grande ser seguidor de
Jesucristo que ser hijo de un senador romano.
El gobernador hizo azotar muy cruelmente a Quintín y encerrarlo en un
oscuro calabozo, amarrado con fuertes cadenas. Pero por la noche se le
soltaron las cadenas y sin saber cómo, el santo se encontró libre, en la
calle. Al día siguiente estaba de nuevo predicando a la gente.
Entonces el gobernador lo mandó poner preso otra vez y después de
atormentarlo con terribles torturas, mandó que le cortaran la cabeza, y
voló al cielo a recibir el premio que Cristo ha prometido para quienes
se declaran a favor de Él en la tierra.
Hay que ser: Pronto para escuchar y lento para responder (S. Biblia Ec. 5,11).