¡Oh!, Santa Mónica, vos, sois la hija del Dios de la vida,
su amada santa, y madre maravillosa de San Agustín. Os
preguntaban por qué vuestro esposo era uno de los
hombres de peor genio en la ciudad, pero que nunca
os golpeaba, y, en cambio los otros, las golpeaban.
Y, vos, respondisteis : “Es que, cuando mi esposo está
de mal genio, yo me esfuerzo por estar de buen genio.
Cuando él grita, yo me callo. Y como para pelear se
necesitan dos y yo no acepto entrar en pelea, pues,
no peleamos”. Dios, vuestras plegarias oyó y, vuestro
esposo converso fue, y así, su alma pudo volar hacia
Dios. Viuda, y con vuestro Agustín, rebelde, y sin causa,
jamás dejasteis de orar por su cambio y conversión,
aunque los maniqueos su alma habían tomado. Y, en
un sueño aquella voz secreta os habló, y os dijo: “tu
hijo volverá contigo”. Y, enseguida se lo narrasteis a
Agustín, y pensó él, que poco os faltaba, para que
maniquea fuerais. Y, vos, a ello, le respondisteis: “En
el sueño no me dijeron, la madre irá a donde el hijo,
sino el hijo volverá a la madre”. Y, en medio de vuestra
aflicción, un Obispo os dijo: “Esté tranquila, es imposible
que se pierda el hijo de tantas lágrimas”. Estas palabras
siempre os fortalecían y os daban confianza en el Dios
vivo. Y, aunque Agustín fuga, vos, fuisteis tras la “oveja
perdida”. Y, en el camino, San Ambrosio, os abrió su
corazón de bondad y de sabiduría lleno, os dio sabios
consejos, que trasmitisteis a Agustín, que impactado
quedaba. Más tarde, él, mismo lo escuchaba con atención
y respeto, tanto que, al fin, abrió su mente y corazón
a la fe y las verdades católicas, bautizándose,
para alegría del cielo y vuestra, en plena “Pascua de
Resurrección”. Así, vos, conseguisteis todo lo que
anhelabais en esta vida, y así, poder tranquila, de este
mundo partir. Y, junto al mar, mientras conversabais,
con vuestro hijo, exclamasteis: “¿ Y a mí que más me
amarra a la tierra? Ya he obtenido de Dios mi gran
deseo, el verte cristiano”. Y, Agustín, os abrazó y os
besó en la frente con ternura y, poco después, vuestra
alma al cielo voló, para recibir corona de luz, como
premio, a vuestra entrega de madre de fe y de amor;
¡oh!, Santa Mónica, “vivo amor y fe en el Cristo Vivo”.
© 2018 by Luis Ernesto Chacón Delgado
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su amada santa, y madre maravillosa de San Agustín. Os
preguntaban por qué vuestro esposo era uno de los
hombres de peor genio en la ciudad, pero que nunca
os golpeaba, y, en cambio los otros, las golpeaban.
Y, vos, respondisteis : “Es que, cuando mi esposo está
de mal genio, yo me esfuerzo por estar de buen genio.
Cuando él grita, yo me callo. Y como para pelear se
necesitan dos y yo no acepto entrar en pelea, pues,
no peleamos”. Dios, vuestras plegarias oyó y, vuestro
esposo converso fue, y así, su alma pudo volar hacia
Dios. Viuda, y con vuestro Agustín, rebelde, y sin causa,
jamás dejasteis de orar por su cambio y conversión,
aunque los maniqueos su alma habían tomado. Y, en
un sueño aquella voz secreta os habló, y os dijo: “tu
hijo volverá contigo”. Y, enseguida se lo narrasteis a
Agustín, y pensó él, que poco os faltaba, para que
maniquea fuerais. Y, vos, a ello, le respondisteis: “En
el sueño no me dijeron, la madre irá a donde el hijo,
sino el hijo volverá a la madre”. Y, en medio de vuestra
aflicción, un Obispo os dijo: “Esté tranquila, es imposible
que se pierda el hijo de tantas lágrimas”. Estas palabras
siempre os fortalecían y os daban confianza en el Dios
vivo. Y, aunque Agustín fuga, vos, fuisteis tras la “oveja
perdida”. Y, en el camino, San Ambrosio, os abrió su
corazón de bondad y de sabiduría lleno, os dio sabios
consejos, que trasmitisteis a Agustín, que impactado
quedaba. Más tarde, él, mismo lo escuchaba con atención
y respeto, tanto que, al fin, abrió su mente y corazón
a la fe y las verdades católicas, bautizándose,
para alegría del cielo y vuestra, en plena “Pascua de
Resurrección”. Así, vos, conseguisteis todo lo que
anhelabais en esta vida, y así, poder tranquila, de este
mundo partir. Y, junto al mar, mientras conversabais,
con vuestro hijo, exclamasteis: “¿ Y a mí que más me
amarra a la tierra? Ya he obtenido de Dios mi gran
deseo, el verte cristiano”. Y, Agustín, os abrazó y os
besó en la frente con ternura y, poco después, vuestra
alma al cielo voló, para recibir corona de luz, como
premio, a vuestra entrega de madre de fe y de amor;
¡oh!, Santa Mónica, “vivo amor y fe en el Cristo Vivo”.
© 2018 by Luis Ernesto Chacón Delgado
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27 de Agosto Santa Mónica
Madre de San Agustín
(Año 332- 387)
Mónica, la madre de San Agustín, nació en Tagaste (África del Norte) a
unos 100 km de la ciudad de Cartago en el año 332. Sus padres
encomendaron la formación de sus hijas a una mujer muy religiosa y
estricta en disciplina. Ella no las dejaba tomar bebidas entre horas
(aunque aquellas tierras son de clima muy caliente ) pues les decía :
“Ahora cada vez que tengan sed van a tomar bebidas para calmarla. Y
después que sean mayores y tengan las llaves de la pieza donde esta el
vino, tomarán licor y esto les hará mucho daño.” Mónica le obedeció los
primeros años pero, después ya mayor, empezó a ir a escondidas al
depósito y cada vez que tenía sed tomaba un vaso de vino. Más sucedió
que un día regañó fuertemente a un obrero y éste por defenderse le gritó
¡Borracha ! Esto le impresionó profundamente y nunca lo olvidó en toda
su vida, y se propuso no volver a tomar jamás bebidas alcohólicas. Pocos
meses después fue bautizada ( en ese tiempo bautizaban a la gente ya
entrada en años) y desde su bautismo su conversión fue admirable.
Su esposo
Ella deseaba dedicarse a la vida de oración y de soledad pero sus
padres dispusieron que tenía que esposarse con un hombre llamado
Patricio. Este era un buen trabajador, pero de genio terrible, además
mujeriego, jugador y pagano, que no tenía gusto alguno por lo
espiritual. La hizo sufrir muchísimo y por treinta años ella tuvo que
aguantar sus estallidos de ira ya que gritaba por el menor disgusto,
pero éste jamás se atrevió a levantar su mano contra ella. Tuvieron tres
hijos : dos varones y una mujer. Los dos menores fueron su alegría y
consuelo, pero el mayor Agustín, la hizo sufrir por varias décadas.
La fórmula para evitar discusiones
En aquella región del norte de Africa donde las personas eran
sumamente agresivas, las demás esposas le preguntaban a Mónica porqué su
esposo era uno de los hombres de peor genio en toda la ciudad, pero que
nunca la golpeaba, y en cambio los esposos de ellas las golpeaban sin
compasión. Mónica les respondió : “Es que, cuando mi esposo está de mal
genio, yo me esfuerzo por estar de buen genio. Cuando él grita, yo me
callo. Y como para pelear se necesitan dos y yo no acepto entrar en
pelea, pues….no peleamos”.
Viuda, y con un hijo rebelde
Patricio no era católico, y aunque criticaba el mucho rezar de su
esposa y su generosidad tan grande hacia los pobres, nunca se opuso a
que dedicará de su tiempo a estos buenos oficios. Quizás, el ejemplo de
vida de su esposa logro su conversión. Mónica rezaba y ofrecía
sacrificios por su esposo y al fin alcanzó de Dios la gracia de que en
el año de 371 Patricio se hiciera bautizar, y que lo mismo hiciera su
suegra, mujer terriblemente colérica que por meterse demasiado en el
hogar de su nuera le había amargado grandemente la vida a la pobre
Mónica. Un año después de su bautizo, Patricio murió, dejando a la pobre
viuda con el problema de su hijo mayor.
El muchacho difícil: Agustín
Patricio y Mónica se habían dado cuenta de que Agustín era
extraordinariamente inteligente, y por eso decidieron enviarle a la
capital del estado, a Cartago, a estudiar filosofía, literatura y
oratoria. Pero a Patricio, en aquella época, solo le interesaba que
Agustín sobresaliera en los estudios, fuera reconocido y celebrado
socialmente y sobresaliese en los ejercicios físicos. Nada le importaba
la vida espiritual o la falta de ella de su hijo y Agustín, ni corto ni
perezoso, fue alejándose cada vez más de la fe y cayendo en mayores y
peores pecados y errores.
Una madre con carácter
Cuando murió su padre, Agustín tenía 17 años y empezaron a llegarle a
Mónica noticias cada vez más preocupantes del comportamiento de su
hijo. En una enfermedad, ante el temor a la muerte, se hizo instruir
acerca de la religión y propuso hacerse católico, pero al ser sanado de
la enfermedad abandonó su propósito de hacerlo. Adoptó las creencias y
prácticas de una la secta Maniquea, que afirmaban que el mundo no lo
había hecho Dios, sino el diablo. Y Mónica, que era bondadosa pero no
cobarde, ni débil de carácter, al volver su hijo de vacaciones y
escucharle argumentar falsedades contra la verdadera religión, lo echó
sin más de la casa y cerró las puertas, porque bajo su techo no
albergaba a enemigos de Dios.
La visión esperanzadora
Sucedió que en esos días Mónica tuvo un sueño en el que se vio en un
bosque llorando por la pérdida espiritual de su hijo, se le acercó un
personaje muy resplandeciente y le dijo: “tu hijo volverá contigo”, y
enseguida vio a Agustín junto a ella. Le narró a su hijo el sueño y él
le dijo lleno de orgullo, que eso significaba que ello significaba que
se iba a volver maniquea, como él. A eso ella respondió: “En el sueño no
me dijeron, la madre irá a donde el hijo, sino el hijo volverá a la
madre”. Su respuesta tan hábil impresionó mucho a su hijo Agustín, quien
más tarde consideró la visión como una inspiración del cielo. Esto
sucedió en el año 437. Aún faltaban 9 años para que Agustín se
convirtiera.
La célebre respuesta de un Obispo
En cierta ocasión Mónica contó a un Obispo que llevaba años y años
rezando, ofreciendo sacrificios y haciendo rezar a sacerdotes y amigos
por la conversión de Agustín. El obispo le respondió: “Esté tranquila,
es imposible que se pierda el hijo de tantas lágrimas”. Esta admirable
respuesta y lo que oyó decir en el sueño, le daban consuelo y llenaban
de esperanza, a pesar de que Agustín no daba la más mínima señal de
arrepentimiento.
El hijo se fuga, y la madre va tras de él
A los 29 años, Agustín decide irse a Roma a dar clases. Ya era todo
un maestro. Mónica se decide a seguirle para intentar alejarlo de las
malas influencias pero Agustín al llegar al puerto de embarque, su hijo
por medio de un engaño se embarca sin ella y se va a Roma sin ella. Pero
Mónica, no dejándose derrotar tan fácilmente toma otro barco y va tras
de él.
Un personaje influyente
En Milán; Mónica conoce al santo más famoso de la época en Italia, el
célebre San Ambrosio, Arzobispo de la ciudad. En él encontró un
verdadero padre, lleno de bondad y sabiduría que le impartió sabios
consejos. Además de Mónica, San Ambrosio también tuvo un gran impacto
sobre Agustín, a quien atrajo inicialmente por su gran conocimiento y
poderosa personalidad. Poco a poco comenzó a operarse un cambio notable
en Agustín, escuchaba con gran atención y respeto a San Ambrosio,
desarrolló por él un profundo cariño y abrió finalmente su mente y
corazón a las verdades de la fe católica.
La conversión tan esperada
En el año 387, ocurrió la conversión de Agustín, se hizo instruir en
la religión y en la fiesta de Pascua de Resurrección de ese año se hizo
bautizar.
Puede morir tranquila
Agustín, ya convertido, dispuso volver con su madre y su hermano, a
su tierra, en África, y se fueron al puerto de Ostia a esperar el barco.
Pero Mónica ya había conseguido todo lo que anhelaba es esta vida, que
era ver la conversión de su hijo. Ya podía morir tranquila. Y sucedió
que estando ahí en una casa junto al mar, mientras madre e hijo
admiraban el cielo estrellado y platicaban sobre las alegrías venideras
cuando llegaran al cielo, Mónica exclamó entusiasmada: ” ¿ Y a mí que
más me amarra a la tierra? Ya he obtenido de Dios mi gran deseo, el
verte cristiano.” Poco después le invadió una fiebre, que en pocos días
se agravó y le ocasionaron la muerte. Murió a los 55 años de edad del
año 387.
A lo largo de los siglos, miles han encomendado a Santa Mónica a sus
familiares más queridos y han conseguido conversiones admirables. En
algunas pinturas, está vestida con traje de monja, ya que por costumbre
así se vestían en aquél tiempo las mujeres que se dedicaban a la vida
espiritual, despreciando adornos y vestimentas vanidosas. También la
vemos con un bastón de caminante, por sus muchos viajes tras del hijo de
sus lágrimas. Otros la han pintado con un libro en la mano, para
rememorar el momento por ella tan deseado, la conversión definitiva de
su hijo, cuando por inspiración divina abrió y leyó al azar una página
de la Biblia.
(http://www.ewtn.com/spanish/Saints/Mónica_8_27.htm)
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