17 enero, 2014

San Antonio, Abad

Oh, San Antonio Abad, vos, sois el hijo
del Dios de la vida y su amado santo,
el hombre aquél, que hicisteis honor
al significado de vuestro santo nombre:
“floreciente”. Así, os describe vuestro
discípulo y admirador, san Atanasio.
Un día os conmovisteis, por las palabras
de Jesús, en la eucaristía, quien dijo:
“Si queréis ser perfecto, id y vended
todo lo que tenéis y dadlo a los pobres”.
Y así, lo hicisteis, una vida, llevando
apartada del mundo y afincada entre sepulcros
del desierto, proclamando la victoria
de la resurrección de la vida. Y, vuestra
vida y ejemplo, se propagó pronto y muchos
hombres, os siguieron y encontraron oración
y trabajo en vuestro monasterio, donde
fuisteis, amoroso padre de vuestros
monjes, a viva imagen de Dios y vuestro
santo bautismo. Aunque no fuisteis hombre
de estudios, demostrasteis con vuestra
monástica vida, lo esencial de ella,
es decir, una vida bautismal riquísima
y despojada de aditamentos superfluos
y vanos. Al final de vuestra vida, el cielo
os premió, coronándoos con corona de luz
eterna, como premio justo a vuestro amor;
oh, San Antonio Abad, “floreciente luz”.
 
© 2014 by Luis Ernesto Chacón Delgado
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17 de enero
San Antonio
Abad
Conocemos la vida del abad Antonio, cuyo nombre significa “floreciente” y al que la tradición llama el Grande, principalmente a través de la biografía redactada por su discípulo y admirador, san Atanasio, a fines del siglo IV.
 
Este escrito, fiel a los estilos literarios de la época y ateniéndose a las concepciones entonces vigentes acerca de la espiritualidad, subraya en la vida de Antonio -más allá de los datos maravillosos- la permanente entrega a Dios en un género de consagración del cual él no es históricamente el primero, pero sí el prototipo, y esto no sólo por la inmensa influencia de la obrita de Atanasio.
 
En su juventud, Antonio, que era egipcio e hijo de acaudalados campesinos, se sintió conmovido por las palabras de Jesús, que le llegaron en el marco de una celebración eucarística: “Si quieres ser perfecto, ve y vende todo lo que tienes y dalo a los pobres…”.
 
Así lo hizo el rico heredero, reservando sólo parte para una hermana, a la que entregó, parece, al cuidado de unas vírgenes consagradas.
 
Llevó inicialmente vida apartada en su propia aldea, pero pronto se marchó al desierto, adiestrándose en las prácticas eremíticas junto a un cierto Pablo, anciano experto en la vida solitaria.
 
En su busca de soledad y persiguiendo el desarrollo de su experiencia, llegó a fijar su residencia entre unas antiguas tumbas. ¿Por qué esta elección?. Era un gesto profético, liberador. Los hombres de su tiempo -como los de nuestros días – temían desmesuradamente a los cementerios, que creían poblados de demonios. La presencia de Antonio entre los abandonados sepulcros era un claro mentís a tales supersticiones y proclamaba, a su manera, el triunfo de la resurrección. Todo -aún los lugares que más espantan a la naturaleza humana – es de Dios, que en Cristo lo ha redimido todo; la fe descubre siempre nuevas fronteras donde extender la salvación.
 
Pronto la fama de su ascetismo se propagó y se le unieron muchos fervorosos imitadores, a los que organizó en comunidades de oración y trabajo. Dejando sin embargo esta exitosa obra, se retiró a una soledad más estricta en pos de una caravana de beduinos que se internaba en el desierto.
 
No sin nuevos esfuerzos y desprendimientos personales, alcanzó la cumbre de sus dones carismáticos, logrando conciliar el ideal de la vida solitaria con la dirección de un monasterio cercano, e incluso viajando a Alejandría para terciar en las interminables controversias arriano-católicas que signaron su siglo.
 
Sobre todo, Antonio, fue padre de monjes, demostrando en sí mismo la fecundidad del Espíritu. Una multisecular colección de anécdotas, conocidas como “apotegmas” o breves ocurrencias que nos ha legado la tradición, lo revela poseedor de una espiritualidad incisiva, casi intuitiva, pero siempre genial, desnuda como el desierto que es su marco y sobre todo implacablemente fiel a la sustancia de la revelación evangélica. Se conservan algunas de sus cartas, cuyas ideas principales confirman las que Atanasio le atribuye en su “Vida”.
 
Antonio murió muy anciano, hace el año 356, en las laderas del monte Colzim, próximo al mar Rojo; al ignorarse la fecha de su nacimiento, se le ha adjudicado una improbable longevidad, aunque ciertamente alcanzó una edad muy avanzada.
 
La figura del abad delineó casi definitivamente el ideal monástico que perseguirían muchos fieles de los primeros siglos. No siendo hombre de estudios, no obstante, demostró con su vida lo esencial de la vida monástica, que intenta ser precisamente una esencialización de la práctica cristiana: una vida bautismal despojada de cualquier aditamento.
 
Para nosotros, Antonio encierra un mensaje aún válido y actualísimo: el monacato del desierto continúa siendo un desafío: el del seguimiento extremo de Cristo, el de la confianza irrestricta en el poder del Espíritu de Dios.
 

16 enero, 2014

San Marcelo I, Papa


Oh, San Marcelo, vos, sois el hijo
del Dios de la vida y su amado santo,
que, honor hicisteis al significado
de vuestro nombre: “guerrero”, porque
valerosamente enfrentasteis a Diocleciano
y su persecución terrible, a los fieles
animando a permanecer unidos al cristianismo,
aunque los martirizaran, porque Dios
en la hora justa, premiaría a sus hijos
con la eternidad de la vida. La Iglesia
reorganizasteis, y, aunque Magencio
emperador os desterró, vos, seguisteis
a Dios, celebrando, clandestinamente
en casa de Lucina, vuestra fiel sierva,
hasta el día aquél, en que, entregasteis
vuestra alma al Padre, para coronada
ser, con corona de eterna luz, como
justo premio a vuestro amor y fidelidad.
Quedan de vos, como vivo recuerdo la “casa
de Lucina”, toda en Templo convertida y,
que vuestro santo nombre lleva: “Templo
de San Marcelo”, hasta el final del tiempo;
oh, San Marcelo, Papa y “guerrero y luz”.

© 2014 by Luis Ernesto Chacón Delgado
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16 de Enero
San Marcelo I
Papa

En la serie de los Pontífices (que hasta 1994 ya eran 265) el Papa Marcelo ocupa el puesto número 30. Fue Pontífice por un año: del 308 al 309. El nombre “Marcelo” significa: “Guerrero”. Era uno de los más valientes sacerdotes de Roma en la terrible persecución de Diocleciano en los años 303 al 305.
 
Animaba a todos a permanecer fieles al cristianismo aunque los martirizaran. Elegido Sumo Pontífice se dedicó a reorganizar la Iglesia que estaba muy desorganizada porque ya hacía 4 años que había muerto el último Pontífice, San Marcelino. Era un hombre de carácter enérgico, aunque moderado, y se dedicó a volver a edificar los templos destruidos en la anterior persecución.
 
Dividió Roma en 25 sectores y al frente de cada uno nombró a un Presbítero (o párroco). Construyó un nuevo cementerio que llegó a ser muy famoso y se llamó “Cementerio del Papa Marcelo”. Muchos cristianos habían renegado de la fe, por miedo en la última persecución, pero deseaban volver otra vez a pertenecer a la Iglesia.
 
Unos (los rigoristas) decían que nunca más se les debía volver a aceptar. Otros (los manguianchos) decían que había que admitirlos sin más ni más otra vez a la religión. Pero el Papa Marcelo, apoyado por los mejores sabios de la Iglesia, decretó que había que seguir un término medio: sí aceptarlos otra vez en la religión si pedían ser aceptados, pero no admitirlos sin más ni más, sino exigirles antes que hicieran algunas penitencias por haber renegado de la fe, por miedo, en la persecución.
 
Muchos aceptaron la decisión del Pontífice, pero algunos, los más perezosos para hacer penitencias, promovieron tumultos contra él. Y uno de ellos, apóstata y renegado, lo acusó ante el emperador Majencio, el cual, abusando de su poder que no le permitía inmiscuirse en los asuntos internos de la religión, decretó que Marcelo quedaba expulsado de Roma. Era una expulsión injusta porque él no estaba siendo demasiado riguroso sino que estaba manteniendo en la Iglesia la necesaria disciplina, porque si al que a la primera persecución ya reniega de la fe se le admite sin más ni más, se llega a convertir la religión en un juego de niños.
 
El Papa San Dámaso escribió medio siglo después el epitafio del Papa Marcelo y dice allí que fue expulsado por haber sido acusado injustamente por un renegado. El “Libro Pontifical”, un libro sumamente antiguo, afirma que en vez de irse al destierro, Marcelo se escondió en la casa de una señora muy noble, llamada Lucina, y que desde allí siguió dirigiendo a los cristianos y que así aquella casa se convirtió en un verdadero templo, porque allí celebraba el Pontífice cada día.
 
Un Martirologio (o libro que narra historias de mártires) redactado en el siglo quinto, dice que el emperador descubrió dónde estaba escondido Marcelo e hizo trasladar allá sus mulas y caballos y lo obligó a dedicarse a asear esa enorme pesebrera, y que agotado de tan duros trabajos falleció el Pontífice en el año 309. La casa de Lucina fue convertida después en “Templo de San Marcelo” y es uno de los templos de Roma que tiene por titular a un Cardenal.
 
Señor Dios: concédenos la gracia de no renegar jamás de nuestras creencias cristianas, y haz que te ofrezcamos las debidas penitencias por nuestros pecados. Amen.
 

15 enero, 2014

San Mauro



Oh, San Mauro, vos, sois el hijo
del Dios de la vida y su amado santo,
y, que, educado fuisteis por San
Benito, e ingresando a su orden,
su Abad llegasteis a ser y luego
a monasterios fundar. Taumaturgo
os llamaron, pues milagros hacíais
por doquier. Menesterosos curabais,
y os dabais íntegro a las obras
de caridad. Así y todo, llevabais
consigo el espíritu de penitencia
y por él, os retirasteis a bien morir,
entregando vuestra alma a Dios,
después de haber gastado vuestra
vida, en cuanto camino anduvisteis,
por ello, corona de luz recibisteis,
como premio a vuestra entrega de amor;
oh, San Mauro, “caridad, fe y luz”.


© 2014 by Luis Ernesto Chacón Delgado
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15 de Enero
San Mauro
Abad


Martirologio Romano: En Glanfeuil, junto al río Loire, en el territorio de Anjou, de la Galia (hoy Francia), san Mauro, abad (s. VI/VII).

Etimología: Aquel que procede de Mauritania, es de origien latino.
 
Nació en Roma de una familia lustre el año 511. Se educa desde su adolescencia bajo la dirección de S. Benito, llegando a ingresar en su orden donde llega a ser Abad y fundador de muchos monasterios en Francia.
 
Taumaturgo por el episodio del estanque con el niño Plácido, la curación de los menesterosos y sus relaciones con el conde Gaidulfo, enemigo funesto de los monjes franceses. Su gran espíritu de penitencia le impulsa a retirarse a bien morir. Entrega su alma a Dios el 15 de enero del 583.
 
Al no constar el tiempo en que llegaron sus reliquias a Extremadura, sólo se puede afirmar ser muy antigua su veneración. El Sínodo diocesano de 1501 se expresa en estos términos: “Y así mismo, mandamos que en el lugar de Almendral se denuncie por fiesta de guardar el día de santo Mauro, por cuanto allí está el cuerpo”. El Arcipreste de Santa Justa en Toledo, Julián Pérez llega a firmar que en 1130 ya se celebraba su memoria en Almendral según costumbres de muchos años antes, que en opinión de Solano de Figueroa sería a final de la monarquía goda, opinión no compartida hoy.
 
Cuando él es visitador general del Obispado en 1658 indaga sobre el asunto y recoge la tradición de que los benedictinos fueron sus portadores, aunque no hay papeles de bulas pontificias que lo acrediten debido a la desaparición de documentos por un incendio.
 
Fueron trasladadas dichas reliquias a la Catedral por el Obispo benedictino de Badajoz D. Fray José de la Zerda el 1643, continuando parte en Almendral, como lo fuera en Fosano, Montecasino y Marsella.
 
La guerra con Portugal, que comenzó el 1640, obligó a dicho traslado por los motivos de seguridad. El 8 de Abril de 1668 ordena al cabildo entregar el cuerpo de San Mauro a la villa de Almendral. La entrega la hacen el 29 del mismo mes, los capitulares Juan Rebolero y Pedro Lepe. Quedó una reliquia en la Seo de la catedral, encargándosele a Solano de Figueroa la depositara en el relicario.
 
La Iglesia y obispado de Badajoz celebraba el 15 de Enero al Santo Abad.
 

14 enero, 2014

San Félix de Nola


Oh, San Félix de Nola, vos, sois
el hijo del Dios de la vida, y su
amado santo y que, con amor os
obrazasteis a la cruz de Cristo,
para su soldado ser. Y, grande debió
ser vuestra obra, para que, a vos
os rindieran homenajes otros santos.
Encadenaron vuestro cuerpo, pero,
vuestro espíritu libre fue siempre
para la obra y la oración. Mientras
Máximo, vuestro Obispo en las montañas
refugiado estaba, hambre, frío, dolor
y tristeza padecía y vos, caridad
le demostrasteis, socorriéndole
y sorteando graves peligros y riesgos,
de la persecución de vuestro tiempo.
Tamaña fue vuestra humildad, que
os negasteis a reemplazar a Máximo
y preferisteis quedaros Presbítero
y continuar evangelizando a vuestra
grey. Entregasteis vuestra alma al
Padre, luego de haberla gastado en
buena lid, y, corona eterna de luz
recibisteis, como premio justo a
vuestra fidelidad y amor a Cristo;
oh, San Félix de Nola, “feliz siervo”.


© 2014 by Luis Ernesto Chacón Delgado
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14 de enero
San Felix de Nola
Mártir
Señor Dios, Rey Omnipotente: tú que le permitiste a tu mártir San Félix conseguir favores tan maravillosos para sí y para sus devotos, haz que nuestra fe sea también tan grande que consigamos maravillosas intervenciones tuyas en favor nuestro y en favor de los que necesitan la ayuda de nuestra oración. Amen.
 
Nola es una pequeña y antiquísima ciudad, situada a unos 20 kilómetros de Nápoles. Allí vio la luz san Félix, cuyo nombre significa “feliz”, en el siglo III. Su padre Hermias era sirio, de profesión militar. Nuestro santo, en cambio, prefirió ser soldado de Cristo.
 
Poco sabemos de su infancia y juventud. Padeció las terribles persecuciones desatadas por Decio y por Valeriano. Por estas circunstancias carecemos de actas que hubieran podido proporcionar noticias precisas. Los rasgos más exactos que conocemos a través de san Paulino, poeta y obispo de Nola, quien escribió su biografía a fines del siglo IV y lo tuvo como santo protector. También escribieron sobre él Beda, san Agustín y Gregorio Turonense. El papa san Dámaso le dedicó un poema.
 
Para destruir la Iglesia, el emperador Decio ordenó prender y procesar principalmente a los obispos, presbíteros y diáconos. Gobernaba entonces la grey de Nola el obispo Máximo, cargado de años, quien se refugió en las montañas de los Apeninos. Félix, que era presbítero, se quedó en la ciudad para vigilar y proteger a los fieles.
 
No duró mucho tiempo la seguridad de Félix, pues Nola era una pequeña ciudad donde todos se conocían y él no disimuló su condición de cristiano. Arrestado y conducido a la cárcel, lo ataron con cadenas, y así permaneció durante meses. Por su parte, en las montañas, el obispo Máximo padecía hambre, frío, tristeza y dolor.
 
Félix fue un ejemplo de devoción al obispo. Socorrió a Máximo corriendo gravísimos riesgos y compartió con él la dura experiencia de la persecución.
 
Habiendo escapado de la furia desatada por Decio, Félix se vio nuevamente amenazado, junto con toda su comunidad, por las disposiciones que contra los cristianos dictó el emperador Valeriano, entre los años 256 y 257.
 
Al morir Máximo quisieron forzar a Félix a ocupar la silla episcopal, pero él rehusó tal dignidad, prefiriendo continuar como presbítero su misión evangelizadora. Murió el 14 de enero, se cree que del año 260. Fue enterrado en Nola y su sepulcro se convirtió en lugar de peregrinación. En Roma le fue consagrada una basílica.
 
Los campesinos de su tierra invocan a san Félix de Nola como protector de los ganados. San Gregorio de Tours ha escrito sobre los numerosos milagros operados junto a su tumba.
 

13 enero, 2014

Simpáticas fotos del Papa con un cordero en el cuello

El diario vaticanista L'Osservatore Romano publicó las imágenes que tuvieron lugar ayer en la parroquia San Alfonso de Liguori durante la fiesta de la Epifanía. Entrá a la nota y mirá la galería de fotos.
 
Simpáticas fotos del Papa con un cordero en el cuello
El papa Francisco visitó un pesebre viviente escenificado por unas 200 personas en una parroquia de Roma ayer por la tarde, día en que se celebra la Epifanía en Italia.

Dario Pompeo Criscuoli, el sacerdote de la parroquia Sant'Alfonso Maria de Liguori, situada en los barrios del norte de la capital italiana, había invitado al Papa.




Tres días atrás el pontífice aceptó la invitación de la parroquia, a título estrictamente privado, contó Criscuoli a Radio Vaticano.

Francisco, que acudió acompañado del cardenal vicario de Roma, Agostino Vallini, saludó durante más de una hora a los figurantes y a los cientos de personas presentes, entre ellas enfermos y niños.


San Hilario de Poitiers

Oh, San Hilario de Poitiers, vos, sois
el hijo del Dios de la vida y su amado
santo e ilustre defensor de la fe de vuestro
tiempo. Aquél que, con el verbo y la palabra
esclarecer lograsteis, los nubarrones
de vana pretensión, que socavar intentaban
los cimientos de luz, que reposaban a vos
gracias, más fuertes y prístinos por los siglos
de los siglos. Y, todo por la gloria de Aquél
que todo lo ve, el Dios eterno e inmortal.
Vos, sosteníais, la unidad de las tres personas,
y que, el Verbo, hombre se había hecho,
para salvación de aquellos. Y, Constancio
emperador, parte tomó de la arriana herejía,
y os desterró a Frigia. Vos, decíais: “Permanezcamos
siempre en el destierro, con tal que se predique
la verdad”. Nos legasteis vuestro tratado
de los Sínodos y los doce libros Sobre la Trinidad,
vuestra obra maestra. Pero, todo mal, su fin
tiene, y volvisteis a Poitiers, recibido siendo
por los católicos, para realizar labor de exégesis.
Compusisteis también himnos y os atribuyeron
con razón el “Gloria in excelsis”. Fuisteis vos,
el primero en introducir los cánticos en las iglesias
de Occidente. Y, por vuestro profundo amor
a la Iglesia y su defensa, os llaman el “Atanasio
de Occidente”. Hoy, corona de luz, lucís como
justo premio a vuestra entrega de amor y fe;
Oh, San Hilario de Poitiers, “el sonriente”.
 
© 2014 by Luis Ernesto Chacón Delgado
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13 de enero
San Hilario de Poitiers
Obispo y doctor de la Iglesia
 
Su nombre significa “sonriente”, nació en Poitiers, Francia, hacia el año 315. Sus padres eran nobles, pero gentiles. Ávido de saber, cultivó las letras y la filosofía. Después dio con los libros sagrados, y el Evangelio de San Juan iluminó su espíritu. En el año 345 recibió el bautismo. Desde entonces vivió con tanta honestidad y virtud que, al fallecer el obispo de Poitiers, fue escogido para ocupar aquella sede. Era el año 350.
 
El siglo en que vivió Hilario estaba convulsionado por contiendas dogmáticas, sobre todo por la herejía arriana, que afirmaba que el Verbo no era Dios, sino sólo la primera de las criaturas creadas por Dios. Hilario sostenía, de acuerdo con la ortodoxia, la unidad de las tres personas, y que el Verbo divino se había hecho hombre para convertir en hijos de Dios a los que lo recibiesen. Los seguidores de Arrio consiguieron que el emperador Constancio, inficionado de la herejía, desterrase a Hilario a Frigia, provincia romana de Asia, situada en la extremidad del Imperio. Hacia allí se dirigió a fines del 356.
 
Durante cuatro años recorrió las ciudades de Oriente, discutiendo. “Permanezcamos siempre en el destierro -repetía- con tal que se predique la verdad”. Al mismo tiempo enviaba a Occidente su tratado de los Sínodos y en 359 los doce libros Sobre la Trinidad, que se consideraba su mejor obra.
Llamado por una orden general del emperador, asistió al concilio que se realizó en Seleucia de Isauria, ciudad del Asia Menor, en la región montañosa de Tauro. Allí trató Hilario sobre los altos y dificultosos misterios de la fe. Después pasó a Constantinopla, donde en un escrito presenta al emperador como Anticristo. Considerado como un agitador e intimidados por su intrepidez, sus mismos enemigos trabajaron para echarlo de Oriente.
 
Así volvió Hilario a Poitiers. San Jerónimo refiere el júbilo con que fue recibido por los católicos. Allí realizó una profunda labor de exégesis, en los tratados que escribió sobre los divinos misterios, sobre los salmos y sobre san Mateo. Compuso también himnos y algunos le atribuyeron el “Gloria in excelsis”.
 
Según Isidoro de Savella, Hilario fue el primero que introdujo los cánticos en las iglesias de Occidente. Vuelve a la lucha. En Milán está el arriano Auxencio. Hilario lo combate con su característica intrepidez y es condenado a abandonar Italia bajo pretexto de introducir la discordia en la Iglesia de esa ciudad.
 
Tuvo Hilario numerosos discípulos, el más ilustre de ellos san Martín de Tours, y muchos fueron los herejes que convirtió. Murió el 13 de enero del año 368. Sus reliquias reposaron en Poitiers hasta el año 1652, en que fueron sacrílegamente quemadas por los hugonotes. Se le ha dado el título de Atanasio de Occidente.
 
San Jerónimo y san Agustín lo llaman gloriosísimo defensor de la fe. Por la profunda influencia que ejerció como escritor, el papa Pío IX, a petición de los obispos reunidos en el sínodo de Burdeos, declaró a san Hilario doctor de la Iglesia.
 

12 enero, 2014

Solemnidad del Bautismo del Señor

 
Oh, Bautismo de Jesús, con agua bendita
 hecho, y que, además ocupáis un lugar
 central en los evangelios descrito. Y,
 en el banquete de alianza entre Dios
 y los hombres, por Isaías profetizado,
 nunca faltó el agua. Y, que en San Juan,
 en su carta primera escrito está que:
 “Jesucristo vino por agua y sangre”. Y,
 que “tres son los que dan testimonio
 de Jesucristo: el Espíritu, el agua y
 la sangre, y los tres están de acuerdo”.
 Vos, Jesús, bautizado fuisteis por Juan
 y saliendo del agua, se abrieron los cielos
 y el Espíritu Santo descendió sobre Vos,
 en forma de paloma. Oh, agua que sois
 realidad presente en todos los bautizados
 y demostráis con ello, vuestra riqueza
 simbólica con los demás sacros elementos
 que os acompañan, para vivir, en Cristo;
 Oh, Bautismo de Jesús, con bendita agua.


© 2014 by Luis Ernesto Chacón Delgado
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¡Oh! mi amado Jesús; Vos, no necesitasteis
 bautizado ser, pero, con humildad vinisteis
 a Juan, y en él, la escritura se cumplió.
 No bien salisteis del agua, el Espíritu Santo,
 como una paloma bajó del cielo y se posó
 sobre Vos, y vino una voz del cielo que decía:
“Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto”.
¡Oh!, mi amado Jesús, gracias por enseñarnos,
 vuestro camino de amor, humildad y luz eterna.

© 2014 by Luis Ernesto Chacón Delgado

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Solemnidad del Bautismo del Señor
12 de Enero

Primera: Is 55, 1-11; Segunda: 1Jn 5,1-9; Evangelio: Mc 1,7-11
Sagrada Escritura:
Is 55, 1-11; 1Jn 5,1-9; Mc 1,7-11

En el bautismo de Jesús, como en todo bautismo, el agua ocupa el puesto central (evangelio). En el banquete de alianza entre Dios y los hombres, imaginado por Isaías, no puede faltar el agua, al lado de otras bebidas (primera lectura). San Juan en su primera carta nos dice que “Jesucristo vino por agua y sangre” y que “tres son los que dan testimonio de Jesucristo: el Espíritu, el agua y la sangre, y los tres están de acuerdo” (segunda lectura). En el evangelio, después de que Jesús, bautizado por Juan, salió del agua, se abrieron los cielos y el Espíritu Santo descendió sobre él en forma de paloma. El agua es la realidad más presente en todos los textos, el agua con toda su riqueza simbólica y con los demás elementos que la acompañan y completan.
 

Mensaje doctrinal
1. El hombre, sediento de Dios
 
El hombre es un ser naturalmente sediento: sediento de gozo y felicidad, sediento de justicia y de paz, sediento de eternidad, sediento de Dios. “El deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre, porque el hombre ha sido creado por Dios y para Dios; y Dios no cesa de atraer al hombre hacia sí, y sólo en Dios encontrará el hombre la verdad y la dicha de no cesar de buscar” (CIC 27). Esta sed de Dios nadie la puede apagar, si no es el mismo Dios. Por eso, Dios, a través de Isaías, invita y exhorta a los hombres: “Venid por agua todos los sedientos… prestad atención, venid a mí; escuchadme y viviréis” (primera lectura).
 
2. El agua y Jesús
 
El agua que apaga la sed del hombre es el agua del bautismo. Jesús, prototipo de todo ser humano, quiso sumergirse en esas aguas de purificación, no por ser él pecador, sino por haber cargado con el pecado del mundo. En las aguas del Jordán, en las que Cristo se sumergió, la humanidad entera se sumergió en él y con él, y quedó purificada de su pecado. Jesucristo, el Santo de Dios, además santificó las aguas del Jordán, y así la sed de santidad que todo hombre tiene comienza a satisfacerse con el agua del bautismo y busca apagarse con el agua del Espíritu, a través de una existencia espiritual, es decir, guiada y promovida por el Espíritu de Dios.
 
3. El agua y la sangre
 
¿Basta el agua para apagar la sed? En la existencia cristiana se añade la sangre, esa sangre que, junto con el agua, brotó del costado de Cristo (Jn. 19, 34). Del costado de Cristo, atravesado por una lanza, manaron, nos dirán los Padres de la Iglesia, dos sacramentos: el bautismo y la eucaristía. Ellos forman, junto con la confirmación, los sacramentos de la iniciación cristiana. Ahora ya no sólo el hombre tiene sed de Dios, sino que tiene sed del Dios, revelado en Jesucristo, “imagen perfecta de su ser” (Heb 1,3). “Bebed todos de ella (la copa), porque ésta es mi sangre, la sangre de la alianza, que se derrama por todos para el perdón de los pecados” (Mt 26, 28).
 
4. El agua, la sangre y el Espíritu
 
 “Los tres están de acuerdo” (segunda lectura). ¿En qué consiste este acuerdo? En revelar el amor de Dios, que se nos ha hecho visible en Cristo Jesús. En efecto, el agua (bautismo de Jesús) y la sangre (crucifixión de Jesús) manifiestan que la humanidad de Jesús es una humanidad como la nuestra, contra toda idealización platónica o toda manipulación gnóstica. El Espíritu, por su parte, que viene del cielo, revela que ese Jesús, enteramente hombre, es el Hijo en que Dios tiene todas sus complacencias. ¿En qué consiste este acuerdo? Consiste además en que el Espíritu es quien da eficacia al agua para purificar del pecado y a la sangre para saciar la sed de redención. “El Misterio de salvación se hace presente en la Iglesia por el poder del Espíritu Santo” (CIC 1111) y “la misión del Espíritu Santo es hacer presente y actualizar la obra salvífica de Cristo con su poder transformador” (CIC 1112).

Sugerencias personales

1. La espiritualidad bautismal. Por el bautismo, el cristiano se ha revestido de Cristo, imagen y prototipo del hombre nuevo, creado a imagen de Dios, y tiene delante de sí la tarea de hacerlo crecer hasta la plena madurez interior. La verdadera novedad abarca a todo el hombre, pero radica especialmente en el corazón, un corazón nuevo capaz de conocer, amar y servir a Dios con espíritu filial, y de amar a los hombres y a las cosas de Dios. Esta es la tarea inaplazable, fundamental y permanente de toda vida cristiana, en cualquier estado, en cualquier época y en cualquier situación.

A partir de este nuevo modo de ser, vivido conscientemente por acción del Espíritu Santo, el hombre nuevo imprime a su vida un dinamismo interior orientado a desarrollar los rasgos de su conducta religiosa y moral, en conformidad con su modelo Jesucristo, y mediante la purificación incesante de sus pasiones desordenadas de sensualidad y soberbia.

2. La construcción, día tras día, de este hombre nuevo constituye el objetivo primordial de la vida cristiana y del apostolado en la Iglesia. De aquí que sea necesario meditar asiduamente en la riqueza y hondura del don del bautismo y del compromiso que conlleva, una meditación tanto individual como comunitaria. Porque “todo el organismo de la vida sobrenatural del cristiano tiene su raíz en el santo bautismo”, ya que éste le hace capaz de creer en Dios, de esperar en Él y de amarlo mediante las virtudes teologales; le concede poder vivir y obrar bajo la moción del Espíritu Santo; le permite crecer en el bien mediante las virtudes morales (CIC 1266). ¿Tenemos los cristianos suficiente conciencia de la espiritualidad bautismal? ¿Qué puedo hacer para desarrollar esta espiritualidad en mí mismo y en mis hermanos?

(http://es.catholic.net/sacerdotes/80/184/articulo.php?id=1173)