30 septiembre, 2026

San Jerónimo, Padre, Doctor de la Iglesia y Traductor de la Biblia

30 de septiembre 

San Jerónimo 

Padre, Doctor de la iglesia y traductor de la Biblia

Cada 30 de septiembre, la Iglesia Católica celebra a San Jerónimo (c. 340 - 420), el más célebre traductor de la Biblia de toda la historia. Forma parte del grupo de los Padres de la Iglesia latina al lado de San Agustín, San Ambrosio y San Gregorio. San Jerónimo ostenta además el título de Doctor de la Iglesia.

Jerónimo de Estridón, como también se le conoce, fue el gran traductor de la Biblia en los tiempos antiguos (siglo IV). Por la pulcritud de su trabajo y su profundo conocimiento, tanto de la Escritura como de las lenguas antiguas (el hebreo, el griego y el latín), dejó una huella imborrable en la tradición exegética de la Iglesia.

San Jerónimo tradujo los distintos libros que componen la Biblia (libros canónicos) al latín, tomando como punto de partida los textos antiguos en sus lenguas originales, es decir, las versiones en griego y en hebreo del Antiguo Testamento y del Nuevo Testamento. Como se sabe, el latín fue la lengua más importante de su tiempo y hasta el día de hoy se le considera la lengua oficial de la Iglesia Católica. Esta titánica labor la realizó Jerónimo por encargo del Papa Dámaso I (p.366-384).

Por eso, para la Tradición, este santo representa el amor a la Palabra de Dios por antonomasia, amor que expresó de la siguiente manera: "Ama la sagrada Escritura, y la sabiduría te amará; ámala tiernamente, y te custodiará; hónrala y recibirás sus caricias”.

La Vulgata

Eusebio Hierónimo (Jerónimo) nació en Estridón (Dalmacia) hacia el año 340. Estudió en Roma y allí fue bautizado. Luego se trasladó a Oriente, donde sería ordenado presbítero. Después de retornar a Roma, se convirtió en secretario del Papa Dámaso.

En esa época, por encargo del Sumo Pontífice, Jerónimo empezó a trabajar en una traducción de la Biblia al latín -su lengua materna-. El santo destacaba también en el manejo de las lenguas más importantes de aquellos tiempos y en vista a que los libros de las Sagradas Escrituras estaban originalmente escritos en hebreo, arameo y griego, el Papa vio en Jerónimo la persona más adecuada para realizar esa tarea.

San Jerónimo corrigió la versión latina del Nuevo Testamento (Vetus Latina) y después comenzó a traducir el Antiguo Testamento directamente del hebreo. Se sabe que empleó la  Septuaginta, es decir, la versión de la biblia en griego, conocida como la Biblia Griega o de los Setenta, proveniente de Alejandría.

En medio del proceso de traducción, el santo se trasladó a Belén (Tierra Santa) con el propósito de conocer mejor la cultura y perfeccionar su hebreo -eso lo convirtió técnicamente en una suerte de padre de la filología como disciplina-. Vivió allí por varios años (aproximadamente una década) dedicándose a la par a escribir comentarios e interpretaciones de la Sagrada Escritura. De esta etapa surgieron la mayoría de sus grandes comentarios sobre una variedad de pasajes bíblicos.

A la traducción de la Biblia hecha por San Jerónimo se le conoce como “Vulgata” (“Vulgata Editio”, es decir, “edición para el pueblo”), concluida hacia el año 405 y que fue considerada por siglos como la versión oficial de la Biblia por la Iglesia Católica. De hecho, más de un milenio después, en 1546, los Padres Conciliares de Trento (Concilio de Trento, 1545-1563) reconocieron que la Vulgata latina gozaba de dicha condición.

La historia de la gruta de Belén

De acuerdo a la tradición, una noche de Navidad, después de que los fieles cristianos se retiraron de la gruta de Belén, el santo se quedó rezando solo en el lugar.

De pronto, escuchó en su interior que el Niño Jesús le decía: "Jerónimo ¿qué me vas a regalar en mi cumpleaños?". Él respondió: "Señor te regalo mi salud, mi fama, mi honor, para que dispongas de todo como mejor te parezca". El Niño Jesús añadió: "¿Y ya no me regalas nada más?". “¡Oh mi amado Salvador! -exclamó Jerónimo- por ti repartí ya mis bienes entre los pobres. Por ti he dedicado mi tiempo a estudiar las Sagradas Escrituras... ¿Qué más te puedo regalar? Si quisieras, te daría mi cuerpo para que lo quemaras en una hoguera y así poder desgastarme todo por Ti".

El Divino Niño entonces le dijo: "Jerónimo: regálame tus pecados para perdonártelos". El santo al oír esto se echó a llorar de emoción y exclamó: "¡Loco tienes que estar de amor, cuando me pides esto!".

Septiembre, mes de la Biblia

San Jerónimo murió el 30 de septiembre del año 420. Por eso, cada mes de septiembre -en el que se celebra su fiesta litúrgica- la Iglesia promueve entre los fieles el conocimiento y amor a la Biblia. Decía el santo: “Ignorar la Escritura es ignorar a Cristo”.

El Papa Benedicto XVI, en la audiencia general del 7 de noviembre de 2007, recordó las palabras que San Jerónimo dirigió a San Paulino de Nola (354-431): “En la palabra de Dios recibimos la eternidad, la vida eterna. Dice San Jerónimo: ‘Tratemos de aprender en la tierra las verdades cuya consistencia permanecerá también en el cielo’”.(ACI Prensa).

29 septiembre, 2026

Santos Arcángeles Miguel, Rafael y Gabriel

 29 de septiembre 

Santos Arcángeles Miguel, Rafael y Gabriel

Cada 29 de septiembre la Iglesia celebra la fiesta de los santos Arcángeles Miguel, Rafael y Gabriel. Sus nombres permanecen grabados en el alma de los cristianos de todos los tiempos en virtud a su grandeza y obediencia a la voluntad de Dios.

A Miguel, Rafael y Gabriel los conocemos bien porque aparecen mencionados en la Sagrada Escritura, cada uno llevando a cabo alguna misión crucial, bajo mandato divino, dentro de la historia de la salvación.

(Al final de esta nota están citados algunos artículos del Catecismo de la Iglesia Católica con respecto a la naturaleza de los ángeles).

Los nombres de los Arcángeles

San Miguel Arcángel es quien está al mando de los ejércitos celestiales. El nombre “Miguel” en hebreo significa “¡Quién como Dios!” (a veces la exclamación aparece como pregunta); expresión que evoca la omnipotencia de Dios, así como su amor y justicia infinitas. Su nombre es el grito de guerra que resuena triunfante en la batalla contra el Adversario, Satanás, y su corte de ángeles caídos.

“Rafael”, por su parte, quiere decir “medicina de Dios” o “Dios ha obrado la salud”. San Rafael es el arcángel amigo de los caminantes y peregrinos; es también el médico de quienes padecen alguna enfermedad.

Por último, “Gabriel” significa “fortaleza de Dios”. A San Gabriel se le encomendó la misión de anunciar a la Virgen María que ella era la elegida para ser Madre del Salvador.

Dios ha querido revelarnos su poder a través de los Santos Arcángeles

En una de sus homilías, el Papa San Gregorio Magno (c. 540-604), Padre y Doctor de la Iglesia, señala que Dios quiso revelar los nombres personales de estos tres arcángeles como una forma de conocer “cuál es la misión específica para la cual nos son enviados”. De esa manera, es posible acudir a ellos en situaciones particulares, de acuerdo al poder que Dios le concedió a cada uno.

El 29 de septiembre de 2017, el Papa Francisco, con ocasión de la festividad que hoy se celebra, afirmó: «Hoy celebramos el día de tres de estos arcángeles porque han tenido un papel importante en la historia de la salvación. Y conmemoramos a estos tres porque también tienen un papel importante en nuestro camino hacia la salvación».

¡Miguel, Rafael y Gabriel, velad por los hijos de la Iglesia!

….......

Nota catequética:

El siguiente texto ha sido extraído del Catecismo de la Iglesia Católica (núm. 328-330):

I Los ángeles

La existencia de los ángeles, verdad de fe

328 La existencia de seres espirituales, no corporales, que la sagrada Escritura llama habitualmente ángeles, es una verdad de fe. El testimonio de la Escritura es tan claro como la unanimidad de la Tradición.

Quiénes son los ángeles

329 San Agustín dice respecto a ellos: Angelus officii nomen est, non naturae. Quaeris nomen huius naturae, spiritus est; quaeris officium, angelus est: ex eo quod est, spiritus est, ex eo quod agit, angelus ("El nombre de ángel indica su oficio, no su naturaleza. Si preguntas por su naturaleza, te diré que es un espíritu; si preguntas por lo que hace, te diré que es un ángel") (Enarratio in Psalmum, 103, 1, 15). Con todo su ser, los ángeles son servidores y mensajeros de Dios. Porque contemplan "constantemente el rostro de mi Padre que está en los cielos" (Mt 18, 10), son "agentes de sus órdenes, atentos a la voz de su palabra" (Sal 103, 20).

330 En tanto que criaturas puramente espirituales, tienen inteligencia y voluntad: son criaturas personales (cf Pío XII, enc. Humani generis: DS 3891) e inmortales (cf Lc 20, 36). Superan en perfección a todas las criaturas visibles. El resplandor de su gloria da testimonio de ello (cf Dn 10, 9-12).(ACI Prensa).

28 septiembre, 2026

San Wnceslao de Bohemia, gran defensor del Cristianismo

28 de septiembre 

San Wenceslao

Evangelizador y gran defensor del cristianismo 

Cada 28 de septiembre la Iglesia celebra a San Wenceslao de Bohemia (907-935), soberano checo que evangelizó a su pueblo y se convirtió en gran defensor del cristianismo. Gobernó con virtud y justicia, modificó el sistema judicial de su nación y, entre otras reformas inspiradas en el Evangelio, puso límites a las condenas, especialmente a aquellas relativas a la pena capital o a la tortura.

Dice de él el Martirologio romano: “Fue severo consigo, pacífico en la administración del reino y misericordioso para con los pobres, redimiendo para ser bautizados a esclavos paganos que estaban en Praga para ser vendidos”.

Nieto de una santa

Wenceslao nació en Stochov en 907, en la región histórica de Bohemia, hoy parte de República Checa (antes Checoslovaquia). Vivió durante las primeras décadas del siglo X. Fue hijo de Bratislao I de Bohemia y de la reina Drahomira. Su abuela, Santa Ludmila (860-921), esposa del primer duque cristiano de Bohemia, fue quien se encargó de su educación y le enseñó a amar y servir a Dios.

De joven, Wenceslao perdió a su padre de manera inesperada, lo que precipitó que su madre, Drahomira, asumiera el poder. Una vez instalada en el trono, la nueva reina empezó a gobernar en contra de la Iglesia y de los cristianos de la nación. Ciertamente, la mayoría de los nobles de Bohemia la apoyaba, pues detestaban lo que consideraban una religión foránea, contraria a sus tradiciones. Wenceslao entonces buscó refugio con su abuela Ludmila.

Santo en medio de las conspiraciones políticas

Drahomira, madre de Wenceslao gobernó con mano de hierro y sumió al ducado en la miseria moral. Dada la situación, Ludmila persuade a Wenceslao de que recupere el poder que legítimamente le correspondía y detenga el hostigamiento en contra de los cristianos. Apenas se enteró de esto la reina Drahomira, organizó una conspiración para asesinar a su suegra. La orden de matarla portaba cierto detalle: Ludmila debía ser estrangulada.

Providencialmente, antes de que el crimen fuera consumado, el descontento generalizado entre el pueblo forzó a la reina a abandonar el trono. Así, Wenceslao encontró el camino limpio para ser proclamado rey con el apoyo popular.

En los meses siguientes, Wenceslao, a pesar de su juventud, encaró con prudencia la división entre sus súbditos. Gobernó con un elevado sentido de la justicia y firmeza, pero con claros gestos de misericordia. Mientras él ocupó el trono, impulsó una serie de reformas para fortalecer la paz y la unidad de su reino, reformas inspiradas en principios morales extraídos del Evangelio.

El rey santo, en ese trajín, le otorgaría a la Iglesia Católica un lugar protagónico tanto en las reformas como en la formación moral y espiritual de sus súbditos.

Víctima de la ambición desmedida por el poder

Lamentablemente, Boleslao, hermano de Wenceslao, ambicionaba el poder, así que conspiró arteramente en contra del buen gobernante. Aprovechando la realización de las festividades de Bohemia y el descuido de la guardia a consecuencia del ambiente festivo, se presentó en el aposento de su hermano y lo asesinó de una puñalada. El Martirologio posee un relato diferente sobre su muerte: “Después de sufrir muchas dificultades en gobernar a sus súbditos y formarles en la fe, traicionado por su hermano Boleslao fue asesinado por sicarios en la iglesia de Stara Boleslav, en Bohemia (929/935)”.

Tres años más tarde, el mismo Boleslao, a quién después de su traición apodaban “el cruel”, se arrepintió de su crimen y mandó trasladar los restos de Wenceslao a la catedral de San Vito.

Un gobernante amado por su pueblo

El pueblo proclamó al rey asesinado “mártir de la fe”. Y es que en Bohemia -y fuera de ella- todos reconocían la piedad y profunda espiritualidad de Wenceslao. El rey había hecho de la corona un puesto para servir y no para servirse. Muy pronto, su tumba se convertiría en lugar de peregrinación.

San Wenceslao es por antonomasia el patrón de Bohemia, por lo que su patronazgo es reconocido hoy tanto por la República Checa como por Eslovaquia.(ACI Prensa).

27 septiembre, 2026

Domingo 26 (A) del tiempo ordinario

Domingo 27 de septiembre 

Domingo 26 (A) del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 21,28-32): En aquel tiempo, Jesús dijo a los sumos sacerdotes: «¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Llegándose al primero, le dijo: ‘Hijo, vete hoy a trabajar en la viña’. Y él respondió: ‘No quiero’, pero después se arrepintió y fue. Llegándose al segundo, le dijo lo mismo. Y él respondió: ‘Voy, Señor’, y no fue.

»¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?». «El primero», le dicen. Díceles Jesús: «En verdad os digo que los publicanos y las rameras llegan antes que vosotros al Reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros por camino de justicia, y no creísteis en Él, mientras que los publicanos y las rameras creyeron en Él. Y vosotros, ni viéndolo, os arrepentisteis después, para creer en Él».

«¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?»

Dr. Josef ARQUER

(Berlin, Alemania)

Hoy, contemplamos al padre y dueño de la viña pidiendo a sus dos hijos: «Hijo, vete hoy a trabajar en la viña» (Mt 21,29). Uno dice “sí”, y no va. El otro dice “no”, y va. Ninguno de los dos mantiene la palabra dada.

Seguramente, el que dice “sí” y se queda en casa no pretende engañar a su padre. Será simplemente pereza, no sólo “pereza de hacer”, sino también de reflexionar. Su lema: “A mí, ¿qué me importa lo que dije ayer?”.

Al del “no”, sí que le importa lo que dijo ayer. Le remuerde aquel desaire con su padre. Del dolor arranca la valentía de rectificar. Corrige la palabra falsa con el hecho certero. “Errare, humanum est?”. Sí, pero más humano aún —y más concorde con la verdad interior grabada en nosotros— es rectificar. Aunque cuesta, porque significa humillarse, aplastar la soberbia y la vanidad. Alguna vez habremos vivido momentos así: corregir una decisión precipitada, un juicio temerario, una valoración injusta... Luego, un suspiro de alivio: —Gracias, Señor!

«En verdad os digo que los publicanos y las rameras llegan antes que vosotros al Reino de Dios» (Mt 21,31). San Juan Crisóstomo resalta la maestría psicológica del Señor ante esos “sumos sacerdotes”: «No les echa en cara directamente: ‘¿Por qué no habéis creído a Juan?’, sino que antes bien les confronta —lo que resulta mucho más punzante— con los publicanos y prostitutas. Así les reprocha con la fuerza patente de los hechos la malicia de un comportamiento marcado por respetos humanos y vanagloria».

Metidos ya en la escena, quizá echemos de menos la presencia de un tercer hijo, dado a las medias tintas, en cuyo talante nos sería más fácil reconocernos y pedir perdón, avergonzados. Nos lo inventamos —con permiso del Señor— y le oímos contestar al padre, con voz apagada: ‘Puede que sí, puede que no…’. Y hay quien dice haber oído el final: ‘Lo más probable es que a lo mejor quién sabe…’.

Pensamientos para el Evangelio de hoy

«Nada hay tan fácil que nuestra mucha tibieza no nos lo presente difícil y pesado» (San Juan Crisóstomo)

«En esta transformación del ‘no’ en ‘sí’, en esta inserción de la voluntad de la criatura en la voluntad del Padre, Él transforma la humanidad y nos redime. Y nos invita a entrar en este movimiento suyo: salir de nuestro ‘no’ y entrar en el ‘sí’ del Hijo» (Benedicto XVI)

«Dios es el Señor soberano de su designio. Pero para su realización se sirve también del concurso de las criaturas. Esto no es un signo de debilidad, sino de la grandeza y bondad de Dios Todopoderoso (…)» (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 306) (Evangeli.net)

26 septiembre, 2026

Santos Cosme y Damián, hermanos gemelos y mártires

Santos Cosme y Damián

Hermanos gemelos y Mártires 

Patronos de los médicos y cirujanos 

Cada 26 de septiembre se celebra a los mártires San Cosme y San Damián, los hermanos gemelos dedicados a la medicina que murieron martirizados durante la persecución del emperador Diocleciano, en el siglo III.

Junto a San Lucas Evangelista, estos hermanos son considerados habitualmente como los santos patronos de médicos y cirujanos.

Médicos ejemplares

Según la tradición, Cosme y Damián nacieron en algún lugar de la Arabia peninsular, entre Asia y África. Aprendieron ciencias en Siria y destacaron en el campo de la medicina de aquellos tiempos. Se dice, además, que estos mártires realizaron numerosas curaciones milagrosas. Sus vidas evocan proezas y milagros: alivio de dolores extremos, sanación de extrañas enfermedades e, incluso, sorprendentes cirugías -incluyendo un milagroso trasplante de pierna-; todo hecho con los mínimos recursos con los que se contaba en la época.

Ambos se hicieron de gran fama y la gente llegó a apreciarlos muchísimo, en concreto, porque nunca pidieron dinero a cambio del servicio que prestaban. En Oriente, aún hoy, se les llama “los santos sin dinero” (anargiros o enemigos del dinero).

Cosme y Damián entendieron a la perfección que ponerse al servicio de la gente era una manera de anunciar a Cristo, Servidor de la humanidad; así como de servirlo. Ellos sabían muy bien que el servicio es algo que compromete de palabra y acción, que además mueve a la oración constante y que llena el corazón de amor a los demás.

Con ese espíritu, los hermanos se convirtieron en cristianos y en “médicos del cuerpo y del alma”.

Testigos de Aquél que cura toda herida y enfermedad

Los hermanos continuaron gozando del cariño y respeto de sus coetáneos. Lamentablemente, durante la persecución de Diocleciano (e. 284- ca.305), ambos fueron apresados por ser cristianos y después condenados a muerte.


Dios quiso manifestarse a través de ellos y por eso les concedió una gran fortaleza. Fueron varios los intentos para quitarles la vida que no dieron resultado. Se dice que primero los arrojaron al mar atados a pesadas rocas para que se ahogaran; no funcionó, pues las ataduras se soltaron una y otra vez de manera inexplicable. Luego, ante el fracaso de los primeros verdugos, se les quiso matar a flechazos. Ninguno de los arqueros pudo asestar un golpe mortal.

Moribundos, los hermanos fueron echados en la hoguera, pero el fuego no les hizo daño. Finalmente, a la usanza romana, los verdugos los ejecutaron cortándoles la cabeza. Eran los violentos inicios del siglo IV.

La misión de los santos

Después de muertos, cuenta la tradición, Cosme y Damián siguieron apareciéndose en sueños a mucha gente. Particularmente a los enfermos que imploraban su intercesión. Estos obtenían alivio en el dolor o la anhelada curación.

Hoy, muchos fieles siguen recurriendo a la intercesión de los médicos mártires. Se hace para pedir la curación de alguna enfermedad que se padece, o la de un familiar o amigo.

La imagen de los mártires suele estar en algún hospital, enfermería, consultorio médico o sala de espera, como recuerdo o símbolo de que en los momentos difíciles Dios siempre nos envía alguien para que nos asista o nos ayude.

Patronazgo y legado: la espada

San Cosme y Damián, además de ser patrones de los médicos y cirujanos, también lo son de los farmacéuticos y dentistas, así como de aquellos que ejercen oficios -servicios al fin y al cabo- como la peluquería, o los trabajos de acondicionamiento y limpieza que se realizan en playas y balnearios.

De acuerdo a cierta tradición, hoy se conserva la espada con que fueron decapitados ambos mártires en la catedral de Essen, Alemania. Esta lleva la siguiente inscripción: “Gladius cum quo decolatti fuerunt nostri patroni” [La espada con la que nuestros patronos fueron decapitados].(ACI Ptensa).

25 septiembre, 2026

San Carlos de Sezze, OFM poeta y místico

25 de septiembre 

San Carlos de Sezze

Poeta y místico

Cada 25 de septiembre la Iglesia celebra a San Carlos de Sezze, fraile franciscano nacido en Italia, uno de los más grandes exponentes de la poesía y la mística del siglo XVII.

Fray Carlos llevó en carne propia signos físicos del amor de Dios: su corazón fue traspasado por un rayo de luz proveniente de la Eucaristía que le dejó una herida abierta en el pecho hasta el final de su vida.

Juan Carlos Marchioni -nombre de pila del santo- nació en 1620, en el pequeño pueblo de Sezze, en la región de Lacio (Italia). De origen humilde, logró acceder a la escuela gracias al encomiable esfuerzo de sus padres.

“Un fracaso escolar” y el consiguiente milagro

Un día, en la escuela, Juan Carlos recibió un fuerte castigo físico -a la usanza de la época- a manos de su maestro por no haber aprendido adecuadamente una lección. Sus padres, decepcionados, pensaron que el muchacho carecía de aptitudes para el progreso en los estudios. Así que decidieron sacarlo del colegio y enviarlo a trabajar al campo, donde -pensaban ellos- el jovencito podría ser de mayor provecho.

Carlos pensó, por su parte, que su fortuna no había sido del todo mala y que podría vivir en el campo por el resto de su vida, lejos del compromiso de tener que estudiar.

Sin embargo, las circunstancias dieron un giro inesperado. Un día cualquiera, de esos que Carlos se la pasaba en el campo sin hacer mucho, una bandada de aves espantó a los bueyes que conducía mientras araba la tierra. Estos, nerviosos, se pusieron violentos y arremetieron contra él. Preso del terror, en un instante, se le pasó por la cabeza que moriría allí mismo, de manera irremediable. Las bestias no se calmaban, entonces, su mente, en “acto reflejo” espiritual, invocó a Dios para que lo libere de la muerte: “¡Me meto al convento, pero sálvame, Señor!”

Un segundo después, se encontró tirado en el suelo, abrió paulatinamente los ojos, tomó aire y miró alrededor. Los bueyes ya no estaban junto a él; solo pudo divisar sus siluetas a cierta distancia. Se revisó por todas partes. Estaba completamente ileso.

Perseverar hasta el fin

Unos días después del susto, Carlos vio pasar a unos franciscanos por el campo donde trabajaba. Raudo, se acercó a ellos a preguntar qué debía hacer para ser como ellos. Los frailes le dijeron que se dirigiera a Roma y buscase hablar con el padre superior de la Orden.

De inmediato, el jovencito se juntó con tres amigos con quienes unos días después iniciaría el periplo hacia la Ciudad Eterna.

Los cuatro llegaron a la casa de los franciscanos en Roma y fueron recibidos por el padre superior. Este, queriendo poner a prueba sus intenciones, los recibió ásperamente y los trató como haraganes -otros más de todos los que tocaban la puerta del convento para asegurarse alimento gratis y un techo-. Acto seguido, el superior los echó fuera.

Los jóvenes insistieron en ser recibidos alegando que sus intenciones eran rectas, pero no consiguieron que el fraile cambie de opinión, así que tuvieron que apartarse. No obstante, al rato, decidieron volver y tocar otra de las puertas del convento, a ver si su suerte cambiaba. Cuando les abrieron, suplicaron al superior -esta vez con gritos- que los recibiera. El fraile, haciéndose el difícil, les dijo que esa noche les permitiría dormir en calidad de limosneros, pero que al día siguiente tendrían que irse definitivamente.

Los cuatro aceptaron la propuesta, pero, al día siguiente, en vez de ser echados, recibieron un mensaje inesperado del superior. El fraile les mandaba decir que habían pasado “la prueba inicial” y que serían admitidos como aspirantes.

“Todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará” (Mt 16, 25).

Carlos fue nombrado portero del convento. Su costumbre era admitir a todo caminante que pidiera hospedaje por las noches, generalmente muy frías, así como repartir entre los huéspedes la limosna que la gente con más recursos le dejaba. Al principio el superior se lo aceptaba, pero después lo mandó llamar para decirle: "De hoy en adelante no admitiremos a hospedarse sino a unas poquísimas personas, y no repartiremos sino unas pocas limosnas, porque estamos dando demasiado".

Él obedeció como correspondía, pero sucedió entonces que ya nadie les daba las cuantiosas ayudas de antes y el número de benefactores habituales de la Orden se redujo. Entonces, el superior lo llamó para preguntarle cuál podría ser la causa de tal disminución.

"La causa es muy sencilla –respondió el hermano Carlos-, es que dejamos de dar a los necesitados y Dios dejó de darnos a nosotros. Porque con la medida con la que repartamos a los demás, con esa medida nos dará Dios a nosotros".

Esa misma noche Fray Carlos recobró el permiso para recibir a cuanto huésped pobre llegara y para repartir las limosnas generosamente. Dios volvería a enviar a los frailes las habituales y copiosas donaciones, suficientes para vivir y ayudar.

Las puertas del cielo están abiertas para los que practican la humildad

No pocos, entre quienes reconocían en Carlos una vida espiritual profunda, le solicitaron que redactara ciertas pautas que ayudaran a otros a orar mejor y crecer en santidad. El fraile aceptó el pedido y dio su consentimiento para que se difundieran sus textos. Esto, lamentablemente, no fue del agrado de todos. Lo que para él era un acto de obediencia y desprendimiento, se convirtió a los ojos de algunos en un gesto de petulancia y vanidad. Después llegaron las reprimendas y la amenaza de excluirlo de la comunidad.

El buen fraile no tenía ni idea de que para estos menesteres son necesarias las censuras y revisiones de los “doctos”. Humillado, se arrodilló ante el crucifijo para desahogar su dolor, cuando, de pronto, oyó una voz que le decía: "Ánimo, que estas cosas no te van a impedir entrar en el paraíso". Esa voz era la de Cristo, que desde la cruz le estaba hablando.

Un corazón traspasado, Tú no lo desprecias (Sal 51, 17)

Había una breve y sencilla oración que el hermano Carlos repetía con frecuencia: "Señor, enciéndeme en amor a Ti". El pedido se convirtió en jaculatoria porque siempre estaba en sus labios o en sus pensamientos. Estas sencillas palabras le ayudaban a expresar cuánto Cristo había transformado su vida y cuán unida a Él se hallaba su alma.

Un día de octubre de 1648, durante la elevación del Santísimo Sacramento, San Carlos vio cómo un rayo de luz brotaba de la hostia consagrada en dirección a su pecho. En ese instante, mientras clamaba a Dios angustiado, sintió que esa luz le traspasaba el corazón.

Después, se encontró anonadado. Sobre su pecho había quedado una herida abierta; una que no cerraría jamás.

La virtud y el arte

San Carlos de Sezze escribió varios poemas de carácter místico, en la tradición de la poesía del amor divino, característica del medioevo italiano. Destacan Las tres vías, El sagrado septenario, y Los discursos sobre la vida de Jesús.

Además redactó, por orden de su confesor, una Autobiografía, la que se considera hoy como decisiva para comprender su alma mística.

En el cielo y en la tierra

San Carlos de Sezze fue beatificado en 1882 por el Papa León XIII, más de dos siglos después de su muerte; y fue canonizado por el Papa San Juan XXIII, el 12 de abril de 1959.(ACI Prensa).

24 septiembre, 2026

Nuestra Señora de la Merced Patrona de las cárceles, cautivos e instituciones penitenciarias

 24 de septiembre 

Nuestra Señora de la Merced

Patrona de las cárceles, cautivos e instituciones penitenciarias 

Cada 24 de septiembre se celebra a la Virgen María bajo la advocación de la Virgen de la Merced, o Virgen de las Mercedes.

El nombre de esta advocación mariana evoca la misericordia infinita de Dios, que nos ha dejado en la persona de María a una auténtica madre, un seguro canal de gracia y una cabal intercesora. No es casualidad que “merced” signifique “misericordia”, “dádiva”, “gracia” y, simultáneamente, “perdón”.

Llamados por María a salvar vidas y a preservar la fe

Los orígenes de esta advocación se remontan al siglo XIII, cuando la Virgen se le apareció a San Pedro Nolasco (1180-1256) para animarlo a la tarea de liberar a los cristianos que habían caído prisioneros en manos de los musulmanes.

Era muy común en aquel tiempo que los llamados “moros” saqueen los pueblos costeros del Mediterráneo para llevarse prisioneros en calidad de esclavos. Generalmente, las víctimas eran cristianos a los que se les trasladaba al norte de África. Allí eran sometidos a trabajos forzados, prisión y maltratos. Sometidos a tan horrenda condición, la mayoría terminaba perdiendo la fe, creyendo que Dios los había abandonado.

Un comerciante de nombre Pedro

Pedro Nolasco, un comerciante nacido en Aquitania (actual Francia) y establecido en Barcelona (España), al ver esta situación en sus viajes, se conmovió y empezó a usar su propio patrimonio para liberar a los cristianos cautivos. Nolasco “compraba esclavos” o los intercambiaba por mercancías, para luego devolverles la libertad.

Cuando se quedó sin recursos, formó grupos de ayuda y asistencia para pedir dinero y así financiar expediciones destinadas a negociar la “redención” de prisioneros. Lamentablemente, lo reunido también se hizo insuficiente.

Nolasco, impotente para lograr su cometido, pide a Dios intensamente que le provea la ayuda necesaria. En respuesta a sus ruegos, el 1 de agosto de 1218, sucede un hecho extraordinario: la Virgen María se le aparece y le pide que funde una congregación que se dedique exclusivamente a redimir cautivos.

De inmediato, Nolasco le pregunta a la Madre de Dios: “¡Oh Virgen María, Madre de Gracia, Madre de Misericordia! ¿Quién podrá creer que tú me mandas?”. A lo que María respondió: “No dudes en nada, porque es voluntad de Dios que se funde una Orden de ese tipo en honor mío; será una Orden cuyos hermanos y profesos, a imitación de mi hijo, Jesucristo, estarán puestos para ruina y redención de muchos en Israel, es decir, entre los cristianos, y serán signo de contradicción para muchos”.

La orden de Nuestra Señora

Entonces, el santo, animado por la Virgen de la Merced, organiza con sus amigos el grupo inicial de la que sería la “Orden Real y Militar de Nuestra Señora de la Merced y la Redención de los Cautivos”, cuyos miembros se hacen llamar “mercedarios”.

Cuenta la historia que San Pedro Nolasco no fue el único a quien se le apareció la Virgen. El 10 de agosto -día en que habría de fundarse la Orden de la Merced- Nolasco se reunió con su confesor, San Raimundo de Peñafort, y con el rey, Jaime I de Aragón. En medio de la conversación, los tres atestiguaron que la Virgen se les había aparecido a cada uno, de manera independiente, para comunicarles su único deseo: la nueva Orden religiosa debería estar consagrada a la redención de los cautivos.

De esta manera, ese mismo día, 10 de agosto de 1218, se fundó la Orden de la Merced en la ciudad de Barcelona (España). El Papa Gregorio IX, desde Roma, había dispuesto que Pedro Nolasco sea el primero en ocupar el cargo de Superior General.

Santo intercambio

Los mercedarios, además de los votos de pobreza, castidad y obediencia, hacían un cuarto voto por el que se comprometían a dedicar su vida a liberar esclavos, y, si fuese necesario, quedarse en el lugar de algún cautivo en peligro de perder la fe, o por el que no hubiera dinero suficiente para pagar su liberación. Muchos mercedarios entregaron la vida por esta causa, siempre acogiéndose a la “merced” de Nuestra Madre.

Años más tarde, en 1265, la devoción a la “Virgen de la Merced” fue aprobada por la Santa Sede. Luego, en 1696, el Papa Inocencio XII fijó el día 24 de septiembre como la fecha en la que se debe celebrar su fiesta.

En la Evangelización de América

Los mercedarios se han encargado de difundir la devoción a la Virgen de las Mercedes, la cual se ha extendido por todo el mundo, a lo largo de varios siglos. Es sabido que, por ejemplo, cuando los frailes mercedarios llegaron a América en el siglo XVI, introdujeron esta hermosa devoción en varios países del continente.

Por eso hoy, la Virgen de la Merced es celebrada por sus devotos de Brasil, República Dominicana, Perú, Ecuador, Argentina entre otros muchos países.

Patronazgos

Nuestra Señora de las Mercedes es patrona de diversas ciudades, muchas de ellas en España (Barcelona); también lo es de las cárceles e instituciones penitenciarias, así como de los cautivos o los que cumplen prisión.

Es la Patrona de República Dominicana, de las Fuerzas Armadas y Policiales del Perú, así como Patrona de Latacunga, Machala (Ecuador) y la Patrona de Santiago de los Caballeros de León (Nicaragua).

¡Virgen de las Mercedes, ruega por nosotros!( ACI Prensa).

23 septiembre, 2026

San Pío de Pietrelcina

 UNA VIDA DE FE Y SACRIFICIO

San Pío de Pietrelcina

Incluso en vida, San Pío fue ampliamente conocido por su dedicación, caridad y amor por los demás, incluso por aquellos desconocidos que buscaban su consejo y ayuda. Su don más reconocido y asombroso de Dios, llevar en su cuerpo los estigmas de Cristo crucificado, sigue siendo un fenómeno inexplicable. Nacido como Francesco Forgione el 25 de mayo de 1887 en Pietrelcina, Italia, era hijo de los campesinos Grazio Mario Forgione y Maria Giuseppa Di Nunzio. Tenía tres hermanas menores (Felicita, Pellegina y Grazia) y un hermano mayor (Michele), además de otros dos hermanos que fallecieron en la infancia. 


El Padre Pío fue bautizado en la Iglesia de Santa Ana en Pietrelcina, donde de niño ayudó como monaguillo. A los cinco años ya había decidido dedicar su vida a Dios. Comenzó a hacer penitencias para demostrar su dedicación y amor a Dios. Manifestó un gran deseo de vivir y practicar su fe católica con total entrega, influenciado profundamente por la fe devota de sus padres. La familia Forgione era profundamente católica, pero Francesco tenía una conexión aún más fuerte y profunda con la vida espiritual. 


Hasta los 10 años trabajó en la granja familiar, cuidando un pequeño rebaño de ovejas. Esto retrasó considerablemente su educación. Cuando, siendo adolescente, solicitó ingresar en la Orden Capuchina, le dijeron que necesitaba una mejor formación académica para ser aceptado. Sus padres le proporcionaron clases particulares y, a los 15 años, ingresó en el noviciado de los frailes franciscanos capuchinos de Morcone. Allí adoptó el nombre de «Hermano Pío». Los capuchinos eran conocidos por su extrema pobreza, disciplina física y espiritual, y sencillez de vida, comprometiéndose a vivir lo más fielmente posible según los ideales y valores evangélicos de San Francisco de


SERVICIO, SUFRIMIENTO Y FORTALEZA

Fe perdurable


Incluso en sus primeros años como fraile capuchino franciscano, el Padre Pío experimentó tanto graves enfermedades como éxtasis religioso. Otros frailes relataban haber oído ruidos extraños e inquietantes provenientes de su celda. El Padre Pío hablaba con frecuencia de cómo era atacado por el diablo, y era en su celda donde tenían lugar estas batallas. A pesar de sus graves enfermedades, fue ordenado sacerdote en 1910 en la Catedral de Benevento, en el sur de Italia. 


Noviembre de 1914 marcó el inicio de la Primera Guerra Mundial en Italia, y muchos frailes capuchinos fueron reclutados por el ejército italiano. El Padre Pío sirvió a su país en la 10.ª Compañía del Cuerpo Médico Italiano. Su apodo era «Soldado Francesco Forgione». Pero su historial de graves enfermedades y debilidad persistió. Sufría fuertes dolores de estómago, y los médicos del ejército italiano también le diagnosticaron bronquitis crónica. Solicitó una licencia por motivos médicos y regresó a su amada ciudad natal de Pietrelcina. 


En 1916, el Padre Pío fue trasladado por sus superiores al convento capuchino de Nuestra Señora de Gracia en San Giovanni Rotondo. Este pequeño y remoto pueblo se encontraba en las montañas del Gargano, cerca de la costa adriática. Allí impartió clases a jóvenes seminaristas capuchinos y brindó asistencia espiritual a los habitantes del pueblo. Debido a la guerra, muchos capuchinos habían sido reclutados y, a su llegada, solo había siete frailes residentes. 


El Padre Pío fue llamado nuevamente al servicio militar activo en agosto de 1917. Fue asignado al 4.º Pelotón de la 10.ª Compañía del Cuerpo Médico Italiano. Sin embargo, solo cuatro meses después, su delicada salud le obligó a solicitar una baja médica. Esta vez, el 16 de marzo de 1918, se le concedió la baja definitiva. Visitó su amada ciudad natal, Pietrelcina, por última vez en su vida, y luego regresó al convento capuchino de San Giovanni Rotondo, donde vivió ininterrumpidamente durante los siguientes 50 años.


LAS HERIDAS PERDURABLES DEL PADRE PÍO

Un viaje hacia la santidad


En agosto de 1918, el Padre Pío comenzó a experimentar un dolor intenso y severo que aparecía y desaparecía durante varias semanas. Pronto, este dolor, que parecía estar relacionado con las cinco llagas de Cristo en la Cruz, se volvió permanente. Durante los siguientes 50 años, el Padre Pío perdía aproximadamente una taza de sangre al día a causa de los estigmas: la herida de la lanza que Cristo sufrió en su costado izquierdo y las sangrantes heridas de los clavos de la crucifixión en ambas manos y pies. 


Milagrosamente, pocos días antes de su muerte en septiembre de 1968, todas estas heridas en el cuerpo del Padre Pío desaparecieron. Innumerables expertos y médicos que examinaron minuciosamente las heridas no pudieron ofrecer ninguna explicación médica ni científica. Algunos cuestionaron la autenticidad de las heridas, mientras que otros no pudieron dar un diagnóstico certero, pero las heridas sangraron profusamente, día tras día, durante 50 años. 


Al principio, el Padre Pío se sentía avergonzado y humillado por las heridas en su cuerpo. Los estigmas visibles le causaban un dolor intenso y severo, pero él lo acogía con agrado. Ofreció este dolor por el bien de toda la humanidad. Declaró en repetidas ocasiones que su mayor deseo era morir. Recibió la visita de innumerables peregrinos atraídos a San Giovanni Rotondo con la esperanza de experimentar las curaciones y manifestaciones milagrosas del Padre Pío. Era tan reconocido por su santidad e intensa sabiduría espiritual que a menudo dedicaba hasta 16 horas diarias a escuchar las confesiones de las multitudes que esperaban durante días para verlo. 


Debilitado y exhausto por años de grave enfermedad y los efectos físicos de los estigmas, el Padre Pío falleció de un infarto en el convento de San Giovanni Rotondo el 23 de septiembre de 1968. Tras su muerte, muchos anhelaban que la Iglesia iniciara el estudio de la vida del Padre Pío, convencidos de que algún día sería canonizado como santo de la Iglesia Católica. En una misa al aire libre en la Plaza de San Pedro, en la Ciudad del Vaticano, el Padre Pío fue beatificado y declarado "Beato" por el Papa Juan Pablo II el 2 de mayo de 1999. Tan solo tres años después, el 16 de junio de 2002, el Padre Pío fue canonizado santo por el Papa Juan Pablo II, también en la Plaza de San Pedro, en la mayor concentración jamás registrada en la historia de la ciudad de Roma.(Pdre Pío:Foundation of America),


22 septiembre, 2026

Los Mártires de la guerra civil española

22 de septiembre 

Los Mártires de la guerra civil española

Cada 22 de septiembre la Iglesia recuerda al grupo de 233 mártires de la guerra civil española (1936-1939) que fueron beatificados por el Papa San Juan Pablo II el 11 de marzo de 2001. Ellos son conocidos como ‘el grupo de los 233 mártires españoles’ o ‘los mártires de Valencia’. A veces se les designa también como el grupo de ‘José Aparicio Sanz y sus 232 compañeros mártires’.

El Padre Sanz y los 232

Durante la ceremonia de beatificación, San Juan Pablo II recordó la figura de José Aparicio Sanz, sacerdote diocesano originario de Valencia, puesto a la cabeza de la lista de los nuevos beatos:

“Así vivieron y murieron José Aparicio Sanz y sus doscientos treinta y dos compañeros, asesinados durante la terrible persecución religiosa que azotó España en los años treinta del siglo pasado. Eran hombres y mujeres de todas las edades y condiciones: sacerdotes diocesanos, religiosos, religiosas, padres y madres de familia, jóvenes laicos. Fueron asesinados por ser cristianos, por su fe en Cristo, por ser miembros activos de la Iglesia. Todos ellos, según consta en los procesos canónicos para su declaración como mártires, antes de morir perdonaron de corazón a sus verdugos” (Homilía de la ceremonia de beatificación de los Siervos de Dios José Aparicio Sanz y 232 compañeros mártires).

Llama la atención hasta hoy el número abultado de beatificaciones celebradas en una misma ceremonia -sin precedentes hasta ese momento-, así como la heterogeneidad o diversidad del grupo de mártires -algo que fue resaltado por el Sumo Pontífice en ese momento-. Ambos aspectos resultan conmovedores: los mártires estaban unidos por la fe y el amor a Jesús y a los hermanos, lejos de cualquier tipo de compromiso ideológico y muy cerca del corazón de la Iglesia que sufre persecución.

Unidad en la diversidad

La lista de beatos incluye a hombres y mujeres con distintos estados de vida y de toda procedencia social:

“... Treinta y ocho sacerdotes de la Archidiócesis de Valencia, junto con un numeroso grupo de hombres y mujeres de la Acción Católica también de Valencia; dieciocho dominicos y dos sacerdotes de la Archidiócesis de Zaragoza; cuatro Frailes Menores Franciscanos y seis Frailes Menores Franciscanos Conventuales; trece Frailes Menores Capuchinos, con cuatro Religiosas Capuchinas y una Agustina Descalza; once Jesuitas con un joven laico; treinta y dos Salesianos y dos Hijas de María Auxiliadora; diecinueve Terciarios Capuchinos con una cooperadora laica; un sacerdote dehoniano; el Capellán de Colegio La Salle de la Bonanova, de Barcelona, con cinco Hermanos de las Escuelas Cristianas; veinticuatro Carmelitas de la Caridad; una Religiosa Servita; seis Religiosas Escolapias con dos cooperadoras laicas provenientes éstas últimas del Uruguay y primeras beatas de ese País latinoamericano; dos Hermanitas de los Ancianos Desamparados; tres Terciarias Capuchinas de Nuestra Señora de los Dolores; una Misionera Claretiana; y, en fin, el joven Francisco Castelló i Aleu, de la Acción Católica de Lleida” (Homilía de la ceremonia de beatificación de los Siervos de Dios José Aparicio Sanz y 232 compañeros).

Madre coraje: María Teresa Ferragud

Vale la pena resaltar -tal y como lo hizo San Juan Pablo II- algunos de los conmovedores relatos testimoniales mencionados el día de la beatificación de los 233. El primero de ellos fue el de María Teresa Ferragud, anciana que fue arrestada junto a sus cuatro hijas, todas religiosas contemplativas. Las cinco fueron condenadas a muerte. María Teresa tenía ochenta y tres años en ese momento.

El 25 de octubre de 1936, fiesta de Cristo Rey, María Teresa, consciente del destino que les  esperaba, pidió estar al lado de sus hijas y ser la última en ser ejecutada. Aquella madre quería acompañar a sus hijas, una a una, mientras entregaban la vida, y, de esa manera, poder alentarlas hasta el instante final, para que el temor a morir no doblegue su fe.

Los verdugos, tras presenciar lo que aquella madre había hecho, sólo atinaron a exclamar: "Esta es una verdadera santa".

Jóvenes valientes y auténticos

Otra historia a la que se refirió el Santo Padre es la de Francisco Alacreu, joven “de veintidós años, químico de profesión, y miembro de la Acción Católica, que consciente de la gravedad del momento no quiso esconderse, sino ofrecer su juventud en sacrificio de amor a Dios y a los hermanos, dejándonos tres cartas, ejemplo de fortaleza, generosidad, serenidad y alegría, escritas, instantes antes de morir, a sus hermanas, a su director espiritual y a quien fuera su novia” (Homilía de la ceremonia de beatificación de los Siervos de Dios José Aparicio Sanz y 232 compañeros).

Finalmente, está la historia del recién ordenado sacerdote Germán Gozalbo, de veintitrés años, fusilado sólo “dos meses después de haber celebrado su primera Misa” (ob. cit., 2).

América Latina, ecos y presencia: Cuba y Uruguay

Entre los 233 estuvo el Beato José Calasanz Marqués, quien fuera misionero salesiano en Cuba. Nació en España el 23 de noviembre de 1872 y conoció a San Juan Bosco en la visita que éste hizo a Barcelona en 1886. En ese momento José estaba como interno en la Casa Salesiana de Sarriá. Realizó su profesión a los 18 años, y cinco años después, en la Navidad de 1895, celebraría allí su primera Misa.

Calasanz fue secretario del Beato Felipe Rinaldi durante diez años y trabajó como director de un colegio. En 1916 fue enviado a dirigir la recién iniciada obra salesiana en Camagüey (Cuba). Luego fue nombrado Provincial de la Inspectoría Peruana-Boliviana, y en 1925 pasó a ser superior de su Inspectoría de procedencia en Tarragona, que incluía las de Barcelona y Valencia en España. Sería en esta última región donde recibiría las palmas del martirio.

Cabe resaltar que entre los 233 mártires están las dos primeras beatas uruguayas, tal y como se mencionó anteriormente. Ellas fueron dos laicas, Dolores y Consuelo Aguiar-Mella Díaz, hermanas nacidas en Montevideo (Uruguay) en 1897 y 1898, respectivamente; y que, a pesar de no ser ciudadanas españolas, por su fervor religioso, expresado libremente (una de ellas vivía en casa de las religiosas escolapias) terminaron asesinadas en Madrid, el 19 de septiembre de 1936. En su momento, la diplomacia uruguaya las buscó para darles protección, pero los milicianos se adelantaron a las gestiones.

La muerte de las hermanas Aguiar-Mella Díaz ocasionó la ruptura de relaciones diplomáticas entre Uruguay y España.

Esperanza de la Iglesia

Indudablemente, estos beatos dieron “testimonio de serenidad y esperanza cristiana”. Para nosotros, ellos constituyen motivo de aliento y confirmación de nuestra fe. Aquellos  hombres y mujeres amaron de manera extraordinaria, aun cuando fueron víctimas del “odio a la fe” -presente también en nuestros días-. Ellos son prueba fehaciente de que el amor y el perdón no son solo posibles, sino muy reales.

Junto a los 233 debe recordarse a todos los mártires de la Iglesia: a los conocidos y a los anónimos, a los de ayer y, sin duda, también a los de hoy.(ACI Prensa).


20 septiembre, 2026

Domingo 25 (A) del tiempo ordinario

domingo 20 Septiembre 2026

Domingo 25 (A) del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 20,1-16): En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: «El Reino de los Cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña. Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo, y les dijo: ‘Id también vosotros a mi viña, y os pagaré lo debido’. Ellos fueron.

»Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo: ‘¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?’. Le respondieron: ‘Nadie nos ha contratado’. Él les dijo: ‘Id también vosotros a mi viña’.

»Cuando oscureció, el dueño dijo al capataz: ‘Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros’. Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Entonces se pusieron a protestar contra el amo: ‘Estos últimos han trabajado sólo una hora y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno’. Él replicó a uno de ellos: ‘Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?’. Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos».

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«¿(...) vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?»

Rev. D. Jaume GONZÁLEZ i Padrós

(Barcelona, España)

Hoy el evangelista continúa haciendo la descripción del Reino de Dios según la enseñanza de Jesús, tal como va siendo proclamado durante estos domingos de verano en nuestras asambleas eucarísticas.

En el fondo del relato de hoy, la viña, imagen profética del pueblo de Israel en el Primer Testamento, y ahora del nuevo pueblo de Dios que nace del costado abierto del Señor en la cruz. La cuestión: la pertenencia a este pueblo, que viene dada por una llamada personal hecha a cada uno: «No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros» (Jn 15,16), y por la voluntad del Padre del cielo, de hacer extensiva esta llamada a todos los hombres, movido por su voluntad generosa de salvación.

Resalta, en esta parábola, la protesta de los trabajadores de primera hora. Son la imagen paralela del hermano mayor de la parábola del hijo pródigo. Los que viven su trabajo por el Reino de Dios (el trabajo en la viña) como una carga pesada («hemos aguantado el peso del día y el bochorno»: Mt 20,12) y no como un privilegio que Dios les dispensa; no trabajan desde el gozo filial, sino con el malhumor de los siervos.

Para ellos la fe es algo que ata y esclaviza y, calladamente, tienen envidia de quienes “viven la vida”, ya que conciben la conciencia cristiana como un freno, y no como unas alas que dan vuelo divino a la vida humana. Piensan que es mejor permanecer desocupados espiritualmente, antes que vivir a la luz de la palabra de Dios. Sienten que la salvación les es debida y son celosos de ella. Contrasta notablemente su espíritu mezquino con la generosidad del Padre, que «quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1Tim 2,4), y por eso llama a su viña, «Él que es bueno con todos, y ama con ternura todo lo que ha creado» (Sal 145,9).

Pensamientos para el Evangelio de hoy

«Corramos, prosigamos, estamos en el camino; que la seguridad venturosa de las cosas pasadas, no nos haga ser menos diligentes para las que aún no hemos alcanzado» (San Agustín)

«El diálogo es nuestro método, no por astuta estrategia sino por fidelidad a Aquel que nunca se cansa de pasar una y otra vez por las plazas de los hombres hasta la undécima hora para proponer su amorosa invitación» (Francisco)

«El amor a los pobres es incompatible con el amor desordenado de las riquezas o su uso egoísta» (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 2.445)(Evangeli.net)

19 septiembre, 2026

San Genaro y compañeros mártires

19 de septiembre 

San Genaro y Compañeros Mártires

El milagro de la Licuefacción de su sangre

Cada 19 de septiembre la Iglesia Católica celebra la fiesta de San Genaro mártir, cuya sangre, preservada por siglos en un relicario, se licúa todos los años en fechas específicas, de gran significación para la Iglesia en Italia.

San Genaro, o “Jenaro”, es el patrón por antonomasia de Nápoles, ciudad del sur italiano en la que nació el 21 de abril de 272. Fue obispo de Benevento, Campania, diócesis ubicada al lado de su Nápoles originaria. 

Testigo de sangre

En los años de la persecución organizada por el emperador romano Diocleciano, conocida como la “Gran persecución” (303-313), Genaro fue hecho prisionero junto a un grupo de compañeros cristianos, y sometido a terribles torturas. 

El obispo y sus amigos se negaron a aceptar las exigencias de sus perseguidores, quienes exigían que abdicaran de la fe y rindan culto a los dioses. A pesar de los crueles maltratos a los que fueron sometidos, ninguno fue doblegado, por lo que todos serían condenados a muerte. 

Primero, se intentó quemarlos vivos en el horno, pero el fuego no les hizo daño alguno. Después, los hombres serían arrojados a las fieras; los leones sólo rugieron y ni siquiera se les acercaron. Hasta ese momento Genaro y sus amigos habían logrado salir ilesos milagrosamente. Entonces, los romanos decidieron aplicar el último recurso del que disponían: cortarles la cabeza. El 19 de septiembre de 305, el obispo y sus amigos fueron ejecutados cerca de Pozzuoli. 

Allí fueron enterrados sus restos.

Licuefacción de la sangre

Por varios siglos, las reliquias de San Genaro fueron trasladadas por diferentes ciudades de Italia, hasta que finalmente retornaron a Nápoles en 1497, donde permanecen hasta hoy. 

Allí se preserva una ampolla de vidrio en la que se guarda un coágulo de sangre del obispo (una pequeña masa de sangre seca) que se torna líquida en ciertas ocasiones. A este fenómeno se le denomina ‘licuefacción'; y dado que no se realiza mediante intervención física o química, el hecho se reconoce como un milagro. 

Algunos lo cuestionan, aunque nadie ha podido explicar con certeza cómo o por qué medios se produce semejante fenómeno.

Tres veces al año

La sangre de San Genaro se vuelve líquida en tres oportunidades a lo largo del año: el día en que se conmemora la traslación de sus restos a Nápoles (el sábado anterior al primer domingo de mayo); el día de su fiesta litúrgica (cada 19 de septiembre); y el día en el que sus devotos agradecen su intercesión para amainar los efectos de la erupción del volcán Vesubio, acontecida el 16 de diciembre de 1631.

En cada uno de estos tres días, el Obispo de la ciudad, o un sacerdote que procede en su nombre, presenta el relicario con la ampolla de sangre, de pie, frente a la urna que contiene el cráneo del santo. El acto se realiza siempre en presencia de los fieles. Pasado un lapso de tiempo, quien preside la liturgia alza el relicario, lo vuelve de cabeza y, en ese momento, la masa de sangre se vuelve líquida. Entonces el celebrante hace el anuncio: “¡Ha ocurrido el milagro!”.

Si no acontece la licuefacción 

Cuando la sangre no se licúa en los días indicados, los napolitanos piensan que se trata de un signo de mal augurio -una posible desgracia o calamidad de grandes proporciones-. 

Y no faltan razones para que piensen así. La sangre no se licuó, por ejemplo, en septiembre de 1939, 1940, 1943, años terribles de la Segunda Guerra; tampoco hubo licuefacción en 1973 o en 1980. Algo semejante sucedió en 2016. 

La reliquia también permaneció en estado sólido el año en que Nápoles eligió a un alcalde comunista, pero se licuó espontáneamente cuando el fallecido arzobispo de Nueva York, Cardenal Terence Cooke, visitó el santuario de San Genaro en 1978. 

El milagro de la licuefacción y los Papas

En el año 2015, mientras el Papa Francisco se reunía con los religiosos, sacerdotes y seminaristas de Nápoles, la sangre del santo se licuó nuevamente.

La última vez que la licuefacción se produjo en presencia de un Pontífice fue en 1848, siendo Papa Pío IX. Durante las visitas de San Juan Pablo II (octubre de 1979) y del Papa Benedicto XVI (octubre de 2007) al Duomo de San Genaro la sangre no sufrió cambio alguno. (ACI Prensa).

17 septiembre, 2026

San Roberto Belarmino, Arzobispo y Cardenal

17 de septiembre 

San Roberto Belarmino

Arzobispo y Cardenal 

Cada 17 de septiembre la Iglesia recuerda a San Roberto Belarmino (1542-1621), arzobispo y cardenal, hombre de gran celo apostólico y sabiduría, quien enfrentó con singular firmeza algunos de los momentos más difíciles por los que ha pasado la Iglesia a lo largo de su historia.

Solo hace unos años, en 2021, se celebró el cuarto centenario de su muerte, acontecida el 17 de septiembre de 1621; así como los 90 años desde que fue incluído en la lista de Doctores de la Iglesia, el 17 de septiembre de 1931.

Por el camino estrecho

“Considera auténtico bien para ti lo que te lleva a tu fin, y auténtico mal lo que te impide alcanzarlo”, escribió alguna vez Belarmino, dejando entrever la importancia de buscar siempre los designios de Dios para la propia vida, de manera que el alma pueda recorrer el camino dispuesto por Dios para alcanzar la felicidad, la plenitud y la santidad.

San Roberto fue un valiente defensor de la Iglesia Católica ante quienes quisieron destruirla o dañarla. Eran los tiempos de la Revuelta Protestante, y, contra lo que generalmente se piensa, puede que los enemigos más peligrosos no estuvieran “fuera de la Iglesia” sino dentro. Una profunda crisis del clero y de buena parte de la jerarquía debilitaba el catolicismo desde su propio centro.

No hay mayor tesoro que Cristo

Roberto nació en Toscana (Italia) en 1542, y desde que estudió en el colegio de los jesuitas destacó por su inteligencia. Un poco más tarde se descubriría llamado a servir a Dios como su sacerdote y, por eso, solicitó su incorporación definitiva en la Compañía de Jesús.

Ya ordenado, se desempeñó como profesor y formador de novicios. Belarmino se sentía muy a gusto como jesuita pues le permitía dedicarse a sus dos grandes pasiones: la oración y el estudio. Pensaba, para sus adentros, que así podría evitar pesados cargos eclesiales o jerárquicos; aunque, como después quedaría en evidencia, ya Dios tenía pensado otro camino para él.

El joven Padre Belarmino amaba profundamente el saber y gustaba mucho de la prédica. Dadas sus dotes naturales para esos menesteres, se afanaba por hacer de sus escritos y homilías auténticas piezas de erudición -manejaba muy bien a los clásicos y era un gran conocedor de la Biblia- hasta que descubrió que la riqueza del mensaje de la Iglesia no reside en los adornos o exuberancias retóricas, sino en mostrar con sencillez y profundidad a la persona de Cristo. Precisamente, con ese espíritu humilde escribió algunas de las versiones más acabadas que existen del catecismo.

Contra el error, la caridad

San Roberto combatió varias herejías y se convirtió en uno de los más fuertes impulsores del movimiento de la Contrarreforma. Lo suyo no fue precisamente lo que hoy llamaríamos “corrección política”: a los protestantes los trataba simplemente de “herejes”; mientras que sus afanes por dar a conocer la recta doctrina no brotaron ni del desprecio del otro, ni de una falsa conciencia superior. Belarmino solo tenía un “problema”: al error le llamaba “error”, sin ambages ni escrúpulos.

Entre otras responsabilidades, el P. Belarmino sirvió en la curia romana como consultor y prefecto en varios dicasterios. De hecho, debido a sus cargos tomó parte en los procesos que se les siguieron a Galileo Galilei (1564-1642) y Giordano Bruno (1548-1600), en los que actuó con prudencia, caridad y celo por la verdad.

Buen hijo, buen siervo de la Iglesia

Las enseñanzas de su madre en torno a la humildad y la sencillez repercutieron en su forma de ser, especialmente cuando Roberto entendió de veras que su tesoro estaba en Cristo y no en el reconocimiento o el aplauso de la gente.

Si desde un punto de vista humano podría decirse que sus talentos lo ubicaron en una posición ‘ascendente’ o ‘expectante’ -formado por el mismísimo San Francisco de Borja, luego ordenado con celeridad y, a pedido del Papa, puesto a cargo de la preparación de los sacerdotes de Roma para que aprendieran a enfrentarse a los enemigos de la fe-, sobre su corazón siempre pesaron más las invocaciones de su madre para que pusiera todo de sí, al servicio de quien más lo necesita.

Con la mirada puesta en Roma

Como fruto del encargo papal, Belarmino publicó Controversias, libro que llegó a ser de lectura obligatoria para apologistas y teólogos deseosos de esclarecer las confusiones doctrinales que la expansión de las Iglesias protestantes trajo consigo. Entre quienes se reconocieron influenciados por este notable texto estuvo nada menos que San Francisco de Sales (1567-1622).

San Roberto dirigió una edición revisada de la Biblia (Vulgata) y redactó dos versiones del Catecismo de la Iglesia Católica: el Catecismo resumido y el Catecismo explicado. Ambos textos fueron traducidos a varios idiomas y se les consideró de uso común hasta el siglo XIX. Asimismo, el santo se desempeñó como director espiritual por años sirviendo a distintos tipos de personas. Quizás el más célebre de sus dirigidos haya sido San Luis Gonzaga (1568-1591).

Por razones como esta, San Roberto Belarmino, a pesar de pertenecer a la Compañía de Jesús y haber prometido no aspirar a cargos eclesiales, fue nombrado arzobispo; y no solo eso, sino que años más tarde llegaría a ser creado cardenal.

El Papa Clemente VIII, el 3 de marzo de 1599, declaraba frente a la curia: “Hemos elegido a este hombre porque no hay en la Iglesia de Dios alguien que se le iguale en deseo de aprender”.

Belarmino le había rogado a sus superiores que impidieran que los deseos papales se realicen, pero el Papa no se dejó persuadir y le ordenó -cuenta la leyenda, bajo amenaza de excomunión- que permaneciera callado durante la ceremonia en la que fue creado cardenal.

“He combatido el buen combate” (2 Tim 4, 7)

Poco antes de morir, el santo escribió en su testamento que sus pertenencias deberían ser repartidas entre los pobres; aunque la verdad era tan poco lo que tenía que al final lo dejado solo alcanzó para costear su funeral. Al momento de su muerte, San Roberto se hallaba retirado en el noviciado de San Andrés en Roma. Desde allí partió a la Casa del Padre el 17 de diciembre de 1621.

El Papa Pío XI lo beatificó en 1923 y lo canonizó en 1930. El 17 de septiembre de 1931 -un año después de su canonización- fue declarado Doctor de la Iglesia por el mismo Pontífice.

Legado intelectual

La obra de San Roberto Belarmino es extensísima, solo comparable con la de santos como San Agustín de Hipona o Santo Tomás de Aquino.

No obstante, al margen de tan llamativa consideración, el santo escribió en su libro De ascensione mentis in Deum (Sobre la elevación de la mente a Dios): “El sabio no debe ni buscar acontecimientos prósperos o adversos, riquezas y pobreza, salud y enfermedad, honores y ultrajes, vida y muerte, ni huir de ellos de por sí. Son buenos y deseables sólo si contribuyen a la gloria de Dios y a tu felicidad eterna; son malos y hay que huir de ellos si la obstaculizan”.

¡San Roberto Belarmino, ruega por nosotros!(ACI Prensa).

16 septiembre, 2026

Papa San Cornelio y San Cipriano, Obispo

16 de septiembre 

Papa San Cornelio y San Cipriano, Obispo

Cada 16 de septiembre la Iglesia celebra al Papa San Cornelio (c.180-253) y al Obispo San Cipriano (c. 200-258), dos amigos en Cristo preocupados por preservar la verdad de su mensaje. Juntos se opusieron a los errores, confusiones y herejías que empezaron a difundirse desde los inicios de la era cristiana y que minaron la salud espiritual de muchos miembros de la Iglesia. Ambos concluyeron sus vidas coronados con las palmas del martirio.

El Papa Cornelio

Cornelio, cuyo nombre significa “fuerte como un cuerno”, fue el vigésimo primer Papa de la Iglesia Católica. Afrontó con firmeza la herejía de Novaciano, teólogo que proclamaba que la Iglesia no tenía el poder suficiente para perdonar los pecados más graves. Para este teólogo y sus seguidores, aquellos llamados “lapsi”, en latín, ‘los que han tropezado’, no podían ser absueltos por autoridad eclesiástica alguna de aquellas faltas consideradas extremadamente graves. Eso equivalía a que la Iglesia no estaba autorizada para perdonar ni acoger de nuevo a quienes, por ejemplo, habían incurrido en apostasía.

Ciertamente, a causa de la crueldad de las persecuciones, muchos cristianos habían abandonado la fe o abjuraron de esta (el pecado de apostasía) por temor a las amenazas del poder temporal: torturas, prisión o la muerte. No obstante, no fueron pocos los que habiendo negado a Cristo reconocieron su falta y pidieron ser admitidos nuevamente en el seno de la comunidad cristiana.

El Papa Cornelio fue el primero en alzar su voz contra Novaciano (210-258). El Pontífice sostuvo que el ‘novacianismo’ resultaba herético, puesto que Dios no negaba a nadie su perdón y que no existía falta que no pudiese ser resarcida por su amor misericordioso. En consecuencia, la ‘autoridad de perdonar los pecados’ podía ser ejercida por un ministro calificado.

Cornelio terminó excomulgando a Novaciano, quien no quiso rectificarse y eligió con sus seguidores el camino del cisma, convirtiéndose en ‘antipapa’ entre los años 251 y 258 al fundar ‘la Iglesia de los puros’.

Cipriano, obispo de Cartago

Entre quienes apoyaron al Papa Cornelio en su doctrina sobre el perdón estaba San Cipriano, obispo con quien tenía una estrecha amistad.

Cipriano, quien se encontraba a la cabeza de la sede de Cartago (hoy Túnez), respaldó públicamente la postura pontificia en contra de Novaciano, por lo que se hizo de enemigos y detractores.

El único y verdadero sacrificio

Vale precisar que el Papa Cornelio no sólo tuvo que sufrir por la controversia con Novaciano y sus intransigentes seguidores, ‘los puros’ (katharoi) o ‘cátaros’: los suyos fueron los tiempos de otra sangrienta persecución, esta vez, organizada por el emperador romano Decio (249-251).

Cornelio fue enviado primero al destierro y más tarde, en el año 253, tomado prisionero y condenado a muerte por decapitación.

Por su parte, Cipriano, en Cartago, padeció también los duros años de la persecución de Decio y, tras la muerte de este, tuvo que sufrir una nueva ola de violencia anticristiana organizada por su sucesor, Valeriano.

Cipriano fue condenado a muerte por negarse a ofrecer sacrificios a los dioses, así como por resistirse a la prohibición de celebrar la Eucaristía y administrar los sacramentos. Él, al oír su sentencia, exclamó: “¡Gracias sean dadas a Dios!”. Como Cornelio, Cipriano murió decapitado en septiembre del año 258.

“Gracias sean dadas a Dios”

Los dos amigos, unidos por Cristo en la misión pastoral, padecieron por causa de la fe y dejaron un testimonio de fidelidad a la Verdad revelada, un testimonio que sellaron con su propia sangre.

Los nombres de Cornelio y Cipriano son parte de la liturgia, específicamente se les menciona en la Plegaria Eucarística I del Canon Romano, al lado de otros santos y mártires de los primeros siglos del cristianismo.(ACI Prensa).

15 septiembre, 2026

Fiesta de Nuestra Señora de los Dolores

15 de septiembre 

Fiesta de Nuestra Señora de los Dolores

Cada 15 de septiembre, un día después de la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, la Iglesia Católica conmemora a Nuestra Señora de los Dolores, la Virgen María, quien en silencio acompañó a su Hijo en los momentos más duros de su vida terrenal.

Como toda buena madre, María también está al lado del resto de sus hijos, los hombres, especialmente cuando estos sufren.

Jesús y María unidos en el dolor salvífico

La sucesión de ambas efemérides -la Exaltación de la Cruz y Nuestra Señora de los Dolores- tiene un significado profundo: es una invitación a meditar en torno al misterio del dolor que unió las vidas de Jesús y de María para redención del género humano.

No en vano, la Iglesia enseña que meditar en los dolores de nuestra Madre ayuda a comprender mejor el sacrificio de Cristo, a que cualquiera, si se dispone, pueda acercarse más a su Santísimo Corazón, de manera que todo corazón pueda quedar transformado por su amor sacrificial.

Poder acercarnos a María en sus horas difíciles -las de la Pasión de su Hijo- es la oportunidad por excelencia para compadecernos de Ella y acompañarla como buenos hijos. Más aún, si somos conscientes de que Ella sigue sufriendo a causa de nuestros pecados. Hoy y siempre Dios quiere que consolemos a su Madre.

Origen de la devoción

La devoción a la Virgen de los Dolores -también conocida como la Virgen de la Amargura, la Virgen de la Piedad o, simplemente, como la “Dolorosa”- viene desde antiguo. Esta puede remontarse incluso hasta los orígenes de la Iglesia, allí cuando los cristianos recordaban los dolores del Señor, siempre asociados a los de su Madre Santa María, como consta en los Evangelios.

Sin embargo, es necesario precisar que la advocación de Nuestra Señora de los Dolores, la Mater Dolorosa, cobra forma e impulso recién a finales del siglo XI. Muchas décadas después, hacia 1239, en la diócesis de Florencia (Hoy Italia), los servitas (Orden de frailes Siervos de María) fueron los primeros en destinar un día del año para conmemorar a la Virgen en su sufrimiento.

El día escogido fue el 15 de septiembre; fecha que quedaría oficializada a inicios del siglo XIX (1814) por el Papa Pío VII, quien le concedió el rango de fiesta.

La Dolorosa, los santos y una promesa

Esta hermosa devoción ha sido alentada por muchos santos a lo largo de la historia, incluso con el patrocinio directo de la Santísima Madre de Dios, en virtud a la autoridad que su Hijo le ha concedido.

Es así que, por ejemplo, la Virgen María se le presentó a Santa Brígida de Suecia (1303-1373) para comunicarle lo siguiente: “Miro a todos los que viven en el mundo para ver si hay quien se compadezca de Mí y medite mi dolor, mas hallo poquísimos que piensen en mi tribulación y padecimientos… Por eso tú, hija mía, no te olvides de mí que soy olvidada y menospreciada por muchos. Mira mi dolor e imítame en lo que pudieres. Considera mis angustias y mis lágrimas y duélete de que sean tan pocos los amigos de Dios”.

La Madre de Dios prometió -también a través de Santa Brígida- que concedería siete gracias a aquellas almas que la honren y acompañen rezando diariamente siete avemarías mientras meditan en sus lágrimas y dolores.

Por su parte, San Alfonso María de Ligorio (1696-1787) enseñaba que Jesucristo reveló a Santa Isabel de Hungría (1207-1231) que Él concedería cuatro gracias a los devotos de los dolores de su Santísima Madre.

Oración de petición

Madre, déjanos acompañarte en tu dolor y alivia con tu ternura los nuestros.

¡Déjanos estar a tu lado, Madre dolorosa!

Y que tu Hijo santifique el dolor que hoy nos embarga.

¡Nuestra Señora de los Dolores, ruega por nosotros!(ACI Prensa).

14 septiembre, 2026

Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz

14 de septiembre 

Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz

Cada 14 de septiembre se celebra la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, día en que recordamos y honramos la cruz en la que murió nuestro Señor Jesucristo. La contemplación de aquel madero, en el que nuestro Salvador vertió su preciosísima sangre, es puerta abierta al misterio del amor divino, derramado sin medida sobre el género humano.

La cruz de Cristo, enseñaba el Papa San Juan Pablo II, es la cruz “en la que se muere para vivir; para vivir en Dios y con Dios, para vivir en la verdad, en la libertad y en el amor, para vivir eternamente”.

14 de septiembre

De acuerdo a la tradición, en el siglo IV, la emperatriz Santa Elena -madre del emperador Constantino- tras una intensa búsqueda, encontró en Jerusalén el madero en el que murió Jesucristo, el Hijo de Dios.

La reliquia permanecería en la ciudad hasta que, hacia el año 614, sería sustraída por los persas en calidad de ‘trofeo de guerra’. Años más tarde, el emperador romano de Oriente, Heraclio (emperador entre 610 y 641), rescató el santo madero por lo que pudo ser enviado de retorno a la Ciudad Santa, Jerusalén, el 14 de septiembre de 628.

Desde entonces, cada 14 septiembre se recuerda y celebra dicho suceso, instituido luego como festividad litúrgica.

¡Ante la cruz, despojaos de todo!

Para celebrar el retorno de la Santa Cruz a Jerusalén, Heraclio dispuso que fuese llevada en solemne procesión. Él acompañaría personalmente el cortejo, revestido de todos sus ornamentos imperiales. Curiosamente, estos llegaron a ser tantos y tan pesados que se le hizo imposible avanzar sobre el camino. Entonces, el Arzobispo de Jerusalén, Zacarías, le dijo: "Es que todo ese lujo de vestidos que lleva están en desacuerdo con el aspecto humilde y doloroso de Cristo, cuando iba cargando la cruz por estas calles".

Dice la tradición que el emperador de inmediato se despojó de su lujoso manto y su corona de oro y, descalzo, empezó a caminar, más ligero, por las calles, acompañando la santa procesión.

Posteriormente, el madero santo fue dividido en partes. Un fragmento fue enviado a Roma, otro a Constantinopla, mientras que un tercero se quedó en Jerusalén. El trozo restante fue reducido a astillas, las que serían distribuidas por distintas iglesias en todo el mundo. A estas astillas se les denominó las “reliquias de la Vera Crux” (la cruz verdadera).

Protegidos por una señal

En las narraciones de las vidas de los santos se cuenta que San Antonio Abad (251-356) hacía la señal de la cruz cada vez que era atacado por el demonio con horribles visiones y tentaciones.

La señal bastaba para que el enemigo huyera. Así, los cristianos adoptaron la costumbre de santiguarse para pedir la protección de Dios ante la presencia del mal y los peligros que acechan.

En España y América

Hoy, de manera especial, la Cruz está presente en nuestra mente y corazón, tan presente como lo está en la vida de Hispanoamérica: arraigada en lo más profundo de nuestra historia y tradiciones.

Para ello, basta recordar cuántas montañas, al lado de nuestras ciudades, valles y caminos, están coronadas con una cruz; como coronadas están también nuestras iglesias, capillas o campanarios. Baste mirar la cúspide de los edificios, escuelas u hospitales, así como dirigir la mirada con devoción hacia las paredes o rincones de nuestros hogares. La cruz, signo de muerte e ignominia, fue transformada en el signo de amor, esperanza y salvación por antonomasia.

Llevemos la cruz, signo redentor, siempre cerca del corazón.

¡Por el madero ha venido la alegría al mundo entero!(ACI prensa).

13 septiembre, 2026

Domingo 24(A) del Tiempo Ordinario

Domingo 24 (A) del tiempo ordinario
Jesús habla sobre el perdón 

Texto del Evangelio (Mt 18,21-35): En aquel tiempo, Pedro preguntó a Jesús: «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?». Dícele Jesús: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Por eso el Reino de los Cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. Al empezar a ajustarlas, le fue presentado uno que le debía 10.000 talentos. Como no tenía con qué pagar, ordenó el señor que fuese vendido él, su mujer y sus hijos y todo cuanto tenía, y que se le pagase. Entonces el siervo se echó a sus pies, y postrado le decía: ‘Ten paciencia conmigo, que todo te lo pagaré’. Movido a compasión el señor de aquel siervo, le dejó en libertad y le perdonó la deuda.

»Al salir de allí aquel siervo se encontró con uno de sus compañeros, que le debía cien denarios; le agarró y, ahogándole, le decía: ‘Paga lo que debes’. Su compañero, cayendo a sus pies, le suplicaba: ‘Ten paciencia conmigo, que ya te pagaré’. Pero él no quiso, sino que fue y le echó en la cárcel, hasta que pagase lo que debía.

»Al ver sus compañeros lo ocurrido, se entristecieron mucho, y fueron a contar a su señor todo lo sucedido. Su señor entonces le mandó llamar y le dijo: ‘Siervo malvado, yo te perdoné a ti toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también compadecerte de tu compañero, del mismo modo que yo me compadecí de ti?’. Y encolerizado su señor, le entregó a los verdugos hasta que pagase todo lo que le debía. Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si no perdonáis de corazón cada uno a vuestro hermano».
…………
«¿Cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano?»
Rev. P. Anastasio URQUIZA Fernández MCIU
(Monterrey, México)

Hoy, en el Evangelio, Pedro consulta a Jesús sobre un tema muy concreto que sigue albergado en el corazón de muchas personas: pregunta por el límite del perdón. La respuesta es que no existe dicho límite: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete» (Mt 18,22). Para explicar esta realidad, Jesús emplea una parábola. La pregunta del rey centra el tema de la parábola: «¿No debías tú también compadecerte de tu compañero, del mismo modo que yo me compadecí de ti?» (Mt 18,33).

El perdón es un don, una gracia que procede del amor y la misericordia de Dios. Para Jesús, el perdón no tiene límites, siempre y cuando el arrepentimiento sea sincero y veraz. Pero exige abrir el corazón a la conversión, es decir, obrar con los demás según los criterios de Dios.

El pecado grave nos aparta de Dios (cf. Catecismo de la Iglesia Católica n. 1470). El vehículo ordinario para recibir el perdón de ese pecado grave por parte de Dios es el sacramento de la Penitencia, y el acto del penitente que la corona es la satisfacción. Las obras propias que manifiestan la satisfacción son el signo del compromiso personal —que el cristiano ha asumido ante Dios— de comenzar una existencia nueva, reparando en lo posible los daños causados al prójimo.

No puede haber perdón del pecado sin algún genero de satisfacción, cuyo fin es: 1. Evitar deslizarse a otros pecados mas graves; 2. Rechazar el pecado (pues las penas satisfactorias son como un freno y hacen al penitente mas cauto y vigilante); 3. Quitar con los actos virtuosos los malos hábitos contraídos con el mal vivir; 4. Asemejarnos a Cristo.

Como explicó santo Tomás de Aquino, el hombre es deudor con Dios por los beneficios recibidos, y por sus pecados cometidos. Por los primeros debe tributarle adoración y acción de gracias; y, por los segundos, satisfacción. El hombre de la parábola no estuvo dispuesto a realizar lo segundo, por lo tanto se hizo incapaz de recibir el perdón.

Pensamientos para el Evangelio de hoy

«El perdón atestigua que en el mundo está presente el amor más fuerte que el pecado» (San Juan Pablo II)

«Ante la gravedad del pecado, Dios responde con la plenitud del perdón. La misericordia siempre será más grande que cualquier pecado y nadie podrá poner un límite al amor de Dios que perdona» (Francisco)

«(…) Es en el fondo ‘del corazón’ donde todo se ata y se desata. No está en nuestra mano no sentir ya la ofensa y olvidarla; pero el corazón que se ofrece al Espíritu Santo cambia la herida en compasión y purifica la memoria transformando la ofensa en intercesión» (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 2.843). (Evangeli.net)

12 septiembre, 2026

El Santísimo Nombre de María

12 de de septiembre 

El Santísimo Nombre de la Madre de Dios: “María”.

Su santo nombre, como nos lo recordaba el Papa Benedicto XVI en 2009, “está totalmente unido a su Hijo, a Cristo, y… nos da valentía para seguir adelante”, en un mundo que anda sumido “en las tinieblas y en los sufrimientos”. En ese mundo, el nombre de María nos mueve a la contemplación del “rostro de la Madre”.

“El nombre de la virgen era María” (Lc. 1, 27)

Contra lo que alguno podría pensar, no se trata de un asunto trivial, en lo absoluto. Es cierto que el nombre de María, por sus raíces etimológicas y sentido bíblico, recuerda al de Eva, la primera ‘mujer’; sin embargo, lo hace por radical contraste. A diferencia de Eva, quien pecó apartándose de Dios y condenando a sus hijos, María fue hecha ‘Puerta del Cielo’ y mediadora de todas las gracias concedidas a la humanidad.

“María”, en consecuencia, es el nombre que evoca la obra salvadora de Dios. Por eso, quien pronuncia con amor esa sencilla palabra, “María”, sabe que en ella está referido el gran misterio del amor de Dios para con sus creaturas, los hombres.

“¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!” (Lc 1, 42)

El nombre de María, asociado al de Jesús, aglutina todo bien y de solo pronunciarse los temores se dispersan. Por María entró la salvación al mundo y por ella la mujer es devuelta con creces al sitial que le corresponde: el lugar más alto sobre el cielo y la tierra.

Con prodigiosa sencillez, el Espíritu Santo, a través de San Lucas, proclama tamaña verdad para gozo y veneración de todo cristiano: “El nombre de la virgen era María” (Lc. 1, 27).

“Ave, María…”

En el libro El secreto admirable del Santísimo Rosario, San Luis María Grignion de Montfort (1673-1716) relata cómo la Virgen se le apareció a Santa Matilde (896-968), llevando sobre el pecho la salutación angélica escrita en letras de oro. Luego le dijo a la santa: “El nombre de María, que significa Señora de la luz, indica que Dios me colmó de sabiduría y luz, como astros brillantes, para iluminar los cielos y la tierra”.

Desde antiguo, y a lo largo de la historia de la salvación, siempre hubo un respeto especial por la manera como una persona es “nombrada”. El nombre que identifica a una persona es considerado como algo lleno de significado, tal y como la Madre de Dios dejó en claro a Santa Matilde.

El nombre, imagen de la persona

El Catecismo de la Iglesia Católica (nn. 2158-2159) señala lo siguiente: “El nombre de todo hombre es sagrado. El nombre es la imagen de la persona. Exige respeto en señal de la dignidad del que lo lleva… El nombre recibido es un nombre de eternidad. En el reino de Dios, el carácter misterioso y único de cada persona marcada con el nombre de Dios brillará a plena luz”.

En consecuencia, si el nombre de todo hombre o mujer merece respeto, con mayor razón los cristianos estamos llamados a honrar los santos nombres de Jesús y de María.

Así lo ratificaba el Papa Emérito Benedicto XVI:

«En el calendario de la Iglesia se recuerda hoy el Nombre de María. En ella, que estaba y está totalmente unida al Hijo, a Cristo, los hombres han encontrado en las tinieblas y en los sufrimientos de este mundo el rostro de la Madre, que nos da valentía para seguir adelante…

… A menudo entrevemos sólo de lejos la gran Luz, Jesucristo, que ha vencido la muerte y el mal. Pero entonces contemplamos muy próxima la luz que se encendió cuando María dijo: "He aquí la sierva del Señor". Vemos la clara luz de la bondad que emana de ella. En la bondad con la que ella acogió y siempre sale de nuevo al encuentro de las grandes y pequeñas aspiraciones de muchos hombres, reconocemos de manera muy humana la bondad de Dios mismo. Con su bondad trae siempre de nuevo a Jesucristo, y así la gran Luz de Dios, al mundo. Él nos dio a su Madre como Madre nuestra, para que aprendamos de ella a pronunciar el "sí" que nos hace ser buenos» (Homilía del Santo Padre Benedicto XVI, Fiesta litúrgica del Dulce Nombre de María, sábado 12 de septiembre de 2009).

¡Que el nombre de María no se aparte jamás de nuestros labios, de nuestra mente y corazón!(ACI Prensa)

10 septiembre, 2026

San Nicolás de Tolentino, Patrono de las Santas Almas del purgatorio

10 de septiembre 

San Nicolás de Tolentino

Sacerdote y místico italiano

Patrono de las Santas Almas del Purgatorio 

Cada 10 de septiembre la Iglesia Católica celebra a San Nicolás de Tolentino (1245-1305), fraile, sacerdote y místico italiano; el primer miembro de la Orden de San Agustín (agustinos) en ser canonizado.

Con la protección de San Nicolás de Bari

Nicolás nació en 1245, en San Angelo, Pontano (Italia). Se dice que su madre, habiendo llegado a cierta edad, no había podido concebir. Por ese motivo, junto a su esposo, salió en peregrinación al Santuario de San Nicolás de Bari, para pedir la gracia de salir encinta.

La mujer, que amaba profundamente al Señor, prometió que si Él le concedía tan inmenso favor, ella le entregaría con gusto a su hijo para que sea sacerdote. Dios, que mira con compasión a quienes piden con fe, le concedió a la mujer la bendición de salir embarazada.

Llegado el tiempo, nacería un robusto niño al que bautizaron con el nombre de ‘Nicolás’, en honor a su santo patrono. Los años pasaron y mientras Nicolás crecía corporalmente, también iba creciendo en él una singular afinidad a las cosas de Dios y a los temas espirituales. A pesar de su juventud, el jovencito aprendería a dedicarle más tiempo a la oración del que podría esperarse de cualquier niño de su edad.

Un pequeño de corazón inmenso

A Nicolás le gustaba pasar el tiempo hablando con Jesús, algo que fue alentado siempre por sus padres. El niño escuchaba con entusiasmo la Palabra de Dios y se deleitaba con las buenas lecturas. Además, despertó en él una sensibilidad peculiar frente al que sufre. Una de las cosas que más disfrutaba era llevar a su casa a alguna persona en necesidad que encontraba en el camino y compartir la mesa familiar con ella.

Ya de adolescente, después de escuchar el sermón de un fraile ermitaño de la Orden de San Agustín, Nicolás decidió renunciar al mundo y hacerse agustino. Pronto sería aceptado en el convento de los ermitaños del pequeño pueblo de Tolentino. Realizaría su profesión religiosa antes de cumplir los 18 años; y, en 1271, sería ordenado sacerdote en el convento de Cingoli.

Tolentino

Nicolás permanecería en Tolentino los siguientes 30 años de su vida, hasta que Dios lo llamó a su presencia.

Allí predicó en las calles, administró los sacramentos a la población y visitó asiduamente el asilo de ancianos, el hospital y la prisión; pasó largas horas en oración y cuando no, era porque se había sentado en el confesionario, para atender las necesidades espirituales de la gente. Ante todos se hizo evidente que el buen fraile agustino vivía con sencillez y ascetismo; y como hombre desapegado a las cosas de este mundo, los ayunos y pequeños sacrificios corporales no le eran extraños.

A San Nicolás se le atribuyen muchísimos milagros, tanto en vida como post mortem. Cuando por gracia de Dios obraba alguno, pedía a quienes lo habían presenciado que guardaran reserva y no comenten nada a nadie: “Denle las gracias a Dios, no a mí", solía decir.

Las almas del purgatorio

Los fieles, impresionados por las conversiones que se producían gracias al testimonio de vida del santo, le pedían constantemente que orara por las almas de quienes habían muerto sin estar listos para participar de la gloria de Dios. Esta tarea fue algo que Nicolás siempre hizo con diligencia y responsabilidad. Nicolás sabía que quienes morían sin haber purgado sus pecados no podían ingresar al cielo, y por ello necesitan la ayuda y solidaridad de quienes, permaneciendo aún en esta vida, pueden rezar e interceder por ellos.

Esto habría de ser para el santo una suerte de misión: salvar almas del purgatorio.

No en vano le valió, muchos años después de su muerte, que la gente empiece a llamarlo “patrón de las santas almas” o “protector de las ánimas del purgatorio''.

Según cuentan los agustinos, una noche, Nicolás estaba durmiendo en su celda cuando oyó la voz de uno de sus compañeros frailes, fallecido recientemente. El fraile le dijo a Nicolás que estaba en el purgatorio y le pidió que celebrara la Eucaristía por él y por otras almas que estaban allí, para que fueran liberadas por la misericordia de Cristo. Después de que Nicolás celebrara la santa misa por esta intención durante siete días, el fraile volvió a hablarle, esta vez para darle las gracias y asegurarle que muchas almas, incluyendo la suya, ahora estaban con Dios.

Los panecillos milagrosos

A San Nicolás de Tolentino también le tocó soportar dolores y situaciones muy duras. El fraile padeció por varios años de fuertes dolores de estómago, y por algunos períodos su salud se quebró completamente. Un día, estando gravemente enfermo, se le apareció la Virgen María y le dio ciertas instrucciones, con las que al final se obraría un milagro. La Madre de Dios le dijo que se hiciera de un trozo de pan, lo mojara en agua y se lo comiera, y que si lo hacía obedientemente, ella curaría sus dolencias -existe otra versión del relato que señala que fue la misma Virgen quien le dio de comer trocitos de pan-.

Así, Dios curó a San Nicolás gracias a la intervención de la Virgen. A partir de estas experiencias, el santo empezó a bendecir trozos de pan y dárselos a los enfermos. A través de este sencillo gesto, muchos quedaron curados.

Como recuerdo de aquellos milagros, el día de la festividad de San Nicolás se preparan los “panecillos de San Nicolás” los cuales son compartidos entre los devotos.

Los brazos de San Nicolás

San Nicolás murió el 10 de septiembre de 1305 y fue enterrado en la iglesia del convento de Tolentino, su hogar por más de tres décadas.

En 1345, sus restos fueron exhumados y su cuerpo fue hallado incorrupto. Este fue expuesto públicamente y se decidió que le fueran amputados los brazos para que sirvan como reliquias. Se asegura que en el momento de la amputación los brazos del santo sangraron profusamente, tal y como si estuvieran siendo separados de una persona viva.

Un siglo después de aquel acontecimiento se produjo otro milagro con los restos del fraile: los relicarios que contenían sus brazos fueron abiertos, siendo que estos aparecían en perfecto estado de conservación y empapados en sangre.(ACI PRENSA)