10 noviembre, 2005

Reflexión

El libro de poesía "Reflexión" de Luis Ernesto Chacón Delgado, es una de las sorpresas que, gracias al Fondo Editorial de la Universidad Privada de Tacna, tuvimos la oportunidad de leer con deleite cuando su autor, con la gentileza que lo distingue, nos lo hizo llegar con una simpática dedicatoria, que sólo podía ser de su inspiración.

"Reflexión" significa la búsqueda de un lenguaje y de una temática de vieja data, la continuación de un largo esfuerzo poético de un creador cuyas raíces precisamente no son las de esta tierra y, no obstante, tiene el virtuosismo de los inspirados nuestros. Luis Ernesto Chacón Delgado, inicia su trabajo poético maravillado, anonadado, extasiado por la presencia de una naturaleza que es tanto el universo sideral, como la roca lítica del ande que alcanza su más alta expresión en su amado Machupicchu. Naturaleza que es fuerza, evocadora de un caos primigenio y, a la vez, deseo críptico de desentrañar su misterio.

Recuerdo que cuando tuve la oportunidad de presentar "De la Tierra de Adentro" su primer libro de poesía publicado en Tacna, la lectura de esos poemas en los salones del Club Unión, provocaron entre los asistentes una súbita sensación de desasosiego. Pude darme perfecta cuenta, por la expresión de esos rostros tensos, atónitos, demudados por la secreta emoción de los versos que leía, que asistían sorprendidos a una ceremonia iniciática que los introducía en un mundo poblado de rayos- relámpagos y truenos que crean y destruyen mundos, cimas y abismos que se acoplan, planicies y montañas llenas de luz y de voces profundas hechas de arco iris, violetas y nenúfares. La magia del chamán, de ese sacerdote que es Luis Ernesto Chacón Delgado, obraba su efecto: un estruendoso aplauso coronaba el sacrificio del verbo hecho carne, sentimiento, emoción. La experiencia de ese primer libro que colinda con la experiencia, religiosa, fue un conjuro al regreso mágico, a la alquimia profunda de la palabra, preservando a la poesía en su último dominio sagrado.

Ahora en su libro, "Reflexión", hay, sin embargo, un giro proverbial, una reversión temática que si bien es tendencia! en el primero, es categórica y definitiva en este último. Hay una vuelta del cosmos a la interioridad del ser. No sé si Luis Ernesto es consciente, no de lo que ocurre en ese retorno al ser en su libro, sino más bien de un fenómeno que ocurre en el campo de la filosofía: los primeros filósofos griegos, fueron físicos o "fisiólogos" como prefiere llamar Aristóteles a los presocráticos: Tales de Mileto, Anaxágoras, Anaximandro, Leucipo, Heráclito, entre otros. Estuvieron preocupados por desentrañar los misterios del cosmos y, en tal sentido, la filosofía primera es una Física y no una Metafísica. Con Sócrates, sin embargo, se produce la inversión primera.

Del Cosmos como centro de la meditación se retrotrae a la esencia del ser, del individuo. "Conócete a ti mismo", la conocida sentencia socrática es una clara muestra de esta inversión, y a partir de allí, el conocimiento del individuo se convierte en una obsesión que se paga bebiendo la cicuta en algunas oportunidades o crucificado en otras. Lo dijo Lao Tsé: "Quien conoce el mundo es un erudito, quien se conoce a sí mismo, un sabio". Muchos siglos después, dijo Goethe: "Quien descubre la verdad, quien se descubre a sí mismo e incauto va y se lo cuenta a la chusma, termina en la hoguera o en la cruz". El una incógnita y un imposible. Y en ambos casos, una pasión Inútil.

Y es precisamente este giro temático de Luis Ernesto, el que me subyuga, porque demuestra que dentro del campo de la poesía y, mas exactamente dentro de la filosofía, y luego de aproximadamente un poco mas de dos mil trescientos años, se produce la segunda gran ruptura:la metafísica como componente esencial de la filosofía es puesta en tela de juicio a partir de la crítica precisamente efectuada por G.E. More y Bertrand Russell, durante el primer tercio del presente siglo. Primero por ellos y luego por los integrantes del Círculo de Viena: Rudolf Carnap y Alfred Ayer, incluido el propio Wittgenstein con su propuesta de filosofía analítica. La razón es esta: en casi dos mil años, la filosofía no ha avanzado absolutamente nada si se la compara con otras ciencias como es el caso do la física, la química, la biología, etc. y, no lo ha hecho porque; preocupada por desentrañar los misterios del ser, del absoluto, de Dios, del Alma, el sentido del universo, la trascendencia del mundo, etc. ; se ha tornado Metafísica y se ha abocado al análisis de problemas que no tienen solución.

Así, por ejemplo, el problema del alma que ha sido tratado desde Platón en el siglo IV a. d. C., hasta nuestros días por modernos filósofos se ha metido en el callejón sin salida de la Metafísica, que no explica, que no centra de manera especifica su objeto de estudio, sino simplemente especula. Esta es la razón de la propuesta revolucionaria de una nueva concepción de la filosofía, a la que no le queda sino convertirse en un parásito de la teoría: a la filosofía moderna le compete ahora el análisis lógico; lingüístico y conceptual de los problemas que se plantean en los otros campos específico del saber.

Lo que significa, un adiós a la filosofía tal como antes se la concebía. En otras palabras, los problemas centrales de la filosofía no se elaboran ya en el gabinete del filósofo sino en los laboratorios de los hombres de ciencia. Ya lo había anticipado el filósofo anarquista español Fernando Savater en su libro "Adiós a la Filosofía", escrito en la década de los ochentas, a propósito de un estudio sobre el filósofo rumano E.M. Ciorán.

Y si bien la filosofía ha muerto en términos de metafísica clásica, de preocupación por los problemas que brotan de las entrañas mismas del hombre y se condicen precisamente por eso, con lo que tiene que ver con su existencia, con su alma, con la divinidad, con el otro que somos, con el "extraño" que nos habita, con la agonía de cada día que nos perpetúa, con el amor, que funge con ilusión, pasión, abrazo carnal o quimera existencial. Si la filosofía ha muerto, en estos términos, no hay tiempo para el lamento, porque felizmente nos queda la poesía. Poesía, que puede decir ­lo que está ahora vedado a aquella. Poesía que dice de los graves problemas del hombre. Poesía que por estar hecha de palabras aspira a no significar, sino a ser diciendo.En otras palabras: poesía de un lenguaje que ya no significa y que dice sin decir.

Este es el verdadero valor de los Ciento un cantos de "Reflexión", de Luis Ernesto Chacón Delgado. No pretendo decir que es un libro acabado. Creo ninguno libro, en cierta forma, lo es pero hay un deseo sutil, subliminal tal vez, de profundizar en los misterios de la existencia del hombre y de la divinidad, que nos hace esperar seguramente; otro libro que como este o mejor aún nos lleve al borde mismo del abismo para contemplar mejor lo que somos o lo que suponemos ser.

Juan Torres Gárate
Escritor.

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