08 noviembre, 2010

Beata Isabel de la Trinidad


Oh, Beata Isabel de la Trinidad;
sois vos la hija del Dios de la vida
la misma que elevabais, alabanzas
de gloria a la Santísima Trinidad,
y crecisteis día a día en la carrera
del amor a las Tres Personas en
un solo Dios, aquél el de la inmortal
vida. El silencio, la soledad y la
contemplativa oración; vuestros
amigos, fueron la perfecta senda
de vuestra vida a la docilidad de la
voluntad divina entregada, que os
condujo, feliz, a la santidad; para
gloria de nuestro Señor Jesucristo
quien os coronó con corona de luz
como justo premio, a vuestra entrega.
“Alabanza de gloria de la Santísima
Trinidad”, para día en día crecer
“en la carrera del amor a los Tres”;
Oh, Beata Isabel de la Santa Trinidad.

© 2010 by Luis Ernesto Chacón Delgado

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8 de noviembre

Beata Isabel de la Trinidad
1880

Isabel Catez Rolland, hija de Francisco José y de María, nació en Bourges, Francia, el 18 de Julio de 1880. Desde su más tierna edad se distinguió por su temperamento apasionado, propenso a arrebatos de cólera y de una sensibilidad exquisita. Cuando contaba siete años, perdió a su padre, lo que fue causa de su “conversión” y de su cambio de carácter como fruto de su vida de asceis y oración.

Aunque tomaba parte en las fiestas y participaba en los compromisos sociales, fue siempre fiel a sus promesas bautismales. A los 14 años hizo voto de virginidad y a los 19 empezó a recibir las primeras gracias místicas. Estaba dotada de gran talento musical y se ofreció a Dios como víctima por la salvación de Francia.

El 2 de enero de 1901, a los 21 años de edad, ingresaba en el convento carmelitano de Dijón, ciudad donde vivía con su familia. Isabel -que en el Carmelo se llamaría Sor Isabel de la Trinidad- se propuso como lema ser “Alabanza de gloria de la Santísima Trinidad” y crecer de día en día “en la carrera del amor a los Tres”.

Vistió el hábito el 8 de diciembre de 1902 y el 11 de noviembre de 1903 saltaba de gozo al emitir sus votos religiosos en la Orden del Carmen, a la que amaba con toda su alma. Con su vida y su doctrina -breve pero sólida- ha ejercido un gran influjo en la espiritualidad de nuestros días, debido, sobre todo, a su experiencia trinitaria. Preciosas son sus Elevaciones, Retiros, Notas Espirituales y sus Cartas.

Corrió, voló, en el camino de la perfección y el 9 de noviembre de 1906 expiraba a cuasa de una úlcera de estómago. En el capítulo “El Carmelo escuela de santidad”, recordamos una bella anécdota entre el Cardenal Mercier y la M. Priora de Dijón, sobre esta veloz carrera hacia la meta de la santidad de Sor Isabel de la Trinidad.

Fue beatificada por el papa Juan Pablo II el 25.11.1984, fiesta de Cristo Rey. Su fiesta se celebra el 8 de noviembre.

Su espiritualidad

Fue más su vida misma que su doctrina. Esta sólo en parte fue escrita por ella. Sor Isabel es un alma interior que se transforma de día en día en el Misterio Trinitario. El silencio, la soledad, la oración contemplativa son la palestra que la disponen a ser dócil a la voluntad divina, que cumple siempre y en todo a la mayor perfección.

Enamorada de Cristo, que es “su libro preferido”, se eleva a la Trinidad hasta que “Isabel desaparece, se pierde y se deja invadir por los Tres”. “La Trinidad: aquí está nuestra morada, nuestro hogar, la casa paterna de la que jamás debemos salir… Me parece que he encontrado mi cielo en la tierra, puesto que el cielo es Dios y Dios está en mi alma. El día que comprendí eso todo se iluminó para mí.”

“Creer que un ser que se llama El Amor habita en nosotros en todo instante del día y de la noche y que nos pide que vivamos en sociedad con El, he aquí, os lo confío, lo que ha hecho de mi vida un cielo anticipado”

“Mi Esposo quiere que yo sea para El una humanidad adicional en la cual El pueda seguir sufriendo para gloria del Padre y para ayudar a la Iglesia”

Amó profundamente su vocación carmelita y trató de amar y de imitar a la “Janua coeíi”, como llamaba a la Virgen Purísima. Murmurando casi como en un canto “Voy a la luz, al amor, a la vida”, expiró.”

Su mensaje

Que corramos por el camino de la santidad, que el Espíritu Santo
eleve nuestro espíritu, que seamos siempre “alabanza de gloda de la Sma. Trinidad”, que seamos dóciles a las mociones del Espíritu.

Su oración

Oh Dios, rico en misericordia, que descubriste a la Beata Isabel de la Trinidad el misterio de tu presencia secreta en el alma del justo e hiciste de ella una adoradora en espíritu y verdad, concédenos, por su intercesión, que también nosotros, permaneciendo en el amor de Cristo, merezcamos ser transformados en templos del Espíritu de Amor, para alabanza de tu gloria. Amén.

(http://www.ewtn.com/spanish/Saints/Beata_Isabel_de_la_Trinidad.htm)


07 noviembre, 2010

San Wilibrordo

Oh, San Wilibrordo, vos sois el hijo
del Dios de la vida, que crecisteis
en ambiente de santidad y cultura
y a los quince años ratificasteis
vuestra monástica vida y mas tarde
fundasteis el monasterio que lleva
vuestro nombre. San Bonifacio,
decía de vos que erais varón “de gran
santidad y de austeridad maravillosa”,
dotado de paciencia y tenacidad
humilde y hábil, celoso y realista,
de inquebrantable voluntad y viva
prudencia nunca desmedida, gran
conductor de hombres y organizador.
San Beda “el Venerable”, de vos dice
estas postreras palabras “inflige todos
los días derrotas al diablo; a pesar de su
ancianidad combate todavía, pero el
viejo luchador suspira por la eterna
recompensa”, y claro, ya la habías
ganado y con exceso y corona de luz
recibisteis, -como lo sabéis-, y brilláis
en la eterna eternidad de los tiempos;
Oh, San Wilibrordo, virtud que brilla.

© 2010 by Luis Ernesto Chacón Delgado

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San Wilibrordo

7 de noviembre

(+ 739)

Wilgils, el noble anglosajón, había quedado viudo. Cristiano ferviente, perteneciente a la primera generación de convertidos del paganismo, resolvió abrazar la vida solitaria. Todo lo abandonó, hasta la más dulce prenda que le quedaba: un día llamó Wilgils a la puerta del monasterio de Ripon y ofreció a Dios y al abad Wilfrido su hijito Wilibrordo.

Ripon era una abadía fervorosa; Wilfrido, un padre austero y a la vez cariñoso para sus religiosos. El hijo de Wilgils fue educado con esmero en la escuela abacial. Fue su preceptor San Ceolfrido, el mismo que años adelante debía ser, en Wearmouth, abad de San Beda el Venerable. El pequeño oblato creció en un ambiente de santidad y cultura. A los quince años ratificó libremente, con su profesión monástica, la propia donación a Dios hecha por su padre.

La vida del joven monje transcurría plácida y fervorosa al amparo de los muros claustrales cuando una fuerte conmoción vino a turbar la paz del monasterio. Había estallado un grave conflicto entre el rey Egfrido y Wilfrido, el cual, sin dejar de ser abad de sus nueve monasterios, ocupaba entonces la sede de York, la segunda de Inglaterra. Teodoro, arzobispo de Canterbury, aprovechó esta ocasión para dividir en varias diócesis el reino de Nortumbria, el gran territorio hasta entonces sometido a la sola jurisdicción espiritual del arzobispo de York, y Wilfrido, sintiéndose perjudicado en sus derechos, emprendió el camino de Roma para protestar ante el Papa. Fue entonces también cuando Wilibrordo abandonó a Ripon. Tal vez fuera su propósito vivir en el destierro como su abad San Wilfrido; acaso le atrajera irresistiblemente la fama de santidad y ciencia de la vecina Irlanda. Lo cierto es que el joven monje se dirigió a la Isla de los Santos. En ella halló una nueva patria. San Egberto, noble nortumbriano que había hecho voto de vivir en tierra extraña, le acogió paternalmente en su monasterio de Rathmelsigi. San Egberto y el cenobio de Rathmelsigi debieron de imprimir en el alma de Wilibrordo una huella duradera durante los doce años que permaneció allí.

Porque tampoco fue la abadía de Rathmelsigi el término de la peregrinación de nuestro monje. San Egberto, como tantos otros compatriotas suyos, sentía en su corazón ansias misioneras; su pensamiento atravesaba a menudo el mar y se trasladaba a las regiones del continente donde sus hermanos de raza vivían aún en las tinieblas del paganismo; Frisia atraía con preferencia su atención. Impedido por las circunstancias, no había podido llevar personalmente la luz del Evangelio a aquellas costas, pero había mandado allá a uno de sus monjes. Wigberto, el cual, tras dos años de inútiles esfuerzos, se vió obligado a regresar. Radbod, rey de los frisones, se mostraba adversario irreductible a toda predicación cristiana. Pero Egberto, sin desanimarse, aguardaba la ocasión propicia. Esta se presentó en 689, cuando el rey Radbod fue vencido por Pipino II, duque de Austrasia, y toda la Frisia meridional cayó en poder de los francos. Egberto designó entonces un grupo de doce monjes que debía dirigirse a Frisia. Al frente de los misioneros puso a Wilibrordo. Era el año 690.

No era fácil la tarea confiada a Wilibrordo y a su pequeña hueste monástica. El pueblo germánico de los frisones, que en el siglo ocupaba la desembocadura de los grandes ríos que mueren en las costas de los Paises Bajos, constituía un campo rebelde a todo cultivo. Aquellos bárbaros de estatura imponente, barba rubia y largas melenas eran guerreros feroces, testarudos, apegados a sus viejas tradiciones y extremadamente amantes de su libertad e independencia. El poder romano nunca habia sido estable en Frisia, y el cristianismo, que por vez primera había penetrado en la región con los funcionarios merovingios como religión de los invasores, no parece que alcanzara ninguna o muy pocas simpatías. Bien es verdad que en 678 San Wilfrido de York, camino de Roma, había penetrado hasta el corazón del país y conseguido algunos éxitos, mas también entonces la evangelización había chocado contra la resistencia del rey Radbod. Wilibrordo y sus compañeros, pues, debían trabajar en terreno prácticamente virgen. Pero aquellos monjes eran valientes y emprendedores. Les impulsaba al amor de Cristo, confiaban plenamente en Dios, pero no despreciaban la ayuda de los hombres. Experiencias ajenas habían probado que nada duradero podía llevarse a cabo sin el apoyo de los francos, y Wilibrordo buscó la protección de Pipino II. Su acción, para ser eficaz y legítima, debía tener la aprobación del Sumo Pontífice, y Wilibrordo corrió a Roma para conseguirla. Pipino II otorga su protección a los misioneros venidos de Irlanda, y el papa Sergio I colma a Wilibrordo de bendiciones, reliquias, objetos de culto y libros. La espada de los francos y los alientos de la Sede romana sostendrán la misión monástica de Frisia. La parte meridional de la vasta región, que se encontraba en poder de los francos, será el teatro de los afanes apostólicos de Wilibrordo y los suyos. Su predicación constante, inflamada por la caridad, no tarda en verse premiada con numerosas conversiones. La misión, conducida con habilidad y celo, progresa rápidamente. Y como las relaciones entre Pipino II y Radbod se hacen más amistosas y la paz parece asegurada por largos años, si no para siempre, parece llegado el momento de consolidar la naciente cristiandad frisona con la erección de una diócesis. Wilibrordo emprende nuevamente el largo camino de Roma (695), donde es recibido paternalmente por Sergio I. Al regresar poco después al campo de sus afanes, Wilibrordo posee ya la consagración episcopal, recibida de manos del Papa, quien le había otorgado también el palio, señal del favor apostólico. Frisia había sido constituida en iglesia sujeta inmediatamente a la Sede romana.

Pipino II regaló al arzobispo de los frisones el ruinoso castrum romano de Utrecht, donde surgió muy pronto la basílica del Salvador, la escuela y la residencia del arzobispo y sus clérigos. Utrecht, fue, pues, el centro de la nueva diócesis. Pero quiso, además, Wilibrordo, conforme al método benedictino que le trajo al continente europeo, fundar un monasterio destinado a servir de base a la acción misionera. La abadía se presentaba como el tipo concreto de la vida religiosa y social, y los monjes la señalaban como ejemplo a los que pretendían convertir al cristianismo. El monasterio de San Wilibrordo y de la misión de Frisia fue Echternach, situado prudentemente en Luxemburgo, es decir, en territorio franco, lejos de los riesgos de la vanguardia misionera. Cada dos años iba regularmente Wilibrordo a pasar unos meses de reposo y recogimiento en su querida abadía, su residencia favorita.

Entretanto se revelaban las bellas cualidades del arzobispo de los frisones. Era, según testimonio de San Bonifacio, varón “de gran santidad y de austeridad maravillosa”, pero bueno y paternal para los otros. Típico anglosajón paciente, y tenaz, humilde y hábil, celoso y realista, dotado de voluntad inquebrantable y prudencia nunca desmentida, Wilibrordo tenía temple de gran conductor de hombres, de gran organizador. La única preocupación que le guiaba en todas sus acciones era la salvaguarda y consolidación de su obra. Sus ansias apostólicas no desbordan los límites de lo que le parecía seguro. Verdad es que intentó evangelizar la Frisia del Norte y hasta estuvo en Dinamarca movido por el mismo impulso misionero; pero pronto comprendió que era empresa prematura y regresó a su campo de acción, el territorio dominado por la espada de Pipino II. No es que fuera un cobarde, un pusilánime: en cierta ocasión destruyó un ídolo con peligro de su vida y en momentos difíciles se mantuvo firme ante la ira del rey Radbod. Pero Wilibrordo nada tenía de aventurero. Iba siempre a lo seguro y positivo. Sus catecúmenos no fueron jamás bautizados rápidamente ni en masa; cada uno de ellos debía someterse a una seria preparación individual. Y así su obra no tuvo dimensiones enormes y espectaculares, pero fue segura y durable.

Esta obra, sin embargo, sufrió un rudo golpe a la muerte de Pipino II (714), cuando los frisones intentaron rechazar el yugo de los francos. Wilibrordo se retiró precipitadamente a Echternach, y los monjes pudieron entonces apreciar la prudencia de su abad y arzobispo que les había preparado aquel refugio seguro. Cuando Carlos Martel restableció la paz (718), Wilibrordo había alcanzado ya los sesenta años de edad. Pero no soñaba todavía en descansar; ni siquiera se lamentó ante los estragos causados por aquellos años destructores. La obra de su vida estaba casi totalmente arruinada. Él y sus monjes empezaron animosamente a rehacerla. En este tiempo difícil tuvo Wilibrordo un precioso ayudante en un monje compatriota suyo, Winfrido, el futuro San Bonifacio, apóstol de Alemania. Y la cristiandad de Frisia fue restaurada.

San Wilibrordo murió muy probablemente en Echternach el 7 de noviembre del año 739. Las últimas noticias que de él poseemos nos las proporciona San Beda el Venerable en 734. Wilibrordo-dice-”inflige todos los días derrotas al diablo; a pesar de su ancianidad combate todavía, pero el viejo luchador suspira por la recompensa eterna”.

GARCÍA M. COLOMBÁS, O. S. B.

(http://www.mercaba.org/SANTORAL/Vida/11/11-07_S-Wilibrordo.htm)



06 noviembre, 2010

San Alejandro de Sauli


Oh, San Alejandro de Sauli; vos sois
el hijo del Dios de la vida, realmente
“el que protege con fuerza” porque,
con vuestro decir y actuar a los fieles
de vuestro tiempo y del nuestro, seguís
protegiendo, en toda hora y en toda
circunstancia, en que el enemigo acecha.
Predicabais en todas partes con gran
entusiasmo y dando mucho fruto, tanto
que os llamaban, “el apóstol de la paz”
“el apóstol de Córcega”. Poseías vos
dones maravillosos, como el de milagros
hacer y el don de profecía y anunciabais
cosas que a suceder iban y, tal y cual se
cumplían, tanto que después de vuestra
muerte, seguíais haciendo milagros y,
por ello y vuestra grande obra, corona
de luz recibisteis, como justo premio,
que alumbra, fulgurante en el eterno cielo;
oh, San Alejandro de Sauli, fuerza de Dios.

© 2010 by Luis Ernesto Chacón Delgado

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6 de Noviembre San Alejandro de Sauli Obispo Año 1592

Alejandro significa: “el que protege con fuerza” (Ale: con fuerza).

Nuestro santo nació en Milán en 1535. A los 15 años ya se atrevió a desbaratar un espectáculo inmoral en su barrio. A los 17 entró de religioso en la comunidad de los Padres Barnabitas, y una vez ordenado sacerdote empezó a predicar con tal elocuencia y tan formidable doctrina que San Carlos Borromeo, arzobispo de Milán lo invitó a predicar la cuaresma en su catedral, y a sus sermones asistían el Sto. arzobispo y el cardenal Sfondrati, que después fue el Papa Gregorio XIV, y los dos personajes derramaban lágrimas de emoción al oírlo predicar.

Fue nombrado superior general de su comunidad, y San Carlos Borromeo lo designó como su confesor. Su fama llegó hasta el Santo Padre Pío V, el cual lo nombró como obispo de la isla de Córcega. Fue consagrado por el arzobispo San Carlos. San Alejandro encontró a Córcega en el más lastimoso estado moral. Los sacerdotes eran poco instruidos, el pueblo tenía muchas supersticiones; los campos estaban infectados por bandoleros y entre las familias había terribles venganzas. Se propuso transformar ese ambiente y lo consiguió.

Se consiguió varios religiosos de su comunidad y reuniendo a todo el clero les anunció que desde entonces se proponía enfervorizar lo más posible la vida religiosa de esa isla. Visitó una por una todas las parroquias exigiendo que se enseñara catecismo y se diera buen ejemplo. Predicaba en todas partes con gran entusiasmo y mucho fruto. El santo trabajó en Córcega durante veinte años y el cambio fue tan notable que las gentes lo llamaban “el apóstol de la paz” “el apóstol de Córcega”. Construyó una bella catedral.

Dios le concedió el don de hacer milagros. Y así por ejemplo un año en que se anunciaban malísimas cosechas y muchísima pobreza y escasez, pasó por los campos bendiciéndolos, y en ese año la cosecha fue mejor que en los demás años. Otra vez los piratas mahometanos llegaban con muchos barcos a atacar las costas de Córcega, y cuando las gentes huían despavoridas hacia las montañas, San Alejandro bendijo las aguas del mar y enseguida estalló una espantosa tormenta que alejó las naves de los piratas.

Poseía también el don de profecía y anunciaba hechos que iban a suceder, y se cumplía exactamente lo que había anunciado. Era muy amigo de San Felipe Neri, el cual decía que el obispo Alejandro era un admirable modelo de lo que debe ser un santo obispo. San Alejandro murió en 1592 y también después de su muerte siguió haciendo milagros. Dios nos conceda la gracia de que todos nuestros obispos sean muy santos.

( http://www.ewtn.com/spanish/Saints/Alejandro_de_Sauli.htm)








05 noviembre, 2010

San celestino


Oh, San Celestino V; vos sois
el hijo del Dios de la vida
y el hombre que llevasteis
sobre sí, el espíritu orante
y meditativo que el Dios eterno,
en vuestro corazón puso; el
mismo que os condujo a ceñiros
como Santo Padre, aunque sea por
corto tiempo, pues vuestro
impulso a vivir en paz, silencio
y meditación más pudo, para
alegría de Nuestro Creador;
que os premió con corona de
luz que lucís ahora mismo, en
la gloria eterna de su Nombre;
oh, San Celestino V, Monje Santo.

© 2010 by Luis Ernesto Chacón Delgado

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5 de Noviembre

San Celestino V
Pontífice renunciante
Año 1296

San Celestino V: recuérdanos a nosotros que vamos a encontrarmayor paz y tranquilidad dedicándonos a orar y meditar en silencio, que gastando nuestro tiempo en demasiadas actividades materiales.

Este santo se hizo famoso porque ha sido el único Papa que ha renunciado a su cargo. Nació en 1215 en los Abruzos, Italia, Él mismo en su autobiografía narra cómo eran sus padres. Dice así: “Mis padres eran muy santos a los ojos de Dios y muy estimados por los vecinos a causa de su excelente comportamiento. Daban muchas limosnas y recibían siempre muy bien a los pobres que llegaban a pedir ayudas. Tuvieron doce hijos, como el Patriarca Jacob, y siempre pedían al Señor que alguno de sus descendientes lograra llegar al sacerdocio”. Pedro fue el último de los 12 hijos, y el que llegó a ser sacerdote.

Su madre se entristecía porque ninguno de sus hijos mayores mostraba inclinación hacia el sacerdocio o hacia la vida religiosa pero el niño menor le decía: “Mamá, yo te daré la alegría de consagrarme a Dios”. Viendo la mamá que Pedro tenía una gran inteligencia y muy buenas cualidades para el estudio, se propuso hacerlo estudiar, aunque toda la familia se oponía a ello, y aunque tuvo que hacer muchos sacrificios para lograr costearle sus estudios. Él dice en su autobiografía que el primer libro que logró leer de corrido fue el de Los Salmos, y este fue para toda su vida el libro preferido para leer y meditar cada día y todos los días.

Pedro, que luego se llamó Celestino (nombre que significa: “inclinado hacia lo que es del cielo”) era estudiante “diferente” a los demás. Sus recreos preferidos consistían en retirarse a la soledad a meditar y rezar. Amaba mucho el silencio y le fastidiaban las fiestas mundanas donde hay trago y bailes y pecado. Al final, cuando ya tenía 20 años supo que en una montaña había un ermitaño dedicado a la oración, y se fue hacia allá a que este santo religioso le enseñara el arte de orar y de meditar.

Se construyó una celda tan estrecha que apenas cabía de pie o acostado. Y allí se estuvo tres años en la más estricta soledad. Al principio todo eran consolaciones y alegrías espirituales, pero luego empezaron a llegarle terribles tentaciones que no lo dejaban en paz ni de día ni de noche. Era el ataque de los enemigos del alma para hacerle desistir de su vocación a la santidad. Afortunadamente a base de oración y de mortificación y de consultar de vez en cuando a su director espiritual, logró vencer.

Fue ordenado de sacerdote, pero sentía mucho temor a celebrar la Santa Misa porque se creía indigno. Consultó entonces a un anciano ermitaño el cual le respondió: “¿Y quién es digno de celebrar la misa? Celebre cada día, pero celebre con temor y temblor, o sea con inmenso respeto al santo sacrificio”. Al oír esta respuesta se le fueron sus temores.

Muchos hombres, deseosos de hacer penitencia y de conseguir la santidad se fueron a vivir allí cerca de donde moraba Celestino, para recibir de él sus instrucciones, y así llegó a tener 14 conventos bajo su dirección. Su fama de santidad y los milagros que obtenía por medio de sus oraciones lo hicieron famoso en todos los alrededores.

Había muerto el Papa Nicolás IV y los cardenales electores se habían dividido en dos partidos contrarios y ya llevaban dos años sin poder elegir al nuevo Sumo Pontífice. Al fin se les ocurrió una idea: elegir como Papa a un santo monje. Y eligieron a Celestino. Y un día, cuando él menos lo imaginaba, llegaron al monte donde habitaba, varios prelados a comunicarle tan grande noticia. Su susto fue espantoso y se echó a llorar. Pero las gentes lo aclamaban como el mejor para ese cargo.

Celestino tenía 80 años. A su coronación como Pontífice asistieron más de 200,000 personas. La veneración hacia él era tan grande que tenía que pasar días enteros en la ventana impartiendo bendiciones a las multitudes que llegaban a visitarlo. La entrada solemne la hizo cabalgando en un burrito, cuyas riendas eran llevadas por dos reyes Carlos de Anjou y Carlos de Hungría. Era el año 1294.

Pero pronto se dio cuanta Celestino de qué el no estaba preparado para tan difícil cargo ni tenía cualidades para ello. No conocía las leyes y cánones que rigen a la Iglesia en el Vaticano. No sabía hablar bien el latín en el cual se redactan los documentos pontificios. No tenía la suficiente pericia para no dejarse engañar, y así como era tan sin malicia y tan generoso, muchos aprovechaban de que concedía cuanto se le pedía, y llegó el caso de que nombró hasta tres personas distintas para un mismo cargo.

Y para acabar de completar, como su inclinación era a la oración, a la meditación y al silencio, mandó que le construyeran una celda de monje en el Palacio Pontificio, y allí se dedicaba por horas y horas a la oración y a la meditación, y mientras tanto no había quien despachara los asuntos en las oficinas del Pontífice.

Y él mismo reconoció que había sido un error el aceptar el cargo de Papa y se propuso renunciar. Es el primer caso que ha sucedido en la historia de la Iglesia, de que un Papa renuncie a su cargo. Primero publicó un decreto declarando que el Sumo Pontífice sí puede renunciar a su alto cargo. Luego reunió a todos los cardenales y les leyó su renuncia al Pontificado y les pidió que nombraran a su sucesor. Y allí mismo se despojó de todos sus ornamentos pontificios y se vistió de simple moje, y se propuso irse otra vez a la soledad a hacer oración. Era el 13 de diciembre de 1294. Apenas había sido Pontífice durante cinco meses.

Pero sucedió que su sucesor, el Papa Bonifacio Octavo, al sentir que se formaba en Roma un gran partido en su contra y a favor de Celestino, mandó que volviera otra vez a la ciudad, para apaciguar los ánimos. El santo, que no quería saber ya nada más de esos asuntos materiales salió huyendo, pero fue puesto preso y llevado a un castillo donde lo encerraron como prisionero. Por dos años estuvo allí dedicado a rezar y meditar. Cuando algunos se quejaban de que lo tuvieran encerrado decía: “Lo que yo siempre deseaba era tener una celda llena de silencio y de apartamiento de todo para poder dedicarme a la oración y a la meditación. Y esa celda me la han dado aquí. ¿Qué más puedo pedir?”. Murió santamente en mayo de 1206 y fue declarado santo en 1313.


(http://www.ewtn.com/spanish/Saints/Celestino_V.htm)



04 noviembre, 2010

San Carlos Borromeo


Oh, San Carlos Borromeo; sois vos
el hijo del Dios de la vida y aquél
hijo, que al pie de la letra cumplió
aquello de:“Quien ahorra su vida, la
pierde, pero el que gasta su vida por
Mí, la ganará”. Y la verdad, que así
lo hicisteis y la ganasteis, porque
cada segundo de vuestra vida, por el
Dios eterno, los disteis, pues con
prudencia suma actuasteis, como el
significado mismo de vuestro nombre.
Fuisteis vos, uno de los santos mas
dados a la Iglesia y el pueblo de
aquél entonces. Degastasteis vuestra
vida íntegramente por el progreso de
nuestra santa religión y porque además
os caracterizasteis por ayudar a los
más desvalidos, necesitados y además,
os disteis íntegro a salvar almas.
Formador de catequistas y de seminarios
fundador, así, joven aún y habiendo
entregado vuestra vida toda, disteis
igual vuestra alma, a Dios, quien os
premió con corona de luz, que nunca
se apaga y brilla, como lo sabéis vos,
refulgente, como vuestra tamaña labor;
oh, San Carlos Borromeo, Cruz y Cáliz.

© 2010 by Luis Ernesto Chacón Delgado
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4 de noviembre

SAN CARLOS BORROMEO
Obispo

San Carlos cuyo nombre significa “hombre prudente” ha sido uno de los santos extraordinariamente activos a favor de la Iglesia y del pueblo que sobresale admirablemente. San Carlos Borromeo, un santo que tomó muy en serio aquella frase de Jesús: “Quien ahorra su vida, la pierde, pero el que gasta su vida por Mí, la ganará”, murió relativamente joven porque desgastó totalmente su vida y sus energías por hacer progresar la religión y por ayudar a los más necesitados. Decía que un obispo demasiado cuidadoso de su salud no consigue llegar a ser santo y que a todo sacerdote y a todo apóstol deben sobrarle trabajos para hacer, en vez de tener tiempo de sobra para perder.

Nació en Arjona (Italia) en 1538. Desde joven dio señales de ser muy consagrado a los estudios y exacto cumplidor de sus deberes de cada día. A los 21 años obtuvo el doctorado en derecho en la Universidad de Milán. Un hermano de su madre, el Cardenal Médicis, fue nombrado Papa con el nombre de Pío IV, y éste admirado de sus cualidades nombró a Carlos como secretario de Estado. Más tarde, renunció a sus riquezas, se ordenó de sacerdote, y luego de obispo y se dedicó por completo a la labor de salvar almas.

San Carlos fundó 740 escuelas de catecismo con 3,000 catequistas y 40,000 alumnos. Fundó además 6 seminarios para formar sacerdotes bien preparados, y redactó para esos institutos unos reglamentos tan sabios, que muchos obispos los copiaron para organizar según ellos sus propios seminarios. Fue amigo de San Pío V, San Francisco de Borja, San Felipe Neri, San Félix de Cantalicio y San Andrés Avelino y de varios santos más.

Murió cuando tenía apenas 46 años, el 4 de noviembre de 1584. En Arona, su pueblo natal, le fue levantada una inmensa estatua que todavía existe.

(http://www.ewtn.com/spanish/Saints/Carlos_Borromeo.htm)


03 noviembre, 2010


¡Oh; San Martín de Porres!;
como vos, nadie; pues en la
paz de vuestra escoba perro,
pericote y gato, palomas
santas hechas; supieron que
en Cristo, se puede todo.

Si aquellas criaturas, supieron
dentro de sí; que la paz y el
amor, se dan; ¿cuánto más
podrá el hombre; si su corazón
abriera, al Dios de la Vida?.
¡Oh; Martín, de la paz y del amor.

© 2010 by Luis Ernesto Chacón Delgado
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San Martín de Porres

Año 1639


Dijo Jesús: “Todo el que se humilla será enaltecido”.


En Sudamérica es muy popular San Martín de Porres y hasta se han filmado hermosas películas acerca de su vida y milagros. Es un santo muy simpático y milagroso. Nació en Lima, Perú, hijo de un blanco español y de una negra africana. Por el color de su piel, su padre no lo quiso reconocer y en la partida de bautismo figura como “de padre desconocido”. Su infancia no fue demasiado feliz, pues por ser mulato (mitad blanco y mitad negro, pero más negro que blanco) era despreciado en la sociedad.

Aprendió muy bien los oficios de peluquero y de enfermero, y aprovechaba sus dos profesiones para hacer muchos favores gratuitamente a los más pobres. A los 15 años pidió ser admitido en la comunidad de Padres Dominicos. Como a los mulatos les tenían mucha desconfianza, fue admitido solamente como “donado”, o sea un servicial de la comunidad. Así vivió 9 años, practicando los oficios más humildes y siendo el último de todos.

Al fin fue admitido como hermano religioso en la comunidad y le dieron el oficio de peluquero y de enfermero. Y entonces sí que empezó a hacer obras de caridad a manos llenas. Los frailes se quejaban de que Fray Martín quería hacer del convento un hospital, porque a todo enfermo que encontraba lo socorría y hasta llevaba a algunos más graves y pestilentes a recostarlos en su propia cama cuando no tenía más donde se los recibieran.

Con la ayuda de varios ricos de la ciudad fundó el Asilo de Santa Cruz para reunir a todos los vagos, huérfanos y limosneros y ayudarles a salir de su penosa situación. Aunque él trataba de ocultarse, sin embargo su fama de santo crecía día por día. Lo consultaban hasta altas personalidades. Muchos enfermos lo primero que pedían cuando se sentían graves era: “Que venga el santo hermano Martín”. Y él nunca negaba un favor a quien podía hacerlo. Pasaba la mitad de la noche rezando. A un crucifijo grande que había en su convento iba y le contaba sus penas y sus problemas, y ante el Santísimo Sacramento y arrodillado ante la imagen de la Virgen María pasaba largos tiempos rezando con fervor.

Sin moverse de Lima, fue visto sin embargo en China y en Japón animando a los misioneros que estaban desanimados. Sin que saliera del convento lo veían llegar junto a la cama de ciertos moribundos a consolarlos. A los ratones que invadían la sacristía los invitaba a irse a la huerta y lo seguían en fila muy obedientes. En una misma cacerola hacía comer al mismo tiempo a un gato, un perro y varios ratones. Llegaron los enemigos a su habitación a hacerle daño y él pidió a Dios que lo volviera invisible y los otros no lo vieron.

Cuando oraba con mucha devoción se levantaba por los aires y no veía ni escuchaba a la gente. A veces el mismo virrey que iba a consultarle (siendo Martín tan de pocos estudios) tenía que aguardar un buen rato en la puerta de su habitación, esperando a que terminara su éxtasis. En ocasiones salía del convento a atender a un enfermo grave, y volvía luego a entrar sin tener llave de la puerta y sin que nadie le abriera. Preguntado cómo lo hacía, respondía: “Yo tengo mis modos de entrar y salir”.

El Arzobispo se enfermó gravemente y mandó llamar al hermano Martín para que le consiguiera la curación para sus graves dolores. Él le dijo: ¿Cómo se le ocurre a su excelencia invitar a un pobre mulato? Pero luego le colocó la mano sobre el sitio donde sufría los fuertes dolores, rezó con fe, y el arzobispo se mejoró en seguida.

Recogía limosnas en cantidades asombrosas y repartía todo lo que recogía. Miles de menesterosos llegaban a pedirle ayuda. A los 60 años, después de haber pasado 45 años en la comunidad, mientras le rezaban el Credo y besando un crucifijo, murió el 3 de noviembre de 1639. Toda la ciudad acudió a su entierro y los milagros empezaron a obtenerse a montones por su intercesión.

(http://www.ewtn.com/spanish/Saints/Martín_de_Porres.htm)


02 noviembre, 2010

Los Fieles Difuntos


Oh, Iglesias del Dios de la vida;
Iglesia triunfante, salvos por la
eternidad de eternidades.

Iglesia militante, nosotros todos
vuestros hijos, en constante lucha
para el bien hacer y evitar el mal.

Iglesia sufriente; fieles difuntos
en el purgatorio purificándose y
limpiando las manchas de sus almas,
por las Misas y los ruegos nuestros;
oh, Iglesias del Dios de la vida.

© 2010 by Luis Ernesto Chacón Delgado
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2 de Noviembre

Los Fieles Difuntos


“Una flor sobre su tumba se marchita, una lágrima sobre su recuerdo se evapora. Una oración por su alma, la recibe Dios.” -San Agustín

“Cada uno se presentará ante el tribunal de Dios para darle cuenta de lo que ha hecho, de lo bueno y de lo malo.” – Santa Biblia

Las tres Iglesias: Se llama Iglesia a la asociación de los que creen en Jesucristo. La Iglesia se divide en tres grupos:

Iglesia triunfante: los que ya se salvaron y están en el cielo (los que festejamos ayer).

Iglesia militante: los que estamos en la tierra luchando por hacer el bien y evitar el mal.

Iglesia sufriente: los que están en el purgatorio purificándose de sus pecados, de las manchas que afean su alma.

El Catecismo de la Iglesia Católica, publicado por el Papa Juan Pablo II en 1992, es un texto de máxima autoridad para todos los católicos del mundo y dice cinco cosas acerca del Purgatorio:

1ª. Los que mueren en gracia y amistad de Dios pero no perfectamente purificados, sufren después de su muerte una purificación, para obtener la completa hermosura de su alma (1030).

2ª. La Iglesia llama Purgatorio a esa purificación, y ha hablado de ella en el Concilio de Florencia y en el Concilio de Trento. La Iglesia para hablar de que será como un fuego purificador, se basa en aquella frase de San Pablo que dice: “La obra de cada uno quedará al descubierto, el día en que pasen por fuego. Las obras que cada cual ha hecho se probarán en el fuego”. (1Cor. 3, 14).

3ª. La práctica de orar por los difuntos es sumamente antigua. El libro 2º. de los Macabeos en la S. Biblia dice: “Mandó Juan Macabeo ofrecer sacrificios por los muertos, para que quedaran libres de sus pecados” (2Mac. 12, 46).

4ª. La Iglesia desde los primeros siglos ha tenido la costumbre de orar por los difuntos (Cuenta San Agustín que su madre Santa Mónica lo único que les pidió al morir fue esto: “No se olviden de ofrecer oraciones por mi alma”).

5ª. San Gregorio Magno afirma: “Si Jesucristo dijo que hay faltas que no serán perdonadas ni en este mundo ni en el otro, es señal de que hay faltas que sí son perdonadas en el otro mundo. Para que Dios perdone a los difuntos las faltas veniales que tenían sin perdonar en el momento de su muerte, para eso ofrecemos misas, oraciones y limosnas por su eterno descanso”.

De San Gregorio se narran dos hechos interesantes:

El primero, que él ofreció 30 misas por el alma de un difunto, y después el muerto se le apareció en sueños a darle las gracias porque por esas misas había logrado salir del purgatorio.

Y el segundo, que un día estando celebrando la Misa, elevó San Gregorio la Santa Hostia y se quedó con ella en lo alto por mucho tiempo. Sus ayudantes le preguntaron después por qué se había quedado tanto tiempo con la hostia elevada en sus manos, y les respondió: “Es que vi que mientras ofrecía la Santa Hostia a Dios, descansaban las benditas almas del purgatorio”. Desde tiempos de San Gregorio (año 600) se ha popularizado mucho en la Iglesia Católica la costumbre de ofrecer misas por el descanso de las benditas almas.

La respuesta de San Agustín

A este gran Santo le preguntó uno: “¿Cuánto rezarán por mí cuando yo me haya muerto?”, y él le respondió: “Eso depende de cuánto rezas tú por los difuntos. Porque el evangelio dice que la medida que cada uno emplea para dar a los demás, esa medida se empleará para darle a él”.

¿Vamos a rezar más por los difuntos? ¿Vamos a ofrecer por ellos misas, comuniones, ayudas a los pobres y otras buenas obras? Los muertos nunca jamás vienen a espantar a nadie, pero sí rezan y obtienen favores a favor de los que rezan por ellos.

(http://www.ewtn.com/spanish/Saints/los_fieles_difuntos.htm)