05 enero, 2022

San Juan Neumann

 

El obispo de Filadelfia nació en Prachatitz, Bohemia, el 28 de Marzo de 1811, hijo de Philip Neumann y Agnes Lebis. Asistió a la escuela en Budweis y allí entró en el seminario el año 1831.

Dos de años después, pasó a la universidad de Charles Ferdinand en Praga donde estudió teología. Cuando su preparación para el sacerdocio se completó en 1835, deseaba ordenarse pero el obispo decidió que no habría allí más ordenaciones. Nos resulta difícil imaginar hoy que Bohemia tuviera entonces demasiados sacerdotes. Juan escribió a los obispos del mundo, pero en todas partes la misma historia: ninguno quería ahora sacerdotes. Juan estaba seguro de su vocación al sacerdocio, pero todas las puertas parecían cerrársele.

Pero Juan no se arredró. Aprendió el inglés trabajando en una fábrica con obreros de lengua inglesa. De esta forma, pudo escribir a los obispos de Estados Unidos.

Finalmente, el obispo de Nueva York aceptó ordenarlo. Para responder a la llamada de Dios de ser sacerdote, Juan debió abandonar su familia para siempre y atravesar el océano para adentrarse en una tierra lejana y difícil.

En Nueva York, Juan fue uno de los 36 sacerdotes para 200.000 católicos. Su parroquia, al oeste de Nueva York, se extendía desde Ontario hasta Pensilvania. Su iglesia no tenía ni campanario ni estaba pavimentada, pero esto no importaba en absoluto ya que Juan pasaba la mayor parte de su tiempo visitando poblado tras poblado, escalando montañas, para visitar a los enfermos, para detenerse en las cabañas y en las tabernas a fin de enseñar y celebrar la misa en la mesa de la cocina.

Debido a su trabajo y a lo lejano de la parroquia, Juan soñaba con una comunidad: entró con los redentoristas, una Congregación de sacerdotes y hermanos que se dedicaban a ayudar a los pobres y a los más abandonados. Fue el primer sacerdote que entraba en la Congregación en América, profesó en Baltimore el 16 de enero de 1842. Desde el principio destacó por ser una persona altamente piadosa, por su evidente santidad, por su celo y por su amabilidad. Su conocimiento de seis idiomas modernos lo hizo particularmente apto para el trabajo en la sociedad Estadounidense de múltiples idiomas en el siglo diecinueve.

Después de trabajar en Baltimore y Pittsburgh, en 1847 fue nombrado Visitador o Superior Mayor de los redentoristas en los Estados Unidos. El Padre Frederick von Held, superior de la Provincia Belga, a la que pertenecían las casas Estadounidenses, dijo de él: «Es un gran hombre que combina la piedad con una personalidad fuerte y prudente». Necesitó estas que calidades durante los dos de años en que desempeñó el cargo, cuando la fundación estadounidense pasaba por un difícil período de ajuste.

Cuando dejó el cargo al Padre Bernard Hafkenscheid, los redentoristas de Estados Unidos estaban mejor preparados para llegar a ser una provincia autónoma, cosa que sucedió en 1850. El Padre Neumann fue nombrado Obispo de Filadelfia y consagrado en Baltimore el 2 de marzo de 1852. Su diócesis era muy grande y pasaba por un período de considerable desarrollo.

Como obispo, fue el primero en organizar un sistema diocesano de escuelas católicas.

Fundador de la educación católica en el país, las escuelas de su diócesis aumentaron de 2 un 100. Fundó las Hermanas de la Tercera Orden de San Francisco para enseñar en las escuelas.

Entre las más de ochenta iglesias que construyó durante su episcopado, debe mencionarse la catedral de los Santos Pedro y Pablo que él comenzó. San Juan Neumann era de estatura pequeña, nunca tuvo una salud robusta, pero en su corta vida tuvo una gran actividad. Encontró tiempo para una considerable actividad literaria además de sus obligaciones pastorales. Escribió asimismo numerosos artículos en revistas y periódicos católicos; publicó dos catecismos y, en 1849, una historia de la Biblia para escuelas. Continuó esta actividad justamente hasta el final de su vida.

El 5 de enero de 1860 (con 48 años de edad) se desplomó en la calle, en su ciudad episcopal y murió antes de que pudieran administrársele los últimos Sacramentos. Fue beatificado por el Papa Pablo VI el 13 de octubre de 1963 y canonizado por el mismo Papa sobre el 17 de junio de 1977. Su fiesta es cada 5 de enero.

(https://www.aciprensa.com/recursos/biografia-3903)

04 enero, 2022

Santa Isabel Ana Bayley

Hoy celebramos a Santa Isabel Ana Bayley Seton, la primera santa nacida en Estados Unidos

 

!Oh! Santa Isabel Ana Bayley, vos sois la hija del Dios
de la Vida, y su amada santa, que fundastesi la primera
escuela católica y la primera congregación estadounidense
de religiosas bajo el nombre de «Hermanas de la Caridad de
San José». Fallecido vuestro esposo, fuistesis acogida por
la famiia italiana Felicchi un tiempo, y allí, os atrajo
el catolicismo, pues la devoción y calor humano de los dueños
de casa os tocó, el corazón, por lo que decidisteis conocer
la fe de los Felicchi. Y, así, un día deseasteis convertiros
en católica, porque dos cosas os habían impresionado de la
Iglesia católica y os impulsaron a convertiros: la presencia
real de Jesucristo en la Eucaristía y la devoción a la Virgen
María. Superando la incomprensión de vuestros familiares por
haberos hecho católica, nunca os desanimasteis y empezasteis
a trabajar como voluntaria educadora. Vuestro compromiso
con los que más sufren os impulsó a fundar una comunidad
religiosa llamada «Instituto de Hermanas de la Caridad de San
José, primera congregación religiosa femenina fundada en
Norteamérica. Después de morir, vuestra fundación se unió
a la Compañía de las Hijas de la Caridad de París, tal como
fue vuestro deseo inicial. Vos también, fundasteis la primera
escuela parroquial católica en Estados Unidos, con la que
señalasteis el camino que seguiría la educación religiosa
en ese país. Os beatificó San Juan XXIII, Papa y luego os
canonizó San Pablo VI, Papa. Patrona de las escuelas católicas,
las viudas y los niños en peligro de muerte, !Aleluya!
!Oh! Santa Isabel Ana Bayley, «viva hija del Dios de la Vida».

© 2022 by Luis Ernesto Chacón Delgado

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 04 de Enero

 Isabel Ana Bayley viuda de Seton

Isabel Ana Bayley viuda de Seton es la primera santa nacida en los Estados Unidos, país donde fundó la primera escuela católica y la primera congregación estadounidense de religiosas bajo el nombre de Hermanas de la Caridad de San José. Se le considera patrona de las escuelas católicas, las viudas y los niños en peligro de muerte.

Isabel nació el 28 de agosto de 1774 en Nueva York. Sus padres, el Dr. Richard Bayley y su esposa, Catalina Charlton, eran anglicanos y leales miembros del partido conservador.

A los 20 años, la Santa conoció a William Magee Seton, un reconocido hombre de negocios con el que se casó luego de un breve tiempo de noviazgo y con el que tuvo cinco hijos.

El 27 de diciembre de 1803, su esposo falleció debido a una tuberculosis. Encontrándose en una difícil situación, fue acogida durante varios meses en la casa de la familia italiana Felicchi.

En los días de su estancia con los Felicchi, Isabel entró en contacto con el catolicismo. Desde el principio, la devoción y calor humano de los dueños de casa le había tocado el corazón, por lo que decidió conocer con mayor profundidad la fe de los Felicchi. El 14 de marzo de 1805, Isabel expresó su deseo de convertirse en católica. Dos cosas la habían impresionado de la Iglesia católica y la impulsaron a convertirse: la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía y la devoción a la Virgen María.

De regreso a Nueva York, se encontró con la incomprensión de sus familiares por haberse hecho católica.

Pese a este duro golpe, Isabel no se arredra sino que empieza a trabajar como voluntaria, en el papel de maestra o educadora. Su compromiso con los que más sufren la impulsó a concretar la idea de la fundación de una comunidad religiosa. En 1809, fundó en Baltimore, el Instituto de Hermanas de la Caridad de San José, la primera congregación religiosa femenina fundada en Norteamérica. Después de su muerte, las Hermanas se unen a la Compañía de las Hijas de la Caridad de París, tal como fue su deseo inicial. Isabel también fundó la primera escuela parroquial católica en Estados Unidos, con lo que marcó el derrotero que seguiría la educación religiosa en ese país.

Isabel Ana Bayley Seton falleció en Maryland el 4 de enero de 1821. Fue beatificada el 17 de marzo de 1963 por el Papa San Juan XXIII y luego canonizada el 14 de septiembre de 1975 por el Papa San Pablo VI.

Hoy, una imagen suya adorna una de las puertas principales de la Catedral de San Patricio en Nueva York

(https://www.aciprensa.com/noticias/hoy-es-la-fiesta-de-isabel-bayley-seton-primera-santa-nacida-en-estados-unidos-36246)

03 enero, 2022

Santísimo y Gloriosísimo Nombre de Jesús

 

Hoy es el día del Santísimo Nombre de Jesús

 

¡Oh!, Santísimo y Gloriosísimo Nombre de Jesús;
¿Quién más sino Vos, para llevar ese Santísimo
Nombre? ¡Nadie, más que Vos! ¡Maravilloso Nombre!
Vuestro Amadísimo Padre, os lo dio, para vivo
y sempiterno recuerdo de todas las bendiciones que
recibimos de Vos, a cada nada, pues él, nos ayuda
en nuestras espirituales y corporales necesidades, gracias
a Vuestra promesa: “En mi nombre expulsarán demonios,
hablarán en lenguas nuevas, agarrarán serpientes
en sus manos y aunque beban veneno no les hará daño;
impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán
bien”. Y, vuestros Apóstoles así, lo hicieron dando
fuerza a los lisiados, vida a los muertos, consuelo
en las aflicciones espirituales y recordándole al justo
el sufrimiento y la muerte del inocente Cordero
de Dios. También Vuestro Santísimo Nombre, nos protege
de Satanás y de sus engaños, pues él teme Vuestro
Nombre: ¡Jesús!, porque lo vencisteis en la Cruz.
Además, con Vuestro Nombre obtenemos toda bendición
y gracia en el tiempo y la eternidad, pues Vos, mismo
dijisteis: “lo que pidáis al Padre, os lo dará en
mi nombre”. Y, la Iglesia, todas sus plegarias las
concluye, así: “Por Jesucristo Nuestro Señor” ¡Amén!
¡Bendito el Santísimo Nombre de “Jesús” ahora y siempre!
¡Oh!, Santísimo y Gloriosísimo Nombre de “Jesús”, Amado del Padre.

© 2022 by Luis Ernesto Chacón Delgado
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03 de Enero

Santísimo Nombre de Jesús

Cada 3 de enero la Iglesia celebra el Día del Santísimo Nombre de Jesús. “Éste es aquel santísimo nombre anhelado por los patriarcas, esperado con ansiedad, demandado con gemidos, invocado con suspiros, requerido con lágrimas, donado al llegar la plenitud de la gracia”, decía San Bernardino de Siena.

El nombre “Jesús” es la forma latina del griego “Iesous”, que a su vez es la transliteración del hebreo “Jeshua” o “Joshua”, o también “Jehoshua”, que significa “Yahveh es salvación”.

La aparición de la veneración al Santísimo Nombre de Jesús se remite a las celebraciones litúrgicas del siglo XIV. San Bernardino de Siena, en el siglo XV, junto a sus discípulos propagaron el culto al Nombre de Jesús, y un siglo después, hacia 1530, el Papa Clemente VII concedió por primera vez a la Orden Franciscana la autorización para la celebración del Oficio del Santísimo Nombre de Jesús.

En su tiempo, San Bernardino solía llevar una tablilla que mostraba la Eucaristía con rayos saliendo de ella en la que se podía ver el monograma “IHS”, abreviación del Nombre de Jesús en griego (ιησουσ). Más adelante, la tradición devocional le añade un nuevo sentido a dicho monograma, convirtiéndolo en un “cristograma”: «I» por “Iesus” (Jesús); «H» por Hominum (de los hombres); «S» por “Salvator» (Salvador). Es decir IHS quiere decir “Jesús, Salvador de los hombres”. Nuevos sentidos se añadirán posteriormente.

San Ignacio de Loyola y los jesuitas hicieron de este monograma el emblema de la Compañía de Jesús.

El Nombre de Jesús, invocado con confianza:

  • Brinda ayuda en las necesidades corporales, según la promesa de Cristo: «En mi nombre agarrarán serpientes en sus manos y aunque beban veneno no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien» (Mc. 16,17-18). En el Nombre de Jesús, los Apóstoles dieron fuerza a los lisiados (Hch. 3,6; 9,34) y vida a los muertos (Hch. 9,40).
  • Da consuelo en las pruebas espirituales. El Nombre de Jesús le recuerda al pecador el «padre del hijo pródigo» y el buen samaritano; al justo le recuerda el sufrimiento y la muerte del inocente Cordero de Dios.
  • Nos protege de Satanás y sus artimañas, ya que el diablo le teme al Nombre de Jesús, quien lo ha vencido en la Cruz.
  • En el nombre de Jesús obtenemos toda bendición y gracia en el tiempo y la eternidad, pues Cristo dijo: «lo que pidan al Padre se los dará en mi nombre.» (Jn. 16,23). Por lo tanto, la Iglesia concluye todas sus oraciones con las palabras: «Por Jesucristo Nuestro Señor», etc. Así se cumple la palabra de San Pablo: «Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos.» (Flp. 2,10).

  • (https://www.aciprensa.com/noticias/hoy-es-el-dia-del-santisimo-

02 enero, 2022

Domingo II después de Navidad

 LA PALABRA SE HIZO CARNE Y HABITÓ ENTRE NOSOTROS (Juan 1,1-18)

 

Texto del Evangelio (Jn 1,1-18): «En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. Ella estaba en el principio con Dios. Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe. En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres, y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron.

Hubo un hombre, enviado por Dios: se llamaba Juan. Éste vino para un testimonio, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por él. No era él la luz, sino quien debía dar testimonio de la luz. La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre; la cual no nació de sangre, ni de deseo de hombre, sino que nació de Dios.

Y la Palabra se hizo carne, y puso su morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio de Él y clama: «Éste era del que yo dije: El que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo». Pues de su plenitud hemos recibido todos, y gracia por gracia. Porque la Ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo. A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, Él lo ha contado.
«

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«Y la Palabra se hizo carne, y puso su morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria» + Rev. D. Ferran BLASI i Birbe (Barcelona, España)

Hoy, el Evangelio de Juan se nos presenta en una forma poética y parece ofrecernos, no solamente una introducción, sino también como una síntesis de todos los elementos presentes en este libro. Tiene un ritmo que lo hace solemne, con paralelismos, similitudes y repeticiones buscadas, y las grandes ideas trazan como diversos grandes círculos. El punto culminante de la exposición se encuentra justo en medio, con una afirmación que encaja perfectamente en este tiempo de Navidad: «Y la Palabra se hizo carne, y puso su morada entre nosotros» (Jn 1,14).

El autor nos dice que Dios asumió la condición humana y se instaló entre nosotros. Y en estos días lo encontramos en el seno de una familia: ahora en Belén, y más adelante con ellos en el exilio de Egipto, y después en Nazaret.

Dios ha querido que su Hijo comparta nuestra vida, y —por eso— que transcurra por todas las etapas de la existencia: en el seno de la Madre, en el nacimiento y en su constante crecimiento (recién nacido, niño, adolescente y, por siempre, Jesús, el Salvador).

Y continúa: «Hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad» (Ibidem). También en estos primeros momentos, lo han cantado los ángeles: «Gloria a Dios en el cielo», «y paz en la tierra» (cf. Lc 2,14). Y, ahora, en el hecho de estar arropado por sus padres: en los pañales preparados por la Madre, en el amoroso ingenio de su padre —bueno y mañoso— que le ha preparado un lugar tan acogedor como ha podido, y en las manifestaciones de afecto de los pastores que van a adorarlo, y le hacen carantoñas y le llevan regalos.

He aquí cómo este fragmento del Evangelio nos ofrece la Palabra de Dios —que es toda su Sabiduría—. De la cual nos hace participar, nos proporciona la Vida en Dios, en un crecimiento sin límite, y también la Luz que nos hace ver todas las cosas del mundo en su verdadero valor, desde el punto de vista de Dios, con “visión sobrenatural”, con afectuosa gratitud hacia quien se ha dado enteramente a los hombres y mujeres del mundo, desde que apareció en este mundo como un Niño.

Pensamientos para el Evangelio de hoy

  • «Despierta, oh hombre, y reconoce la dignidad de tu naturaleza. Recuerda que fuiste hecho a imagen de Dios; esta imagen, que fue destruida en Adán, ha sido restaurada en Cristo» (San León Magno)
  • «Aquellos que creen en el nombre de Cristo reciben un nuevo origen. El mismo origen de Jesucristo ahora se convierte en nuestro propio origen. Nuestra verdadera “genealogía” es la fe en Jesús, que nos da una nueva proveniencia, nos hace nacer “de Dios”» (Benedicto XVI)
  • «El Símbolo de la fe profesa la grandeza de los dones de Dios al hombre por la obra de su creación, y más aún, por la redención y la santificación (…). Reconociendo en la fe su nueva dignidad, los cristianos son llamados a llevar en adelante una ‘vida digna del Evangelio de Cristo’ (Flp 1,27). Por los sacramentos y la oración reciben la gracia de Cristo y los dones de su Espíritu que les capacitan para ello» (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 1.692)

(https://evangeli.net/evangelio/dia/2022-01-02)

01 enero, 2022

Navidad: 1 de Enero Santa María, Madre de Dios

 


Navidad: 1 de Enero Santa María, Madre de Dios Texto del Evangelio (Lc 2,16-21): En aquel tiempo, los pastores fueron a toda prisa, y encontraron a María y a José, y al Niño acostado en el pesebre. Al verlo, dieron a conocer lo que les habían dicho acerca de aquel Niño; y todos los que lo oyeron se maravillaban de lo que los pastores les decían. María, por su parte, guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón. Los pastores se volvieron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto, conforme a lo que se les había dicho. Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidarle, se le dio el nombre de Jesús, el que le dio el ángel antes de ser concebido en el seno.

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«Los pastores fueron a toda prisa, y encontraron a María y a José, y al Niño acostado en el pesebre» Rev. D. Manel VALLS i Serra (Barcelona, España)

Hoy, la Iglesia contempla agradecida la maternidad de la Madre de Dios, modelo de su propia maternidad para con todos nosotros. Lucas nos presenta el “encuentro” de los pastores “con el Niño”, el cual está acompañado de María, su Madre, y de José. La discreta presencia de José sugiere la importante misión de ser custodio del gran misterio del Hijo de Dios. Todos juntos, pastores, María y José, «con el Niño acostado en el pesebre» (Lc 2,16) son como una imagen preciosa de la Iglesia en adoración.

“El pesebre”: Jesús ya está ahí puesto, en una velada alusión a la Eucaristía. ¡Es María quien lo ha puesto! Lucas habla de un “encuentro”, de un encuentro de los pastores con Jesús. En efecto, sin la experiencia de un “encuentro” personal con el Señor no se da la fe. Sólo este “encuentro”, el cual ha comportado un “ver con los propios ojos”, y en cierta manera un “tocar”, hace capaces a los pastores de llegar a ser testigos de la Buena Nueva, verdaderos evangelizadores que pueden dar «a conocer lo que les habían dicho acerca de aquel Niño» (Lc 2,17).

Se nos señala aquí un primer fruto del “encuentro” con Cristo: «Todos los que lo oyeron se maravillaban» (Lc 2,18). Hemos de pedir la gracia de saber suscitar este “maravillamiento”, esta admiración en aquellos a quienes anunciamos el Evangelio.

Hay todavía un segundo fruto de este encuentro: «Los pastores se volvieron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto» (Lc 2,20). La adoración del Niño les llena el corazón de entusiasmo por comunicar lo que han visto y oído, y la comunicación de lo que han visto y oído los conduce hasta la plegaria de alabanza y de acción de gracias, a la glorificación del Señor.

María, maestra de contemplación —«guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón» (Lc 2,19)— nos da Jesús, cuyo nombre significa “Dios salva”. Su nombre es también nuestra Paz. ¡Acojamos en el corazón este sagrado y dulcísimo Nombre y tengámoslo frecuentemente en nuestros labios!

Pensamientos para el Evangelio de hoy

  • «El pueblo entero de la ciudad de Éfeso permaneció ansioso en espera de la resolución [del Sínodo sobre la Maternidad de María]… Cuando se supo que el autor de las blasfemias [Nestorio] había sido depuesto, todos a una voz comenzaron a glorificar a Dios» (San Cirilo de Alejandría)
  • «Jesús es el Hijo de Dios y, al mismo tiempo, es hijo de una mujer: María. Viene de Ella. Es de Dios y de María. Por eso la Madre de Jesús se puede y se debe llamar Madre de Dios, “Theotókos” (Concilio de Éfeso, año 431)» (Benedicto XVI)
  • «El concilio de Éfeso proclamó en el año 431 que María llegó a ser con toda verdad Madre de Dios mediante la concepción humana del Hijo de Dios en su seno: Madre de Dios, no porque el Verbo de Dios haya tomado de ella su naturaleza divina, sino porque es de Ella (…)» (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 466)

(https://evangeli.net/evangelio/dia/2022-01-01)

31 diciembre, 2021

San Silvestre, Papa

 

 El santo del último día del año es San Silvestre, el primer Papa administrador

 

¡Oh!; San Silvestre, vos, sois el hijo del Dios
de la Vida, su Papa y amado santo. Aquél que,
nuevos ti empos respiró, pues cesó, la persecución
contra los cristianos y Constantino emperador,
por la pila bautismal pasó, y su lanza puso,
a los pies de la Cruz de Cristo, Dios y Señor
Nuestro, como su nueva Luz. Así, las palabras
del Dios eterno, realidad cobraron: «que no
habría rodilla alguna sobre la faz de la tierra,
que no se doblase”. Y, así fue. Y, a vos, os
tocó la dicha de poder construir la antigua
Basílica de San Pedro en el Vaticano, y la
primera Basílica de Letrán, y, además, el de
regalarnos el “Credo Niceno Constantinopolitano”,
fruto luminoso del Concilio de Nicea, así, por
vos llamado. Una pregunta hay en el medio, que
urge el hacerla: ¿Dónde estaréis ahora? ¿Dónde?
Y, una sola respuesta hay: ¡en la eternidad de
la gloria de Cristo!, corona de luz eterna
luciendo, como justo premio a vuestra entrega
de amor y fidelidad. ¡Aleluya! ¡Aleluya! ¡
¡oh!, San Silvestre, «vivo administrador de Dios».

© 2021 by Luis Ernesto Chacón Delgado

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31 de diciembre
San Silvestre
Papa

San Silvestre (270-335) fue el trigésimo tercer Papa de la Iglesia Católica. Su pontificado duró alrededor de 21 años, desde el año 314 hasta su muerte. Nació en Roma y gobernó a la Iglesia en la etapa en la que el Imperio Romano detuvo la persecución religiosa, gracias al Edicto de Milán (313). Una etapa de nuevos retos para los cristianos, en la que se afrontó la aparición y difusión de muchas herejías, el declive del espíritu religioso y las intromisiones del poder imperial, ocasionadas por Constantino, en los asuntos eclesiales.

En este contexto, Dios quiso que el Papa San Silvestre, elegido el 31 de enero del 314, asumiera el liderazgo de la Iglesia. Pasada la persecución, el arrianismo dividía a obispos y fieles. Cuando el emperador Constantino ordenó el Concilio de Nicea en el 325 -el primer concilio ecuménico- el Pontífice envió un obispo y dos sacerdotes en su nombre. En este concilio se condenó la herejía de Arrio (siglo III), que negaba la divinidad de Jesucristo y su consustancialidad con el Padre; además, se formuló el Credo de Nicea, luego aprobado por Silvestre.

El emperador y muchas familias conversas al cristianismo donaron bienes y riquezas a la Iglesia. San Silvestre se convirtió, entonces, en el primer Papa administrador. Ordenó la edificación de templos y convirtió el Palacio Laterano, donado por Constantino, en la primera catedral de Roma, hoy llamada San Juan de Letrán.

Murió el 31 de diciembre del 335 y por ello se le conmemora en este día. Fue el primer Pontífice que no murió mártir, después de 32 papas.

(https://www.aciprensa.com/noticias/hoy-se-conmemora-a-san-silvestre-el-primer-papa-que-no-murio-martir-71571)

29 diciembre, 2021

Santo Tomás Becket Arzobispo y Mártir

 

¡Oh!, Santo Tomás Becket, vos, sois el hijo del Dios
de la vida y su amado santo. Aquél mismo que, su vida
entregara por
la defensa de la Doctrina Católica.
Dijisteis a vuestro rey premonitoriamente así: “Si
acepto ser Arzobispo me sucederá que el rey que
hasta ahora es mi gran amigo, se convertirá en mi
gran enemigo”. “Ya verá que los envidiosos tratarán
de poner enemistades entre nosotros dos. Además el
poder civil tratará de imponer leyes que vayan contra
la Iglesia Católica y no podré aceptar eso. Y hasta
el mismo rey me pedirá que yo le apruebe ciertos
comportamientos suyos, y me será imposible hacerlo”.
¡Y, sucedió tal cual lo habíais anunciado! Vos,
a menudo decíais a vuestros sacerdotes: “Muchos ojos
ven mejor que dos. Si ven en mi comportamiento algo
que no está de acuerdo con mi dignidad de arzobispo,
les agradeceré de todo corazón si me lo advierten”.
Vuestra rutina diaria: orar, teología estudiar, repartir
limosnas a los pobres, compartir vuestra mesa y durante
ellas escuchar la lectura de algún libro religioso
y visitar enfermos. Además, os dabais tiempo para con
vuestros sacerdotes, examinándolos rigurosamente en su
conducta y su preparación. Os opusisteis de radical
manera, a los cuantiosos impuestos a los bienes de
la Iglesia Católica. En uno de sus terribles estallidos
de cólera, Enrique II exclamó: «No podrá haber más
paz en mi reino mientras viva Becket. ¿Será que no
hay nadie que sea capaz de suprimir a este clérigo
que me quiere hacer la vida imposible?». Y, así, lleno
de rabia y de sed de venganza el impío reyezueo
ordenó que os atacaran mientras orabais, cortándoos
la cabeza y con ella vuestra vida, no sin antes decir:
“Muero gustoso por el nombre de Jesús y en defensa de
la Iglesia Católica”, siendo coronado con corona de luz
como justo premio a vuestra entrega de amor y lealtad;
¡oh!, Santo Tomás Becket, “vivo defensor del Dios Vivo».

© 2021 by Luis Ernesto Chacón Delgado


29 de Diciembre
Santo Tomás Becket
Arzobispo y Mártir
Año 1170

Quiera Dios que también los jefes actuales de la Santa Iglesia Católica en todos los sitios del mundo, prefieran perder bienes, dignidades y hasta la propia vida, con tal de permanecer fieles a nuestra santísima religión hasta la muerte.

Este mártir que entregó su vida por defender los derechos de la religión católica, nació en Londres en 1118. Era hijo de un empleado oficial, y en sus primeros años fue educado por los monjes del convento de Merton. Después tuvo que trabajar como empleado de un comerciante, al cual acompañaba los días de descanso a hacer largas correrías dedicados a la cacería. Desde entonces adquirió su gran afición por los viajes aunque fueran por caminos muy difíciles.

Un día persiguiendo una presa de cacería, corrió con tan gran imprudencia que cayó a un canal que llevaba el agua para mover un molino. La corriente lo arrastró y ya iba a morir triturado por las ruedas, cuando, sin saber cómo ni por qué, el molino se detuvo instantáneamente. El joven consideró aquello como un aviso para tomar la vida más en serio.

A los 24 años consiguió un puesto como ayudante del Arzobispo de Inglaterra (el de Canterbury) el cual se dio cuenta de que este joven tenía cualidades excepcionales para el trabajo, y le fue confiando poco a poco oficios más difíciles e importantes. Lo ordenó de diácono y lo encargó de la administración de los bienes del arzobispado. Lo envió varias veces a Roma a tratar asuntos de mucha importancia, y así Tomás llegó a ser el personaje más importante, después del arzobispo, en aquella iglesia de Londres. Monseñor afirmaba que no se arrepentía de haber depositado en él toda su confianza, porque en todas las responsabilidades que se le encomendaban se esmeraba por desempeñarlas lo mejor posible.

Dicen los que lo conocieron que Santo Tomás Becket era delgado de cuerpo, semblante pálido, cabello oscuro, nariz larga y facciones muy varoniles. Su carácter alegre lo hacía atractivo y agradable en su conversación. Sumamente franco, trataba de decir siempre la verdad y de no andar fingiendo lo que no sentía, pero siempre con el mayor respeto. Sabía expresar sus ideas de manera tan clara, que a la gente le gustaba oírle explicar los asuntos de religión porque se le entendía todo fácilmente y bien.

Tomás como buen diplomático había obtenido que el Papa Eugenio Tercero se hiciera muy amigo del rey de Inglaterra, Enrique II, y este en acción de gracias por tan gran favor, nombró a nuestro santo (cuando sólo tenía 36 años) como Canciller o Ministro de Relaciones Exteriores. Tomás puso todas sus cualidades al servicio de tan alto cargo, y llegó a ser el hombre de confianza del rey. Este no hacía nada importante sin consultarle. Su presencia en el gobierno contribuyó a que dictaran leyes muy favorables para el pueblo. Acompañaba a Enrique II en todas sus correrías por el país y por el exterior (pues Inglaterra tenía amplias posesiones en Francia) y procuraba que en todas partes quedara muy en alto el nombre de su gobierno. Y no tenía miedo en corregir también al monarca cuando veía que se estaba extralimitando en sus funciones. Pero siempre de la manera más amigable posible.

En el 1161 murió el Arzobispo Teobaldo, y entonces al rey le pareció que el mejor candidato para ser arzobispo de Inglaterra era Tomás Becket. Este le advirtió que no era digno de tan sublime cargo. Que su genio era violento y fuerte, y que tomaba demasiado en serio sus responsabilidades y que por eso podía tener muchos problemas con el gobierno civil si lo nombraban jefe del gobierno eclesiástico. Pero su confesor decía: “En su vida privada es intachable, y sabe mantener una gran dignidad aún en ocasiones peligrosas y en tentaciones de toda especie”. Y un Cardenal de mucha confianza del Sumo Pontífice lo convenció de que debía aceptar, y al fin aceptó.

Cuando el rey empezó a insistirle en que aceptara el oficio de Arzobispo, Santo Tomás le hizo una profecía o un anuncio que se cumplió a la letra. Le dijo así: “Si acepto ser Arzobispo me sucederá que el rey que hasta ahora es mi gran amigo, se convertirá en mi gran enemigo”. Enrique no creyó que fuera a suceder así, pero sí sucedió.

Ordenado de sacerdote y luego consagrado como Arzobispo, pidió a sus ayudantes que en adelante le corrigieran con toda valentía cualquier falta que notaran en él. Les decía: “Muchos ojos ven mejor que dos. Si ven en mi comportamiento algo que no está de acuerdo con mi dignidad de arzobispo, les agradeceré de todo corazón si me lo advierten”.

Desde que fue nombrado arzobispo (por el Papa Alejandro III) la vida de Tomás cambió por completo. Se levantaba muy al amanecer. Luego dedicaba una hora a la oración y a la lectura de la S. Biblia. Después del desayuno estudiaba otra hora con un doctor en teología, para estar al día en conocimientos religiosos. Cada día repartía el personalmente las limosnas a muchísimos pobres que llegaban al Palacio Arzobispal. Muy pronto ya los pobres que allí recibían ayuda, eran el doble de los que antes iban a pedir limosna.

Cada día tenía algunos invitados a su mesa, pero durante las comidas, en vez de música escuchaba la lectura de algún libro religioso. Casi todos los días visitaba algunos enfermos del hospital. Examinaba rigurosamente la conducta y la preparación de los que deseaban ser sacerdotes, y a los que no estaban bien preparados o no habían hecho los estudios correspondientes no los dejaba ordenarse de sacerdotes, aunque llegaran con recomendaciones del mismo rey.

Tomás había dicho al rey cuando este le propuso el arzobispado: “Ya verá que los envidiosos tratarán de poner enemistades entre nosotros dos. Además el poder civil tratará de imponer leyes que vayan contra la Iglesia Católica y no podré aceptar eso. Y hasta el mismo rey me pedirá que yo le apruebe ciertos comportamientos suyos, y me será imposible hacerlo”. Esto se fue cumpliendo todo exactamente.

El rey se propuso ponerles enormes impuestos a los bienes de la Iglesia Católica. El arzobispo se opuso totalmente a ello, y desde entonces el cariño de Enrique hacía su antiguo canciller Tomás, se apagó casi por completo. Luego pretendió el rey imponer un fuerte castigo a un sacerdote. El arzobispo se opuso, diciendo que al sacerdote lo juzga su superior eclesiástico y no el poder civil. La rabia del mandatario se encendió furiosamente. Enrique redactó una ley en la cual la Iglesia quedaba casi totalmente sujeta al gobierno civil. El arzobispo exclamó: “No permita Dios que yo vaya jamás a aprobar o a firmar semejante ley”. Y no la aceptó. ¡Nueva rabia del rey! Enseguida este se propuso que en adelante sería el gobierno civil quien nombrara para ciertos cargos eclesiásticos. Tomás se le opuso terminantemente. Resultado: tuvo que salir del país.

Tomás se fue a Francia a entrevistarse con el Papa Alejandro III y pedirle que lo reemplazara por otro en este cargo tan difícil. “Santo Padre le digo yo soy un pobre hombre orgulloso. Yo no fui nunca digno de este oficio. Por favor: nombre a otro, y yo terminaré mis días dedicado a la oración en un convento”. Y se fue a estarse 40 días rezando y meditando en una casa de religiosos.

Pero el Pontífice intervino y obtuvo que entre Enrique y Tomás hicieran las paces. Y así volvió a Inglaterra. Sin embargo, el problema peor estaba por llegar.

Después de seis años de destierro y cuando ya le habían sido confiscados por el rey todos sus bienes y los de sus familiares, el arzobispo Tomás regresó a Inglaterra el 1º de diciembre con el título de “Delegado del Sumo Pontífice”. El trayecto desde que desembarcó hasta que llegó a su catedral de Canterbury fue una marcha triunfal. Las gentes aglomeradas a lo lago de la vía lo aclamaban. Las campanas de todas las iglesias repicaban alegremente y parecía que la hora de su triunfo ya había llegado. Pero era otra clase de triunfo distinta la que le esperaba en ese mes de diciembre. La del martirio.

Como él mismo lo había anunciado, los envidiosos empezaron a llevar cuentos y cuentos al rey contra el arzobispo. Y dicen que un día en uno de sus terribles estallidos de cólera, Enrique II exclamó: “No podrá haber más paz en mi reino mientras viva Becket. ¿Será que no hay nadie que sea capaz de suprimir a este clérigo que me quiere hacer la vida imposible?”.

Al oír semejante exclamación de labios del mandatario, cuatro sicarios se fueron donde el santo arzobispo resueltos a darle muerte. Estaba él orando junto al altar cuando llegaron los asesinos. Era el 29 de diciembre de 1170. Lo atacaron a cuchilladas. No opuso resistencia. Murió diciendo: “Muero gustoso por el nombre de Jesús y en defensa de la Iglesia Católica”. Tenía apenas 52 años.

Se llama apoteosis la glorificación y gran cantidad de honores que se rinden a una persona. La noticia del asesinato de un arzobispo recorrió velozmente Europa causando horror y espanto en todas partes. El Papa Alejandro III lanzó excomunión contar el rey Enrique, el cual profundamente arrepentido duró dos años haciendo penitencia y en el año 1172 fue reconciliado otra vez con su religión y desde entonces se entendió muy bien con las autoridades eclesiásticas. El mártir Tomás consiguió después de su muerte, esto que no había logrado obtener durante su vida.

Tres años después el Sumo Pontífice lo declaró santo, a causa de su martirio y por los muchos milagros que se obraban en su sepulcro.

Dos personajes con nombres de Tomás, ocuparon el cargo de Canciller en Inglaterra, junto con dos reyes de nombre Enrique. Y ambos fueron martirizados por defender a la santa Iglesia Católica. Santo Tomás Becket, martirizado por deseos de Enrique II y Santo Tomás Moro, martirizado por orden del impío rey Enrique VIII.

(http://www.ewtn.com/spanish/Saints/Tomas_Becket.htm)