El obispo de Filadelfia nació en Prachatitz, Bohemia, el 28
de Marzo de 1811, hijo de Philip Neumann y Agnes Lebis. Asistió a la
escuela en Budweis y allí entró en el seminario el año 1831.
Dos de años después, pasó a la universidad de Charles
Ferdinand en Praga donde estudió teología. Cuando su preparación para el
sacerdocio se completó en 1835, deseaba ordenarse pero el obispo
decidió que no habría allí más ordenaciones. Nos resulta difícil
imaginar hoy que Bohemia tuviera entonces demasiados sacerdotes. Juan
escribió a los obispos del mundo, pero en todas partes la misma
historia: ninguno quería ahora sacerdotes. Juan estaba seguro de su
vocación al sacerdocio, pero todas las puertas parecían cerrársele.
Pero Juan no se arredró. Aprendió el inglés trabajando en una fábrica
con obreros de lengua inglesa. De esta forma, pudo escribir a los
obispos de Estados Unidos.
Finalmente, el obispo de Nueva York aceptó ordenarlo. Para responder a
la llamada de Dios de ser sacerdote, Juan debió abandonar su familia
para siempre y atravesar el océano para adentrarse en una tierra lejana y
difícil.
En Nueva York, Juan fue uno de los 36 sacerdotes para 200.000
católicos. Su parroquia, al oeste de Nueva York, se extendía desde
Ontario hasta Pensilvania. Su iglesia no tenía ni campanario ni estaba
pavimentada, pero esto no importaba en absoluto ya que Juan pasaba la
mayor parte de su tiempo visitando poblado tras poblado, escalando
montañas, para visitar a los enfermos, para detenerse en las cabañas y
en las tabernas a fin de enseñar y celebrar la misa en la mesa de la
cocina.
Debido a su trabajo y a lo lejano de la parroquia, Juan soñaba con
una comunidad: entró con los redentoristas, una Congregación de
sacerdotes y hermanos que se dedicaban a ayudar a los pobres y a los más
abandonados. Fue el primer sacerdote que entraba en la Congregación en
América, profesó en Baltimore el 16 de enero de 1842. Desde el principio
destacó por ser una persona altamente piadosa, por su evidente
santidad, por su celo y por su amabilidad. Su conocimiento de seis
idiomas modernos lo hizo particularmente apto para el trabajo en la
sociedad Estadounidense de múltiples idiomas en el siglo diecinueve.
Después de trabajar en Baltimore y Pittsburgh, en 1847 fue nombrado
Visitador o Superior Mayor de los redentoristas en los Estados Unidos.
El Padre Frederick von Held, superior de la Provincia Belga, a la que
pertenecían las casas Estadounidenses, dijo de él: «Es un gran hombre
que combina la piedad con una personalidad fuerte y prudente». Necesitó
estas que calidades durante los dos de años en que desempeñó el cargo,
cuando la fundación estadounidense pasaba por un difícil período de
ajuste.
Cuando dejó el cargo al Padre Bernard Hafkenscheid, los redentoristas
de Estados Unidos estaban mejor preparados para llegar a ser una
provincia autónoma, cosa que sucedió en 1850. El Padre Neumann fue
nombrado Obispo de Filadelfia y consagrado en Baltimore el 2 de marzo de
1852. Su diócesis era muy grande y pasaba por un período de
considerable desarrollo.
Como obispo, fue el primero en organizar un sistema diocesano de escuelas católicas.
Fundador de la educación católica en el país, las escuelas de su
diócesis aumentaron de 2 un 100. Fundó las Hermanas de la Tercera Orden
de San Francisco para enseñar en las escuelas.
Entre las más de ochenta iglesias que construyó durante su
episcopado, debe mencionarse la catedral de los Santos Pedro y Pablo que
él comenzó. San Juan Neumann era de estatura pequeña, nunca tuvo una
salud robusta, pero en su corta vida tuvo una gran actividad. Encontró
tiempo para una considerable actividad literaria además de sus
obligaciones pastorales. Escribió asimismo numerosos artículos en
revistas y periódicos católicos; publicó dos catecismos y, en 1849, una
historia de la Biblia para escuelas. Continuó esta actividad justamente
hasta el final de su vida.
El 5 de enero de 1860 (con 48 años de edad) se desplomó en la calle,
en su ciudad episcopal y murió antes de que pudieran administrársele los
últimos Sacramentos. Fue beatificado por el Papa Pablo VI el 13 de
octubre de 1963 y canonizado por el mismo Papa sobre el 17 de junio de
1977. Su fiesta es cada 5 de enero.
!Oh! Santa Isabel Ana Bayley, vos sois la hija del Dios de la Vida, y su amada santa, que fundastesi la primera escuela católica y la primera congregación estadounidense de religiosas bajo el nombre de «Hermanas de la Caridad de San José». Fallecido vuestro esposo, fuistesis acogida por la famiia italiana Felicchi un tiempo, y allí, os atrajo el catolicismo, pues la devoción y calor humano de los dueños de casa os tocó, el corazón, por lo que decidisteis conocer la fe de los Felicchi. Y, así, un día deseasteis convertiros en católica, porque dos cosas os habían impresionado de la Iglesia católica y os impulsaron a convertiros: la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía y la devoción a la Virgen María. Superando la incomprensión de vuestros familiares por haberos hecho católica, nunca os desanimasteis y empezasteis a trabajar como voluntaria educadora. Vuestro compromiso con los que más sufren os impulsó a fundar una comunidad religiosa llamada «Instituto de Hermanas de la Caridad de San José, primera congregación religiosa femenina fundada en Norteamérica. Después de morir, vuestra fundación se unió a la Compañía de las Hijas de la Caridad de París, tal como fue vuestro deseo inicial. Vos también, fundasteis la primera escuela parroquial católica en Estados Unidos, con la que señalasteis el camino que seguiría la educación religiosa en ese país. Os beatificó San Juan XXIII, Papa y luego os canonizó San Pablo VI, Papa. Patrona de las escuelas católicas, las viudas y los niños en peligro de muerte, !Aleluya! !Oh! Santa Isabel Ana Bayley, «viva hija del Dios de la Vida».
Isabel Ana Bayley viuda de Seton es la primera santa nacida
en los Estados Unidos, país donde fundó la primera escuela católica y la
primera congregación estadounidense de religiosas bajo el nombre de
Hermanas de la Caridad de San José. Se le considera patrona de las
escuelas católicas, las viudas y los niños en peligro de muerte.
Isabel nació el 28 de agosto de 1774 en Nueva York. Sus padres, el
Dr. Richard Bayley y su esposa, Catalina Charlton, eran anglicanos y
leales miembros del partido conservador.
A los 20 años, la Santa conoció a William Magee Seton, un reconocido
hombre de negocios con el que se casó luego de un breve tiempo de
noviazgo y con el que tuvo cinco hijos.
El 27 de diciembre de 1803, su esposo falleció debido a una
tuberculosis. Encontrándose en una difícil situación, fue acogida
durante varios meses en la casa de la familia italiana Felicchi.
En los días de su estancia con los Felicchi, Isabel entró en contacto
con el catolicismo. Desde el principio, la devoción y calor humano de
los dueños de casa le había tocado el corazón, por lo que decidió
conocer con mayor profundidad la fe de los Felicchi. El 14 de marzo de
1805, Isabel expresó su deseo de convertirse en católica. Dos cosas la
habían impresionado de la Iglesia católica y la impulsaron a
convertirse: la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía y la
devoción a la Virgen María.
De regreso a Nueva York, se encontró con la incomprensión de sus familiares por haberse hecho católica.
Pese a este duro golpe, Isabel no se arredra sino que empieza a
trabajar como voluntaria, en el papel de maestra o educadora. Su
compromiso con los que más sufren la impulsó a concretar la idea de la
fundación de una comunidad religiosa. En 1809, fundó en Baltimore, el
Instituto de Hermanas de la Caridad de San José, la primera congregación
religiosa femenina fundada en Norteamérica. Después de su muerte, las
Hermanas se unen a la Compañía de las Hijas de la Caridad de París, tal
como fue su deseo inicial. Isabel también fundó la primera escuela
parroquial católica en Estados Unidos, con lo que marcó el derrotero que
seguiría la educación religiosa en ese país.
Isabel Ana Bayley Seton falleció en Maryland el 4 de enero de 1821.
Fue beatificada el 17 de marzo de 1963 por el Papa San Juan XXIII y
luego canonizada el 14 de septiembre de 1975 por el Papa San Pablo VI.
Hoy, una imagen suya adorna una de las puertas principales de la Catedral de San Patricio en Nueva York
¡Oh!, Santísimo y Gloriosísimo Nombre de Jesús; ¿Quién más sino Vos, para llevar ese Santísimo Nombre? ¡Nadie, más que Vos! ¡Maravilloso Nombre! Vuestro Amadísimo Padre, os lo dio, para vivo ysempiterno recuerdo de todas las bendiciones que recibimos de Vos, a cada nada, pues él, nos ayuda en nuestras espirituales y corporales necesidades, gracias a Vuestra promesa: “En mi nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas, agarrarán serpientes en sus manos y aunque beban veneno no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien”. Y, vuestros Apóstoles así, lo hicieron dando fuerza a los lisiados, vida a los muertos, consuelo en las aflicciones espirituales y recordándole al justo el sufrimiento y la muerte del inocente Cordero de Dios. También Vuestro Santísimo Nombre, nos protege de Satanás y de sus engaños, pues él teme Vuestro Nombre: ¡Jesús!, porque lo vencisteis en la Cruz. Además, con Vuestro Nombre obtenemos toda bendición y gracia en el tiempo y la eternidad, pues Vos, mismo dijisteis: “lo que pidáis al Padre, os lo dará en mi nombre”. Y, la Iglesia, todas sus plegarias las concluye, así: “Por Jesucristo Nuestro Señor” ¡Amén! ¡Bendito el Santísimo Nombre de “Jesús” ahora y siempre! ¡Oh!, Santísimo y Gloriosísimo Nombre de “Jesús”, Amado del Padre.
Cada 3 de enero la Iglesia celebra el Día del Santísimo Nombre de Jesús.
“Éste es aquel santísimo nombre anhelado por los patriarcas, esperado
con ansiedad, demandado con gemidos, invocado con suspiros, requerido
con lágrimas, donado al llegar la plenitud de la gracia”, decía San Bernardino de Siena.
El nombre “Jesús” es la forma latina del griego “Iesous”, que
a su vez es la transliteración del hebreo “Jeshua” o “Joshua”, o
también “Jehoshua”, que significa “Yahveh es salvación”.
La aparición de la veneración al Santísimo Nombre de Jesús se remite a
las celebraciones litúrgicas del siglo XIV. San Bernardino de Siena, en
el siglo XV, junto a sus discípulos propagaron el culto al Nombre de
Jesús, y un siglo después, hacia 1530, el Papa Clemente VII concedió por
primera vez a la Orden Franciscana la autorización para la celebración
del Oficio del Santísimo Nombre de Jesús.
En su tiempo, San Bernardino solía llevar una tablilla que mostraba
la Eucaristía con rayos saliendo de ella en la que se podía ver el
monograma “IHS”, abreviación del Nombre de Jesús en griego (ιησουσ). Más
adelante, la tradición devocional le añade un nuevo sentido a dicho
monograma, convirtiéndolo en un “cristograma”: «I» por “Iesus” (Jesús);
«H» por Hominum (de los hombres); «S» por “Salvator» (Salvador). Es
decir IHS quiere decir “Jesús, Salvador de los hombres”. Nuevos sentidos
se añadirán posteriormente.
San Ignacio de Loyola y los jesuitas hicieron de este monograma el emblema de la Compañía de Jesús.
El Nombre de Jesús, invocado con confianza:
Brinda ayuda en las necesidades corporales, según la promesa de
Cristo: «En mi nombre agarrarán serpientes en sus manos y aunque beban
veneno no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se
pondrán bien» (Mc. 16,17-18). En el Nombre de Jesús, los Apóstoles
dieron fuerza a los lisiados (Hch. 3,6; 9,34) y vida a los muertos (Hch.
9,40).
Da consuelo en las pruebas espirituales. El Nombre de
Jesús le recuerda al pecador el «padre del hijo pródigo» y el buen
samaritano; al justo le recuerda el sufrimiento y la muerte del inocente
Cordero de Dios.
Nos protege de Satanás y sus artimañas, ya que el diablo le teme al Nombre de Jesús, quien lo ha vencido en la Cruz.
En
el nombre de Jesús obtenemos toda bendición y gracia en el tiempo y la
eternidad, pues Cristo dijo: «lo que pidan al Padre se los dará en mi
nombre.» (Jn. 16,23). Por lo tanto, la Iglesia concluye todas sus
oraciones con las palabras: «Por Jesucristo Nuestro Señor», etc. Así se
cumple la palabra de San Pablo: «Para que al nombre de Jesús toda
rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos.» (Flp.
2,10).
Texto del Evangelio (Jn 1,1-18): «En
el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la
Palabra era Dios. Ella estaba en el principio con Dios. Todo se hizo por
ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe. En ella estaba la
vida y la vida era la luz de los hombres, y la luz brilla en las
tinieblas, y las tinieblas no la vencieron.
Hubo
un hombre, enviado por Dios: se llamaba Juan. Éste vino para un
testimonio, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por
él. No era él la luz, sino quien debía dar testimonio de la luz. La
Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este
mundo. En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por ella, y el mundo no
la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a todos
los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que
creen en su nombre; la cual no nació de sangre, ni de deseo de hombre,
sino que nació de Dios. Y la Palabra se
hizo carne, y puso su morada entre nosotros, y hemos contemplado su
gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y
de verdad. Juan da testimonio de Él y clama: «Éste era del que yo dije:
El que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía
antes que yo». Pues de su plenitud hemos recibido todos, y gracia por
gracia. Porque la Ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la
verdad nos han llegado por Jesucristo. A Dios nadie le ha visto jamás:
el Hijo único, que está en el seno del Padre, Él lo ha contado.«
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«Y la Palabra se hizo carne, y puso su morada entre
nosotros, y hemos contemplado su gloria» + Rev. D. Ferran BLASI i Birbe
(Barcelona, España)
Hoy, el Evangelio de Juan se nos presenta en una forma poética y
parece ofrecernos, no solamente una introducción, sino también como una
síntesis de todos los elementos presentes en este libro. Tiene un ritmo
que lo hace solemne, con paralelismos, similitudes y repeticiones
buscadas, y las grandes ideas trazan como diversos grandes círculos. El
punto culminante de la exposición se encuentra justo en medio, con una
afirmación que encaja perfectamente en este tiempo de Navidad: «Y la
Palabra se hizo carne, y puso su morada entre nosotros» (Jn 1,14).
El
autor nos dice que Dios asumió la condición humana y se instaló entre
nosotros. Y en estos días lo encontramos en el seno de una familia:
ahora en Belén, y más adelante con ellos en el exilio de Egipto, y
después en Nazaret.
Dios ha querido que su Hijo comparta nuestra
vida, y —por eso— que transcurra por todas las etapas de la existencia:
en el seno de la Madre, en el nacimiento y en su constante crecimiento
(recién nacido, niño, adolescente y, por siempre, Jesús, el Salvador).
Y
continúa: «Hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre
como Hijo único, lleno de gracia y de verdad» (Ibidem). También en estos
primeros momentos, lo han cantado los ángeles: «Gloria a Dios en el
cielo», «y paz en la tierra» (cf. Lc 2,14). Y, ahora, en el hecho de
estar arropado por sus padres: en los pañales preparados por la Madre,
en el amoroso ingenio de su padre —bueno y mañoso— que le ha preparado
un lugar tan acogedor como ha podido, y en las manifestaciones de afecto
de los pastores que van a adorarlo, y le hacen carantoñas y le llevan
regalos.
He aquí cómo este fragmento del Evangelio nos ofrece la
Palabra de Dios —que es toda su Sabiduría—. De la cual nos hace
participar, nos proporciona la Vida en Dios, en un crecimiento sin
límite, y también la Luz que nos hace ver todas las cosas del mundo en
su verdadero valor, desde el punto de vista de Dios, con “visión
sobrenatural”, con afectuosa gratitud hacia quien se ha dado enteramente
a los hombres y mujeres del mundo, desde que apareció en este mundo
como un Niño.
Pensamientos para el Evangelio de hoy
«Despierta, oh hombre, y reconoce la dignidad de tu naturaleza.
Recuerda que fuiste hecho a imagen de Dios; esta imagen, que fue
destruida en Adán, ha sido restaurada en Cristo» (San León Magno)
«Aquellos
que creen en el nombre de Cristo reciben un nuevo origen. El mismo
origen de Jesucristo ahora se convierte en nuestro propio origen.
Nuestra verdadera “genealogía” es la fe en Jesús, que nos da una nueva
proveniencia, nos hace nacer “de Dios”» (Benedicto XVI)
«El
Símbolo de la fe profesa la grandeza de los dones de Dios al hombre por
la obra de su creación, y más aún, por la redención y la santificación
(…). Reconociendo en la fe su nueva dignidad, los cristianos son
llamados a llevar en adelante una ‘vida digna del Evangelio de Cristo’
(Flp 1,27). Por los sacramentos y la oración reciben la gracia de Cristo
y los dones de su Espíritu que les capacitan para ello» (Catecismo de
la Iglesia Católica, nº 1.692)
Navidad: 1 de Enero Santa María, Madre de Dios Texto del Evangelio (Lc 2,16-21): En
aquel tiempo, los pastores fueron a toda prisa, y encontraron a María y
a José, y al Niño acostado en el pesebre. Al verlo, dieron a conocer lo
que les habían dicho acerca de aquel Niño; y todos los que lo oyeron se
maravillaban de lo que los pastores les decían. María, por su parte,
guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón. Los pastores
se volvieron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y
visto, conforme a lo que se les había dicho. Cuando se cumplieron los
ocho días para circuncidarle, se le dio el nombre de Jesús, el que le
dio el ángel antes de ser concebido en el seno.
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«Los pastoresfueron a toda prisa, y
encontraron a María y a José, y al Niño acostado en el pesebre» Rev. D.
Manel VALLS i Serra (Barcelona, España)
Hoy, la Iglesia contempla agradecida la maternidad de la Madre de
Dios, modelo de su propia maternidad para con todos nosotros. Lucas nos
presenta el “encuentro” de los pastores “con el Niño”, el cual está
acompañado de María, su Madre, y de José. La discreta presencia de José
sugiere la importante misión de ser custodio del gran misterio del Hijo
de Dios. Todos juntos, pastores, María y José, «con el Niño acostado en
el pesebre» (Lc 2,16) son como una imagen preciosa de la Iglesia en
adoración.
“El pesebre”: Jesús ya está ahí puesto, en una velada
alusión a la Eucaristía. ¡Es María quien lo ha puesto! Lucas habla de un
“encuentro”, de un encuentro de los pastores con Jesús. En efecto, sin
la experiencia de un “encuentro” personal con el Señor no se da la fe.
Sólo este “encuentro”, el cual ha comportado un “ver con los propios
ojos”, y en cierta manera un “tocar”, hace capaces a los pastores de
llegar a ser testigos de la Buena Nueva, verdaderos evangelizadores que
pueden dar «a conocer lo que les habían dicho acerca de aquel Niño» (Lc
2,17).
Se nos señala aquí un primer fruto del “encuentro” con
Cristo: «Todos los que lo oyeron se maravillaban» (Lc 2,18). Hemos de
pedir la gracia de saber suscitar este “maravillamiento”, esta
admiración en aquellos a quienes anunciamos el Evangelio.
Hay
todavía un segundo fruto de este encuentro: «Los pastores se volvieron
glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto» (Lc
2,20). La adoración del Niño les llena el corazón de entusiasmo por
comunicar lo que han visto y oído, y la comunicación de lo que han visto
y oído los conduce hasta la plegaria de alabanza y de acción de
gracias, a la glorificación del Señor.
María, maestra de
contemplación —«guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su
corazón» (Lc 2,19)— nos da Jesús, cuyo nombre significa “Dios salva”. Su
nombre es también nuestra Paz. ¡Acojamos en el corazón este sagrado y
dulcísimo Nombre y tengámoslo frecuentemente en nuestros labios!
Pensamientos para el Evangelio de hoy
«El pueblo entero de la ciudad de Éfeso permaneció ansioso en
espera de la resolución [del Sínodo sobre la Maternidad de María]…
Cuando se supo que el autor de las blasfemias [Nestorio] había sido
depuesto, todos a una voz comenzaron a glorificar a Dios» (San Cirilo de
Alejandría)
«Jesús es el Hijo de Dios y, al mismo tiempo, es
hijo de una mujer: María. Viene de Ella. Es de Dios y de María. Por eso
la Madre de Jesús se puede y se debe llamar Madre de Dios, “Theotókos”
(Concilio de Éfeso, año 431)» (Benedicto XVI)
«El concilio de
Éfeso proclamó en el año 431 que María llegó a ser con toda verdad Madre
de Dios mediante la concepción humana del Hijo de Dios en su seno:
Madre de Dios, no porque el Verbo de Dios haya tomado de ella su
naturaleza divina, sino porque es de Ella (…)» (Catecismo de la Iglesia
Católica, nº 466)
¡Oh!; San Silvestre, vos, sois el hijo del Dios de la Vida, su Papa y amado santo. Aquél que, nuevos ti empos respiró, pues cesó, la persecución contra los cristianos y Constantino emperador, por la pila bautismal pasó, y su lanza puso, a los pies de la Cruz de Cristo, Dios y Señor Nuestro, como su nueva Luz. Así, las palabras del Dios eterno, realidad cobraron: «que no habría rodilla alguna sobre la faz de la tierra, que no se doblase”. Y, así fue. Y, a vos, os tocó la dicha de poder construir la antigua Basílica de San Pedro en el Vaticano, y la primera Basílica de Letrán, y, además, el de regalarnos el “Credo Niceno Constantinopolitano”, fruto luminoso del Concilio de Nicea, así, por vos llamado. Una pregunta hay en el medio, que urge el hacerla: ¿Dónde estaréis ahora? ¿Dónde? Y, una sola respuesta hay: ¡en la eternidad de la gloria de Cristo!, corona de luz eterna luciendo, como justo premio a vuestra entrega de amor y fidelidad. ¡Aleluya! ¡Aleluya! ¡ ¡oh!, San Silvestre, «vivo administrador de Dios».
San Silvestre (270-335) fue el trigésimo tercer Papa de la
Iglesia Católica. Su pontificado duró alrededor de 21 años, desde el año
314 hasta su muerte. Nació en Roma y gobernó a la Iglesia en la etapa
en la que el Imperio Romano detuvo la persecución religiosa, gracias al
Edicto de Milán (313). Una etapa de nuevos retos para los cristianos, en
la que se afrontó la aparición y difusión de muchas herejías, el
declive del espíritu religioso y las intromisiones del poder imperial,
ocasionadas por Constantino, en los asuntos eclesiales.
En este contexto, Dios quiso que el Papa San Silvestre, elegido el 31
de enero del 314, asumiera el liderazgo de la Iglesia. Pasada la
persecución, el arrianismo dividía a obispos y fieles. Cuando el
emperador Constantino ordenó el Concilio de Nicea en el 325 -el primer
concilio ecuménico- el Pontífice envió un obispo y dos sacerdotes en su
nombre. En este concilio se condenó la herejía de Arrio (siglo III), que
negaba la divinidad de Jesucristo y su consustancialidad con el Padre;
además, se formuló el Credo de Nicea, luego aprobado por Silvestre.
El emperador y muchas familias conversas al cristianismo donaron
bienes y riquezas a la Iglesia. San Silvestre se convirtió, entonces, en
el primer Papa administrador. Ordenó la edificación de templos y
convirtió el Palacio Laterano, donado por Constantino, en la primera
catedral de Roma, hoy llamada San Juan de Letrán.
Murió el 31 de diciembre del 335 y por ello se le conmemora en este
día. Fue el primer Pontífice que no murió mártir, después de 32 papas.
¡Oh!, Santo Tomás Becket, vos, sois el hijo del Dios de la vida y su amado santo. Aquél mismo que, su vida entregara porla defensa de la Doctrina Católica. Dijisteis a vuestro rey premonitoriamente así: “Si acepto ser Arzobispo me sucederá que el rey que hasta ahora es mi gran amigo, se convertirá en mi gran enemigo”. “Ya verá que los envidiosos tratarán de poner enemistades entre nosotros dos. Además el poder civil tratará de imponer leyes que vayan contra la Iglesia Católica y no podré aceptar eso. Y hasta el mismo rey me pedirá que yo le apruebe ciertos comportamientos suyos, y me será imposible hacerlo”. ¡Y, sucedió tal cual lo habíais anunciado! Vos, a menudo decíais a vuestros sacerdotes: “Muchos ojos ven mejor que dos. Si ven en mi comportamiento algo que no está de acuerdo con mi dignidad de arzobispo, les agradeceré de todo corazón si me lo advierten”. Vuestra rutina diaria: orar, teología estudiar, repartir limosnas a los pobres, compartir vuestra mesa y durante ellas escuchar la lectura de algún libro religioso y visitar enfermos. Además, os dabais tiempo para con vuestros sacerdotes, examinándolos rigurosamente en su conducta y su preparación. Os opusisteis de radical manera, a los cuantiosos impuestos a los bienes de la Iglesia Católica. En uno de sus terribles estallidos de cólera, Enrique II exclamó: «No podrá haber más paz en mi reino mientras viva Becket. ¿Será que no hay nadie que sea capaz de suprimir a este clérigo que me quiere hacer la vida imposible?». Y, así, lleno de rabia y de sed de venganza el impío reyezueo ordenó que os atacaran mientras orabais, cortándoos la cabeza y con ella vuestra vida, no sin antes decir: “Muero gustoso por el nombre de Jesús y en defensa de la Iglesia Católica”, siendo coronado con corona de luz como justo premio a vuestra entrega de amor y lealtad; ¡oh!, Santo Tomás Becket, “vivo defensor del Dios Vivo».
29 de Diciembre Santo Tomás Becket Arzobispo y Mártir Año 1170
Quiera Dios que también los
jefes actuales de la Santa Iglesia Católica en todos los sitios del
mundo, prefieran perder bienes, dignidades y hasta la propia vida, con
tal de permanecer fieles a nuestra santísima religión hasta la muerte.
Este mártir que entregó su vida por defender los derechos de
la religión católica, nació en Londres en 1118. Era hijo de un empleado
oficial, y en sus primeros años fue educado por los monjes del convento
de Merton. Después tuvo que trabajar como empleado de un comerciante, al
cual acompañaba los días de descanso a hacer largas correrías dedicados
a la cacería. Desde entonces adquirió su gran afición por los viajes
aunque fueran por caminos muy difíciles.
Un día persiguiendo una presa de cacería, corrió con tan gran
imprudencia que cayó a un canal que llevaba el agua para mover un
molino. La corriente lo arrastró y ya iba a morir triturado por las
ruedas, cuando, sin saber cómo ni por qué, el molino se detuvo
instantáneamente. El joven consideró aquello como un aviso para tomar la
vida más en serio.
A los 24 años consiguió un puesto como ayudante del Arzobispo de
Inglaterra (el de Canterbury) el cual se dio cuenta de que este joven
tenía cualidades excepcionales para el trabajo, y le fue confiando poco a
poco oficios más difíciles e importantes. Lo ordenó de diácono y lo
encargó de la administración de los bienes del arzobispado. Lo envió
varias veces a Roma a tratar asuntos de mucha importancia, y así Tomás
llegó a ser el personaje más importante, después del arzobispo, en
aquella iglesia de Londres. Monseñor afirmaba que no se arrepentía de
haber depositado en él toda su confianza, porque en todas las
responsabilidades que se le encomendaban se esmeraba por desempeñarlas
lo mejor posible.
Dicen los que lo conocieron que Santo Tomás Becket era delgado de
cuerpo, semblante pálido, cabello oscuro, nariz larga y facciones muy
varoniles. Su carácter alegre lo hacía atractivo y agradable en su
conversación. Sumamente franco, trataba de decir siempre la verdad y de
no andar fingiendo lo que no sentía, pero siempre con el mayor respeto.
Sabía expresar sus ideas de manera tan clara, que a la gente le gustaba
oírle explicar los asuntos de religión porque se le entendía todo
fácilmente y bien.
Tomás como buen diplomático había obtenido que el Papa Eugenio
Tercero se hiciera muy amigo del rey de Inglaterra, Enrique II, y este
en acción de gracias por tan gran favor, nombró a nuestro santo (cuando
sólo tenía 36 años) como Canciller o Ministro de Relaciones Exteriores.
Tomás puso todas sus cualidades al servicio de tan alto cargo, y llegó a
ser el hombre de confianza del rey. Este no hacía nada importante sin
consultarle. Su presencia en el gobierno contribuyó a que dictaran leyes
muy favorables para el pueblo. Acompañaba a Enrique II en todas sus
correrías por el país y por el exterior (pues Inglaterra tenía amplias
posesiones en Francia) y procuraba que en todas partes quedara muy en
alto el nombre de su gobierno. Y no tenía miedo en corregir también al
monarca cuando veía que se estaba extralimitando en sus funciones. Pero
siempre de la manera más amigable posible.
En el 1161 murió el Arzobispo Teobaldo, y entonces al rey le pareció
que el mejor candidato para ser arzobispo de Inglaterra era Tomás
Becket. Este le advirtió que no era digno de tan sublime cargo. Que su
genio era violento y fuerte, y que tomaba demasiado en serio sus
responsabilidades y que por eso podía tener muchos problemas con el
gobierno civil si lo nombraban jefe del gobierno eclesiástico. Pero su
confesor decía: “En su vida privada es intachable, y sabe mantener una
gran dignidad aún en ocasiones peligrosas y en tentaciones de toda
especie”. Y un Cardenal de mucha confianza del Sumo Pontífice lo
convenció de que debía aceptar, y al fin aceptó.
Cuando el rey empezó a insistirle en que aceptara el oficio de
Arzobispo, Santo Tomás le hizo una profecía o un anuncio que se cumplió a
la letra. Le dijo así: “Si acepto ser Arzobispo me sucederá que el rey
que hasta ahora es mi gran amigo, se convertirá en mi gran enemigo”.
Enrique no creyó que fuera a suceder así, pero sí sucedió.
Ordenado de sacerdote y luego consagrado como Arzobispo, pidió a sus
ayudantes que en adelante le corrigieran con toda valentía cualquier
falta que notaran en él. Les decía: “Muchos ojos ven mejor que dos. Si
ven en mi comportamiento algo que no está de acuerdo con mi dignidad de
arzobispo, les agradeceré de todo corazón si me lo advierten”.
Desde que fue nombrado arzobispo (por el Papa Alejandro III) la vida
de Tomás cambió por completo. Se levantaba muy al amanecer. Luego
dedicaba una hora a la oración y a la lectura de la S. Biblia. Después
del desayuno estudiaba otra hora con un doctor en teología, para estar
al día en conocimientos religiosos. Cada día repartía el personalmente
las limosnas a muchísimos pobres que llegaban al Palacio Arzobispal. Muy
pronto ya los pobres que allí recibían ayuda, eran el doble de los que
antes iban a pedir limosna.
Cada día tenía algunos invitados a su mesa, pero durante las comidas,
en vez de música escuchaba la lectura de algún libro religioso. Casi
todos los días visitaba algunos enfermos del hospital. Examinaba
rigurosamente la conducta y la preparación de los que deseaban ser
sacerdotes, y a los que no estaban bien preparados o no habían hecho los
estudios correspondientes no los dejaba ordenarse de sacerdotes, aunque
llegaran con recomendaciones del mismo rey.
Tomás había dicho al rey cuando este le propuso el arzobispado: “Ya
verá que los envidiosos tratarán de poner enemistades entre nosotros
dos. Además el poder civil tratará de imponer leyes que vayan contra la
Iglesia Católica y no podré aceptar eso. Y hasta el mismo rey me pedirá
que yo le apruebe ciertos comportamientos suyos, y me será imposible
hacerlo”. Esto se fue cumpliendo todo exactamente.
El rey se propuso ponerles enormes impuestos a los bienes de la
Iglesia Católica. El arzobispo se opuso totalmente a ello, y desde
entonces el cariño de Enrique hacía su antiguo canciller Tomás, se apagó
casi por completo. Luego pretendió el rey imponer un fuerte castigo a
un sacerdote. El arzobispo se opuso, diciendo que al sacerdote lo juzga
su superior eclesiástico y no el poder civil. La rabia del mandatario se
encendió furiosamente. Enrique redactó una ley en la cual la Iglesia
quedaba casi totalmente sujeta al gobierno civil. El arzobispo exclamó:
“No permita Dios que yo vaya jamás a aprobar o a firmar semejante ley”. Y
no la aceptó. ¡Nueva rabia del rey! Enseguida este se propuso que en
adelante sería el gobierno civil quien nombrara para ciertos cargos
eclesiásticos. Tomás se le opuso terminantemente. Resultado: tuvo que
salir del país.
Tomás se fue a Francia a entrevistarse con el Papa Alejandro III y
pedirle que lo reemplazara por otro en este cargo tan difícil. “Santo
Padre le digo yo soy un pobre hombre orgulloso. Yo no fui nunca digno de
este oficio. Por favor: nombre a otro, y yo terminaré mis días dedicado
a la oración en un convento”. Y se fue a estarse 40 días rezando y
meditando en una casa de religiosos.
Pero el Pontífice intervino y obtuvo que entre Enrique y Tomás
hicieran las paces. Y así volvió a Inglaterra. Sin embargo, el problema
peor estaba por llegar.
Después de seis años de destierro y cuando ya le habían sido
confiscados por el rey todos sus bienes y los de sus familiares, el
arzobispo Tomás regresó a Inglaterra el 1º de diciembre con el título de
“Delegado del Sumo Pontífice”. El trayecto desde que desembarcó hasta
que llegó a su catedral de Canterbury fue una marcha triunfal. Las
gentes aglomeradas a lo lago de la vía lo aclamaban. Las campanas de
todas las iglesias repicaban alegremente y parecía que la hora de su
triunfo ya había llegado. Pero era otra clase de triunfo distinta la que
le esperaba en ese mes de diciembre. La del martirio.
Como él mismo lo había anunciado, los envidiosos empezaron a llevar
cuentos y cuentos al rey contra el arzobispo. Y dicen que un día en uno
de sus terribles estallidos de cólera, Enrique II exclamó: “No podrá
haber más paz en mi reino mientras viva Becket. ¿Será que no hay nadie
que sea capaz de suprimir a este clérigo que me quiere hacer la vida
imposible?”.
Al oír semejante exclamación de labios del mandatario, cuatro
sicarios se fueron donde el santo arzobispo resueltos a darle muerte.
Estaba él orando junto al altar cuando llegaron los asesinos. Era el 29
de diciembre de 1170. Lo atacaron a cuchilladas. No opuso resistencia.
Murió diciendo: “Muero gustoso por el nombre de Jesús y en defensa de la
Iglesia Católica”. Tenía apenas 52 años.
Se llama apoteosis la glorificación y gran cantidad de honores que se
rinden a una persona. La noticia del asesinato de un arzobispo recorrió
velozmente Europa causando horror y espanto en todas partes. El Papa
Alejandro III lanzó excomunión contar el rey Enrique, el cual
profundamente arrepentido duró dos años haciendo penitencia y en el año
1172 fue reconciliado otra vez con su religión y desde entonces se
entendió muy bien con las autoridades eclesiásticas. El mártir Tomás
consiguió después de su muerte, esto que no había logrado obtener
durante su vida.
Tres años después el Sumo Pontífice lo declaró santo, a causa de su
martirio y por los muchos milagros que se obraban en su sepulcro.
Dos personajes con nombres de Tomás, ocuparon el cargo de Canciller
en Inglaterra, junto con dos reyes de nombre Enrique. Y ambos fueron
martirizados por defender a la santa Iglesia Católica. Santo Tomás
Becket, martirizado por deseos de Enrique II y Santo Tomás Moro,
martirizado por orden del impío rey Enrique VIII.