¡Oh!, San Bernardo de Claraval; vos, sois el hijo del Dios
de la Vida, su amado santo y quizás, por lo tanto, preguntarme
deba y preguntaros a vos: ¿Qué carisma habría encerrado
en vos, Aquél que todo lo sabe y lo ve? ¿Con qué fuerza
os sedujo, que un poco más, hacéis de vuestra casa
convento familiar? ¡Sólo Dios! y más nadie, capaz es, de
tamaño milagro. Una noche de Navidad, mientras celebraban
las ceremonias religiosas en el templo, vos, os quedasteis
dormido y se os apareció El Niño Jesús, en brazos de María,
y que Ella, Su Santa Madre os ofrecía al Niñito Santo para
que lo amarais y lo hicierais amar mucho por los demás.
Desde ese día ya no pensasteis sino, en consagraros a la
religión y a vuestro apostolado. ¿Qué dulzor en vuestro
hablar?, que atraían como abejas al panal celestial a los
jóvenes de vuestro tiempo. No en vano, os llamaban “El
cazador de almas y vocaciones”, y “doctor boca de miel”.
Porque, también de vos, son las palabras a la “Llena de
Gracia” de la salve: “Oh clemente, oh piadosa, oh siempre
dulce Virgen María”, prueba de vuestro grande amor celestial.
“Batallador y valiente”, como el honor que hicisteis
al significado de vuestro santo nombre y, elevando así
vuestro espíritu hasta la misma casa del Padre. Y, así,
y después de haber llegado a ser el más famoso de Europa
en vuestro tiempo y de haber conseguido varios milagros,
como el de hacer hablar a un mudo, el cual muchos pecados
confesó y, el de haber fundado varios monasterios con
monjes llenos de fe, vuestros discípulos os dijeron que
pidieseis a Dios la gracia de seguir viviendo unos cuantos
años más y les dijisteis: “Mi gran deseo es ir a ver a
Dios y a estar junto a Él. Pero el amor hacia mis discípulos
me mueve a querer seguir ayudándolos. Que el Señor Dios
haga lo que a Él mejor le parezca”. Y, a Dios le pareció
que ya habíais sufrido y trabajado bastante y que merecíais
el descanso eterno y el premio que os había preparado para vos:
“ver con vuestros propios ojos al Dios de la Vida y del Amor”;
¡oh!, San Bernardo, “vivo cazador de almas del Dios Vivo”.
© 2024 by Luis Ernesto Chacón Delgado
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20 de Agosto
San Bernardo, Abad
Doctor de la Iglesia y Fundador
Año 1153
San
Bernardo: Gran predicador, enamorado de Cristo y de la Madre Santísima:
pídele al buen Dios que nos conceda a nosotros un amor a Dios y al
prójimo, semejante al que te concedió a ti. Quiera Dios que así sea.
“NO ERES MÁS SANTO PORQUE NO ERES MÁS DEVOTO DE MARÍA” (San Bernardo).
Bernardo significa: “Batallador y valiente”. (Bern=batallador; Nard=valiente)
En
orden cronológico, o sea en cuanto al tiempo, San Bernardo es el último
de los llamados Padres de la Iglesia. Pero en importancia es uno de los
que más han influido en el pensamiento católico en todo el mundo. Nace
en Borgoña, Francia (cerca de Suiza) en el año 1090. Sus padres tuvieron
siete hijos y a todos los formaron estrictamente haciéndoles aprender
el latín, la literatura y, muy bien aprendida, la religión.
La familia que se fue con Cristo
Esta
familia ha sido un caso único en la historia. Cuando Bernardo se fue de
religioso, se llevó consigo a sus 4 hermanos varones, y un tío, dejando
a su hermana a que cuidará al papá (la mamá ya había muerto) y el
hermanito menor para que administrara las posesiones que tenían. Dicen
que cuando llamaron al menor para anuanciarle que ellos se iban de
religiosos, el muchacho les respondió: “¡Ajá! ¿Conque ustedes se van a
ganarse el cielo, y a mí me dejan aquí unicamente en la tierra? Esto no
lo puedo aceptar”. Y un tiempo después, también él se fue de religioso. Y
más tarde llegaron además al convento el papá y el esposo de la hermana
(y ella también se fué de monja). Casos como este son más únicos que
raros.
La personalidad de Bernardo
Pocos
individuos han tenido una personalidad tan impactante y atrayente, como
San Bernardo. El poseía todas las ventajas y cualidades que pueden
hacer amable y simpático a un joven. Inteligencia viva y brillante.
Temperamento bondadoso y alegre, se ganaba la simpatía de cuantos
trataban con él. Esto y su físico lleno de vigor y lozanía era ocasión
de graves peligros para su castidad y santidad. Por eso durante algún
tiempo se enfrió en su fervor y empezó a inclinarse hacia lo mundano y
lo sensual. Pero todo esto lo llenaba de desilusiones. Las amistades
mundanas por más atractivas y brillantes que fueran lo dejaban vacío y
lleno de hastío. Después de cada fiesta se sentía más y más
desilusionado del mundo y de sus placeres.
A mal grave, remedio terrible
Como
sus pasiones sexuales lo atacaban violentamente, una noche se revolcó
entre el hielo hasta quedar casi congelado. Y el tremendo remedio le
trajo mucha paz.
Una visión cambia su rumbo
Una
noche de Navidad, mientras celebraban las ceremonias religiosas en el
templo se quedó dormido y le pareció ver al Niño Jesús en Belén en
brazos de María, y que la Santa Madre le ofrecía al Niñito Santo para
que lo amara y lo hiciera amar mucho por los demás. Desde este día ya no
pensó sino en consagrarse a la religión y al apostolado.
Un hombre que arrastra con todo lo que encuentra
Bernardo
se fue al convento de monjes benedictinos llamado Cister, y pidió ser
admitido. El superior, San Esteban, lo aceptó con gran alegría pues, en
aquel convento, hacía 15 años que no llegaban religiosos nuevos.
Bernardo volvió a su familia a contar la noticia y todos se opusieron.
Los amigos le decían que esto era desperdiciar una gran personalidad
para irse a sepultarse vivo en un convento. La familia no aceptaba de
ninguna manera.
Pero
aquí sí que apareció el poder tan sorprendente que este hombre tenía
para convencer a los demás e influir en ellos y ganarse su voluntad.
Empezó a hablar tan maravillosamente de las ventajas y cualidades que
tiene la vida religiosa, que logró llevarse al convento a sus cuatro
hermanos mayores, a su tío y casi a todos los jóvenes de los
alrededores, y junto con 31 compañeros llegó al convento de los
Cistercienses a pedir ser admitidos de religiosos. Pero antes en su
finca los había preparado a todos por varias semanas, entrenándolos
acerca del modo como debían comportarse para ser unos fervorosos
religiosos. En el año 1112, a la edad de 22 años, se fue de religioso al
convento.
El
papá, el hermano Nirvardo, el cuñado y la hermana, ya irán llegando uno
por uno a pedir ser recibidos como religiosos. Formidable poder de
atracción. En toda la historia de la Iglesia es difícil encontrar otro
hombre que haya sido dotado por Dios de un poder de atracción tan grande
para llevar gentes a las comunidades religiosas, como el que recibió
Bernardo. Las muchachas tenían terror de que su novio hablara con el
santo, porque lo mas probable era que se iría de religioso.
En
las universidades, en los pueblos, en los campos, los jóvenes al oírle
hablar de las excelencias y ventajas de la vida en un convento, se iban
en numerosos grupos a que él los instruyera y los formara como
religiosos. Durante su vida fundó más de 300 conventos para hombres, e
hizo llegar a gran santidad a muchos de sus discípulos. Lo llamaban “el
cazador de almas y vocaciones”. Con su apostolado consiguió que 900
monjes hicieran profesión religiosa.
Fundador de Claraval
En
el convento del Císter demostró tales cualidades de líder y de santo,
que a los 25 años (con sólo tres de religioso) fue enviado como superior
a fundar un nuevo convento. Escogió un sitio sumamente árido y lleno de
bosques donde sus monjes tuvieran que derramar el sudor de su frente
para poder cosechar algo, y le puso el nombre de Claraval, que significa
valle muy claro, ya que allí el sol ilumina fuerte todo el día.
Supo
infundir del tal manera fervor y entusiasmo a sus religiosos de
Claraval, que habiendo comenzado con sólo 20 compañeros a los pocos años
tenía 130 religiosos; de este convento de Claraval salieron monjes a
fundar otros 63 conventos.
La oratoria de santo
Después
de San Juan Crisóstomo y de San Agustín, es difícil encontrar otro
orador católico que haya obtenido tantos éxitos en su predicación como
San Bernardo. Lo llamaban “El Doctor boca de miel” (doctor melífluo)
porque sus palabras en la predicación eran una verdadera golosina llena
de sabrosura, para los que la escuchaban.
Su
inmenso amor a Dios y a la Virgen Santísima y su deseo de salvar almas
lo llevaban a estudiar por horas y horas cada sermón que iba a
pronunciar, y luego como sus palabras iban precedidas de mucha oración y
de grandes penitencias, el efecto era fulminante en los oyentes.
Escuchar a San Bernardo era ya sentir un impulso fortísimo a volverse
mejor.
Su amor a la Virgen Santísima
Los
que quieren progresar en su amor a la Madre de Dios, necesariamente
tienen que leer los escritos de San Bernardo, porque entre todos los
predicadores católicos quizás ninguno ha hablado con más cariño y
emoción acerca de la Virgen Santísima que este gran santo. Él fue quien
compuso aquellas últimas palabras de la Salve: “Oh clemente, oh piadosa,
oh dulce Virgen María”. Y repetía la bella oración que dice: “Acuérdate
oh Madre Santa, que jamás se oyó decir, que alguno a Ti haya acudido,
sin tu auxilio recibir”.
El
pueblo vibraba de emoción cuando le oía clamar desde el púlpito con su
voz sonora e impresionante. “Si se levantan las tempestades de tus
pasiones, mira a la Estrella, invoca a María. Si la sensualidad de tus
sentidos quiere hundir la barca de tu espíritu, levanta los ojos de la
fe, mira a la Estrella, invoca a María. Si el recuerdo de tus muchos
pecados quiere lanzarte al abismo de la desesperación, lánzale una
mirada a la Estrella del cielo y rézale a la Madre de Dios. Siguiéndola,
no te perderás en el camino. Invocándola no te desesperarás. Y guiado
por Ella llegarás seguramente al Puerto Celestial”. Sus bellísimos
sermones son leídos hoy, después de varios siglos, con verdadera
satisfacción y gran provecho.
Viajero incansable
El
más profundo deseo de San Bernardo era permanecer en su convento
dedicado a la oración y a la meditación. Pero el Sumo Pontífice, los
obispos, los pueblos y los gobernantes le pedían continuamente que fuera
a ayudarles, y él estaba siempre pronto a prestar su ayuda donde quiera
que pudiera ser útil. Con una salud sumamente débil (porque los
primeros años de religioso, por imprudente, se dedicó a hacer demasiadas
penitencias y se le daño la digestión) recorrió toda Europa poniendo la
paz donde había guerras, deteniendo fuertemente las herejías,
corrigiendo errores, animando desanimados y hasta reuniendo ejércitos
para defender la santa religión católica. Era el árbitro aceptado por
todos.
Exclamaba:
“A veces no me dejan tiempo durante el día ni siquiera para dedicarme a
meditar. Pero estas gentes están tan necesitadas y sienten tanta paz
cuando se les habla, que es necesario atenderlas”. (ya en las noches
pararía luego sus horas dedicado a la oración y a la meditación).
De carbonero a Pontífice
Un
hombre muy bien preparado le pidió que lo recibiera en su monasterio de
Claraval. Para probar su virtud lo dedicó las primeras semanas a
transportar carbón, y el otro lo hizo de muy buena voluntad. Después
llegó a ser un excelente monje, y más tarde fue nombrado Sumo Pontífice:
Eugenio III. El santo le escribió un famoso libro llamado “De
consideratione”, en el cual propone una serie de consejos
importantísimos para que los que están en puestos elevados no vayan a
cometer el gravísimo error de dedicarse solamente a actividades
exteriores descuidando la oración y la meditación. Y llegó a decirle:
“Malditas serán dichas ocupaciones, si no dejan dedicar el debido tiempo
a la oración y a la meditación”.
Despedida gozosa
Después
de haber llegado a ser el hombre más famoso de Europa en su tiempo y de
haber conseguido varios milagros (como por ej. Hacer hablar a un mudo,
el cual confesó muchos pecados que tenía sin perdonar) y después de
haber llenado varios países de monasterios con religiosos fervorosos,
ante la petición de sus discípulos para que pidiera a Dios la gracia de
seguir viviendo otros años más, exclamaba: “Mi gran deseo es ir a ver a
Dios y a estar junto a Él. Pero el amor hacia mis discípulos me mueve a
querer seguir ayudándolos. Que el Señor Dios haga lo que a Él mejor le
parezca”. Y a Dios le pareció que ya había sufrido y trabajado bastante y
que se merecía el descanso eterno y el premio preparado para los
discípulos fieles, y se lo llevó a su eternidad feliz el 20 de agosto
del año 1153. Solamente tenía 63 años pero había trabajado como si
tuviera más de cien. El sumo pontífice lo declaró Doctor de la Iglesia.
(http://www.ewtn.com/spanish/Saints/Bernardo_8_20.htm)