27 mayo, 2025

San Agustín de Canterbury, Fundador de la Iglesia en Inglaterra

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¡Oh!, San Agustín de Canterbury, Apóstol de Inglaterra,
vos, sois el hijo del Dios de la Vida, su amado santo
y evangelizador. San Gregorio Magno Papa, os envió
con treinta y nueve monjes a convertir a la gente pagana
de vuestro tiempo y Etelberto rey, y su esposa Berta os
recibieron, y haciéndose bautizar, os regalaron un palacio
para vuestro convento, además de un templo en Canterbury.
¡Y, cosas de Dios! el rey dejó en libertad a sus súbditos
para que escogieran la religión que desearan y así; se
bautizaron cerca de diez mil, y dentro de ellos los de
cargos importantes. El Sumo Pontífice, como respuesta, os
nombró arzobispo y os dio un plan de trabajo: Primero, no
destruir los templos paganos, sino convertirlos en templos
cristianos. Segundo, no acabar con sus fiestas, sino
convertirlas en fiestas cristianas y tercero, dividir el
país en tres diócesis. ¡Y, así, lo hicisteis! Cumplida
la misión, el Papa, os nombró jefe de toda la Iglesia
Católica inglesa. El Papa, os aconsejaba asÍ: “Dios le ha
concedido el don de hacer milagros, y le ha dejado el
inmenso honor de convertir a muchísimos paganos al
cristianismo, y de que las gentes lo quieran y lo estimen
mucho. Pero cuidado, mi amigo, que esto no le vaya a
producir orgullo. Alégrese de haber recibido estos regalos
del buen Dios, pero tenga temor de no aprovecharlos
debidamente. Consuélese al ver que con los milagros y la
predicación logra que tantos paganos se vuelvan cristianos
católicos, pero no vaya a creerse mejor que los demás,
porque entonces le estaría robando a Dios el honor y la
gloria que sólo Él se merece. Hay muchos que son muy santos
y no hacen milagros ni hablan hermosamente. Así que no
hay que llenarse de orgullo por haber recibido estas
cualidades, sino alegrarse mucho al ver que Dios es más
amado y más glorificado por las gentes”. Y, mucho os
sirvieron estos consejos, para manteneros siempre humilde.
Y, así, luego de haber gastado vuestra santa vida en buena
lid, voló vuestra alma al cielo, para coronada ser luz,
como muy justo premio, a vuestra generosa entrega de amor;
¡Oh!, San Agustín de Canterbury; “vivo profeta del Dios Vivo”.

© 2025 by Luis Ernesto Chacón Delgado

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27 de Mayo
San Agustín de Canterbury
Fundador de la Iglesia en Inglaterra
Año 605


San Agustín Apóstol de Inglaterra: Te rogamos por la Iglesia Católica en esa nación y en todas las naciones del mundo. Pídele a Dios que nos envíe muchos evangelizadores que sean como tú. Amén.

San Agustín de Canterbury es considerado uno de los más grandes evangelizadores, al lado de San Patricio de Irlanda y San Bonifacio en Alemania. Tiene el gran mérito de haber dirigido la evangelización de Inglaterra.

Era superior del convento benedictino de Roma, cuando el Sumo Pontífice San Gregorio Magno se le ocurrió en el año 596 tratar de evangelizar a la isla de Inglaterra que era pagana. Conociendo el espíritu generoso y emprendedor de Agustín, que no se acobardaba ante ninguna dificultad, y además sus grandes virtudes, el Papa lo envió con 39 monjes más a tratar de convertir a esos paganos sajones. Y sucedió que al llegar Agustín y sus 39 compañeros a la costa, donde se tomaba la embarcación para llegar a Inglaterra, allí les contaron terribles barbaridades acerca de los habitantes de esa isla, y los otros misioneros sintieron mucho miedo y enviaron al santo a que fuera a Roma a contarle al Pontífice lo peligroso que era esto que iban a emprender. Agustín fue a hablar con el Papa, pero san Gregorio lo animó de tal manera, recordándole que Dios les concedería la buena voluntad de aquellas gentes, que ya desde entonces Agustín no se dejó desanimar por los temores. 

En Inglaterra mandaba el rey Etelberto que tenía una esposa muy santa (que después se llamó Santa Berta) y el primer regalo que Dios les concedió a los nuevos misioneros fue darles la buena voluntad del rey. Este los recibió muy cariñosamente y les pidió que le enseñaran la religión, y tanto le agradó que pronto se hizo bautizar y les regaló su palacio real para que les sirviera de convento a los misioneros y les dio un templo en Canterbury para que allí enseñaran. Y en ese sitio está ahora la más famosa catedral de Inglaterra: la Catedral de Canterbury. El rey dejó en libertad a los súbditos para que escogieran la religión que quisieran, pero les recomendó que se instruyeran en la religión de Jesucristo y tanto les agradaron a aquellas gentes las enseñanzas de Agustín y sus monjes, que en la Navidad del año 597 se hicieron bautizar 10,000 ingleses y entre los nuevos bautizados estaban los que ocupaban los cargos más importantes de la nación. 

Agustín envió a dos de sus mejores monjes a Roma a contarle al Sumo Pontífice tan hermosas noticias, y el Papa en cambió le envió el nombramiento de arzobispo, y otro buen grupo de misioneros, y cálices y libros para las celebraciones y muchas imágenes religiosas que a esas gentes recién convertidas les agradaban en extremo. San Gregorio se alegró muchísimo ante noticias tan consoladoras, y le recomendó a San Agustín un simpático plan de trabajo. San Gregorio, sabiendo que la principal virtud del obispo Agustín era la docilidad a sus superiores, le envió las siguientes recomendaciones 1º. No destruir los templos de los paganos, sino convertirlos en templos cristianos. 2º. No acabar con todas las fiestas de los paganos, sino convertirlas en fiestas cristianas. Por ejemplo ellos celebraban las fiestas de sus ídolos con grandes banquetes en los cuales participaban todos. Pues hacer esos banquetes, pero en honor de los mártires y santos. 3º. Dividir el país en tres diócesis: Canterbury, Londres y York. Nuestro santo cumplió exactamente estas recomendaciones, que le produjeron muy buenos resultados. Y fue nombrado por el Papa, jefe de toda la Iglesia Católica de Inglaterra (Arzobispo Primado). 

En las reuniones sobresalía entre todos por su gran estatura y por su presencia muy venerable que infundía respeto y admiración. San Agustín escribía frecuentemente desde Inglaterra al Papa San Gregorio a Roma pidiéndole consejos en muchos casos importantes, y el Sumo Pontífice le escribía ciertas advertencias muy prácticas como estas: “Dios le ha concedido el don de hacer milagros, y le ha dejado el inmenso honor de convertir a muchísimos paganos al cristianismo, y de que las gentes lo quieran y lo estimen mucho. Pero cuidado, mi amigo, que esto no le vaya a producir orgullo. Alégrese de haber recibido estos regalos del buen Dios, pero tenga temor de no aprovecharlos debidamente. Consuélese al ver que con los milagros y la predicación logra que tantos paganos se vuelvan cristianos católicos, pero no vaya a creerse mejor que los demás, porque entonces le estaría robando a Dios el honor y la gloria que sólo El se merece. Hay muchos que son muy santos y no hacen milagros ni hablan hermosamente. Así que no hay que llenarse de orgullo por haber recibido estas cualidades, sino alegrarse mucho al ver que Dios es más amado y más glorificado por las gentes”. Mucho le sirvieron a Agustín estos consejos para mantenerse humilde. 

Después de haber trabajado por varios años con todas las fuerzas de su alma por convertir al cristianismo el mayor número posible de ingleses, y por organizar de la mejor manera que pudo, la Iglesia Católica en Inglaterra, San Agustín de Canterbury murió santamente el 26 de mayo del año 605. Y un día como hoy fue su entierro y funeral. Desde entonces ha gozado de gran fama de santidad en esa nación y en muchas partes más.

(http://www.ewtn.com/SPANISH/Saints/Agustín_de_Canterbury_5_27.htm)



26 mayo, 2025

Santa Mariana de Jesús Paredes “Azucena de Quito”

 

 26 de mayo: Santa Mariana de Jesús, la azucena de Quito

     

¡Oh!, Santa Mariana de Jesús, vos, sois la hija del Dios
de la Vida, su amada santa, a la que la piedad, la pureza
y el amor a los pobres os llamó vívidamente para abrazaros
así, a la cruz de Cristo. El Santo Rosario y el “Vía Crucis”
amasteis de especial manera, y, así, de amor toda llena os
lanzasteis a evangelizar a la descreída gente de vuestro
tiempo, y, tentar, como anacoreta vivir, por un tiempo.
Pero, Dios, os quiso en el mundo, y de verdad que en él,
os santificasteis rezando, orando, meditando, y haciendo
penitencia constantemente. Vuestro canto diario al cielo
llegaban y, a nuestro Dios alegraba. Vuestra conciencia,
tres veces por día os examinabais de manera exhaustiva:
antes que el alba rayase, por la tarde y por la noche.
Para recordar que de polvo erais, os conseguisteis un ataúd
y, en él dormíais. “Quien desea seguirme que se niegue
a sí mismo”, Jesús, había dicho; y, vos, con aquellas
proféticas palabras cumplisteis. Rezabais con fe, doce
Salmos y, frecuentemente ayunabais. A un sacerdote sabio
pero vanidoso, le dijisteis: “Mire Padre, que Dios lo envió
a recoger almas para el cielo, y no a recoger aplausos de
este suelo”. Otro día, un sacerdote dijo: “Dios mío: yo
te ofrezco mi vida para que se acaben los terremotos”.
Y, exclamasteis vos: “No, Señor. La vida de este sacerdote
es necesaria para salvar muchas almas. En cambio yo no
soy necesaria. Te ofrezco mi vida para que cesen estos
terremotos”. ¡Y,Dios, os escuchó! Y, la gente se admiró
de ello. Aquella misma mañana al salir del templo ya os
sentíais enferma. Pero, desde entonces ya no se repitieron
los sismos. Más tarde, una epidemia causó la muerte de
centenares en Quito. Y, vos, nuevamente ofrecisteis vuestra
vida para que la epidemia cesara. Y, así, ya no murió nadie
más por aquél mal. Por vuestra santidad a prueba de fuego,
el Congreso del Ecuador os dio el título de “Heroína de la
Patria”. Y, un día acompañada por tres padres jesuitas,
voló vuestra alma al cielo, para coronada ser, con corona
de luz, como justo premio a vuestra entrega increíble de amor;
¡Oh!, Santa Mariana de Jesús, “viva azucena de Cristo Jesús”.
 

© 2025 by Luis Ernesto Chacón Delgado
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26 de mayo
Santa Mariana de Jesús Paredes
“Azucena de Quito”
Año 1645.


“Santa Mariana: No dejes nunca de orar por América”
Su nombre completo era Mariana de Jesús Paredes Flórez. Nació en Quito (Ecuador) en 1618. Desde los cuatro años quedó huérfana de padre y madre y al cuidado de su hermana mayor y de su cuñado, quienes la quisieron como a una hija. Desde muy pequeñita demostró una gran inclinación hacia la piedad y un enorme aprecio por la pureza y por la caridad hacia los pobres. Ya a los siete años invitaba a sus sobrinas, que eran casi de su misma edad, a rezar el rosario y a hacer el viacrucis.

Se aprendió el catecismo de tal manera bien que a los ocho años fue admitida a hacer la Primera Comunión (lo cual era una excepción en aquella época). El sacerdote que le hizo el examen de religión se quedó admirado de lo bien que esta niña comprendía las verdades del catecismo. Al escuchar un sermón acerca de la cantidad tan grande de gente que todavía no logró recibir el mensaje de la religión de Cristo, dispuso irse con un grupo de compañeritas a evangelizar paganos.

Por el camino las devolvieron a sus casas porque no se daban cuenta de lo grave que era la determinación que habían tomado. Otro día se propuso irse con otras niñas a una montaña a vivir como anacoretas dedicadas al ayuno y a la oración. Afortunadamente un toro muy bravo las devolvió corriendo a la ciudad. Entonces su cuñado al darse cuenta de los grandes deseos de santidad y oración que esta niña tenía trató de obtener que la recibieran en una comunidad de religiosas. Pero las dos veces que trató de entrar de religiosa, se presentaron contrariedades imprevistas que no le permitieron estar en el convento. Entonces ella se dio cuenta de que Dios la quería santificar quedándose en el mundo.

Se construyó en el solar de la casa de su hermana una habitación separada, y allí se dedicó a rezar, a meditar, y a hacer penitencia. Había aprendido muy bien la música y tocaba hermosamente la guitarra y el piano. Había aprendido a coser, tejer y bordar, y todo esto le servía para no perder tiempo en la ociosidad. Tenía una armoniosa voz y sentía una gran afición por el canto, y cada día se ejercitaba un poco en este arte. Le agradaba mucho entonar cantos religiosos, que le ayudaban a meditar y a levantar su corazón a Dios.

Su día lo repartía entre la oración, la meditación, la lectura de libros religiosos, la música, el canto y los trabajos manuales. Su meditación preferida era pensar en la Pasión y Muerte de Jesús. En el templo de los Padres Jesuitas encontró un santo sacerdote que hizo de director espiritual y le enseñó el método de San Ignacio de Loyola, que consiste en examinarse tres veces por día la conciencia: por la mañana para ver qué peligros habrá en el día y evitarlos y qué buenas obras tendremos que hacer. El segundo examen: al mediodía, acerca del defecto dominante, aquella falta que más cometemos, para planear como no dejarse vencer por esa debilidad. Y el tercer examen por la noche, acerca de todo el día, analizando las palabras, los pensamientos, las obras y las omisiones de esas 12 horas.

Esos tres exámenes le fueron llevando a una gran exactitud en el cumplimiento de sus deberes de cada día. Para recordar frecuentemente que iba a morir y que tendría que rendir cuentas a Dios, se consiguió un ataúd y en el dormía varias noches cada semana. Y el tiempo restante lo tenía lleno de almohadas que semejaban un cadáver para recordar lo que le esperaba al final de la vida.

Se propuso cumplir aquel mandato de Jesús: “Quien desea seguirme que se niegue a sí mismo”. Y desde muy niña empezó a mortificarse en la comida, en el beber y dormir. En el comedor colocaba una canastita debajo de la mesa y se servía en cantidades iguales a todos los demás pero, sin que se dieran cuenta, echaba buena parte de esos alimentos en el canasto, y los regalaba después a los pobres. Uno de los sacrificios que más la hacían sufrir era no tomar ninguna bebida en los días de mucho calor. Pero la animaba a esta mortificación el pensar en la sed que Jesús tuvo que sufrir en la cruz. Se colocaba en la cabeza una corona de espinas mientras rezaba el rosario. Muchísimos rosarios los rezó con los brazos en cruz.

Como sacrificio se propuso no salir de su casa sino al templo y cuando alguna persona tuviera alguna urgente necesidad de su ayuda. Así que el resto de su vida estuvo recluida en su casa. Solamente la veían salir cada mañana a la Santa Misa, y volver luego a vivir encerrada dedicada a las lecturas espirituales, a la meditación, a la oración, al trabajo y a ofrecer sacrificios por la conversión de los pecadores.
Se propuso llenar todos sus días de frecuentes actos de amor a Dios. Cada día rezaba 12 Salmos de la S. Biblia. Ayunaba frecuentemente. María recibió de Dios el don de consejo y así sucedía que los consejos que ella daba a las personas les hacían inmenso bien. También le dio a conocer Nuestro Señor varios hechos que iban a suceder en lo futuro, y así como ella los anunció, así sucedieron (incluyendo la fecha de su muerte, que según anunció sería un viernes 26). Tenía un don especial para poner paz entre los que se peleaban y para lograr que ciertos pecadores dejaran su vida de pecado.

A un sacerdote muy sabio pero muy vanidoso le dijo después de un brillantísimo sermón: “Mire Padre, que Dios lo envió a recoger almas para el cielo, y no a recoger aplausos de este suelo”. Y el padrecito dejó de buscar la estimación al predicar. En una enfermedad le sacaron sangre y la muchacha de servicio echó en una matera la sangre que le habían sacado a Mariana, y en esa matera nació una bellísima azucena. Con esa flor la pintan a ella en sus cuadros. Y azucena de pureza fue esta santa durante toda su vida.

Sucedieron en Quito unos terribles terremotos que destruían casas y ocasionaban muchas muertes. Un padre jesuita dijo en un sermón: – “Dios mío: yo te ofrezco mi vida para que se acaben los terremotos”. Pero Mariana exclamó: – “No, señor. La vida de este sacerdote es necesaria para salvar muchas almas. En cambio yo no soy necesaria. Te ofrezco mi vida para que cesen estos terremotos”. La gente se admiró de esto. Y aquella misma mañana al salir del templo ella empezó a sentirse muy enferma. Pero desde esa mañana ya no se repitieron los terremotos.

Una terrible epidemia estaba causando la muerte de centenares de personas en Quito. Mariana ofreció su vida y todos sus dolores para que cesara la epidemia. Y desde el día en que hizo ese ofrecimiento ya no murió más gente de ese mal allí. Por eso el Congreso del Ecuador le dio en el año 1946 el título de “Heroína de la Patria”. Acompañada por tres padres jesuitas murió santamente el viernes 26 de mayo de 1645. Desde entonces los quiteños le han tenido una gran admiración. Su entierro fue una inmensa ovación de toda la ciudad. Y los continuos milagros que hizo después de su muerte, obtuvieron que el Papa Pío IX la declarara beata y el Papa XII la declarara santa.

(http://www.ewtn.com/SPANISH/Saints/Marian_de_Jesus4_26.htm)

24 mayo, 2025

Santa María, Auxilio de los cristianos

23 de mayo
Nuestra Señora Maria Auxiliadora
 
María, Auxilio de los Cristianos, ruega por nosotros | El Catolicismo
 
Hoy celebramos a María Auxiliadora, siempre dispuesta a ayudarnos en las dificultades.
Cada 24 de mayo la Iglesia celebra a la Madre de Dios bajo la advocación de ‘Santa María, Auxilio de los cristianos’ [Maria Auxilium Christianorum], conocida popularmente como Santa María Auxiliadora, o, simplemente, María Auxiliadora.
 
“En el cielo nos quedaremos gratamente sorprendidos al conocer todo lo que María Auxiliadora ha hecho por nosotros en la tierra”, solía decir San Juan Bosco, fundador de la familia salesiana, y el más grande difusor del amor a la Madre de Dios bajo esta advocacion. 
 
Ciertamente, esta hermosa expresión de piedad filial ha estado presente en la vida de la Iglesia desde antiguo, cada vez que un cristiano, sabiéndose hijo de la Virgen María, invoca a su Madre del Cielo en medio de alguna dificultad.
 
Devoción de raíces profundas
 
Los cristianos de los primeros siglos invocaban a la Virgen con el nombre de “auxiliadora”.Los dos títulos más frecuentes que podían leerse en las inscripciones de antiguas iglesias o monumentos de Oriente eran: “Madre de Dios” (Theotokos) y “Auxiliadora” (Boeteia). Grandes santos como San Juan Crisóstomo, San Sabas y San Sofronio hicieron uso con frecuencia de ambos títulos a la hora de referirse a la Madre de Dios.
 
San Juan Crisóstomo, Patriarca de Constantinopla y Padre de la Iglesia de Oriente, definía así a la Virgen María en el siglo IV: “Auxilio potentísimo, fuerte y eficaz de los que siguen a Cristo”; por su parte, San Juan Damasceno, en el siglo VIII, fue el primero en difundir una jaculatoria dedicada a Ella: “María Auxiliadora, ruega por nosotros”.
 
En el mismo siglo, hacía el año 733, San Germán de Constantinopla escribió este bello texto, en plena coincidencia con el Damasceno: "Oh María, tú eres poderosa Auxiliadora de los pobres, valiente Auxiliadora contra los enemigos de la fe. Auxiliadora de los ejércitos para que defiendan la patria. Auxiliadora de los gobernantes para que nos consigan el bienestar, Auxiliadora del pueblo humilde que necesita de tu ayuda". Estas bellas líneas constituyen en sí mismas una oración filial.
 
María, Auxilio de los cristianos
 
En el siglo XVI, el Papa San Pío V (1504-1572), gran devoto de la Virgen, después de la victoria cristiana sobre los ejércitos musulmanes en la batalla de Lepanto, ordenó que se incluya en el corpus de las letanías marianas la invocación a “María, Auxilio de los cristianos”.
 
Más de dos siglos después, en tiempos de Napoleón, el Papa Pío VII (1742-1823) fue apresado por órdenes del “emperador” francés. El Pontífice pidió el auxilio de María para superar la terrible situación que se había suscitado -una Iglesia secuestrada por el poder imperial-, prometiéndose que, una vez recuperada su libertad, decretaría una nueva fiesta mariana para la Iglesia Católica.
 
Una vez producida la caída de Napoleón, el Santo Padre retorna triunfante a la sede pontificia el 24 de mayo de 1814 y decreta que, a partir de entonces, esa fecha sea destinada para celebrar la fiesta de María Auxiliadora.
 
Don Bosco
 
Un año después de aquellos turbulentos acontecimientos, nacía Juan Bosco (1815-1888), a quien la Virgen se le aparecería en sueños años más tarde, para pedirle que construyera un templo en su honor, usando el título de “Auxiliadora”.
 
Por esta razón el santo italiano iniciaría la construcción de dos “monumentos”: uno físico, que es la Basílica de María Auxiliadora en Turín; y uno “vivo”, conformado por las religiosas que integran el Instituto de las Hijas de María Auxiliadora.
 
¡Acógete a la Madre que siempre nos auxilia!
 
San Juan Bosco solía educar a los jóvenes contándoles historias en las que él y muchos otros fieles devotos de la Auxiliadora habían obtenido grandes favores del Cielo. Los medios por excelencia para obtener esas gracias -decía el santo- son el rezo de la novena a María Auxiliadora y la repetición constante de la jaculatoria de San Juan Damasceno.
 
“Confiad siempre en Jesús Sacramentado y María Auxiliadora y veréis lo que son milagros”, afirmaba, sin reparos, el padre fundador de los salesianos.(ACI prensa).

 

23 mayo, 2025

San Juan Bautista Rossi, Apóstol de la Reconciliación

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23 de mayo
San Juan Bautista Rossi
Apóstol de la Reconciliación 
 
Cada 23 de mayo, la Iglesia celebra a San Juan Bautista Rossi (1698, Génova - 1764, Roma), sacerdote italiano que consagró su vida a llevar el perdón y la misericordia de Dios a todas las gentes, especialmente las más necesitadas de la misericordia de Dios. Fue así como Juan Bautista entendió su ministerio sacerdotal, valiéndose, de manera particular, del sacramento de la reconciliación.
 
Una nueva vida: ¡A por el cielo!
 
El Padre Rossi se esforzó en ser un buen confesor: cálido, amable y preciso en el consejo espiritual -virtudes imposibles de lograr si no se es dócil a la gracia-. En el confesionario, quien confiesa y absuelve, así como quien se acerca en busca del perdón, ambos, son objeto del amor de Dios que espera que seamos mejores personas, más santos, y que alcancemos el cielo.
 
San Juan Bautista Rossi adquirió una sensibilidad especial para reconocer cuánto sufre un alma que se ha apartado de Dios, cuanto daño se hace a sí misma y cuánto daño hace a los demás por el impacto del pecado, de tal forma que se obligaba a escuchar diligentemente a cada persona que se arrodillaba a su costado. Juan Bautista no quería fallarle a Jesús. Administrar el amor y el perdón de Dios son labores que sobrepasan nuestra naturaleza sin duda, pero que Dios ha deseado compartir para que ninguno de sus hijos se pierda.
 
Compartiendo el gozo de saberse perdonado
 
Alguna vez el santo afirmó: "Antes yo me preguntaba cuál sería el camino para lograr llegar al cielo y salvar muchas almas. Y he descubierto que la ayuda que yo puedo dar a los que se quieren salvar es confesarlos. Es increíble el gran bien que se puede hacer en la confesión".
 
El Padre Rossi fue en busca de los pecadores para llevarles la alegría que experimentaba él mismo al verse perdonado, reconciliado, ‘vuelto a nacer’. Por eso deseaba estar disponible siempre para confesar a quien lo necesitara: enfermos, presos -a quien visitaba en la cárcel- y moribundos; y todos aquellos que buscaban dejar atrás una vida de pecado.
 
Encarnar los ideales propios del sacerdocio hizo que el P. Juan Bautista atraiga a mucha gente de todo tipo y de muchos lugares, quienes solían hacer largas colas para confesarse con él. 
 
Dios nos alecciona con bondad
 
Juan Bautista Rossi nació en 1698, en un pueblo cerca de Génova, Italia. A la edad de 13 años se mudó a Roma, a la casa de un primo sacerdote, canónigo de Santa María en Cosmedin. Su deseo era estudiar en el famoso Colegio Romano, institución fundada por San Ignacio de Loyola en 1550. En 1714, con 16 años, empezó sus estudios eclesiásticos, que concluyó después con los dominicos, graduándose en Teología. Fue ordenado sacerdote a los 23 años, el 8 de marzo de 1721.
 
Ya antes de ordenarse, Juan Bautista había desarrollado un intenso apostolado. Los años de formación habían sido también años de actividad pastoral y, como es natural, hubo momentos gratificantes, pero también de los otros, los más difíciles, esos que traen mortificaciones e incluso tristezas.
 
En los primeros años de sacerdocio -llenos de aprendizajes- Juan Bautista descubrió la importancia de renunciar a ciertas cosas en el orden de las comodidades y los placeres -la buena comida, la bebida o el descanso-. A veces, por un excesivo fervor incurrió en ciertas prácticas penitenciales que dañaron su salud. Esa, quizás, fue la más grande lección: aprendió que la recta mortificación es la que se ejerce al aceptar los sufrimientos y trabajos de cada día; con espíritu combativo quizás, pero considerando las reales posibilidades de uno mismo y pensando en liberarse de ciertas cosas que impiden amar más, no para hacerse o sentirse “invencible”.
 
Total desapego de los bienes materiales
 
El Papa Benedicto XIV le encargó a Juan Bautista el cuidado de un albergue para desamparados. El santo sirvió por muchos años a pobres y necesitados en aquel recinto. Y, preocupado por el bienestar espiritual de los que acogía, combinaba el servicio atento con la enseñanza de la Palabra de Dios y del catecismo, de forma que la vida del albergue siempre giraba en torno a la vida de la gracia, los sacramentos y el amor de Dios.
 
El 23 de mayo del año 1764, El P. Juan Bautista sufrió un ataque al corazón, a la edad de 66 años. Murió como vivió, siendo un pobre entre los pobres. Ni siquiera hubo dinero suficiente para costear su féretro y la tumba, así que muchas personas caritativas dieron dinero para que fuera enterrado cristianamente. Su funeral fue una suerte de gran acontecimiento: asistieron 260 sacerdotes, un arzobispo, y muchos religiosos; todos acompañados de una multitud de almas agradecidas.
Fue canonizado por el Papa León XIII el 8 de diciembre de 1881.(ACI prensa).

21 mayo, 2025

San Cristóbal Magallanes y Compañeros mártires

 SANTOS CRISTÓBAL MAGALLANES Y COMPAÑEROS

 

!Oh!, Santos Cristóbal Magallanes, y compañeros mártires,
vosotros, sois los hijos de Dios de la vida y sus amados
santos, y, que, padecisteis los abusos del poder y jamás
os arrepentisteis de pertenecer a Cristo. Unas veces, la
expulsión sufriendo de vuestros hermanos sacerdotes, otras,
la clausura de escuelas y de las obras de beneficencia.
Vos, con la cruz en una mano y el Santo Libro en la otra,
desde el púlpito, con la palabra prístina, la obra, y más
tarde, con el martirio glorioso, defendisteis la fe católica
con coraje, valor y estoicismo. Y, sí, aquella entrega de
amor, recompensa tuvo y, por vuestro actuar elevados al
cielo fueron con vos, veinticuatro hermanos vuestros, que
hoy, con justicia, disfrutan de las dulces alegrías del
cielo: Román Adame Rosales, Sacerdote; Rodrigo Aguilar
Alemán, Sacerdote; Julio Álvarez Mendoza, Sacerdote; Luis
Batis Sainz, Sacerdote; Agustín Caloca Cortés, Sacerdote;
Mateo Correa Magallanes, Sacerdote; Atilano Cruz Alvarado,
Sacerdote; Miguel de la Mora de la Mora, Sacerdote; Pedro
Esqueda Ramírez, Sacerdote; Margarito Flores García,
Sacerdote; José Isabel Flores Varela, Sacerdote; David Galván
Bermúdez, Sacerdote; Salvador Lara Puente, Laico; Pedro de
Jesús Maldonado Lucero, Sacerdote Jesús Méndez Montoya,
Sacerdote; Manuel Morales, Laico; Justino Orona Madrigal,
Sacerdote; Sabas Reyes Salazar, Sacerdote; José María Robles
Hurtado, Sacerdote; David Roldan Lara, Laico; Toribio Romo
González, Sacerdote; Jenaro Sánchez Delgadillo, Sacerdote;
David Uribe Velasco, Sacerdote y Tranquilino Ubiarco Robles,
Sacerdote. Venustiano Carranza, firmante de la constitución
rabiosa y anticlerical y Plutarco Elías Calles, perseguidores
cual imperio romano, “gozan” hoy, a decir verdad, del fuego
eterno del infierno por su obra de maldad. Pero, así, como
Jesús, hace más de dos mil años, su vida entregara por
salvarnos del pecado, vosotros lo habéis imitado hasta
el martirio mismo de la muerte. Y, la Santísima Trinidad
con creces, os premió para brillar con justicia, coronados
de luz y eternidad. ¡Oh, increíbles mártires mexicanos!
¡oh!, San Cristóbal y compañeros, “vivos mártires de la fe”.

© 2025 by Luis Ernesto Chacón Delgado
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21 de mayo
San Cristóbal Magallanes y
Compañeros mártires

Cada 21 de mayo la Iglesia Católica celebra a San Cristóbal Magallanes y compañeros mártires. El P. Cristóbal, como muchos otros valientes católicos mexicanos, ofrendó su vida por amor a Cristo y su Iglesia durante los oscuros años de la ‘Ley de tolerancia de Cultos’ en México, promulgada por el presidente Plutarco Elías Calles (1877-1945).

Dicha ley tenía como finalidad restringir y diezmar el culto católico en el país, lo que desató una cruel persecución organizada desde el Estado. Por ese motivo muchos católicos terminaron empuñando las armas en defensa de sus vidas, sus derechos y su fe. A este conflicto se le conoce como la “Guerra Cristera”.

Dios no quiere la guerra

“Soy y muero inocente; perdono de corazón a los autores de mi muerte y pido a Dios que mi sangre sirva para la paz de los mexicanos desunidos”; estas fueron las últimas palabras de San Cristóbal Magallanes, pronunciadas frente a sus verdugos momentos antes de su ejecución. El Padre Cristóbal sabía bien que su patria se desangraba a causa del odio y por eso quiso morir haciendo un llamado a la paz. La participación ejemplar de este santo en defensa de la fe católica y la libertad religiosa está parcialmente recogida en la película “Cristiada” (2012).

Cristóbal Magallanes Jara nació en 1869, en Totatiche, Jalisco (México), en el seno de una familia muy humilde. Trabajó en el campo hasta que cumplió 19 años para ingresar después al seminario de Guadalajara. Allí se distinguió por su honradez, piedad y dedicación. Fue ordenado sacerdote en 1899.

El P. Cristóbal se desempeñó como capellán y subdirector de la Escuela de Artes y Oficios de Guadalajara. Organizó centros catequéticos y escuelas en las rancherías, y construyó un orfanato. Fue nombrado párroco de Totatiche, su tierra natal, cargo que desempeñó por 17 años, hasta el día de su muerte.

En la hora crucial

El 21 de mayo de 1927, San Cristóbal Magallanes se dirigía a celebrar una fiesta religiosa en honor a Santa Rita en uno de los ranchos de los alrededores de su parroquia, cuando se produjo una balacera entre ‘cristeros’ (grupo de católicos alzados en armas) y las fuerzas del gobierno. El sacerdote fue arrestado y conducido a la prisión de Totatiche, donde fue recluido junto a su vicario, el P. Caloca.

Horas más tarde, los dos fueron trasladados al palacio municipal de Colotlán, Jalisco, y acusados de conspirar contra el gobierno. Esto no fue sino un pretexto para deshacerse de ellos puesto que no había prueba alguna de que los sacerdotes estuvieran involucrados en conspiración alguna. Se decidió entonces que ambos hombres fueran ejecutados simplemente por ser sacerdotes. Cuatro días después de su detención, el 25 de mayo, el P. Magallanes y el P. Caloca fueron sacados al patio para ser fusilados. El P. Cristóbal al ver a su compañero presa del miedo, le dijo: “Tranquilízate hijo, solo un momento y estaremos en el cielo”.

Después de darse la absolución el uno al otro, se colocaron de frente y cayeron abatidos por el fuego del pelotón de fusilamiento. El P. Caloca llegó a gritar: “Por Dios vivimos y por Él morimos”.

México, tierra de mártires

El Papa San Juan Pablo II canonizó a ambos sacerdotes, el 21 de mayo del año 2000, junto a otros 23 mártires, entre ellos tres laicos. He aquí la lista de quienes entregaron la vida por su fe:

Román Adame Rosales, Sacerdote
Rodrigo Aguilar Aleman, Sacerdote
Julio Alvarez Mendoza, Sacerdote
Luis Batis Sainz, Sacerdote
Mateo Correa Magallanes, Sacerdote
Atilano Cruz Alvarado, Sacerdote
Miguel De La Mora De La Mora, Sacerdote
Pedro Esqueda Ramirez, Sacerdote
Margarito Flores Garcia, Sacerdote
Jose Isabel Flores Varela, Sacerdote
David Galvan Bermudez, Sacerdote
Salvador Lara Puente, Laico
Pedro de Jesús Maldonado Lucero, Sacerdote
Jesus Mendez Montoya, Sacerdote
Manuel Morales, Laico
Justino Orona Madrigal, Sacerdote
Sabas Reyes Salazar, Sacerdote
Jose Maria Robles Hurtado, Sacerdote
David Roldan Lara, Laico
Toribio Romo Gonzalez, Sacerdote
Jenaro Sanchez Delgadillo, Sacerdote
David Uribe Velasco, Sacerdote
Tranquilino Ubiarco Robles, Sacerdote.

(ACI prensa).

20 mayo, 2025

San Bernardino de Siena, Difusor de la devoción al Santísimo Nombre de Jesús.

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20 de mayo
San Bernardino de Siena
Difusor de la devoción al Santísimo Nombre de Jesús.
 
Cada 20 de mayo la Iglesia celebra a San Bernardino de Siena, fraile menor franciscano y sacerdote, insigne predicador y gran difusor de la devoción al Santísimo Nombre de Jesús. Dice el santo en uno de sus sermones: “El Nombre de Jesús es la luz de los predicadores, pues es su resplandor el que hace anunciar y oír su palabra”. Para Bernardino el solo nombre de Jesús basta para evocar todo bien para el alma, porque es el único capaz de penetrar las profundidades del corazón y enseñorear allí el Amor verdadero. Por eso, aquél que anuncia a Jesús debe conocer y amar el santo nombre de Dios.
 
Por otro lado, el santo fraile de Siena contribuyó de manera ejemplar a la promoción y fortalecimiento de la orden franciscana, gracias tanto a su capacidad intelectual como a su profundidad espiritual, dones que puso al servicio de los hijos de San Francisco de Asís.
 
Pasión por la predicación
 
San Bernardino Albizzeschi nació en Massa Marittima, Italia, en 1380; quedó huérfano de padre y madre, y fue criado por una tía. De pequeño le gustaba jugar a armar altares e imitar a los sacerdotes cuando predicaban.
 
Siendo adolescente no dejaría de alimentar su corazón piadoso, por lo que empezó a ejercitarse en la guarda de los sentidos y la asiduidad a los sacramentos. Esto le ayudó a mantener una vida de gracia, plasmada en la oración y el estudio. Estas prácticas espirituales fortalecieron su virtud, de manera especial la virtud de la pureza, entendía como el cuidado de quien ama la obra de Dios y se ama rectamente a sí mismo.
 
Franciscano
 
Cuando tenía 20 años, una gran peste golpeó la Toscana, región donde vivía. Entonces, él y sus amigos decidieron presentarse como ayudantes voluntarios en el hospital de la ciudad para auxiliar a los enfermos. A riesgo de su vida, el grupo de hermanos laboró en el recinto por varios años, hasta que desapareció la epidemia.
 
Más adelante, Bernardino tocaría las puertas del convento y sería aceptado en la Orden de los Frailes Menores de San Francisco de Asís, en la que fue ordenado sacerdote. Como presbítero se abocó de manera particular a la prédica, al punto que sería reconocido por el cuidado que ponía en la elaboración de sus sermones.
 
Misionero
 
Fue San Vicente Ferrer quien le pediría a Fray Bernardino, en el año 1406, que se dedicara a la evangelización de la península italiana, tarea que realizó por doce años. Durante este periodo Bernardino vivió probablemente en el monasterio franciscano de la montaña de Capriola, cerca de Siena. Ese sería su “cuartel de operaciones”.
 
En Capriola se mantuvo dedicado a la oración y a planear su viajes apostólicos, los que realizaría sistemáticamente, logrando abarcar el territorio de la actual Italia casi por completo.
Muchos milagros y portentos fueron obrados por su intercesión, entre ellos la expulsión de un demonio que había poseído a una prostituta de su natal Siena.
 
En el nombre de Jesús
 
Como activo propagador de la devoción al Santísimo Nombre de Jesús y la Eucaristía, el santo solía portar una tablilla, a veces sostenida sobre el pecho, en la que se mostraba la figura de una hostia consagrada de la que salían rayos de luz, y en cuyo centro podía verse el monograma IHS, que el santo ayudó a popularizar como símbolo de la Eucaristía.
 
El santo pasó por duros momentos. Víctima de una serie de comentarios y rumores confusos, a San Bernardino le tocó vivir una difícil prueba: fue suspendido como predicador por el Papa Martín V. Providencialmente, la intervención de San Juan Capistrano, quien conocía de su virtud y abnegación, lo ayudó a arreglar dicha situación.
 
San Bernardino de Siena fue también un gran reformador de la Orden franciscana y un destacado organizador. Con ingenio y confianza en la Providencia Divina llegó a fundar más de 200 monasterios de la rama a la que pertenecía: los Franciscanos de la Observancia (Frailes Menores de la Observancia).
En la madurez, fue convocado para ser obispo, pero el Papa lo tuvo que dispensar de tal encargo hasta en tres oportunidades, puesto que Bernardino se negaba a aceptar tal responsabilidad. No se sentía indicado para tamaño encargo. Le rogó una y otra vez al Pontífice que lo dejara en la labor que más amaba: su servicio como predicador. 
 
Preocupación por los dramas de su tiempo: ética y economía
 
Influenciado por muchos pensadores escolásticos, San Bernardino se ocupó de temas de evidente naturaleza social y económica desde un punto de vista teológico y moral.
 
Eran tiempos en los que la Iglesia se esforzaba por responder a las circunstancias relativamente novedosas que se estaban presentando, tales como el crecimiento del comercio y la acumulación de riquezas -muestra de ello fue, por ejemplo, la emergente abundancia económica del norte de Italia-; o la aparición de figuras como la del empresario o comerciante. La formación de gremios de trabajadores y la aparición de entidades financieras constituían verdaderos retos para la enseñanza de la Iglesia y San Bernardino quiso contribuir a la comprensión de las nuevas circunstancias.
 
En un conjunto de sermones intitulados "Sobre los contratos y la usura", San Bernardino reflexiona y pone límites morales a ciertas prácticas económicas que se extendían rápidamente, la gran mayoría de las veces, en abierta contradicción con los valores evangélicos, tales como la dignidad de la persona y el trato justo.
 
Por otro lado, a San Bernardino de Siena se le reconoce haber repasado una larga lista de temas morales, incluyendo la sodomía, bastante extendida en algunos pueblos italianos. Tal desvergüenza devino en el desprestigio de toda una cultura que se pretendía “cristiana”, pero que se había consagrado al cultivo de los placeres del cuerpo, olvidándose del alma.
 
El espíritu de la predicación del santo fraile fue siempre el de invitar o alentar a la práctica del bien y procurar con ello la salvación de las almas -algo que se condice con la atención a los problemas sociales más prácticos o “terrenales”-. En ese esfuerzo siempre ayudó su estilo directo y sin ambages al predicar.
 
Reformador de los hijos de Francisco de Asís
 
San Bernardino de Siena fue un promotor de la orden a la que pertenecía, la Orden Franciscana Observante (frailes menores). En el campo de la renovación espiritual de los frailes fue un luchador infatigable. No fue el fundador de los franciscanos, como algunos han sostenido erróneamente, sino su celoso promotor y reformador.
 
Fruto de los esfuerzos del franciscano fue el incremento del número de frailes desde su ingreso a la orden -se contaban apenas 130- hasta el día de su muerte -cuando se había alcanzado aproximadamente los cuatro mil-.
 
Al santo se le debe la fundación y reforma de por lo menos trescientos conventos o monasterios. Además, Fray Bernandino fue una de las primeras autoridades franciscanas que envió misioneros hacia Oriente.
 
De acuerdo a sus biógrafos, presagiando que el final de su vida se acercaba, el fraile pasaba largas horas en oración. Se dice que presenció una aparición de San Pedro Celestino, quien le confirmó que pronto estaría con Dios.
 
Nuestro santo partió a la Casa del Padre en 1444, y solo seis años después fue canonizado por el Papa Nicolás V, el 25 de mayo de 1450, en uno de los procesos de canonización más breves de la historia. (ACI prensa).

 

19 mayo, 2025

Santa María Bernarda Bütler, Fundadora de las Franciscanas Misioneras de María Auxiliadora

 

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 ¡Oh! Santa María Bernarda Bütler, vos sois la hija del Dios
de la Vida, alegre, inteligente, generosa y amante de la
naturaleza y su amada santa. Vuestra devoción a la Eucaristía
siempre fue el centro de vuestra espiritualidad. Vos, os
dedicasteis al trabajo agrícola y enamorada como estabais,
el amor a Dios, os hizo desprenderos de este sentir humano
para entregaros completamente a nuestro Señor. Decíais vos:
«Explicar este estado del alma a quien no ha experimentado V
jamás algo semejante, es extremadamente difícil, si no es
que imposible. El Espíritu Santo me enseñó a adorar, alabar,
bendecir y dar gracias a Jesús en el tabernáculo, en todo
momento, en medio de las labores y en la realidad cotidiana
de la vida». El trabajo, la oración, el apostolado en la
parroquia, hicieron que vos, mantuvieseis vivo el deseo de
la vida consagrada. Vuestro párroco os recomendó que entraseis
en el Monasterio franciscano de María Auxiliadora, y vestisteis
hábito franciscano, tomando el nombre de Sor María Bernarda
del Sagrado Corazón de María, emitisteis la Profesión religiosa,
para servir a nuestro Señor, hasta la muerte, en la vida
que vos queríais más: la vida contemplativa. Más tarde, os
eligieron Maestra de novicias y por tres veces Superiora de
la Comunidad. Vuestro celo y vuestro amor por el Reino de Dios
os hizo acoger la invitación de Monseñor Pietro Schumacher,
obispo de Puertoviejo, en Ecuador, quien os pidió venir a su
diócesis, para ser la anunciadora del Evangelio en aquella
tierra latinoamericana. Y así, tomando como estandartes la
luz de la fe y el celo por el anuncio del Evangelio, vos,
y vuestras compañeras emprendisteis el nuevo reto: ser la
fundadora de "las Hermanas Franciscanas Misioneras de María
Auxiliadora". Vos os hicisteis «toda para todos», y pusisteis
como fundamento de vuestra acción misionera la oración, la
pobreza, la fidelidad a la Iglesia y el ejercicio constante
de las obras de misericordia. Junto con vuestras hijas,
comenzasteis un apostolado constante entre las familias,
profundizando en el conocimiento de la lengua y de la cultura
del pueblo. Y, Dios os escuchó y la vida cristiana de aquella
población volvió a florecer milagrosamente. Muchos fueron
los sufrimientos a los que vos, y vuestras hijas se vieron
sometidas: la pobreza, el clima, riesgos para la salud, la
seguridad de vida, incomprensiones eclesiásticas, y hasta la
separación de Hermanas. Todo esto lo soportasteis con una
gran fortaleza y silencio, sin defenderos y sin alimentar
resentimientos. Perdonasteis de corazón y orasteis por
aquellos que os hacían sufrir. La Iglesia fue perseguida
por fuerzas hostiles, y os obligó a escapar del Ecuador, sin
saber a dónde ir, y de pronto Dios hizo su aparición en  
vuestro trajinar mediante Monseñor Eugenio Biffi, que os
invitó para trabajar en su diócesis de Cartagena. Y, en el
día de la fiesta de la Porciúncula de Asís, os recibió
paternalmente. Con amor compasivo y franciscano socorríais
las necesidades espirituales de los pobres que vos considerabais
vuestros predilectos. Decíais a las hermanas: «Abran
sus casas para ayudar a los pobres y a los marginados.
Prefieran el cuidado de los indigentes a cualquier otra
actividad». En la «Obra Pía» de Cartagena, llorada por  
vuestras Hijas, voló vuestra alma al cielo, para ser coronada
con corona de  luz, como justo premio a vuestra entrega de amor;
"¡Oh! Santa María Bernarda Bütler "vivo eslabón del Dios Verdadero"
.

 © 2025 by Luis Ernesto Chacón Delgado

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19 de Mayo
Santa María Bernarda Bütler
Fundadora de las Franciscanas Misioneras de María Auxiliadora

Dotada de una excelente salud, Verena creció alegre, inteligente, generosa y amante de la naturaleza. A los siete años comenzó a frecuentar la escuela. El fervor y el empeño con el que, el 16 de abril de 1860, se acercó a la Primera Comunión permanecieron constantes en ella a lo largo de toda su vida. La devoción a la Eucaristía formará, efectivamente, el fundamento de su espiritualidad.

A la edad de 14 años, terminados los estudios elementales, Verena se dedicó al trabajo agrícola, experimentando también el afecto por un digno joven del cual se enamoró. Sintiendo la llamada de Dios supo desprenderse de este compromiso para entregarse completamente a su Señor. En este período de su vida se le concedió la gracia de gozar sensiblemente de la presencia de Dios, sintiéndolo muy cercano. Ella misma afirma: «Explicar este estado del alma a quien no ha experimentado jamás algo semejante, es extremadamente difícil, si no es que imposible». Y además: «El Espíritu Santo me enseñó a adorar, alabar, bendecir y dar gracias a Jesús en el tabernáculo, en todo momento, en medio de las labores y en la realidad cotidiana de la vida».

Atraída del amor de Dios, a los 18 años entró como postulante en un convento de la región. Comprobado que no era aquél el lugar donde el Señor la llamaba, Verena regresó pronto al seno familiar. El trabajo, la oración, el apostolado en la parroquia, mantuvieron vivo en ella el deseo de la vida consagrada. El 12 de noviembre de 1867, por sugerencia de su párroco, Verena entró en el Monasterio franciscano de María Auxiliadora en Altstätten. El 4 de mayo de 1868 vistió el hábito franciscano, tomando el nombre de Sor María Bernarda del Sagrado Corazón de María, y, el 4 de octubre de 1869 emitió la Profesión religiosa, con el firme propósito de servir al Señor hasta la muerte, en la vida contemplativa.

Pronto fue electa Maestra de novicias y por tres veces Superiora de la Comunidad, desempeñando este servicio fraterno por nueve años consecutivos. Su celo y su amor por el Reino de Dios la habían preparado para iniciar una nueva experiencia misionera. Por tanto, acogió de buen grado la invitación de Mons. Pietro Schumacher, obispo de Puertoviejo, en Ecuador, quien le pidió venir a su diócesis, planteándole la precaria situación de su gente. María Bernarda reconoció en esa invitación la clara voluntad de Dios que la llamaba a ser anunciadora del Evangelio en aquella tierra lejana.

Superadas las iniciales resistencias del obispo de San Gallo y después de haber obtenido un regular indulto pontificio, el 19 de junio de 1888 Sor María Bernarda y seis Compañeras dejaron el monasterio de Altstätten y partieron para el Ecuador. Solamente la luz de la fe y el celo por el anuncio del Evangelio sostuvieron a la Beata y a sus Compañeras en la difícil separación del amado monasterio y de las Hermanas. En su interior María Bernarda pensaba en el tener que dar vida a una fundación misionera dependiente del monasterio suizo. A su vez, el Señor la hacía fundadora de una nueva Congregación religiosa, la de las Hermanas Franciscanas Misioneras de María Auxiliadora.

Recibidas paternalmente por el Obispo, éste encomendó a María Bernarda la Comunidad de Chone que presentaba un espectáculo desolador, por la falta casi absoluta de sacerdotes, la escasa práctica religiosa y por la difundida inmoralidad. María Bernarda se hizo «toda para todos», poniendo como fundamento de su acción misionera la oración, la pobreza, la fidelidad a la Iglesia y el ejercicio constante de las obras de misericordia. Junto con sus hijas, comenzó un intenso apostolado entre las familias, profundizando en el conocimiento de la lengua y de la cultura del pueblo. No tardaron en madurar los primeros frutos. La vida cristiana de aquella población volvió a florecer como por encanto. También la nueva Congregación franciscana creció en número y se fundaron las dos Casa filiales de Santa Ana y de Canoa. Pero, también, pronto la obra misionera de la Madre Bernarda fue marcada por el misterio de la Cruz. Fueron muchos los sufrimientos a los que ella y sus hijas se vieron sometidas: la pobreza absoluta, el clima tórrido, incertidumbres y dificultades de todo tipo, riesgos para la salud y la misma seguridad de vida, incomprensiones de parte de la autoridad eclesiástica y, la separación de algunas Hermanas de la Comunidad, constituidas después en una Congregación autónoma (las Franciscanas de la Inmaculada: Beata Caridad Brader). María Bernarda soportó todo con heroica entereza, en silencio, sin defenderse y sin alimentar resentimientos en la confrontación con alguno, perdonando de corazón y orando por aquellos que la hacían sufrir.

Como si no fueran suficientes todas estas pruebas, en 1895, una violenta persecución por parte de fuerzas hostiles a la Iglesia obligó a Sor María Bernarda y sus Hermanas a escapar del Ecuador. Sin saber a dónde ir, con 14 Hermanas se dirigió a Bahía, de donde prosiguió para Colombia. El grupo estaba aún buscando, cuando recibió la invitación de Mons. Eugenio Biffi para trabajar en su diócesis de Cartagena. Y, así, el 2 de agosto de 1895, fiesta de la Porciúncula de Asís, la Fundadora y sus Hermanas exiliadas del Ecuador, arribaron a Cartagena, recibidas paternalmente por el Obispo. Encontraron alojamiento en un ala del hospital femenino, llamado comúnmente «Obra Pía». El Señor las había conducido a aquel asilo, donde la Madre Bernarda permanecerá hasta el término de su vida. Después de la casa de Cartagena, se llevaron a cabo otras fundaciones no sólo en Colombia sino en Austria y en Brasil.

Con un amor compasivo, de auténtica franciscana, estaba encargada de socorrer las necesidades espirituales de los pobres que ella consideró siempre sus predilectos. Decía a las Hermanas: «Abran sus casas para ayudar a los pobres y a los marginados. Prefieran el cuidado de los indigentes a cualquier otra actividad».

La Madre guió su Congregación por espacio de treinta años. También después de haber renunciado al oficio de Superiora General, continuó animando, con sentimientos de verdadera humildad, a sus queridas Hermanas, sobre todo con el ejemplo de su vida, sus palabras y sus escritos.

Presa de punzantes dolores hipogástricos, el 19 de mayo de 1924, en la «Obra Pía» de Cartagena, llorada por sus Hijas, amada y venerada de todos como auténtica santa, María Bernarda se durmió serenamente en el Señor. Contaba con 76 años de edad, 56 de vida consagrada y 38 de misionera. La noticia de su muerte se difundió rápidamente. El párroco de la catedral de Cartagena anunció el tránsito diciendo a sus fieles: « ¡Esta mañana, en esta ciudad, ha muerto una Santa: la reverenda Madre Bernarda!» Su tumba fue pronto meta de peregrinaciones y lugar de oración.

El celo apostólico y el ardor de la caridad de la Madre María Bernarda reviven hoy en la Iglesia, particularmente a través de la Congregación fundada por ella y actualmente presente en varios.

Países de tres Continentes. La Beata puede ser señalada como auténtico modelo de «inculturación» de la que la Iglesia ha subrayado la urgencia para un eficaz anuncio del Evangelio (cfr. Redemptoris missio, n. 52). Ella encarnó perfectamente en su vida el lema programático: «Mi guía, mi estrella, es el Evangelio».

Durante su vida, encontró apoyo y consuelo solamente en Dios. Cuando abandonó su patria, a donde no habría de regresar jamás, y cuando dejó su querido monasterio de Altstätten y durante su incansable actividad apostólica, ella siempre estuvo sostenida por una sólida espiritualidad, de la oración incesante, la caridad heroica hacia Dios y hacia el prójimo, de una fe fuerte como la roca, una confianza ilimitada en la Providencia de Dios, una fuerza y humildad evangélica y de una fidelidad radical a los compromisos de su vida consagrada. De la contemplación del misterio de la Santísima Trinidad, de la Eucaristía y de la Pasión del Señor, obtuvo el don de aquella misericordia que practicó con todos y que dejó como particular carisma a su Congregación. Devotísima de la Virgen Madre del Señor, quiso que su Congregación tuviese a la Auxiliadora como Madre, Protectora y Modelo de vida en el seguimiento de Cristo y en su actividad misionera. Como franciscana, cultivó la misma veneración que San Francisco de Asís alimentó por la «Santa Madre Iglesia» por sus pastores y sacerdotes, que ella llamaba « los ungidos del Señor».

La Beata permanece como un admirable ejemplo de mujer bíblica: fuerte, prudente, mística, maestra espiritual, insignia misionera. Ella ha dejado a la Iglesia un testimonio maravilloso de entrega a la causa del Evangelio, enseñando a todos, sobre todo hoy, que es posible unir la contemplación a la acción, vida con Dios y servicio a los hermanos, llevando a Dios a los hombres y a los hombres a Dios.

El 29 de octubre de 1995, el Siervo de Dios Papa Juan Pablo II le confirió el título y los honores de los Beatos. El 12 de octubre de 2008, el Santo Padre Benedicto XVI la inscribe en el Catálogo de los Santos.

 (https://www.aciprensa.com/recursos/biografia-4672)