23 septiembre, 2025

San Pío de Pitrelcina, el "santo de los estigmas"

 Conferencia sobre el Padre Pío de Pietrelcina

  

¡Oh! San Pío de Pietrelcina, vos, sois el hijo del Dios
de la Vida, Presbítero de la Orden de Hermanos Menores
Capuchinos y su amado santo. Vos, os dedicasteis a la
dirección espiritual de los fieles y a la reconciliación
de los penitentes. Además, volcasteis vuestra caridad
para con los pobres y desposeídos. Casi constamtemente
decíais: "Siempre humíllense amorosamente ante Dios
y ante los hombres. Porque Dios le habla a aquellos que
son verdaderamente humildes de corazón, y los enriquece
con grandes dones”. El Gargano sabe de vos, y mucho, pues
allí vivisteis desbrozando vuestro amor por el Dios de
la Vida y del Amor, en vuestros hermanos y fieles. Vos,
rebosabais santidad y mística a raudales. Erais en  
realidad un eximio taumaturgo, testimoniados por miles
de personas que durante décadas concurrieron ante vos,
a confesarse. Vuestras Misas, recordaban en forma vívida
el Sacrificio y Muerte de Nuestro Señor a través de vuestra
entrega intensa en cada Eucaristía. Dios a vos, vivo
instrumento de Él, os regaló el carisma de la bilocación,
y con ella, podíais estar presente en dos lugares al
mismo tiempo, a miles de kilómetros de distancia. Vos,
casi nunca abandonasteis San Giovanni Rotondo; pero,
os vieron curando almas y cuerpos en diversos lugares
del mundo y en distintas épocas. Teníais el don de ver
las almas y cuando los fieles se os confesaban con vos,
o decían sus pecados o vos, se los decíais, y a veces
con con gran dureza y enojo, pues teníais un fuerte
carácter, y era más, cuando se ofendía seriamente a Dios.
Vuestro don de sanación a través de vuestras manos,
Jesús curó a mucha gente, espiritual y físicamente.
Con vuestro don de la profecía, anticipasteis hechos que
luego se cumplieron al pie de la letra. Siempre vivisteis
rodeado de la Presencia de Jesús y María, los Santos
y los ángeles y de almas que buscaban vuestra oración,
para subir desde el Purgatorio al Cielo. Vuestra gracia
extraordinaria fueron vuestros estigmas, las cinco llagas
de Cristo. Estas llagas sangraron toda vuestra vida,
casi, una taza de té por día, hasta vuestra santa  muerte.
De vuestra sangre y cuerpo emanaban un aroma celestial,
a flores, que acariciaba a los asistentes de vuestras
Misas, y también a quienes se encontraban con vos, en otras
ciudades del mundo. Casi toda vuestra vida, vivisteis
sufriendo ataques del demonio, que se multiplicaron a
medida que las conversiones y la fe crecían a vuestro
alrededor. El mundo de hoy, niega lo sobrenatural, se
aferra a lo material y a todo lo que pueda ser explicado
a través de la razón y percibido por los sentidos. Pero,
Dios, prescinde de nuestra razón y de nuestros sentidos,
a la hora de someternos a las pruebas de nuestra fe. De
cuando en cuando nos prodiga con regalos del mundo
sobrenatural, a través del testimonio y el acceso a la
divinidad de los seres Celestiales. Vos, sois una puerta
abierta a Cristo, a María, a los ángeles y los santos.
Con vos, se caen por tierra todas explicaciones terrenas.
Hermanos míos, es hora de unir nuestra voluntad a la de
Dios, y ser su instrumento, a imitación de vos. No más
razón o lógica humana. Imitad, al santo del Gargano.
Marchemos procelosos al encuentro con el Dios eterno,
que nos mira desde lo alto y nos pide, por medio de Su
infinita Misericordia, entregarnos a Su Santa Voluntad.
¡Muerte a nuestro yo! Camino, verdad y vida: ¡Sólo Dios!.
¡Oh!, San Pío de Pietrelcina, "viva humildad y negación
de sí mismo", imitación viva del Dios de la Vida y del Amor".

© 2025 by Luis Ernesto Chacón Delgado
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23 Septiembre
San Pío de Pietrelcina (Francisco Forgione)
Presbítero Capuchino
Un hombre de oración y sufrimiento

Martirologio Romano: San Pío de Pietrelcina (Francisco) Forgione, presbítero de la Orden de Hermanos Menores Capuchinos, que en el convento de San Giovanni Rotondo, en Apulia, se dedicó a la dirección espiritual de los fieles y a la reconciliación de los penitentes, mostrando una atención particular hacia los pobres y necesitados, terminando en este día su peregrinación terrena y configurándose con Cristo crucificado (1968).

“Siempre humíllense amorosamente ante Dios y ante los hombres. Porque Dios le habla a aquellos que son verdaderamente humildes de corazón, y los enriquece con grandes dones.” (San Giovanni Rotondo, Italia).

En un convento de la Hermandad de los Capuchinos, en la ladera del monte Gargano, vivió por muchísimos años el que probablemente fuera el Sacerdote Místico más destacado del siglo XX, a punto actualmente de ser declarado Santo por el Vaticano. El Padre Pío, nacido en Pietrelcina en 1887, fue un hombre rico en manifestaciones de su santidad. Enorme cantidad de milagros rodearon su vida, testimoniados por miles de personas que durante décadas concurrieron allí a confesarse. Sus Misas, a decir de los concurrentes, recordaban en forma vívida el Sacrificio y Muerte del Señor a través de la entrega con que el Padre Pío celebraba cada Eucaristía.

Es notable su carisma de bilocación: la capacidad de estar presente en dos lugares al mismo tiempo, a miles de kilómetros de distancia muchas veces. El Padre Pío raramente abandonó San Giovanni Rotondo; sin embargo se lo ha visto y testimoniado curando almas y cuerpos en diversos lugares del mundo en distintas épocas. También tenía el don de ver las almas: confesarse con el Padre Pío era desnudarse ante Dios, ya que él decía los pecados y relataba las conciencias a sus sorprendidos feligreses (a veces con gran dureza y enojo, ya que tenía un fuerte carácter, especialmente cuando se ofendía seriamente a Dios). Tenía también el don de la sanación (a través de sus manos Jesús curó a muchísima gente, tanto física como espiritualmente) y el don de la profecía (anticipó hechos que luego se cumplieron al pie de la letra).

Vivió rodeado de la Presencia de Jesús y María, pero también de Santos y Angeles, y de almas que buscaban su oración, para subir desde el Purgatorio al Cielo. Pero su gracia más grande radicó, sin duda alguna, en sus estigmas: en 1918 recibe las cinco Llagas de Cristo en sus manos, en sus pies y en su costado izquierdo. Estas llagas sangraron toda su vida, aproximadamente una taza de té por día, hasta su muerte ocurrida en 1968. Múltiples estudios médicos y científicos se realizaron sobre sus Estigmas, no encontrándose nunca explicación alguna a su presencia u origen.

Su sangre y cuerpo emanaban un aroma celestial, a flores diversas, que acariciaba no solo a los asistentes a sus Misas, sino también a quienes se encontraban con él en otras ciudades del mundo, a través de sus dones de bilocación. Vivió sufriendo ataques del demonio, tanto físicos como espirituales, que se multiplicaron a medida que las conversiones y la fe crecían a su alrededor.

En diciembre de 2001 el Vaticano emite el decreto que aprueba los milagros necesarios para canonizar a nuestro héroe, San Pío de Pietrelcina y fué canonizado el 16 de julio de 2002.

Vivimos en un mundo que niega lo sobrenatural, se aferra a lo material y a todo lo que pueda ser explicado a través de la razón, o percibido por los sentidos. Sin embargo, Dios prescinde de nuestra razón y de nuestros sentidos, a la hora de someternos a las pruebas de nuestra fe. De cuando en cuando nos prodiga con regalos del mundo sobrenatural, a través del testimonio y el acceso a la divinidad de los seres Celestiales. El Padre Pío es una puerta abierta a Cristo, a María, a los ángeles y los santos. Es también un testimonio de la pequeñez del ser humano y una invitación a creer y dejar de buscar explicación a los hechos de la Divina Providencia (la voluntad de Dios), sino simplemente a unir nuestra voluntad a la de Dios, y ser lisa y llanamente su instrumento, como el Padre Pío lo fue.

La vida entera del Padre Pío no puede ser explicada a través de la razón o la lógica humana. La fe y fuerza del Santo del Gargano dan por tierra con todas las escuelas filosóficas terrenales, dejando una sola salida a todo intento de crecimiento del hombre: el encuentro con el Dios eterno, el que nos mira desde lo alto y nos pide, por medio de Su infinita Misericordia, que nos entreguemos simplemente a Su Voluntad. La negación de nuestro yo (la muerte de nuestro ego), se constituye en la principal meta de nuestra evolución, porque SÓLO DIOS ES !

Debemos negarnos a nosotros mismos y vivir para y por Él. El Padre Pío vivió en la más absoluta humildad y negación de sí mismo, y miren los prodigios que Jesús hizo a través suyo!

Fuente:(www.reinadelcielo.org)

(http://www.es.catholic.net/santoraldehoy/)

22 septiembre, 2025

Los 233 beatos mártires de la guerra civil española

 Puede ser una imagen de 3 personas y texto que dice "233 mártires de la guerra civil española Quienes antes de morir perdonaron de corazón a sus verdugos. 22 de septiembre aciprensa.com"

Lunes 22 de septiembre
Los 233 mártires de la guerra civil española
 
Cada 22 de septiembre la Iglesia recuerda al grupo de 233 mártires de la guerra civil española (1936-1939) que fueron beatificados por el Papa San Juan Pablo II el 11 de marzo de 2001. Ellos son conocidos como ‘el grupo de los 233 mártires españoles’ o ‘los mártires de Valencia’. A veces se les designa también como el grupo de ‘José Aparicio Sanz y sus 232 compañeros mártires’.
 
El Padre Sanz y los 232
 
Durante la ceremonia de beatificación, San Juan Pablo II recordó la figura de José Aparicio Sanz, sacerdote diocesano originario de Valencia, puesto a la cabeza de la lista de los nuevos beatos:
 
“Así vivieron y murieron José Aparicio Sanz y sus doscientos treinta y dos compañeros, asesinados durante la terrible persecución religiosa que azotó España en los años treinta del siglo pasado. Eran hombres y mujeres de todas las edades y condiciones: sacerdotes diocesanos, religiosos, religiosas, padres y madres de familia, jóvenes laicos. Fueron asesinados por ser cristianos, por su fe en Cristo, por ser miembros activos de la Iglesia. Todos ellos, según consta en los procesos canónicos para su declaración como mártires, antes de morir perdonaron de corazón a sus verdugos” (Homilía de la ceremonia de beatificación de los Siervos de Dios José Aparicio Sanz y 232 compañeros mártires).
 
Llama la atención hasta hoy el número abultado de beatificaciones celebradas en una misma ceremonia -sin precedentes hasta ese momento-, así como la heterogeneidad o diversidad del grupo de mártires -algo que fue resaltado por el Sumo Pontífice en ese momento-. Ambos aspectos resultan conmovedores: los mártires estaban unidos por la fe y el amor a Jesús y a los hermanos, lejos de cualquier tipo de compromiso ideológico y muy cerca del corazón de la Iglesia que sufre persecución.
 
Unidad en la diversidad
 
La lista de beatos incluye a hombres y mujeres con distintos estados de vida y de toda procedencia social:
 
“... Treinta y ocho sacerdotes de la Archidiócesis de Valencia, junto con un numeroso grupo de hombres y mujeres de la Acción Católica también de Valencia; dieciocho dominicos y dos sacerdotes de la Archidiócesis de Zaragoza; cuatro Frailes Menores Franciscanos y seis Frailes Menores Franciscanos Conventuales; trece Frailes Menores Capuchinos, con cuatro Religiosas Capuchinas y una Agustina Descalza; once Jesuitas con un joven laico; treinta y dos Salesianos y dos Hijas de María Auxiliadora; diecinueve Terciarios Capuchinos con una cooperadora laica; un sacerdote dehoniano; el Capellán de Colegio La Salle de la Bonanova, de Barcelona, con cinco Hermanos de las Escuelas Cristianas; veinticuatro Carmelitas de la Caridad; una Religiosa Servita; seis Religiosas Escolapias con dos cooperadoras laicas provenientes éstas últimas del Uruguay y primeras beatas de ese País latinoamericano; dos Hermanitas de los Ancianos Desamparados; tres Terciarias Capuchinas de Nuestra Señora de los Dolores; una Misionera Claretiana; y, en fin, el joven Francisco Castelló i Aleu, de la Acción Católica de Lleida” (Homilía de la ceremonia de beatificación de los Siervos de Dios José Aparicio Sanz y 232 compañeros).
 
Madre coraje: María Teresa Ferragud
 
Vale la pena resaltar -tal y como lo hizo San Juan Pablo II- algunos de los conmovedores relatos testimoniales mencionados el día de la beatificación de los 233. El primero de ellos fue el de María Teresa Ferragud, anciana que fue arrestada junto a sus cuatro hijas, todas religiosas contemplativas. Las cinco fueron condenadas a muerte. María Teresa tenía ochenta y tres años en ese momento.
 
El 25 de octubre de 1936, fiesta de Cristo Rey, María Teresa, consciente del destino que les esperaba, pidió estar al lado de sus hijas y ser la última en ser ejecutada. Aquella madre quería acompañar a sus hijas, una a una, mientras entregaban la vida, y, de esa manera, poder alentarlas hasta el instante final, para que el temor a morir no doblegue su fe.
 
Los verdugos, tras presenciar lo que aquella madre había hecho, sólo atinaron a exclamar: "Esta es una verdadera santa".
 
Jóvenes valientes y auténticos
 
Otra historia a la que se refirió el Santo Padre es la de Francisco Alacreu, joven “de veintidós años, químico de profesión, y miembro de la Acción Católica, que consciente de la gravedad del momento no quiso esconderse, sino ofrecer su juventud en sacrificio de amor a Dios y a los hermanos, dejándonos tres cartas, ejemplo de fortaleza, generosidad, serenidad y alegría, escritas, instantes antes de morir, a sus hermanas, a su director espiritual y a quien fuera su novia” (Homilía de la ceremonia de beatificación de los Siervos de Dios José Aparicio Sanz y 232 compañeros).
 
Finalmente, está la historia del recién ordenado sacerdote Germán Gozalbo, de veintitrés años, fusilado sólo “dos meses después de haber celebrado su primera Misa” (ob. cit., 2).
 
América Latina, ecos y presencia: Cuba y Uruguay
 
Entre los 233 estuvo el Beato José Calasanz Marqués, quien fuera misionero salesiano en Cuba. Nació en España el 23 de noviembre de 1872 y conoció a San Juan Bosco en la visita que éste hizo a Barcelona en 1886. En ese momento José estaba como interno en la Casa Salesiana de Sarriá. Realizó su profesión a los 18 años, y cinco años después, en la Navidad de 1895, celebraría allí su primera Misa.
 
Calasanz fue secretario del Beato Felipe Rinaldi durante diez años y trabajó como director de un colegio. En 1916 fue enviado a dirigir la recién iniciada obra salesiana en Camagüey (Cuba). Luego fue nombrado Provincial de la Inspectoría Peruana-Boliviana, y en 1925 pasó a ser superior de su Inspectoría de procedencia en Tarragona, que incluía las de Barcelona y Valencia en España. Sería en esta última región donde recibiría las palmas del martirio.
 
Cabe resaltar que entre los 233 mártires están las dos primeras beatas uruguayas, tal y como se mencionó anteriormente. Ellas fueron dos laicas, Dolores y Consuelo Aguiar-Mella Díaz, hermanas nacidas en Montevideo (Uruguay) en 1897 y 1898, respectivamente; y que, a pesar de no ser ciudadanas españolas, por su fervor religioso, expresado libremente (una de ellas vivía en casa de las religiosas escolapias) terminaron asesinadas en Madrid, el 19 de septiembre de 1936. En su momento, la diplomacia uruguaya las buscó para darles protección, pero los milicianos se adelantaron a las gestiones.
 
La muerte de las hermanas Aguiar-Mella Díaz ocasionó la ruptura de relaciones diplomáticas entre Uruguay y España.
 
Esperanza de la Iglesia
 
Indudablemente, estos beatos dieron “testimonio de serenidad y esperanza cristiana”. Para nosotros, ellos constituyen motivo de aliento y confirmación de nuestra fe. Aquellos hombres y mujeres amaron de manera extraordinaria, aun cuando fueron víctimas del “odio a la fe” -presente también en nuestros días-. Ellos son prueba fehaciente de que el amor y el perdón no son solo posibles, sino muy reales.
Junto a los 233 debe recordarse a todos los mártires de la Iglesia: a los conocidos y a los anónimos, a los de ayer y, sin duda, también a los de hoy.(ACI Prensa).

21 septiembre, 2025

Domingo 25 (C) del tiempo ordinario

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Domingo 21 de septiembre
Domingo 25 (C) del tiempo ordinario 
 
Texto del Evangelio (Lc 16,1-13): En aquel tiempo, Jesús decía también a sus discípulos: «Había un hombre rico que tenía un administrador a quien acusaron ante él de malbaratar su hacienda; le llamó y le dijo: ‘¿Qué oigo decir de ti? Dame cuenta de tu administración, porque ya no podrás seguir administrando’. Se dijo a sí mismo el administrador: ‘¿Qué haré, pues mi señor me quita la administración? Cavar, no puedo; mendigar, me da vergüenza. Ya sé lo que voy a hacer, para que cuando sea removido de la administración me reciban en sus casas’.
 
»Y convocando uno por uno a los deudores de su señor, dijo al primero: ‘¿Cuánto debes a mi señor?’. Respondió: ‘Cien medidas de aceite’. El le dijo: ‘Toma tu recibo, siéntate en seguida y escribe cincuenta’. Después dijo a otro: ‘Tú, ¿cuánto debes?’. Contestó: ‘Cien cargas de trigo’. Dícele: ‘Toma tu recibo y escribe ochenta’.
 
»El señor alabó al administrador injusto porque había obrado astutamente, pues los hijos de este mundo son más astutos con los de su generación que los hijos de la luz. Yo os digo: Haceos amigos con el dinero injusto, para que, cuando llegue a faltar, os reciban en las eternas moradas. El que es fiel en lo mínimo, lo es también en lo mucho; y el que es injusto en lo mínimo, también lo es en lo mucho. Si, pues, no fuisteis fieles en el dinero injusto, ¿quién os confiará lo verdadero? Y si no fuisteis fieles con lo ajeno, ¿quién os dará lo vuestro? Ningún criado puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al dinero».
 
——————
 
«No podéis servir a Dios y al dinero»
Rev. D. Joan MARQUÉS i Suriñach
(Vilamarí, Girona, España)
 
Hoy el Evangelio nos presenta la figura del administrador infiel: un hombre que se aprovechaba del oficio para robar a su amo. Era un simple administrador, y actuaba como el amo. Conviene que tengamos presente:
 
1) Los bienes materiales son realidades buenas, porque han salido de las manos de Dios. Por tanto, los hemos de amar.
2) Pero no los podemos “adorar” como si fuesen Dios y el fin de nuestra existencia; hemos de estar desprendidos de ellos. Las riquezas son para servir a Dios y a nuestros hermanos los hombres; no han de servir para destronar a Dios de nuestro corazón y de nuestras obras: «No podéis servir a Dios y al dinero» (Lc 16,13).
3) No somos los amos de los bienes materiales, sino simples administradores; por tanto, no solamente los hemos de conservar, sino también hacerlos producir al máximo, dentro de nuestras posibilidades. La parábola de los talentos lo enseña claramente (cf. Mt 25,14-30).
4) No podemos caer en la avaricia; hemos de practicar la liberalidad, que es una virtud cristiana que hemos de vivir todos, los ricos y los pobres, cada uno según sus circunstancias. ¡Hemos de dar a los otros!
¿Y si ya tengo suficientes bienes para cubrir mis gastos? Sí; también te has de esforzar por multiplicarlos y poder dar más (parroquia, diócesis, Cáritas, apostolado). Recuerda las palabras de san Ambrosio: «No es una parte de tus bienes lo que tú das al pobre; lo que le das ya le pertenece. Porque lo que ha sido dado para el uso de todos, tú te lo apropias. La tierra ha sido dada para todo el mundo, y no solamente para los ricos».
¿Eres un egoísta que sólo piensa en acumular bienes materiales para ti, como el administrador del Evangelio, mintiendo, robando, practicando la cicatería y la dureza de corazón, que te impiden conmoverte ante las necesidades de los otros? ¿No piensas frecuentemente en las palabras de san Pablo: «Dios ama al que da con alegría» (2Cor 9,7)? ¡Sé generoso!
 
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Pensamientos para el Evangelio de hoy
 
«No tengo otra forma de demostrarte mi amor que arrojando flores, es decir, no dejando escapar ningún pequeño sacrificio, ni una sola mirada, ni una sola palabra, aprovechando hasta las más pequeñas cosas y haciéndolas por amor» (Santa Teresa de Lisieux)
«El dinero no es ‘injusto’ en sí mismo, pero más que cualquier otra cosa puede encerrar al hombre en un egoísmo ciego» (Benedicto XVI)
«‘Todo lo tenían en común’ (Hch 4,32): Todo lo que posee el verdadero cristiano debe considerarlo como un bien en común con los demás y debe estar dispuesto y ser diligente para socorrer al necesitado y la miseria del prójimo. El cristiano es un administrador de los bienes del Señor» (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 952)(evangeli net).


20 septiembre, 2025

San Andrés Kim y Compañeros Mártires

 https://www.aciprensa.com/imagespp/sanandreskim2025-1758365561.jpg?w=672&h=448&fbclid=IwY2xjawM8XzRleHRuA2FlbQIxMABicmlkETFZMGI5OEJNVjFrcnhnTmxkAR4Usy9b2gVHqiAP9Bt018EKiJGu20H6O91W21a0C2x3Yu2qjs4YcjqHqadwXA_aem_R1wMBlnT-tBaG42leSeqfA

20 de septiembre
San Andrés Kim y Compañeros Mártires
Mártires de Corea
 
Cada 20 de septiembre la Iglesia celebra a San Andrés Kim, primer sacerdote católico coreano, martirizado a causa de la fe en 1846.
 
Signo de contradicción
 
San Andrés Kim Taegon nació en Solmoe (hoy Corea del Sur) en 1821, en el seno de una familia yangban; esto es, perteneciente a la nobleza y, por lo tanto, parte de la clase gobernante del país.
 
De pequeño, Andrés fue víctima de la intolerancia. Junto a sus padres tuvo que trasladarse a Kolbaemasil (provincia de Gyeonggi), en el intento de huir de la persecución que los grandes señores del país habían organizado contra los cristianos, nacionales y extranjeros. La sociedad coreana era en su gran mayoría confucionista, y marcadamente enemiga de todo tipo de influencia foránea, especialmente la que ejercía la Iglesia Católica.
 
Heredero de un mártir
 
El padre de Andrés, San Ignacio Kim, era un converso al catolicismo que hizo de su familia y su hogar una “pequeña iglesia”. En esta, otros cristianos pudieron encontrar apoyo y refugio espiritual. San Ignacio Kim moriría mártir en 1839, víctima del odio contra los católicos.
 
Andrés recibió el bautismo antes de la muerte de su padre, a los 15 años de edad. Años más tarde, gracias a un grupo de misioneros franceses, sería enviado al seminario de Macao, colonia portuguesa (hoy parte de China) para formarse para el sacerdocio.
 
En 1845 Andrés se traslada a Shanghai, en China continental, donde fue ordenado por el obispo Jean Joseph Ferréol, de origen francés, convirtiéndose en el primer sacerdote originario de Corea.
 
Misionero en su propia tierra
 
Como sacerdote regresó a Corea con la finalidad de facilitar el ingreso de más misioneros a su país, donde había sido prohibida toda forma de inmigración extranjera. A pesar de las amenazas, el Padre Kim se dedicó a anunciar a Cristo, predicando y bautizando a los conversos, muchos de ellos tocados por su testimonio de caridad.
 
Kim fue arrestado al tratar de hacer ingresar a la península coreana a un grupo de misioneros franceses provenientes de China. Después de pasar varios meses en prisión, fue condenado a muerte y finalmente ejecutado en 1846. El santo murió decapitado junto con otros mártires.
 
De acuerdo a las palabras recogidas en el libro Construyendo puentes: ¿Hay esperanza para Corea del Norte? de Alton, David y Chidley, Rob (2013), Kim alcanzó a decir antes de morir:
“Es por él que yo muero. Mi vida inmortal está en su punto inicial. Conviértanse al cristianismo si desean la felicidad…”.
 
Andrés Kim, modelo para los cristianos de Asia
 
San Andrés tenía solo 25 años cuando se le aplicó la pena de muerte. Fue canonizado por el Papa San Juan Pablo II el 6 de mayo de 1984 junto a otros 102 mártires de Corea, entre los que también estuvo San Pablo Chong Hasang (1795-1839). La ceremonia de canonización se llevó a cabo durante la visita del Papa polaco a Corea del Sur.
 
San Andrés junto al numeroso grupo de mártires coreanos constituyen hoy por hoy no solo modelos de virtud y santidad, también son símbolos de la unidad entre las dos Coreas (antaño una sola nación), la del norte, cuya Iglesia sufre las imposiciones del control estatal, y la del sur, que trabaja por extenderse y fortalecerse.(ACI Prensa).

19 septiembre, 2025

San Genaro y compañeros mártires

 

19 de septiembre
San Genaro y compañeros mártires
Mártir
 
Cada 19 de septiembre la Iglesia Católica celebra la fiesta de San Genaro mártir, cuya sangre, preservada por siglos en un relicario, se licúa todos los años en fechas específicas, de gran significación para la Iglesia en Italia.
 
San Genaro, o “Jenaro”, es el patrón por antonomasia de Nápoles, ciudad del sur italiano en la que nació el 21 de abril de 272. Fue obispo de Benevento, Campania, diócesis ubicada al lado de su Nápoles originaria. 
 
Testigo de sangre
 
En los años de la persecución organizada por el emperador romano Diocleciano, conocida como la “Gran persecución” (303-313), Genaro fue hecho prisionero junto a un grupo de compañeros cristianos, y sometido a terribles torturas. 
 
El obispo y sus amigos se negaron a aceptar las exigencias de sus perseguidores, quienes exigían que abdicaran de la fe y rindan culto a los dioses. A pesar de los crueles maltratos a los que fueron sometidos, ninguno fue doblegado, por lo que todos serían condenados a muerte. 
 
Primero, se intentó quemarlos vivos en el horno, pero el fuego no les hizo daño alguno. Después, los hombres serían arrojados a las fieras; los leones sólo rugieron y ni siquiera se les acercaron. Hasta ese momento Genaro y sus amigos habían logrado salir ilesos milagrosamente. Entonces, los romanos decidieron aplicar el último recurso del que disponían: cortarles la cabeza. El 19 de septiembre de 305, el obispo y sus amigos fueron ejecutados cerca de Pozzuoli. 
 
Allí fueron enterrados sus restos.
 
Licuefacción de la sangre
 
Por varios siglos, las reliquias de San Genaro fueron trasladadas por diferentes ciudades de Italia, hasta que finalmente retornaron a Nápoles en 1497, donde permanecen hasta hoy. 
 
Allí se preserva una ampolla de vidrio en la que se guarda un coágulo de sangre del obispo (una pequeña masa de sangre seca) que se torna líquida en ciertas ocasiones. A este fenómeno se le denomina ‘licuefacción'; y dado que no se realiza mediante intervención física o química, el hecho se reconoce como un milagro. 
 
Algunos lo cuestionan, aunque nadie ha podido explicar con certeza cómo o por qué medios se produce semejante fenómeno.
 
Tres veces al año
 
La sangre de San Genaro se vuelve líquida en tres oportunidades a lo largo del año: el día en que se conmemora la traslación de sus restos a Nápoles (el sábado anterior al primer domingo de mayo); el día de su fiesta litúrgica (cada 19 de septiembre); y el día en el que sus devotos agradecen su intercesión para amainar los efectos de la erupción del volcán Vesubio, acontecida el 16 de diciembre de 1631.
 
En cada uno de estos tres días, el Obispo de la ciudad, o un sacerdote que procede en su nombre, presenta el relicario con la ampolla de sangre, de pie, frente a la urna que contiene el cráneo del santo. El acto se realiza siempre en presencia de los fieles. Pasado un lapso de tiempo, quien preside la liturgia alza el relicario, lo vuelve de cabeza y, en ese momento, la masa de sangre se vuelve líquida. Entonces el celebrante hace el anuncio: “¡Ha ocurrido el milagro!”.
 
Si no acontece la licuefacción 
 
Cuando la sangre no se licúa en los días indicados, los napolitanos piensan que se trata de un signo de mal augurio -una posible desgracia o calamidad de grandes proporciones-. 
 
Y no faltan razones para que piensen así. La sangre no se licuó, por ejemplo, en septiembre de 1939, 1940, 1943, años terribles de la Segunda Guerra; tampoco hubo licuefacción en 1973 o en 1980. Algo semejante sucedió en 2016. 
 
La reliquia también permaneció en estado sólido el año en que Nápoles eligió a un alcalde comunista, pero se licuó espontáneamente cuando el fallecido arzobispo de Nueva York, Cardenal Terence Cooke, visitó el santuario de San Genaro en 1978. 
 
El milagro de la licuefacción y los Papas
 
En el año 2015, mientras el Papa Francisco se reunía con los religiosos, sacerdotes y seminaristas de Nápoles, la sangre del santo se licuó nuevamente.
 
La última vez que la licuefacción se produjo en presencia de un Pontífice fue en 1848, siendo Papa Pío IX. Durante las visitas de San Juan Pablo II (octubre de 1979) y del Papa Benedicto XVI (octubre de 2007) al Duomo de San Genaro la sangre no sufrió cambio alguno. (ACI Prensa).

18 septiembre, 2025

San Cupertino, patrono de los aviadores, de los pasajeros de avión, de los estudiantes y de aquellos que tienen una discapacidad mental.

18 de septiembre: San José de Cupertino, el santo que levitaba y volaba 

18 de septiembre
San Cupertino
El fraile que nos legó la humildad, la confianza y la determinación 
 
Cada 18 de septiembre, la Iglesia celebra a un santo cuyo legado empieza con la virtud de la humildad, la confianza en la oración y la determinación: San José de Cupertino (1603-1663), en italiano, Giuseppe da Copertino, nacido Giuseppe María Desa. 
 
Es patrono de los aviadores, de los pasajeros de avión, de los estudiantes y de aquellos que tienen una discapacidad mental.
 
¡No te canses de rezar!
 
“Rezar, no cansarse nunca de rezar. Que Dios no es sordo ni el Cielo es de bronce. Todo el que le pide, recibe”, decía este gran franciscano, expresando de manera inmejorable cuánto había hecho Dios en su vida gracias a su oración perseverante.
 
Como muestra, basta este “pequeño” detalle: José nunca fue bueno en los estudios, pero a pesar de esta dificultad, de Dios recibió las fuerzas y la luz necesarias para seguir adelante. Por eso hoy -y no por azar- se le considera patrono de los estudiantes, en especial de los que pasan por problemas académicos.
“Todo lo puedo en aquel que me fortalece" (Fil 4, 13)
 
Giuseppe María -José María, su nombre de pila- nació en 1603, en el pueblo de Cupertino, región de Lecce (Reino de Nápoles, hoy Italia), en el seno de una familia muy humilde.
 
A los 17 años pidió ser admitido por los franciscanos, en la rama de los Frailes Menores Conventuales; sin embargo, fue rechazado. Poco después, solicitó el ingreso a los Hermanos Menores Reformados, otra rama de la Orden de San Francisco de Asís, pero tampoco tuvo éxito. Y es que José casi no había recibido instrucción en su vida y, en lo poco recibido, no ataba ni desataba.
 
A pesar de estos “fracasos”, José se animó a hacer un nuevo intento. Esta vez con los frailes capuchinos, quienes sí lo recibieron en calidad de hermano lego.
 
Sin embargo, contra lo que podía esperarse después de tanto luchar, José terminó siendo expulsado del convento al cabo de unos meses. La razón: era muy distraído, y sus superiores lo denunciaron por “ineptitud”. Sus biógrafos suelen dar cuenta de su torpeza: dejaba caer constantemente los platos que llevaba al comedor, se olvidaba los encargos asignados y parecía que siempre estaba abstraído, fuera del mundo, pensando en cualquier cosa.
 
Ser santo es saber ponerse de pie
 
San José de Cupertino, entonces, buscó refugio en casa de un familiar adinerado. Pese a la acogida inicial, este también terminaría echándolo a la calle, frustrado por sus continuos yerros. Tras esto, José dejó confirmados con creces los rumores que lo señalaban como “un bueno para nada”. Es entonces que su madre intervino y fue a rogarle a un pariente suyo, un fraile franciscano, que recibiera al muchacho como mandadero de su convento.
 
Esta vez, José sería aceptado como obrero: como no era bueno para los mandados fue enviado a trabajar en el establo. Y, para sorpresa de muchos, no le fue tan mal. Algo había pasado: a golpes, en su todavía corta vida, San José había quedado firmemente sujeto a la cruz, su ancla y su cimiento. A partir de entonces, el muchacho empezaría a desempeñarse cada vez mejor, mostrando incluso destreza para su noble oficio.
 
Eso le ganó, poco a poco, el aprecio de los religiosos del convento, quienes empezaron a considerarlo como alguien ejemplar. Sus muestras de humildad y amabilidad, adornadas de espíritu de penitencia y presencia constante de Dios merecieron una reconsideración entre los franciscanos, quienes en 1625 -cuando el santo tenía unos 22 años- lo admitieron en el convento por votación unánime.
 
“Vida eterna a los que perseveran en hacer el bien” (Rom 2, 6)
 
Al poco tiempo, los frailes mayores determinaron que José estudiase para ser sacerdote. Sin embargo, en los exámenes y evaluaciones, José parecía incapaz de salir airoso. Preso de los nervios por lo poco dotado de claridad para expresarse, la mayoría de veces se quedaba en silencio frente a sus maestros, con la mente en blanco.
 
Así llegó el día del inicio de las pruebas finales, y el examinador anunció que abriría la Biblia y leería un pasaje al azar para escuchar la interpretación del estudiante. José estaba aterrorizado esperando su turno.
 
No obstante, la Providencia quiso que el pasaje escogido para examinar a Fray José fuera el único que era capaz de explicar adecuadamente. Fue aquel del Evangelio de Lucas que hace referencia a la Madre de Dios y que rezamos en el Avemaría: “Bendito el fruto de tu vientre, Jesús”.
 
En la última prueba -el examen definitivo para definir quiénes serían ordenados-, el obispo a cargo de la evaluación comenzó a preguntar a los primeros frailes del grupo en el que estaba José. Como todos fueron respondieron muy bien, el prelado decidió no seguir examinando al resto porque no lo consideró necesario. San José -el siguiente de la lista de candidatos-, se libró, sin pretenderlo, de la prueba.
 
El que menos diría que se trató de un “golpe de suerte”, pero quizás no fue así. Pareció, más bien, que Dios quiso aligerarle el día al santo, quien había hecho todos los esfuerzos posibles para llegar bien preparado.
 
Patrono de los estudiantes
 
Por su compromiso con el estudio, y no por algún resultado brillante, este santo es considerado el patrón de los estudiantes, especialmente de aquellos que se encuentran en dificultades académicas.
El 18 de marzo de 1628, Fray José fue ordenado sacerdote, muy consciente de que no tenía cualidades especiales para predicar ni enseñar, pero sí el amor debido a la Eucaristía. Decidió también por eso, de manera especial, apuntalar su sacerdocio con penitencias y oraciones por los pecadores
.
“¡Quién me diera alas como de paloma!” (Sal 55, 6)
 
Fue en esa ruta espiritual como San José llegó a abrazar la vida mística. Caía en éxtasis constantemente y en ocasiones sus hermanos lo vieron levitar. Incluso fue visto volando como si de un ave se tratase, yendo de un lado a otro para atender necesidades espirituales de los fieles.
 
En el libro de la causa de canonización de San José de Cupertino consta que fueron numerosos los testigos que presenciaron los hechos sobrenaturales mencionados. Entre estos se cuenta el del Papa Urbano VIII (p. 1623-1644) y el del príncipe protestante Juan Federico, duque de Brunswick-Luneburgo (1625-1679), quien gracias a Fray José se convirtió al catolicismo.
 
“Volaría y hallaría reposo” (Sal 55, 6)
 
San José de Cupertino partió a la Casa del Padre el 18 de septiembre de 1663. Fue beatificado en 1753 por Benedicto XIV y canonizado en 1767 por Clemente XIII.
 
Es el santo patrono de los viajeros de avión, de los aviadores, de los que tienen alguna discapacidad mental y de los estudiantes que rinden exámenes.(ACI Prensa).

16 septiembre, 2025

San Cipriano Papa y San Cornelio Obispo, mártires

 Santos Cipriano y Cornelio

    

!Oh! San Cornelio y San Cipriano, vosotros sois los hijos
del Dios de la Vida y del Amor, y sus amados mártires. Vos,
Cornelio, Papa y Mártir, honor hicisteis al significado de
vuestro nombre: “fuerte como un cuerno”. A vos, os martirizaron
en persecución de Decio. Novaciano, el hereje proclamaba que
la Iglesia Católica no tenía poder para perdonar pecados
y que, el que renegaba de su fe, no más podía ser admitido.
También decía que el fornicario y el adúltero, no podían ser
perdonados jamás. Pero vos, Cornelio, respondisteis con valor y
firmeza, que, si un pecador de verdad se arrepiente y desea,
una nueva vida, la Iglesia puede y debe perdonarle sus
antiguas faltas y admitirlo entre los fieles. A vos, Cornelio
os apoyaron San Cipriano desde África y los demás obispos
de occidente. El cruel Decio, os desterró de Roma y a causa
de vuestro martirio, entregasteis vuestra vida desterrado.
Y, vos, Cipriano, brillante obispo del áfrica, antes de San
Agustín, os dedicasteis a la tarea de educador, conferencista
y orador público. Poseíais inteligencia privilegiada, gran
habilidad para hablar en público, y personalidad impactante.
Os bautizasteis y permanecisteis siempre casto, y jamás
contrajisteis matrimonio. Renunciasteis a vuestros literatos
mundanos. Dijisteis vos: “Me parece que Dios ha expresado su
voluntad por medio del clamor del pueblo y de la aclamación
de los sacerdotes”. Un escritor escribió de vos así: “Era
majestuoso y venerable, inspiraba confianza a primera vista
y nadie podía mirarle sin sentir veneración hacia él. Tenía
una agradable mezcla de alegría y venerabilidad, de manera
que los que lo trataban no sabían qué hacer más: si quererlo
o venerarlo, porque merecía el más grande respeto y el mayor
amor”. Decio, deseaba acabar con los obispos, destruir los
libros sagrados e invitaba a todos, a renegar de la religión,  
y a quemar incienso ante los dioses, acto con el cual eran
perdonados. Muchos caen en la trampa con tal de no perder
sus vidas. Vos Cipriano, huisteis y os escondisteis y desde
allí, enviabais cartas a los creyentes invitándolos a no
abandonar la religión por nada. De pronto se oyen voces
gritando: “Pedimos que Cipriano sea echado a los leones”.
Nunca logran su cometido demoníaco. Volvió la paz y vos,
volvisteis a vuestro cargo. Y a todo renegado que quiso volver
a la Iglesia, les exigisteis que hiciera penitencia. Luego
vinieron después espantosas persecuciones y los cristianos
prefirieron la muerte, antes que quemar incienso a dioses
falsarios y, así fueron mártires gloriosos. En plena peste
vendisteis lo más más valioso de la casa episcopal, para
ayudar a vuestra mies. Enterado el impío Decio, dicta pena
de destierro para todo creyente que asistiera a un acto
de culto cristiano, y pena de muerte para cualquier obispo
o sacerdote que se atreva a celebrar una ceremonia religiosa.
Y a vos, Cipriano os dictan pena de destierro, pero vos,
seguisteis cumpliendo con vuestras tareas celebrando ceremonias
religiosas, y entonces os dictan la pena de muerte. «Yo soy
cristiano y soy obispo. No reconozco a ningún otro Dios,
sino al único y verdadero Dios que hizo el cielo y la tierra.
A Él, rezamos cada día los cristianos. Lo que le han ordenado
hacer, hágalo pronto. Que en estas cosas tan importantes
mi decisión es irrevocable, y no va a cambiar". El juez
Valerio, de mala gana dictó sentencia: “Ya que se niega
a obedecer las órdenes del emperador y no quiere adorar a
nuestros dioses, y es responsable de que todo este gentío
siga sus creencias religiosas, Cipriano; queda condenado a
muerte. Le cortarán la cabeza con una espada”. Vos, al oír
la sentencia, exclamasteis: ¡Gracias sean dadas a Dios! La
multitud gritaba: “Que nos maten también a nosotros, junto
con él”. Entonces, vos, ordenasteis regalarle veinticinco
monedas de oro al verdugo que os mataría y os vendasteis
los ojos y arrodillándoos, el verdugo os cortó la cabeza
con una espada. Y, así, en olor a multitud volaron al cielo,
vuestras almas, para coronadas ser de luz y eternidad como
justo premio a vuestras entregas de amor y fe, al Dios Vivo.
¡Oh! Santos Cornelio y Valerio, "vivas luces del Dios Vivo".  

© 2025 by Luis Ernesto Chacón Delgado
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16 de septiembre
Santos Cipriano y Cornelio
Obispo y Papa 
 
Cada 16 de septiembre la Iglesia celebra al Papa San Cornelio (c.180-253) y al Obispo San Cipriano (c. 200-258), dos amigos en Cristo preocupados por preservar la verdad de su mensaje. Juntos se opusieron a los errores, confusiones y herejías que empezaron a difundirse desde los inicios de la era cristiana y que minaron la salud espiritual de muchos miembros de la Iglesia. Ambos concluyeron sus vidas coronados con las palmas del martirio.
 
El Papa Cornelio
 
Cornelio, cuyo nombre significa “fuerte como un cuerno”, fue el vigésimo primer Papa de la Iglesia Católica. Afrontó con firmeza la herejía de Novaciano, teólogo que proclamaba que la Iglesia no tenía el poder suficiente para perdonar los pecados más graves. Para este teólogo y sus seguidores, aquellos llamados “lapsi”, en latín, ‘los que han tropezado’, no podían ser absueltos por autoridad eclesiástica alguna de aquellas faltas consideradas extremadamente graves. Eso equivalía a que la Iglesia no estaba autorizada para perdonar ni acoger de nuevo a quienes, por ejemplo, habían incurrido en apostasía.
Ciertamente, a causa de la crueldad de las persecuciones, muchos cristianos habían abandonado la fe o abjuraron de esta (el pecado de apostasía) por temor a las amenazas del poder temporal: torturas, prisión o la muerte. No obstante, no fueron pocos los que habiendo negado a Cristo reconocieron su falta y pidieron ser admitidos nuevamente en el seno de la comunidad cristiana.
 
El Papa Cornelio fue el primero en alzar su voz contra Novaciano (210-258). El Pontífice sostuvo que el ‘novacianismo’ resultaba herético, puesto que Dios no negaba a nadie su perdón y que no existía falta que no pudiese ser resarcida por su amor misericordioso. En consecuencia, la ‘autoridad de perdonar los pecados’ podía ser ejercida por un ministro calificado.
 
Cornelio terminó excomulgando a Novaciano, quien no quiso rectificarse y eligió con sus seguidores el camino del cisma, convirtiéndose en ‘antipapa’ entre los años 251 y 258 al fundar ‘la Iglesia de los puros’.
 
Cipriano, obispo de Cartago
 
Entre quienes apoyaron al Papa Cornelio en su doctrina sobre el perdón estaba San Cipriano, obispo con quien tenía una estrecha amistad.
 
Cipriano, quien se encontraba a la cabeza de la sede de Cartago (hoy Túnez), respaldó públicamente la postura pontificia en contra de Novaciano, por lo que se hizo de enemigos y detractores.
 
El único y verdadero sacrificio
 
Vale precisar que el Papa Cornelio no sólo tuvo que sufrir por la controversia con Novaciano y sus intransigentes seguidores, ‘los puros’ (katharoi) o ‘cátaros’: los suyos fueron los tiempos de otra sangrienta persecución, esta vez, organizada por el emperador romano Decio (249-251).
Cornelio fue enviado primero al destierro y más tarde, en el año 253, tomado prisionero y condenado a muerte por decapitación.
 
Por su parte, Cipriano, en Cartago, padeció también los duros años de la persecución de Decio y, tras la muerte de este, tuvo que sufrir una nueva ola de violencia anticristiana organizada por su sucesor, Valeriano.
 
Cipriano fue condenado a muerte por negarse a ofrecer sacrificios a los dioses, así como por resistirse a la prohibición de celebrar la Eucaristía y administrar los sacramentos. Él, al oír su sentencia, exclamó: “¡Gracias sean dadas a Dios!”. Como Cornelio, Cipriano murió decapitado en septiembre del año 258.
 
“Gracias sean dadas a Dios”
 
Los dos amigos, unidos por Cristo en la misión pastoral, padecieron por causa de la fe y dejaron un testimonio de fidelidad a la Verdad revelada, un testimonio que sellaron con su propia sangre.
 
Los nombres de Cornelio y Cipriano son parte de la liturgia, específicamente se les menciona en la Plegaria Eucarística I del Canon Romano, al lado de otros santos y mártires de los primeros siglos.(ACI prensa).