Texto del Evangelio (Mt 28,16-20):En aquel
tiempo, los once discípulos marcharon a Galilea, al monte que Jesús les
había indicado. Y al verle le adoraron; algunos sin embargo dudaron.
Jesús se acercó a ellos y les habló así: «Me ha sido dado todo poder en
el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes
bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y
enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo
estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo».
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«Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra» Dr. Josef ARQUER (Berlin, Alemania)
Hoy, contemplamos unas manos que bendicen —el último gesto terreno
del Señor (cf. Lc 24,51). O unas huellas marcadas sobre un montículo —la
última señal visible del paso de Dios por nuestra tierra. En ocasiones,
se representa ese montículo como una roca, y la huella de sus pisadas
queda grabada no sobre tierra, sino en la roca. Como aludiendo a aquella
piedra que Él anunció y que pronto será sellada por el viento y el
fuego de Pentecostés. La iconografía emplea desde la antigüedad esos
símbolos tan sugerentes. Y también la nube misteriosa —sombra y luz al
mismo tiempo— que acompaña a tantas teofanías ya en el Antiguo
Testamento. El rostro del Señor nos deslumbraría.
San León Magno
nos ayuda a profundizar en el suceso: «Lo que era visible en nuestro
Salvador ha pasado ahora a sus misterios». ¿A qué misterios? A los que
ha confiado a su Iglesia. El gesto de bendición se despliega en la
liturgia, las huellas sobre tierra marcan el camino de los sacramentos. Y
es un camino que conduce a la plenitud del definitivo encuentro con
Dios.
Los Apóstoles habrán tenido tiempo para habituarse al otro
modo de ser de su Maestro a lo largo de aquellos cuarenta días, en los
que el Señor —nos dicen los exegetas— no “se aparece”, sino que —en fiel
traducción literal— “se deja ver”. Ahora, en ese postrer encuentro, se
renueva el asombro. Porque ahora descubren que, en adelante, no sólo
anunciarán la Palabra, sino que infundirán vida y salud, con el gesto
visible y la palabra audible: en el bautismo y en los demás sacramentos.
«Me
ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra» (Mt 28,18). Todo
poder…. Ir a todas las gentes… Y enseñar a guardar todo… Y El estará con
ellos —con su Iglesia, con nosotros— todos los tiempos (cf. Mt
28,19-20). Ese “todo” retumba a través de espacio y tiempo, afirmándonos
en la esperanza.
Pensamientos para el Evangelio de hoy
«Se aprovecharon tanto los Apóstoles de la Ascensión del Señor que
todo lo que antes les causaba miedo, después se convirtió en gozo. Desde
aquel momento elevaron toda la contemplación de su alma a la divinidad
sentada a la diestra del Padre» (San León Magno)
«La Ascensión de Jesús al cielo constituye el fin de la misión que
el Hijo ha recibido del Padre y el inicio de la continuación de esta
misión por parte de la Iglesia, que durará hasta el final de la historia
y gozará de la ayuda del Señor resucitado» (Francisco)
«La Tradición y la Sagrada Escritura están íntimamente unidas y
compenetradas. Porque surgiendo ambas de la misma fuente, se funden en
cierto modo y tienden a un mismo fin. Una y otra hacen presente y
fecundo en la Iglesia el misterio de Cristo, que ha prometido estar con
los suyos ‘para siempre hasta el fin del mundo’ (Mt 28,20)» (Catecismo
de la Iglesia Católica, nº 80)
¡Oh!, San Bernardino de Siena, vos, sois, el hijo del Dios de la Vida, y su amado santo, que, desde los “Devotos de Nuestra Señora”, os dedicasteis a obrar en caridad pura y preparabais a las gentes para el buen morir. “Voy a visitar a una personita de la cual estoy enamorado”. Decíais vos, y vuestro secreto amor, Nuestra Señora era, a quien le rezabais con gran amor y fe. A Nuestro Señor pedisteis y a su Santa Madre, el poder dedicaros con pasión a evangelizar. Y, así fue y Ella, nunca os abandonó y siempre estaba con vos. Y, vuestra voz, que, de débil, en potente y agradable se tornó, os posibilitó que predicarais en los campos, pueblos y ciudades. “Temblad tierra entera, al ver que la criatura se ha atrevido a ofender a su Creador”. Vos, decíais y todas las gentes, arrepentidas lloraban. Vuestros estandartes mucho dicen de vos, y, las tres letras JHS: Jesús, Hombre, Salvador, señeras ondean en el tiempo, en palacios, casas y campos. Predicación, ayunos, penitencia y milagros constantes, vuestra vida fue. Y, vos, erais tan humilde, que, como simple discípulo, escuchabais las clases del buen predicar de afamados maestros, que enseñaban cómo hablar bien en público, ya entrado en años. Vuestras predicaciones de milagros y prodigios eran seguidos. Y, en Siena, vuestra tierra, divisiones y peleas había, y para allá, les predicasteis, y volvió la paz. Y, así, vos, por los pueblos predicando a Dios, viajabais con poca salud, pero, con entusiasmo. Un día, os sentisteis débil y, al llegar al convento de los franciscanos en Aquila, voló, vuestra alma al cielo, para, “predicando” desde allá seguir, coronado con corona de luz, como premio a vuestra entrega de amor y fe.¡Aleluya!¡Aleluya! Fiel “Propagador de la Devoción al Santísimo Nombre de Jesús”; ¡oh!, San Bernardino de Siena, “vivo predicador del Dios Vivo”.
20 de Mayo San Bernardino de Siena, Predicador (Año 1444)
Suplícale al buen Dios y pídele a la Virgen Santísima, que
nos envíe muchos y muy buenos predicadores, como tú. Ay de mí si no
propago el evangelio. (San Pablo).
San Bernardino fue el más famoso predicador del 1400 y sus
sermones sirvieron de modelos de predicación para muchos oradores en los
siglos siguientes.
Nació cerca de Siena en Italia en el año 1380. Su padre era
gobernador. El niño quedó huérfano de padre y madre a los siete años.
Dos tías se encargaron de su educación y lograron formarlo lo mejor
posible en ciencias religiosas y darle una educación muy completa. Sus
estudios de bachillerato los hizo con tal dedicación que obtuvo las
mejores notas.
Era muy simpático en el trato y las gentes gozaban en su compañía.
Pero cuando oía a alguien que empleaba un vocabulario grosero y atrevido
le corregía con toda valentía, para que abandonara esa mala costumbre.
Era muy bien parecido y un día un compañero lo incitó a cometer una
acción impura. Bernardino le respondió dándole una sonora bofetada. Otro
día un estudiante invitó a los compañeros del curso a cometer impurezas
y Bernardino los animó a todos contra el impuro y le lanzaron barro y
basura por la cara hasta hacerlo salir huyendo. Pero en el resto de su
vida Bernardino fue siempre un modelo de amabilidad y bondad.
De joven se afilió a una asociación piadosa llamada “Devotos de
Nuestra Señora” que se dedicaba a hacer obras de caridad con los más
necesitados. Y sucedió que en el año 1400 estalló en Siena la epidemia
de tifo negro. Cada día morían centenares de personas y ya nadie se
atrevía a atender los enfermos ni a sepultar a los muertos, por temor a
contagiarse. Entonces Bernardino y sus compañeros de la asociación se
dedicaron a atender a los apestados. Trabajaban de día y de noche.
Bernardino preparaba muy bien a los que ya se iban a morir, para que
murieran en paz con Dios y bien arrepentidos de sus pecados. Y como por
milagro, este grupo de jóvenes se libró del contagio de la peste del
tifo. Pero cuando pasó la enfermedad, Bernardino estaba tan débil y sin
alientos, que estuvo por varios meses postrado en cama, con alta fiebre.
Esto le disminuyó mucho las fuerzas de su cuerpo, pero le sirvió
enormemente para aumentar la santidad de su alma.
Cuando ya recobró otra vez su salud, de vez en cuando se alejaba de
casa y a quienes le preguntaba a dónde se dirigía les respondía: “Voy a
visitar a una personita de la cual estoy enamorado”. La gente creía que
era que se iba a casar, pero un día sus tías le siguieron los pasos y se
dieron cuenta de que se iba a una ermita donde había una estatua de la
Virgen Santísima y allí le rezaba con gran fervor.
En el año 1402 entró de religioso franciscano. Lo recibieron en un
convento cercano a su familia, pero como allí iban muchos amigos a
visitarlo pidió que lo enviaran a otro más alejado y donde la disciplina
era muy rígida, y así en el silencio, la oración y la mortificación se
fue santificando.
Nuestro santo nació el día de la fiesta del nacimiento de la
Santísima Virgen, el 8 de septiembre. Y en esa misma fecha recibió el
bautismo. Y también un 8 de septiembre recibió el hábito de franciscano y
en ese gran día de la Natividad de Nuestra Señora recibió la ordenación
sacerdotal (en 1404). Fue pues siempre para él muy grata y muy
significativa esta santa fecha.
Los primeros 12 años de sacerdocio los pasó Bernardino casi sin ser
conocido de nadie. Vivía retirado, dedicado al estudio y la oración.
Dios lo estaba preparando para su futura misión.
Ni la voz ni las cualidades oratorias le ayudaban a Bernardino para
tener éxito en la predicación. Entonces se dedicó a pedir a Nuestro
Señor y a la Sma. Virgen que lo capacitaran para dedicarse a evangelizar
con éxito y de pronto Dios le envió a predicar. Y esto sucedió de un
modo bien singular. Durante tres días seguidos, estando rezando todos
los religiosos por la mañana, de pronto un joven novicio, sin poder
contenerse, interrumpió la oración y le dijo: “Hermano Bernardino: no
ocultes más las cualidades que Dios te ha dado. Vete a Milán a
predicar”. Iguales palabras le fueron dichas cada uno de los tres días.
Todos consideraron que esto era una manifestación de la voluntad de Dios
y le aconsejaron que se fuera a la gran ciudad a predicar la Cuaresma. Y
los éxitos fueron impresionantes. Las multitudes empezaron a asistir en
inmensas cantidades a sus sermones. Al principio le costaba mucho
hacerse oír a lo lejos pero le pidió con toda fe a la Virgen Santísima y
Ella le concedió una voz potente y muy sonora (en vez de la voz débil y
desagradable que antes tenía).
Y desde 1418 hasta su muerte, por 26 años Bernardino recorre pueblos,
ciudades y campos predicando de una manera que antes la gente no había
escuchado. Se levantaba a las 4 de la mañana y durante horas y horas
preparaba sus sermones. Y el efecto de cada predicación era un
entusiasmarse todos por Jesucristo y una gran conversión de pecadores.
Muchísimos terminaban llorando de arrepentimiento al escuchar sus
palabras. Cuando su voz potentísima gritaba en medio de la silenciosa
multitud: “Temblad tierra entera, al ver que la criatura se ha atrevido a
ofender a su Creador”, a las gentes les parecía que el piso se movía
debajo de sus pies y empezaban a llorar con gran arrepentimiento. Casi
siempre tenía que predicar en las plazas y campos porque en los templos
no cabía la gente que deseaba escucharle.
Recorrió todo su país (Italia) a pie, predicando. Cada día predicaba
bastantes horas y varios sermones. A todos y siempre les recomendaba que
se arrepintieran de sus pecados y que hicieran penitencia por su vida
mala pasada. Atacaba sin compasión los vicios y las malas costumbres e
invitaba con gran vehemencia a tener un intenso amor a Jesucristo y la
Virgen María.
Por todas partes llevaba y repartía un estandarte con estas tres
letras: JHS (Jesús, Hombre, Salvador) e invitaba a sus oyentes a sentir
un gran cariño por el nombre de Jesús. Donde quiera que San Bernardino
predicaba, quedaban muchos estandartes en palacios y casas con sus tres
letras: JHS.
En Polonia predicó contra los juegos de azar y las gentes quemaron
todos los juegos de azar que tenían. Un fabricante de naipes se quejó
con el santo diciéndole que lo había dejado en la ruina, y él aconsejó:
“Ahora dedíquese a imprimir estampas de Jesús”. Así lo hizo y consiguió
más dinero que el que había logrado conseguir imprimiendo cartas de
naipe.
Los envidiosos lo acusaron ante el Papa diciendo que Bernardino
recomendaba supersticiones. El Papa le prohibió predicar, pero luego lo
invitó a Roma y lo examinó delante de los cardenales y quedó tan
conmovido el Sumo Pontífice al oírle sus predicaciones, que le dio orden
para que pudiera predicar por todas partes.
Durante 80 días predicó en Roma e hizo allí 114 sermones con enorme
éxito. El Papa quiso nombrarlo arzobispo, pero el santo no se atrevió a
aceptar. Entonces lo nombraron superior de los franciscanos, porque era
el que más vocaciones había conseguido para esa comunidad.
Cuando Bernardino entró en la comunidad de franciscanos observantes,
solamente había en Italia 300 de estos religiosos. Cuando él murió ya
había más de 4,000.
Los grandes sacrificios que tenía que hacer para predicar tantas
veces y en tan distintos sitios, y los muchos ayunos y penitencias que
hacía, lo fueron debilitando notoriamente. En su rostro se notaba que
era un verdadero penitente, pero esta misma apariencia de austero y
mortificado, le atraía más la admiración de las gentes. El único lujo
que aceptó en sus últimos años, fue el de un borriquillo, para no tener
que hacer a pie todos sus largos viajes.
Era tal su deseo de progresar en el arte de la elocuencia y del buen
predicar, que donde quiera que sabía que había un buen predicador, se
iba a escucharlo y aún ya lleno de años, se sentaba como simple
discípulo para escuchar las clases de los maestros afamados que
enseñaban cómo hablar bien en público.
Y acompañaba sus predicaciones con admirables milagros y prodigios.
En su ciudad natal, Siena, había muchas divisiones y peleas. Se fue allá
y predicó 45 sermones que devolvieron la paz a toda esa región. Uno de
los oyentes logró copiar esos sermones y se conservan como una verdadera
joya de la elocuencia sagrada, donde se combinan la teología con los
consejos prácticos y la agradabilidad con la profundidad. Verdaderamente
Bernardino era un gran maestro de oratoria.
En 1444, mientras viajaba por los pueblos predicando, con muy poca
salud pero con un inmenso entusiasmo, se sintió muy débil y al llegar al
convento de los franciscanos en Aquila, murió santamente el 20 de
mayo.En su sepulcro se obraron numerosos milagros y el Papa Nicolás V
ante la petición de todo el pueblo, lo declaró santo en 1450 a los 6
años de haber muerto.
¡Oh! Santa María Bernarda Bütler, vos sois la hija del Dios de la Vida, alegre, inteligente, generosa y amante de la naturaleza y su amada santa. Vuestra devoción a la Eucaristía siempre fue el centro de vuestra espiritualidad. Vos, os dedicasteis al trabajo agrícola y enamorada como estabais, el amor a Dios, os hizo desprenderos de este sentir humano para entregaros completamente a nuestro Señor. Decíais vos: «Explicar este estado del alma a quien no ha experimentado V jamás algo semejante, es extremadamente difícil, si no es que imposible. El Espíritu Santo me enseñó a adorar, alabar, bendecir y dar gracias a Jesús en el tabernáculo, en todo momento, en medio de las labores y en la realidad cotidiana de la vida». El trabajo, la oración, el apostolado en la parroquia, hicieron que vos, mantuvieseis vivo el deseo de la vida consagrada. Vuestro párroco os recomendó que entraseis en el Monasterio franciscano de María Auxiliadora, y vestisteis hábito franciscano, tomando el nombre de Sor María Bernarda del Sagrado Corazón de María, emitisteis la Profesión religiosa, para servir a nuestro Señor, hasta la muerte, en la vida que vos queríais más: la vida contemplativa. Más tarde, os eligieron Maestra de novicias y por tres veces Superiora de la Comunidad. Vuestro celo y vuestro amor por el Reino de Dios os hizo acoger la invitación de Monseñor Pietro Schumacher, obispo de Puertoviejo, en Ecuador, quien os pidió venir a su diócesis, para ser la anunciadora del Evangelio en aquella tierra latinoamericana. Y así, tomando como estandartes la luz de la fe y el celo por el anuncio del Evangelio, vos, y vuestras compañeras emprendisteis el nuevo reto: ser la fundadora de "las Hermanas Franciscanas Misioneras de María Auxiliadora". Vos os hicisteis «toda para todos», y pusisteis como fundamento de vuestra acción misionera la oración, la pobreza, la fidelidad a la Iglesia y el ejercicio constante de las obras de misericordia. Junto con vuestras hijas, comenzasteis un apostolado constante entre las familias, profundizando en el conocimiento de la lengua y de la cultura del pueblo. Y, Dios os escuchó y la vida cristiana de aquella población volvió a florecer milagrosamente. Muchos fueron los sufrimientos a los que vos, y vuestras hijas se vieron sometidas: la pobreza, el clima, riesgos para la salud, la seguridad de vida, incomprensiones eclesiásticas, y hasta la separación de Hermanas. Todo esto lo soportasteis con una gran fortaleza y silencio, sin defenderos y sin alimentar resentimientos. Perdonasteis de corazón y orasteis por aquellos que os hacían sufrir. La Iglesia fue perseguida por fuerzas hostiles, y os obligó a escapar del Ecuador, sin saber a dónde ir, y de pronto Dios hizo su aparición en vuestro trajinar mediante Monseñor Eugenio Biffi, que os invitó para trabajar en su diócesis de Cartagena. Y, en el día de la fiesta de la Porciúncula de Asís, os recibió paternalmente. Con amor compasivo y franciscano socorríais las necesidades espirituales de los pobres que vos considerabais vuestros predilectos. Decíais a las hermanas: «Abran sus casas para ayudar a los pobres y a los marginados. Prefieran el cuidado de los indigentes a cualquier otra actividad». En la «Obra Pía» de Cartagena, llorada por vuestras Hijas, voló vuestra alma al cielo, para ser coronada con corona de luz, como justo premio a vuestra entrega de amor; "¡Oh! Santa María Bernarda Bütler "vivo eslabón del Dios Verdadero".
19 de Mayo Santa María Bernarda Bütler Fundadora de las Franciscanas Misioneras de María Auxiliadora
Dotada de una excelente salud, Verena creció alegre,
inteligente, generosa y amante de la naturaleza. A los siete años
comenzó a frecuentar la escuela. El fervor y el empeño con el que, el 16
de abril de 1860, se acercó a la Primera Comunión permanecieron
constantes en ella a lo largo de toda su vida. La devoción a la
Eucaristía formará, efectivamente, el fundamento de su espiritualidad.
A la edad de 14 años, terminados los estudios elementales, Verena se
dedicó al trabajo agrícola, experimentando también el afecto por un
digno joven del cual se enamoró. Sintiendo la llamada de Dios supo
desprenderse de este compromiso para entregarse completamente a su
Señor. En este período de su vida se le concedió la gracia de gozar
sensiblemente de la presencia de Dios, sintiéndolo muy cercano. Ella
misma afirma: «Explicar este estado del alma a quien no ha experimentado
jamás algo semejante, es extremadamente difícil, si no es que
imposible». Y además: «El Espíritu Santo me enseñó a adorar, alabar,
bendecir y dar gracias a Jesús en el tabernáculo, en todo momento, en
medio de las labores y en la realidad cotidiana de la vida».
Atraída del amor de Dios, a los 18 años entró como postulante en un
convento de la región. Comprobado que no era aquél el lugar donde el
Señor la llamaba, Verena regresó pronto al seno familiar. El trabajo, la
oración, el apostolado en la parroquia, mantuvieron vivo en ella el
deseo de la vida consagrada. El 12 de noviembre de 1867, por sugerencia
de su párroco, Verena entró en el Monasterio franciscano de María
Auxiliadora en Altstätten. El 4 de mayo de 1868 vistió el hábito
franciscano, tomando el nombre de Sor María Bernarda del Sagrado Corazón
de María, y, el 4 de octubre de 1869 emitió la Profesión religiosa, con
el firme propósito de servir al Señor hasta la muerte, en la vida
contemplativa.
Pronto fue electa Maestra de novicias y por tres veces Superiora de
la Comunidad, desempeñando este servicio fraterno por nueve años
consecutivos. Su celo y su amor por el Reino de Dios la habían preparado
para iniciar una nueva experiencia misionera. Por tanto, acogió de buen
grado la invitación de Mons. Pietro Schumacher, obispo de Puertoviejo,
en Ecuador, quien le pidió venir a su diócesis, planteándole la precaria
situación de su gente. María Bernarda reconoció en esa invitación la
clara voluntad de Dios que la llamaba a ser anunciadora del Evangelio en
aquella tierra lejana.
Superadas las iniciales resistencias del obispo de San Gallo y
después de haber obtenido un regular indulto pontificio, el 19 de junio
de 1888 Sor María Bernarda y seis Compañeras dejaron el monasterio de
Altstätten y partieron para el Ecuador. Solamente la luz de la fe y el
celo por el anuncio del Evangelio sostuvieron a la Beata y a sus
Compañeras en la difícil separación del amado monasterio y de las
Hermanas. En su interior María Bernarda pensaba en el tener que dar vida
a una fundación misionera dependiente del monasterio suizo. A su vez,
el Señor la hacía fundadora de una nueva Congregación religiosa, la de
las Hermanas Franciscanas Misioneras de María Auxiliadora.
Recibidas paternalmente por el Obispo, éste encomendó a María
Bernarda la Comunidad de Chone que presentaba un espectáculo desolador,
por la falta casi absoluta de sacerdotes, la escasa práctica religiosa y
por la difundida inmoralidad. María Bernarda se hizo «toda para todos»,
poniendo como fundamento de su acción misionera la oración, la pobreza,
la fidelidad a la Iglesia y el ejercicio constante de las obras de
misericordia. Junto con sus hijas, comenzó un intenso apostolado entre
las familias, profundizando en el conocimiento de la lengua y de la
cultura del pueblo. No tardaron en madurar los primeros frutos. La vida
cristiana de aquella población volvió a florecer como por encanto.
También la nueva Congregación franciscana creció en número y se fundaron
las dos Casa filiales de Santa Ana y de Canoa. Pero, también, pronto la
obra misionera de la Madre Bernarda fue marcada por el misterio de la
Cruz. Fueron muchos los sufrimientos a los que ella y sus hijas se
vieron sometidas: la pobreza absoluta, el clima tórrido, incertidumbres y
dificultades de todo tipo, riesgos para la salud y la misma seguridad
de vida, incomprensiones de parte de la autoridad eclesiástica y, la
separación de algunas Hermanas de la Comunidad, constituidas después en
una Congregación autónoma (las Franciscanas de la Inmaculada: Beata
Caridad Brader). María Bernarda soportó todo con heroica entereza, en
silencio, sin defenderse y sin alimentar resentimientos en la
confrontación con alguno, perdonando de corazón y orando por aquellos
que la hacían sufrir.
Como si no fueran suficientes todas estas pruebas, en 1895, una
violenta persecución por parte de fuerzas hostiles a la Iglesia obligó a
Sor María Bernarda y sus Hermanas a escapar del Ecuador. Sin saber a
dónde ir, con 14 Hermanas se dirigió a Bahía, de donde prosiguió para
Colombia. El grupo estaba aún buscando, cuando recibió la invitación de
Mons. Eugenio Biffi para trabajar en su diócesis de Cartagena. Y, así,
el 2 de agosto de 1895, fiesta de la Porciúncula de Asís, la Fundadora y
sus Hermanas exiliadas del Ecuador, arribaron a Cartagena, recibidas
paternalmente por el Obispo. Encontraron alojamiento en un ala del
hospital femenino, llamado comúnmente «Obra Pía». El Señor las había
conducido a aquel asilo, donde la Madre Bernarda permanecerá hasta el
término de su vida. Después de la casa de Cartagena, se llevaron a cabo
otras fundaciones no sólo en Colombia sino en Austria y en Brasil.
Con un amor compasivo, de auténtica franciscana, estaba encargada de
socorrer las necesidades espirituales de los pobres que ella consideró
siempre sus predilectos. Decía a las Hermanas: «Abran sus casas para
ayudar a los pobres y a los marginados. Prefieran el cuidado de los
indigentes a cualquier otra actividad».
La Madre guió su Congregación por espacio de treinta años. También
después de haber renunciado al oficio de Superiora General, continuó
animando, con sentimientos de verdadera humildad, a sus queridas
Hermanas, sobre todo con el ejemplo de su vida, sus palabras y sus
escritos.
Presa de punzantes dolores hipogástricos, el 19 de mayo de 1924, en
la «Obra Pía» de Cartagena, llorada por sus Hijas, amada y venerada de
todos como auténtica santa, María Bernarda se durmió serenamente en el
Señor. Contaba con 76 años de edad, 56 de vida consagrada y 38 de
misionera. La noticia de su muerte se difundió rápidamente. El párroco
de la catedral de Cartagena anunció el tránsito diciendo a sus fieles: «
¡Esta mañana, en esta ciudad, ha muerto una Santa: la reverenda Madre
Bernarda!» Su tumba fue pronto meta de peregrinaciones y lugar de
oración.
El celo apostólico y el ardor de la caridad de la Madre María
Bernarda reviven hoy en la Iglesia, particularmente a través de la
Congregación fundada por ella y actualmente presente en varios.
Países de tres Continentes. La Beata puede ser señalada como
auténtico modelo de «inculturación» de la que la Iglesia ha subrayado la
urgencia para un eficaz anuncio del Evangelio (cfr. Redemptoris missio,
n. 52). Ella encarnó perfectamente en su vida el lema programático: «Mi
guía, mi estrella, es el Evangelio».
Durante su vida, encontró apoyo y consuelo solamente en Dios. Cuando
abandonó su patria, a donde no habría de regresar jamás, y cuando dejó
su querido monasterio de Altstätten y durante su incansable actividad
apostólica, ella siempre estuvo sostenida por una sólida espiritualidad,
de la oración incesante, la caridad heroica hacia Dios y hacia el
prójimo, de una fe fuerte como la roca, una confianza ilimitada en la
Providencia de Dios, una fuerza y humildad evangélica y de una fidelidad
radical a los compromisos de su vida consagrada. De la contemplación
del misterio de la Santísima Trinidad, de la Eucaristía y de la Pasión
del Señor, obtuvo el don de aquella misericordia que practicó con todos y
que dejó como particular carisma a su Congregación. Devotísima de la
Virgen Madre del Señor, quiso que su Congregación tuviese a la
Auxiliadora como Madre, Protectora y Modelo de vida en el seguimiento de
Cristo y en su actividad misionera. Como franciscana, cultivó la misma
veneración que San Francisco de Asís alimentó por la «Santa Madre
Iglesia» por sus pastores y sacerdotes, que ella llamaba « los ungidos
del Señor».
La Beata permanece como un admirable ejemplo de mujer bíblica:
fuerte, prudente, mística, maestra espiritual, insignia misionera. Ella
ha dejado a la Iglesia un testimonio maravilloso de entrega a la causa
del Evangelio, enseñando a todos, sobre todo hoy, que es posible unir la
contemplación a la acción, vida con Dios y servicio a los hermanos,
llevando a Dios a los hombres y a los hombres a Dios.
El 29 de octubre de 1995, el Siervo de Dios Papa Juan Pablo II le
confirió el título y los honores de los Beatos. El 12 de octubre de
2008, el Santo Padre Benedicto XVI la inscribe en el Catálogo de los
Santos.
¡Oh!, San Félix Cantalicio, vos sois, el hijo del Dios de la Vida, su amado santo y aquél que la Cruz Santa y el Santo Rosario, amasteis hasta el segundo último de vuestra vida. El superior de vuestra comunidad os describió las penitencias que había que hacer y la gran pobreza en que allí se vivía y vos preguntasteis: “Padre ¿en mi habitación hay un crucifijo?”. “Sí, lo habrá”, os dijo el superior. Y vos, le contestasteis: “Pues bastará mirar a Cristo Crucificado y su ejemplo me animará a sufrir con paciencia”. Y, el superior os admitió. A vuestro compañero de limosnería le decíais: “Amigo: los ojos en el suelo, el espíritu en el cielo y en la mano, el santo rosario”. Y repetíais: “o santo, o nada”. “La única tristeza es la de no ser santo”. Siempre viajabais descalzo, dormíais sobre una tabla y la mayor parte de la noche os pasabais rezando. Os alimentabais con las sobras que quedaban de la mesa de los demás. Cuando ya estabais anciano, un cardenal os dijo: “Fray Félix, ya no cargue más esa maleta de mercados que recoge para los pobres. Ya es tiempo de descansar”, y vos le respondisteis: “Monseñor: el burro se hizo para llevar cargas. Mi cuerpo es un borriquillo y si lo dejo descansar le puede hacer daño al alma”. ¿Sabiduría tanta de dónde vos, la habías obtenido? Se preguntaba la gente y vos, contestabais: “De un libro que seis páginas tiene: Cinco, son las heridas de Cristo Crucificado y, la sexta es la Santísima Virgen María. ¡Qué respuesta tan maravillosa, saber tanto para la vida, en «seis hojas guardado». Ayunabais muchas veces a pan y agua y ocultabais los dones sobrenaturales que recibíais del cielo, pero, mientras ayudabais en la Misa os elevabais por los aires. San Carlos Borromeo os pidió unos consejos para obtener que sus sacerdotes se hicieran más santos vos le respondisteis: “Que cada sacerdote se preocupe por celebrar muy bien la Misa y por rezar muy devotamente los salmos que tiene que rezar cada día, el Oficio Divino”. “Acuérdate que eres mi Madre”. “Yo soy siempre un pobre niño y los niños no pueden andar sin la ayuda de la madre. No me sueltes jamás de tus manos”, le decía a Nuestra Señora. Vos, sois la prueba viva de vuestra santa vida; tanto que el día de vuestra muerte, dijisteis: “a mi Madre veo, María la Virgen, que rodeada viene, de ángeles a llevarme”. Y, así, voló vuestra alma al cielo para recibir corona de luz, como justo premio a vuestra entrega de amor y fe. Hoy vivís, en la presencia de quien os creó: ¡Dios! ¡Oh!, San Félix Cantalicio, «viva prueba del Dios de la Vida y del Amor».
¿En qué imitaré a San Félix? ¡Dios mío ilumíname! El que se humilla será enaltecido. (Jesucristo).
Nació en Cantalicio (Italia) en 1513. Hijo de dos campesinos
muy pobres y muy piadosos. De niño tuvo por oficio pastorear ovejas, y
allá en el campo, trazaba una cruz en la corteza de un árbol, y ante esa
cruz pasaba horas rezando. Le encantaba rezar el Santo Rosario. Y decía
que en cualquier oficio y a cualquier hora hay que acordarse de Dios y
ofrecer por El todo lo que se hace o sufre.
Cuando ya era mayor, un día estaba arando el campo y de pronto los
bueyes se asustaron y se le lanzaron encima. Al sentir que iba a morir
allí pisoteado, prometió a Nuestro Señor dedicarse a una vida más
perfecta. Salió ileso del accidente y al oír leer un libro de vidas de
santos sintió un fuerte deseo de imitar a los grandes amigos de Dios en
la oración y en la penitencia. Entonces le preguntó a un amigo cuál era
la Comunidad religiosa más exigente y fervorosa que existía en ese
entonces. El otro le dijo que eran los padres Capuchinos. Y hacia allá
se dirigió a pedir que lo admitieran.
El superior, para que no se hiciera ilusiones le describió de manera
muy fuerte las penitencias que había que hacer en aquella comunidad y la
gran pobreza en que allí se vivía. Félix le preguntó: “Padre ¿en mi
habitación hay un crucifijo?”. “Sí, lo habrá”, le dijo el superior.
“Pues bastará mirar a Cristo Crucificado y su ejemplo me animará a
sufrir con paciencia”. El superior comprendió que este joven amaba y
meditaba la Pasión de Cristo, y lo admitió.
El oficio de Félix desde que entró a la comunidad hasta que se murió,
fue por 40 años, el de pedir limosna por las calles de Roma, para
ayudar a los necesitados. Era un oficio duro, cansado y humillante, pero
él lo hacía con una alegría que impresionaba gratamente a la gente. A
su compañero de limosnería le decía: “Amigo: los ojos en el suelo, el
espíritu en el cielo y en la mano, el santo rosario”. Y repetía: “o
santo, o nada”. “La única tristeza es la de no ser santo”. Y con lo que
recogía ayudaba a familias muy necesitadas y a enfermos y gente
abandonada.
La gente se admiraba de sus buenos consejos y le preguntaba en qué
libro había aprendido tanta sabiduría y él respondía: en un libro que
tiene seis páginas: cinco son las heridas de Cristo Crucificado, y la
sexta es la Sma. Virgen María.
Siempre alegre, parecía no sufrir. Se chistoseaba con San Felipe
Neri. Un día San Felipe le dice: “Fray Félix, que te quemen vivo los
herejes, para que te consigas un gran puesto en el cielo”. Fray Félix le
responde: “Padre Felipe: que lo picadillen los enemigos de la religión
para que así se consiga una gran gloria en la eternidad”.
Siempre viajaba descalzo por calles y caminos, todos los días. Dormía
sobre una tabla. La mayor parte de la noche la pasaba rezando. Se
alimentaba con las sobras que quedaban de la mesa de los demás. Cuando
ya estaba anciano, un cardenal le dijo: “Fray Félix, ya no cargue más
esa maleta de mercados que recoge para los pobres. Ya es tiempo de
descansar”, y el santo le respondió: “Monseñor: el burro se hizo para
llevar cargas. Mi cuerpo es un borriquillo y si lo dejo descansar le
puede hacer daño al alma”.
Ya desde pequeño nunca se sentía ofendido cuando lo humillaban e
insultaban. Cuando alguien lo insultaba u ofendía muy fuertemente le
decía: “Que Dios te haga un santo. Pediré a Dios que te haga un buen
santo”.
Ayunaba muchas veces a pan y agua. Trataba de ocultar los dones
sobrenaturales que recibía del cielo, para que nadie los supiera, pero
muchas veces mientras ayudaba a Misa se elevaba por los aires.
Eran tantas las veces que repetía la frase “Gracias a Dios”, que las
gentes sencillas al verlo decían: allá viene el hermanito “Gracias a
Dios”.
San Carlos Borromeo le pidió unos consejos para obtener que sus
sacerdotes se hicieran más santos y le respondió: “Que cada sacerdote se
preocupe por celebrar muy bien la Misa y por rezar muy devotamente los
salmos que tiene que rezar cada día, el Oficio Divino”.
Al franciscano Padre Montalto que iba a ser nombrado Sumo Pontífice
le dijo: “Si un día lo nombran Papa, esmérese por ser un verdadero
santo, porque si no es así, sería mucho mejor que se quedara como
sencillo fraile en un convento”. Montalto llegó a ser Papa Sixto V y
siempre recordaba el consejo del humilde hermano Félix.
Desde pequeñito se sintió favorecido por la Santísima Virgen y le
tuvo un cariño inmenso. Cuando pasaba por frente a las imágenes de
Nuestra Señora le repetía aquello que a San Bernardo le agradaba tanto
decirle: “Acuérdate que eres mi Madre”. Y le decía frecuentemente: “Yo
soy siempre un pobre niño y los niños no pueden andar sin la ayuda de la
madre. No me sueltes jamás de tus manos”.
Pocos minutos antes de morir se llenó de alegría y de emoción y
exclamó: “Veo a mi Madre, la Virgen María, que viene rodeada de ángeles a
llevarme”.
Murió el 18 de mayo de 1587 a los 72 años.
El Papa Sixto V decía que en su tiempo ya se habían obtenido 18 milagros por intercesión de Félix de Cantalicio.
¡Oh!, San Pascual Bailón, vos, sois el hijo del Dios de la Vida y su amado santo, a quien adorabais toda vuestra santa vida en la Santa Eucaristía. “Pascual”, os llamaron por haber nacido el día de Pascua y, por increíble que parezca, fuisteis humilde pastor de ovejas,y terminasteis en la Orden Franciscana Menor. Un día gritasteis con fuerza: “¡Ahí viene! ¡Allí está!” Y de rodillas, caísteis porque visteis a Jesús, Dios y Señor Nuestro. Descalzo andabais por caminos de piedras y de espinas llenos, y por compañía, siempre vuestro devocionario. Fraile ya, vuestros oficios, los más humildes: portero, cocinero, mandadero y barrendero. Pero, vos, experto erais en amar a Jesús en la Eucaristía. Un día, vos,le dijisteis a Nuestra Señora: “Señora: no puedo ofreceros grandes cualidades, porque no las tengo, pero os ofrezco mi danza campesina en vuestro honor”. Y, de seguro, Ella, feliz debió sentirse al veros. “¡Oh, me perdí la ocasión de haber muerto mártir por Nuestro Señor! Si le hubiera dicho que Dios está en la Santa Hostia en la Eucaristía me habrían matado y sería mártir. Pero no fui digno de ese honor”. Respondíais así,dentro de vos, por haber perdido aquella oportunidad de no hablar de Dios. El día de Pentecostés, poco antes de morir, oísteis los sonidos de una campana y dijisteis: “¿De qué se trata?”. Y, os dijeron: “Es que están en la elevación en la Santa Misa”. “¡Ah que hermoso momento!”, respondisteis emocionado al borde de las lágrimas. Y, luego, voló, vuestra alma al cielo, para coronada ser con corona de luz, como justo premio a vuestra entrega de amor y fe. Durante vuestro funeral, tenían vuestro ataúd descubierto, y cuando elevaban la Santa Hostia en la Santa Misa, los presentes muy admirados vieron que vos, abríais y cerrabais por dos veces vuestros ojos. ¡Y, claro! ¡Hasta vuestro cadáver adoraba a Cristo en la Santa Eucaristía! Y, así, vuestros santos restos para su veneración, se quedaron por tres días seguidos, porque la gente quería despediros más; ¡Santo Patrono de los Congresos Eucarísticos y de la Adoración ¡Oh! San Pascual, “vivo Amor por Jesucristo, Dios y Señor Nuestro".
Querido San
Pascual: consíguenos del buen Dios un inmenso amor por la Sagrada
Eucaristía, un fervor muy grande en nuestras frecuentes visitas al
Santísimo y una grande estimación por la Santa Misa. Propagad la
devoción a Jesús Sacramentado y veréis lo que son los milagros (S. J.
Bosco).
Le pusieron por nombre Pascual, por haber nacido el día de Pascua
(del año 1540). Nació en Torre Hermosa, Aragón, España. Es el patrono de
los Congresos Eucarísticos y de la Adoración Nocturna. Desde los 7 años
hasta los 24, por 17 años fue pastor de ovejas. Después por 28 será
hermano religioso, franciscano.
Su más grande amor durante toda la vida fue la Sagrada Eucaristía.
Decía el dueño de la finca en el cual trabajaba como pastor, que el
mejor regalo que le podía ofrecer al niño Pascual era permitirle asistir
algún día entre semana a la Santa Misa. Desde los campos donde cuidaba
las ovejas de su amo, alcanzaba a ver la torre del pueblo y de vez en
cuando se arrodillaba a adorar el Santísimo Sacramento, desde esas
lejanías. En esos tiempos se acostumbraba que al elevar la Hostia el
sacerdote en la Misa, se diera un toque de campanas. Cuando el
pastorcito Pascual oía la campana, se arrodillaba allá en su campo,
mirando hacia el templo y adoraba a Jesucristo presente en la Santa
Hostia.
Un día otros pastores le oyeron gritar: “¡Ahí viene!, ¡allí está!”. Y
cayó de rodillas. Después dijo que había visto a Jesús presente en la
Santa Hostia. De niño siendo pastor, ya hacía sus mortificaciones. Por
ej. la de andar descalzo por caminos llenos de piedras y espinas. Y
cuando alguna de las ovejas se pasaba al potrero del vecino le pagaba al
otro, con los escasos dineros que le pagaban de sueldo, el pasto que la
oveja se había comido.
A los 24 años pidió ser admitido como hermano religioso entre los
franciscanos. Al principio le negaron la aceptación por su poca
instrucción, pues apenas había aprendido a leer. Y el único libro que
leía era el devocionario, el cual llevaba siempre mientras pastoreaba
sus ovejas y allí le encantaba leer especialmente las oraciones a Jesús
Sacramentado y a la Sma. Virgen.
Como religioso franciscano sus oficios fueron siempre los más
humildes: portero, cocinero, mandadero, barrendero. Pero su gran
especialidad fue siempre un amor inmenso a Jesús en la Santa Hostia, en
la Eucaristía. Durante el día, cualquier rato que tuviera libre lo
empleaba para estarse en la capilla, de rodillas con los brazos en cruz
adorando a Jesús Sacramentado. Por las noches pasaba horas y horas ante
el Santísimo Sacramento. Cuando los demás se iban a dormir, él se
quedaba rezando ante el altar. Y por la madrugada, varias horas antes de
que los demás religiosos llegaran a la capilla a orar, ya estaba allí
el hermano Pascual adorando a Nuestro Señor.
Ayudaba cada día el mayor número de misas que le era posible y
trataba de demostrar de cuantas maneras le fuera posible su gran amor a
Jesús y a María. Un día un humilde religioso se asomó por la ventana y
vio a Pascual danzando ante un cuadro de la Sma. Virgen y diciéndole:
“Señora: no puedo ofrecerte grandes cualidades, porque no las tengo,
pero te ofrezco mi danza campesina en tu honor”. Pocos minutos después
el religioso aquel se encontró con el santo y lo vio tan lleno de
alegría en el rostro como nunca antes lo había visto así. Cuando los
padres oyeron esto, unos se rieron, otros se pusieron muy serios, pero
nadie comentó nada.
Pascual compuso varias oraciones muy hermosas al Santísimo Sacramento
y el sabio Arzobispo San Luis de Rivera al leerlas exclamó admirado:
“Estas almas sencillas sí que se ganan los mejores puestos en el cielo.
Nuestras sabidurías humanas valen poco si se comparan con la sabiduría
divina que Dios concede a los humildes”. Sus superiores lo enviaron a
Francia a llevar un mensaje. Tenía que atravesar caminos llenos de
protestantes.
Un día un hereje le preguntó: “¿Dónde está Dios?”. Y él respondió:
“Dios está en el cielo”, y el otro se fue. Pero enseguida el santo
fraile se puso a pensar: “¡Oh, me perdí la ocasión de haber muerto
mártir por Nuestro Señor! Si le hubiera dicho que Dios está en la Santa
Hostia en la Eucaristía me habrían matado y sería mártir. Pero no fui
digno de ese honor”.
Llegado a Francia, descalzo, con una túnica vieja y remendada, lo
rodeó un grupo de protestantes y lo desafiaron a que les probara que
Jesús sí está en la Eucaristía. Y Pascual que no había hecho estudios y
apenas si sabía leer y escribir, habló de tal manera bien de la
presencia de Jesús en la Eucaristía, que los demás no fueron capaces de
contestarle. Lo único que hicieron fue apedrearlo. Y él sintió lo que
dice la S. Biblia que sintieron los apóstoles cuando los golpearon por
declararse amigos de Jesús: “Una gran alegría por tener el honor de
sufrir por proclamarse fiel seguidor de Jesús”.
Lo primero que hacía al llegar a algún pueblo era dirigirse al templo
y allí se quedaba por un buen tiempo de rodillas adorando a Jesús
Sacramentado. Hablaba poco, pero cuando se trataba de la Sagrada
Eucaristía, entonces sí se sentía inspirado por el Espíritu Santo y
hablaba muy hermosamente. Había recibido de Dios ese don especial: el de
un inmenso amor por Jesús Sacramentado. Siempre estaba alegre, pero
nunca se sentía tan contento como cuando ayudaba a Misa o cuando podía
estarse un rato orando ante el Sagrario del altar.
Pascual nació en la Pascua de Pentecostés de 1540 y murió en la
fiesta de Pentecostés de 1592, el 17 de mayo (la Iglesia celebra tres
pascuas: Pascua de Navidad, Pascua de Resurrección y Pascua de
Pentecostés. Pascua significa: paso de la esclavitud a la libertad). Y
parece que el regalo de Pentecostés que el Espíritu Santo le concedió
fue su inmenso y constante amor por Jesús en la Eucaristía. Cuando
estaba moribundo, en aquel día de Pentecostés, oyó una campana y
preguntó: “¿De qué se trata?”. “Es que están en la elevación en la Santa
Misa”. “¡Ah que hermoso momento!”, y quedó muerto plácidamente.
Después durante su funeral, tenían el ataúd descubierto, y en el
momento de la elevación de la Santa Hostia en la misa, los presentes
vieron con admiración que abría y cerraba por dos veces sus ojos. Hasta
su cadáver quería adorar a Cristo en la Eucaristía. Los que lo querían
ver eran tantos, que su cadáver lo tuvieron expuesto a la veneración del
público por tres días seguidos. Por 200 años muchísimas personas, al
acercarse a la tumba de San Pascual oyeron unos misteriosos golpecitos.
Nadie supo explicar el porqué pero todos estaban convencidos de que
eran señales de que este hombre tan sencillo fue un gran santo. Y los
milagros que hizo después de su muerte, fueron tantos, que el Papa lo
declaró santo en 1690. El Sumo Pontífice nombró a San Pascual Bailón
Patrono de los Congresos Eucarísticos y de la Adoración Nocturna.
Martirologio Romano:En
Burdeos, en el territorio de Gascuña, Francia, san Simón Stock,
presbítero, que, primero ermitaño en Inglaterra, ingresó después en la
Orden de los Carmelitas, que guió admirablemente, siendo célebre por su
devoción singular a la Virgen María. († 1265)
San
Simón Stock es uno de los personajes centrales de la historia de la
Orden del Carmen, por dos títulos, sobre todo: a él se debe el cambio
estructural de la Orden abandonando el eremitismo originario y entrando a
formar parte de las ordenes mendicantes o de apostolado.
La tradición nos ha legado que él recibió de manos de María el Santo
Escapulario del Carmen, tan difundido desde el siglo XVI entre el pueblo
cristiano.
La primera noticia de San Simón Stosck es del dominico Gerardo de
Frascheto, contemporáneo del Santo (+1271). No es claro si el "hermano
Simón, Prior de la misma Orden (Carmelitana), varón religioso y veraz"
sea San Simón Stock.
La segunda referencia en orden cronológico es un antiguo Catálogo de
Santos de la Orden, del cual se conservan tres redacciones del siglo
XIV. La más breve y, por lo mismo, más antigua, dice de él:
"El noveno fue San Simón de Inglaterra, sexto General de la Orden, el
cual suplicaba todos los días a la gloriosísima Madre de Dios que diera
alguna muestra de su protección a la Orden de los Carmelitas, que
gozaban del singular título de la Virgen, diciendo con todo el fervor de
su alma es tas palabras:
Flor del Carmelo
Viña floridal esplendor del cielo;
Virgen fecunda y singular;
oh Madre dulce
de varón no conocida;
a los carmelitas,
proteja tu nombre,
estrella del mar.
Según
la tradición, se le apareció la Virgen rodeada de ángeles, el 16 de
julio de 1251, y le mostró el santo Escapulario de la Orden diciéndole: "Este
será el privilegio para ti y todos los carmelitas; quien muriere con él
no padecerá el fuego eterno, es decir, el que con él muriere se
salvará".
Otra redacción más extensa de este Santoral añade nuevos e interesantes
datos sobre él; Su apellido STOCK, que parece se deba a que vivía en el
tronco de un árbol. Su ingreso entre los carmelitas recién llegados a
Inglaterra procedentes del Monte Carmelo. Su elección como Prior General
y la aprobación de la Orden por el Papa Inocencio IV. Su don celestial
de obrar ruidosos milagros. Fue autor de varias composiciones, entre
ellas el Flos Carmelí y el Ave Stella Matutina.
Parece que mientras visitaba la Provincia de Vasconia, murió en Burdeos, el 16 de mayo de 1265, casi centenario de edad.
Se le tributa culto desde 1435.
Nunca ha sido canonizado formalmente, pero el Vaticano aprobó la celebración de la festividad carmelita.
¡Oh!, San Isidro Labrador; vos, sois el hijo del Dios de la Vida, su amado santo y que, en el temor de Dios de no ofenderlo jamás, fundasteis vuestra vida. El Santo Oficio, era vuestra alegría total, pues orabais por todas las gentes de vuestra época. Sensible con los más desposeídos, siendo vos, uno más, nunca se os olvidó, ni siquiera las avecillas del campo, que, recibían de vos, su alimento. El Amor de Dios, no os abandonó jamás, y de manera increíble, os favorecía de mil y una maneras, tanto que, vuestros campos florecientes siempre estaban y aunque envidia generabais, nunca Dios permitió que prosperase. Y, tal como dijo Santiago: “Tened paciencia, hermanos, como el labrador que aguanta paciente el fruto valioso de la tierra, mientras recibe la lluvia temprana y tardía”. Así, lo hicisteis, y recibisteis la gloria del cielo, y aunque no sabíais leer, el Cielo y la tierra eran vuestros libros. El historiador Gregorio de Argaiz, quien os dedicó el gran libro: “La soledad y el campo, laureados por San Isidro” dice de vos, así: “Fue vuestra misión, laurear el campo, frío, duro, ingrato, calcinado por los soles del verano y estremecido por los hielos de los inviernos. El campo quedó iluminado y fecundado por su paciencia, su inocencia y su trabajo. No hizo nada extraordinario, pero fue un héroe”. Erais alegre, pero pobre. Vos, no cultivabais vuestro prado, ni vuestra viña; cultivabais el campo de Juan de Vargas, vuestro amo, a quien le preguntabais: “Señor amo, ¿adónde hay que ir mañana?” Y él, os señalaba el plan de cada jornada. Cuando pasabais cerca de la Almudena o frente a la ermita de Atocha, el corazón os latía con fuerza y, vuestro rostro se os iluminaba y musitabais palabras mudas, con vuestras lágrimas de oropel. Lo que ganabais lo distribuías en tres partes: una para el templo, otra para los pobres y otra para vuestra familia. Antes de partir hicisteis una humilde confesión de vuestros pecados y recomendasteis amor a Dios y caridad con el prójimo. Y así, voló vuestra alma al cielo para coronada ser con corona de luz como justo premio a vuestra entrega increíble de amor y fe. Cuando os sacaron del sepulcro vuestro cadáver incorrupto estaba, como si estuviera recién muerto. Santo Patrono de los agricultores; ¡oh!, San Isidro; “vivo labrador de los campos del Dios Vivo”.
15 de mayo San Isidro Labrador, Patrono de los agricultores
Laico
Por: Jesús Martí Ballester | Fuente: Catholic.net
Martirologio Romano: En Madrid, capital de España, labrador,
que juntamente con su mujer, santa María de la Cabeza o Toribia, llevó
una dura vida de trabajo, recogiendo con más paciencia los frutos del
cielo que los de la tierra, y de este modo se convirtió en un verdadero
modelo del honrado y piadoso agricultor cristiano. († 1130)
Fecha de canonización: 12 de marzo de 1622 por el Papa Gregorio XV.
Breve Biografía
Cuarenta años antes de que ocurriera, había escrito Cicerón: “De una
tienda o de un taller nada noble puede salir”. Unos años después, en el
año primero de la era cristiana, salió de un taller de carpintero el
Hijo de Dios. Las mismas manos que crearon el sol y las estrellas y
dibujaron las montañas y los mares bravíos, manejaban la sierra, el
formón, la garlopa, el martillo y los clavos y trabajaban la madera.
Desde entonces, ni la azada ni el arado ni la faena de regar y de
escardar tendrían que avergonzarse ante la pluma ni ante el manejo de
los medios modernos de comunicación, ni ante las coronas de los reyes.
El patrón de aquella villa recién conquistada a los musulmanes, Madrid,
hoy capital de España, no es un rey, ni un cardenal, ni un rey poderoso,
ni un poeta ni un sabio, ni un jurista, ni un político famoso. El
patrón es un obrero humilde, vestido de paño burdo, con gregüescos
sucios de barro, con capa parda de capilla, con abarcas y escarpines y
con callos en las manos. Es un labrador, San Isidro. Como el Padre de
Jesús, cuyas palabras nos transmite San Juan en el evangelio 15,1: “Yo
soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador”.
Se postraron los reyes
Ante su sepulcro se postraron los reyes, los arquitectos le
construyeron templos y los poetas le dedicaron sus versos. Lope de Vega,
Calderón de la Barca, Burguillos, Espinel, Guillén de Castro, honraron a
este trabajador madrileño. El historiador Gregorio de Argaiz le dedicó
un gran libro: “La soledad y el campo, laureados por San Isidro”. Fue su
misión, laurear el campo, frío, duro, ingrato, calcinado por los soles
del verano y estremecido por los hielos de los inviernos. El campo quedó
iluminado y fecundado por su paciencia, su inocencia y su trabajo. No
hizo nada extraordinario, pero fue un héroe.
Fue un héroe que cumplió el “Ora et labora” benedictino. La oración
era el descanso de las rudas faenas; y las faenas eran una oración.
Labrando la tierra sudaba y su alma se iluminaba; los golpes de la
azada, el chirriar de la carreta y la lluvia del trigo en la era, iban
acompañados por el murmullo de la plegaria de alabanza y gratitud
mientras rumiaba las palabras escuchadas en la iglesia. Acariciando la
cruz, aprendió a empuñar la mancera. He ahí el misterio de su vida
sencilla y alegre, como el canto de la alondra, revolando sobre los
mansos bueyes y el vuelo de los mirlos audaces.
Tan pobre
Alegre y, sin embargo, tan pobre. Isidro no cultivaba su prado, ni su
viña; cultivaba el campo de Juan de Vargas, ante quien cada noche se
descubría para preguntarle: “Señor amo, ¿adónde hay que ir mañana?” Juan
de Vargas le señalaba el plan de cada jornada: sembrar, barbechar,
podar las vides, limpiar los sembrados, vendimiar, recoger la cosecha. Y
al día siguiente, al alba, Isidro uncía los bueyes y marchaba hacia las
colinas onduladas de Carabanchel, hacia las llanuras de Getafe, por las
orillas del Manzanares o las umbrías del Jarama. Cuando pasaba cerca de
la Almudena o frente a la ermita de Atocha, el corazón le latía con
fuerza, su rostro se iluminaba y musitaba palabras de amor. Y las horas
del tajo, sin impaciencias ni agobios, pero sin debilidades, esperando
el fruto de la cosecha “Tened paciencia, hermanos, como el labrador que
aguanta paciente el fruto valioso de la tierra, mientras recibe la
lluvia temprana y tardía” Santiago 5, 7. Así, todo el trabajo duro y
constante, ennoblecido con las claridades de la fe, con la frente bañada
por el oro del cielo, con el alma envuelta en las caricias de la madre
tierra.
No sabía leer
El Cielo y la tierra eran los libros de aquel trabajador animoso que
no sabía leer. La tierra, con sus brisas puras, el murmullo de sus aguas
claras, el gorjeo de los pájaros, el ventalle de sus alamedas y el
arrullo de sus fuentes; la tierra, fertilizada por el sudor del
labrador, y bendecida por Dios, se renueva año tras año en las hojas
verdes de sus árboles, en la belleza silvestre de sus flores, en los
estallidos de sus primaveras, en los crepúsculos de sus tardes otoñales,
con el aroma de los prados recién segados. Isidro se quedaba quieto,
silencioso, extático, con los ojos llenos de lágrimas, porque en
aquellas bellezas divisaba el rostro Amado. Seguro que no sabia expresar
lo que sentía, pero su llanto era la exclamación del contemplativo en
la acción, con la jaculatoria del poeta místico Ramón Llull: “¡Oh
bondad! ¡Oh amable y adorable y munificentísima bondad!”. O del mínimo y
dulce Francisco de Asís, el Poverello: “Dios mío y mi todo”. “Loado
seas mi Señor por todas las criaturas, por el sol, la luna y la tierra y
el agua, que es casta, humilde y pura”. O también con el sublime poeta
castellano como él: “¡Oh montes y espesuras – plantados por las manos
del Amado – oh prado de verduras, de flores esmaltado – decid si por
vosotros ha pasado!!!. “El que permanece en mí y yo en él ese da fruto
abundante” Juan 15,5. Así, el día se le hacía corto y el trabajo ligero.
Bajaban las sombras de las colinas. Colgaba el arado en el ubio, se
envolvía en su capote y entraba en la villa, siguiendo la marcha
cachazuda de la pareja de bueyes.
Una santa
Empezaba la vida de familia. A la puerta le esperaba su mujer con su
sonrisa y su amor y su paz. María Toribia era también una santa, Santa
María de la Cabeza. Un niño salía a ayudar a su padre a desuncir y
conducir los bueyes al abrevadero. Era su hijo, que lo era doblemente,
porque después de nacer, Isidro le libró de la muerte con la oración.
Luego arregla los trastos, cuelga la aguijada, ata los animales, los
llama por su nombre, los acaricia y les echa el pienso en el pesebre,
pues, según la copla castellana: “Como amigo y jornalero, – pace el
animal el yero, – primero que su señor; – que en casa del labrador, –
quien sirve, come primero”. Hasta que llega María restregándose las
manos con el delantal: “Pero ¿qué haces, Isidro, no tienes hambre? -le
dice cariñosamente-. Ya en la mesa, la olla de verdura con tropiezos de
vaca. Pobre cena pero sabrosa, condimentada con la conformidad y animada
con la alegría, la paz y el amor. Y eso todos los días; dias incoloros
pero ricos a los ojos de Dios. Sin saber cómo, Isidro se ha ido
convirtiendo en santo. “Será como un árbol plantado al borde de la
acequia: da fruto en su sazón y no se marchitan sus hojas; y cuanto
emprende tiene buen fin” Salmo 1,1. “Yo soy la vid, vosotros los
sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante”
Juan 15,6
Ya su aguijada tiene la virtud de abrir manantiales en la roca,
porque: “Mucho puede hacer la oración intensa del justo…Elías volvió a
orar, y el cielo derramó lluvia y la tierra produjo sus frutos” Santiago
5, 17. “Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros,
pedid lo que deseáis y se realizará” Juan 15, 7. Ya puede Isidro rezar
con tranquilidad entre los árboles aunque le observe su amo, porque los
ángeles empuñan el arado. ¡Oh arado, oh esteva, oh aguijada de San
Isidro, sois inmortales como la tizona del Cid, el báculo pastoral de
San Isidoro y la corona del rey San Fernando!, exclama el poeta. Con la
pluma de Santa Teresa habéis subido a los altares. Así es como la villa y
corte, centro de España, tiene por patrón a un labrador inculto, sin
discursos, ni escritos, ni hechos memorables, sólo con una vida
escondida y vulgar de un aldeano, hombre de aquella pequeña villa que se
llamaba Madrid, recién reconconquistada al Islam. En 1083 Alfonso VI
había entrado por la cuesta de la Vega. El contraste es instructivo y
proclama el estilo de Dios cuando nos regala sus santos. “Escondiste
estos secretos a los sabios, y los revelaste a las gentes sencillas”.
San Isidro labrador era un simple; reconocerlo es admirar los planes de
Dios.
El diácono de san Andrés
Lo que sabemos de su vida se debe al diácono de San Andrés, que
conoció a su paisano y sólo ocupa media docena de páginas. ¿Quién es
capaz de extender más la descripción de un labriego sencillísimo que
cruza por esta vida sin ninguna aventura externa y sin más complicación
que la personalísima de ser santo a los ojos de Dios? Fue un hombre
sencillo, su villa era pequeña. Madrid era rica en aguas y en bosques,
con su docena de pequeñas parroquias, sus estrechas calles y en cuesta,
su alcázar junto al río, su morería y sus murallas. Un puñado de
familias cristianas, entre ellas, la de los Vargas, que era la más rica,
alrededor de la parroquia de San Andrés, a cuyo servicio estaba Isidro.
San Isidro nos ofrece todo un programa de vida sencilla, de honrada
laboriosidad, de piedad infantil aunque madura, de caridad fraterna,
ejemplo para esta sociedad compleja, y llena de mundo, de vida
callejera, de codicia y de egoísmo, que lamenta hoy el zarpazo del
terrorismo atroz y espera el nacimiento del nuevo Infante heredero.
Ambos acontecimientos, tan dispares, laten en el corazón celeste de San
Isidro, en su calidad de Patrón de Madrid que lo es, en cierto modo, de
España.