
¡Oh!, San Arsenio, vos, sois el hijo del Dios de la vida
y su amado santo y, el que, brillo disteis al significado
de vuestro nombre: “fuerte, valeroso y valiente”. Fuerte,
en el combate de la fe, valeroso, en el silencio de los días
y de las noches del desierto, y, valiente, en la palabra
y el buen consejo; pues, vuestros dichos y refranes, hasta
hoy, el caminar iluminan de vuestros fieles. Cierta vez,
la voz de Dios, escuchasteis que os decía: “Apartaos
del trato con la gente y huid a la soledad”. Y, en el acto,
al desierto marchasteis a orar y a penitencia hacer, todo
por el mundano hombre, que falto de si, se entrega a
sus devaneos y falsías. Allí, rica herencia os dejó y vos,
dijisteis: “antes de que él muriera en su cuerpo, yo morí
en mis ambiciones y avaricias. No quiero riquezas mundanas
que me impidan adquirir las riquezas del cielo”. Y, a ellas
renunciando, a los pobres las disteis. La gente, en oración
constante os veía siempre de manera especial, las noches
todas. Y, más, los sábados, la noche caída, de rodillas
y con los brazos en cruz, os desmayabais repentinamente.
“Muchas veces he tenido que arrepentirme de haber
hablado. Pero nunca me he arrepentido de haber guardado
silencio”. Decíais vos, y agregabais: “Siempre he sentido
temor a presentarme al juicio de Dios, porque soy un
pecador”. ¿Para qué abandoné el mundo y me hice religioso?
Y, os respondíais: “me hice religioso porque quiero santificarme
y salvar mi alma. Si esto no lo consigo, he perdido totalmente
mi tiempo”. Pedíais consejos espirituales a monjes que
eran muchísimo más ignorantes que vos. Os preguntaron
un día, el por qué lo hacíais y respondisteis: “Yo sé idiomas,
literatura, filosofía y política, pero en lo espiritual soy un
analfabeto. En cambio estos religiosos que no hicieron
estudios especiales, son unos especialistas en espiritualidad
y de ello saben mucho más que yo”. Un religioso os preguntó
por qué los sabios del mundo son tan ignorantes en lo que
se refiere a la santidad, y en cambio tanta gente «ignorante»
progresa en lo espiritual, y respondisteis: “Es que la ciencia
infla y llena de orgullo, y en un corazón orgulloso Dios no hace
obras de arte en santidad. En cambio los humildes conocen
su debilidad, su ignorancia, y su insuficiencia, y ponen toda su
confianza en Dios, y en ellos sí hace prodigios de santificación
Nuestro Señor”. ¿Dónde podremos encontraros ahora Arsenio?
¡Duda no cabe!: coronado de luz todo, en el paraíso eterno,
!oh¡ San Arsenio, «vivo amor por el Dios de la Vida y del Amor».
© 2024 by Luis Ernesto Chacón Delgado
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18 de julio
San Arsenio
Monje
Año 450
Arsenio significa: fuerte, valeroso, valiente.
De toda palabra indebida que diga una persona, tendrá que rendir cuentas el día del juicio. (Jesucristo, Mt. 12,36).
San
Arsenio fue uno de los monjes más famosos de la antigüedad. Sus dichos o
refranes fueron enormemente estimados. Las gentes hacían viajes de
semanas y meses con tal de ir a consultarle y oír sus consejos. Cuando
el emperador Teodosio, el Grande buscaba un buen profesor para sus dos
hijos, el Papa San Dámaso le recomendó a Arsenio, que era un senador
sumamente sabio y muy práctico en los consejos que sabia dar. Y así
durante diez años tuvo que estarse en el palacio imperial tratando de
educar a los dos hijos del emperador, Arcadio y Honorio. Pero se dio
cuenta de que el uno era demasiado atrevido y el otro demasiado apocado,
y desilusionado de ese fracaso como educador de los dos futuros
emperadores dispuso dedicarse a otra labor que le fuera de mayor
utilidad para su santificación y salvación.
Y
estando un día orando, en medio de una gran crisis espiritual, mientras
le pedía a Dios que le iluminara lo que debía hacer para santificarse,
oyó una voz que le decía: “Apártese del trato con la gente, y váyase a
la soledad”. Entonces dispuso irse al desierto a orar y a hacer
penitencia con los demás monjes de esa soledad.
Cuando
llegó al monasterio del desierto, los monjes, sabiendo que había estado
viviendo tanto tiempo como senador y como alto empleado del Palacio
imperial, dispusieron ponerle algunas pruebas para saber si en verdad
era apto para esa vida de humillación y mortificación. El superior lo
recibió fríamente, y al llegar al comedor, no lo hizo sentar a la mesa
sino que lo dejó de pie, junto a su mesa. Luego en vez de pasarle un
plato de comida, le lanzó una tajada de pan al piso, y le dijo
secamente: “Si quiere comer algo, recoja eso”. Arsenio se inclinó
humildemente, recogió la tajada de pan y se sentó en el suelo a comer.
El superior, al observar este comportamiento admirable, lo consideró lo
suficientemente humilde como para ser recibido como monje y lo aceptó en
el monasterio, diciendo a los demás religiosos: “Este será un buen
hermano”.
Arsenio
había pasado toda su vida en el alto gobierno y en lujosos palacios,
tratando con gente de mundo, y conservaba algunas costumbres mundanas
que los otros monjes no hallaban como corregírselas, porque le tenían
mucho respeto. Entonces dispusieron irlo corrigiendo indirectamente, y
poco a poco. Así por ejemplo, él acostumbraba montar la pierna, mientras
estaba rezando en la capilla. Y los demás para quitarle la tal
costumbre, le dijeron a un monje joven que mientras rezaban tuviera la
pierna montada, y que ellos le llamarían la atención por eso. Y así lo
hicieron, regañando fuertemente al joven por esa actitud. Arsenio
entendió muy bien la lección y se corrigió.
San
Arsenio se hizo famoso por sus penitencias extraordinarias. Un día
llegó un alto empleado del imperio a llevarle un documento en el cual se
le comunicaba que un senador riquísimo le dejaba en herencia todas sus
grandes riquezas, y que se fuera a reclamarlas. El santo exclamó: “Antes
de que él muriera en su cuerpo, yo morí en mis ambiciones y avaricias.
No quiero riquezas mundanas que me impidan adquirir las riquezas del
cielo”. Y renunció a todo esto en favor de los pobres.
Con
frecuencia pasaba toda la noche en oración. Los sábados al anochecer
empezaba a rezar de rodillas con los brazos en cruz y permanecía así
hasta que caía por el suelo desmayado. Tenía 40 años cuando abandonó el
palacio imperial donde tenía todas las comodidades, para irse a un
tremendo desierto, donde todo faltaba. Desde los 40 años hasta los 95
años estuvo orando, ayunando y haciendo penitencias en el desierto, por
la conversión de los pecadores, la extensión de la religión y el perdón
de sus propios pecados.
Como
hombre de mundo y de política que había sido, sentía una gran
inclinación a tratar con la gente y a charlar con los demás, y en cambio
hacía todo lo posible por retirarse del trato con todos, y vivir en la
más completa soledad. Cuando un día el superior le llamó la atención
porque no se prestaba a quedarse a charlar con las numerosísimas
personas que iban a consultarle, le respondió: “Dios sabe que los quiero
con toda mi alma y que gozo inmensamente charlando con ellos, pero como
penitencia tengo que abstenerme lo más posible de las charlatanerías.
El Señor me ha dicho que si quiero santificarme tengo que hacer la
mortificación de apartarme del trato con las gentes”. En verdad que a
cada persona la lleva Dios a la santidad por caminos diversos. A unos
los hace santos haciendo que se dediquen totalmente a tratar con los
demás para salvarlos, y a otros les ha pedido que con el sacrificio de
no tratar tanto con la gente, le ganen también almas para el cielo.
Por
muchos siglos han sido enormemente estimados los dichos o frases breves
que San Arsenio acostumbraba decir a las gentes. Desde remotas tierras
iban viajeros ansiosos de escuchar sus enseñanzas que eran cortas pero
sumamente provechosas.
Recordemos algunos de sus dichos
“Muchas
veces he tenido que arrepentirme de haber hablado. Pero nunca me he
arrepentido de haber guardado silencio”. “Siempre he sentido temor a
presentarme al juicio de Dios, porque soy un pecador”.
El
religioso debe preguntarse frecuentemente: “¿Para qué abandoné el mundo
y me hice religioso? y responderse: Me hice religioso porque quiero
santificarme y salvar mi alma. Si esto no lo consigo, he perdido
totalmente mi tiempo” (Esta frase ha conmovido a muchos santos. Por ej.
San Bernardo la tenía escrita así en su habitación: “Bernardo: ¿a qué
viniste a la vida religiosa? – Quiero salvar mi alma y santificarme”).
San
Arsenio pedía consejos espirituales a monjes que eran muchísimo más
ignorantes que él. Le preguntaron por qué lo hacía y respondió: “Yo sé
idiomas, literatura, filosofía y política, pero en lo espiritual soy un
analfabeto. En cambio estos religiosos que no hicieron estudios
especiales, son unos especialistas en espiritualidad y de ello saben
mucho más que yo”.
Un
religioso le preguntó por qué los sabios del mundo que conocen tantas
ciencas y han leído muchos libros son tan ignorantes en lo que se
refiere a la santidad, y en cambio tanta gentecita ignorante progresa
tan admirablemente en lo espiritual, y el santo respondió: “Es que la
ciencia infla y llena de orgullo, y en un corazón orgulloso Dios no hace
obras de arte en santidad. En cambio los humildes conocen su debilidad,
su ignorancia, y su insuficiencia, y ponen toda su confianza en Dios, y
en ellos sí hace prodigios de santificación Nuestro Señor”.
Arsenio
era muy conocido por su presencia venerable. Alto, flaco, bien
parecido, con una barba larguísima y muy blanca, su hermosa figura
descollaba majestuosamente entre los demás monjes. Y su santidad
superaba a la de los demás compañeros. Las gentes lo veneraban
inmesamente y sus consejos han sido apreciados por muchos siglos. Que
Arsenio ruegue por nosotros y nos consiga una santidad como la suya.
(http://www.ewtn.com/spanish/Saints/Arsenio_7_19.htm)