¡Oh!; Santos Jonás y Baraquicio, vosotros sois, los hijos del Dios de la vida, que os negasteis a renunciar al Amor de Cristo Jesús; Dios y Señor Nuestro, y que, padeciendo insufribles torturas, marchasteis de coraje y valor luminosos al cadalso revestidos, por la fe vuestra. De gloria llenos estáis ahora, porque, ni el molino de madera, el azufre ardiente, acabó vuestra fe y en verdad, gozáis hoy el justo premio con que os coronó vuestras sienes, Aquél que todo lo ve y juzga: ¡coronas de luz refulgente! que brillan hoy por los siglos de los siglos en el amplio y eterno habitáculodel cielo de todos los santos y santas de nuestra devoción. !Aleluya! ¡Oh!, Santos Jonás y Baraquicio, «vivos testigos del Amor de Dios»
Sapor, rey de Persia, emprendió una recia persecución contra
los cristianos. Jonás y Barraquicio, dos monjes de Beth-Iasa, sabiendo
que varios cristianos estaban sentenciados a muerte fueron a alentarlos y
servirlos. Después de la ejecución, los dos santos fueron aprehendidos
por haber exhortado los mártires a perseverar hasta morir.
El rey empezó instando a los dos hermanos y urgiéndoles a que obedecieran al monarca persa y que adoraran al sol.Ellos
se mantuvieron fieles en su fe a Cristo, por lo que Barraquicio fue
arrojado a un estrecho calabazo, mientras que Jonás se le ordenó a
adorar a los dioses, pero ante su negativa fue azotado y arrojado a un
estanque de agua helada.
Posteriormente,Jonás fue atormentado con muchas
torturas, para después ser prensado en un molino de madera hasta
provocarle la muerte. Los jueces le aconsejaron a Barraquicio que
salvara su propio cuerpo, pero el santo jamás renegó su fe; fue entonces
sujeto de nuevo a tormentos y finalmente se le dio muerte, vertiéndoles
pez y azufre ardientes en la boca.
¡Oh!, Beato Enrique Susso; vos sois, el hijo del Dios de la vida, y quien escuchaba constantemente una voz que os decía “Renuncie a todo lo que no lo ayude a conseguir la santidad” y así fue. Rogasteis a Dios por la sabiduríaque de Él viene solo y Él, os escuchó. Vuestra fuente de vida, el negaros a vos mismo, para crecer en los demás y fue así, y todo hecho, con los favores de Nuestra Señora, María Santa, a quien amabais de todo corazón, ya nada os impidió vuestra santidad y vos, seguisteis a imitación de San Pablo, con vuestra carrera hacia el cielo, al que arribasteis, para ser premiado, con corona de luz que brilla eterna, ¡oh! Beato Enrique Susso «vivo Cristo del Dios Vivo».
Fue un prodigio de santidad en un ambiente muy corrompido.
Nació en 1296 en Suabia, Alemania. A los 15 años fue admitido como
religioso en el convento de los Padres Dominicos en Constanza. Su
apellido era Von Berg, pero como su padre era descuidado borrachín y en
cambio la mamá era una santa, el joven tomó el apellido materno que era
Susso.
En la comunidad encontró como profesor un místico muy famoso que
influyó en él de manera inmensa. Era el Padre Eckart, cuyos consejos
seguían muchas personas con gran entusiasmo. Enrique decía: ”El Padre
Eckart demuestra tan gran sabiduría que parece como si Dios no le
hubiera ocultado nada”.
Los datos que vamos a narrar enseguida están extraídos de la “Autobiografía” del propio Enrique Susso.
Los primeros años de religioso no fue muy fervoroso, pero luego un
día empezó a oír continuamente este mandato: “Renuncie a todo lo que no
lo ayude a conseguir la santidad”. Y se repetía tan frecuentemente este
mandato en su mente que se propuso empezar una vida espiritual
verdaderamente seria.
El demonio intentó disuadirlo y desanimarlo con consideraciones de
prudencia humana, haciéndole ver que esa conversión era demasiado rápida
y que no sería capaz de perseverar en el bien. El se dedicó a pedir a
Dios la sabiduría celestial. Y repetía las palabras del libro de la
Sabiduría: “Señor, envíame la sabiduría que procede de tu trono.Tú
sabes que soy muy joven, sin experiencia y de pocos años. Pero si Tú me
mandas la sabiduría podré perseverar”. Y pedía al Espíritu Santo el don
de Consejo y la virtud de la prudencia, y así logro perseverar. En
adelante durante toda su vida será un admirador constante de la
Sabiduría Eterna, y recomendará a sus discípulos el pedir mucho a Dios
el don de la sabiduría. Y les repetía las palabras del Libro Santo:
“Sabiendo que no tendría la sabiduría si Dios no me la concedía, me
dediqué a pedirla en oración, y me fue concedida”.
Su amor a la Virgen María era inmenso y predicaba constantemente su
devoción.Publicó el libro titulado “Sabiduría Eterna”, el cual fue
sumamente famoso y muy popular por varios siglos.
Al principio de su conversión, creyó Enrique que debía dedicarse a
mortificaciones muy fuertes y así lo hizo. Sus ayunos, vigilias, azotes y
demás penitencias llegaron a causar asombro y casi acaban con su vida.
Pero según cuenta en su “Autobiografía”, una iluminación del cielo le
comunicó que en vez de estas mortificaciones buscadas por él, debía más
bien dedicarse a aceptar con buena voluntad los sufrimientos que Dios
iba a permitir que le llegaran. Y fue entonces cuando empezaron a
llegarle penas tremendas.
Los enemigos del alma trataban de atacarle de mil maneras. Le
llegaban los pensamientos más impuros y las imaginaciones más
indecentes. Y una melancolía o sentimiento continuo de tristeza que
trataba de desanimarlo del todo. Y luego las tentaciones contra la fe. Y
como si no bastara todo esto, le llegó la convicción de que él estaba
destinado a condenarse para siempre.
Afortunadamente había tenido un buen profesor y se fue en busca del sabio Padre Eckart y le contó todo.“El
famoso místico me consoló y logró sacarme de aquel infierno en el cual
estaba viviendo”. Y volvió a su alma la paz. Una vez más se cumplía lo
que dice el Libro de los Proverbios: “Triunfarán los que saben pedir
consejos”. Pero ahora le iba a llegar un tercer tormento.
Una voz interior le dijo:“Hasta ahora has sufrido
ataques venidos del interior. Ahora empezarán los ataques que llegan
desde el exterior”. Y así sucedió. Pronto empezó a experimentar la
ingratitud y la pérdida de los amigos y de la buena fama. Sus paisanos
se dividían en dos clases: los fervorosos y los relajados. Los
fervorosos querían que se cumpliera exactamente los deberes de piedad.
Entre ellos estaban Enrique Susso, su profesor Eckart y el gran
predicador Taulero. Pero los otros eran mayoría y empezaron a perseguir a
Susso.
Durante 37 años había recorrido campos y ciudades predicando. Había
obtenido curaciones milagrosas. En pleno sermón vieron su rostro rodeado
de resplandores. Pero insistía muy fuertemente en que había que
dedicarse con toda seriedad a la santidad, y esto no agradaba a los
relajados. Y entonces se valieron de la calumnia.
Se valieron de un muchacho mentiroso para inventar que él había
cometido sacrilegios. Logró comprobar que era inocente. Luego inventaron
que Enrique había tratado de envenenar a una persona. Pronto se supo
que eso era mentira. Lo acusaron de haber inventado un milagro, pero los
mentirosos quedaron al descubierto. Fueron tantas las acusaciones que
tuvo que huir por un tiempo a Holanda. Allá lo acusaron de haber escrito
herejías contra la fe. El logró probar que todo lo que había escrito
estaba de acuerdo con nuestra santa religión.
Luego le llegó otro sufrimiento: su hermana, que era religiosa,
perdió el fervor y se retiró de su comunidad. Enrique ofreció por ella
una grave enfermedad que él tuvo que sufrir, y con este sufrimiento
logró que la prófuga volviera otra vez al convento donde pasó santamente
sus últimos años.
Enrique estaba dirigiendo espiritualmente a una mujer que lo engañaba
diciéndole que ella se estaba convirtiendo de su mala vida. Pero cuando
el santo sacerdote se dio cuenta de que aquella mujer le mentía, se
negó a seguirle dando dirección espiritual. Entonces ella en venganza
inventó el cuento de que él era el padre de una criatura que ella tenía.
Y algunos hasta creyeron porque el religioso demostraba mucha caridad
para con el pobre niño. Entonces el Superior General de la Comunidad
mandó hacer una severa investigación y se supo que todo eran cuentos de
aquella perversa mujer.
Fue nombrado Enrique como superior de un convento de Padres Dominicos
y aquel convento estaba terriblemente endeudado. El nuevo superior en
vez de dedicarse a pedir limosnas o a conseguir empréstitos lo que hizo
fue recomendar a sus religiosos que se dedicaran a celebrar con mayor
fervor la santa misa y a rezar con mayor fe y devoción. Muchos se
burlaban de él diciendo que era un hombre que no ponía los pies en la
tierra y que se imaginaba que con rezos se pagaban las deudas. Pero poco
después un hombre rico sintió una inspiración interior de que debía
ayudar a aquel convento y llegó con veinte libras de monedas de plata y
con esto se pagaron todas las deudas.
Los últimos años los pasó el Padre Enrique dedicado a dar dirección
espiritual a las religiosas, especialmente a las dominicas, las cuales
lo consideraban un verdadero hombre de Dios y un guía espiritual
sumamente acertado.
Le ofrecieron altos puestos pero una iluminación interior le dijo que
si quería llegar a altos puestos en la santidad tenía que huir de los
cargos que producen muchos honores. Y por eso se mantuvo siempre entre
los más humildes y desconocidos aunque su sabiduría y sus escritos y su
santidad lo hacían resplandecer ante muchísimas gentes piadosas que lo
admiraban fervorosamente.
Murió en 1365, y dicen que su cuerpo permaneció muchos años
incorrupto. Pero después el templo donde estaba enterrado pasó a poder
de los protestantes y no se volvió a saber de sus restos.
Tuvo muchas visiones y se le apareció la Santísima Virgen María a
traerle mensajes celestiales. En una de sus visiones preguntó qué medios
debería emplear para alcanzar más fácilmente la santidad y la salvación
y le fue respondido: “Negarse a sí mismo; no apegarse a las criaturas;
recibir todo lo que sucede, como venido de la mano de Dios, y ser
infinitamente paciente y amable con todos, aún con los que son ásperos e
injustos en su modo de tratarlo a uno”.
San Alfonso de Ligorio al meditar en las mortificaciones y en los
sufrimientos de este hombre de Dios exclamaba: “Qué pequeños nos
sentimos nosotros ante estos campeones tan valerosos para sufrir todo
por amor de Dios y por la salvación de las almas”.
Texto del Evangelio (Lc 15,1-3.11-32): En aquel tiempo, viendo
que todos los publicanos y los pecadores se acercaban a Jesús para
oírle, los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Este acoge a
los pecadores y come con ellos». Entonces les dijo esta parábola. «Un
hombre tenía dos hijos; y el menor de ellos dijo al padre: ‘Padre, dame
la parte de la hacienda que me corresponde’. Y él les repartió la
hacienda. Pocos días después el hijo menor lo reunió todo y se marchó a
un país lejano donde malgastó su hacienda viviendo como un libertino.
Cuando hubo gastado todo, sobrevino un hambre extrema en aquel país, y
comenzó a pasar necesidad. Entonces, fue y se ajustó con uno de los
ciudadanos de aquel país, que le envió a sus fincas a apacentar puercos.
Y deseaba llenar su vientre con las algarrobas que comían los puercos,
pero nadie se las daba. Y entrando en sí mismo, dijo: ‘¡Cuántos
jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, mientras que yo aquí me
muero de hambre! Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, pequé
contra el cielo y ante ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame
como a uno de tus jornaleros’. Y, levantándose, partió hacia su padre.
»Estando
él todavía lejos, le vio su padre y, conmovido, corrió, se echó a su
cuello y le besó efusivamente. El hijo le dijo: ‘Padre, pequé contra el
cielo y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo’. Pero el padre
dijo a sus siervos: ‘Traed aprisa el mejor vestido y vestidle, ponedle
un anillo en su mano y unas sandalias en los pies. Traed el novillo
cebado, matadlo, y comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío
estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado’.
Y comenzaron la fiesta.
»Su hijo mayor estaba en el
campo y, al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y las
danzas; y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. El
le dijo: ‘Ha vuelto tu hermano y tu padre ha matado el novillo cebado,
porque le ha recobrado sano’. Él se irritó y no quería entrar. Salió su
padre, y le suplicaba. Pero él replicó a su padre: ‘Hace tantos años que
te sirvo, y jamás dejé de cumplir una orden tuya, pero nunca me has
dado un cabrito para tener una fiesta con mis amigos; y ¡ahora que ha
venido ese hijo tuyo, que ha devorado tu hacienda con prostitutas, has
matado para él el novillo cebado!’ Pero él le dijo: ‘Hijo, tú siempre
estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero convenía celebrar una fiesta y
alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto, y ha vuelto a la
vida; estaba perdido, y ha sido hallado’».
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«Padre, pequé contra el cielo y ante ti» + Rev. D. Joan Ant. MATEO i García (Tremp, Lleida, España)
Hoy, domingo Laetare (“Alegraos”), cuarto de Cuaresma, escuchamos
nuevamente este fragmento entrañable del Evangelio según san Lucas, en
el que Jesús justifica su práctica inaudita de perdonar los pecados y
recuperar a los hombres para Dios.
Siempre me he preguntado si la
mayoría de la gente entendía bien la expresión “el hijo pródigo” con la
cual se designa esta parábola. Yo creo que deberíamos rebautizarla con
el nombre de la parábola del “Padre prodigioso”.
Efectivamente,
el Padre de la parábola —que se conmueve viendo que vuelve aquel hijo
perdido por el pecado— es un icono del Padre del Cielo reflejado en el
rostro de Cristo: «Estando él todavía lejos, le vio su padre y,
conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente» (Lc
15,20). Jesús nos da a entender claramente que todo hombre, incluso el
más pecador, es para Dios una realidad muy importante que no quiere
perder de ninguna manera; y que Él siempre está dispuesto a concedernos
con gozo inefable su perdón (hasta el punto de no ahorrar la vida de su
Hijo).
Este domingo tiene un matiz de serena alegría y, por eso,
es designado como el domingo “alegraos”, palabra presente en la antífona
de entrada de la Misa de hoy: «Festejad a Jerusalén, gozad con ella
todos los que la amáis, alegraos de su alegría». Dios se ha compadecido
del hombre perdido y extraviado, y le ha manifestado en Jesucristo
—muerto y resucitado— su misericordia.
San Juan Pablo II decía en
su encíclica Dives in misericordia que el amor de Dios, en una historia
herida por el pecado, se ha convertido en misericordia, compasión. La
Pasión de Jesús es la medida de esta misericordia. Así entenderemos que
la alegría más grande que damos a Dios es dejarnos perdonar presentando a
su misericordia nuestra miseria, nuestro pecado. A las puertas de la
Pascua acudimos de buen grado al sacramento de la penitencia, a la
fuente de la divina misericordia: daremos a Dios una gran alegría,
quedaremos llenos de paz y seremos más misericordiosos con los otros.
¡Nunca es tarde para levantarnos y volver al Padre que nos ama!
Pensamientos para el Evangelio de hoy
«El Padre eterno puso, con inefable benignidad, los ojos de su
amor en aquella alma y empezó a hablarle de esta manera: ‘¡Hija mía muy
querida! Firmísimamente he determinado usar de misericordia para con
todo el mundo y proveer a todas las necesidades de los hombres’» (Santa
Catalina de Siena)
«San Juan Pablo II decía en su encíclica
“Dives in misericordia” que el amor de Dios, en una historia herida por
el pecado, se ha convertido en misericordia, compasión. La Pasión de
Jesús es la medida de esta misericordia» (Benedicto XVI)
«El
símbolo del cielo nos remite al misterio de la Alianza que vivimos
cuando oramos al Padre. Él está en el cielo, es su morada, la Casa del
Padre es por tanto nuestra “patria”. De la patria de la Alianza el
pecado nos ha desterrado y hacia el Padre, hacia el cielo, la conversión
del corazón nos hace volver. En Cristo se han reconciliado el cielo y
la tierra, porque el Hijo ‘ha bajado del cielo’, y nos hace subir allí
con Él, por medio de su Cruz, su Resurrección y su Ascensión» (Catecismo
de la Iglesia Católica, nº 2.795)
¡Oh!, Solemnidad de la Anunciación del Señor; en la que Vos, Padre de la Vida, amoroso y generoso a vuestro Ángel Gabriel, el de las “buenas nuevas”, enviasteis a María, sierva vuestra, a anunciarle que, en su virginal seno, al Varón Perfecto y Salvador del mundo albergaría. ¡Sí!, a Jesús, Hijo Amadísimo Vuestro, para la grande obra Redentora: el cumplir con la salvación del hombre, que Vos, diseñado habíais, desde antes de que, el mundo hecho fuera. Porque Vos, nos amasteis de tal forma y manera, que nos donasteis gratuitamente a vuestro único Hijo, ¡Jesús! Él, Divino sí, por vuestra Divinidad, y Humano, -y ¡qué ser Humano!-, por María, pues Ella, su humanidad compartió feliz. ¡Alegraos pues, pueblos todos del orbe de la tierra, porque, si en el pasado, por un hombre, Adán, el pecado en el mundo entró, por otro, Divino y grande, Cristo Jesús, la salvación para todos llegó, en María inmaculada, Madre Vuestra y Nuestra; ¡oh!, Viva Solemnidad de la Anunciación del Señor.
Día litúrgico: La Anunciación del Señor Ver 1ª Lectura y Salmo
Texto del Evangelio (Lc 1,26-38): Al sexto mes fue
enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada
Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa
de David; el nombre de la virgen era María. Y entrando, le dijo:
«Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». Ella se conturbó por
estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo. El ángel le
dijo: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a
concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por
nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el
Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de
Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin».
María respondió al ángel: «¿Cómo será esto, puesto que no
conozco varón?». El ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre
ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha
de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios. Mira, también Isabel,
tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y este es ya el sexto mes
de aquella que llamaban estéril, porque ninguna cosa es imposible para
Dios». Dijo María: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu
palabra». Y el ángel dejándola se fue. ____________________________
«Alégrate, llena de gracia»
Dr. Johannes VILAR (Köln, Alemania)
Hoy, en el «alégrate, llena de gracia» (Lc 1,28) oímos por primera
vez el nombre de la Madre de Dios: María (segunda frase del arcángel
Gabriel). Ella tiene la plenitud de la gracia y de los dones. Se llama
así: “keharitoméne”, «llena de gracia» (saludo del Ángel).
Quizás con 15 años y sola, María tiene que dar una respuesta que
cambiará la historia entera de la humanidad. San Bernardo suplicaba: «Se
te ofrece el precio de nuestra Redención. Seremos liberados
inmediatamente, si tú dices sí. Todo el orbe está a tus pies esperando
tu respuesta. Di tu palabra y engendra la Palabra Eterna». Dios espera
una respuesta libre, y “La llena de gracia”, representando a todos los
necesitados de Redención, responde: “génoitó”, hágase! Desde hoy ha
quedado María libremente unida a la Obra de su Hijo, hoy comienza su
Mediación. Desde hoy es Madre de los que son uno en Cristo (cf. Gal
3,28).
Benedicto XVI decía en un interview: «[Quisiera] despertar el ánimo
de atreverse a decisiones para siempre: sólo ellas posibilitan crecer e
ir adelante, lo grande en la vida; no destruyen la libertad, sino que
posibilitan la orientación correcta. Tomar este riesgo —el salto a lo
decisivo— y con ello aceptar la vida por entero, esto es lo que desearía
trasmitir». María: ¡he aquí un ejemplo!
Tampoco San José queda al margen de los planes de Dios: él tiene que
aceptar recibir a su esposa y dar nombre al Niño (cf. Mt 1,20s): Jesua,
“el Señor salva”. Y lo hace. ¡Otro ejemplo!
La Anunciación revela también a la Trinidad: el Padre envía al Hijo,
encarnado por obra del Espíritu Santo. Y la lglesia canta: «La Palabra
Eterna toma hoy carne por nosotros». Su obra redentora —Navidad, Viernes
Santo, Pascua— está presente en esta semilla. Él es Emmanuel, «Dios con
nosotros» (Is 7,15). ¡Alégrate humanidad!
Las fiestas de San José y de la Anunciación nos prepararan admirablemente para celebrar los Misterios Pascuales.
¡Oh!, Santa Catalina de Suecia, vos, sois la hija del Dios de la Vida y su amada santa, y que, siendo de honorable alcurnia os educaron las monjas del monasterio de Riseberga. Contrajisteis nupcias más tarde con el conde Egar, vuestro esposo, con quien os pusisteis de acuerdo en vivir vuestro matrimonio en castidad perpetua. Así, vosotros influisteis de manera muy positiva en los ambientes nobles, plagados de costumbres frívolas y profanas. Brígida, vuestra madre, por revelación fundó la “Orden del Santísimo Salvador” que tenía y tiene, como fin alabar al Señor y a la Santísima Virgen según la liturgia de la Iglesia, reparar por las ofensas que recibe de los hombres, propagar la oración contemplativa y de manera especial los de la Pasión, para la salvación de las almas. Así, os encontramos en Roma y, cuando vos, os preparabais para volver a casa, vuestra madre Brígida, os comunica otra revelación sobrenatural de Dios: “ha muerto su yerno”. Y, vuestra santa vida cambia de manera radical. Y, ante el dolor y la depresión anímica vuestra, os abrazáis a vuestra Madre Divina: la Virgen, quien os saca de tamaño dolor, mostrando así a vuestra madre la firme disposición interna de pasar toda penalidad y sufrimiento por Jesucristo. Así, vosotras dos juntas emprendisteis un tiempo de oración intensa, de mortificación y pobreza extrema; y vuestros cuerpos no conocen más, sino, el suelo duro para dormir; visitan iglesias y hacen caridad. Vos, rechazabais proposiciones matrimoniales impertinentes y acosadoras. Peregrinan alos santuarios y viajan a Tierra Santa para empaparse de amor a Dios en los lugares santos donde padeció y murió el Redentor. Muerta vuestra madre Brígida, vos, le dais sepultura provisional en la Ciudad Eterna, en la iglesia de san Lorenzo, y luego trasladáis su cuerpo hasta Suecia, en una continua actividad misionera, revelando la misericordia de Dios, que espera siempre la conversión de los hombres. Allí, cuenta las revelaciones y predicciones que Dios le hizo a vuestra madre. En Söderkoping, dejáis los restos de vuestra madre y allí, suceden conversiones y milagros que siguen hasta depositar sus restos en el monasterio de Vadstena, y donde os quedáis practicando la regla que vivisteis durante veinticinco años, con vuestra amada madre. Luego, viajáis a Roma, para lograr el proceso de canonización de la futura “santa Brígida”, vuestra madre y la aprobación de la Orden del Santísimo Salvador. Así, y luego de haber gastado vuestra santa vida en buena lid, voló vuestra alma al cielo, para coronada ser con corona de luz, como justo premio a vuestra entrega de amor; Se hablan de luces que rodean vuestro cuerpo inerte después de vuestra muerte, de una estrella que pudo verse por un tiempo señalando el lugar del reposo y de luminosidades que refulgían junto a vuestro sarcófago. Por eso dicen que, que nunca mamasteis la leche de la nodriza mundana, porque buscabais sí, el pecho de vuestra madre santa y de otras mujeres honestas. Vos, que librasteis a Roma, de inundación entrando tan solo vuestros pies benditos en el Tiber y que liberasteis una a una posesa; ¡Aeluya! ¡Oh!, Santa Catalina de Suecia, “viva defensora de la virginidad”.
Catalina de Suecia o de Vadstena nació alrededor del año 1331
del matrimonio formado por el príncipe Ulf Gudmarsson y Brigitta
Birgesdotter; fue la cuarta de ocho hermanos. La educaron, como era
frecuente en la época, al calor del monasterio; en este caso lo hicieron
las monjas de Riseberga.
Contrajo matrimonio con el buen conde Egar Lyderson van Kyren con
quien acordó vivir su matrimonio en castidad; ambos influyeron muy
positivamente en los ambientes nobles plagados de costumbres frívolas y
profanas.
Brígida, su madre, ha tenido la revelación de fundar la Orden del
Santísimo Salvador que tenga como fin alabar al Señor y a la Santísima
Virgen según la liturgia de la Iglesia, reparar por las ofensas que
recibe de los hombres, propagar la oración contemplativa
-preferentemente de la Pasión- para la salvación de las almas.
Madre e hija se encuentran juntas en Roma. Cuando Catalina tiene
planes de regresar a su casa junto al esposo, Brígida comunica a su hija
otra revelación sobrenatural de Dios: ha muerto su yerno. Esto va a
determinar el rumbo de la vida de Catalina desde entonces. Ante el
lógico dolor y la depresión anímica que sufre, es sacada de la situación
por la Virgen. Es en estas circunstancias cuando muestra ante su madre
la firme disposición interna a pasar toda suerte de penalidades y
sufrimientos por Jesucristo. Las dos juntas y emprenden una época de
oración intensa, de mortificación y pobreza extrema; sus cuerpos no
conocen sino el suelo duro para dormir; visitan iglesias y hacen
caridad. La joven viuda rechaza proposiciones matrimoniales que surgen
frecuentes, llegando algunas hasta la impertinencia y el acoso.
Peregrinan a los santuarios famosos y organizan una visita a Tierra
Santa para empaparse de amor a Dios en los lugares donde padeció y murió
el Redentor.
En el año 1373 han regresado, muere en Roma Brígida y Catalina da
sepultura provisional en la Ciudad Eterna al cadáver de su madre en la
iglesia de san Lorenzo. El traslado del cuerpo en cortejo fúnebre hasta
Suecia es una continua actividad misionera por donde pasa. Catalina
habla de la misericordia de Dios que espera siempre la conversión de los
pecadores; va contando las revelaciones y predicciones que Dios hizo a
su santa madre.
Söderkoping es el lugar patrio que recibe la procesión en 1374 como
si fuera un acto triunfal. Se relatan conversiones y milagros que se
suceden hasta depositar los restos en el monasterio de Vadstena, donde
entra y se queda Catalina, practicando la regla que vivió durante
veinticinco años con su madre.
Un segundo viaje a Roma durará cinco años; tendrá como meta la puesta
en marcha del proceso de canonización de la futura santa Brígida y la
aprobación de la Orden del Santísimo Salvador. A su regreso a Vadstena,
muere el 24 de marzo de 1381.
También se habla de luces que rodean el cuerpo inerte después de su
muerte, de una estrella que pudo verse por un tiempo señalando el lugar
del reposo y de luminosidades que refulgían junto al sarcófago. No es
extraño que la leyenda haya querido dejar su huella intentando hacer que
los sentidos descubran la magnanimidad de su alma que sólo es
perceptible por lo externo. Por eso dijeron que nunca mamó la leche de
la nodriza mundana mientras buscaba el pecho de su madre santa y de
otras mujeres honestas. Igualmente contaron que libró a Roma de
inundación entrando sus pies en el Tiber y hablaron de la liberación de
una posesa.
De todos modos, los santos de ayer y de hoy, siempre han sido puntos
de inflexión de la gracia para el bien de todos los hombres. _________________
¡Oh!; Santo Toribio de Mogrovejo, vos, sois el hijo del Dios de la Vida y su amado santo, que abrazasteis la Cruz de Cristo en el continente viejo, y extendisteis vuestro amoroso corazón a la “américa morena”, y, como si el espíritu de San Pablo, viviese en vos, “de palmo a palmo” la recorristeis, y extendisteis la palabra del Dios Vivo, entre la gente de vuestro tiempo. Vos, sabéis que no habrá, ni hay dicha más grande, que la que Dios os concedió: confirmar en la fe de Nuestro Señor Jesús a los que hoy, santos ya, como vos, la gloria de los cielos comparten: Santa Rosa de Lima, San Francisco Solano y el “santo de la escoba”: el milagroso San Martín de Porres. Celebrabais la Santa Misa con gran amor y fervor, y varias veces os vieron que mientras rezabais se os llenaba el rostro de resplandores. Recorristeis unos cuarenta mil kilómetros visitando y ayudando a vuestros fieles y, enviasteis al final de vuestra vida una larga relación al rey, contándole que habías administrado el sacramento de la confirmación a más de ochocientas mil personas. Os propusisteis con fe, y así lo hicisteis, en reunir a los sacerdotes y obispos de América, en Sínodos para dictar leyes relativas al comportamiento de los católicos. Vos, muy temprano solíais decir: “Nuestro gran tesoro es el momento presente. Tenemos que aprovecharlo para ganarnos con él la vida eterna. El Señor Dios nos tomará estricta cuenta del modo como hemos empleado nuestro tiempo”. Fundasteis el primer Seminario de América, y pedíais a vuestros religiosos aceptar parroquias en sitios pobres, y así, duplicasteis el número de ellas en vuestro territorio. Vuestra gran generosidad os llevaba a repartir a los pobres todo lo que poseíais. Cuando la epidemia llegó, gastasteis vuestros bienes en socorrer a los enfermos, y vos, mismo recorristeis las calles acompañado de una gran multitud, llevando en vuestras manos un gran crucifijo rezándole a Dios por misericordia y salud para todos. Y, así, transcurrió vuestra vida, y un día, luego de haberla gastado en extraordinaria buena lid, voló vuestra alma al cielo mientras estabais predicando y confirmando a los indígenas en la fe de vuestro amado Cristo. Antes de morir repetisteis las palabras de San Pablo: “Deseo verme libre de las ataduras de este cuerpo y quedar en libertad para ir a encontrarme con Jesucristo”. Moribundo casi, pedisteis a los que os rodeaban vuestro lecho que entonaran el salmo que dice: “De gozo se llenó mi corazón cuando escuché una voz: iremos a la Casa del Señor. Que alegría cuando me dijeron vamos a la Casa del Señor”. Y, luego dijisteis las palabras de salmo treinta: “En tus manos encomiendo mi espíritu”. ¿Qué premio podríais tener vos, si la tarea vuestra, fue hecha casi perfecta? ¡Solo una! ¡Corona de luz eterna recibir! Que es la misma que lucís hoy, y cuya brillantez alumbra y guía a todos vuestros fieles de hoy, como justa retribución a vuestra gigante entrega de amor y fe, por la gloria del Dios de la Vida; ¡Oh!; Santo Toribio “vivo evangelizador del Dios de la Vida y del Amor”.
23 de Marzo Santo Toribio de Mogrovejo Arzobispo de Lima (año 1606)
Los historiadores dicen que Santo Toribio fue uno de los
regalos más valiosos que España le envió a América. Las gentes lo
llamaban un nuevo San Ambrosio, y el Papa Benedicto XIV dijo de él que
era sumamente parecido en sus actuaciones a San Carlos Borromeo, el
famoso Arzobispo de Milán.
Nació en Mayorga, España, en 1538. Los datos acerca de este
Arzobispo, personaje excepcional en la historia de Sur América, producen
asombro y maravilla.
Toribio era graduado en derecho, y había sido nombrado Presidente del
Tribunal de Granada (España) cuando el emperador Felipe II al conocer
sus grandes cualidades le propuso al Sumo Pontífice para que lo nombrara
Arzobispo de Lima. Roma aceptó y envió en nombramiento, pero Toribio
tenía mucho temor a aceptar. Después de tres meses de dudas y
vacilaciones aceptó.
El Arzobispo que lo iba a ordenar de sacerdote le propuso darle todas
las órdenes menores en un solo día, pero él prefirió que le fueran
confiriendo una orden cada semana, para así irse preparando debidamente a
recibirlas.
En 1581 llegó Toribio a Lima como Arzobispo. Su arquidiócesis tenía
dominio sobre Perú, Ecuador, Colombia, Venezuela, Bolivia, Chile y parte
de Argentina. Medía cinco mil kilómetros de longitud, y en ella había
toda clase de climas y altitudes. Abarcaba más de seis millones de
kilómetros cuadrados.
Al llegar a Lima Santo Toribio tenía 42 años y se dedicó con todas
sus energías a lograr el progreso espiritual de sus súbditos. La ciudad
estaba en una grave situación de decadencia espiritual. Los
conquistadores cometían muchos abusos y los sacerdotes no se atrevían a
corregirlos. Muchos para excusarse del mal que estaban haciendo, decían
que esa era la costumbre. El arzobispo les respondió que Cristo es
verdad y no costumbre. Y empezó a atacar fuertemente todos los vicios y
escándalos. A los pecadores públicos los reprendía fuertemente, aunque
estuvieran en altísimos puestos.
Las medidas enérgica que tomó contra los abusos que se cometían, le
atrajeron muchos persecuciones y atroces calumnias. El callaba y ofrecía
todo por amor a Dios, exclamando, “Al único que es necesario siempre
tener contento es a Nuestro Señor”.
Tres veces visitó completamente su inmensa arquidiócesis de Lima. En
la primera vez gastó siete años recorriéndola. En la segunda vez duró
cinco años y en la tercera empleó cuatro años. La mayor parte del
recorrido era a pie. A veces en mula, por caminos casi intransitables,
pasando de climas terriblemente fríos a climas ardientes. Eran viajes
para destruir la salud del más fuerte. Muchísimas noches tuvo que pasar a
la intemperie o en ranchos miserabilísmos, durmiendo en el puro suelo.
Los preferidos de sus visitas eran los indios y los negros,
especialmente los más pobres, los más ignorantes y los enfermos.
Logró la conversión de un enorme número de indios. Cuando iba de
visita pastoral viajaba siempre rezando. Al llegar a cualquier sitio su
primera visita era al templo. Reunía a los indios y les hablaba por
horas y horas en el idioma de ellos que se había preocupado por aprender
muy bien. Aunque en la mayor parte de los sitios que visitaba no había
ni siquiera las más elementales comodidades, en cada pueblo se quedaba
varios días instruyendo a los nativos, bautizando y confirmando.
Celebraba la misa con gran fervor, y varias veces vieron los
acompañantes que mientras rezaba se le llenaba el rostro de
resplandores.
Santo Toribio recorrió unos 40,000 kilómetros visitando y ayudando a
sus fieles. Pasó por caminos jamás transitados, llegando hasta tribus
que nunca habían visto un hombre blanco.
Al final de su vida envió una relación al rey contándole que había
administrado el sacramento de la confirmación a más de 800,000 personas.
Una vez una tribu muy guerrera salió a su encuentro en son de
batalla, pero al ver al arzobispo tan venerable y tan amable cayeron
todos de rodillas ante él y le atendieron con gran respeto las
enseñanzas que les daba.
Santo Toribio se propuso reunir a los sacerdotes y obispos de América
en Sínodos o reuniones generales para dar leyes acerca del
comportamiento que deben tener los católicos. Cada dos años reunía a
todo el clero de la diócesis para un Sínodo y cada siete años a los de
las diócesis vecinas. Y en estas reuniones se daban leyes severas y a
diferencia de otras veces en que se hacían leyes pero no se cumplían, en
los Sínodos dirigidos por Santo Toribio, las leyes se hacían y se
cumplían, porque él estaba siempre vigilante para hacerlas cumplir.
Nuestro santo era un gran trabajador. Desde muy de madrugada ya
estaba levantado y repetía frecuentemente: “Nuestro gran tesoro es el
momento presente. Tenemos que aprovecharlo para ganarnos con él la vida
eterna. El Señor Dios nos tomará estricta cuenta del modo como hemos
empleado nuestro tiempo”.
Fundó el primer seminario de América. Insistió y obtuvo que los
religiosos aceptaran parroquias en sitios supremamente pobres. Casi
duplicó el número de parroquias o centros de evangelización en su
arquidiócesis. Cuando él llegó había 150 y cuando murió ya existían 250
parroquias en su territorio.
Su generosidad lo llevaba a repartir a los pobres todo lo que poseía.
Un día al regalarle sus camisas a un necesitado le recomendó: “Váyase
rapidito, no sea que llegue mi hermana y no permita que Ud. se lleve la
ropa que tengo para cambiarme”.
Cuando llegó una terrible epidemia gastó sus bienes en socorrer a los
enfermos, y él mismo recorrió las calles acompañado de una gran
multitud llevando en sus manos un gran crucifijo y rezándole con los
ojos fijos en la cruz, pidiendo a Dios misericordia y salud para todos.
El 23 de marzo de 1606, un Jueves Santo, murió en una capillita de
los indios, en una lejana región, donde estaba predicando y confirmando a
los indígenas.
Estaba a 440 kilómetros de Lima. Cuando se sintió enfermo prometió a
sus acompañantes que le daría un premio al primero que le trajera la
noticia de que ya se iba a morir. Y repetía aquellas palabras de San
Pablo: “Deseo verme libre de las ataduras de este cuerpo y quedar en
libertad para ir a encontrarme con Jesucristo”.
Ya moribundo pidió a los que rodeaban su lecho que entonaran el salmo
que dice: “De gozo se llenó mi corazón cuando escuché una voz: iremos a
la Casa del Señor. Que alegría cuando me dijeron: vamos a la Casa del
Señor”.
Las últimas palabras que dijo antes de morir fueron las del salmo 30: “En tus manos encomiendo mi espíritu”.
Su cuerpo, cuando fue llevado a Lima, un año después de su muerte,
todavía se hallaba incorrupto, como si estuviera recién muerto.
Después de su muerte se consiguieron muchos milagros por su
intercesión. Santo Toribio tuvo el gusto de administrarle el sacramento
de la confirmación a tres santos: Santa Rosa de Lima, San Francisco
Solano y San Martín de Porres.
El Papa Benedicto XIII lo declaró santo en 1726.
Y toda América del Sur espera que este gran santo e infatigable
apóstol, quizás el más grande obispo que ha vivido en este continente,
siga rogando para que nuestra santa religión se mantenga fervorosa y
creciente en todos estos países.
Epafrodito parece haber nacido en Filipos. Había ido a Roma,
donde Pablo estaba cautivo, para llevarle una nueva colecta de parte de
los filipenses. Allí cayó enfermo de cuidado, pero Dios tuvo
misericordia de él y no quiso añadir tristeza sobre el alma de Pablo.
Los mismo filipenses, al saber que su emisario había estado enfermo,
ardían en deseos de volverlo a ver, por lo que Pablo no dudó en
separarse de su amado colaborador y lo despidió con una carta para los
fieles de Filipos.
En la carta, Pablo rogaba a sus queridos neófitos que recibieran a su
compatriota con toda alegría en el Señor, ya que para realizar la
misión que le habían encomendado se había visto al borde de la muerte.
Entregaba su vida para suplir los cuidados que los filipenses no le
podían dar. Fuera de este auténtico testimonio, no se posee otros
detalles de la vida de Epafrodito; sin embargo, el Martirologio Romano
señala que «luego fue Obispo de Terracina, enviado por San Pedro cuando
éste estuvo en Roma, y donde bautizó a un buen número de conversos,
dejando allí como obispo a Lino y partió a Terracina donde consagró a
Epafrodito».